|
El tercer muro.
El mundo de las últimas dos
décadas ha visto caer tres
vastos y enormes muros. Muros
que, al venirse abajo, han
echado abajo al Mundo sobre el
que fueron erigidos. El primero
cayó en Berlín, y más allá de
poner fin al enorme absurdo de
una ciudad dividida en dos
mitades, aquel derrumbe marcó el
fin del mundo bipolar surgido de
la posguerra, el fin del llamado
“socialismo real”, el fin de una
historia que, tozuda, se negó a
aceptar certificados de
defunción. El segundo muro, en
puridad, dos orgullosas
estructuras, se fue al suelo
allá en New York. Provocó la
muerte inmediata y escalofriante
a más de tres mil seres, dos
guerras, cientos de miles de
muertes todavía más
escalofriantes, la increíble
amenaza “a 60 oscuros sitios del
mundo”, retruécanos medievales
en función de redefinir la
tortura y, en la supuesta meca
de la democracia, las
iniquidades del Homeland
Security que suprimía
libertades. La caída de las
Twin Tower hizo surgir otro
mundo, según muchos. Ahora se
nos desploma el ya ajado muro de
Bretton Wood, se nos desploma el
capitalismo neoliberal que
imperó (y exasperó) desde hace
ya más de dos décadas. El mundo
que emergerá de este nuevo
descalabro, según otros muchos,
será, todavía de manera más
rotunda, "otro". Eso se nos
dice. Si la crisis del petróleo,
los desafueros financieros
provocados por la guerra de
Vietnam y el cese del empleo del
patrón oro, hechos todos de la
séptima década del siglo XX,
habían horadado y desvencijado a
más y mejor este muro, ahora,
créditos e hipotecas, tan solo
en el sector inmobiliario,
otorgados por bancos de la
nación más rica del planeta,
causan un movimiento telúrico de
imprevisibles (y enormísimas)
consecuencias que derriba los
pocos ladrillos aún en pie, los
otrora orgullosos ladrillos,
puestos unos sobre otros en los
apenas 22 días de Bretton Wood.
Y todos esos muros se han echado
al suelo en menos de 20 años.
"Veinte años no es nada", nos
llega desde el afamado tango. Y
la historia, ceñuda, parece
darle la razón. Mas…
"desengañémonos". La
caída de los dos muros (y
mundos) anteriores no aportó un
ápice a los humillados y
ofendidos. Aportó, eso sí, más
hambre, más pobreza, más muerte,
menos esperanza, un peligroso
giro neoconservador,
desideologización, mayor
humillación y mayor ofensa. Los
mundos caen, los poderosos
ascienden. Nosotros, los pobres,
quedamos sepultados debajo de
esas piedras. Y sobre nosotros
se construyen otros muros. Este
que ahora cae, ¿cambiará nuestra
suerte?
Los fantasmas invocados.
Hace poco más de un año Allan
Greenspan, presidente de la
Reserva Federal de EE.UU. entre
1987 y 2006, nos hacía leer en
su libro The Age of
Turbulence: Adventures in a New
World, que el capitalismo
había dejado atrás las crisis.
Greenspan era un gurú, un
capo di tutti capo y le
hicieron coro.1 Nadie
recordó el “lunes negro” de 1987
en
Wall Street; la crisis mexicana
que desató sobre el mundo el
denominado “efecto tequila” en
1994; la Crisis asiática de
1997; el desplome del rublo en
1998; la crisis argentina del
2000. La Gran depresión de 1929
era cosa de libros, mera
historia. Los más
encumbrados augures y chamanes
diagnosticaban al mercado, esa
entelequia, más salud que nunca.
El olvidado fantasma de Karl
Marx estaba bien atado allá en
su tumba de Highgate. No
recorría para nada el mundo.
Ignorando una crisis y otra,
todas del siglo XX, todas
acaecidas en los últimos 20
años, se sostenía (sin sonrojos)
que al capitalismo se le habían
acabado las crisis. Marx las
había previsto económicas, de
superproducción, cíclicas. Ah,
pero Marx hubo de vivir en un
mundo en nada similar a este,
conoció "otro" capitalismo. Este
mundo había arribado a algo
llamado
ciclo Kondratief, período de muy
larga bonanza aupado por las
nuevas tecnologías de la
informática y las
telecomunicaciones y una
novísima praxis empresarial y
financiera.
¿Las crisis de los últimos 20
años? Bah, excepciones,
accidentes sectoriales
parcelados en tiempo y espacio,
crisis generadas por errores de
especialistas, banqueros,
ministros, gobiernos, nada de
qué culpar al capitalismo. Entre
1970 y 1980, tan solo en una
década, ocurrieron en el mundo
unas 112 crisis bancarias en 93
países, crisis que representaron
pérdidas por un monto superior
al 12.8 % del PIB de esas
naciones. De 1973 a 1979 la
crisis del petróleo casi puso de
rodillas al mundo desarrollado.
