Año VII
La Habana

1 al 7 de NOVIEMBRE
de 2008

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Crack del capitalismo subprime: ¿un nuevo mundo?

Rafael de Águila • La Habana

 

El tercer muro.

El mundo de las últimas dos décadas ha visto caer tres vastos y enormes muros. Muros que, al venirse abajo, han echado abajo al Mundo sobre el que fueron erigidos. El primero cayó en Berlín, y más allá de poner fin al enorme absurdo de una ciudad dividida en dos mitades, aquel derrumbe marcó el fin del mundo bipolar surgido de la posguerra, el fin del llamado “socialismo real”, el fin de una historia que, tozuda, se negó a aceptar certificados de defunción. El segundo muro, en puridad, dos orgullosas estructuras, se fue al suelo allá en New York. Provocó la muerte inmediata y escalofriante a más de tres mil seres, dos guerras, cientos de miles de muertes todavía más escalofriantes, la increíble amenaza “a 60 oscuros sitios del mundo”, retruécanos medievales en función de redefinir la tortura y, en la supuesta meca de la democracia, las iniquidades del Homeland Security que suprimía libertades. La caída de las Twin Tower hizo surgir otro mundo, según muchos. Ahora se nos desploma el ya ajado muro de Bretton Wood, se nos desploma el capitalismo neoliberal que imperó (y exasperó) desde hace ya más de dos décadas. El mundo que emergerá de este nuevo descalabro, según otros muchos, será, todavía de manera más rotunda, "otro". Eso se nos dice. Si la crisis del petróleo, los desafueros financieros provocados por la guerra de Vietnam y el cese del empleo del patrón oro, hechos todos de la séptima década del siglo XX, habían horadado y desvencijado a más y mejor este muro, ahora, créditos e hipotecas, tan solo en el sector inmobiliario, otorgados por bancos de la nación más rica del planeta, causan un movimiento telúrico de imprevisibles (y enormísimas) consecuencias que derriba los pocos ladrillos aún en pie, los otrora orgullosos ladrillos, puestos unos sobre otros en los apenas 22 días de Bretton Wood. Y todos esos muros se han echado al suelo en menos de 20 años. "Veinte años no es nada", nos llega desde el afamado tango. Y la historia, ceñuda, parece darle la razón. Mas… "desengañémonos". La caída de los dos muros (y mundos) anteriores no aportó un ápice a los humillados y ofendidos. Aportó, eso sí, más hambre, más pobreza, más muerte, menos esperanza, un peligroso giro neoconservador, desideologización, mayor humillación y mayor ofensa. Los mundos caen, los poderosos ascienden. Nosotros, los pobres, quedamos sepultados debajo de esas piedras. Y sobre nosotros se construyen otros muros. Este que ahora cae, ¿cambiará nuestra suerte?       

Los fantasmas invocados.

Hace poco más de un año Allan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de EE.UU. entre 1987 y 2006, nos hacía leer en su libro The Age of Turbulence: Adventures in a New World, que el capitalismo había dejado atrás las crisis. Greenspan era un gurú, un capo di tutti capo y le hicieron coro.1 Nadie recordó el “lunes negro” de 1987 en Wall Street; la crisis mexicana que desató sobre el mundo el denominado “efecto tequila” en 1994; la Crisis asiática de 1997; el desplome del rublo en 1998; la crisis argentina del 2000. La Gran depresión de 1929 era cosa de libros, mera historia. Los más encumbrados augures y chamanes diagnosticaban al mercado, esa entelequia, más salud que nunca. El olvidado fantasma de Karl Marx estaba bien atado allá en su tumba de Highgate. No recorría para nada el mundo. Ignorando una crisis y otra, todas del siglo XX, todas acaecidas en los últimos 20 años, se sostenía (sin sonrojos) que al capitalismo se le habían acabado las crisis. Marx las había previsto económicas, de superproducción, cíclicas. Ah, pero Marx hubo de vivir en un mundo en nada similar a este, conoció "otro" capitalismo. Este mundo había arribado a algo llamado ciclo Kondratief, período de muy larga bonanza aupado por las nuevas tecnologías de la informática y las telecomunicaciones y una novísima praxis empresarial y financiera. ¿Las crisis de los últimos 20 años? Bah, excepciones, accidentes sectoriales parcelados en tiempo y espacio, crisis generadas por errores de especialistas, banqueros, ministros, gobiernos, nada de qué culpar al capitalismo. Entre 1970 y 1980, tan solo en una década, ocurrieron en el mundo unas 112 crisis bancarias en 93 países, crisis que representaron pérdidas por un monto superior al 12.8 % del PIB de esas naciones. De 1973 a 1979 la crisis del petróleo casi puso de rodillas al mundo desarrollado. No había que invocar a Marx, sin embargo. Precisamente en la década del 80 se invocó a otros espectros. Se hizo salir de los panteones a Adam Smith y Jean-Claude Marie Vicent de Gournay. Resuge et ambula, se silabeó ante el corpus sin ánima del liberalismo y el Laissez faire. Resurge et ambula, silabeó Ronald Reagan, bajo el brazo la nueva Biblia, el reaganomic, mixtura de las flamantes teorías monetaristas del Premio Nobel de Economía Milton Friedman (nuevo gurú de la tribu asistido por toda la cohorte de chicago boys) y las viejas hechuras de sir Adam Smith y monsieur Jean-Claude Marie Vicent de Gournay. A lo anterior se sumaron las teorías del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek. Y los dictados de la steel lady Margaret Tatcher. Bajo la globalización, la dolarización de la economía mundial y el dominio económico, comercial, financiero y militar de los EE.UU., los dictados de uno se hicieron credo de todos. El mercado quedó más “free” que nunca. Dios omnímodo, a golpe de rabdomancia y abracadabra, zanjaría todo desafuero. Solo había que dejarlo hacer, los gobiernos debían abstenerse. Aquella resurrección llevaría, también en apenas 20 años, a la miseria más atroz a millones de seres en el Tercer Mundo. Aquel muro se llamó neoliberalismo y si antes había llevado al abismo a buena parte de los seres del planeta ahora amenaza con llevar al desastre a su totalidad. Es el muro que ahora con asombroso estrépito cae. Muro que nadie alcanza a vaticinar con certeza todo cuanto pueda sepultar en su caída.

