Año VII
La Habana

1 al 7 de NOVIEMBRE
de 2008

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Verso sufrido en la propia carne

Rogelio Riverón • La Habana

 
De la que alguna vez se llamó en Cuba Segunda Generación Republicana, que se sustentó en poesía con nombres tan ilustres como Nicolás Guillén, Eugenio Florit y Mariano Brull, sigue siendo Emilio Ballagas una figura cimera. En realidad, se tiene la impresión de que a Ballagas siempre se le ha debido más solicitud de la que se le ofrece, pero tal vez sea la relación de tirantez entre esa obra y sus virtuales lectores lo que al cabo nos haya inclinado a descifrarla de una manera en la que jamás leeríamos, por ejemplo, al propio Guillén. Se trata —claro— de poéticas diferentes, pero si en algún caso se ha insistido en examinar la obra a través de ciertas claves de la personalidad del autor, es en este que nos ocupa.

Poeta, antólogo, traductor, conferencista y maestro, Emilio Ballagas nació en Camagüey el 7 de noviembre de 1908 y enseñó a partir de 1933 en Santa Clara y La Habana. También viajó, fue redactor de publicaciones periódicas y, visiblemente, encalló en vicisitudes de tipo amoroso que moldearon a una vez su personalidad y sus versos. A veces, y en relación con este poeta, uno siente la tentación de vocablos de tan escaso prestigio, como tragedia personal, amores incomprendidos, et al., pero a fin de cuentas no parece muy serio analizar una obra a partir de un anecdotario.

El primer libro de Ballagas, Júbilo y fuga, es de 1931, el mismo año en que apareció Sóngoro cosongo, de su paisano Nicolás Guillén. El último, Décimas por el júbilo martiano en el centenario del Apóstol José Martí, se publicó en 1953, un año antes de su muerte, acaecida en La Habana un 11 de septiembre. Eso si tomamos como un hecho consumado el sonetario Cielo en rehenes, a partir del año en que recibió el Premio Nacional de Poesía (1951), y no del de su salida de imprenta (1955, es decir, con sino póstumo).  Siendo así nos llamarán la atención esos dos júbilos que abren y cierran la poesía de un hombre que hizo del sufrimiento buena parte de su vida y de su trabajo. Se ha insinuado que el primer júbilo es un descuido de su parte, una carta de ingenuidad, pero el último no es ni resignación, ni verdaderamente un asunto propio; es acaso un deber exterior, un gesto de madurez debida.

Dedicada al centenario del gran camagüeyano, la editorial Letras Cubanas acaba de presentar la Obra poética de Emilio Ballagas, una compilación del estudioso Enrique Saínz. Según nota del compilador, esta edición toma como guía la realizada por Cintio Vitier en La Habana, en 1955, pero ahora se observan algunos cambios de estructura, sobre todo en los apéndices. Se añaden además algunos versos que no se recogieron en la aludida recopilación de Vitier, ni en una posterior, también de Letras Cubanas (1984). De cualquier manera, estamos ante la reunión más completa hasta el momento de una obra que realiza un interesantísimo reflujo entre la frivolidad y la trascendencia; y escribo interesantísimo puesto que la frivolidad de Ballagas se coloca ella misma en entredicho, nos tienta a dispensarle lo que, por otra parte, acaso llamemos frívolo desde una ingenua ventaja en el tiempo. Ello sin dejar de reconocer que toda opera omnia —o lo más cercano a esta que encontremos— se forma, lógicamente, de algunas irradiaciones y de algunos deterioros.

Se ha sugerido que las piezas de Júbilo y fuga son, acaso, testigos de una dicha no entrevista del todo y de una despreocupación propia de los 23 años del poeta, quien le achaca él mismo un temblor balbuciente. Pero a la altura de Cielo en rehenes Emilio Ballagas había llegado a esa sabiduría que según apunta José Lezama Lima en La cantidad hechizada, hay que establecer a partir de la primitividad, de lo que hay de niño viejo en el hombre. La sabiduría comporta por demás una especie de saber esperar, y esa espera, en el sabio, incluye hasta el vacío. Lo que se equilibra en la comprensión de un poeta se equilibra por fuerza en su escritura, por lo que los sonetos de Cielo en rehenes resultan, como bien se ha observado, piezas de una lucidez reservada para unos pocos elegidos. De la entonación lastimera de “Nocturno y elegía”, perteneciente a Sabor eterno (1939) —y qué importa si el objeto de esos versos ha de resultar, como las muchachas en flor de Marcel Proust, otro hombre— a la precisión, la ironía y el feliz hallazgo verbal de “La clave mortal”, de Cielo en rehenes, hay un trayecto efectivamente accidentado, del cual emerge a ratos la impresión de que, aunque vuelva sobre las mismas cosas, el poeta ya no gesticula al pensarlas, ni al decirlas.

 

          …Si pregunta por mí, dale estos ojos,

          estas grises palabras, estos dedos;

          y la gota de sangre en el pañuelo.

          Dile que me he perdido, que me he vuelto

          una oscura perdiz, un falso anillo

          a una orilla de juncos olvidados:

          dile que voy del azafrán al lirio…

                                     (“Nocturno y elegía”.)

 

          Deja que en el soneto me consuma

          igual que el Ave-Fénix en la llama.

          El humo, hermano errante de la bruma,

          dará al cielo noticia de mi drama.

 

          Deja que la resina que rezuma

          el brazo suplicante de la rama

          consienta al fin que la ceniza asuma

          forma cabal y renovada gama.

 

          Pues si la soledad de mi garganta

          pide al fuego su prueba dolorosa

          aniquilando todo lo que canta,

 

          no es para decorarse con la rosa,

          sino para poner en muerte tanta

          centella de una vida más hermosa.

                                     (“La clave mortal”.)

 

El viaje de uno al otro extremo de la Obra poética de Ballagas (Letras Cubanas, 2007), a cargo de Enrique Saínz, se completa pues con Cuaderno de poesía negra, Blancolvido, Sabor eterno, Nuestra señora del mar y el ya mencionado Décimas por el júbilo martiano…  En el Apéndice se da cabida a 76 poemas no recogidos en libros por el autor. Puestos así de golpe, uno tras otro, los versos que tejieron y a la vez costaron toda una vida, son capaces de poner en entredicho cualquier noción sobre la alegría, la pena, el tiempo y la naturaleza. Nos dejan, por demás, una insinuación: si ser poeta es colocarse a una vez ante lo innombrable y lo que nos nombra, Emilio Ballagas ha alcanzado a ver ese doble relámpago.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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