No había que invocar a Marx, sin
embargo. Precisamente en la
década del 80 se invocó a otros
espectros. Se hizo salir de los
panteones a Adam Smith y
Jean-Claude Marie Vicent de
Gournay. Resuge et
ambula, se silabeó ante el
corpus sin ánima del
liberalismo y el Laissez
faire. Resurge et ambula,
silabeó Ronald Reagan,
bajo el brazo la nueva Biblia,
el reaganomic, mixtura de
las flamantes teorías
monetaristas del Premio Nobel de
Economía Milton Friedman (nuevo
gurú de la tribu asistido por
toda la cohorte de chicago
boys) y las viejas hechuras
de sir Adam Smith y monsieur
Jean-Claude Marie Vicent de
Gournay. A lo
anterior se sumaron las teorías
del Premio Nobel de Economía
Friedrich Hayek. Y los dictados
de la steel lady Margaret
Tatcher. Bajo la globalización,
la dolarización de la economía
mundial y el dominio económico,
comercial, financiero y militar
de los EE.UU., los dictados de
uno se hicieron credo de todos.
El mercado quedó más “free” que
nunca. Dios omnímodo, a golpe de
rabdomancia y abracadabra,
zanjaría todo desafuero. Solo
había que dejarlo hacer,
los gobiernos debían abstenerse.
Aquella resurrección
llevaría, también en apenas 20
años, a la miseria más atroz a
millones de seres en el Tercer
Mundo. Aquel muro se llamó
neoliberalismo y si antes había
llevado al abismo a buena parte
de los seres del planeta ahora
amenaza con llevar al desastre a
su totalidad. Es el muro que
ahora con asombroso estrépito
cae. Muro que nadie alcanza a
vaticinar con certeza todo
cuanto pueda sepultar en su
caída.
Los chamanes ciegos del mercado.
Lo cierto es que al capitalismo
de los últimos años, en mitad de
un banquete todavía más fastuoso
(y millones de veces más fatuo y
falaz) que el de Damocles, no le
faltó la colgante espada sobre
la testa. Si Dionisio I de
Siracusa hizo notar a Damocles
que el fierro era solo sostenido
por una crin ahora todos los
chamanes del mercado, los más
encumbrados, no advirtieron, "no
quisieron advertir", que
la hebra que sostenía la espada
era mucho más endeble. Quienes
lo advertían eran olímpicamente
ignorados. El banquete
continuaba. Sin duda, se trataba
del más suculento banquete de la
historia. Un banquete que hacía
a los ricos infinitamente más
ricos. En la corte de Siracusa
se alumbraban con antorchas y,
sin embargo, advirtieron la
espada. Resulta en extremo
asombroso que el sofisticado
andamiaje del capitalismo
posmoderno no advirtiera los
peligros sobre la testa. Ahí
estaban el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial,
la ONU, Europa Unida, la
todopoderosa Reserva Federal de
los EE.UU., el Departamento del
Tesoro, los gobiernos, cientos
de corporaciones más poderosas
que gobiernos, los bancos
centrales, las bolsas de
valores, los expertos en
finanzas, los poderosos
banqueros, los flamantes Premios
Nobel, los distinguidísimos
catedráticos en Economía, los
muy sabios analistas, las muy
potentes supercomputadoras, lo
más encumbrado de la economía,
las finanzas y la tecnología de
la sociedad posindustrial. Y
quedaron callados. Nada vieron.
No advirtieron el peligro.2
A quien osó levantar la voz lo
tomaron por tonto, eso en el
mejor de los casos. En un mundo
regido por el análisis de riesgo
nadie supo del riesgo. Nadie
movió un dedo. No hubo quien
desmontara la espada o afianzara
el tambaleante muro. ¿Por qué?
La respuesta es tan terrorífica
como sencilla: el neoliberalismo
fue precisamente eso: desmontar
todo el sistema que lograra
advertir sobre espadas colgantes
o muros que caían. Dejad hacer
al mercado, rezaba el dogma. En
el siglo XVIII Adam Smith había
sostenido que el mercado
esgrimía una “mano invisible”,
mano que lo compone y recompone
todo. Y Milton Friedman
aseguraba que si algo iba mal
culpa era de los estados por su
intromisión en el mercado. Así
pues, todos los mecanismos de
control, fiscalización, análisis
de riesgo o regularización
habrían de ser desatendidos. Los
Estados solo debían mantener el
dominio sobre los tipos de
interés: a los neoliberales les
aterroriza la inflación como a
los frailes de la Edad Media
aterrorizaba el Anticristo, la
inflación como antítesis del
Dios Mercado. Bajar o subir
tipos de interés devenía moderna
ofrenda al Dios. Y con semejante
ofrenda, magnánimo y bondadoso,
el Dios conduciría al paraíso.
Horror y error. Se privó de
control al más descontrolado,
errático, ambicioso y
displicente de los dioses.
Previsible que en lugar de tomar
el bello sendero al paraíso
tomara el callejón al limbo. Al
purgatorio. Quién sabe si la
sepia calleja al infierno.
El capitalismo subprime.
Con toda posibilidad
subprime resulte el
término anglosajón más citado de
los últimos tiempos. El término
identificó un modus operandi
bancario jamás soñado: el
crédito de muy alto riesgo.
Otorgar
préstamos a quien carece de
probada capacidad de pago. La
praxis bancaria rezaba que
solo se concedía crédito a quien
lograra probar fehacientemente
que estaba en condiciones de
devolverlo. Algo muy sencillo.
