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Adentrarnos en la poesía de Emilio
Ballagas (1908-1954) es penetrar en un
intenso y desgarrador conflicto, en un
drama que consumió toda su vida y se
constituyó en el núcleo generador de su
obra. Es la suya, ciertamente, una
existencia en perpetuo conflicto con sus
circunstancias y consigo mismo, diálogo
del poeta con la realidad desde su
radical vocación homoerótica, importante
elemento de su escritura. Su obra va
evolucionando desde aquellos textos a la
fría belleza (“De hielo”, de 1925) y a
una vida que acaba “como la niebla bajo
el sol naciente” (versos de “Despedida”,
poema dedicado a Clara Varela, tía
abuela del poeta, también de 1925),
hasta los austeros sonetos de su último
período, pasando por un ingenuo
vanguardismo en los poemas que publicó
en la revista Antenas, de
Camagüey, en los finales de la década de
1920. En ese arco de algo menos de 30
años encontramos páginas memorables
junto a otras de escaso aliento y
endeble factura, signadas por una
languidez que les
viene del temperamento del
autor, de una timidez que lo tornaba
retraído y excesivamente sensible a la
crítica y la maledicencia, según leemos
en los rápidos apuntes en los que
algunos de sus contemporáneos lo
evocaron, como Enrique Álvarez, Rafael
Suárez Solís y Raúl Roa, 1 y
en el artículo en que Roberto Fernández
Retamar nos dice sus impresiones acerca
del poeta, publicado en Lunes de
Revolución el 14 de septiembre de
1959.2 Una rápida indagación
en torno a su vida nos revela a un
hombre inmerso en una realidad que le
resultaba hostil por muchas y diversas
causas, frente a las cuales sufría
depresiones o experimentaba una
abrumadora sobrecarga. Las más
importantes y decisivas de esas
adversidades parecen haber sido la
marginación manifiesta o velada que se
derivó de su condición homosexual y el
profundo drama que generó en su
conciencia genuinamente cristiana. Ello
no significa, por supuesto, que
absolutamente toda su poesía, en todos
los instantes, haya sido motivada por su
preferencia sexual, pero sí es indudable
que esa preferencia está en el centro de
su obra como uno de los núcleos
fundamentales de su cosmovisión, incluso
en la etapa final de su trayectoria
lírica, como ha demostrado Víctor
Rodríguez Núñez en un esclarecedor
ensayo
3 sobre ese período de la
evolución del poeta, en el que nos
detendremos más adelante.4
Como muy acertadamente han señalado los
estudiosos de la obra del poeta que más
se han detenido en su obra,
en su evolución hallamos tres
grandes momentos o etapas: la primera,
reunida en los libros Júbilo y fuga
(1931) y Cuaderno de poesía negra
(1934), se caracteriza por un fruitivo
juego sensorial y por fáciles
sonoridades en un lenguaje jitanjafórico,
desentendido de significados y búsquedas
trascendentes, como si la mirada
estuviese contemplando un paisaje
incontaminado de angustias, puro paraíso
anterior al Tiempo y la Caída; la
segunda, compilada en Blancolvido,
con poemas de 1932-1935, y en Sabor
eterno (1939), nos entrega
preocupaciones, cuestionamientos y
conflictos que constituyen el centro del
“dolorido sentir” de este poeta
intensamente apasionado por amores
imposibles, por ausencias y
desgarramientos que a la postre vinieron
a engrandecer su lírica y a darle la
dimensión trascendente que la sitúa
entre los textos clásicos de nuestra
poesía; las tercera etapa, recogida en
Nuestra Señora del Mar (1943), en
los sonetos que reunió bajo el título de
Cielo en rehenes (1951) y en las
Décimas por el júbilo martiano en el
centenario del Apóstol José Martí
(1953), se define, en líneas generales,
por un acendrado cultivo de las formas
y, en opinión de Vitier, por una
“disciplina” que “ordena y purifica”
5
las palabras, así como por una perenne
batalla entre el deseo de la carne y la
sed de pureza, batalla más o menos
velada en Cielo en rehenes, en mi
opinión el más profundo y perdurable
libro de Ballagas. Un importante grupo
de poemas no recogidos en libro
complementan la obra total de este
importante creador.
En las páginas iniciales, anteriores a
la compilación de 1931 (léanse, como
ejemplos, “Pobre rosal del
corazón…” y “Poema de la inquietud”),
vemos ya el tono y la manera de los
mayores poemas posteriores, en especial
en esa delicada y en ocasiones lánguida
tristeza que tan endeble y frágil torna
su obra, incluso en sus textos
antológicos. En los dos cuadernos de ese
momento inicial, saturados de candor y
de la búsqueda de un espacio, de
imágenes e impresiones incontaminadas,
el poeta nos está planteando por un lado
una profunda necesidad de pureza
espiritual, diálogo con una belleza que
nos rebasa y en cierto sentido nos
redime de tanta carga de pecado,
conciencia que desde entonces venía
conformando la sensibilidad del autor y
configurando su relación con la vida y
con los demás. Fiesta sensorial,
alegría, disfrute pleno de la realidad
natural, sin los conflictos de deseos
que el poeta considerase impuros,
hallamos en esos dos cuadernos de la
etapa inicial, si bien aparece en
momentos aislados una secreta angustia
que escapa en algún verso, como se
aprecia en el poema “Magia negra”, con
estos versos bien elocuentes:
En los ojos del pavor
se tuerce mi sombra amarga.
En los ojos del pavor
mi sombra muda se alarga.
[…]
Un beso de pesadilla
muerde mi labio asustado
los minutos, como anguilas,
saltan viscosos y ciegos.
(Mi sombra sigue danzando
danza de trapo y de baba.)
En los ojos del pavor
se tuerce rota y amarga.
(La noche se llena de algas,
de ranas y anguilas yertas.)
En Cuaderno de poesía negra
aparece otra pieza disonante, “Elegía de
María Belén Chacón”, acaso la mejor de
todo el cuaderno, con un contenido
social que rompe con la ligereza y la
gracia que el poeta se propuso comunicar
en los restantes ejemplos, todos
construidos con sonoridades e imágenes
visuales que evidencian su pertenencia a
la tendencia purista que por entonces
cohesionaba la poética de Ballagas. Creo
que el arcadismo de ambas entregas, como
ya señalé, responde, más que a un
ejercicio de retórica vanguardista, con
la que nuestro poeta no se identificó
plenamente en un sentido profundo, a la
necesidad de distender sus propias
tensiones emocionales y su inconformidad
con la realidad circundante, cuyas
múltiples agresiones incrementaron los
desajustes de su personalidad, tan
vulnerable y de naturaleza tan dada al
sufrimiento silencioso frente a la
discriminación de su persona y a las
injusticias, como testimonian algunas de
las cartas transcritas por Argyll Prior
Rice, el poema “Madrid, 1937” y las
afirmaciones que hace en su conferencia
“La poesía en mí” (1937), donde leemos:
Más claro aún: el que es capaz de
impresionarse ante la fina arquitectura
de la rosa ha de serlo de sufrir con más
intensidad que otro hombre alguno la
injusticia humana o la barbarie de una
guerra egoísta. Yo voy a lo mismo que
proclaman los hombres del énfasis y de
la prioridad política, pero por un
camino diferente: el camino que me traza
mi condición de hombre cristiano y poeta
con ansia totalitaria. […]
6
[…] Ser poeta comporta una actitud ante
las cosas, una responsabilidad en todos
los órdenes del vivir y del saber. Ser
poeta es tomar antes de escribir una
actitud vital. ¿Queréis ahora que
precise más mi posición dentro de la
poesía? Lo haré en unas pocas palabras.
