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Como se conoce, ha habido —y sigue
habiendo— distintos criterios sobre el
concepto de Vanguardia o vanguardismo,
algunos de ellos polares. Por ejemplo,
Guillermo de Torre defiende un concepto
inmanente: estudia postulados estéticos
comunes a los diversos “ismos” europeos,
sin aludir a las relaciones que tiene su
aparición con otras ramas de la
sociedad, ni a las especificidades
nacionales. Esos “ismos” serían el
canon: si se coincide con ellos, habrá
vanguardia, si no, no la hubo.
Mariátegui, al contrario, lo aborda con
un criterio sociológico: explica el
fenómeno dentro de la crisis del sistema
capitalista mundial, y las
circunstancias de cada país,
especialmente de América Latina.
En el caso cubano, habría que tener en
cuenta tanto el canon, como las
circunstancias. El primero porque,
efectivamente, la experimentación
vanguardista no se produce hasta que
algunos críticos (entre ellos Alejo Carpentier) empiezan a estudiar y a dar
a conocer con detalles las
características de las diferentes
tendencias de la vanguardia europea, y a
publicar a poetas, manifiestos, etc.,
incluidos en ella. Publicaciones como
Revista de Avance, Atuei,
Aventura en Mal tiempo (de Santiago
de Cuba), Orto (de Manzanillo),
Antena (de Camagüey), entre
otras, serán las voceras de las nuevas
tendencias.
Lo segundo, porque la emergencia de la
producción vanguardista cubana —no solo
en la poesía, pero en especial en ella—
coincide con una época (la década de los
años 20) de convulsiones sociales y de
cambios en la mentalidad sociopolítica
de buena parte de la intelectualidad
cubana. No es extraño entonces que mucha
de la primera poesía vanguardista cubana
(alguna de muy mala calidad) esté
relacionada con lo social y con las
circunstancias políticas cubanas de esa
década, sobre todo a partir de 1927.
Casi todos los críticos perciben dos
momentos en el vanguardismo poético
cubano. Roberto Fernández Retamar llama
“vanguardia” a mucho de lo producido
antes de 1930 (que generalmente se ha
considerado sin importancia estética) y
posvanguardia a la poesía que se
realiza después de esa “alharaca
vanguardista”. Cintio Vitier, por su
parte, considera que la verdadera
vanguardia es lo que Retamar llama
posvanguardia, y que el primer momento
era un puro disparate. Sin embargo, ese
“primer momento” de la vanguardia
poética cubana, considerado del
“disparate puro”, “alharaca
vanguardista”, “de estridencia y
pirueta”, o como quieran llamarle, no
está, en mi criterio, suficientemente
estudiado. No creo que sus practicantes
puedan ser analizados en un solo bloque,
ni organizada la tendencia de manera
cerradamente cronológica. Si hay casos
—como los de Enrique de la Osa, Ramón
Guirao, o Mariblanca Sabas Alomá— que se
aferran a un futurismo superficial e
intrascendente, cuya intención
contestataria es más política que
poética, hay otros (entre ellos Emilio
Ballagas y Nicolás Guillén) —que
pertenecen, como los anteriores, a lo
que me gusta llamar “ruptura
vanguardista”—, que hacen una poesía, si
bien transicional, con valores poéticos
nada despreciables. Esa ruptura, según
mi opinión, se produce entre los años
1927 a 1930.
Por otra parte, estos autores —Ballagas,
Guillén, Eugenio Florit, Félix Pita
Rodríguez, Ramón Breá, Regino Boti (con
Kodak-ensueño), e incluso Alejo
Carpentier, entre otros— están
escribiendo casi al unísono con los que
han sido considerados dentro de la
verdadera vanguardia, posvanguardismo,
“líneas derivadas de la vanguardia”,
etc. Mariano Brull, por ejemplo, publica
su primer libro de poesía pura en 1928,
y Regino Pedroso —al que considero
participante, por derecho propio, en la
ruptura— escribe “Salutación fraterna al
taller mecánico” en 1927. Ese poema
inicia, según casi todos los críticos,
la poesía social de vanguardia, una de
las tres variantes que se le atribuyen a
la tendencia en la poesía cubana.