Primario. Elemental. Infantil.
Pues los bancos en EE.UU.
comenzaron a hacer lo opuesto.
No lo hacía el Toccoa Falls
Bank, en Nashville, Tennesee,
banco sin importancia. Nada de
eso. Fue práctica de los más
poderosos bancos
norteamericanos. A gran escala.
De manera desproporcionada. ¿Es
que se habían vuelto locos los
bancos? ¿Banqueros y accionistas
abrazaban la filantropía, el
altruismo y la caridad para
donar dinero a los pobres? ¿Los
fantasmas de Fourier o Cabet les
invadieron las mentes?
¿Metempsicosis? Nada de eso. Si
bien es seguro que la locura los
animara, caritativos no lo serán
nunca. Y la locura era desatada
por la más furibunda ambición,
la más rotunda codicia, el
desbocado afán de obtener cada
vez mayores ganancias, esencia
misma del mercado, célula madre
del capitalismo.
Dinero-mercancía-dinero
incrementado, había identificado
Marx como fórmula del capital.
Ah, eso fue en el siglo XIX.
Este es el siglo XXI:
dinero-especulación-dinero
incrementado, habían descubierto
los banqueros. Marx estudió un
capitalismo que obtenía
ganancias desde la producción.
Ahora asistimos a un capitalismo
que obtiene ganancias desde la
especulación. Ya se dijo: es el
siglo XXI. Se otorgó créditos a
quien no podía pagarlos porque
se esperaba que el dinero
regresara multiplicado a los
bancos. Para prever ganancias sí
que estaban activos los
análisis. Los analistas que
advirtieron a sus bancos de los
riesgos fueron despedidos. Si un
caballo enloquecido y ciego
lleva la carreta al despeñadero
es culpable el caballo. Todavía
más culpable, sin embargo, es el
jinete que ata carretas a
caballos locos y ciegos. Los
bancos actuaron como equinos
esquizofrénicos y desprovistos
de nervios ópticos. Pero…
"fueron los gobiernos quienes
ataron la carreta". Y a los
gobiernos les animó un credo: la
fe ciega en la esencia del
capitalismo llevó a los
gobiernos a permitir al mercado
todos los excesos. Son los
gobiernos los culpables
directos, los bancos los
colaterales. El modus
operandi de los bancos es el
mero efecto. La caEE.UU.
objetiva de la crisis que
conmueve hoy al mundo tiene su
origen en la esencia misma del
capitalismo.
La beatifica “filantropía” de
los bancos.
¿Cómo se explica el absurdo que
animó a los bancos a asumir
estos altos riesgos? La
historia, si bien puede pecar de
cierta engañosa sencillez,
resulta endiabladamente
compleja. A inicios del siglo
XXI detonó la llamada crisis “.com”,
la burbuja especulativa del
sector informático, Internet, la
llamada área NASDAQ, virtual
bussiness.3 La
reserva federal, en función de
estimular el consumo, ofrenda
vital al mercado, hizo descender
los tipos de interés. Esto
provocó el auge de ciertos
sectores, entre ellos el
inmobiliario. El precio de la
vivienda creció increíblemente
en los EE.UU. En un contexto en
el que los tipos de interés eran
bajos, los bancos otorgaban
préstamos y en consecuencia
obtenían menos ganancias. Los
intereses podrían ser mayores
cuanto mayores fueran los
riesgos. Si los ya existentes
prime eran créditos de
riesgo, pues… los bancos
inventaron los subprime,
de muy alto riesgo. Estos eran
concedidos a clientes sin
ingresos estables, sin trabajo
regular y sin propiedades a las
que echar mano para resarcirse.
Y… "les cobraron más
intereses". Se previó
que el auge del sector
inmobiliario resultaría cada vez
mayor y se otorgaron créditos
cuyos valores superaron los
valores de las viviendas a
adquirir. Los inmuebles, en poco
tiempo, se valorarían en monto
muy superior. Eso pensaban. La
salud de la economía era, para
entonces, la de un atleta
superstar. Si los deudores
no lograban pagar never mind:
la vivienda se embargaba para
venderse a mayor valor que el
crédito. Sumados los intereses,
la ganancia sería fabulosa. La
espada colgaba sobre las cabezas
pero nadie lo advirtió. Tal
práctica funcionó varios años.
Los bancos, exceso de créditos
mediante, se vieron en problemas
de liquidez. Mas voilá,
es un mundo globalizado: se
obtuvo dinero de bancos
extranjeros. He ahí como algo
doméstico tomó proporciones
planetarias, la aldea es global,
ya lo había enunciado el Sr Mc
Luhan. Los bancos en EE.UU.
mezclaron hipotecas prime
y subprime y las
vendieron a otros bancos. Estos,
a su vez, pueden haber comprado
esas hipotecas a través de
créditos obtenidos de… "otros
bancos". Las Casas
aseguradoras aseguraron todas
estas deudas. La red multiplicó
su entramado en grado
exponencial. Todo actuó como un
virus biológico o informático.
