Emilio Ballagas no solo fue un poeta de
vanguardia, sino que su vida estuvo
llena de múltiples inquietudes. Fue
conferencista, traductor, antologador y
teórico de la poesía negra y un
apasionado de la danza. Lo demuestra su
soneto “Bailarinas”, inspirado en un
cuadro de Degas
―
referencia que pudimos
localizar en una copia del texto que
confió a su amigo camagüeyano Carlos
Galán Sariol, pero que eliminó de la
versión definitiva―
así como las
múltiples alusiones al baile o
procedimientos derivados de él en su
Cuaderno de poesía negra
―“Rumba”,
“El baile del papalote”, “El baile del
gavilán”―
o en poemas independientes de
la altura de Elegía sin nombre y
Declara qué cosa sea amor.
Sin embargo, su nexo mayor con el ballet
data de 1938. El 30 de marzo de ese año,
leyó en el Lyceum habanero su
conferencia Sergio Lifar, el hombre
del espacio, “notas para un ensayo”
que jamás escribirá, porque en ese
apretado texto estaba todo lo que
deseaba decir sobre la danza, el cuerpo
y el espíritu. Acababa de regresar de un
viaje por Francia, Portugal y EE.UU. y allá, en el Palacio Garnier, se
había extasiado ante el bailarín ruso,
que reinaba en el Ballet de la Ópera,
sin opositores, desde 1931.
Nacido en Rusia, con una formación
irregular pero con dotes excepcionales
para la danza, Serge Lifar fue modelado,
en parte por las lecciones de Bronislava
Nijinska y sobre todo, por ese peculiar
artífice que fue el empresario Serge
Diaghilev quien lo incorporó a sus
Ballets Rusos. Con singular talento,
el intérprete supo incorporar los
elementos que habían hecho de Vaslav
Nijinski una leyenda efímera y reciente:
la huida del amaneramiento que era
típica del ballet occidental a inicios
del siglo XX, la exaltación del vigor y
la fuerza física en la danza masculina,
la teatralidad para subyugar a los
auditorios con ciertos toques de
temperamento “salvaje” y a esto unió la
habilidad para exhibir su belleza
corporal en poses de notable plasticidad
y el desarrollo de una destreza rítmica,
que hizo predominar sobre otros
elementos del espectáculo, hasta el
punto de obligar a los compositores a
crear sus partituras a partir de
esquemas agógicos que él elaboraba
previamente, junto con las secuencias de
pasos, como sucede, por ejemplo en su
célebre Ícaro, para el que el
belga Szyfer creó un acompañamiento de
percusión sola, que sigue y subraya la
propia música nacida del baile.
A la muerte de Diaghilev, disueltos los
Ballets Rusos, Lifar fue
contratado por la Ópera de París, donde
se estabilizaría por el resto de su
larga carrera como primer bailarín,
coreógrafo y director de la compañía, a
la que insufló nueva vida. Recreó
algunos clásicos como Giselle,
pero su gloria quedó asociada a obras de
su autoría como El caballero y la
muchacha, Fedra, Suite en blanco,
Romeo y Julieta. El público y la
crítica llegaron a perdonarle su
colaboracionismo con los ocupantes
alemanes porque este parecía venir de
una noción del arte como ajeno a
cualquier contingencia política. Trabajó
con artistas excepcionales de su tiempo
como el poeta Jean Cocteau y el músico
suizo Arthur Honneger, con los que
produjo grandes espectáculos muy
cercanos al sueño del “teatro total”. A
diferencia de otras estrellas de la
danza, nunca viajó a Cuba, pero entró en
su literatura de la mano de dos poetas:
Emilio Ballagas y Cintio Vitier, a este
último inspiró dos poemas de su cuaderno
Sustancia (1950): “La Ópera” y
“Ballet”, tras un brevísimo viaje a
París.
El fervor analítico de Ballagas es
avivado por una dual fascinación con la
belleza física de Lifar y la novedad de
su danza. A partir de allí, el poeta se
siente capaz de mostrar la íntima
vinculación entre materia y espíritu en
este arte:
Hay artes que por su esencia misma, por
la estructura íntima de su materia
pertenecen al espacio. He dicho materia
y no me arrepiento. Es el hombre de
espíritu el que ha de reivindicar la
materia, cantar su epitalamio, las bodas
de la consistencia, del contorno y del
peso con los sentidos.
