Año VII
La Habana

1 al 7 de NOVIEMBRE
de 2008

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MUESTRA DE CINE HOLANDÉS Y SEMANA DE CINE HÚNGARO EN CUBA

Cuando la vida se parece a las comedias

Frank Padrón • La Habana

 

Creo, con orgullo, que somos el país que con más frecuencia y sistematicidad recibe muestras de las más variadas producciones fílmicas de todo el mundo, gracias a los esfuerzos de la Cinemateca de Cuba y de las embajadas respectivas; recientemente tocó el turno a una interesante parcela de Europa: Holanda, cuyo cine, como se sabe, triunfa con frecuencia en los más prestigiosos festivales y ha conocido más de una vez el Oscar al mejor filme no hablado en inglés, mientras el reencuentro con un viejo admirado, el cine húngaro, fue posible gracias a una semana de su más reciente producción (2000-07)

Con la premiére del largo Shouf Shouf Habibi! (2004), de Albert Ter Heerdt, presente en la sala, y el corto animado Padre e hija, de Michael Dudok —ambas repetibles en otras tandas— arrancó esta vez la primera cita. Premio de Oro al filme, mientras su director recibió el de la crítica en el Festival de cine de su país, extendido también a su actor protagónico (Mimoun Oaïssa, descendiente de árabes), el tema migratorio ocupa sus 84 minutos armando una divertida comedia que sigue a un holgazán y dormilón, quien junto a un grupo de paisanos decide asaltar un banco; la cámara se detiene también en los otros miembros de la familia, cada uno un verdadero caso, a cual más divertido. La ligereza del tono realmente no obstaculiza una disección medular del conflicto: si bien la vida resulta menos árida que en el desierto marroquí, reflejado en varios momentos de la historia, no es ningún paraíso la próspera Europa, en general, para quienes desde esos remotos puntos decidieron “saltar el charco”; es cierto que al director le interesa más seguir las peripecias del simpático y perezoso antihéroe y su disfuncional familia que profundizar mucho en los desencuentros raciales y culturales entre árabes y holandeses (estos últimos apenas representados en el sujet) pero de cualquier manera aflora en una obra pletórica de excelentes chistes, una caracterización imaginativa y bien plasmada de cada personaje, el ingenio de la anécdota y el dinamismo narrativo.

Aunque a manera de subtrama, el tema de la migración árabe —con el matiz de la inter-discriminación étnica— aparece en otra comedia de la muestra: Una familia feliz (2006), que vuelve sobre otra recurrencia temática: la disfuncionalidad familiar, y dentro de ella, en específico, los conflictos de pareja. La cinta de Martin Koolhoven, ingeniosa desde sus créditos iniciales, lanza sobre todo un mensaje: el amor es no solo posible, sino muchas veces hasta mejor, en momentos cuando muchos deciden olvidarlo. Interesado fundamentalmente en el flujo diegético, que de veras avanza sobre rieles, el director descuida un tanto la confección de sus personajes secundarios —sobre todo la familia del anciano protagónico se torna un tanto caricaturesca y gruesa en su confección dramática—, pero nadie puede negar que se trata de otro disfrutable momento de la semana. 

Cada vez que se proyectó, la repleta sala del Chaplin distinguió con cerrados aplausos el laureado corto de animación Padre e hija, reconocido nada menos que con el Oscar, el BAFTA y el Gran Premio y el del público en el festival francés de Annecy: la continuidad paterno-filial en los personajes que dan título al breve filme supone un pacto de fidelidad eterno más allá de las épocas y las nuevas familias, lo cual el director plasma y trasmite en solo ocho minutos con ligereza y entereza de trazos, magistral síntesis y fragmentos de un movimiento sinfónico, único recurso sonoro, responsables de esa calidez y ese entusiasmo con que el animado es recibido en todas partes.

