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Cuando un poeta muere, sus palabras se
cargan de un sentido que permanecía
oculto o que es enteramente nuevo. La
posibilidad abierta les daba, como al
hombre mismo, ese aire de cosa cotidiana
y ya sabida que uno maneja
despreocupadamente. Al cerrarse su
crecimiento para siempre, al quedar como
únicas herederas de la sangre que las
alimentó, adquieren otra dimensión
sagrada, y, abriendo entonces los ojos
que mantenían adormecidos bajo las manos
amorosas de su creador, nos miran con la
solemnidad del pueblo que ha perdido a
su rey, con la desolación de la madre
que ha perdido a su único hijo. Porque
ahora son ellas, las palabras, los
guerreros que defienden aquella memoria
y las madres que amamantan al que las
crió. Y el cuento que ellas nos dicen
ahora, a la lumbre de su hogar
desamparado, es la historia siempre
maravillosa de toda vida humana.
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Cuando Emilio Ballagas murió en la flor
de su madurez, yo hice la experiencia de
releer sus versos desde el primero hasta
el último. Esa experiencia es la que
quiero compartir con ustedes, como el
mejor homenaje a su memoria de que soy
capaz. No esperéis de mí un trabajo
crítico, un estudio generacional, un
catálogo de influencias, aciertos y
desaciertos. Las palabras del poeta me
están mirando, nos están mirando. Y lo
que ellas nos piden
―con esa súplica
inaudita que sólo puede estar en los
ojos de las palabras―, es el cuento de
su vida, la aventura espiritual que las
sostiene. Las circunstancias en que
empezó a escribir Ballagas y que
determinaron sus gustos formadores son
además tan conocidas que no vale la pena
insistir en ellas. Baste recordar que,
nacido en 1908, tenía 19 años
cuando apareció la Revista de Avance,
memorable órgano literario que, como
todos sabemos, entre otras cosas preparó
el clima para el surgimiento de una
nueva poesía en nuestro país
―agotadas
ya, o languidecientes, las ondas de
nuestro modernismo. Brull, Florit,
Ballagas y Guillén se encargaron de
hacer efectiva esa posibilidad, sacando
a nuestra lírica de las trivialidades
vanguardistas hacia un ámbito de
seriedad creadora. En algunos poemas del
primer libro de Ballagas
―Júbilo y
fuga, publicado en 1931―
se
perciben todavía resabios de aquel
momento vanguardista. Pero nada de esto
nos interesa mucho ahora. La historia
que nos piden las palabras, fieras y
maternales, comienza en otra forma.
Comienza, más bien, con una voz
adolescente, casi infantil, que se alza
en el húmedo silencio de la aurora y
dice estas sílabas blancas, entre
lúcidas y soñolientas: “Estarme aquí,
quieto, germen/de la canción venidera
―íntegro, virgen, futuro―./ Estarme
dormido
―íntimo―/ en tierno latir
ausente.” Sí, es el primer poema de
Júbilo y fuga, el titulado
“Víspera”. Pero hay algo extraño en ese
título, algo contradictorio, porque se
trata de unas vísperas cerradas, sin
apertura de umbral hacia el futuro. El
futuro de que aquí se habla no significa
posibilidad efectiva, sino abstracta: es
un “dulce mañana intacto”, esencialmente
inusable, ideal. La pureza se da por
quietud, por íntima inmovilidad vital,
por éxtasis de ignorarse. Es la pureza
adánica, anterior al conocimiento, no la
inocencia que puede atravesarlo. Y si
nos fijamos bien, es en rigor un anhelo
de pureza adánica, porque ya el poeta
sabe o presiente lo que significaría
abrir los ojos. Por eso quiere
mantenerlos cerrados como si buscara, en
la radiosa nada de su inhibición, el
tiempo prenatal, el hermetismo del
“nonnato de claridades”. Más aún que un
tiempo adánico busca un tiempo prenatal,
donde en lo oscuro se siente “germen de
la canción venidera”. De todos modos
logra situarse en un limbo de tiempo
ahistórico, en una dichosa blancura de
página en blanco, de ausencia-presencia,
que si produce la fruición de un
secreto, también la recorre la sutil
angustia de la pureza imposible, de la
caída en la implacable sucesión. Poema
en vilo, al que la analogía formal con
otros de la época de Cántico y
Seguro azar no nos deja acercarnos
fácilmente, pero insondable en su
transparencia, prólogo maravilloso a la
obra de Emilio Ballagas.
El poeta ha estado inmóvil, extático,
con los ojos cerrados, un tiempo enorme,
indefinible. Esta es la primera imagen
que de él tenemos. ¿Cómo va a salir de
ese mutismo, de esa ceguera voluntaria,
de esa quietud e inhibición vital
insostenible? ¿Echará a andar, como
todos los demás, por el común camino?
No, su primer paso será un salto de
infancia, un salto fabuloso. “Al fin”
―nos dice, esto es, después de una larga
vacilación, oscura y angustiosa―, “como
aquel gato/ que deslumbró a mi
infancia:/ he calzado las botas/ de
vencer los caminos”. Su primera salida a
la aventura está llena de júbilo matinal
y tiene o quiere tener una fragancia de
cuento de niño. Pero fijémonos en que el
poeta nos advierte (recordándonos otra
vez aquel angustioso momento de las
vísperas cerradas): “Hice trizas mi
copa/ de escanciar la tragedia.” ¿Qué
tragedia es esa que el adolescente ha
vislumbrado en su meditación o su
presentimiento? ¿Cómo, si no ha ocurrido
nada, si el poeta estaba o quería estar
“íntegro, virgen, futuro”, puede
hablarnos ya de una copa trágica que ha
hecho trizas? En sueño profético la ha
visto y la ha destrozado: sabe que
volverá, inexorable, pero ahora tiene
que dar, ligero y fabuloso, el “salto a
la mañana”. ¡Extraño destino de vivir la
alegría de la mañana, cuando sabemos que
lo sombrío nos está mirando!
El poeta, el adolescente, pues, ha
escogido: dará su primera batalla
(“refriega de los árboles y el aire
ligero”, que diría Rimbaud) en el mundo
de la fragancia sensual, en la fábula
pura de los sentidos. Su edad será la de
los “dioses niños”. Su tierra, un
paraíso de sensaciones virginales,
trémulo y fugaz. ¡Ah, pero el tiempo,
caballero enmascarado por la brisa o la
espuma, hace su aparición en el ansia
del poeta que ya no se conforma con ser
como la gota de rocío “en el pétalo
fresco de la aurora”, sino que ha pasado
de las herméticas vísperas a los “vuelos
de presagios, de prólogos”; del salto
con las botas de las siete leguas a la
sensación de inminencia, de “ciernes”, y
de la estancia “en tierno latir ausente”
a la angustia del “Yo querría...
quisiera/ instante fugacísimo!” Al
júbilo del niño se opone ya la huida del
instante: “eternidad en fuga”. El poeta
pasa del tiempo prenatal hacia el tiempo
fabuloso y de las sensaciones prístinas;
pero todo ello al cabo es tiempo, nada
más que tiempo, como el otro, el del
ansia, el del querer; y el tiempo es
siempre eso, instante inapresable,
“eternidad en fuga”. Siente el poeta
ahora cómo la mano de su palabra (no
aquellas “manecitas de niño”, aquel
“blanco batir de alas”, de su verso más
ilusionado y débil) tiene poder para
“enlazar” el instante del ansia, aun
cuando ella escape de sí misma sin saber
lo que ansía. Ansia pura, querer puro,
cuyo objeto huye indetenible y
desconocido. Mas la palabra la convierte
a ella en su objeto, en su propia
eternidad, “en fuga”, sí, pero fijada y
poseída. El poeta, burla burlando, ha
descubierto dos cosas esenciales: la
fuga de las cosas y el poder de la
palabra.
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No es raro que ahora, después del
respiro de esas alegrías que quiere ver
salir “en fugas altas”, asome un rostro
que nunca hubiéramos esperado en estos
versos: el rostro, inquietante como el
océano, del destino: “Pero busca tu
ola,/ en ella va tu sino/ más claro”
¿Qué ola es esa, “escapada hacia
dentro”, que se torna posesión y
plenitud: “sagrada en la custodia/ de tu
alborada íntima”? Poema sibilino éste
del “Júbilo de la ola”, como corresponde
a su tema turbador. ¿Será la ola
figuración de aquella “eternidad en
fuga” que es el instante? ¿Será el sino
del poeta hacer suyo el instante,
adentrándolo como “ola libre”
―rescatada del inseguro y ciego azar
exterior―
en la hondura del alma: “altamar de tu júbilo”? Salvar el instante,
convertirlo en única y poseída “esfera
de silencio”, es sin duda vocación
esencial del poeta. Y la vocación
esencial, ¿no es el sino? En todo caso,
alguien que ha rozado tan oscuros
enigmas tiene ya a su lado el misterio
adánico por excelencia: el misterio de
la mujer. Un solo poema le dedica Ballagas en este libro, el titulado
“Oasis”, pero basta para medir el camino
recorrido en tan pocas páginas. La
realidad pulposa y fragante muestra su
reverso árido; es ahora “seca realidad:
arena, desierto, vidrio, resol”. La
frescura frutal, el edén de los sentidos
(“el dátil fresco”) está en la mujer,
pero ella es un espejismo, una mentirosa
ilusión inalcanzable. Y cuando se
esfuma, el poeta siente en su carne
“insomnes heridas secas”, “gusto de
arena rajada”.
