Año VII
La Habana

1 al 7 de NOVIEMBRE
de 2008

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Un maestro de la palabra

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Comenzaré a hablar de Emilio Ballagas por el libro que realmente marca su entrada en la gran poesía cubana. Es su primer libro, Júbilo y fuga, que aparece en 1931 con un breve y precioso prólogo de Juan Marinello. Allí se lee, en las primeras líneas, estas palabras del gran crítico que fue Marinello:

“Ramón Gómez de la Serna, gran cowboy, ensarta en el hombro en punta de Jean Cocteau la responsabilidad total, gravísima, de haber traído los ángeles.”

“Inicial angélica” se llama, justamente, este prólogo. Los ángeles son los portadores de esa poesía que es tal vez la primera derivación importante del vanguardismo, justamente hacia 1928 con el libro Poemas en menguante, de Mariano Brull, pero que rápidamente va a tomar cuerpo en otros grandes poetas. Es famosa la tríada de los poetas puros cubanos: Brull, Florit y Ballagas. Representan un momento muy importante de la poesía cubana del siglo XX y son tres obras que han transcendido con creces al momento en que se publicaron.

Júbilo y fuga es sobre todo la poesía de la exaltación sensorial. Está ese desborde de los sentidos que Ballagas encuentra, que es una manera de lanzarse al mundo y al mismo tiempo es perderse en él. Lo vemos en el poema que él titula justamente “Sentidos”, en este primer libro:

¡Que me cierren los ojos con uvas!
(Diáfana, honda plenitud de curvas.)

Que me envuelva un incendio de manzanas
y un claro rumor de dátil y azúcar.

Que me envuelvan —presagio de pulpa—
en ciruelas de tacto perfumado...

Inundadme
en pleamar de pétalos y trinos.

Que me ciñan —¡ceñidme!— de eclípticas azules.

Hay como un ahogarse en este universo de los sentidos que va a ser esencial en Ballagas. Creo este es un poeta de una enorme coherencia, de grandes hallazgos que van a perdurar a lo largo de toda su obra y que van a estar presentes en los diversos libros que escribió a lo largo de veintitantos años que duró su vida poética. Jubilo y fuga es el júbilo de los sentidos y la fuga del tiempo. Aclaro: no el tiempo que se escapa, sino el hombre que se fuga del tiempo. La poesía pura pretende evadir el tiempo, porque el ayer, el mañana, son los fundamentos del sufrimiento humano. Cuando Florit canta a la estatua de Máximo Gómez, que está a la entrada de la bahía de La Habana, dice aquello (no estoy citando textualmente, pero es la idea) de: “superficie desnuda de memorias y de lágrimas/ donde ya no se sueña”.

Precisamente, no hay recuerdos, no hay dolor, no hay futuro, no hay esperanza que va a fracasar; el tiempo es enemigo del hombre porque le deja la pena del pasado y la esperanza del futuro que no se logra. El poeta puro quiere romper esa inserción del hombre en el tiempo por varios caminos: por este júbilo de los sentidos en el que el poeta prácticamente se disuelve, o por esa fuga que es, justamente, escapar de lo circundante, de lo circunstancial, del tiempo mismo. Este poema se llama “Huir”:

¡Cómo me echara a rodar
por este mundo sin forma!
Cómo me diera a correr
driver en auto sin sombra.

Por el paisaje sin forma
huidizo... resbalado:
en el huir y el huir
transfundido... deshelado.

Por montañas sin recuerdo
por mares nulos, insomnes,
de azufre, plata y azogue...
amnesia total, deshielo.

Cómo me diera a rodar
—noches, pistas, mares, nombres,
prisas, nubes, torres, mundos—
sin vuelta —liberación.
¡Qué preso —libre— en la fuga!
La prisa atrás, rezagada.
Libre —¡qué preso!— en la fuga.

¡Cómo me diera a correr
driver en auto sin sombra;
ya sin amarras del hoy,
libre de ayer y mañana...
desatado, blanco, eterno!

