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De la que alguna vez se llamó en Cuba
Segunda Generación Republicana, que se
sustentó en poesía con nombres tan
ilustres como Nicolás Guillén, Eugenio
Florit y Mariano Brull, sigue siendo
Emilio Ballagas una figura cimera. En
realidad, se tiene la impresión de que a
Ballagas siempre se le ha debido más
solicitud de la que se le ofrece, pero
tal vez sea la relación de tirantez
entre esa obra y sus virtuales lectores
lo que al cabo nos haya inclinado a
descifrarla de una manera en la que
jamás leeríamos, por ejemplo, al propio
Guillén. Se trata —claro— de poéticas
diferentes, pero si en algún caso se ha
insistido en examinar la obra a través
de ciertas claves de la personalidad del
autor, es en este que nos ocupa.
Poeta, antólogo, traductor,
conferencista y maestro, Emilio Ballagas
nació en Camagüey el 7 de noviembre de
1908 y enseñó a partir de 1933 en Santa
Clara y La Habana. También viajó, fue
redactor de publicaciones periódicas y,
visiblemente, encalló en vicisitudes de
tipo amoroso que moldearon a una vez su
personalidad y sus versos. A veces, y en
relación con este poeta, uno siente la
tentación de vocablos de tan escaso
prestigio, como tragedia personal,
amores incomprendidos, et al., pero
a fin de cuentas no parece muy serio
analizar una obra a partir de un
anecdotario.
El primer libro de Ballagas, Júbilo y
fuga, es de 1931, el mismo año en
que apareció Sóngoro cosongo, de
su paisano Nicolás Guillén. El último,
Décimas por el júbilo martiano en el
centenario del Apóstol José Martí,
se publicó en 1953, un año antes de su
muerte, acaecida en La Habana un 11 de
septiembre. Eso si tomamos como un hecho
consumado el sonetario Cielo en
rehenes, a partir del año en que
recibió el Premio Nacional de Poesía
(1951), y no del de su salida de
imprenta (1955, es decir, con sino
póstumo). Siendo así nos llamarán la
atención esos dos júbilos que
abren y cierran la poesía de un hombre
que hizo del sufrimiento buena parte de
su vida y de su trabajo. Se ha insinuado
que el primer júbilo es un descuido de
su parte, una carta de ingenuidad, pero
el último no es ni resignación, ni
verdaderamente un asunto propio; es
acaso un deber exterior, un gesto de
madurez debida.
Dedicada al centenario del gran
camagüeyano, la editorial Letras Cubanas
acaba de presentar la Obra poética
de Emilio Ballagas, una compilación del
estudioso Enrique Saínz. Según nota del
compilador, esta edición toma como guía
la realizada por Cintio Vitier en La
Habana, en 1955, pero ahora se observan
algunos cambios de estructura, sobre
todo en los apéndices. Se añaden además
algunos versos que no se recogieron en
la aludida recopilación de Vitier, ni en
una posterior, también de Letras Cubanas
(1984). De cualquier manera, estamos
ante la reunión más completa hasta el
momento de una obra que realiza un
interesantísimo reflujo entre la
frivolidad y la trascendencia; y escribo
interesantísimo puesto que la
frivolidad de Ballagas se coloca ella
misma en entredicho, nos tienta a
dispensarle lo que, por otra parte,
acaso llamemos frívolo desde una ingenua
ventaja en el tiempo. Ello sin dejar de
reconocer que toda opera omnia —o
lo más cercano a esta que encontremos—
se forma, lógicamente, de algunas
irradiaciones y de algunos deterioros.
Se ha sugerido que las piezas de
Júbilo y fuga son, acaso, testigos
de una dicha no entrevista del todo y de
una despreocupación propia de los 23
años del poeta, quien le achaca él mismo
un temblor balbuciente. Pero a la
altura de Cielo en rehenes Emilio
Ballagas había llegado a esa sabiduría
que según apunta José Lezama Lima en
La cantidad hechizada, hay que
establecer a partir de la primitividad,
de lo que hay de niño viejo en el
hombre. La sabiduría comporta por demás
una especie de saber esperar, y esa
espera, en el sabio, incluye hasta el
vacío. Lo que se equilibra en la
comprensión de un poeta se equilibra por
fuerza en su escritura, por lo que los
sonetos de Cielo en rehenes
resultan, como bien se ha observado,
piezas de una lucidez reservada para
unos pocos elegidos. De la entonación
lastimera de “Nocturno y elegía”,
perteneciente a Sabor eterno
(1939) —y qué importa si el objeto de
esos versos ha de resultar, como las
muchachas en flor de Marcel Proust, otro
hombre— a la precisión, la ironía y el
feliz hallazgo verbal de “La clave
mortal”, de Cielo en rehenes, hay
un trayecto efectivamente accidentado,
del cual emerge a ratos la impresión de
que, aunque vuelva sobre las mismas
cosas, el poeta ya no gesticula al
pensarlas, ni al decirlas.
…Si pregunta por mí, dale
estos ojos,
estas grises palabras, estos
dedos;
y la gota de sangre en el
pañuelo.
Dile que me he perdido, que me
he vuelto
una oscura perdiz, un falso
anillo
a una orilla de juncos
olvidados:
dile que voy del azafrán al
lirio…
(“Nocturno y elegía”.)
Deja que en el soneto me
consuma
igual que el Ave-Fénix en la
llama.
El humo, hermano errante de la
bruma,
dará al cielo noticia de mi
drama.
Deja que la resina que rezuma
el brazo suplicante de la rama
consienta al fin que la ceniza
asuma
forma cabal y renovada gama.
Pues si la soledad de mi
garganta
pide al fuego su prueba
dolorosa
aniquilando todo lo que canta,
no es para decorarse con la
rosa,
sino para poner en muerte
tanta
centella de una vida más
hermosa.
(“La clave mortal”.)
El viaje de uno al otro extremo de la
Obra poética de Ballagas (Letras
Cubanas, 2007), a cargo de Enrique
Saínz, se completa pues con Cuaderno
de poesía negra, Blancolvido, Sabor
eterno, Nuestra señora del mar y el
ya mencionado Décimas por el júbilo
martiano… En el Apéndice se
da cabida a 76 poemas no recogidos en
libros por el autor. Puestos así de
golpe, uno tras otro, los versos que
tejieron y a la vez costaron toda una
vida, son capaces de poner en entredicho
cualquier noción sobre la alegría, la
pena, el tiempo y la naturaleza. Nos
dejan, por demás, una insinuación: si
ser poeta es colocarse a una vez ante lo
innombrable y lo que nos nombra, Emilio
Ballagas ha alcanzado a ver ese doble
relámpago. |