El autor de Júbilo y fuga se
siente capaz de definir la danza, a
partir de este dualismo, como unidad de
arquitectura y música: el imposible
movimiento de la primera, la soñada
ductilidad de la segunda forman esa
“proporción justa entre el reposo y el
movimiento, entre el aérea de geometría y
la ponderada gravitación”.
Se trata de recuperar el baile único,
irrepetible, de los tiempos primitivos,
el que viene únicamente del instinto y
carece de modelos. El poeta cree que
solo a partir de allí será posible
recobrar una plenitud que implica a la
danza en el pensar filosófico y en el
fluir poético, convirtiéndola en puente
entre la materia y lo divino, su
dinámica entonces será la recreación de
la deidad: “En todo eso palpita un dios
íntegro y danzarín que ha creado el
movimiento, y este una dinámica que a su
vez recrea a Dios.”
De este modo, el escritor pretende
librarse a sí mismo de ese “pecado
original” que gravita obsesivamente
sobre su obra, hasta en la voz
penitencial de sus últimos poemas: hay
que volver a la inocencia de las
sustancias, soltar el lastre de la culpa
que mancha la relación de los sentidos
con la materia, para llegar a la pureza
paradisíaca en el disfrute de lo
natural.
Ballagas intuye que lo académico, en el
baile o en cualquier otro arte, es un
obstáculo en estas búsquedas. Se trata
nada menos de una revolución artística,
que tiene sus raíces en la vuelta a la
naturaleza y en la reformulación de toda
la vida social, incluyendo los cánones
morales. Lifar aparece entonces
magnificado, porque es un símbolo de las
potencialidades humanas, de la belleza
en perfecta comunión con los elementos
constitutivos del universo:
Fuego y tierra, gravedad fuerte y gracia
aérea, ninguno como este joven danzarín
ha sabido hacer de la danza una cosa
viva y telúrica, apasionada y cálida en
que la grandeza divina se funde a la
agonía humana. El ansia de inmortalidad.
La tierra le da a Lifar ese sentido
imprescindible de la gravitación que
hace que la arquitectura viviente y
acabada de su constelación muscular tome
plena posesión del espacio, cabal
conciencia de la marcha, de la carrera y
del salto en una síntesis de
sorprendente pureza artística. El
elemento sutil del fuego le aporta lo
inefable y encendido del gesto, la
indefinible gracia de los movimientos,
la huida, el hondo mensaje centrífugo.
Empeñado en unir estrechamente al
artista con las consagraciones
primitivas, Ballagas se verá obligado a
mostrar repugnancia por lo académico, de
ahí que soslaye la formación que el
bailarín ha recibido y más aún, que
procure mostrar que el balance del
ballet romántico
―
denominación que en
él incluye al período clásico―
es
decididamente negativo; empeñado en
condenar lo que cree un desasimiento
espiritual de la danza académica,
procura minar también su lógica
artística:
Deshumanizar, depurar y disecar fue la
obra del romanticismo en la danza. Pero,
sobre todo,[…] el ballet romántico quiso
robar espacio al danzarín, le redujo a
una línea casi impalpable, a una cifra
coreográfica envuelta en alígeros velos,
en blancas espumas; apenas esquema de
humanidad, puro artificio y negación de
la gravidez. El peso aquí no existe, el
tiempo queda severamente pautado.
Estamos así en el dominio pleno de lo
abstracto y lo inmaterial.
Por esta senda, el poeta, que ya no
habla del Lifar real, sino de una figura
que toma ese nombre para encarnar toda
una utopía, lo compara con Nijinski, al
que considera “rara orquídea cultivada
cuidadosamente, siempre con vistas al
fin de desenvolver todas sus
posibilidades técnicas”. Hay que aclarar
que el poeta nunca vio al coreógrafo de
La siesta de un fauno y Juegos,
sumergido en la locura desde 1919 y
recluido en sanatorios hasta su muerte,
solo ha contemplado fotos suyas, tiene
referencias de su prodigioso salto, de
su carácter voluble, pero ignora que ha
sido un renovador, el primero en llevar
ciertos rituales de la Rusia pagana a la
escena en La consagración de la
primavera y que ha causado tanto
escándalo con su Fauno de oscuros
instintos, como por posar desnudo para
unos bocetos de Rodin. El poeta,
lamentablemente, solo se lo puede
imaginar como el soñador en Las
sílfides o como el Albrecht exhausto
a los pies de Giselle. Es una lástima,
porque la revolución de la que hace a
Lifar protagonista único había comenzado
mucho antes con Nijinski.