“No quiero verso que juegue, ni verso
que suene; quiero verso sufrido en la
propia carne, que ande con pies de
corcho, sin excluir los pies de plomo;
pero esto último se refiere a la
gravidez no a la resonancia.”
7
Esas declaraciones nos permiten realizar
una lectura de Júbilo y fuga y de
Cuaderno de poesía negra desde
una perspectiva diferente de la que nos
propone la mayoría de los críticos y
estudiosos, y sustentar la tesis de Luis
Álvarez en su trabajo ya mencionado,
donde subraya el sentido que ha de
dársele a la palabra fuga a la
hora de enjuiciar ese cuaderno,
partiendo, como hemos señalado, de las
afirmaciones del propio autor en “La
poesía en mí” y de un aserto muy
particular que encontramos en su
conferencia de 1938 sobre Sergio Lifar,
el bailarín ruso, en la que nos dice:
“La vida de todo artista está hecha de
huidas a sí mismo y de escapadas a la
vida. Este limpio juego de balanza
—justo equilibrio— es lo que mantiene
el ímpetu creador, que a la vez es ansia
comunicativa y no puede permanecer
encarcelado dentro del individuo por muy
vastos que sean los dominios del 'yo' ".8
Ahí, como en las palabras anteriores,
hay toda una poética que nada tiene que
ver con actitudes escapistas ni
evasiones de la realidad y sí mucho con
una necesidad imperiosa de ir hacia lo
real, como señala Álvarez en su
comentario a las reflexiones del poeta:
Obsérvese cómo [apunta el crítico], a la
luz de ese modo de entender el término
fuga, esta no es un movimiento
descentrado y cobarde, sino la búsqueda
de ese “justo equilibrio”, que se dirige
en simétrico juego de balanza hacia el
interior del artista y hacia su entorno
vital; tiene, entonces, un fuerte matiz
musical. […] Véase, además, que Ballagas
ha empleado el término “huida” con el
sentido de "huida a", y no con el de
"huida de" […]
9
Como puede apreciarse, esas
consideraciones del ensayista
constituyen un replanteo en la
valoración de esas obras en una
dirección opuesta a la que habíamos
visto en otros intérpretes. Podrá
objetarse quizá que Júbilo y fuga
es anterior a esas teorizaciones y que
en 1937 y 1938 su pensamiento había
experimentado cambios en torno a su
visión y definición de la poesía, pero
los propios poemas reunidos en ambos
cuadernos apoyan los criterios de
Álvarez en tanto pueden ser
interpretados como "otra manera" de
dialogar con la realidad y no
simplemente como evasiones. En efecto,
si aceptamos que el poeta experimenta
durante esos años de la década de 1930
estados de angustia y significativas
discrepancias con la sociedad e incluso
consigo mismo, tocado desde entonces por
sus apetencias eróticas y el sufrimiento
provocado por las agresiones de algunos
críticos, a las que alude en las cartas
que cita Pryor Rice, esas páginas
líricas permiten ser leídas como una
compensación que puede ser hallada en el
suceder natural, no para escapar a la
acción de las fuerzas hostiles que lo
herían de diversas formas, sino para
alcanzar un estado de espíritu superior
en la pureza del paisaje y en las
sonoridades y colores de la creación,
entendido ese término en un sentido
religioso, presencia igualmente actuante
en Ballagas desde siempre. Estar dentro
de sí era de hecho una experiencia
lacerante, en tanto que salir hacia la
realidad, siguiendo los postulados del
propio autor que hemos citado, entrañaba
alcanzar el justo equilibrio que tanto
necesitaba. En Júbilo y fuga se
impresiona “ante la fina arquitectura de
la rosa” y se deleita ante la diafanidad
y pureza de la luz, y sale entonces a
buscar esos esplendores de los que el
hombre interior carece en su condición
de víctima de los otros y de una moral
intolerante. Releídos de ese modo los
dos poemarios de los que venimos
hablando, es ostensible que el poeta no
quiere escapar cuando mira la plenitud
gozosa de la naturaleza y disfruta de
sus dones, sino buscar desesperadamente
el equilibrio en la otra variante de la
vida, tan real como la sociedad que lo
zahiere y lo agobia. Recordemos aquella
estrofa de “Cuento de Perrault”:
Hice trizas mi copa
de escanciar la tragedia,
ahora siembro en la vía
espiguitas de trigo para tu pan
y escucho
un canto de corolas
que ayer no comprendía…
Vemos que el hombre sufrido se mueve en
dos mundos, dos ambientes. En “Inicial
del sueño” leemos:
[…]
Afuera llaman. Me llaman
del mundo real; una mano
oprime el pulso de un timbre:
—suelta bandadas eléctricas
de pajaritos metálicos.
Pero yo sigo desnudo
de ayer, de hoy, de mañana;
puro,
ligero de anécdota,
tullido sobre la dalia
enhiesta, quieta, del ocio.
[…]
Ese baño de los sentidos en la plenitud
del gozo, júbilo en la totalidad, sueño
y juego, disfrute de una dicha que se le
niega al individuo en el diario vivir
entre los otros en las ciudades e
inmerso en la técnica, es transitorio,
fugaz, pero no infructífero en la medida
en que está ahí como un regalo de Dios,
memoria de un Paraíso que perdimos, pero
que vive aún en la grandeza del mar, la
pureza del cielo, el color y los
perfumes de las flores, la delicadeza
del aire, en fin, el ser de una
naturaleza inmaculada, preludio de la
religiosidad que más tarde reaparecerá
en las alabanzas a la Virgen, igualmente
revestida de pureza primigenia en el
imaginario popular que tan bien
aprehendió Ballagas en esas alabanzas de
Nuestra Señora del Mar, páginas
en las que nos detendremos más adelante.