Los chamanes ciegos del mercado.

Lo cierto es que al capitalismo de los últimos años, en mitad de un banquete todavía más fastuoso (y millones de veces más fatuo y falaz) que el de Damocles, no le faltó la colgante espada sobre la testa. Si Dionisio I de Siracusa hizo notar a Damocles que el fierro era solo sostenido por una crin ahora todos los chamanes del mercado, los más encumbrados, no advirtieron, "no quisieron advertir", que la hebra que sostenía la espada era mucho más endeble. Quienes lo advertían eran olímpicamente ignorados. El banquete continuaba. Sin duda, se trataba del más suculento banquete de la historia. Un banquete que hacía a los ricos infinitamente más ricos. En la corte de Siracusa se alumbraban con antorchas y, sin embargo, advirtieron la espada. Resulta en extremo asombroso que el sofisticado andamiaje del capitalismo posmoderno no advirtiera los peligros sobre la testa. Ahí estaban el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la ONU, Europa Unida, la todopoderosa Reserva Federal de los EE.UU., el Departamento del Tesoro, los gobiernos, cientos de corporaciones más poderosas que gobiernos, los bancos centrales, las bolsas de valores, los expertos en finanzas, los poderosos banqueros, los flamantes Premios Nobel, los distinguidísimos catedráticos en Economía, los muy sabios analistas, las muy potentes supercomputadoras, lo más encumbrado de la economía, las finanzas y la tecnología de la sociedad posindustrial. Y quedaron callados. Nada vieron. No advirtieron el peligro.2 A quien osó levantar la voz lo tomaron por tonto, eso en el mejor de los casos. En un mundo regido por el análisis de riesgo nadie supo del riesgo. Nadie movió un dedo. No hubo quien desmontara la espada o afianzara el tambaleante muro. ¿Por qué? La respuesta es tan terrorífica como sencilla: el neoliberalismo fue precisamente eso: desmontar todo el sistema que lograra advertir sobre espadas colgantes o muros que caían. Dejad hacer al mercado, rezaba el dogma. En el siglo XVIII Adam Smith había sostenido que el mercado esgrimía una “mano invisible”, mano que lo compone y recompone todo. Y Milton Friedman aseguraba que si algo iba mal culpa era de los estados por su intromisión en el mercado. Así pues, todos los mecanismos de control, fiscalización, análisis de riesgo o regularización habrían de ser desatendidos. Los Estados solo debían mantener el dominio sobre los tipos de interés: a los neoliberales les aterroriza la inflación como a los frailes de la Edad Media aterrorizaba el Anticristo, la inflación como antítesis del Dios Mercado. Bajar o subir tipos de interés devenía moderna ofrenda al Dios. Y con semejante ofrenda, magnánimo y bondadoso, el Dios conduciría al paraíso. Horror y error. Se privó de control al más descontrolado, errático, ambicioso y displicente de los dioses. Previsible que en lugar de tomar el bello sendero al paraíso tomara el callejón al limbo. Al purgatorio. Quién sabe si la sepia calleja al infierno.

El capitalismo subprime.