La premonición es aguda, pero no puede
ser insistente, porque los temas
centrales del libro son otros. El
“instante fugacísimo”, la “eternidad en
fuga”, va revelando por contraste la
quietud, ya no de víspera prenatal, sino
de pesadumbre y agobio que hace del
hombre – que quiso dar el salto a la
mañana con las botas de la fábula – un
inútil, un tullido. En medio de la
rápida, graciosa e irresponsable fuga de
las apariencias, entre sus gestos
fantásticos de dioses, elfos y hadas
ingrávidas, el adolescente descubre el
peso de la sustancia reflexiva, que lo
deja torpe, opaco y arrumbado en un
mundo donde hasta la noche es una niña
que “danza y agita en el viento/ una
túnica de olores”. Este nuevo
autorretrato del poeta (“El inútil”)
anuncia el temple taciturno que invadirá
el ámbito de su segundo libro
confesional. La inmovilidad oscura y
absorta del hombre
―el nonnato, el
tullido, el solo consigo mismo―, frente
a la alborozada carrera y danza de las
hermosas apariencias, constituye uno de
los temas fundamentales de Ballagas.
Pero ahora el poeta busca refugio por
las dos vertientes que se reparten las
aguas de este libro: el abandono sensual
o la metafísica huida. Y entrelazado
siempre, jugando a ser y no ser, el puro
juego arcádico de la fruición verbal.
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En la primera dirección apuntada (a la
que pertenece también “Vendrán cinco
estrellitas”, con giro más consciente)
sobresale el poema titulado “Sentidos”
―uno de los más característicos y
hermosos que escribió Ballagas. La
sensualidad adquiere aquí una
concentración, lentitud y opulencia que
contrastan con el aire de retozo y
puericia que da tono de conjunto al
libro. Compárese con el líquido
fonetismo del “Poema de la ele” (Réplica
más tierna al “Verdehalago” de Brull) o
con el deslumbramiento natural, de agua
y de aire, del venturoso “Poema de la
jícara”. El poeta ha entrado, con un
frenesí de intensidad casi solemne, casi
dolorosa, casi funeral, en la noche de
los sentidos. Y ya que no puede ser el
“non-nato de claridades”, ya que en el
translúcido mundo de las gozosas
apariencias no puede ser más que el
opaco, el pesante, el inútil
―que lo
envuelvan en sudario de sabores,
perfumes y colores, náufrago en la
radiosa pleamar de los sentidos. El
ansia de frescura se torna ansia de
anonadamiento. El júbilo por el sabor
paradisíaco del mundo
―ya que hay un
dato que no se nombra, pero que en
silencio actúa―
se torna entrada en la
materia, tema que Pablo Neruda habría de
cantar con más decisiva elocuencia y
aciagos esplendores. Aquí Ballagas,
según el modo natural de este libro, no
hace más que invocar, breve y
enérgicamente, los lánguidos favores de
un ingenuo Dionisos tropical: “Que me
envuelvan
―presagio de pulpa―/ en
ciruelas de tacto perfumado.”
La otra vertiente del cuaderno se
ejemplifica con “Huir”, “Viento de la
luz de junio” e “Inicial del sueño”. El
poeta inmóvil, tullido, ansioso de
anonadamiento sensual, imitando
imaginativamente el impulso de la
realidad que pasa indetenible y
fulgurante, quiere también huir, pero
huir del tiempo y el espacio, de la
historia y las formas, de la costumbre y
la lógica, libre de memorias y
proyectos: “desatado, blanco, eterno”.
Es un anhelo que de mil maneras ha
expresado la poesía contemporánea. El
blancor, la virginidad de la nada
ontológica, del puro ser sin
compromisos, de la “luz de jugar y de
huir”, tientan al creador gravemente
presionado por un mundo de dilemas
sombríos. Mundo, sobre todo, que lo
obliga a hacerse historia, a tomar
partido, a compartir los remordimientos
de una culpa difusa. La pesadumbre de la
conciencia en lo interior y la presión
de una circunstancia cada vez más
apremiante, comprometedora y apoética,
lanzan a la criatura por ese camino de
evasión imposible, tanto más bella
cuanto más imposible, en la que logra
Ballagas expresiones de un dinamismo
sorprendente
―y muy distante por cierto
de la serenidad cultural, con puntas de
ironía, de Mariano Brull en su “Yo me
voy a la mar de junio”. Qué ingenuidad
en la pasión, qué rapto encantador e
incontenible de la palabra cuando al
poeta exclama:
Llévame, llévame, llévame
a secuestrarme en lo eterno
―ansia,
oleaje, grupa, crin―
viento de la luz de junio.
Página memorable. Y luego, por último,
como programa consciente, “¡cuánta nada
que hacer!” Sálvese el poeta jugando,
haciendo puras nadas, desoyendo el
timbre eléctrico del mundo exterior,
“desnudo de ayer, de hoy, de mañana”,
hombre sin anécdota ni quehacer,
fugándose en la gracia de un sensualismo
ontológico. Ah, pero él sabe que esa es
la línea “por donde se llega al sueño”,
no a la realidad. Porque el sueño, para
los poetas de esta generación, tanto en
España como en América
―
en el fondo,
modernistas últimos―, significa la
huida de la realidad común. Ellos no ven
el sueño como sustancia de las cosas
―al modo clásico―, sino que
―románticos
esenciales (recuérdese la pregunta de
Darío)―
lo sienten como espejismo o
miraje. Hay un dualismo radical en el
planteamiento de esta poesía: de un lado
está la realidad impura, del otro el
sueño puro. Y esas nadas, ese blancor,
esa “perfección del sí”, ese “remolino
de lo eterno”, el poeta sabe ya que son
mera ilusión, bellos mirajes que cederán
al empuje de la angustia real. Porque la
angustia está presente en este libro
como un escalofrío extraño, velado, sin
explicación, en la forma diabólica del
perro:
Viene la noche a olfatearme.
La noche,
como la sombra de un perro
mueve la cola del viento,
la cola fría del viento...
Viene la noche a mis pies
―huraña―
como la sombra de un perro.
No olvidemos esta visitación infernal de
la angustia (insinuada también en “Las
Siluetas” y “Magia negra”). No olvidemos
tampoco la copa de la tragedia, que el
poeta creyó haber hecho trizas. Todo eso
volverá, invasor e inexorable, cuando al
fin la criatura vulnerada, llena de
humores y experiencias, caiga en el
polvo de su realidad sufriente.
Entre tanto, otra evasión más fácil e
inmediata se le ofrece por el lado de la
llamada poesía negra o mulata, que había
inaugurado entre nosotros Ramón Guirao
en 1928. Esta fase ocasional y
secundaria de la poesía de Ballagas, no
significa sin embargo una desviación
estética notable con relación a la
“pureza” de Júbilo y fuga. Por el
contrario, prolonga el júbilo elemental
e infantil de las sensaciones y del
juego idiomático, y significa otro modo
de fuga. Lo real no es lo mismo para
todos. Así, mientras el negrismo conduce
a Nicolás Guillén hacia el centro de su
realidad poética, para Ballagas
representa solo
―contra las apariencias
de lo que entonces algunos llamaron
poesía "de servicio"―
otro plano
de evasión.
La búsqueda de una sensualidad sin
pecado, adánica o pueril, que es uno de
los motivos centrales de su primer
libro, prosigue en el Cuaderno de
poesía negra (1934), como un anhelo
absoluto que encarna o se especifica en
los datos de la circunstancia. La
elementalidad sensorial y expresiva del
negro antillano puede corresponder,
mirada con ciertos ojos, a los
caracteres del estado primigenio que
soñaba el poeta. Si antes nos decía: “La
boca/ sentirá el sabor blanco/ de la
espuma y del júbilo”, ahora dice: “A las
bocas africanas asoma por los dientes/
la blancura, la espuma ingenua de las
almas.” Si antes pedía, utilizando
frutas de categoría universal: “Que me
cierren los ojos con uvas”, ahora
escribe: “Esta fragancia del tabaco
fresco va a cerrarme los ojos.” Y en vez
del anonadamiento místico-sensual en “un
incendio de manzanas” o “ciruelas de
tacto perfumado”, más risueñamente nos
dirá: “El oído va nadando/en ríos de
caimito y mango./ Y el olfato
respirando/ música en pregón de piñas.”
En vez de pedir que lo ciñan “de
eclípticas azules”, constatará:
“Eclípticas encendidas de pereza ciñe el
trópico.” La voluptuosidad del fonema
puro es idéntica en el “Poema de la
Jícara” y en el “Solo de Macacas”:
“Júcaro y jácara”. “Guáimaro. (Risa
bárbara.) Tocororo... (Risa bárbara).” Y
el gusto por la jitanjáfora del “Poema
de la ele” se explaya en las roncas
onomatopeyas de la “Comparsa habanera”,
el poema de más rica orquestación verbal
que dio nuestra poesía negra, así como
“La rumba” de Tallet fue el de más
definitiva plasticidad.
Un poeta genuino siempre halla pretextos
para expresar las más profundas
apetencias de su sensibilidad. Ballagas
atravesó la moda de lo negro con decoro
suficiente y con aciertos perdurables en
su línea, como la “Elegía de María Belén
Chacón” y “Para dormir a un negrito”:
esto es, la elegía y la nana, dos
propensiones expresivas del poeta,
especificadas en la atmósfera de los
tipos populares; sin contar páginas que
en la recitación pueden adquirir una
gracia de dicción y movimiento
indiscutible, como “Lavandera con
negrito” (escena humorística de la
calle) y “El baile del papalote”
(saturado de un erotismo elemental).
