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Comenzaré a
hablar de Emilio Ballagas por el
libro que realmente marca su
entrada en la gran poesía
cubana. Es su primer libro,
Júbilo y fuga, que aparece
en 1931 con un breve y precioso
prólogo de Juan Marinello. Allí
se lee, en las primeras líneas,
estas palabras del gran crítico
que fue Marinello:
“Ramón Gómez de
la Serna, gran cowboy,
ensarta en el hombro en punta de
Jean Cocteau la responsabilidad
total, gravísima, de haber
traído los ángeles.”
“Inicial
angélica” se llama, justamente,
este prólogo. Los ángeles son
los portadores de esa poesía que
es tal vez la primera derivación
importante del vanguardismo,
justamente hacia 1928 con el
libro Poemas en menguante,
de Mariano Brull, pero que
rápidamente va a tomar cuerpo en
otros grandes poetas. Es famosa
la tríada de los poetas puros
cubanos: Brull, Florit y
Ballagas. Representan un momento
muy importante de la poesía
cubana del siglo XX y son tres
obras que han transcendido con
creces al momento en que se
publicaron.
Júbilo y fuga
es sobre todo la poesía de la
exaltación sensorial. Está ese
desborde de los sentidos que
Ballagas encuentra, que es una
manera de lanzarse al mundo y al
mismo tiempo es perderse en él.
Lo vemos en el poema que él
titula justamente “Sentidos”, en
este primer libro:
¡Que me cierren los ojos con
uvas!
(Diáfana, honda plenitud de
curvas.)
Que me envuelva un incendio de
manzanas
y un claro rumor de dátil y
azúcar.
Que me envuelvan —presagio de
pulpa—
en ciruelas de tacto
perfumado...
Inundadme
en pleamar de pétalos y trinos.
Que me ciñan —¡ceñidme!— de
eclípticas azules.
Hay como un
ahogarse en este universo de los
sentidos que va a ser esencial
en Ballagas. Creo este es un
poeta de una enorme coherencia,
de grandes hallazgos que van a
perdurar a lo largo de toda su
obra y que van a estar presentes
en los diversos libros que
escribió a lo largo de
veintitantos años que duró su
vida poética. Jubilo y fuga
es el júbilo de los sentidos y
la fuga del tiempo. Aclaro: no
el tiempo que se escapa, sino el
hombre que se fuga del tiempo.
La poesía pura pretende evadir
el tiempo, porque el ayer, el
mañana, son los fundamentos del
sufrimiento humano. Cuando
Florit canta a la estatua de
Máximo Gómez, que está a la
entrada de la bahía de La Habana,
dice aquello (no estoy citando
textualmente, pero es la idea)
de: “superficie desnuda de
memorias y de lágrimas/ donde ya
no se sueña”.
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Precisamente, no
hay recuerdos, no hay dolor, no
hay futuro, no hay esperanza que
va a fracasar; el tiempo es
enemigo del hombre porque le
deja la pena del pasado y la
esperanza del futuro que no se
logra. El poeta puro quiere
romper esa inserción del hombre
en el tiempo por varios caminos:
por este júbilo de los sentidos
en el que el poeta prácticamente
se disuelve, o por esa fuga que
es, justamente, escapar de lo
circundante, de lo
circunstancial, del tiempo
mismo. Este poema se llama
“Huir”:
¡Cómo me echara a rodar
por este mundo sin forma!
Cómo me diera a correr
driver en auto sin sombra.
Por el paisaje sin forma
huidizo... resbalado:
en el huir y el huir
transfundido... deshelado.
Por montañas sin recuerdo
por mares nulos, insomnes,
de azufre, plata y azogue...
amnesia total, deshielo.
Cómo me diera a rodar
—noches, pistas, mares, nombres,
prisas, nubes, torres, mundos—
sin vuelta —liberación.
¡Qué preso —libre— en la fuga!
La prisa atrás, rezagada.
Libre —¡qué preso!— en la fuga.
¡Cómo me diera a correr
driver en auto sin sombra;
ya sin amarras del hoy,
libre de ayer y mañana...
desatado, blanco, eterno!