Alguien puede preguntarse: ¿es
que el neoliberalismo suprimió
también las auditorías? Nada de
eso. Existen muy importantes y
poderosas casas auditoras. Y
agencias que establecen
rating de riesgos. A ellas
se ocultó cuanto se pudo.4
Se crearon además múltiples y
extraordinariamente complejos
procedimientos de ingeniería
financiera que lo enmascararon
todo.
(MBS o Mortgage Backed
Securities, CDO o Collateralized
Debt Obligations, CDS o Credit
Default Swaps).
Algunos de estos procedimientos
resultan, vaya coincidencia,
asombrosamente similares a los
empleados para lavar dinero.
Y ocurrió lo impensable: a
finales de 2007 el valor de las
viviendas en EE.UU. comenzó a
desmoronarse. A fines del primer
semestre de 2008 tocaron fondo.
Los deudores no podían pagar.
Los créditos concedidos
excedieron el valor real de las
viviendas. Los bancos quedaron
sin dinero. Si los deudores no
podían pagar a los bancos, los
bancos deudores no podían pagar
a los bancos acreedores, ni en
los EE.UU., ni off shore.
Mes por mes, desde agosto de
2007, todo el sistema se fue
hundiendo cada vez más. La
oferta de viviendas superó los 4
millones, casi el 50 % de las
hipotecas quedaron sin pagar. Se
fue gestando una enorme
desconfianza. ¿Por qué?
Sencillo: se ignora quién
diablos posee dinero, quién
deuda o hipoteca impagable,
cuánto prime está
mixturado con subprime.
Los bancos dejan de prestarse
dinero (o el interés de estas
operaciones comienza a ser cada
vez más alto), dejan de conceder
créditos, hipotecas. El alcance
de todo este entramado es
inimaginable. Se asegura que 11
billones de dólares se mueven
detrás de las hipotecas El
propio George Soros sostiene que
se trata de 6 millones de
hipotecas subprime. Casi
3 millones de familias están en
camino de perder sus viviendas.
Millones de seres se ven
obligados a ahorrar, gastar
menos, disminuir consumo.
Industrias como la
automovilística comienzan a
tambalearse. Sin consumo se
contrae la producción, sobran
trabajadores, crece la tasa de
desempleo. En función de
estimular el consumo (y evitar
la recesión) la Reserva Federal
hace disminuir las tasas de
interés. El dólar se abarata y
el fantasma de la inflación
asoma cabeza. Si llagara la
temida recesión se arribaría a
algo que los economistas
denominan estanflación.
Antes de la crisis el sector
inmobiliario y de construcción
de viviendas demandaba en EE.UU.
un tercio de la mano de obra,
representaba el 25 % del PIB y
una cifra superior de consumo.
Es este el sector que sufre un
crack de vastas
proporciones. El epicentro y
génesis del problema está en
EE.UU.; pero "…en un mundo
globalizado las catástrofes son
globales". Si EE.UU. y
Europa disminuyen consumo y
producción ello impactará sus
importaciones y exportaciones.
Europa y EE.UU. son los mayores
importadores y exportadores del
mundo. Comprensible que el
problema no quede recluido en
EE.UU. o Europa. Esas naciones
demandan el mayor flujo de
petróleo y materias primas. La
demanda de tales productos
descenderá. Todo el que aguarde
ganancias de las exportaciones
de esas mercancías quedará
afectado. Inevitablemente el
impacto llegará a los países
emergentes o en desarrollo, a
naciones de muy alto nivel de
consumidores como China e India.
Si la crisis impacta con fuerza
a China involucrará más del 50 %
del PIB mundial. Y ya el
crecimiento chino resulta el más
bajo de los últimos años, desde
un 13 % ha caído al 9 %. Por vez
primera se tiene un país en
quiebra: Islandia. Otros esperan
turno. Un 90 % de los 14
billones de dólares que
representan el comercio mundial
está financiado por créditos.
¿Qué sucederá con ellos? En el
depauperado Tercer Mundo, se
desatará todavía más miseria,
más hambre, más muerte. Ello
podría ser todavía más grave en
África. En un planeta abrumado
por diversas y dramáticas crisis
(alimentaria, petrolera,
monetaria, ecológica, social,
sanitaria), todas ellas
generadas desde (y por) los
vericuetos del capitalismo, una
nueva crisis puede resultar
indefiniblemente
trágica.
EE.UU.: el epicentro.
Desde el siglo XX, y muy
especialmente desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial, los
EE.UU. (cada vez con mayor
ímpetu) se erigieron como el
núcleo duro del capitalismo.
Hoy
esta nación representa el 25 %
del PIB mundial, importa 2
millones de millones de dólares
en mercancías,
las exportaciones en el 2003
ascendían a 723 609 millones de
dólares. Crisis
en EE.UU. es crisis para el
mundo. El déficit del comercio
exterior alcanzó en el 2007 los
815 miles de millones de
dólares, la deuda pública los
9.5 millones de millones, la
deuda externa los 10 billones.
La suma de la deuda de la nación
más poderosa del planeta alcanza
los 20 millones de millones de
dólares, una tercera parte del
PIB del globo. EE.UU. debe
importar 2700 millones de
dólares/día para lograr cubrir
el déficit de balanza de pagos.