La pureza perdida y anhelada es vista en
Júbilo y fuga y en Cuaderno de
poesía negra en su dimensión
concreta, inmanente, terrestre, y al
mismo tiempo como signos de una
eternidad sin cuestionamientos, temores
ni caídas teológicas. Ese viaje fuera de
sí, de su mundo interior, donde el poeta
sufre su propia condición pecaminosa y
la agresión del Tiempo y de la Historia,
esa fuga hacia las riquezas naturales
constituye una experiencia redentora en
tanto camino para una conciliación con
Dios y en tanto posibilidad de
aligeramiento de su enorme sobrecarga
como ente social, deudor de un conjunto
de normas rígidas y víctima de la
injusticia y el desamor, dos fuerzas
devastadoras para la refinada
sensibilidad de nuestro poeta. No se
trata, pues, como evidenció Luis Álvarez
en el ensayo citado, de una actitud
evasiva, sino de la imperiosa necesidad
de un diálogo gratificante en una
dimensión más alta de la vida. Esa
íntima comunión con los altos y
deleitables dones naturales continúa en
Blancolvido, con poemas de 1932 a
1935, dado a conocer en la primera
edición de Sabor eterno (1939)
—poco después retirada por el propio
autor— y excluido de la segunda. En
esencia, ese movimiento hacia afuera
respondía no solo a la búsqueda de una
belleza y de sensaciones y vivencias
incontaminadas, sino además a la
impronta de las nuevas propuestas
traídas a la poesía por los movimientos
de vanguardia, renovación que Ballagas
acogió con entusiasmo por la novedad y
elasticidad que daba al poema, en
consonancia con la poética jubilosa de
esa etapa inicial de su evolución
lírica. La libertad en la creación
armonizaba con la ansiada libertad de
espíritu que el poeta tanto deseaba y
que testimonió en esas entregas.
El sufrimiento y los conflictos se van
imponiendo con el decursar de los años.
La frustración amorosa, entre otros
dolores y angustias de la cotidianidad y
de la vida íntima, fueron nutriendo los
textos de la siguiente entrega, Sabor
eterno. Vitier ve de esta manera el
cambio que se opera en Ballagas:
Hay un momento en que la radiante
inocencia de la naturaleza se nos
transforma en máscara impasible de las
fuerzas demoníacas. […] El poeta sentía
ya una vaga tristeza inmotivada, una
premonición de palabras que aún no
habían llegado a sus labios. […] Y a su
lado descubre entonces el testimonio de
la opacidad, del volumen, de la
pesadumbre que va alcanzando su cuerpo.
[…] 10
Los nuevos poemas nos adentran,
ciertamente, en el mundo interior del
poeta, quien ha vuelto a sí mismo
después de una regocijada inmersión en
el paisaje, la luz, los sonidos
prodigiosos de una realidad límpida, sin
hirientes deseos ni impurezas. Veamos
“Retrato”, donde se evidencia la
transformación de la dicha en tristeza,
de los dilatados espacios en un “eterno
plano sin espacio”, y se hace ostensible
además la angustia de un deseo
imposible, metafísico, que el poeta sabe
ya inalcanzable. Nos dice entonces:
Solo,
exacto
en los límites del tiempo,
sin ventana ni flor ni libro en que
apoyarme:
en fijo azul sin fondo.
Inmóvil (iniciando el movimiento).
Inmóvil,
cristalizado de lágrimas
Gravemente se suma tu memoria
(inseparable olor)
a mi yo íntegro.
Estoy,
estoy presente
en un eterno plano sin espacio.
(Blandas estrellas rotas velan mi
naufragio.)
Y soy una pregunta
que espera ya por siempre la respuesta.
La mirada sin voz; la voz en el
trasmundo.
Las manos desterradas.
Paralizado espejo
del “yo fui”, “yo seré”, “yo soy”.
¡No podré ser!
Con el recuerdo niño
muerto en los brazos; para mí dormido.
Olas sin movimiento (en vigilia)
a mis pies.
La cabeza cruzada de invisibles gaviotas
(encendida, apagada)
en azul muerto, en azul vivo,
en fijo azul sin fondo.
[…]
Esa página nos hace testigos de una
extraordinaria batalla del poeta con sus
circunstancias. La dicha alcanzada
durante la etapa de Júbilo y fuga
estaba contaminada, como ya vimos, por
una angustia que el viaje hacia afuera
en busca del disfrute de la plenitud de
la naturaleza no podía acallar del todo.
Las inquietantes apetencias y el
desasosiego provocado por la realidad
social reaparecen ahora con fuerza
descomunal y el poeta experimenta
entonces una desazón desestructuradora
que le torna imperioso el grito de su
propio nombre, “el impuro nombre que
padezco”, como confiesa en “Nocturno y
elegía”. En la estrofa final de
“Retrato” (título revelador del profundo
conflicto íntimo que nutre esos versos,
vuelto el autor hacia los viejos y
lacerantes desajustes de su vida)
leemos:
Inmóvil,
cristalizado de lágrimas.
Pronto a clamar por mí
(mi eterno amigo único),
pronto a pedir socorro de mí mismo.
Pronto a llamarme:
¡Emilio!
Ahí vemos que el poeta se sumerge en sí,
en sus más oscuros adentros, como
buscando el único asidero real en esa
etapa de desajustes con el medio social
y de resurgir de la pasión homoerótica,
agobiante contradicción que alcanzará
toda su magnitud y grandeza espiritual
en dos poemas de este libro, que vienen
a ser el centro del conjunto, dos piezas
magistrales de la poesía del propio
autor y de la lírica cubana e
hispanoamericana del siglo
xx, por encima de corrientes y
tendencias de ese y de otros momentos.
En verdad, “Elegía sin nombre” y
“Nocturno y elegía”,11
ejemplos altísimos del neorromanticismo,
poseen una estatura singular y vienen a
constituirse en paradigmas de la
creatividad de Ballagas y de la hondura
de su drama personal. Del libro al que
pertenecen esos textos, Sabor eterno,
y por tanto de ambos poemas, emite
Álvarez los siguientes juicios, harto
esclarecedores de su importancia y su
significación:
Sabor eterno
constituye, en principio, un abandono
del “juego de balanza”; el poemario se
concentra en la recreación del mundo, a
partir de la poesía, la cual deja de ser
tema de sí misma, para convertirse en
instrumento de perpetuación de lo
vivido, simultáneamente como medio de
indagación y como frutecer de la memoria
apasionada. Sabor eterno
despliega una riqueza semántica mayor,
derivada del intenso forcejeo con la
memoria, de una invención creativa del
universo interior y exterior. Los
poemarios precedentes, con todo su lujo
estilístico, habían atendido con mayor
fuerza a otros factores estructurales:
ritmo, paralelismos, musicalidad,
orientación sinestésica de la
percepción. Sabor eterno alcanza
ahora la elaboración cabal de un "código
lírico" amplio y personal, no
restringido a la mera reiteración de
algunos tropos e ideas predilectas. En
el fondo, se trata de una maduración de
concepciones poéticas.
12
A la luz de aquellas primeras entregas
de fruición sensorial, de juego e
inocencia, este nuevo libro es una obra
de mayor gravitación, de una densidad
conceptual y de una elaboración
estilística que revelan un trabajo de
más alto rigor artístico. Cierta
similitud en el paisaje de “Elegía sin
nombre” y de los textos mejores de
aquellos cuadernos y de Blancolvido,
en especial la presencia del mar y el
cielo, de tanta fuerza expresiva en los
poemas de 1931 y 1934 y en un texto como
“Unidad”, en el que encontramos estos
versos formidables:
El cielo, como un cielo,
se despereza y canta…
El agua juega a ser
agua… ¡y se sueña agua!
El árbol no coincide
más que con su secreto
pensamiento de árbol
que se desdobla en árbol.