Con toda posibilidad subprime resulte el término anglosajón más citado de los últimos tiempos. El término identificó un modus operandi bancario jamás soñado: el crédito de muy alto riesgo. Otorgar
préstamos a quien carece de probada capacidad de pago. La praxis bancaria rezaba que solo se concedía crédito a quien lograra probar fehacientemente que estaba en condiciones de devolverlo. Algo muy sencillo. Primario. Elemental. Infantil. Pues los bancos en EE.UU. comenzaron a hacer lo opuesto. No lo hacía el Toccoa Falls Bank, en Nashville, Tennesee, banco sin importancia. Nada de eso. Fue práctica de los más poderosos bancos norteamericanos. A gran escala. De manera desproporcionada. ¿Es que se habían vuelto locos los bancos? ¿Banqueros y accionistas abrazaban la filantropía, el altruismo y la caridad para donar dinero a los pobres? ¿Los fantasmas de Fourier o Cabet les invadieron las mentes? ¿Metempsicosis? Nada de eso. Si bien es seguro que la locura los animara, caritativos no lo serán nunca. Y la locura era desatada por la más furibunda ambición, la más rotunda codicia, el desbocado afán de obtener cada vez mayores ganancias, esencia misma del mercado, célula madre del capitalismo. Dinero-mercancía-dinero incrementado, había identificado Marx como fórmula del capital. Ah, eso fue en el siglo XIX. Este es el siglo XXI: dinero-especulación-dinero incrementado, habían descubierto los banqueros. Marx estudió un capitalismo que obtenía ganancias desde la producción. Ahora asistimos a un capitalismo que obtiene ganancias desde la especulación. Ya se dijo: es el siglo XXI. Se otorgó créditos a quien no podía pagarlos porque se esperaba que el dinero regresara multiplicado a los bancos. Para prever ganancias sí que estaban activos los análisis. Los analistas que advirtieron a sus bancos de los riesgos fueron despedidos. Si un caballo enloquecido y ciego lleva la carreta al despeñadero es culpable el caballo. Todavía más culpable, sin embargo, es el jinete que ata carretas a caballos locos y ciegos. Los bancos actuaron como equinos esquizofrénicos y desprovistos de nervios ópticos. Pero… "fueron los gobiernos quienes ataron la carreta". Y a los gobiernos les animó un credo: la fe ciega en la esencia del capitalismo llevó a los gobiernos a permitir al mercado todos los excesos. Son los gobiernos los culpables directos, los bancos los colaterales. El modus operandi de los bancos es el mero efecto. La caEE.UU. objetiva de la crisis que conmueve hoy al mundo tiene su origen en la esencia misma del capitalismo. 

La beatifica “filantropía” de los bancos.