Claro que en la valoración de estos
poemas deben intervenir factores
generacionales y de época que están en
la memoria de todos. ¿Quién no sabe el
papel que jugó el negrismo en la Europa
de la posguerra, y su trasplante a las
dos América, y su llegada a Cuba en el
propicio ambiente de la revolución
política y artística? ¿Quién no recuerda
aquellos candorosos recitales de Eusebia
Cosme en La Habana llena de ilusiones
del año 36? Pero lo que aquí nos
interesa es únicamente el valor
intrínseco que todo ese episodio tuvo en
el proceso de nuestro poeta. Hecha,
pues, la experiencia de la ingenuidad
popular por el lado de lo negro, con una
clara simpatía hacia el sufrimiento
humano que la risueña superficie oculta,
Ballagas se vuelve a sus íntimos lares
para rematar, en un cuaderno ligerísimo
y seguro, las intenciones que le dan su
encanto inmarchitable a Júbilo y fuga.
Me refiero a Blancolvido
(1932-1935), que sólo figura en la
primera edición de Sabor eterno,
retirada por el autor a raíz de su
salida.
En Júbilo y fuga el poeta nos
dijo: “Todavía yo siento este gozo
inefable/ de ser niño”. Blancolvido
se inicia con el “Soneto niño”, única
exposición, dentro de una forma cerrada,
de los ideales de cantor esencial que
aún sigue alimentando. Allí
encontraremos, situados en aérea
arquitectura, los temas y símbolos
transparentes del poeta: la brisa, lo
inefable, la inocencia, la ola, el
júbilo, el retorno a la mañana prístina.
Y todo ello envuelto en el sabor blanco
de un endecasílabo de vocales abiertas,
infantiles, llenas de aire limpio y
redondo.
El segundo poema del libro, “Delicia del
tacto”, resume la dimensión sensual de
la poesía de Ballagas anterior a “Sabor
eterno”, con verdadera maestría. Una
lectura superficial pudiera llevarnos al
simplismo de pensar en la imitación de
Jorge Guillén. Desde luego que la
influencia estilística del poeta español
es innegable, en ésta y otras páginas.
Pero ¡qué distinta la sustancia poética
y humana que expresan ambos! En
Ballagas, por lo pronto, ni una gota de
intelectualismo, ni una arista de
estructura, ni un amago de especulación.
Su palabra, abierta y porosa, se resiste
al resguardo de la cerrada esbeltez
guilleniana. Palabra indefensa,
expuesta, vulnerable, tan alejada en su
profunda ingenuidad de la enhiesta
palabra de Guillén como de la metálica o
incisiva palabra de Florit. Y luego, el
objeto hacia el cual se dirige, que la
condiciona: la pulpa o translucidez de
los sentidos
―“ola, curva, brisa”―,
tan distante del mediodía perfecto del
Ser, meta del autor de Cántico.
Blancolvido
es como una reexposición, más sosegada y
explícita, de Júbilo y fuga. En
el poema que nos ocupa, “Delicia del
tacto”, puede seguirse, resumida en un
ámbito mínimo, la trayectoria de la
fuga: desde el sensualismo frutal (con
rápida alusión a la etapa negra) hasta
la blancura virginal del olvido, o lo
que en el libro anterior había llamado
“un júbilo de gritos sin historia”:
Espuma del sueño.
¡Blanco, blanco, blanco!
Diente de la negra,
cáscara de huevo.
(Sal, nieve, delicia.)
Yema, fruta, labio...
Se hunde nuestro barco
dentro de la música
jocunda del tacto.
¡Delicia! ¡Delicia!
Las aguas se cierran...
(¡Ya olvidé mi nombre!)
La blancura del olvido es la virginidad
sensual del sueño adánico, la belleza
que ronda al poeta sin encontrarse a sí
misma nunca (Blancolvido),
también la “Alta soledad”, que va
callada en la tarde, “arrastrando cola/
de algodón dormido/ de pluma y sigilo”.
Es la alta madre que acuna al poeta, que
le canta la nana del desnacer, que lo
quiere llevar otra vez a la dulzura de
la noche prenatal, a las cerradas
vísperas del mundo. Ya en la “Ronda II”,
de Júbilo y fuga, el poeta decía: “La
noche nos besa igual que mamá/ y en sus
frescos brazos nos quiere dormir.” Y
ahora de pronto tiene la visión de su
voz suspendida en el espacio, dormida en
los brazos de esa madre alta que es la
soledad de la belleza y la blancura del
olvido; su voz como una niña ingrávida,
que no quiere pisar la tierra:
¡Oh! Qué dulcemente boba
―suspendida flor de espacio―
secreta música escucha.
¡Ingrávida y muda está
disfrazada de silencio!
En esta colección alcanza Ballagas
algunas de sus manifestaciones más
puras, con un sigilo y gozo que toca
bordes de dicha trascendente. Si la voz
que el poeta vio tan dulcemente embobada
en brazos del olvido maternal, era en
definitiva el espacio suspenso de la
tarde o de la noche, ¿no será este
espacio el sueño de sí mismo, no será lo
real el sueño de la identidad? He aquí
un poema en el que Ballagas,
conscientemente o no, busca la brecha
por donde superar el dualismo que estaba
en la raíz de su poesía. Es el titulado
“Unidad” y empieza con estas líneas:
El cielo, como un cielo
se despereza y canta...
Fijémonos en la audacia que supone usar
el nombre común, por segunda vez, como
nombre metafórico, buscando así la
identidad poética de lo real más allá de
las transmutaciones retóricas, en un
reino donde el lenguaje ya dado se
levanta a perenne catacresis.
El agua juega a ser
agua... ¡y se sueña agua!
Entonces el juego y el sueño no
constituyen la fuga, sino el ser de las
cosas. ¿Hay tal vez alusión a los
platónicos arquetipos, y el agua que
primero se nombra produce ese reflejo de
sí misma en el juego y el sueño de las
apariencias? Más bien parece que la
unidad invocada por el poeta es
inmanente a lo real, pero la duda
subsiste en los próximos versos:
El árbol no coincide
más que con su secreto
pensamiento de árbol
que se desdobla en árbol.
Y finalmente, la soledad del poeta, a
semejanza de las cosas que son sus
propias imágenes, no necesita “espejo en
qué apoyarse”:
Ella misma es su imagen
singular, acabada.
Le basta con saberse
y errar desamparada.
Pensábamos que la angustia no afloraba
en esta colección como en Júbilo y
fuga y damos ahora
―en un verso
aislado, pero lleno de gravedad y
resonancia―
con el desamparo que
presentíamos detrás de las delicias y
blancuras del olvido. ¡Qué timidez alta,
qué temblor ingenuo, qué azoro ante la
belleza tienen a veces las palabras de
este libro! Y cómo nos conmueve la
inflexión de algunas líneas, en las que
parece acercarse el aliento del poeta,
su voz desarmada de escritura. Como
cuando, después de escribir: “Y la luna
de mañana/ tampoco es dalia segura”,
añade en otro tono, como metido en las
lejanías, frialdades y naufragios de la
noche venidera: “sí, vocecita
angustiada”. O cuando dice, con la
deslumbrada alegría del pobre de
espíritu:
Solo la luna de hoy,
la que está brillando ahora,
es luz grande y regalada,
sorpresa para mis ojos,
señora de mis sentidos.
El cuaderno termina con los epitalamios
de la palabra virgen. El poeta vuelve
siempre a la palabra, que es su cuerpo.
Sabe que esa nada donde todo está y no
está, ese vacío lleno de apariencias y
apariciones, es al cabo su única
posesión real. Y entonces le canta como
a una esposa, en un tiempo que está
fuera de la sucesión, que es el tiempo
de nadie y de nada (“Epitalamio” l), el
puro tiempo nupcial donde tiembla como
un alba el verso: “Pétalo, poesía,/
enamorada aurora.” (“Epitalamio” II).
¿Qué importa el quién o el dónde? “La
rama y el ave y la garganta” pasan; la
canción no pertenece a nadie. “La música
es del viento/ y del que la conquista.”
Por eso el poeta secretamente se
pregunta cómo conquistarla.
En “Palabra virgen” nos ofrece Ballagas
una hermosa poética o cacería espiritual
de la palabra. Al inicio de sus
Intuiciones precristianas, observa
Simone Weil que en todos los relatos
sagrados es Dios quien busca al hombre,
más que el hombre a Dios. La palabra
constituye para el poeta la potencia
nupcial, el daimon mediador entre
su deseo y la divinidad. De raíz divina
ella misma, el poeta siente que, al
buscarla, es ella quien lo busca. Por
eso ahora la ve como un pájaro en lo
oscuro, como una mariposa deslumbrada:
“buscándote, buscándose empeñada:/
ciega, sin encontrarse ni encontrarte.”
Ángel–mariposa, pájaro-ángel (como en
la imaginación demonológica de René Portocarrero), vislumbrándola se dice a
sí mismo: “Tornasolada/ la veías/
primero de un color, luego de otro.” Y
en ese relámpago de la entrevisión
apresta sus mallas aparentemente
inútiles:
Para hacerla tu presa,
convocabas urgente a los sentidos:
Olfato, Vista, Tacto, Gusto, Oído...
que urdían la retícula
de donde siempre se escapaba ella
ilesa, indemne,
viva y azorada.