(Mi soledad no busca
espejo en que apoyarse.
Ella misma es su imagen
singular, acabada.
Le basta con saberse
y errar desamparada.)
evidencia con más nitidez el paso de una
etapa a la otra en la cosmovisión del
poeta, quien ahora, en su errar por la
playa espléndida y dilatada de “Elegía
sin nombre”, se siente libre, “demasiado
ligero”, “pródigo de miradas blancas,
sin vuelo fijo”. Antes, en la primera
estrofa, nos había dicho:
Descalza arena y mar desnudo.
Mar desnudo, impaciente, mirándose en el
cielo.
El cielo continuándose a sí mismo,
persiguiendo su azul sin encontrarlo
nunca definitivo, destilado.
El discurso lírico sufre poco después
una alteración que da entrada al
conflicto central del texto, cuando
leemos en los versos 16 y 17: “y tú eras
tú. / Yo aún no te había visto”. La
aparición del otro se produce cuando el
caminante siente el enorme peso de su
desamparo, cuando la soledad posee una
intensidad tal que se torna pobreza,
desesperanza. Ya el entorno natural no
conmueve a este hombre errabundo que
camina sin destino, pero que al mismo
tiempo va en su búsqueda, anhelo del que
no parecía tener mucha conciencia, pero
que sin duda actuaba en ese andar sin
rumbo fijo, como sujeto al puro azar. La
propia soledad parece decirle al poeta
que su vida tiene que colmarse en el
amor, pues es imposible continuar
viviendo en semejante estado de
insatisfacción y desconsuelo. En un
momento del poema encontramos estos
versos:
Iba yo. Tú venías,
aunque tu cuerpo bello reposara tendido.
Tú avanzabas, amor, te empujaba el
destino,
como empuja a las velas el titánico
viento de hombros estremecidos.
Te empujaban la vida, y la tierra, y la
muerte
y unas manos que pueden más que nosotros
mismos:
unas manos que pueden unirnos y
arrancarnos
y frotar nuestros ojos con el zumo de
anémonas…
Hay en el poeta una compulsión natural,
una necesidad imperiosa que decide su
encuentro con el otro, el amante, el
objeto de su deseo carnal y espiritual,
hedonismo que ya habíamos disfrutado en
su comunión con el entorno y las fuerzas
cósmicas en la etapa anterior de su
poesía, cuando andaba libre y sin la
“copa / de escanciar la tragedia”, como
advierte él mismo en “Cuento de Perrault”.
Entonces el disfrute era en soledad, el
caminante sin compañía, con la
suficiencia de los dones divinos
llenándole los ojos, los oídos y la
piel; ahora, en cambio, la soledad es
insoportable y aparece la imagen amada
trayendo vida y dolor, imagen en la que
se manifiestan las plenitudes que antes
bastaban al poeta para alcanzar la
dicha. Ballagas enriquece la belleza
propia del amado con los dones de la luz
y del aire, el cielo y las arenas:
Luz de soles remotos,
perdidos en la noche morada de los
siglos,
venía a acrisolarse en tus ojos
oblicuos,
rasgados levemente,
con esa indiferencia que levanta las
cejas.
[…]
Sé que ya la paz no es mía:
te trajeron las olas
que venían ¿de dónde? que son inquietas
siempre;
que te vas ya por ellas o sobre las
arenas,
que el viento te conduce
como a un árbol que crece con musicales
hojas.
[…]
Yo te doy a la vida entera del poema:
No me avergüenzo de mi gran fracaso,
que de este limo oscuro de lágrimas sin
preces,
naces –dalia de aire– más desnuda que el
mar,
más abierta que el cielo;
más eterna que ese destino que empujaba
tu presencia a la mía
mi dolor a tu gozo.
Ese destino es conocido por el poeta
porque él sabía de la existencia del
amado desde antes de aparecer, presente
siempre en sus más ocultas y oscuras
apetencias, con las que aprendió a
dialogar desde muy joven. Su emocionada
percepción de la Belleza y su sed de
Totalidad no podían tener otra
consecuencia que el encuentro con el
cuerpo real, con el cuerpo carnal en el
que se fusionaban los gozos sensoriales,
a los que se entregó el poeta en
sustitución de la figura del otro.
Recordemos a San Juan de la Cruz, de
quien Ballagas se nutre en el doble
sentido de su obra: el más profundamente
espiritual y el más simbólicamente
carnal, solo que en el caso de nuestro
poeta esa carnalidad es absolutamente
real y por ello gravitante hasta el
desgarramiento. El cuerpo visto, deseado
y perdido en “Elegía sin nombre” posee
una espiritualidad en perfecta
consonancia con la carnalidad que tanto
elogia el enamorado. La ausencia del
amado en Ballagas y en San Juan de la
Cruz tiene el mismo sabor, la misma
delicada rememoración de una tristeza
que no tiene consuelo. El encuentro de
Ballagas con el amor era otra expresión
del sufrimiento que siempre lo
acompañaría, pues el suyo no solo no fue
correspondido, sino que además generó en
él un agudo conflicto de conciencia que
habría de conducirlo a una más profunda
religiosidad, perfectamente consecuente
con el refinamiento de esta experiencia
erótica y de la comunión hedonista con
el mundo natural de la etapa anterior.
El tránsito por la experiencia total de
Sabor eterno es revelador, en mi
opinión, no solo de las transformaciones
que se operaron entonces en la poética
de Ballagas, sino además, y en primer
lugar, de la vastedad de la riqueza de
su poesía, de las posibilidades que
habrían de plasmarse en Cielo en
rehenes, aparecido póstumamente.
Otro de los poemas capitales del libro
de 1939, “Psalmo”, se adentra en
consideraciones que, en mi criterio,
rebasan las confesiones de los dos
grandes ejemplos del conjunto y viene a
mostrarnos que esa obra sitúa al autor
en una línea de expresión del más alto
linaje, con las viejas preguntas
esenciales y las reflexiones que quieren
sustanciar la existencia, sintetizarla
en su devenir y en su significado
último, más allá de pasiones y agonías,
de júbilos y de tristezas. En esas
enumeraciones no hallamos, curiosamente,
alusiones a Dios, sino solo al hombre
inmanente, terrestre, sometido a un
ciclo ciego de nacimiento, reproducción
y muerte, siempre sufrido e insatisfecho
de esa interminable fluencia de la vida
a la muerte. El texto parece la
consecuencia esperable del fracaso
amoroso, herido el poeta de manera
inconsolable, sin otra esperanza que ese
sinsentido de la cotidianidad. En la
séptima estrofa leemos:
¿Somos y por qué somos y para qué
nacimos?
Somos nuestro dolor buscando
perpetuarse.