¿Cómo se explica el absurdo que animó a los bancos a asumir estos altos riesgos? La historia, si bien puede pecar de cierta engañosa sencillez, resulta endiabladamente compleja. A inicios del siglo XXI detonó la llamada crisis “.com”, la burbuja especulativa del sector informático, Internet, la llamada área NASDAQ, virtual bussiness.3 La reserva federal, en función de estimular el consumo, ofrenda vital al mercado, hizo descender los tipos de interés. Esto provocó el auge de ciertos sectores, entre ellos el inmobiliario. El precio de la vivienda creció increíblemente en los EE.UU. En un contexto en el que los tipos de interés eran bajos, los bancos otorgaban préstamos y en consecuencia obtenían menos ganancias. Los intereses podrían ser mayores cuanto mayores fueran los riesgos. Si los ya existentes prime eran créditos de riesgo, pues… los bancos inventaron los subprime, de muy alto riesgo. Estos eran concedidos a clientes sin ingresos estables, sin trabajo regular y sin propiedades a las que echar mano para resarcirse. Y… "les cobraron más intereses". Se  previó que el auge del sector inmobiliario resultaría cada vez mayor y se otorgaron créditos cuyos valores superaron los valores de las viviendas a adquirir. Los inmuebles, en poco tiempo, se valorarían en monto muy superior. Eso pensaban. La salud de la economía era, para entonces, la de un atleta superstar. Si los deudores no lograban pagar never mind: la vivienda se embargaba para venderse a mayor valor que el crédito. Sumados los intereses, la ganancia sería fabulosa. La espada colgaba sobre las cabezas pero nadie lo advirtió. Tal práctica funcionó varios años. Los bancos, exceso de créditos mediante, se vieron en problemas de liquidez. Mas voilá, es un mundo globalizado: se obtuvo dinero de bancos extranjeros. He ahí como algo doméstico tomó proporciones planetarias, la aldea es global, ya lo había enunciado el Sr Mc Luhan. Los bancos en EE.UU. mezclaron hipotecas prime y subprime y las vendieron a otros bancos. Estos, a su vez, pueden haber comprado esas hipotecas a través de créditos obtenidos de… "otros bancos". Las Casas aseguradoras aseguraron todas estas deudas. La red multiplicó su entramado en grado exponencial. Todo actuó como un virus biológico o informático. Alguien puede preguntarse: ¿es que el neoliberalismo suprimió también las auditorías? Nada de eso. Existen muy importantes y poderosas casas auditoras. Y agencias que establecen rating de riesgos. A ellas se ocultó cuanto se pudo.4 Se crearon además múltiples y extraordinariamente complejos procedimientos de ingeniería financiera que lo enmascararon todo.
(MBS o Mortgage Backed Securities, CDO o Collateralized Debt Obligations, CDS o Credit Default Swaps). Algunos de estos procedimientos resultan, vaya coincidencia, asombrosamente similares a los empleados para lavar dinero. Y ocurrió lo impensable: a finales de 2007 el valor de las viviendas en EE.UU. comenzó a desmoronarse. A fines del primer semestre de 2008 tocaron fondo. Los deudores no podían pagar. Los créditos concedidos excedieron el valor real de las viviendas. Los bancos quedaron sin dinero. Si los deudores no podían pagar a los bancos, los bancos deudores no podían pagar a los bancos acreedores, ni en los EE.UU., ni off shore. Mes por mes, desde agosto de 2007, todo el sistema se fue hundiendo cada vez más. La oferta de viviendas superó los 4 millones, casi el 50 % de las hipotecas quedaron sin pagar. Se fue gestando una enorme desconfianza. ¿Por qué? Sencillo: se ignora quién diablos posee dinero, quién deuda o hipoteca impagable, cuánto prime está mixturado con subprime. Los bancos dejan de prestarse dinero (o el interés de estas operaciones comienza a ser cada vez más alto), dejan de conceder créditos, hipotecas. El alcance de todo este entramado es inimaginable. Se asegura que 11 billones de dólares se mueven detrás de las hipotecas El propio George Soros sostiene que se trata de 6 millones de hipotecas subprime. Casi 3 millones de familias están en camino de perder sus viviendas. Millones de seres se ven obligados a ahorrar, gastar menos, disminuir consumo. Industrias como la automovilística comienzan a tambalearse. Sin consumo se contrae la producción, sobran trabajadores, crece la tasa de desempleo. En función de estimular el consumo (y evitar la recesión) la Reserva Federal hace disminuir las tasas de interés. El dólar se abarata y el fantasma de la inflación asoma cabeza. Si llagara la temida recesión se arribaría a algo que los economistas denominan estanflación. Antes de la crisis el sector inmobiliario y de construcción de viviendas demandaba en EE.UU. un tercio de la mano de obra, representaba el 25 % del PIB y una cifra superior de consumo. Es este el sector que sufre un crack de vastas proporciones. El epicentro y génesis del problema está en EE.UU.; pero "…en un mundo globalizado las catástrofes son globales". Si EE.UU. y Europa disminuyen consumo y producción ello impactará sus importaciones y exportaciones. Europa y EE.UU. son los mayores importadores y exportadores del mundo. Comprensible que el problema no quede recluido en EE.UU. o Europa. Esas naciones demandan el mayor flujo de petróleo y materias primas. La demanda de tales productos descenderá. Todo el que aguarde ganancias de las exportaciones de esas mercancías quedará afectado. Inevitablemente el impacto llegará a los países emergentes o en desarrollo, a naciones de muy alto nivel de consumidores como China e India. Si la crisis impacta con fuerza a China involucrará más del 50 % del PIB mundial. Y ya el crecimiento chino resulta el más bajo de los últimos años, desde un 13 % ha caído al 9 %. Por vez primera se tiene un país en quiebra: Islandia. Otros esperan turno. Un 90 % de los 14 billones de dólares que representan el comercio mundial está financiado por créditos. ¿Qué sucederá con ellos? En el depauperado Tercer Mundo, se desatará todavía más miseria, más hambre, más muerte. Ello podría ser todavía más grave en África. En un planeta abrumado por diversas y dramáticas crisis (alimentaria, petrolera, monetaria, ecológica, social, sanitaria), todas ellas generadas desde (y por) los vericuetos del capitalismo, una nueva crisis puede resultar indefiniblemente trágica.          

                 
EE.UU.: el epicentro.