Se escapa, sí, porque es la palabra
anterior a la palabra, el espíritu libre
de la poesía; pero ese deseo de ella,
esa amorosa persecución, si no la
apresa, la enamora, la rinde a las
finezas del amante. Y así, después de
las naturales travesuras femeninas (
Rápida/ alzaba un grito/ en el punto
brillante de los ojos:/ huía al
pestañear”), de pronto el poeta se
siente navegado por la palabra como
nueva sangre solemne, y entonces ella
baja, enamorada y siempre libre, ante
sus ojos sorprendidos: “Iba profunda,/
majestuosa en el río de las venas/ y
bajó por el lápiz a posarse/ en la
cuartilla que tenías delante”. Mariposa,
pájaro, abeja, ondina, hada, ninfa,
mujer, estatua: es la escala de Jacob de
este poeta luchando con su ángel en el
sueño adánico de los sentidos, en la
blancura cinegética y nupcial de la
palabra.
La segunda parte de la primera edición
de Sabor eterno se titula “De
otro modo” (1935-1938). La segunda
edición, aparecida el mismo año de 1939,
suprime Blancolvido y deja el
título general de Sabor eterno para los
poemas que se hallaban incluidos en
De otro modo. El libro se inicia con
un poema
―“Canción”―, que asegura la
continuidad con las últimas páginas de
Blancolvido, aunque su forma de
romance con rimas generalmente aguda le
da una rotundidad que no muestra nunca
aquel cuaderno, salvo en el “Soneto
niño”. La nueva estación de la poesía de
Ballagas, sin embargo, hay que buscarla
en los dos poemas que constituyen el
centro de Sabor eterno, y que
fueron publicados separadamente en 1936
y 1938. Nos referimos, desde luego, a
“Elegía sin nombre” y “Nocturno y
elegía”.
El primer texto de “Elegía sin nombre”
apareció sin puntuación, al estilo de
los poemas de Vicente Alexandre en
Espadas como labios, y de Luis
Cernuda en Donde habite el olvido:
Ballagas se acerca a la órbita de estos
poetas, y algo también a la de Pablo
Neruda, impulsado por sus nuevas
necesidades expresivas. Nos atendremos a
la versión puntuada que figura en la
edición definitiva de Sabor eterno.
Se trata, por lo pronto, de un poema
narrativo, autobiográfico, donde se
cuenta una experiencia del amor. Desde
este punto de vista, y considerando
también el tono neorromántico que lo
invade, su concepción
―salvadas las
distancias de época―
no difiere en lo
esencial de la que sostiene, por
ejemplo, al romance “Fidelia”, de Juan
Clemente Zenea. Ambos son narraciones
elegíacas, articuladas en momentos
discernibles. Los del poema de Ballagas
son tres: 1) Los amantes, sin saberlo,
son empujados por el destino hacia el
fatal encuentro. 2) Los amantes se
hallan frente a frente y gozan la
angustiosa dicha que se acaba. 3) El
poeta canta el fracaso del amor y su
transmutación en el poema, enlazándolo
con la cita de Whitman que lo precede.
En la primera estrofa se describe el
paisaje natural de la inocencia: la
arena, el mar, el cielo. Blanco y azul.
Los gerundios nos indican un estado de
duración ahistórica, un tiempo arcádico.
En la segunda estrofa el poeta empieza a
describirse a sí mismo en medio de esa
soledad marina y virginal que va a
convertirse en el escenario del
encuentro y la caída. Para hacerlo,
utiliza ahora los verbos en el pasado
imperfecto, y su contraste con los
gerundios suficientes de la naturaleza
(el mar “mirándose”, el cielo
“continuándose”), nos indica que se
trata de una criatura vulnerable por el
tiempo sucesivo, que va hacia la
historia, la decadencia y la muerte. El
que habla, además, es el hombre ya
vulnerado y ensombrecido: su descripción
retrospectiva delata un temblor de
amargura que a ratos parece trocarse en
advertencia, como si fuera posible
―al
revivir las imágenes de lo pasado―
impedir que se consume. Pero el poeta
habla ya desde la consumación de su
tristeza:
Yo andaba por la arena demasiado ligero,
demasiado dios trémulo para mis
soledades,
hijo del esperanto de todas las
gargantas,
pródigo de miradas blancas, sin vuelo
fijo.
Pensemos en Júbilo y fuga,
pensemos en Blancolvido. Sí, el
poeta iba demasiado ligero: su ligereza
no era sólo tenuidad de anécdota o
condición adánica, sino también
indefensión de brizna arrastrada por el
viento. Era una ligereza excesiva y
peligrosa, un andar sin raíces ni
gravitación, un júbilo irresponsable
acechado por las potencias oscuras
escondidas en esas soledades donde “se
hacían las gaviotas, se deshacían las
nubes/ y tornaban las olas a embestir a
la orilla”, como si eso fuera todo, como
si nada más pudiera ocurrir. Hay un
momento en que la radiante inocencia de
la naturaleza se nos transforma en
máscara impasible de las fuerzas
demoníacas. Empezamos entonces a
inquietarnos. Todo nos empuja, con
despreocupación fingida, al sitio del
destino. El poeta sentía ya una vaga
tristeza inmotivada, una premonición de
palabras que aún no habían llegado a sus
labios. Y su andar no era ya el de un
“dios trémulo”, el de un “fresco niño
del olvido”, sino el de un sonámbulo, el
de un hipnotizado: “en un andar en andas
más frágil que yo mismo,/ con una
ingravidez transparente y dormida”. Y a
su lado descubre entonces el testimonio
de la opacidad, del volumen, de la
pesadumbre que va alcanzando su cuerpo.
Porque aquel perro huraño, animal de la
angustia, que el poeta confundió con la
noche en Júbilo y fuga, sale
ahora de él, de su propia noche, se
proyecta en la arena y lo acompaña para
siempre:
Mi sombra iba a mi lado sin pies para
seguirme,
mi sombra se caía rota, inútil y magra;
como un pez sin espinas mi sombra iba a
mi lado,
como un perro de sombras
tan pobre que ni un perro de sombras le
ladraba.
Y de súbito entramos en el reino
sombrío. El poeta ya no puede seguir en
calma su relato; prorrumpe en amargas
lamentaciones que nos revelan la causa
de su tristeza. Volvemos a encontrar,
insuperado, el dualismo que descubrimos
como supuesto de Júbilo y fuga y
que parecía conjurarse en un poema de
Blancolvido. De un lado el sueño, la
ilusión, el miraje; del otro, la
realidad “con la luz que recorta las
cosas agriamente”. De un lado, el júbilo
puro de huir; del otro, la gravitación
impura del pecado y el dolor: la
realidad, que es un “secreto de carne” y
un “secreto de lágrimas”. Hacia ese
amargo secreto era también empujado el
otro, aunque su cuerpo “reposara
tendido”: “Tú avanzabas, amor, te
empujaba el destino,/ como empuja a las
velas el titánico viento de hombros
estremecidos.” Los dos arrastrados por
esas manos “que pueden más que nosotros
mismos”, llegan al fin, fatalmente, al
sitio del encuentro, y entonces el
paisaje se quita la máscara: lo que
parecía inocencia arcádica de cielo y
mar, de nubes, gaviotas y olas, se
revela como escenario polvoriento de
viejo teatro, con su tramoya gastada y
celestinesca de luces y sombras; y los
amantes, en el centro de la escena,
fuertemente amarrados por los cables de
seda y acero que “tendió la mirada”. Y
esta escena venía ocurriendo desde el
principio de los tiempos, había ocurrido
ya en el tiempo inmemorial y onírico del
deseo en que ha caído el que se quería
“non-nato de claridades” o “fresco niño
de olvido”. El amante descubre, sí, la
belleza exultante del cuerpo amado
(llamarada, mástil, columna, torre),
pero también la “noche morada de los
siglos” que se acrisola en sus “ojos
oblicuos”, y la indiferencia que
levemente “levanta las cejas”. Rostro
vagamente siniestro, como una máscara de
imperceptible ironía, donde está cifrado
el fondo irresponsable y fatal de las
pasiones. Rostro milenario, nocturno,
anónimo, de la belleza intocable,
turbadora, profundamente frívola. Rostro
en verdad demoníaco.
El poeta ha perdido para siempre la paz;
ha caído en el mundo del deseo. Y ha
perdido su ingravidez, que le venía de
la comunicación con el espíritu libre de
la belleza. Ahora la belleza carnal,
inalcanzable, inconsistente, vacía, es
la que vive y alienta “con un alma
distinta” cada vez que respira, mientras
él
―que andaba “sin vuelo fijo” a la
orilla del mundo―
se ha fijado en la
arcilla y se ha quedado a solas con su
“alma única, invariable y segura”. Nadie
ha cantado entre nosotros el misterio
teológico de la caída con tanta lucidez.
Ahora el poeta está inmóvil,
meditabundo, “con un libro entreabierto
sobre las piernas quietas”. Ahora
sabe, y ese saber es un sabor
amargo, no de espuma blanca, sino de
“limo oscuro de lágrimas”, en su lengua.
Solo le queda
―como despojo del linaje
divino―
la vida del poema. Porque lo
decisivo en esta experiencia no es su
“gran fracaso”, sino el haber entrado en
el tiempo de la muerte, de la carne, del
sufrimiento; y entonces descubre la otra
vida, la de la creación, que vive del
dolor. Por eso concluye: “Los pechos de
la muerte me alimentan la vida.”