Un hombre que trabaja o que ríe y se
cansa;
una mujer que hila su vestido y lo lava,
En el poema inmediatamente anterior,
“Elegía tercera”, hay una desolada
invocación del amado, cuya ausencia
irrecuperable despierta oscuros anhelos
de muerte, aniquilación, olvido. Todavía
no ha cobrado fuerza en el autor la idea
de Dios como único consuelo, como
sentido último de su existencia, aunque
está plenamente consciente de nuestra
condición perecedera, de nuestra
condición de peregrinos que vamos hacia
la pérdida total de nuestra identidad si
no buscamos la salvación por la fe. El
peso de la culpa teológica era menor en
esos años en Ballagas que el
desgarramiento por la irrecuperable
ausencia del amado. Estamos, pues, al
leer este poemario, ante una obra que se
cuestiona la naturaleza misma del ser
humano y resume trágicamente su historia
en las fuerzas tanáticas que rigen el
devenir del individuo. Ante semejantes
verdades, la persona no tiene otra
posibilidad, desde su dimensión
exclusivamente humana, que afrontar ese
destino con resignación, única posición
loable para Ballagas. A propósito de lo
que venimos diciendo podemos suscribir
la opinión de Luis Álvarez acerca de ese
libro de 1939, cuando se detiene a
valorarlo en su dilatado y enjundioso
ensayo, específicamente en su comentario
al poema al que nos referimos. Allí
observa el ensayista:
Aflora entonces el descubrimiento cabal
de Sabor eterno: el hombre se
perpetúa no en el amor, la poesía o la
memoria, sino en el conjunto esencial de
su tránsito por la vida, agrazmente
delineada en la luz de la existencia
cotidiana, en la cual la única actitud
realmente humana es afrontar el dolor
con sobria dignidad. El sentido
teleológico del hombre es esa
continuidad, capaz de trascender al yo,
y de proyectarse con decoro en el
conjunto profundo y misterioso de la
vida.
13
La entrega siguiente, Nuestra Señora
del Mar, es un sencillo cuaderno de
sosegadas maneras, aquietadas ya las
ardorosas pasiones del volumen
precedente. No es la suya una
religiosidad profunda ni de
complejidades teológicas. Por el
contrario, estamos en presencia de un
sencillo devoto que quiere aproximarse a
la fe de una manera simple, desnuda de
disquisiciones y conflictos
intelectuales, de dudas y
cuestionamientos, con la misma
ingenuidad y candor con que se volvió a
los esplendores naturales en sus
primeros cuadernos. Esa actitud es
determinante en la calidad de estas
páginas, de una simpleza que no les
permite ocupar un sitio importante en la
poesía cubana más que como ejemplos de
gracia y facilidad verbal, de oficio, si
bien en ello hay no poca virtud. No son
mejores ni más refinadas estas décimas
—y lo son en alto grado— que las que
podemos hallar en algunos versificadores
menores que llegaron a un dominio cabal
de las formas clásicas de la poesía del
idioma. Ciertamente, estas de Ballagas
no rebasan con mucho las que escribiera
el villaclareño Mariano José de Alva y
Monteagudo (1761-1800) a la belleza
femenina, puro oficio sin más. En el
caso del soneto, las diez décimas y las
“Liras de la imagen” que conforman este
brevísimo poemario, admiramos la belleza
de algunos momentos y vemos la cuidada
asimilación de las múltiples lecturas
que el poeta hiciera, durante años, de
los maestros españoles de los siglos
xvi y
xvii y, en no menor medida, de
los mayores poetas de la lengua en los
siglos
xix y
xx, con los que tenía una fecunda
familiaridad. Dentro de la maestría de
esos textos, en ocasiones salpicados de
rimas forzadas y endebles, podemos ver
la limpieza espiritual del diálogo del
autor con las realidades trascendentes,
pero echamos de menos una más rica
conceptualización en ese canto a la
virgen. ¿Creía realmente Ballagas en lo
que nos dicen sus versos o estos están
construidos solo con el virtuosismo que
se fue incrementando en el poeta
mediante lecturas y un constante trabajo
con la palabra desde su más temprana
juventud? Hay una evidente emoción en
las décimas a María, pero emanada de una
creencia popular que no podemos asociar
con este poeta más que como expresión en
él de una imperiosa necesidad de
alcanzar la paz que sus experiencias
pasadas habían desterrado de su vida. El
catolicismo tiene senderos insondables,
desde la creencia en la aparición de la
Virgen a los tres pescadores en aguas
cubanas hasta las reflexiones de los
Padres de la Iglesia o las confesiones
de San Agustín. Es ostensible que
Ballagas no escribió ese cuaderno de
1943 al calor de profundas vivencias
espirituales como las que le habrían
podido aportar los relatos
autobiográficos del maestro de Hipona,
sino inspirado exclusivamente en una
tradición nuestra, enraizada en la
religiosidad popular de nuestro país,
como antes había escrito los poemas que
reunió en Cuaderno de poesía negra
desde las creencias y costumbres de un
sector de la población al que él no
pertenecía, diferencia sustancial de su
aporte en ese terreno con el que haría
por aquellos mismos años Nicolás
Guillén. Ballagas sí era,
indudablemente, un católico auténtico,
pero sus poemas a la aparición de María
a los pescadores no podían alcanzar el
rango de Sabor eterno o de
Cielo en rehenes porque están hechos
desde afuera, por decirlo de un modo más
claro, no desde la entraña misma de una
fe profunda en el hecho particular que
los versos evocan, como la que sí logra
transmitirnos en los sonetos de su libro
mayor, dividido en tres partes: “Cielo
gozoso”, “Cielo sombrío”, “Cielo
invocado”. No olvidamos que la
trascendencia y la hondura de una obra
no radican en las complejidades
ideoestéticas que posea, pero tampoco
puede olvidarse otra verdad esencial:
solo con juegos y artificios verbales
tampoco se alcanza la perdurabilidad y
la fuerza estremecedora capaz de
atravesar el tiempo y llegar a
diferentes lectores. La sencillez es una
virtud extraordinaria y puede poseer una
significativa carga de futuridad, pero
cuando es a la manera de Martí. No se
trata, claro está, de exigir al creador
que escriba un libro como el lector
supone o espera que sea escrito, pero sí
de valorar desde la escritura misma las
calidades y significación de los poemas.
Vitier, al referirse a esta breve obra,
dice lo siguiente para caracterizarla en
sus líneas generales: “Catolicismo
criollo, fragancia de leyendas
populares, estampa ingenuamente
iluminada sin literatura casi, limpia de
oropel y vanidad. Eso es este cuaderno
ligerísimo, blanco, humilde, de Ballagas
—alabanza fina “a la que es salud y nos
trajo la salud en las entrañas”, que
señala su entrada en la libertad
verdadera del espíritu”.
14
Todo ello se resume, diríamos, en la
gracia verbal a la que aludimos poco
antes, ejercicio con cierto sabor a
buena retórica, pero acaso su
importancia mayor radica especialmente
en la transformación cosmovisiva que nos
revela en tanto viene a testimoniar el
remanso interior del poeta “después de
los excesos de un neorromanticismo que
le ha estragado la palabra”.
15
El poeta busca en el catolicismo
“claridad y norma”.