Surco, de Manuel Navarro Luna, uno
de los pocos libros rupturistas
publicados —los otros son 32 poemas
breves, de Eugenio Florit (1927), y
Kodak-ensueño, de Regino Boti
(1929)—, es de 1928, y también es
incluido en la lista de la “verdadera
vanguardia”.
No es el momento de comentar mis
criterios sobre la usual clasificación
de esa “verdadera vanguardia” en poesía
pura, social y negra; pero sí puedo
apuntar que me parece necesario un nuevo
análisis de ella. Porque, ¿hasta qué
punto la poesía negra de Nicolás Guillén
y aun la de Ballagas, no es también
social?, ¿hasta qué punto se puede
identificar Júbilo y fuga, de
este último, con los postulados puristas
que asumió Mariano Brull, y hasta dónde
la poesía pura no es una negación de la
vanguardia? ¿La poesía social es solo la
que trata de obreros y campesinos? Pero
esto lo dejaremos para otra ocasión.
Aunque, como se conoce, desde principios
de siglo XX están llegando a Cuba,
mediante reseñas y críticas a obras
europeas, algunos aires vanguardistas,
su práctica en la Isla fue bastante
tardía, incluso en relación con el área
hispanoamericana, donde ultraísmo,
creacionismo y estridentismo ya habían
sentado cátedra desde mucho antes.
Quizá la situación mundial de la
primera posguerra, y la nacional de la
“década puente”, contribuyeron a su
asimilación. No hay que olvidar que
desde por lo menos el año 1923, los
intelectuales estaban propugnando un
cambio no solo en la conciencia social,
sino también, coherentemente, en las
manifestaciones de la cultura
artístico-literaria, y una revisión de
las formas de su expresión. En el caso
de la poesía, esto se manifiesta en las
diversas variantes que asumió el posmodernismo —que también en muchos
casos fue coetáneo de la ruptura— y en
los primeros ensayos vanguardistas de
alrededor del año 27.
Quizá fue ese doble condicionamiento lo
que hizo que las tendencias más
socorridas —aunque no ortodoxamente
asumidas— fueran el futurismo, y en
menor medida el surrealismo, que les
daban a los poetas más oportunidades
para el cuestionamiento de aspectos de
la problemática social, especialmente en
lo relacionado con el campesino y el
obrero, como se ve en algunos poemas de Guirao y De la Osa, y en el ya citado de
Regino Pedroso.
No fue, sin embargo, ese aferramiento a
lo social inmanente lo que caracteriza a
todos los que pueden ser ubicados en la
ruptura vanguardista. Hubo otros, como
el santiaguero Juan Ramón Breá, de
filiación surrealista, que reflejan en
sus poemas el complejo y angustiado
mundo interior del autor, o como Regino
Boti quien sobre la base de elementos de
comparación no tratados por la poesía
tradicional, enfoca la vida moderna en
su complejidad. Nicolás Guillén, por su
parte —en los poemas que Ángel Augier
califica como “de transición”—, asume
los temas nuevos —adelantos técnicos,
velocidad, etc.— pero interiorizándolos,
de manera que siempre prima el aliento
lírico del poeta, algunas veces dejando
ver el halo de humorismo que
caracterizaría parte de su obra mayor.
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Lo dicho también puede aplicarse a lo
que algunos críticos consideran
“desafueros o estridencias” del primer
vanguardismo. Si algunos, como Félix
Pita Rodríguez y Navarro Luna, gustan de
jugar con la tipografía, construyendo
escaleras o círculos, y otros practican
asociaciones imprevistas o alteran la
sintaxis, o simplemente organizan un
discurso objetivista, sin tensión
poética, hay otros, como —de nuevo—
Ballagas y Guillén, que no renuncian a
la emoción lírica.
En resumidas cuentas, lo que une a los
poetas de la ruptura es la asimilación
de determinados procedimientos de los
“ismos” europeos, en diferentes niveles
de acuerdo con la intención del poeta,
para conformar una poesía superadora del
posmodernismo. En conjunto, fue un toque
de queda estético (como lo ha llamado
Nancy Morejón), que preparó el camino a
un quehacer artístico más actualizado;
constituyó un nuevo paso en el camino
—iniciado por cierta zona del
posmodernismo— hacia la puesta al día de
la poesía cubana en relación con Europa
y otros países de América, y una nueva
actitud, desprejuiciada, audaz y
desmitificadora, ante la poesía. Las
diferencias en cuanto a calidad o
tensión poética no niegan estas
comunidades, pero sí ofrecen un punto
válido para no discriminar todo lo que
pudo ofrecer ese primer momento
vanguardista.