Esta es la fuga de este libro, que va justamente a ser el anhelo de los poetas puros. Cuando Brull canta a la rosa, está cantando a la rosa que no se marchita, la rosa que no perece, la idílica, la platónica, que es más el concepto de la rosa que la rosa misma. Es una poesía que persigue también, como siempre, el conocimiento del mundo y la asunción de la felicidad del hombre. Este libro, que es un libro de entrada en la poesía cubana, va marcando esos caminos de Emilio Ballagas. Cuando escribe tres años después su Cuaderno de poesía negra, hay quien se sorprende porque este poeta puro está trabajando la poesía de los negros cubanos, pero creo que ahí está también el mundo sensorial de Ballagas. Es justamente este despliegue de sonidos, de color, de forma, lo que capta la sensibilidad ballaguiana. Hay grandes poemas en el libro y, curiosamente, quizá es el momento de la historia cubana, de la historia universal, de la historia de nuestro continente en esos años 30, en que empieza a entrar el universo, empieza a verse la responsabilidad social del poeta, cosa que no se ha subrayado en el caso de Ballagas.

No quiero analizar los grandes poemas negros que escribió, como la “Elegía de María Belén Chacón” o el “Para dormir a un negrito”, que es una maravilla de nana y que Ballagas toma de un poeta uruguayo. Esta es una maravilla de la imitación: Ballagas toma su asunto del poeta uruguayo Ildefonso Pereda Valdés, pero supera ampliamente el modelo. Es, en este caso, una suerte de Shakespeare en ese sentido, que se apropia de un tema o de otro, pero para colocarlo por encima del autor que él está siguiendo. El resultado es una muestra de la maestría verbal de Ballagas, que era un maestro de la palabra.

En el año 39 llega el momento de la culminación y de la crisis ballaguiana con ese libro tremendo que se llama Sabor eterno, título precioso porque no hay ningún sabor en el mundo de los sentidos que sea eterno, ese mundo sin ayer ni mañana que Ballagas quería alcanzar. Es justamente esta contradicción entre el placer y el tiempo la que va a enfrentar el poeta o el yo poético de este libro. Es un hito de la poesía amorosa, si los hay. Creo que en el siglo XX es uno de los grandes libros de poesía de amor que se han escrito en Hispanoamérica, junto a los grandes poemas de Neruda y de Nicolás Guillén. Poemas como “Elegía sin nombre” y “Nocturno y elegía”, son dos extensas obras maestras de la poesía amorosa cubana. Justamente lo que siempre está rondando en Ballagas, ese entronque con la verdad, con la historia, con la realidad, aparece tanto en los poemas negros, como en los poemas amorosos. Inevitablemente el mundo se le impone, se lanza sobre él, y esos poemas sufrientes de Sabor eterno muestran la sensibilidad más onda de este poeta que quiso evadir el sufrimiento humano con la fuga o con el júbilo, pero que se encontró con la vida tal y como es en este libro.

La sensualidad acompañará a Ballagas siempre, hasta en los poemas religiosos. Recuerdo ese hermosísimo poema a la Virgen que recuerda a los místicos, esa poesía en la que el amor es una expresión de la relación divina cuando la Virgen se ausenta del altar en la noche, y Ballagas empieza aquel poema diciendo: "¿De dónde viene, señora, con la ropa tan mojada?”, que casi delata la imagen del cuerpo de la Virgen en el poema, a la manera de los místicos españoles.

Se trata de un gran poeta, sufriente por su vida, por su realidad, pero que nos dejó una obra imperecedera. Ballagas es de esos poetas que no se pueden obviar en Cuba. No es raro que Nicolás Guillén, cuando quiere citar a un poeta cubano, en un hermoso poema como es “En algún sitio de la primavera”, justamente toma aquellos maravillosos versos de la “Elegía sin nombre”: “Yo te doy a la vida entera del poema”. Creo que es el colocar la poesía en altísimo lugar.

Siempre apreció la poesía con esa dignidad que tiene toda su obra y que tienen todos sus versos. Hacemos muy bien recordándolo en este centenario porque es una de esas voces que los cubanos no podemos y no debemos olvidar.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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