Tal vez no sea inútil aclarar que el
conferencista que ocupaba la tribuna del
Lyceum no era un especialista en
ballet, cuando leía estas cuartillas
solo existía en La Habana la escuela de
la Sociedad Pro Arte Musical, dirigida
por Yavorski, de indiscutible valor
histórico, pero muy lejos de lo óptimo
en sus propuestas escénicas. ¿Qué
espectáculos de su tiempo pudo
contemplar? Tal vez la visita del Ballet
Ruso de Montecarlo a Cuba en 1936, a lo
que se sumaría alguna presentación de
Lifar en París y probablemente otra de
la School of American Ballet,
dirigida por Kirstein y Balanchin en New
York, desde 1934. Es poco, pero su
fantasía creadora y su ansia por cambiar
el panorama nacional ponen lo demás. Por
una vía particular el intelectual se
suma a los que en el país hablan de
reforma de la enseñanza, de revolución
en las costumbres, de puesta al día en
el arte y en la vida y todo eso lo
encarna en una posibilidad de
realización vital que puede
ejemplificarse con la obra de Lifar: “la
reconquista del danzador como ser humano
libre de expresar sus pasiones y con el
dominio inteligente del espacio que
reclama para moverse”
La creación en equipo, donde alterna
Cocteau con Picasso y Honneger le
permite hablar de un “arte de
colaboración”, de un “sentido de
comunidad” que quiere extender
―sin
saber cómo―
a lo político. Falta un
lustro para que Alexandra Denísova ponga
en la escena del Auditórium un
Ícaro, acriollando a Lifar gracias a
una partitura de Harold Gramatges, pero
ya él alerta sobre la importancia de
esta obra: “En el propio Ícaro,
creación inolvidable también, más que el
hombre que se libera de la gravedad nos
da la tragedia del ansia del cielo
paralizada por el llamado de la tierra.”
Para el autor de Sabor eterno,
Sergio Lifar “con su agudo sentido de lo
dionisíaco” da entrada a la pasión en la
danza y fundiendo esta con la pantomima,
restaura la tragedia coreográfica
griega, aunque olvida que esta ha sido
una obsesión en el ballet desde Noverre
y Vigano hasta Fokin; así mismo atribuye
al coreógrafo de Fedra una
innovación que en realidad ha sido
colectiva, la introducción de una
“cuarta dimensión” en la escena, a
partir de la ruptura del principio de
dos planos, lo que ya había logrado
Fokin en Petrouchka y fomentaban
Massine y Balanchin en sus “sinfonías
coreográficas” .
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¿Es acaso Ballagas un crítico voluble y
apasionado? No, además de ser un
entusiasta de la belleza
―especialmente
esa de fuerte carnalidad que trae el
ballet nuevo―
es capaz de intuir
renovaciones donde aún no existía
siquiera el sedimento tradicional. Su
conferencia, escuchada por un auditorio
mayoritariamente femenino y perplejo,
era, más que crítica de un espectáculo,
una lección de alucinada estética.
Mientras otros seguían concibiendo el
ballet como un fenómeno ruso, exótico,
él aprendía de uno de los coreógrafos
paradigmáticos de su tiempo y enunciaba
verdaderas profecías:
Las artes son después de todo un símbolo
de la inquietud universal. Conquistando
el espacio y reintegrando al bailarín a
su condición humana, recorrido de
vibrantes pasiones, Lifar está
adelantando para la humanidad un tiempo
que yo os anuncio aquí. Amigo como soy
de las violentas antítesis, espero el
advenimiento no de un reparto de tierra
sino de un reparto de cielos. Ese día,
cada hombre dentro de su porción viva de
atmósfera podrá, hermoso de justicia,
alzar la cabeza digna y encararse con
las estrellas. |