Ballagas, como hemos dicho, participa
de ese primer pelotón de audaces que
iniciaron el vanguardismo en Cuba, y
aunque generalmente ello se reconoce a
partir de su Júbilo y fuga, de
1931, en realidad comienza con algunos
poemas aparecidos en Antena,
publicación de su natal Camagüey. Salvo
algunos escasos poemas anteriores a
1927, su obra poética —por lo menos la
publicada— se inicia justo bajo la
influencia de la ruptura vanguardista.
Como casi todos los que incursionaron en
este primer asalto de la vanguardia,
Ballagas se dejó tentar, sobre todo, por
los modos futuristas y, en menor medida,
surrealistas, muchos de cuyos recursos
formales aceptó, como el uso de imágenes
hasta entonces ajenas al decir poético,
casi siempre relacionadas —aunque muy
lejanamente— con los adelantos técnicos
del siglo XX —el cine, el automóvil, la
aviación, la electricidad—, la
utilización de la i latina como
conjunción, la renuncia al metaforismo
tradicional, la despreocupación por la
rima.
Sin embargo, en sus poemas “rupturales”
(disculpen el neologismo), ya se aprecia
lo que sería distinción poética en
Ballagas: su irrenunciable acento lírico
que se manifiesta muchas veces por la
ternura en el tratamiento de su objeto
poético. Aunque no utiliza el léxico del
postmodernismo, ni su metaforismo, y
toma como base elementos de la vida
moderna, hay una contenida emoción,
distante de la considerada “frialdad”
vanguardista.
En el poema “Bajo mis pies” (Antena,
noviembre de 1928), por
ejemplo, el sujeto lírico habla de una
calle, de un bache, del asfalto, de los
carros. Nada más cotidiano, nada más
vulgar, si se quiere; por tanto, nada
más vanguardista. Pero, ¿cómo lo asume el
poeta? Veamos:
Así fue
que la calle sanó sus dolores
i cubrió la fea llaga
de su bache,
vistiendo coraza de asfalto.
Se volvió Negra y Dura
inos dijimos todos:
“no la atormenta el tráfago constante
no la agobia el peso de los camiones
ni la hiere la velocidad de los fords.
Se ha vuelto invulnerable
A la ofensa y a todos”...
...Mas ayer por la noche
la encontré
acabadita de regar
—empapada como de llanto—
y me dio a beber un chorro de iris.
Como se puede apreciar, hay una
interrelación afectiva entre sujeto y
objeto en el poema. Algo tan
“antipoético” como la eliminación de un
bache en una calle, se convierte,
mediante la personificación del objeto y
el lirismo del poeta, en un diálogo
implícito de los dos personajes. Al ser
pavimentada, para el hablante la calle
ha dejado de sufrir, y por ello ha
perdido “sensibilidad”, se ha vuelto
fría, invulnerable, distante. La última
estrofa, con ese “mas” al inicio,
demuestra que no es así. De nuevo una
acción humana “antipoética”, el regado
nocturno de las calles de las grandes
ciudades, que se acostumbraba hacer en
el pasado, llega a conmover al poeta y a
restaurar la relación empática con la
vía, la que le manda un mensaje de
afecto, con ese “chorro de iris”.
En este poema, como en otros de la
ruptura en Ballagas, hay otros elementos
que tener en cuenta. No se trata aquí,
todavía, de ese anhelo de huida de su
entorno, hacia lo puro; de ese “júbilo”
primigenio, buscado, más que encontrado,
de su poemario purista, pero ya se
aprecia la manifestación de un espíritu
sufriente y compasivo, como se vería en
su poesía posterior. Por otra parte, al
contrario de la fórmula maquinista del
futurismo canónico, donde muchas veces
los sentimientos, y hasta las funciones
biológicas de los seres humanos tienen
como base metafórica o metonímica la
máquina o, en general, el mundo
material, Ballagas “humaniza” los
objetos desde su propia sensibilidad.