Esta es la fuga
de este libro, que va justamente
a ser el anhelo de los poetas
puros. Cuando Brull canta a la
rosa, está cantando a la rosa
que no se marchita, la rosa que
no perece, la idílica, la
platónica, que es más el
concepto de la rosa que la rosa
misma. Es una poesía que
persigue también, como siempre,
el conocimiento del mundo y la
asunción de la felicidad del
hombre. Este libro, que es un
libro de entrada en la poesía
cubana, va marcando esos caminos
de Emilio Ballagas. Cuando
escribe tres años después su
Cuaderno de poesía negra,
hay quien se sorprende porque
este poeta puro está trabajando
la poesía de los negros cubanos,
pero creo que ahí está también
el mundo sensorial de Ballagas.
Es justamente este despliegue de
sonidos, de color, de forma, lo
que capta la sensibilidad ballaguiana. Hay grandes poemas
en el libro y, curiosamente,
quizá es el momento de la
historia cubana, de la historia
universal, de la historia de
nuestro continente en esos años
30, en que empieza a entrar el
universo, empieza a verse la
responsabilidad social del
poeta, cosa que no se ha
subrayado en el caso de Ballagas.
No quiero
analizar los grandes poemas
negros que escribió, como la
“Elegía de María Belén Chacón” o
el “Para dormir a un negrito”,
que es una maravilla de nana y
que Ballagas toma de un poeta
uruguayo. Esta es una maravilla
de la imitación: Ballagas toma
su asunto del poeta uruguayo
Ildefonso Pereda Valdés, pero
supera ampliamente el modelo.
Es, en este caso, una suerte de
Shakespeare en ese sentido, que
se apropia de un tema o de otro,
pero para colocarlo por encima
del autor que él está siguiendo.
El resultado es una muestra de
la maestría verbal de Ballagas,
que era un maestro de la
palabra.
En el año 39
llega el momento de la
culminación y de la crisis
ballaguiana con ese libro
tremendo que se llama Sabor
eterno, título precioso
porque no hay ningún sabor en el
mundo de los sentidos que sea
eterno, ese mundo sin ayer ni
mañana que Ballagas quería
alcanzar. Es justamente esta
contradicción entre el placer y
el tiempo la que va a enfrentar
el poeta o el yo poético de este
libro. Es un hito de la poesía
amorosa, si los hay. Creo que en
el siglo XX es uno de los
grandes libros de poesía de amor
que se han escrito en
Hispanoamérica, junto a los
grandes poemas de Neruda y de
Nicolás Guillén. Poemas como
“Elegía sin nombre” y “Nocturno
y elegía”, son dos extensas
obras maestras de la poesía
amorosa cubana. Justamente lo
que siempre está rondando en
Ballagas, ese entronque con la
verdad, con la historia, con la
realidad, aparece tanto en los
poemas negros, como en los poemas
amorosos. Inevitablemente el
mundo se le impone, se lanza
sobre él, y esos poemas
sufrientes de Sabor eterno
muestran la sensibilidad más
onda de este poeta que quiso
evadir el sufrimiento humano con
la fuga o con el júbilo, pero
que se encontró con la vida tal
y como es en este libro.
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La sensualidad
acompañará a Ballagas siempre,
hasta en los poemas religiosos.
Recuerdo ese hermosísimo poema a
la Virgen que recuerda a los
místicos, esa poesía en la que
el amor es una expresión de la
relación divina cuando la Virgen
se ausenta del altar en la
noche, y Ballagas empieza aquel
poema diciendo: "¿De dónde
viene, señora, con la ropa tan
mojada?”, que casi delata la
imagen del cuerpo de la Virgen
en el poema, a la manera de los
místicos españoles.
Se trata de un
gran poeta, sufriente por su
vida, por su realidad, pero que
nos dejó una obra imperecedera.
Ballagas es de esos poetas que
no se pueden obviar en Cuba. No
es raro que Nicolás Guillén,
cuando quiere citar a un poeta
cubano, en un hermoso poema como
es “En algún sitio de la
primavera”, justamente
toma aquellos maravillosos
versos de la “Elegía sin
nombre”: “Yo te doy a la vida
entera del poema”. Creo que es
el colocar la poesía en altísimo
lugar.
Siempre apreció
la poesía con esa dignidad que
tiene toda su obra y que tienen
todos sus versos. Hacemos muy
bien recordándolo en este
centenario porque es una de esas
voces que los cubanos no podemos
y no debemos olvidar. |