El impulso narrativo y dramático de
“Elegía sin nombre” desaparece por
completo en “Nocturno y elegía.” El
verso irregular
―aunque basado siempre
en el pie de siete―
se remansa y cuaja
en estrofas homogéneas de siete
endecasílabos blancos cada una. Esta
forma regularizada nos indica un estado
de sombrío recuento, posterior a los
remolinos de la experiencia. El poeta
habla con un tercero, en ensimismado
parlamento. Son los recados últimos a la
persona amada e irremediablemente
perdida. Recados de un dulce desvarío,
precedidos por un ritual aciago que
parece venir de costumbres populares que
el poeta del Cuaderno de poesía negra
conoce bien: “Si pregunta por mí, traza
en el suelo/ una cruz de silencio y de
ceniza”. Pero enseguida añade,
recogiendo todo el poso amargo de la
elegía anterior: “sobre el impuro nombre
que padezco”. Ya no sólo no puede
olvidar su nombre, anegado por las aguas
deslumbrantes del sentido, como quería
en “Delicia del tacto”, sino que lo sabe
nombre impuro, manchado, y lo padece
como una maldición. “Si pregunta por mí
(continúa), di que me he muerto”. Vivir
en el reino de la culpa y la impureza es
estar muerto: noción que aparece en
todas las religiones, desde las más
primitivas hasta el catolicismo. Pero la
idea de la muerte nos lleva también al
camino de las metamorfosis, vía por
donde toscamente busca el mundo de la
fábula, anterior a la Revelación
cristiana, la salida de los ciclos
fatales que dominan la muerte y el
destino, más fuerte que los dioses.
Preso en la pesadumbre de la culpa y la
tristeza del amor fracasado, el poeta
quiere evadirse metamorfoseándose,
aniquilando su conciencia por la
transmutación en formas inocentes,
luminosas e irresponsables. Es una nueva
fuga sin júbilo, una fuga desesperada
por las galerías del sueño de las
formas: “Dile que soy la rama de un
naranjo,/ la sencilla veleta de una
torre”.
Lo decisivo, repetimos, no es la
anécdota del amor imposible, sino la
entrada en la órbita de lo impuro, lo
caído, lo sufriente. Por si nos quedara
alguna duda, “no le digas (prosigue el
poeta) que lloro todavía/ acariciando el
hueco de su ausencia”. Esto, con ser tan
doloroso, es ya secundario frente a la
inmensa verdad que ha descubierto: la
verdad de la carne, la fatalidad
inmemorial e inconmovible de ese “laurel
que canta y sufre”:1
Entonces el
amante quiere repartirse, donarse en
fragmentos de su cuerpo, viajando por el
tenebroso río del sueño de las formas:
“Es verdad que estoy triste, pero tengo/
sembrada una sonrisa en el tomillo,/otra
sonrisa la escondí en Saturno,/ y he
perdido la otra no sé dónde.”
Esconderse, perderse, repartirse, nuevo
Osiris desmembrado en la vastedad del
universo, regresar por el camino de la
disolución a las formas elementales y
simples de la materia. Recordemos a
Darío: “Dichoso el árbol que es apenas
sensitivo/ y más la piedra dura, porque
esa ya no siente.” El amante asciende y
desciende, en su absorto desvarío, por
la escala de las metamorfosis. Tan
pronto es “mudo pececillo” como “oscura
perdiz”. Anhelo de anonadarse en la
mudez, oscuridad y lejanía del cosmos,
que en el fondo es un anhelo erótico, de
entrega innumerable, porque se funda en
un animismo de raíz, caro a toda
desesperación romántica. Y sin embargo
el niño, el niño arcádico, marinero y
pastoril, el niño eterno, vulnerado pero
indestructible, emerge para rechazar con
un gesto cristalino la montaña de
impurezas y remordimientos que le viene
encima. Y su defensa consiste en su
misma indefensión: “Soy una verde voz
desamparada/ que su inocencia busca y
solicita/ con dulce silbo de pastor
herido.” ¡Ah, rebaño, para siempre
extraviado, de las sensaciones
virginales! Ahora las metamorfosis
adquieren otro sentido: ya no recogen el
anhelo de una aciaga disolución, sino
las formas escogidas, difíciles, ocultas
o tímidas en que sobrevive la inocencia
destruida: “la punta de una aguja,/un
alto gesto ecuestre en equilibrio;/ la
golondrina en cruz, el aceitado/ vuelo
de un búho, el susto de una ardilla”.
Inocencia que sobrevive, sí, pero con el
torpor nocturno del búho, con el azoro
de la ardilla, condenada a las sombras,
el peligro y el espanto. Y en todo caso
resistiéndose a ser “eso que dibuja/ un
índice con cieno en las paredes/ de los
burdeles y los cementerios”. Porque
quiere serlo todo, apariencia
innumerable de la imaginación del
cosmos; “todo, menos la carne que
procura/ voluptuosos anillos de
serpiente/ ciñendo en espiral viscosa y
lenta”. Quiere perderse en lo ligero y
gracioso, y aun en lo oculto: azafrán,
lirio, golondrina, búho, ardilla; pero
no en la serpiente. Porque la serpiente
no es una forma de la fantasía divina
soplando a la materia (soplo donde el
alma puede imaginativamente refugiarse),
sino la figuración sagrada del Mal, que
busca el centro libre del alma para
ahogarlo en la viscosidad y lentitud –
cualidades ya no demoníacas sino
satánicas – de la Carne. El poema
termina volviendo al tema de la
disolución y la entrega, en una
atmósfera de romanticismo desmayado, de
lánguida evaporación, de lejanías y
entreluces espectrales: “Dale el suspiro
mío, mi pañuelo;/mi fantasma en la nave
del espejo./ Tal vez me llore en el
laurel o busque/ mi recuerdo en la forma
de una estrella.”
De los poemas que preceden en Sabor
eterno a las dos elegías (descontado
“Canción”, a que ya nos referimos), los
más importantes son el “Nocturno”:
“¿Cómo te llamas, noche de esta noche?”,
cuya tierna escritura, como el ademán
ingenuo del poeta, parece temblar en el
aire enlunado; el “Poema impaciente”, de
realización monótona, que expresa, al
revés de “Elegía sin nombre”, la
amargura de la frustración por el
desencuentro; “De otro modo”, ardiente
testimonio de la angustia metafísica
ante la fijeza irrevocable de la
realidad, derivado luego hacia la
resonancia puramente sentimental, otra
vez, del encuentro imposible: página
siempre emocionante y personalísima; y
el “Retrato”, coronamiento de una serie
de esbozos iniciados en “Víspera” y que
hay que poner en relación con el pasaje
de “Elegía sin nombre” que comienza: “Y
yo con mi alma única, invariable y
segura.” Poema muy representativo de
Ballagas, por ese aliento que empaña el
cristal de las palabras, y que de pronto
alguien limpia y se ve al adolescente
inmóvil, volviéndose azorado al soplo
misterioso de su propio nombre. Retrato
lleno de atmósfera, de hálito, de aura,
con fondo de tarde azul y primeros
planos de ventana habanera, dentro de
ese vago teatralismo indefinible, donde
el gesto real y el gesto fingido se
confunden, que es uno de los secretos de
esta poesía. Poesía de soplos, de sustos
evaporados, de manos que se alzan en el
aire para acariciar el ánfora de una
frase, de voces que se ahuecan y quedan
adorando una sola palabra dolorosa como
en el final de “De otro modo”, que el
poeta decía tan bien. Porque no
olvidemos que este lirismo tiene su
elocuencia, su teatro evanescente, sus
efectos de buena ley.
Los poemas que siguen a “Nocturno y
elegía” son “Elegía tercera”
―
desarrollo de la idea de la muerte
sucesiva, la muerte como espejos
infinitos, lluvia incesante, lento
deshielo; “Psalmo”
―meditación sobre
el amargo misterio de la carne, sobre el
porqué y para qué de la generación
seminal; y el “Nocturno” que empieza:
“De pronto me he quedado como una rama
sola”, página de temple desigual, con
influjos heterogéneos que no logran
fundirse en la voz del poeta. En cambio
el “Soneto sin palabras” cierra el libro
con fidelidad y maestría. De él
subrayamos la exclamación que lo
preside: “ ¡Ángel caído a tu
sentencia!”, como tema fundamental de
este libro. Aquel cuerpo intacto y
radiante que tan hermosamente se evocó
en “Elegía sin nombre”, aquel cuerpo
cuya vida se dividía “como el canto en
estrofas”, es ya una “inútil apagada
carne” que se ofrece “a los agudos
garfios heridores”. El cuerpo se ha
hecho carne, y carne oscura, en los
garfios de la muerte, podredumbre
anticipada. No puede imaginarse caída
más profunda ni expresión más violenta
de la tristeza del espíritu en el
hombre.
A lo largo de Sabor eterno, y
especialmente en “Nocturno y elegía”,
puede seguirse el proceso por el cual el
poeta distingue el deseo del amor. Ese
discernimiento va a cobrar fuerza
temática en un importante poema
publicado por la revista Cuadernos
Americanos en su número
correspondiente a julio-agosto de 1943.
Se titula “Declara qué cosa sea Amor” y
lo precede un soneto
―“Invitación a la
Muerte”―
que será incluido con algunas
variantes en Cielo en rehenes.
El poeta ha hecho su experiencia y nos
trae sus definiciones, sus antinomias,
viejas como el mundo, nuevas como la
mañana. A cada una de las maldiciones de
la Carne corresponde una bendición del
Amor, subiendo de lo natural a lo
sobrenatural por un camino que
―al
revés de lo que ocurría con el engaño de
las metamorfosis―
realmente va a
conducirlo a la liberación del espíritu.