Ello se percibe también en un poema como
“Iglesia”, publicado, como el anterior,
en Antena, esta vez en 1929. En
medio del fragor del mundo moderno, la
vieja edificación eclesiástica, a quien
se dirige como “iglesita”, es como una
“abuelita,/ arrugada de años”. El poeta
la ve, efectivamente, como una anciana
recogida en su propia soledad, en su
propia exclusión:
Iglesita
escondida en un hueco de la plaza
vieja volanta rota
empolvada de silencio,
mientras a tu lado corretean
los vehículos jóvenes.
[...]
Abuelita,
arrugada de años
[...]
solo te visitamos cada domingo
—los demás días brega y deporte—
y te encontramos haciendo calceta
en la aguja de tu pararrayos
con el ovillo interminables de los días.
El final del poema, que busca la fuente
para la imagen en lo religioso, rompe un
tanto su coherencia, que hasta entonces
se basaba en la antigüedad y solemnidad
de la iglesia en relación con su moderno
y bullicioso entorno, y la proyección
que esto pudiera significar desde el
punto de vista ideológico y sentimental.
Esa segunda parte dice:
Iglesia —alma de hostia
de incienso y cirio vivo—
palpitando tan lento
tu corazón de bronce,
Siempre de penitencia
arrodillada
en el reclinatorio duro
de tus cimientos.
Iglesia:
con tus brazos tendidos al cielo
y plegadas las manos
en una sola torre.
Parece que, posteriormente, Ballagas
tomó conciencia de esa incoherencia en
la base de las imágenes, pues cuando
decidió incluir el poema en Júbilo y
fuga, tomó solo las dos últimas
estrofas, las que describen
metafóricamente el templo a partir de
elementos de la misa católica, sin
relación expresa con el entorno.
Lo subjetivo no se esconde en un poema
como “Close up” —quizá el que más se
acerca a los procedimientos usuales en
la poesía del momento— que juega con los
recursos cinematográficos, no solo los
técnicos:
Mi soledad cuelga
Sus brazos largos a mi cuello
Para envolverme dentro
De su helado aliento
De nostalgia
el búcaro, los muebles, las cortinas
el cuadro grande
del desierto salón
han hecho Silencio Absoluto
—como en las películas—
para vernos confundidos
en un solo Beso
—Metro Goldwin Mayer—
hasta que va cerrándose
poco a poco
el close-up.
Como se puede apreciar es,
prácticamente, la descripción de una
escena cinematográfica, solo que la
protagonista es la soledad del poeta,
que, con ese close up que va
cerrándose, llega a consustanciarse con
él. Lo mismo puede decirse, en cuanto a
la manifestación de estados de espíritu
del sujeto lírico, de “Poema de la
inquietud”, en el que una “barca atada
en la orilla”, a la que quiere convertir
en un zepelín sirve de punto de
comparación con su propia situación
emocional y psíquica:
Conozco esa ansia del que vive atado,
Comprendo esa angustia de los que
presienten
...pero están sujetos.
Aunque, como hemos dicho, en los poemas
de Antena todavía no se vislumbra
el hedonismo, la fruición, de Júbilo
y fuga como manifestaciones de
búsqueda espiritual, entre ellos y su
primer poemario hay indudables puntos de
contacto; no solo porque en este último
se encuentran imágenes que recuerdan la
audacia anterior (“La noche/ como la
sombra de un perro/ mueve la cola del
viento”, o “Un timbre: suelta bandadas
eléctricas/ de pajaritos metálicos”),
sino porque los poemas ballaguianos de
la ruptura ya muestran rasgos del
intimismo, el candor, el tono travieso,
la ternura, que tendrían su completa
expresión a partir de Júbilo y fuga.
En lo formal, no hay en ninguno de sus
poemas de este libro y de los
anteriores, exageraciones tipográficas
ni lexicales, y sí elementos reiterados
como el uso de diminutivos que refieren
a ese candor y ternura mencionados.
Como se conoce, el Ballagas poeta tuvo
una evolución en la que, aunque las
formas y los asuntos puntuales variaban
—según caminaba el Ballagas hombre hacia
su afán de realización espiritual— se
mantuvo la esencia intimista de su
poética. Sus poemas de la ruptura
inician ese camino, todavía con pasos
inseguros, pero ya en línea recta hacia
su poesía mayor. |