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Creo, con orgullo, que somos el
país que con más frecuencia y
sistematicidad recibe muestras
de las más variadas producciones
fílmicas de todo el mundo,
gracias a los esfuerzos de la
Cinemateca de Cuba y de las
embajadas respectivas;
recientemente tocó el turno a
una interesante parcela de
Europa: Holanda, cuyo cine, como
se sabe, triunfa con frecuencia
en los más prestigiosos
festivales y ha conocido más de
una vez el Oscar al mejor filme
no hablado en inglés, mientras
el reencuentro con un viejo
admirado, el cine húngaro, fue
posible gracias a una semana de
su más reciente producción
(2000-07)
Con la premiére del largo
Shouf Shouf Habibi! (2004),
de Albert Ter Heerdt, presente
en la sala, y el corto animado
Padre e hija, de Michael
Dudok —ambas repetibles en otras
tandas— arrancó esta vez la
primera cita. Premio de Oro al
filme, mientras su director
recibió el de la crítica en el
Festival de cine de su país,
extendido también a su actor
protagónico (Mimoun Oaïssa,
descendiente de árabes), el
tema migratorio ocupa sus
84 minutos armando una divertida
comedia que sigue a un holgazán
y dormilón, quien junto a un
grupo de paisanos decide asaltar
un banco; la cámara se detiene
también en los otros miembros de
la familia, cada uno un
verdadero caso, a cual más
divertido. La ligereza del tono
realmente no obstaculiza una
disección medular del conflicto:
si bien la vida resulta menos
árida que en el desierto
marroquí, reflejado en varios
momentos de la historia, no es
ningún paraíso la próspera
Europa, en general, para quienes
desde esos remotos puntos
decidieron “saltar el charco”;
es cierto que al director le
interesa más seguir las
peripecias del simpático y
perezoso antihéroe y su
disfuncional familia que
profundizar mucho en los
desencuentros raciales y
culturales entre árabes y
holandeses (estos últimos apenas
representados en el sujet)
pero de cualquier manera aflora
en una obra pletórica de
excelentes chistes, una
caracterización imaginativa y
bien plasmada de cada personaje,
el ingenio de la anécdota y el
dinamismo narrativo.
Aunque a manera de subtrama, el
tema de la migración árabe —con
el matiz de la
inter-discriminación étnica—
aparece en otra comedia de la
muestra: Una familia feliz
(2006), que vuelve sobre
otra recurrencia temática: la
disfuncionalidad familiar, y
dentro de ella, en específico,
los conflictos de pareja. La
cinta de Martin Koolhoven,
ingeniosa desde sus créditos
iniciales, lanza sobre todo un
mensaje: el amor es no solo
posible, sino muchas veces hasta
mejor, en momentos cuando muchos
deciden olvidarlo. Interesado
fundamentalmente en el flujo
diegético, que de veras avanza
sobre rieles, el director
descuida un tanto la confección
de sus personajes secundarios
—sobre todo la familia del
anciano protagónico se torna un
tanto caricaturesca y gruesa en
su confección dramática—, pero
nadie puede negar que se trata
de otro disfrutable momento de
la semana.
Cada vez que se proyectó, la
repleta sala del Chaplin
distinguió con cerrados aplausos
el laureado corto de animación
Padre e hija, reconocido
nada menos que con el Oscar, el
BAFTA y el Gran Premio y el del
público en el festival francés
de Annecy: la continuidad
paterno-filial en los personajes
que dan título al breve filme
supone un pacto de fidelidad
eterno más allá de las épocas y
las nuevas familias, lo cual el
director plasma y trasmite en
solo ocho minutos con ligereza y
entereza de trazos, magistral
síntesis y fragmentos de un
movimiento sinfónico, único
recurso sonoro, responsables de
esa calidez y ese entusiasmo con
que el animado es recibido en
todas partes.
Sin embargo, no corrieron
análoga suerte los otros cortos,
al apuntar la mayoría a un
experimentalismo formal casi
siempre vacío que por ende no
encontró buena recepción de
público (Carga perdida,
Pronóstico, Conchas…),
mientras los documentales,
tradicionalmente correctos,
tampoco fueron de lo más
aplaudido, quizá con la
excepción de Los niños
perdidos de Buddha (2006),
de Mark Verkek, premiado en su
país y en Los Ángeles, que con
notable carga humanística sigue
con sobriedad y contención a un
legendario monje tailandés, ex
boxeador, que en los últimos 15
años se dedica a la protección y
cuidado de los niños huérfanos
de Tai, frontera norte de
Tailandia.