Sin embargo, no corrieron análoga suerte los otros cortos, al apuntar la mayoría a un experimentalismo formal casi siempre vacío que por ende no encontró buena recepción de público (Carga perdida, Pronóstico, Conchas…), mientras los documentales, tradicionalmente correctos, tampoco fueron de lo más aplaudido, quizá con la excepción de Los niños perdidos de Buddha (2006), de Mark Verkek, premiado en su país y en Los Ángeles, que con notable carga humanística sigue con sobriedad y contención a un legendario monje tailandés, ex boxeador, que en los últimos 15 años se dedica a la protección y cuidado de los niños huérfanos de Tai, frontera norte de Tailandia.

Camarero (2006), de Alex van Warmerdam, toca una cuerda no novedosa, pero siempre atractiva: la polémica y compleja relación ficción/realidad dentro de la literatura, su interacción dentro del relato al punto que se hace difícil delimitar los espacios específicos de ambas: los personajes, no solo el principal, encaran pirandellianamente al autor, se revelan del destino forzado (y con frecuencia ilógico e injusto) que aquel, implacable demiurgo, les asigna, mientras su compañera trata constantemente de cambiar el curso de la historia.

Llega un momento en que el recurso se torna abusivo, un poco de dosificación hubiera aportado mucho a esta humorada que, de cualquier manera, resulta deliciosa: por otra parte, los ramalazos a los excesos de los escritores de ficción, a los vicios y lugares comunes de la literatura contemporánea de este tipo y al “intrusismo profesional” gravitan en medio de situaciones originalísimas y muy bien plasmadas a nivel de guión y de puesta, algo que las actuaciones redondean.

Otra muy bien recibida fue Hotel paraíso, de Paula van der Oest, candidata al Oscar extranjero en 2001. El lugar que le da título es la manzana de la discordia entre un joven presuntamente gay que de pronto anuncia un matrimonio hetero, y sus tres hermanas, llenas de frustraciones sexuales y de problemas con sus parejas, que hacen lo (im)posible por impedir una boda que las haría perder ese precioso sitio en un balneario portugués.

Se trata de una pieza feminista, pero sin rabietas ni panfletos; por el contrario, la directora es hipercrítica con el género: se burla de sus excesos, sus argucias e histerismos, a la vez que lanza otra aguda mirada, más allá de los sexos, a la disfuncionalidad de la familia media en la Holanda contemporánea. Ingenio, inteligente montaje, notable diseño de personajes, dinamismo narrativo y excelentes actuaciones, caracterizan el filme.

De modo que los platos fuertes de la semana fueron casi siempre filmes de tono humorístico, los cuales por suerte, mantuvieron no sólo repleta en todas sus tandas la sala “Chaplin”, sino que el público abandonaba la misma agradecido y dispuesto a regresar.

Algo semejante ocurrió con la semana húngara: si durante los 70 y 80 del pasado siglo era común este cine en nuestras pantallas, con las nuevas coyunturas esto era casi imposible, hasta que ahora la Cinemateca de Cuba en combinación con la Embajada de ese país entre nosotros, ha brindado la oportunidad de actualizarnos y enriquecernos, a la vez que comparar: ¿mantiene este cine la tradición de calidad de sus ancestros, cuando Hungría era uno de los países de la socialista “Europa del Este”?

Lo cierto es que el cine más “serio” acabó decepcionando; la cinta que fungió de premiére, Glamour (2000), de Frigyes Gödrös, que abarca cinco décadas del devenir histórico de Hungría en el siglo XX, deteniéndose en los sucesos más relevantes desde 1918 hasta 1954, con una historia de amor (la del judío Imre y la alemana Gerda) como hilo conductor resultó ser una obra pesada y amorfa; al parecer el director, presente en la sala Riviera, donde tiene lugar la semana, confundió historicismo con innecesaria morosidad narrativa: la película simplemente no respira, y corta el oxígeno al público, quien tampoco sonríe siquiera en los segmentos pretendidamente humorísticos.

En tal sentido, resultó irónico un título ubicado en la Hungría actual, titulado nada menos que Aire fresco (2006), de Ágnes Kocsis, sobre la (in)comunicación de una madre y su hija, seleccionado para la Semana de la Crítica en Cannes: aquí los códigos de la estética “nuevo nuevo cine” no funcionan con las superfluas reiteraciones de momentos (para ofrecer la rutina y falta de perspectivas existenciales de los personajes) y el estiramiento de un relato que pudo arrojar un notable corto o hasta medio, pero que como largo (¡largísimo!) metraje, solo logra otra incomunicación, esta no planificada: la del filme con los espectadores.