El Amor no es el deseo (“ese escuálido
aullido/ de famélicos lobos
extraviados”), sino el reposo inocente
de la Arcadia marina (“Una dormida playa
suspirante/ con esbozos de cuerpos que
respiran/ bajo su blanca sábana de
arenas”) ; no es la fornicación (“esa
carpa difunta, viscosa, irrespirable”)
sino un ímpetu luminoso “como un gran
caballo/ de espadas con las crines de
diamante”; no es el remordimiento de la
culpa (ese “dolor sucio de los días/ en
que resbala lenta la llovizna/ igual que
un lloro de pupilas ciegas”), sino el
festejo de la alianza (“un arco iris/
triunfal para que mozos y doncellas/
desfilen enlazados por los talles”); ni
mucho menos la prostitución (“Torpe
moneda, alacranado labio,/ bruja y
raposa a un tiempo”), sino la santa
nupcialidad del mundo (“las cámaras
nupciales/ tibiamente alumbradas por los
besos;/ arpas de fuego, cítaras de
agua”). Pero en la tercera y cuarta
parte del poema, sube el Amor a su
esfera espiritual. Puede ser ahora, no
ya alegría y gozo primaverales, sino
arrepentimiento, contrición, “dolor de
hombre/ que como el publicano hunde la
frente/ y rasga el corazón sin que lo
miren”. Y puede ser olvido, no de las
cosas o los otros para ser más uno
mismo, sino, al contrario, del amargo yo
para dejarlo en la transparencia de la
entrega. Y dulzura de las cosas
humildes:
Pero el amor, ¿cómo diré que sea?
es el sencillo patio de mi casa, es mi
niñez,
mi adolescencia pálida,
el naranjo florido, el venadito
que atado nos trajeron una tarde
y murió sin sus bosques en los ojos.
Amor sin sexo, goces del espíritu que
empiezan por la aceptación plena de este
mundo y paran en querer la muerte del
deseo, la renuncia a la belleza de las
cosas, el camino que conduce a Dios:
“Amor, Amor hundiéndome en la muerte./
Es renunciar, no estar preso en las
cosas./ Desligarse de la trampa mortal
de las criaturas.” Desnudez,
despojamiento, entrega. Amor de
salvación. Perder la vida para ganarla:
“y en Ti perderse/ para encontrarse
Contigo en tu Morada”.
Del reino de la Fábula había caído el
poeta en “los caminos nocturnos” de la
pasión y la carne, por donde se va
“pisando arena y vidrios y espinas de la
ira” (“Psalmo”). De ese polvo se
levantará únicamente por el misterio de
la fe, que es lo contrario de aquellas
evasiones místico-sensuales que tantas
veces lo tentaron. Porque la fe se funda
en mirar la realidad de frente y abrazar
la Pasión, la Cruz que la abraza y la
redime. Los primeros pasos decididos que
dará Ballagas por ese nuevo camino, sin
embargo, no aparecerán en un libro de
poemas confesionales, sino en un
cuaderno
―Nuestra Señora del Mar,
1943―
humildemente dedicado a la Virgen
de la Caridad, patrona de Cuba. El
cuaderno está formado por un soneto,
diez décimas y unas liras finales. Su
sencillez nos alivia del tono un tanto
retórico de “Declara qué cosa sea Amor”,
cuya coherencia conceptual no logra
siempre convencernos de la absoluta
realidad interior que lo sustenta –
porque en efecto, a veces nuestro saber
o nuestros credos pueden adelantarse a
nuestra vida. Por lo demás, en el
“Soneto de los nombres de María”
hallamos la vinculación oculta de este
homenaje – aparentemente desasido de la
intimidad del poeta
―con la etapa
anterior de su vida y su poesía. El
descendimiento y la encarnación, a
través de la Virginidad invulnerable,
redimen a la arcilla impura. Una nueva
medida de Belleza se hace posible para
el pecador. No se trata de huir, de
evadirse, sino de aceptar amorosamente:
Pero el amor que multiplica todo,
Panes y peces, el maná y la Forma,
Hace que la sin mancha baje al lodo,
Que la luz soberana tome forma,
Que la belleza, al fin, halle acomodo
Y al ojo pecador dicte su norma.
El catolicismo significa para Ballagas,
en primer lugar
―después de los excesos
de un neorromanticismo que le han
estragado la palabra―, claridad y
norma. Por eso busca ahora las formas
clásicas y cerradas, donde la palabra se
somete a una disciplina que la ordena y
purifica. Las espinelas dedicadas a la
Virgen, por otra parte, constituyen un
nuevo acercamiento
―más refinado y
universal que el de la etapa negrista―
a las fuentes populares y folclóricas,
esta vez por el lado guajiro y de los
loores anónimos. Sus décimas, siendo
desde luego cultas, se acercan con
deliberada humildad a la sencillez de la
décima campesina, tratando de “aislar
(como dice en las notas finales) la
luminosa religiosidad popular
―tradición universal popular―
de la
superstición plebeya que con innegables
vetas de pictoricidad étnica, carece de
legítimo vuelo espiritual”. Ningún
pintoresquismo, en efecto, mancha estas
páginas, próximas sin embargo a la
frescura de lo popular por la
espontaneidad del tono y el candor de
las concepciones. Si las comparamos con
las décimas de Eugenio Florit en
Trópico, las diferencias entre ambos
poetas fraternos resaltan violentamente.
Mientras las décimas de Florit están
armadas de punta en blanco y tienden al
perfil intelectual de la palabra, con
voluta a veces gongorina, las de
Ballagas
―como toda su poesía―
están
desnudas e indefensas, sin otro escudo
que su propia carne emocional, en azoro
tímido.
A pesar de su carácter de homenaje
objetivo, de estampas poéticas
iluminadas a imitación de los óvalos que
rodean la figura de la Virgen en su
altar, percibimos la súplica y la
esperanza que delicadamente se
transparentan cuando el poeta dice, con
gracia culta y popular a la vez: “Déjame
tomar asiento/ En tu preciosa canoa/ Y
poner al cielo proa/ Navegando por el
viento”; o cuando, en la décima a la
luna nueva que está a los pies de la
Virgen, exclama: “¡Luna que mi angustia
bañas! ¡Ojo que en la sombra vela!”; o
cuando dice cómo la Fe “abre la oscura
mirada/ Y le ofrece Pan de Vida”. Y
aquel paganismo arcádico, de radiosa
sensualidad frutal o marina, que
escondía en su aparente inocencia la
semilla de la corrupción, cede el paso a
la Madre que aparece flotando sobre las
aguas, vencedora del reino de Venus:
El reino de Anadiomena
Parece, porque esculpida
Luce María adherida
A la concha cíe la aurora,
Perla de luz cegadora
Al amanecer mecida.
Algunas espinelas, como la que se titula
“Entrada en la canoa,” se destacan por
su delicadeza antológica, por la
delgadez cristalina del idioma. Después
de su temporada en el infierno de lo
oscuro, lo cósmico y lo fosforescente;
después de atravesar lo morado y la
ceniza, vuelve Ballagas a encontrar su
palabra blanca, pero ya no de un blanco
fabuloso y pagano, ni de un blanco de
olvido, sino de humildad y rendimiento:
el blanco de la sal que recogieron los
pescadores en cuya canoa entró la
Virgen, y que llevaron al hato de
Varajagua. Esa blancura de los
pescadores, de los humildes, de los
pobres de espíritu, es la que ahora
quiere el poeta, y la que le hace poner
en boca del ermitaño Matías de Olivera
ese requiebro encantador: “¿De dónde
vienes, Señora,/ Con la ropa tan
mojada?”
En las liras finales se acerca más a un
barroquismo tierno, blando y movido, con
la indolencia de nuestro mar en una
mañana radiante. Los versos parecen,
henchidos y puros, las olas sobre las
que apareció la imagen de la Virgen
flotando después de la tempestad,
mientras el arco iris “moja la tranquila/
Cola de faisán real entre la espuma”.
Catolicismo criollo, fragancia de
leyendas populares, estampa ingenuamente
iluminada sin literatura casi, limpia de
oropel y vanidad. Eso es este cuaderno
ligerísimo, blanco, humilde, de Ballagas
―alabanza fina “a la que es salud y nos
trajo la salud en las entrañas”, que
señala su entrada en la libertad
verdadera del espíritu.
El próximo y último libro de nuestro
poeta
―Cielo en rehenes, que a
pesar de haber recibido el Premio
Nacional de Poesía correspondiente a
1951 permanece inédito―,2
cuaja su neoclasicismo de raíz católica
en una serie de 29 sonetos repartidos en
tres secciones
―Cielo
gozoso,
Cielo sombrío y Cielo invocado―
donde se resume todo su proceso
espiritual. En el primer Cielo sitúa el
júbilo de la sensualidad, presidida por
un tono de alabanza contemplativa. La
primera lección que aprende de Roma, es
que no hay que renegar de los sentidos
―santificados por la Encarnación―, sino
ordenarlos en la jerarquía de lo creado.
Queda muy lejos el frenesí dionisíaco
del anonadamiento sensual. Entre la
hermosura y el hombre se interpone una
distancia respetuosa. Y para expresar
este nuevo estado, nada mejor que la
ventana justa del soneto, que “mide el
paisaje” sin oponer pared a sus efluvios
y sugestiones. Porque ya el poeta no
anhela el romántico infinito del espacio
nocturno y el deseo, sino la porción de
mundo que le toque serenamente disfrutar
como en una “caja de divina resonancia”.
Por eso es “adorable” la piedra de la
cárcel del soneto, y el poeta le dice
hermosamente:
Entra y sale de ti la poesía
con la sombra imponente del abeto
y la fragancia de la rosa fría.