EE.UU. debe importar el 65 % del
petróleo que consume. Se trata
de un país en el que el 10 % más
rico consume el 50 % de las
ganancias totales. Una nación en
la que 2 200 mil ciudadanos
moran en cárceles, 5 millones en
libertad vigilada, 28 millones
vive con subsidio alimenticio,
donde el 30 % de los adultos
consume drogas, donde el gasto
bélico excede el billón de
dólares, donde 25 millones de
veteranos de múltiples guerras
reciben estipendio, donde tan
solo la guerra de Iraq demanda
400 millones de dólares/día. Una
nación que 8 años antes George
W. Bush recibiera en superávit
para sumirla en la bancarrota
más brutal. Una nación en la que
ahora, en
tan solo una semana, se reduce
en una quinta parte el valor de
la bolsa de New York, 2,5
billones de dólares se
volatilizan, pérdidas esas
superiores a la sumatoria del
PIB de las 60 naciones más
pobres del Tercer Mundo, más del
doble del PIB de México.
Esta es la nación desde la que
se desata hoy la crisis. Cuando
se constatan estas cifras ello,
sin duda, parece muy lógico, muy
previsible. Se vaticina que esta
crisis marca el inicio del fin
de los EE.UU. como superpotencia
rectora. Si el siglo XX fue
definitivamente de EE.UU., el
XXI no lo será, eso afirman
muchos. Se mira en derredor; he
ahí a esa Europa unida, esa
enorme y pujante China, el
impacto cada vez mayor de países
como India, Rusia, Brasil, la
integración en bloques de
naciones que aisladas no
significan mucho pero que
unidas…. Y otra vez va la mirada
sobre el desastre que en cifras
caracteriza a los EE.UU. Se mira
todo eso y tales vaticinios no
parecen infundados.
Ocho décadas y olvido.
La crisis de 1929
resultó de una caída de la bolsa
de New York tras una década de
bonanza económica en la que tan
solo la agricultura estuvo en
números rojos. El auge provocó
un incremento en la adquisición
de valores bursátiles. En el
primer semestre de 1929 unos 9
millones de seres en EE.UU., el
7,3 % de la población, había
invertido en el mercado de
valores. Los
préstamos saltaron de 774
millones de dólares en 1921 6
800 en 1929.
Por vez primera cobraron auge
empresas con fines claramente
especulativos. El mercado se
disfrazó como el padre de todas
las ganancias y las acciones
multiplicaron (artificialmente)
su valor. De pronto, se
comenzaron a vender valores de
bolsa. El miércoles 23 de
octubre de 1929 se vendieron 6
millones de acciones; el 24, el
llamado ‘jueves negro’, 12
millones; el lunes 28 de octubre
9 millones, el precio de las
acciones cayó en más de 14 000
millones de dólares en solo unos
días; el 29 de octubre, el
‘martes negro’, se vendieron más
de 16 millones de acciones, la
pérdida de valor superó los 10
000 millones. Lo ocurrido en
Wall Street provocó un efecto
dominó que involucró a las
bolsas domésticas en pleno. La
crisis de confianza en las
instituciones bancarias provocó
el retiro de depósitos. Los
bancos demandaron el pago de
préstamos. No se logró pagar. Y
los bancos quebraron.
Disminuyeron dramáticamente
consumo y producción, el
desempleo creció apenas en dos
trimestres en más de 2 millones
de personas, en el más álgido de
los momentos el paro alcanzó al
25 % de la población activa, 14
millones de seres. Y al inicio
de todo esto muchos analistas
sostuvieron que se trataba tan
solo de un ajuste del mercado,
algo transitorio, nada de
interés. La crisis se extendió
desde su epicentro, los EE.UU.,
al resto del mundo: 6 millones
de seres acabaron desempleados
en Alemania, 3 millones en
Inglaterra, donde la quinta
parte de la población se hundió
por debajo del umbral de
pobreza.
La producción industrial
descendió un 50%, la de bienes
de consumo un 75%, la inversión
un 55%.
Las importaciones en EE.UU.
cayeron de 4 400 millones (a
inicios de la crisis) a 1 500 en
1932, las exportaciones se
movieron de 5 400 millones a 2
100. El PIB se redujo un 68%. El
comercio mundial decreció un 66
%. Y unos pocos años después
llegó la Segunda Guerra Mundial.
Entre una crisis y otra los
parecidos no son meras
coincidencias. Y no pueden
obviarse las sustanciales
diferencias. El entramado es hoy
infinitamente más complejo, las
proporciones infinitamente
vastas: en
1929 EE.UU. no aportaba más del
13 % del comercio mundial.
De aquel octubre de 1929 nos
separan casi ocho décadas.
Suficientes para que las
lecciones, todas las lecciones,
se hayan olvidado.
Vade retro, mercado, ¿slogan
de neoliberales?
Pareciera que los antes
acérrimos enemigos de la
intervención en los mercados,
todos ellos, han muerto. Les han
sucedido ultrafundamentalistas
keynesianos, estatizadores
furibundos, socialistas
izquierdizantes, enemigos
jurados del mercado. Falso. Los
que ahora gritan vade retro
son exactamente los mismos que
antes aullaban avanti
full machine. Si la crisis
de 1929 fue resuelta Keynes
mediante, pues regresemos a
Keynes. De los más rancios
preceptos neoliberales a la
acción estatal sobre mercados
nunca antes vista. De la
holganza al maremagnum.