Para ser justos, hubo una excepción dentro de ese cine “serio”: la experimental Hipo, la cual resultó una de las ci(n)tas más valiosas dentro de la Semana de cine húngaro contemporáneo (2000-07), y que realmente no inclina la balanza a favor de aquella interrogante que lanzáramos en a principio, sobre la continuidad en los altos quilates de la producción magiar que recibiéramos sobre todo en los años 60 y 70 del pasado siglo, pero se echa de menos aquella enjundia, aquella riqueza conceptual y estética que signara la obra de los Jancsó, Meszaros, Fabri, Zsabó (como sabemos, aún en activo pero bastante alejado de sus glorias pasadas) y compañía.

Hipo, afortunadamente, representa una tendencia que, no lo vamos a negar, dado su carácter innovador e intergenérico, se sabe no podría erigirse en un modelo mayoritario de producción, sin embargo, consuela saber que aún se encuentran verdaderos autores, artistas empeñados en concebir el cine como un arte aplicándoles como si fuera poco, un sello.

La dirigió en 2002 György Pálfi, quien se vuelca a la vida cotidiana de los habitantes del campo en una zona de la Hungría de hoy: el hipo de un anciano sirve de enlace a los elementos que componen el paisaje: los hombres y mujeres, los animales, las plantas. Siguiendo un método análogo al que lanzara el documentalista Godfrey Reggio en sus maravillosos filmes (Koyaanisqatsi, Powaqatsi…), y también heredado por nuestro Fernando Pérez en su ya antológica Suite Habana, el cineasta húngaro prescinde de las palabras y consigue toda una sinfonía de sonidos e imágenes, perfecta y armoniosamente sincronizadas desde planos que van de la profundidad de campo al big close up pasando por inclinaciones y grúas que se detiene en detalles y aspectos aparentemente insignificantes, que pasarían inadvertidos a una mirada menos escrutadora y curiosa, pero su lente no lo es, al contrario nos ayuda a introducirnos en esos mundos pequeños y sin embargo tan importantes, apoyado en una contrastante y sensual fotografía, un montaje que hilvana y relaciona y una banda sonora que es toda una masterpiece en cuanto encuentra (y trasmite) la verdadera orquesta que es la naturaleza en sus ruidos y su música (sólo aparentemente) desorganizados.

De modo que, prácticamente, la auténtica valía de la más reciente producción magyar se ubicó, una vez más en el género de la (son)risa. Comedias simpáticas y agudas, sí (como la que situó el punto final a la muestra: Sexo y nada más, de Krisztina Goda en torno a una mujer entrada en los 30 que anhela ser madre pero no encuentra el hombre adecuado que la convierta en tal) que incluso, revelan entre líneas muchos de los problemas sociales y ontológicos que aquejan a la nación postsocialista en la actualidad: o como Un tanto América (2002), de Gábor Herendi, sobre un productor de cine húngaro, residente en EE.UU. e interesado en el guión de un joven autor de video clips a quien ofrece la mitad del presupuesto para poner en pie el proyecto, o La victoria del amor (2007), de Tamás Sas, en torno a una compañía automatizada llamada S.O.S. Amor dedicada a la exitosa asesoría en la seducción de mujeres, no solo resultaron ingeniosas y gratas amén de bien actuadas, sino que, a niveles textual, sub o paratextual, todas lanzan de modo más o menos explícito buenos dardos contra el desempleo, la desvalorización y las tiranías del mercado neoliberal que en las coyunturas actuales resultan el pan de cada día.

De cualquier manera, este contacto con cinematografías no por desconocidas o interrumpidas en la recepción cubana, menos importantes, resultó un acicate para seguirlas muy de cerca: el ya bien cercano festival de diciembre será, sin dudas, otra oportunidad para ello.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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