Siguen las alabanzas primorosas de la
flor, de la flor anónima y fugaz, cuyo
enigma remonta al origen de la belleza
(soneto que debe relacionarse con “El
que encuentra una flor”, delicadísimo
poema publicado en Clavileño); y
las alabanzas del clavel, flor nombrada,
individual y en cierto modo abstracta:
“silencioso doncel de melodía”. La
exaltación frutal (yema, pulpa, tacto,
paladar) ha cedido el paso al perfume
dibujado y cantado de las flores, a la
sensualidad espiritualizada de la
contemplación. Y si el poeta vuelve a
sus lares de paganía helénica (“vierto
en cratera de oro vino griego/ y mis
sentidos visto de tu gama”), es para
hacer un brindis de sabor cultural, para
rendir homenaje a la belleza con
fórmulas de noble secularidad. La
segunda lección aprendida de Roma es que
la perfección material de lo creado
refleja una sabiduría que debemos
venerar, aun en las criaturas vegetales.
Y así dice al clavel: “tu perfección es
tu sabiduría”.
Del clavel pasamos al cisne. Pero el
cisne de Ballagas no es el símbolo de
Eros o el Enigma (como en Darío), ni de
la retórica impresionista e insustancial
(como en González Martínez), sino del
rapto libre y salvaje de la poesía. No
es el cisne versallesco bogando por las
quietas aguas del lago o el estanque,
sino más bien el cisne peregrino que,
“olvidado del pasaje” (esto es, de su
función decorativa), alza el vuelo con
“ímpetu divino”. Entonces le dice el
poeta
―revelando ya aquí sus lecturas
de los románticos ingleses, por el tono
y la mirada:
Espíritu pareces no criatura,
que el aire recorriera vagabundo
mojando de alegría el firmamento.
En el fondo este soneto contiene una
defensa del cisne, frente al ataque un
tanto simplista
―aunque magistral―
de
Enrique González Martínez. ¿Por qué ha
de salir vencedor “el sapiente búho”? En
su hora sombría el poeta se vio a sí
mismo como “el aceitado vuelo de un
búho”. Góngora en las Soledades
por dos veces nos recuerda que es el ave
en que se transformó Ascálafo, hijo de
Aqueronte, acusador de Proserpina. En
nuestros días José Gorostiza nos habla
del “solitario búho que medita/ con su
antifaz de fósforo en la sombra”. Su
linaje infernal está bien acreditado.
Todo su saber debe ser plutónico y
satánico. Tal vez sea cierto que
“interpreta/ el misterioso libro del
silencio nocturno”, pero es justamente
de ese silencio de lo que huye ahora
nuestro poeta, y por eso prefiere, no el
cisne “que da su nota al azul de la
fuente”, sino el que alza el vuelo
nómada como espíritu libre, “mojando de
alegría el firmamento”. Visión luminosa
y enérgica del rapto poético, que desde
luego preferimos a las presuntuosas
metafísicas del búho.
Sigue una serie de sonetos de temas
insulares (playas, bodegones, idilios y
paisajes), de los cuales destacamos,
como antológicos, el “Soneto rural”, con
su voluptuosa fruición de eses
antillanas, y el titulado “Fuente
colonial”, exquisitamente labrado desde
la primera a la última sílaba, joya
indudable de nuestra poesía, por la
escogida perfección y el templado calor
humano que se funden en su hermosura:
No lloréis, más, delfines de la fuente
sobre la taza gris de piedra vieja.
No mojéis más del musgo la madeja
oscura, verdinegra y persistente.
Haced de cauda y cauda sonriente
la agraciada corola en que el sol deja
la última gota de su miel bermeja
cuando se acuesta herido en el
poniente.
Dejad a los golosos pececillos
apresurar doradas cabriolas
o dibujar efímeros anillos.
Y a las estrellas reflejadas no las
borréis cuando traducen de los grillos
el coro en mudas, luminosas violas.
La belleza de lo creado, viene a
decirnos el poeta en esta primera
sección de su libro, es un cielo que
tenemos en rehenes, como prenda y
garantía de que existe la Belleza
increada, el cielo del absoluto gozo.
Mas para merecer la invocación de esa
ventura es preciso pasar
―como lo hizo
Cristo―
por el "cielo sombrío" del
dolor, purgatorio que también comienza
en esta vida. Porque los dos mundos se
entrelazan y unifican para el que ha
alcanzado la fe. Vienen ahora los
testimonios de la purificación del “dios
caído”, como se llama en el “Soneto
sombrío”. Es la noche bíblica del
temblor y el crujir de dientes. El
corazón del poeta, que anduvo siempre
desnudo y sin resguardo, está ahora en
carne viva, profundamente vulnerado, no
ya por la angustia y la impureza, sino
por el horror de la ofensa cometida; no
por el dolor que se padece, sino por el
que se inflige con el pecado. Es el
miércoles de ceniza, la hora de la
indignidad y el remordimiento:
¿Quién con la uña de una lezna fría
sobre mi corazón traza una estría
dejando en carne viva su latido?
¿No callará el lamento que me eriza?
¿No habrá quien apostrofe al firmamento
por dar tregua a esta lluvia de ceniza?
El Enigma del tiempo es el del corazón
humano, que primero
―en la ciega
expansión de la juventud―
creemos que
es un pájaro volando sin rumbo por la
niebla oscura, pero que después sentimos
“aletear en el pecho prisionero/ como en
un cielo breve e insondable”, y que al
cabo romperá su cárcel para encontrar la
perdición o salvación eternas. Símiles
sencillos, diáfanas alegorías, vivencias
entrañables. Y otra vez
―pasados los
sonetos a Lorca y a un amigo muerto―
el
cisne que tiene el “don de profética
elegía”, ahora como ejemplo de hermosura
y elegancia en el dolor–Poética que
corresponde a esta segunda parte de
sonetos doloridos. Y finalmente, la
“Invitación a la Muerte”, con
resonancias clásicas de estoicismo
cristiano, en la mejor línea de
tradición española:
Que si yo ardí, querer que se derrama
en mentira carnal y estéril vena,
por la verdad en tu reloj de arena
soy ora la humillada voz que clama.
Desengaño, confesión, sabiduría casi
anónima, casi refranesca, de cristiano
viejo:―“que el que pierde la tierra,
gana el cielo”. ¡Ah, sí, pero cuán
difícil es perder la tierra! Hay que
velar continuamente, estar en vela
siempre en el amanecer de Dios, según
nos dice Cristo (San Lucas XII): “Porque
donde está vuestro tesoro, allí también
estará vuestro corazón. Estén ceñidos
vuestros lomos, y vuestras antorchas
encendidas; y vosotros semejantes a
hombres que esperan cuando su señor ha
de volver de las bodas; para que cuando
viniere y llamare, luego le abran.
Bienaventurados aquellos siervos, a los
cuales cuando el Señor viniere, hallare
velando.” Con un bellísimo soneto
inspirado en esas palabras comienza
Ballagas la sección final de su último
libro. Se titula Hora de Laúdes y
lo inunda una dorada luz matinal en la
que no sobrevive ningún color impuro,
ningún gesto voluptuoso o desmayado.
Todo es aquí
―bajo “ la celeste
chillería de alondras”―
enérgica
vigilia del espíritu:
Pero el buen siervo, anticipado al rojo
clarín que abre amapolas de bravura
(alumbrando el oído antes que el ojo)
Ya está en vela, ceñida la cintura,
luz en la mano, pecho en el cerrojo,
atento a que regrese la Hermosura.
El paso del alma al espíritu se confirma
en los sonetos siguientes. En “Pasión de
la Inteligencia” (con una cita de Helio
sobre San Judas), nos sorprende un tono
de discurso intelectivo que no había
aparecido nunca antes en la poesía de
Ballagas: “No la palabra, mas la idea
pura,/no la materia, sí la coincidencia/
entre la forma y lo que la apresura./ La
cáscara mortal del accidente/ disipada
en las luces de la esencia/ y el lucero
del Acto, permanente! “ Tomismo poético,
sin duda. Y después de la visión, ya no
juglaresca y fina, sino trágica y
entrañable, de María en “Pietá” (“tu sol
desciende, se consuma el día:/ tu
palabra debajo de la hiedra”), un soneto
fundamental: “La Mirada”. Recordemos la
observación de Simone Weil: es Dios
quien busca al hombre. Un día sentimos
su mirada en nosotros: hemos sido
alcanzados, no por su justicia, sino por
su amor inaudito. En vez de entregarnos,
resistimos, queremos escondernos, vivir
ocultos; pero ¿dónde, cómo? Su mirada lo
atraviesa todo
―pecado, distracción,
banalidad, azar. Estamos descubiertos. Y
descubiertos por una mirada suplicante,
por la mirada del mendigo, del pobre:
“Aunque vaya a esconderme, Dios me mira/
con ojo de reproche sin
venganza;/mientras más amoroso más
alcanza/ a lastimar lo que de mí
respira.” Vulnerado ahora por el Amor
que nos padece, le llega al hombre el
tiempo de la contrición, del llanto que
fluye de la dureza del corazón, “al
acordarnos de que Dios nos quiere”. Qué
sencilla elocuencia tiene ese giro
familiar: “al acordarnos”. Sí, porque lo
habíamos olvidado, y de pronto, en un
momento cualquiera
―que es tal vez el
instante de la gracia―
vemos otra vez
la mirada de infinita súplica.
Los últimos cuatro sonetos del libro
muestran una reciedumbre y una plenitud
insólitas en la poesía de Ballagas. Ya
no queda en su palabra ningún dejo
balbuceante, ninguna blandura
sensualista. Y si a veces se insinúan,
es para fundirse al punto en la llama de
la voz espiritual. El segundo movimiento
de la gracia es la sequedad y el
silencio.3 Dios, que tan
ardientemente nos buscaba, desaparece.