Billones de dólares y euros son
lanzados ahora urbi et orbi
desde los gobiernos para paliar
la crisis. Ocurre lo inaudito:
el estado capitalista se adueña
de la mayor cantidad de acciones
de múltiples, afamados y
poderosísimos consorcios.
Estatización capitalista. Y todo
ello ocurre en apenas unos días.
Gordon
Brown, el premier británico,
padre de la estatización, la
emprende contra el FMI al que
cree incapaz de supervisar el
sistema del siglo XXI. La
Merkel lo secunda. My God,
tarde que se han dado cuenta.
Sarcozy llama a reformular las
bases del sistema y clama por un
“capitalismo ético”. Vaya
oxímoron.
El
secretario del Tesoro
estadounidense, Henry Paulson,
declara que en EE.UU. nueve
grandes bancos (entre ellos los
sacros emporios Citigroup,
JPMorgan Chase y Bank of America)
serán recapitalizados por el
estado. Vivir para
ver. No son líderes radicales
del Tercer Mundo los que hablan.
No ocurre esto en naciones en la
que un furibundo y dogmático
izquierdista ha tomado el poder.
El imperio norteamericano, que
inicialmente optó por derramar
dinero a raudales sobre aquellos
que habían provocado el
desastre, corre a abrazar el
plan británico y comienza a
estatizar, compra de acciones
mediante. Ya en 1929 se había
acudido a las teorías del inglés
Keynes para salvarlo todo. Por
segunda vez asoman los ingleses.
Los gobiernos no pueden
permitirse la holganza frente a
los posibles desmanes del
mercado, es hoy el consenso
ad usum. Oh, Mon Dieu,
volubles que son estos
capitalistas. En función de
impedir la holganza,
el Consejo Europeo subraya
"las necesidades de refuerzo
de la supervisión del sector
financiero europeo,
especialmente de los grupos
transnacionales". Nos
damos cachetadas: se lee
y no se cree. El neoliberalismo
se ha derrumbado con estrépito
inimaginable y todo eso en días.
Ya hubo reuniones de UE, de UE
más EE.UU., de G –7, G-8, G-20.
En el mes de noviembre tendrá
lugar una gran reunión en
Washington en función de debatir
el problema. Se nos dice que
problemas globales deben ser
resueltos con medidas globales,
pero solo se reunirán en
Washington los países del Primer
Mundo más los llamados
emergentes. Unas 20 naciones.5
En una aldea global los más
ricos no pueden obviar a los que
les compran y venden. No se
crea, se ha invitado a los
llamados emergentes por bondad
inusitada. Bueno, se dirá, antes
eran 7 los reunidos, después
fueron 8, ahora serán 20. Por
supuesto, algo ha cambiado el
mundo y algo significado esta
crisis. Se necesitará de una
crisis aún mayor, 10 años hacia
adelante, para que se cite a 40
naciones. Ese tal vez sea el
G-40. Y todavía sería ese un
club exclusivo, mas se va
acercando la Asamblea General. A
Bretton Wood se invitó, sin
embargo, 44 naciones. Si ahora,
según nos dice, el problema es
mayor, ¿por qué se invita solo
al 45 % de aquella cifra? Tanta
es la exclusión de este nuevo
meeting que se ha olvidado
citar a España. Como los
excluidos son los apestados
España se ofende, corretea para
que se le invite, exige, arma
una barahúnda. Se nos dice que
se trata de una oportunidad para
refundar el capitalismo. Vaya
retruécano. El capitalismo no
admite refundaciones. Suprímanse
sus postulados fundamentales:
plusvalía y ganancias, y se
suprimirá el capitalismo. Y,
desde luego, eso sí que
resultaría asombroso. Ahí sí, de
puro asombro, nos mataría el
infarto. El capitalismo transita
de crisis en crisis, Marx
dixit. Nadie se atreve hoy a
refutarlo.
Joseph Alois Schumpeter y
John K. Galbraith sostenían que
el capitalismo era una
destrucción creativa. Las crisis
son inherentes a la economía
capitalista como la selección
natural lo es al desarrollo de
las especies. El capitalismo
debe destruir para crear. Y crea
para hacer más ricos a los
ricos. Y cuando destruye hace
más pobres a los pobres. A los
pobres se nos sentará en
noviembre a las afueras de esa
reunión como siempre se nos ha
sentado, a escuchar cómo los más
ricos recomponen el status
quo. Cómo asumen otro
consenso. Otra vez, vaya
coincidencia, en
Washington. Si lo
componen, moriremos como hasta
ahora. Si no lo componen,
moriremos más. Esa es la
alternativa. Los que ahora
destinan billones y billones de
dólares y euros para apuntalar
mercados no fueron capaces de
mover algunos miles para aliviar
el hambre. Los que antes no se
dignaron a reunirse ante una
crisis alimentaria que amenaza a
mil millones de seres con el
hambre más atroz ahora claman
por reunirse para salvar sus
millones, sus bancos, sus BMW y
sus spa party. ¿Ese es el
mundo que debe refundarse?6
¿Y el Tercer Mundo qué?