Camarero
(2006), de Alex van Warmerdam,
toca una cuerda no novedosa,
pero siempre atractiva: la
polémica y compleja relación
ficción/realidad dentro de la
literatura, su interacción
dentro del relato al punto que
se hace difícil delimitar los
espacios específicos de ambas:
los personajes, no solo el
principal, encaran
pirandellianamente al autor, se
revelan del destino forzado (y
con frecuencia ilógico e
injusto) que aquel, implacable
demiurgo, les asigna, mientras
su compañera trata
constantemente de cambiar el
curso de la historia.
Llega un momento en que el
recurso se torna abusivo, un
poco de dosificación hubiera
aportado mucho a esta humorada
que, de cualquier manera,
resulta deliciosa: por otra
parte, los ramalazos a los
excesos de los escritores de
ficción, a los vicios y lugares
comunes de la literatura
contemporánea de este tipo y al
“intrusismo profesional”
gravitan en medio de situaciones
originalísimas y muy bien
plasmadas a nivel de guión y de
puesta, algo que las actuaciones
redondean.
Otra muy bien recibida fue
Hotel paraíso, de Paula van
der Oest, candidata al Oscar
extranjero en 2001. El lugar que
le da título es la manzana de la
discordia entre un joven
presuntamente gay que de pronto
anuncia un matrimonio hetero, y
sus tres hermanas, llenas de
frustraciones sexuales y de
problemas con sus parejas, que
hacen lo (im)posible por impedir
una boda que las haría perder
ese precioso sitio en un
balneario portugués.
Se trata de una pieza feminista,
pero sin rabietas ni panfletos;
por el contrario, la directora
es hipercrítica con el género:
se burla de sus excesos, sus
argucias e histerismos, a la vez
que lanza otra aguda mirada, más
allá de los sexos, a la
disfuncionalidad de la familia
media en la Holanda
contemporánea. Ingenio,
inteligente montaje, notable
diseño de personajes, dinamismo
narrativo y excelentes
actuaciones, caracterizan el
filme.
De modo que los platos fuertes
de la semana fueron casi siempre
filmes de tono humorístico, los
cuales por suerte, mantuvieron
no sólo repleta en todas sus
tandas la sala “Chaplin”, sino
que el público abandonaba la
misma agradecido y dispuesto a
regresar.
Algo semejante ocurrió con la
semana húngara: si durante los
70 y 80 del pasado siglo era
común este cine en nuestras
pantallas, con las nuevas
coyunturas esto era casi
imposible, hasta que ahora la
Cinemateca de Cuba en
combinación con la Embajada de
ese país entre nosotros, ha
brindado la oportunidad de
actualizarnos y enriquecernos, a
la vez que comparar: ¿mantiene
este cine la tradición de
calidad de sus ancestros, cuando
Hungría era uno de los países de
la socialista “Europa del Este”?
Lo cierto es que el cine más
“serio” acabó decepcionando; la
cinta que fungió de premiére,
Glamour
(2000), de Frigyes Gödrös, que
abarca cinco décadas del devenir
histórico de Hungría en el siglo
XX, deteniéndose en los sucesos
más relevantes desde 1918 hasta
1954, con una historia de amor
(la del judío Imre y la alemana
Gerda) como hilo conductor
resultó ser una obra pesada y
amorfa; al parecer el director,
presente en la sala Riviera,
donde tiene lugar la semana,
confundió historicismo con
innecesaria morosidad narrativa:
la película simplemente no
respira, y corta el oxígeno al
público, quien tampoco sonríe
siquiera en los segmentos
pretendidamente humorísticos.
En tal sentido, resultó irónico
un título ubicado en la Hungría
actual, titulado nada menos que
Aire fresco
(2006),
de
Ágnes Kocsis, sobre la
(in)comunicación de una madre y
su hija,
seleccionado para la Semana de
la Crítica en Cannes: aquí los
códigos de la estética “nuevo
nuevo cine” no funcionan con las
superfluas reiteraciones de
momentos (para ofrecer la rutina
y falta de perspectivas
existenciales de los personajes)
y el estiramiento de un relato
que pudo arrojar un notable
corto o hasta medio, pero que
como largo (¡largísimo!)
metraje, solo logra otra
incomunicación, esta no
planificada: la del filme con
los espectadores.