16
De las formas abiertas y los poemas
extensos pasa a las décimas y los
sonetos, signos de una disciplina que
está en consonancia con el recogimiento
interior en el que el poeta siente la
necesidad de vivir después de los
diversos fracasos por los que ha
atravesado en años anteriores. A la luz
de la teología cristiana y de las normas
sociales imperantes entonces, el creador
estaba en pecado y sentía el peso
abrumador de su conducta desajustada y
descarriada, con graves consecuencias
para su vida en el orden espiritual. Se
imponía, pues, una transformación
radical que trajese sosiego a sus
inquietudes y angustias,
considerablemente atenuadas en esta
última etapa de su obra, a pesar de que
la pulsión homoerótica continuaba más o
menos visible en sus textos, como ha
evidenciado Víctor Rodríguez Núñez.
Las décimas dedicadas a Martí tienen
significativas semejanzas con las
consagradas a la Virgen: su carácter de
alabanza de una figura paradigmática,
vista como ejemplo de pureza; el tono
popular del estilo y de las respectivas
imágenes de ambos símbolos; la sencillez
y limpieza de la escritura, elaborada
desde una retórica conscientemente
asumida por el autor; la religiosidad
ingenua, con asociaciones esperadas y
carentes de novedad. Volvemos a
encontrar en esas páginas, en todos los
rasgos enumerados, un tono muy menor,
propio de un temperamento que en
ocasiones hallamos excesivamente
lánguido y carente de vigor, imposible
de ocultar detrás de las habilidades
técnicas y de la autenticidad de los
sentimientos que la crítica pueda
señalar en una valoración de esas obras.
No obstante la mayor calidad literaria
de estas décimas comparadas con las que
publicó en 1943, no podemos sustraernos,
cada vez que nos acercamos a ellas, a la
impresión de que estamos ante un puro
ejercicio retórico, sensación que viene
enriquecida por el hecho de haber sido
premiadas en un concurso convocado para
celebrar el centenario del nacimiento de
Martí, acontecimiento cultural imposible
de distinguir, por ninguna razón válida,
de peso, de aquellos ridículos
certámenes de provincias y de la capital
del país, tan criticados por José Manuel
Poveda en las dos primeras décadas del
siglo
xx. Desde luego que las calidades
de la poesía nada tienen que ver con el
destino que le den sus autores, pero
tampoco están relacionadas esas
calidades con la opinión de unos cuantos
jueces ni con los premios recibidos en
concursos, tan proclives al ridículo y
la vacuidad. Fervor patriótico y
religioso aparte, ambos cuerpos de
décimas son absolutamente
intrascendentes en la obra total de
Ballagas. Si no las hubiese escrito, su
importancia como poeta permanecería en
el alto sitial que hoy ocupa, sin negar
por ello los aciertos y las
iluminaciones que esas composiciones nos
regalan después de más de medio siglo de
escritas. En el caso del primer conjunto
es mayor su significado en la evolución
conceptual del autor que el valor
literario que alcanza en la plasmación
de esas transformaciones. En ellas
asistimos, como ya vimos en otro
momento, al paso de la desolación, el
vacío y el dolor del fracaso, a la
comunión con una pureza y un remanso de
espíritu que en el autor era por
aquellos días una necesidad perentoria.
Sorprende que ese reclamo íntimo haya
sido atendido con semejantes
cancioncillas. Quizá un detenido
análisis de esas piezas, que ha de tener
en cuenta el tratamiento característico
que le da Ballagas a esa forma literaria
en comparación con los grandes maestros
de la lengua y de los idiomas de los que
traducía, enriquezca nuestra percepción
y nos demuestre que poseen valores que
ahora no vemos.
Su libro mayor, Cielo en rehenes,
merecedor del Premio Nacional de Poesía
en 1951 y publicado después de su
muerte, alcanza una estatura que lo
sitúa entre los grandes poemarios de
nuestra lírica. En él se fusionan una
riquísima espiritualidad y una maestría
verbal que superan todo lo que el autor
había escrito. Los 29 sonetos que lo
integran son piezas absolutamente
espléndidas, de un acabado
irreprochable, como de quien ha llegado
a una síntesis suprema después de
vivencias y experimentos formales de
diversas calidades y orígenes, después
de sufrimientos, batallas y gozos de
naturaleza múltiple, después de haber
atravesado experiencias desgarradoras,
búsquedas redentoras e influencias más o
menos fructíferas. Ballagas, siempre
anhelante de belleza sin más ornamento
que los propios esplendores sensoriales
del ser, ha podido acceder ahora a otra
verdad suprema, una verdad absoluta que
viene a colmar sus expectativas y el
sentido final de su existencia toda: el
conocimiento de Dios, el grado más
elevado de la sabiduría, encontrable no
solo en la capacidad del intelecto para
aprehender la esencia de la Totalidad,
sino además en la belleza de la forma,
aquella belleza que él veneró en sus
primeros cuadernos, la belleza del mundo
natural percibido sin otras pretensiones
que las del disfrute candoroso y limpio
de sus dones. Vitier ha observado que en
la primera parte de Cielo en rehenes,
la sección que tituló “Cielo gozoso”, el
poeta retorna al disfrute de la realidad
natural desde los sentidos, pero ahora
en una dimensión superior. Nos dice
entonces el ensayista hablando de esa
primera parte del libro: “La exaltación
frutal (yema, pulpa, tacto, paladar) ha
cedido el paso al perfume dibujado y
cantado de las flores, a la sensualidad
espiritualizada de la contemplación”.17
El poeta ha contenido los
desbordamientos iniciales de su poesía,
aquel júbilo regocijado, y ha dado paso
a la deleitosa admiración de la belleza
y la armonía, dones que, según el
análisis de Vitier, pueden ser admirados
sin remordimientos porque la Iglesia
enseña que “no hay que renegar de los
sentidos —santificados por la
Encarnación—, sino ordenarlos en la
jerarquía de lo creado”.
18
Ahora son contemplados esos
bienes desde una cierta distancia,
sometidos los apetitos a una mesura que
los sitúa por debajo del gozo de la
cercanía del alma a Dios, posibilidad
que ocupa el rango más alto en el nuevo
orden interior del poeta después de su
entrega a la fe. El diálogo del autor
con la realidad y sus admirables
bellezas se realiza mediante esa forma
cerrada que es el soneto, en el que
están sometidas a contención las más
indóciles pasiones del individuo. El
segundo momento, “Cielo sombrío”, nos
trae el retorno del sufrimiento, de la
memoria dolorida, del remordimiento, del
deseo de la muerte para que cese el
sufrimiento terrenal. Ello implica,
desde luego, para el cristiano
convencido, ansias vivas de trascender y
de entrar en la bienaventuranza, lección
que Ballagas aprendió de la gran poesía
de los místicos españoles, como se
aprecia en el soneto final de esta
sección, el titulado “Invitación a la
muerte”, tan cercano a Fray Luis de
León.