“Dios silencioso, Dios desconocido,/
¿porqué si más te busco, más te
escondes?” Pero esa sequedad y ese
silencio constituyen el disfraz de su
ternura, la brasa de su purgatorio, el
imponente sitio de la plaza fuerte del
alma. Porque se trata, como nos dice “la
voz penitencial”, de desprenderse del
“hombre viejo” de que habló San Pablo y
de la “ensombrecida vestidura de la
serpiente antigua” que era su piel. Pues
no se puede rechazar a la serpiente,
como tantas veces lo intentó el poeta
enceguecido, sino más bien desprenderse
y desnudarse de ella, que está adherida
a nosotros desde el Génesis. Y así
llegamos a uno de los mejores sonetos
religiosos de nuestra poesía, el “Soneto
agonizante”, milagro de impulsión y
clausura, de exactitud y aliento.
Conmovedor milagro del amor apremiando
por sus más vivos centros la palabra de
un hombre que ha subido, tras una larga
y penosa jornada, con sus débiles
fuerzas, a los alcores de la Pasión del
Espíritu. Y qué riqueza, qué hondura,
qué fuego adquiere entonces su palabra
anhelante. Y qué transfiguración de la
voluptuosidad la satura de un Sabor y un
Deseo que han vislumbrado el Horno
subidísimo de la Dicha:
¡Ah, cuándo vendrás, cuándo, hora
adorable
entre todas, dulzura de mi encía,
en que me harte tu presencia. Envía
reflejo, resplandor al miserable!
En tanto que no acudas con tu sable
a cortar este nudo de agonía,
no habrá tranquila paz en la sombría
tienda movida al viento inconsolable.
Luz increada, alegra la soturna
húmeda soledad del calabozo:
desata tu nupcial águila diurna.
Penetra hasta el secreto de mi pozo.
Mano implacable... Adéntrate en la urna:
remueve, vivifica, espesa el gozo.
Termina el libro con la Poética que
corresponde a esta última estación: “La
clave mortal.”4 Si primero el
soneto se vio como ventana enrejada que
“pauta la distancia”, y después como
cisne que enseña al arpa adolorida “a no
quebrar su línea de hermosura/ cuando en
puro sollozo el canto prende”
―ideales,
respectivamente, de una fruición
neoclásica y de un romanticismo sometido
a contención estoica―, se ve ahora como
llama purificadora, como disciplina del
fuego que trasciende el esteticismo a
que parecía conducir el culto de la
forma. Y es ganancia notable que Ballagas
―tan condicionado por los
designios de belleza fruitiva de su
generación – haya podido trascender ese
culto inmanente de la forma, de la
“muda, pura, inviolada” rosa que suena
la hora exacta en su “reloj sin tiempo”.
Ahora el poeta la baja de ese cielo
abstracto a su humilde función
decorativa. Porque ahora sabe del carbón
encendido que abrasó los labios de
Isaías:
Pues si la soledad de mi garganta
pide al fuego su prueba dolorosa
aniquilando todo lo que canta,
No es para decorarse con la rosa,
sino para poner en muerte tanta
centella de una vida más hermosa.
La forma no es la rosa bella, sino la
llameante muerte que “divide el alma de
su tosco velo” (“Invitación a la
muerte”) para llevarla a la frescura de
las aguas esenciales, “junto al venero/
donde la sed no quema la garganta”
(“Soneto por un amigo muerto”). La forma
no es entonces un ideal estético sino el
dinamismo de la purificación, la llama
que traspasa y transfigura. Lo inmanente
se ha vuelto trascendente. La perfección
estética se ha transformado en camino de
perfección.
Después de “Cielo en rehenes”, escribió
Ballagas sus Décimas por el júbilo
martiano, premiadas en el Concurso
del Centenario. No ocultaba el poeta su
carácter ocasional de versos escritos
para un certamen. Por lo demás, no
parecía su voz la más indicada para dar
el tono requerido en estos casos. Lo
dio, sin embargo, con una frescura y
gallardía que salvaron, en la mayor
medida posible, los escollos del
obligado canto cívico. Al revés de lo
que ocurre con las décimas a la Virgen,
detenida cada una como estampa en su
óvalo, muestran estas décimas a Martí un
impulso de sucesión que las encadena
alegremente como en las improvisaciones
populares. Ballagas tuvo siempre un
instinto certero de lo popular. Los
pregones, nanas y bailes de la población
negra o mestiza; las estampas de la
devoción humilde; y ahora el tono de los
rústicos improvisadores, hallaron en él
un captador capaz de finas
estilizaciones.
Como ocurre en Nuestra Señora del Mar,
las vivencias religiosas del poeta se
filtran en estos versos últimos,
dándoles su mejor calidad. Ballagas ve
en Martí, esencialmente, el inmolado, el
que vivió y murió a imitación de Cristo.
Y en seguida le acuden las referencias a
las Epístolas y los Evangelios, como en
la décima que empieza: “Porque si el
grano no muere/ será su estirpe
abatida”; o en la que termina: “¡Oh!
Martí, padre leal,/ en la Patria
redimida/ eres blanca sal de vida/ y
Ella el sabor de la sal”; o cuando lo
llama: “El Cordero de Dos Ríos”; o
cuando le pide al Apóstol: “El labio de
tu poeta/ purifica con un ascua”.
También se advierten alusiones a los
Versos sencillos en varios pasajes,
y sobre todo resonancias de su estilo en
algunas décimas, como la 9 y la 17, que
es a mi juicio una de las más
afortunadas. Después que ha hablado
Martí, dice el poeta:
Y la voz torna a callar,
mas la canción es tan vasta
que se va extendiendo hasta
perderse sobre la mar.
“Cuando un poeta muere”, decíamos... Y
ojalá que hayamos hecho hablar a sus
palabras, en el silencio ávido de
nuestra atención, como querían ellas,
que aún nos miran ardientes. Pero no
creáis que las apreciaciones de estas
páginas han sido influidas por ese
temple respetuoso del ánimo que suele
presidir a las evocaciones póstumas. Ya
en mi Recuento de la poesía lírica en
Cuba de Heredia a nuestros días,
había observado, sumariamente, que
Ballagas es “entre los poetas de su
generación, si no tan decantado como
Brull ni tan antológico como Florit, el
que ofrece un proceso espiritual más
dinámico e interesante”. La verificación
de ese proceso ha sido el principal
propósito de mi trabajo. Y en verdad no
es nada frecuente, en ninguna
literatura, que un solo poeta pueda
ofrecernos una trayectoria vital y
religiosa tan abarcadora como la que
hallamos en la obra de Emilio Ballagas
―que además selló con su nombre un
momento característico e indeleble de
nuestra poesía. Del anhelo de una
inocencia arcádica a la caída en el
tiempo taciturno del deseo y de la
muerte. De la paganía fabulosa de los
sentidos al romanticismo elegíaco del
alma. Y después, la ascensión a los
misterios de la fe, al tiempo
trascendente de la Pasión del Espíritu.
¿Cabe más completa expresión de lo que
puede ser, como historia espiritual, una
vida humana?
En sus últimos tiempos, Ballagas parecía
estar ordenando toda esa experiencia
dentro de una visión cultural. Había
sido siempre un poeta ingenuo, en el
sentido de que escribió con absoluta
inmediatez, sin preocuparse del ámbito
en que su obra podía lograr una
coherente perspectiva. Daba por ello la
impresión de escribir poemas aislados,
sin conexión interior unos con otros,
sin intencionalidad que los uniera e
impulsara. La verdad, como hemos visto,
es muy distinta de esa impresión
superficial, causada por lo ingenuo de
su actitud ante el poema. Últimamente,
repetimos, parecía buscar las líneas de
su paisaje. Su curiosidad intelectual se
ensanchaba, abarcando desde Teócrito y
Ronsard hasta John Donne y Gerad Manley
Mopkins. Acercábase también al guiñol,
al teatro, a la novela. Estaba, en suma,
en ese momento de madurez en que el
poeta busca la integración de su lirismo
en dimensiones objetivas. Lo que nos
deja, sin embargo, es algo mucho más
precioso aun: la obra de un lírico puro,
cuya voz desarmada cantó, esencialmente,
la vulnerabilidad de la criatura humana.
Y el recuerdo inolvidable de un hombre
que en su hora postrera
―cuando se
acercaba a la muerte como un cristiano
ejemplar―
parecía ya entender, con toda
su alma, las palabras suavísimas del
“Esposo a la Amada”:
Vuélvete, paloma,
Que el ciervo vulnerado
Por el otero asoma.
1954
"La poesía de Emilio Ballagas", en
Lyceum, La Habana, año XII, vol. 40,
pp. 5-34. Publicado también como prólogo
a
Obra poética de Emilio Ballagas,
La Habana, 1955, p. VIII.
Notas
1.
Es posible que en este verso haya
también alusión a la fábula de Apolo y
Dafne, según la cual esta última acaba
transformándose en un laurel, árbol que
“como la virginidad misma, verdece y no
da fruto”, según la moraleja medieval
añadida al pasaje de las Metamorfosis,
de Ovidio (Gilbert Highet: La
tradición clásica, p. 107 – 108,
nota).
2.
En el momento en que se pronuncia esta
conferencia.
3.
Hablamos aquí de los “movimientos de la
gracia” en cuanto pueden ser expresados
simbólicamente por la poesía, sin
cometer la imprudencia de referirnos
directamente a su íntima realidad
espiritual, que pertenece al más sagrado
e inviolable misterio de la persona.
4.
Posteriormente hallamos otra copia de
Cielo en rehenes que termina con el
bellísimo y conmovedor soneto “La
pobreza merecida”, plenamente situado
dentro del sentido espiritual que
venimos comentando. Véanse también “Alto
diamante” y “El escultor”. |