Se dice que las perspectivas de
algunos sectores del Tercer
Mundo (A. Latina, por ejemplo)
no son peores que las de Europa
y EE.UU. Cierto. Cierto que A.
Latina está en mejores
condiciones que nunca antes. Que
es menos dependiente de EE.UU.,
del FMI y el Banco Mundial.
Afortunadamente. Que existen
mayores reservas. Por supuesto,
tuvimos el valor de librarnos
del neoliberalismo antes que
ellos. Que no se replicaron las
locuras de la Banca del norte.
Sálvenos Dios de eso. Que los
mecanismos integracionistas,
apoyados por una muy fuerte
voluntad política, han unido la
región. Apurémonos a integrarnos
más. Que el rechazo al ALCA
resultó vital (el ALCA habría
sido el arca que trasportara
cada espécimen de crisis a
nuestras costas). Todo ello es
muy cierto. Todas son enormes
ventajas. Mas… en modo alguno la
región está exenta de peligros.
En la aldea global no existen
blindajes. Si la crisis
financiera deviene finalmente
económica, si llegara la
recesión para Europa y EE.UU.,
las consecuencias serán
impredecibles para todo el
planeta. Incluido el Tercer
Mundo. Incluida América Latina.
Las consecuencias serán más
graves en tanto se sea más
pobre. Pueden caer la inversión
extranjera, los créditos, el
financiamiento, la demanda de
nuestros productos de
exportación (aliado ello a un
todavía más fuerte descenso de
sus precios), pueden caer las
remesas, elemento vital para la
economía de muchos en la región,
puede descender el turismo,
incrementarse el retiro de
capitales de bancos ubicados en
nuestras naciones. Serán efectos
en extremo negativos para el
Tercer Mundo. A. Latina
incluida. Unos mil millones de
personas caerán por debajo del
nivel de pobreza apenas en tres
meses. Eso lo sostuvo Robert
Zoellick, presidente del Banco
Mundial. No son declaraciones de
un líder izquierdista que desea
flamear el mundo. Cuarenta
millones de seres se sumarán al
ejército de desnutridos. Los
hambrientos sumarán 970 millones
de seres. Y mientras todo eso
ocurre Wells Frago adquiere
Wachovia Corp y sus
42
mil millones de dólares de
pérdidas; Bank of América Corp
adquiere Merrill Lynch & Co por
50 mil millones;
JP Morgan se
hace de Bear Stearns por 236
millones, los tres seres más
ricos del mundo tienen más
dinero que la sumatoria de 48
naciones.7 Millones
para aquellos que reciclan el
sistema, hambre para los
explotados por el sistema.
¿Cambiará eso? Quizá tanta
hambre nos haya obcecado la
confianza. Quizá. Si así fuera,
sorry, señores
capitalistas, por dudarlo.
Entiendan nuestra incertidumbre,
please, demasiados han
sido los años de timo y
escarceo.
Apocalípticos, integrados y…
observadores.
La crisis coloca al mundo de hoy
sobre un cúmulo enorme de
incógnitas. La primera de
ellas: ¿alcanzará lo hecho hasta
hoy, lo por hacer, los billones
y billones de dólares lanzados
al mercado, los salvatajes, las
recapitalizaciones y
estatizaciones, las cumbres de
los G (random number) a
salvar al mundo de la recesión y
la crisis absoluta? Nadie lo
sabe. A los apocalípticos (el
mundo se irá al desastre) e
integrados (ostia, no hay que
exagerar, la crisis se extenderá
apenas hasta finales de 2009,
después será otra vez la
bonanza) identificados hace ya
algunos años por Humberto Eco,
se une hoy un tercer grupo: los
observadores (habrá que esperar,
nos dicen los afiliados a este
grupo, esperar… a ver
qué pasa). Téngase en cuenta
que a este grupo pertenecen
afamados Premios Nobel y
encumbrados economistas).
Y esa es una de las más
asombrosas enseñanzas de esta
crisis: los más encumbrados
economistas y financistas,
mentes de las más privilegiadas
y avisadas, no solo ofrecen
teorías cada vez menos
coincidentes, sino que parecen
concentrarse en el análisis de
lo sucedido el día en que viven
y en el balance de lo sucedido
hasta ese día. Carpe Diem,
escribió Ovidio. Del pronóstico
(incierto) se han movido al
posnóstico (donde, oh, Dioses
del Averno, también difieren).
¿Un nuevo mundo?
Se vaticina que el mundo
resultante de este desastre
será, al fin, multipolar. ¿Lo
permitirán los que hoy detentan
el poder desde, por ejemplo, un
Consejo de Seguridad cuasi
dictatorial? Se sostiene que
los postulados (y la acción,
especialmente la acción, los
postulados se trazaron, y fueron
siempre ignorados) del FMI y el
Banco Mundial serán
reformulados. ¿Para ganancias de
quién? Que el dólar puede no
resultar ya más la moneda
mundial. Ver para creer. Que los
paraísos fiscales dejarán de
existir. Que se pondrá fin a la
especulación. Parece una
story boy y a todos nos
asalta el síndrome del muy Santo
Tomás: necesitamos ver para
creer. Este tercer muro que se
ha echado a pura lipotimia al
suelo, ¿hará surgir desde entre
las ruinas otro mundo? Nos dicen
que sí.8 Se espera
que los 12 países emergentes
ahora invitados a la Cumbre G-20
en Washington, naciones antes
siempre despreciadas y
olvidadas, mucho aporten al
mundo que surgirá de las ruinas.