Desde el siglo XX, y muy especialmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. (cada vez con mayor ímpetu) se erigieron como el núcleo duro del  capitalismo. Hoy
esta nación representa el 25 % del PIB mundial, importa 2 millones de millones de dólares en mercancías, las exportaciones en el 2003 ascendían a 723 609 millones de dólares. Crisis en EE.UU. es crisis para el mundo. El déficit del comercio exterior alcanzó en el 2007 los 815 miles de millones de dólares, la deuda pública los 9.5 millones de millones, la deuda externa los 10 billones. La suma de la deuda de la nación más poderosa del planeta alcanza los 20 millones de millones de dólares, una tercera parte del PIB del globo. EE.UU. debe importar 2700 millones de dólares/día para lograr cubrir el déficit de balanza de pagos. EE.UU. debe importar el 65 % del petróleo que consume. Se trata de un país en el que el 10 % más rico consume el 50 % de las ganancias totales. Una nación en la que 2 200 mil ciudadanos moran en cárceles, 5 millones en libertad vigilada, 28 millones vive con subsidio alimenticio, donde el 30 % de los adultos consume drogas, donde el gasto bélico excede el billón de dólares, donde 25 millones de veteranos de múltiples guerras reciben estipendio, donde tan solo la guerra de Iraq demanda 400 millones de dólares/día. Una nación que 8 años antes George W. Bush recibiera en superávit para sumirla en la bancarrota más brutal. Una nación en la que ahora, en tan solo una semana, se reduce en una quinta parte el valor de la bolsa de New York, 2,5 billones de dólares se volatilizan, pérdidas esas superiores a la sumatoria del PIB de las 60 naciones más pobres del Tercer Mundo, más del doble del PIB de México. Esta es la nación desde la que se desata hoy la crisis. Cuando se constatan estas cifras ello, sin duda, parece muy lógico, muy previsible. Se vaticina que esta crisis marca el inicio del fin de los EE.UU. como superpotencia rectora. Si el siglo XX fue definitivamente de EE.UU., el XXI no lo será, eso afirman muchos. Se mira en derredor; he ahí a esa Europa unida, esa enorme y pujante China, el impacto cada vez mayor de países como India, Rusia, Brasil, la integración en bloques de naciones que aisladas no significan mucho pero que unidas…. Y otra vez va la mirada sobre el desastre que en cifras caracteriza a los EE.UU. Se mira todo eso y tales vaticinios no parecen infundados.  

 

Ocho décadas y olvido.

La crisis de 1929
resultó de una caída de la bolsa de New York tras una década de bonanza económica en la que tan solo la agricultura estuvo en números rojos. El auge provocó un incremento en la adquisición de valores bursátiles. En el primer semestre de 1929 unos 9 millones de seres en EE.UU., el 7,3 % de la población, había invertido en el mercado de valores. Los préstamos saltaron de 774 millones de dólares en 1921 6 800 en 1929. Por vez primera cobraron auge empresas con fines claramente especulativos. El mercado se disfrazó como el padre de todas las ganancias y las acciones multiplicaron (artificialmente) su valor. De pronto, se comenzaron a vender valores de bolsa. El miércoles 23 de octubre de 1929 se vendieron 6 millones de acciones; el 24, el llamado ‘jueves negro’, 12 millones; el lunes 28 de octubre 9 millones, el precio de las acciones cayó en más de 14 000 millones de dólares en solo unos días; el 29 de octubre, el ‘martes negro’, se vendieron más de 16 millones de acciones, la pérdida de valor superó los 10 000 millones. Lo ocurrido en Wall Street provocó un efecto dominó que involucró a las bolsas domésticas en pleno. La crisis de confianza en las instituciones bancarias provocó el retiro de depósitos. Los bancos demandaron el pago de préstamos. No se logró pagar. Y los bancos quebraron. Disminuyeron dramáticamente consumo y producción, el desempleo creció apenas en dos trimestres en más de 2 millones de personas, en el más álgido de los momentos el paro alcanzó al 25 % de la población activa, 14 millones de seres. Y al inicio de todo esto muchos analistas sostuvieron que se trataba tan solo de un ajuste del mercado, algo transitorio, nada de interés. La crisis se extendió desde su epicentro, los EE.UU., al resto del mundo: 6 millones de seres acabaron desempleados en Alemania, 3 millones en Inglaterra, donde la quinta parte de la población se hundió por debajo del umbral de pobreza. La producción industrial descendió un 50%, la de bienes de consumo un 75%, la inversión un 55%. Las importaciones en EE.UU. cayeron de 4 400 millones (a inicios de la crisis) a 1 500 en 1932, las exportaciones se movieron de 5 400 millones a 2 100. El PIB se redujo un 68%. El comercio mundial decreció un 66 %. Y unos pocos años después llegó la Segunda Guerra Mundial. Entre una crisis y otra los parecidos no son meras coincidencias. Y no pueden obviarse las sustanciales diferencias. El entramado es hoy infinitamente más complejo, las proporciones infinitamente vastas: en 1929 EE.UU. no aportaba más del 13 % del comercio mundial. De aquel octubre de 1929 nos separan casi ocho décadas. Suficientes para que las lecciones, todas las lecciones, se hayan olvidado. 

Vade retro, mercado, ¿slogan de neoliberales?