“Cielo gozoso” posee una extraordinaria
intensidad, como si el poeta se hubiese
acercado más aún a su deseo de comunión
con el Creador. Los poemas allí reunidos
cantan el despojamiento del hombre viejo
para dar paso al hombre nuevo, la
inmensa sed de entrega del individuo al
Amor absoluto. Puede verse en esas
páginas también la silenciosa duda, el
cuestionamiento del hombre a un Dios que
no se muestra y nos mantiene alejados
para que vivamos solo por fe. En esas
dudas ha visto Rodríguez Núñez la
incertidumbre en el poeta de la
posibilidad del catolicismo para
redimirlo de su pecaminosa tendencia, de
veladas apariciones en esta última etapa
de la obra de Ballagas. Vemos que ahora
esta poesía asume otro estilo y se
acerca a un misticismo que nos muestra
los ardientes deseos del poeta de romper
las ataduras de la carne y acceder a una
vida puramente espiritual. Ello viene a
ser, en realidad, una continuación de lo
que podríamos calificar, a modo de
síntesis de la trayectoria del autor,
como fervoroso hedonismo. En Pedro M.
Barreda leemos estas observaciones a
propósito de Cielo en rehenes:
“La afirmación de lo sensorial o el
deseo de su satisfacción es, sin
embargo, lo que prevalece en Cielo en
rehenes.”
19
Hay, sin la menor duda, una continuidad
entre este libro y los anteriores, como
sostiene este ensayista en un momento de
sus reflexiones, una continuidad
sustentada precisamente en el conflicto
esencial de esta poesía: el movimiento
interior que va de las poderosas
pulsiones homoeróticas hasta la renuncia
a ese llamado de la carne, pasando por
las desgarradoras batallas del poeta
contra sus impulsos y la búsqueda ávida
de una vida más alta, despojada de
apetitos sensuales y serenamente vivida
en Dios. Ya hablamos en otro momento, en
este ensayo, del disfrute que nos
entrega Júbilo y fuga,
transformado más tarde en una ardiente
pasión sexual en la que se fusionan la
belleza física y la espiritualidad de
esa experiencia, y nos referimos además
al carácter en cierto sentido religioso
de esas vivencias; es válido asimismo
leer los sonetos de Cielo en rehenes
desde la perspectiva de un erotismo
carnal, en tanto confesiones de un deseo
vivido o sublimado, así como es dable
igualmente interpretar la poesía de San
Juan de la Cruz, de tanta resonancia en
la obra de Ballagas, desde una dimensión
inmanente, puro cántico erótico, una
lectura que nos proponen sendos trabajos
de Jorge Guillén y Aldo Ruffinatto.20
Por su parte, Luis Álvarez nos propone
una interpretación de Cielo en
rehenes que no podemos pasar por
alto, pues constituye una valiosa
síntesis de la significación y de los
rasgos esenciales de ese extraordinario
conjunto de poemas de Ballagas. Nos dice
el ensayista lo siguiente:
El torbellino emocional de Sabor
eterno se aquieta ahora, sin
renunciar a ninguna de las conquistas
acumuladas: el refinamiento queda
desnudo de toda sospecha de ingeniosa
orfebrería; la angustia aparece
sofrenada, no por la resignación
desilusionada, sino por una madurez que
le permite integrar, en un solo
poemario, toda la trayectoria vivida,
vale decir: ansia de refundación de la
poesía, devoradora soledad interior,
identificación con el universo en sus
esencias; captación de la identidad
cultural cubana y, sobre todo, en este
último poemario, el alto nivel artístico
en la expresión de la espiritualidad y
el sentido religioso de la existencia.
21
Ya señalamos que la poesía de Ballagas
busca el conocimiento desde las
sensaciones y la experiencia amorosa,
quiere integrar una imagen del mundo
signada por un hedonismo vital de primer
orden. En este su gran libro se revela
de un modo incuestionable esa voluntad
cognoscitiva, ese anhelo de alcanzar la
sabiduría, a la que llega ahora por la
vía de la entrega religiosa, a la que
considera sinónimo de un saber esencial,
absoluto, en el que se fusionan el
placer de los sentidos y el Amor de Dios
siempre buscándonos y mirándonos para
darnos la libertad definitiva. La forma
es ella misma sabiduría, como nos dice
en el poema “A un clavel”, en cuya
estrofa final leemos estos versos
espléndidos:
Silencioso doncel de melodía,
barítono del ciclo de las flores:
tu perfección es tu sabiduría.
En el trabajo de Álvarez hallamos estas
sagaces observaciones que nunca hemos
visto expuestas, ni siquiera insinuadas,
por otro estudioso, y que acaso
encierran una de las claves
fundamentales para una acertada
intelección de la obra total de
Ballagas:
Toda la sección “Cielo invocado” insiste
en una actitud cognoscente que se
presenta como una invocación mística, en
el marco de la cual el soneto “De cómo
Dios disfraza su ternura” marca una
altura singular en la invocación de Dios
por el poeta: “Si a mi angustiosa
pregunta no respondes, / yo sé que soy
abeja de tu oído”. En esa súplica, hecha
a Dios, al mundo, a sí mismo, que es
aspiración de saber, la voz
poética se reconoce rodeada de silencio:
“Me veo más desnudo que el lirio
reluciente”, pero ello no lo arredra, ni
disminuye su invencible vocación de
perseguidor del entorno: “Soy el terco
mendigo de la eterna Hermosura.”
22
Más adelante añade, después de algunas
reflexiones en torno a la obra total del
autor: “[…] es un poeta en tensión
permanente hacia la meditación, más que
hacia la angustia, el desamparo o la
evasión”.23
El camino recorrido por Ballagas
desde aquellos primeros textos
aparecidos en la revista Antenas
hasta los que escribió poco antes de su
muerte, ocurrida el 11 de septiembre de
1954, lo conduce hasta los recintos de
una espiritualidad del más alto linaje,
después de haber atravesado largos
períodos de angustia, desasosiego y
sufrimiento, siempre en busca de un
equilibrio entre el yo y su
circunstancia, entre el individuo y la
sociedad, entre el cuerpo y el alma. Sus
lecturas, abundantes o escasas, fueron
para él otra manera de vivir, así como
sus experiencias hedonistas, en las que
se entremezclan los gozos de los
sentidos ante la naturaleza y los
anhelos del cuerpo, devinieron otra
forma de la sabiduría. Vida y poesía se
fusionan en él en su condición de poeta
genuino, hombre que nunca hizo
distinción entre el Bien y la Belleza,
entre la creación y el Creador, lo
temporal y lo eterno. Llegó a la
religiosidad más profunda y a la entrega
a la fe desde la conciencia de pecado,
después de haber entrado en el reino de
la desarmonía. Su homoerotismo, fuerza
dinamizante de su escritura a lo largo
de los años, incluso en la etapa final
de su obra, se transforma, en su
cosmovisión, en anhelo de entrega a
Dios, como en los místicos. Poeta grave
y conceptuoso en sus más altos momentos,
jovial y leve en las etapas en que
quiere salir de sí e ir en busca del
equilibrio al que se refirió en su texto
“La poesía en mí”, siempre anhelante de
una entrega plena en la que se fusionan
el placer sensorial, la sabiduría, el
cuerpo y el alma como cerrada unidad,
nos dejó el ejemplo de su amor a la
vida, de su anhelo de trascendencia, de
su refinamiento, de su irrenunciable
vocación por la poesía, de su inagotable
sed de claridades. Los poemas de
Cielo en rehenes, cualesquiera que
fuesen las interpretaciones a las que
puedan llegar sus lectores, nos revelan
a un hombre de singular riqueza
interior. En esas páginas llega su obra
a una estatura que nos permite
disfrutarla más allá de influencias y de
contextos y escuelas literarias. A ellas
podremos volver una y otra vez para
establecer un diálogo imprescindible con
la vida y con la muerte. Un detenido
análisis de la poesía de Ballagas habrá
de revelarnos los innumerables matices
de su estilo y la riqueza de su
sensibilidad, tan diferente y
genuinamente suya. Su obra, más allá de
corrientes y renovaciones, de escuelas y
tendencias, es la de un clásico de la
poesía hispanoamericana.