Para ser justos, hubo una
excepción dentro de ese cine
“serio”: la experimental
Hipo, la cual
resultó una de las ci(n)tas más
valiosas dentro de la Semana de
cine húngaro contemporáneo
(2000-07), y que realmente no
inclina la balanza a favor de
aquella interrogante que
lanzáramos en a principio, sobre
la continuidad en los altos
quilates de la producción magiar
que recibiéramos sobre todo en
los años 60 y 70 del pasado
siglo, pero se echa de menos
aquella enjundia, aquella
riqueza conceptual y estética
que signara la obra de los
Jancsó, Meszaros, Fabri, Zsabó
(como sabemos, aún en activo
pero bastante alejado de sus
glorias pasadas) y compañía.
Hipo,
afortunadamente, representa una
tendencia que, no lo vamos a
negar, dado su carácter
innovador e intergenérico, se
sabe no podría erigirse en un
modelo mayoritario de
producción, sin embargo,
consuela saber que aún se
encuentran verdaderos autores,
artistas empeñados en concebir
el cine como un arte
aplicándoles como si fuera poco,
un sello.
La dirigió en 2002
György Pálfi, quien se vuelca a
la vida cotidiana de los
habitantes del campo en una zona
de la Hungría de hoy: el hipo de
un anciano sirve de enlace a los
elementos que componen el
paisaje: los hombres y mujeres,
los animales, las plantas.
Siguiendo un método análogo al
que lanzara el documentalista
Godfrey Reggio en sus
maravillosos filmes (Koyaanisqatsi,
Powaqatsi…), y también
heredado por nuestro Fernando
Pérez en su ya antológica
Suite Habana, el cineasta
húngaro prescinde de las
palabras y consigue toda una
sinfonía de sonidos e imágenes,
perfecta y armoniosamente
sincronizadas desde planos que
van de la profundidad de campo
al big close up pasando
por inclinaciones y grúas que se
detiene en detalles y aspectos
aparentemente insignificantes,
que pasarían inadvertidos a una
mirada menos escrutadora y
curiosa, pero su lente no lo es,
al contrario nos ayuda a
introducirnos en esos mundos
pequeños y sin embargo tan
importantes, apoyado en una
contrastante y sensual
fotografía, un montaje que
hilvana y relaciona y una banda
sonora que es toda una
masterpiece en cuanto
encuentra (y trasmite) la
verdadera orquesta que es la
naturaleza en sus ruidos y su
música (sólo aparentemente)
desorganizados.
De modo que, prácticamente, la
auténtica valía de la más
reciente producción magyar se
ubicó, una vez más en el género
de la (son)risa. Comedias
simpáticas y agudas, sí (como la
que situó el punto final a la
muestra: Sexo y nada más,
de
Krisztina Goda
en torno a una mujer entrada en
los 30 que anhela ser madre pero
no encuentra el hombre adecuado
que la convierta en tal) que
incluso, revelan entre líneas
muchos de los problemas sociales
y ontológicos que aquejan a la
nación postsocialista en la
actualidad: o como Un tanto
América (2002), de Gábor
Herendi, sobre un productor de
cine húngaro, residente en
EE.UU. e interesado en el guión
de un joven autor de video clips
a quien ofrece la mitad del
presupuesto para poner en pie el
proyecto, o
La victoria del amor
(2007), de Tamás Sas, en torno a
una compañía automatizada
llamada S.O.S. Amor
dedicada a la exitosa asesoría
en la seducción de mujeres, no
solo resultaron ingeniosas y
gratas amén de bien actuadas,
sino que, a niveles textual, sub
o paratextual, todas lanzan de
modo más o menos explícito
buenos dardos contra el
desempleo, la desvalorización y
las tiranías del mercado
neoliberal que en las coyunturas
actuales resultan el pan de cada
día.
De cualquier manera, este
contacto con cinematografías no
por desconocidas o interrumpidas
en la recepción cubana, menos
importantes, resultó un acicate
para seguirlas muy de cerca: el
ya bien cercano festival de
diciembre será, sin dudas, otra
oportunidad para ello. |