Pareciera que los antes acérrimos enemigos de la intervención en los mercados, todos ellos, han muerto. Les han sucedido ultrafundamentalistas keynesianos, estatizadores furibundos, socialistas izquierdizantes, enemigos jurados del mercado. Falso. Los que ahora gritan vade retro son exactamente los mismos que antes aullaban avanti full machine. Si la crisis de 1929 fue resuelta Keynes mediante, pues regresemos a Keynes. De los más rancios preceptos neoliberales a la acción estatal sobre mercados nunca antes vista. De la holganza al maremagnum. Billones de dólares y euros son lanzados ahora urbi et orbi desde los gobiernos para paliar la crisis. Ocurre lo inaudito: el estado capitalista se adueña de la mayor cantidad de acciones de múltiples, afamados y poderosísimos consorcios. Estatización capitalista. Y todo ello ocurre en apenas unos días. Gordon Brown, el premier británico, padre de la estatización, la emprende contra el FMI al que cree incapaz de supervisar el sistema del siglo XXI. La Merkel lo secunda. My God, tarde que se han dado cuenta. Sarcozy llama a reformular las bases del sistema y clama por un “capitalismo ético”. Vaya oxímoron. El secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, declara que en EE.UU. nueve grandes bancos (entre ellos los sacros emporios Citigroup, JPMorgan Chase y Bank of America) serán recapitalizados por el estado. Vivir para ver. No son líderes radicales del Tercer Mundo los que hablan. No ocurre esto en naciones en la que un furibundo y dogmático izquierdista ha tomado el poder. El imperio norteamericano, que inicialmente optó por derramar dinero a raudales sobre aquellos que habían provocado el desastre, corre a abrazar el plan británico y comienza a estatizar, compra de acciones mediante. Ya en 1929 se había acudido a las teorías del inglés Keynes para salvarlo todo. Por segunda vez asoman los ingleses. Los gobiernos no pueden permitirse la holganza frente a los posibles desmanes del mercado, es hoy el consenso ad usum. Oh, Mon Dieu, volubles que son estos capitalistas. En función de impedir la holganza, el Consejo Europeo subraya "las necesidades de refuerzo de la supervisión del sector financiero europeo, especialmente de los grupos transnacionales". Nos damos cachetadas: se lee y no se cree. El neoliberalismo se ha derrumbado con estrépito inimaginable y todo eso en días. Ya hubo reuniones de UE, de UE más EE.UU., de G –7, G-8, G-20. En el mes de noviembre tendrá lugar una gran reunión en Washington en función de debatir el problema. Se nos dice que problemas globales deben ser resueltos con medidas globales, pero solo se reunirán en Washington los países del Primer Mundo más los llamados emergentes. Unas 20 naciones.5 En una aldea global los más ricos no pueden obviar a los que les compran y venden. No se crea, se ha invitado a los llamados emergentes por bondad inusitada. Bueno, se dirá, antes eran 7 los reunidos, después fueron 8, ahora serán 20. Por supuesto, algo ha cambiado el mundo y algo significado esta crisis. Se necesitará de una crisis aún mayor, 10 años hacia adelante, para que se cite a 40 naciones. Ese tal vez sea el G-40. Y todavía sería ese un club exclusivo, mas se va acercando la Asamblea General. A Bretton Wood se invitó, sin embargo, 44 naciones. Si ahora, según nos dice, el problema es mayor, ¿por qué se invita solo al 45 % de aquella cifra? Tanta es la exclusión de este nuevo meeting que se ha olvidado citar a España. Como los excluidos son los apestados España se ofende, corretea para que se le invite, exige, arma una barahúnda. Se nos dice que se trata de una oportunidad para refundar el capitalismo. Vaya retruécano. El capitalismo no admite refundaciones. Suprímanse sus postulados fundamentales: plusvalía y ganancias, y se suprimirá el capitalismo. Y, desde luego, eso sí que resultaría asombroso. Ahí sí, de puro asombro, nos mataría el infarto. El capitalismo transita de crisis en crisis, Marx dixit. Nadie se atreve hoy a refutarlo. Joseph Alois Schumpeter y John K. Galbraith sostenían que el capitalismo era una destrucción creativa. Las crisis son inherentes a la economía capitalista como la selección natural lo es al desarrollo de las especies. El capitalismo debe destruir para crear. Y crea para hacer más ricos a los ricos. Y cuando destruye hace más pobres a los pobres. A los pobres se nos sentará en noviembre a las afueras de esa reunión como siempre se nos ha sentado, a escuchar cómo los más ricos recomponen el status quo. Cómo asumen otro consenso. Otra vez, vaya coincidencia, en Washington. Si lo componen, moriremos como hasta ahora. Si no lo componen, moriremos más. Esa es la alternativa. Los que ahora destinan billones y billones de dólares y euros para apuntalar mercados no fueron capaces de mover algunos miles para aliviar el hambre. Los que antes no se dignaron a reunirse ante una crisis alimentaria que amenaza a mil millones de seres con el hambre más atroz ahora claman por reunirse para salvar sus millones, sus bancos, sus BMW y sus spa party. ¿Ese es el mundo que debe refundarse?6

¿Y el Tercer Mundo qué?