Notas
[1]
Esos testimonios acerca del poeta han
sido transcritos de sus respectivas
fuentes por Argyll Pryor Rice los dos
primeros y por Luis Álvarez el último,
en los libros Emilio Ballagas poeta o
poesía (1967) y Saturno en el
espejo y otros ensayos (2004),
respectivamente.
2
Ese trabajo reapareció años después en
Recuerdo a, La Habana, Ediciones
Unión, 1998, y de nuevo en 2006.
Hablando del día de su primer encuentro,
nos dice Fernández Retamar cómo lo vio:
“Pensé entonces (y nunca fui desmentido)
que era vulnerable e infantil, débil y
bondadoso. Que su poesía le era
conmovedoramente fiel.” Cito por la
segunda edición, “Recuerdo a Emilio
Ballagas”, pp. 9-15, la cita en la p.
10.
3
Víctor Rodríguez Núñez. “El cielo del
rehén: la insubordinación sexual en los
versos tardíos de Emilio Ballagas”, en
Revista de crítica literaria
latinoamericana, Lima, no. 55, pp.
133-156, 2002.
4
Sorprende que un lector tan sagaz y
ácido como Virgilio Piñera —quien en
1955, en su ensayo “Ballagas en persona”
(publicado en Ciclón, La Habana,
a. 1, no. 5, pp. 41-50, septiembre.
1955), se levantó airado contra otro de
Cintio Vitier aparecido ese propio año
como prólogo a la compilación de la obra
de Ballagas que había dado a conocer
poco después de la muerte del poeta— no
hubiese tocado el tema del
homosexualismo en un anterior trabajo
suyo, de 1941, titulado “Dos poetas, dos
poemas, dos modos de poesía” (incluido
en Espuela de Plata, La Habana,
no. H, pp. 16-19, agosto. 1941), en el
que realiza un paralelo con la obra de
Lezama. Resulta paradójico en verdad que
en 1941, cuando ya se habían hecho
públicos los dos textos en los que
Ballagas confiesa claramente su
homosexualismo, “Elegía sin nombre”
(1936) y “Nocturno y elegía” (1938),
Piñera, tan celoso de revelar esa
extraordinaria verdad, no hablase de esa
problemática en el ensayo en el que
compara el quehacer de esos dos grandes
de nuestra poesía, silencio mucho más
cuestionable todavía si tenemos en
cuenta que el homoerotismo es
determinante en la escritura de ambos
textos del camagüeyano. Vitier, en
cambio, aunque alude a ella de manera
velada, no omite esa problemática,
asumida en su ensayo introductor como un
pecado que conmocionó la existencia
misma del entonces joven creador, tal
como la asumió el propio poeta en cuya
obra se detiene. En el mencionado
prólogo nos dice el crítico, aludiendo a
la experiencia de “Elegía sin nombre”:
“El cuerpo se ha hecho carne, y carne
oscura, en los garfios de la muerte,
podredumbre anticipada. No puede
imaginarse caída más profunda ni
expresión más violenta de la tristeza
del espíritu en el hombre” [Cintio
Vitier. “La poesía de Emilio Ballagas”
(1954), en su Crítica 2, La
Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001,
pp. 183-214 (Obras 4), la cita en la
página 201], y más adelante: “Del reino
de la Fábula había caído el poeta en
“los caminos nocturnos” de la pasión y
la carne” (Cintio Vitier. Ob. cit., p.
202), frases que no pueden aludir,
escritas por un católico practicante
como era Vitier, a otra vivencia en
Ballagas que no sea la homosexual que
emerge de sus dos textos capitales. La
crítica posterior ha venido planteando
el tema ya de un modo plenamente
abierto, en especial a partir de un
lúcido ensayo de Pedro M. Barreda:
“Patriarcado, poeta, poesía: la lírica
de Emilio Ballagas”, publicado en
Revista Iberoamericana, número
especial dedicado a las letras cubanas
de los siglos
xix y
xx. (Pittsburg, EE.UU., vol. LVI,
nos. 152-153, pp. 1153-1170,
julio-diciembre de 1990).
5
Cintio Vitier.
Ob. cit., p. 203.
6
Emilio Ballagas. “La
poesía en mí”, en Órbita de Emilio
Ballagas, prólogo de Ángel Augier,
selección y notas de Rosario Antuña, La
Habana, Ediciones Unión, 1965, pp.
237-240, la cita en la p. 238.
7
Emilio Ballagas. Ob.
cit., pp. 238-239.
8
Emilio Ballagas. “Sergio Lifar, hombre
del espacio”, en Órbita de Emilio
Ballagas, ed. cit., pp. 241-261, la
cita en la p. 250.
9
Luis Álvarez. “Emilio
Ballagas, desde este fin de siglo”, en
su Saturno en el espejo y otros
ensayos, Ciudad de La Habana,
Ediciones Unión, 2004, pp. 109-168, la
cita en la página 115. Las cursivas son
del autor.
10
Cintio Vitier. Ob. cit.,
p. 196.
11
Remito al lector a los
interesantes análisis que hace Luis
Álvarez de esos dos poemas en su ensayo
acerca del poeta.
12
Luis Álvarez: Ob. cit.,
pp. 139-140.
13
Luis Álvarez. Ob. cit.,
p. 155.
14
Cintio Vitier. Ob. cit., p. 205.
15
Cintio Vitier.
Ob. cit., p. 203.
16
Ídem.
17
Cintio Vitier. Ob. cit.,
p. 206.
18
Cintio Vitier. Ob. cit.,
p. 205.
19
Pedro M. Barreda. “Patriarcado,
poeta, poesía: la lírica de Emilio
Ballagas”, en ed. cit., p. 1168.
20
Jorge Guillén. “Lenguaje insuficiente:
San Juan de la Cruz o lo inefable
místico”, en su Lenguaje y poesía.
Algunos casos españole, Madrid,
Revista de Occidente, 1962, pp. 95-142,
y Aldo Ruffinatto. “Los códigos del eros
y del miedo en San Juan de la Cruz”, en
Dispositio. Revista hispánica de
semiótica literaria, The University
of Michigan , IV (10):1-26, invierno
1979.
21
Luis Álvarez. Ob. cit., p. 164.
22
Luis Álvarez. Ob. cit.,
p. 167. La cursiva es del autor.
23
Ídem. |