Veremos si se les permite.
Veremos si a unos se les concede
tres minutos para expresarse
para que otros gocen de tiempo
ilimitado. Veremos si la cumbre
no pasará de ser mero vocerío
sin acuerdos. Verdad más unda y
rotunda que un templo es que al
capitalismo no hay que
refundarlo. Los pobres
proponemos refundirlo. En
puridad hay que refundar el
mundo. Para hacerlo la cumbre no
deberá ser de G-7, G-8 o G-20.
Deberá ser de G-Todos. Una
G-World. Para hacerlo los
millones de hambrientos del
siglo XXI deben ser escuchados.
Para hacerlo los millones de
humillados y ofendidos deberán
participar en esa refundación.
En un mundo de todos, la
solución debe ser de todos. Ah,
eso no lo dice un izquierdista.
No lo dicen clochard de
París, ni infortunados que
mastican betel y empujan un
rickshaw en Calcuta. No lo
dicen los pobres. No lo dicen
Chávez o Castro, esos
Anticristo. No, sires
et monsieurs. Lo han
dicho, válganos Dios,… Bush y
Sarcozy.
ANEXOS:
1. Ahora se pretende concentrar
en Allan Greenspan las culpas de
esta crisis. Se le acusa de de
haber permitido la locura de los
denominados "contratos
financieros derivados",
de haber desestimado la
regulación. Todo ello es cierto,
no vamos nosotros a defender a
Mr Greenspan, pero… concentrar
en un hombre todas las cuitas de
un poderoso sistema resulta
reducir las vastas y múltiples
complejidades de una tragedia al
maniqueísmo bicromático de un
cuento de hadas.
2.Se dice que uno de los
pocos que advirtió del peligro
en EE.UU. fue el profesor de
Economía Nouriel Roubini. Fue
uno de los despreciados. Hoy se
ha hecho famoso.
3.En el 2002 los activos en
quiebra ascendieron en EE.UU. a
382 mil millones tras esta
crisis. Debe recordarse el
crack de emporio WorldCom,
unos 104 mil millones de
dólares, hasta ese instante la
quiebra más rotunda de la
historia.
4.American
International Group Inc.
(AIG) ocultó a los auditores
(internos y externos) el alcance
de sus pérdidas valoradas en 85
000 millones.
El
presidente de la Comisión
Supervisora en la Cámara Baja,
el demócrata Henry Waxman,
presentó pruebas de ello. La
casa auditora Pricewaterhouse
Cooper advirtió
extraoficialmente a AIG que no
debía prohibir a los
supervisores internos el acceso
a la información. Joseph St.
Denis, auditor de AIG, hubo de
renunciar tras impedírsele
opinar acerca del modus
operandi de la compañía. Al
anunciarse el auxilio financiero
por el gobierno de Bush
70 ejecutivos de AIG
se fueron a celebrarlo, se dice
gastaron
unos 440 mil dólares en un
spa party.
5.El
G-20 fue un grupo surgido en
1999, a raíz de la crisis de los
mercados asiáticos. Agrupa a
miembros del G-8 (EE UU, Canadá,
Japón, Francia, Reino Unido,
Alemania, Italia y la UE, además
de Rusia) y a las llamadas
“economías emergentes”
(Argentina, Brasil, México,
China, India, Indonesia, Corea
del Sur, Australia, Arabia
Saudita, Sudáfrica y Turquía). A
Washington acudirán además
representantes de la ONU, el FMI
y el Banco Mundial.
6.En 1998 se calculaba en 40 mil
millones de dólares anuales el
costo del acceso universal a
educación, salud, alimentación,
agua potable y sanidad
indispensable. Esa cifra
representaba el 4 % de la
riqueza de los 225 seres más
ricos del planeta. No son datos
de fuentes izquierdistas. La
fuente: Informe Anual de
Desarrollo Humano de la ONU.
¿Cuánto se necesitaría hoy?
7.En
EE.UU., los dividendos de los
presidentes ejecutivos de las 15
mayores corporaciones crecieron
520 veces en el 2007. Para que
se tenga una idea: en el 2003 el
incremento fue solo de 360
veces. Los salarios son
absurdos:
el
jefe del departamento financiero
de AIG, Joseph Cassano, recibe
dividendos de un millón de
dólares / mes.
8.No puede descartarse
"algunos" cambios. Les va en eso
la piel. La frase de Marx acerca
de que el proletariado no tiene
más que perder que sus cadenas
es hoy muy atendida por los
poderosos del mundo. El mundo se
debate, hoy más que nunca, ante
el peligro de un planetario
estallido social. Mas, cambios
ya los hubo tras la crisis de
1929. En la década del 80, sin
embargo, 50 años después, se
regresó al liberalismo, esta vez
mil veces más atroz. |