Se dice que las perspectivas de algunos sectores del Tercer Mundo (A. Latina, por ejemplo) no son peores que las de Europa y EE.UU. Cierto. Cierto que A. Latina está en mejores condiciones que nunca antes. Que es menos dependiente de EE.UU., del FMI y el Banco Mundial. Afortunadamente. Que existen mayores reservas. Por supuesto, tuvimos el valor de librarnos del neoliberalismo antes que ellos. Que no se replicaron las locuras de la Banca del norte. Sálvenos Dios de eso. Que los mecanismos integracionistas, apoyados por una muy fuerte voluntad política, han unido la región. Apurémonos a integrarnos más. Que el rechazo al ALCA resultó vital (el ALCA habría sido el arca que trasportara cada espécimen de crisis a nuestras costas). Todo ello es muy cierto. Todas son enormes ventajas. Mas… en modo alguno la región está exenta de peligros. En la aldea global no existen blindajes. Si la crisis financiera deviene finalmente económica, si llegara la recesión para Europa y EE.UU., las consecuencias serán impredecibles para todo el planeta. Incluido el Tercer Mundo. Incluida América Latina. Las consecuencias serán más graves en tanto se sea más pobre. Pueden caer la inversión extranjera, los créditos, el financiamiento, la demanda de nuestros productos de exportación (aliado ello a un todavía más fuerte descenso de sus precios), pueden caer las remesas, elemento vital para la economía de muchos en la región, puede descender el turismo, incrementarse el retiro de capitales de bancos ubicados en nuestras naciones. Serán efectos en extremo negativos para el Tercer Mundo. A. Latina incluida. Unos mil millones de personas caerán por debajo del nivel de pobreza apenas en tres meses. Eso lo sostuvo Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial. No son declaraciones de un líder izquierdista que desea flamear el mundo. Cuarenta millones de seres se sumarán al ejército de desnutridos. Los hambrientos sumarán 970 millones de seres. Y mientras todo eso ocurre Wells Frago adquiere Wachovia Corp y sus 42 mil millones de dólares de pérdidas; Bank of América Corp adquiere Merrill Lynch & Co por 50 mil millones; JP Morgan se hace de Bear Stearns por 236 millones, los tres seres más ricos del mundo tienen más dinero que la sumatoria de 48 naciones.7 Millones para aquellos que reciclan el sistema, hambre para los explotados por el sistema. ¿Cambiará eso? Quizá tanta hambre nos haya obcecado la confianza. Quizá. Si así fuera, sorry, señores capitalistas, por dudarlo. Entiendan nuestra incertidumbre, please, demasiados han sido los años de timo y escarceo. 

Apocalípticos, integrados y… observadores.

La crisis coloca al mundo de hoy sobre un cúmulo enorme de incógnitas. La primera  de ellas: ¿alcanzará lo hecho hasta hoy, lo por hacer, los billones y billones de dólares lanzados al mercado, los salvatajes, las recapitalizaciones y estatizaciones, las cumbres de los G (random number) a salvar al mundo de la recesión y la crisis absoluta? Nadie lo sabe. A los apocalípticos (el mundo se irá al desastre) e integrados (ostia, no hay que exagerar, la crisis se extenderá apenas hasta finales de 2009, después será otra vez la bonanza) identificados hace ya algunos años por Humberto Eco, se une hoy un tercer grupo: los observadores (habrá que esperar, nos dicen los afiliados a este grupo, esperara ver qué pasa). Téngase en cuenta que a este grupo pertenecen afamados Premios Nobel y encumbrados economistas). Y esa es una de las más asombrosas  enseñanzas de esta crisis: los más encumbrados economistas y financistas, mentes de las más privilegiadas y avisadas, no solo ofrecen teorías cada vez menos coincidentes, sino que parecen concentrarse en el análisis de lo sucedido el día en que viven y en el balance de lo sucedido hasta ese día. Carpe Diem, escribió Ovidio. Del pronóstico (incierto) se han movido al posnóstico (donde, oh, Dioses del Averno, también difieren).  

¿Un nuevo mundo?

Se vaticina que el mundo resultante de este desastre será, al fin, multipolar. ¿Lo permitirán los que hoy detentan el poder desde, por ejemplo, un Consejo de Seguridad cuasi dictatorial? Se sostiene que los postulados (y la acción, especialmente la acción, los postulados se trazaron, y fueron siempre ignorados) del FMI y el Banco Mundial serán reformulados. ¿Para ganancias de quién? Que el dólar puede no resultar ya más la moneda mundial. Ver para creer. Que los paraísos fiscales dejarán de existir. Que se pondrá fin a la especulación. Parece una story boy y a todos nos asalta el síndrome del muy Santo Tomás: necesitamos ver para creer. Este tercer muro que se ha echado a pura lipotimia al suelo, ¿hará surgir desde entre las ruinas otro mundo? Nos dicen que sí.8 Se espera que los 12 países emergentes ahora invitados a la Cumbre G-20 en Washington, naciones antes siempre despreciadas y olvidadas, mucho aporten al mundo que surgirá de las ruinas. Veremos si se les permite. Veremos si a unos se les concede tres minutos para expresarse para que otros gocen de tiempo ilimitado. Veremos si la cumbre no pasará de ser mero vocerío sin acuerdos. Verdad más unda y rotunda que un templo es que al capitalismo no hay que refundarlo. Los pobres proponemos refundirlo. En puridad hay que refundar el mundo. Para hacerlo la cumbre no deberá ser de G-7, G-8 o G-20. Deberá ser de G-Todos. Una G-World. Para hacerlo los millones de hambrientos del siglo XXI deben ser escuchados. Para hacerlo los millones de humillados y ofendidos deberán participar en esa refundación. En un mundo de todos, la solución debe ser de todos. Ah, eso no lo dice un izquierdista. No lo dicen clochard de París, ni infortunados que mastican betel y empujan un rickshaw en Calcuta. No lo dicen los pobres. No lo dicen Chávez o Castro, esos Anticristo. No, sires et monsieurs. Lo han dicho, válganos Dios,… Bush y Sarcozy. 

ANEXOS:

1. Ahora se pretende concentrar en Allan Greenspan las culpas de esta crisis. Se le acusa de de haber permitido la locura de los denominados "contratos financieros derivados", de haber desestimado la regulación. Todo ello es cierto, no vamos nosotros a defender a Mr Greenspan, pero… concentrar en un hombre todas las cuitas de un poderoso sistema resulta reducir las vastas y múltiples complejidades de una tragedia al maniqueísmo bicromático de un cuento de hadas.
  

2.Se dice que uno de los pocos que advirtió del peligro en EE.UU. fue el profesor de Economía Nouriel Roubini. Fue uno de los despreciados. Hoy se ha hecho famoso.  

3.En el 2002 los activos en quiebra ascendieron en EE.UU. a 382 mil millones tras esta crisis. Debe recordarse el crack de emporio WorldCom, unos 104 mil millones de dólares, hasta ese instante la quiebra más rotunda de la historia.  

4.
American International Group Inc.
(AIG) ocultó a los auditores (internos y externos) el alcance de sus pérdidas valoradas en 85 000 millones. El presidente de la Comisión Supervisora en la Cámara Baja, el demócrata Henry Waxman, presentó pruebas de ello. La casa auditora Pricewaterhouse Cooper advirtió extraoficialmente a AIG que no debía prohibir a los supervisores internos el acceso a la información. Joseph St. Denis, auditor de AIG, hubo de renunciar tras impedírsele opinar acerca del modus operandi de la compañía. Al anunciarse el auxilio financiero por el gobierno de Bush 70 ejecutivos de AIG se fueron a celebrarlo, se dice gastaron unos 440 mil dólares en un spa party.

5.
El G-20 fue un grupo surgido en 1999, a raíz de la crisis de los mercados asiáticos. Agrupa a miembros del G-8 (EE UU, Canadá, Japón, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y la UE, además de Rusia) y a las llamadas “economías emergentes” (Argentina, Brasil, México, China, India, Indonesia, Corea del Sur, Australia, Arabia Saudita, Sudáfrica y Turquía). A Washington acudirán además representantes de la ONU, el FMI y el Banco Mundial.

6.En 1998 se calculaba en 40 mil millones de dólares anuales el costo del acceso universal a educación, salud, alimentación, agua potable y sanidad indispensable. Esa cifra representaba el 4 % de la riqueza de los 225 seres más ricos del planeta. No son datos de fuentes izquierdistas. La fuente: Informe Anual de Desarrollo Humano de la ONU. ¿Cuánto se necesitaría hoy?

7.
En EE.UU., los dividendos de los presidentes ejecutivos de las 15 mayores corporaciones crecieron 520 veces en el 2007. Para que se tenga una idea: en el 2003 el incremento fue solo de 360 veces. Los salarios son absurdos: el jefe del departamento financiero de AIG, Joseph Cassano, recibe dividendos de un millón de dólares / mes.

8.
No puede descartarse "algunos" cambios. Les va en eso la piel. La frase de Marx acerca de que el proletariado no tiene más que perder que sus cadenas es hoy muy atendida por los poderosos del mundo. El mundo se debate, hoy más que nunca, ante el peligro de un planetario estallido social. Mas, cambios ya los hubo tras la crisis de 1929. En la década del 80, sin embargo, 50 años después, se regresó al liberalismo, esta vez mil veces más atroz.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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