Año VII
La Habana
2008

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El cielo de Elizabeth

Delis Gamboa ( Guisa -1976)

 

Un minuto antes de que Oscar conociera a Elizabeth la tierra y el cielo eran una misma cosa: el rabioso silencio y las vastas tinieblas. Era domingo y acaso por eso (y por otros confabulados símbolos) él testifique que ella es desde siempre un designio a su favor, su séptima costilla, la certeza de Dios.

Se aventuraba a la ciega luz del tacto, queriendo desprenderse del salón caluroso, cuando de pronto resucitaron las bombillas; y él, Oscar, se percató de que lo habían detenido unos ojos abismales y la sonrisa más linda de la tierra. Pensó que si acariciar esas mejillas y besar esos labios fuera el precio de su vida, lo pagaría en ese instante. Lejanamente, como a través de una caracola, le parecía haber escuchado la indefinida voz de una sirena, o de la Virgen María. Y era cierto, ella le había dicho: "Hola". Un relámpago le recorrió el cuerpo, y sin apartar la mirada de la suya le contestó: "Hola, me llamo asear, ¿y tú?" Ella movió coqueta los ojos: "Elizabeth", dijo. ¿Por qué no bailaban? Y se tomaron de las manos para entregarle el cuerpo y el alma a la melodía, a la voluntad de esa rubia casi    desnuda, que con voz extraña profería una especie de quejidos que excitaban la sangre. Oscar estaba nervioso porque su sexo se había despertado y hocicaba la tela cuando era acariciado por las nalgas de Elizabeth en los giros que les imponía la fatigosa acústica. Estaba al borde de la locura, del caos, y miraba por sobre la cabellera de Elizabeth a lo lejos, a un punto indefinido entre su conciencia y la turbia, alcohólica muchedumbre, deseoso de que la pieza terminara. Y fue, tal vez, una palabra suya o su aliento o la gota de sudor que ­le cayó en la mano lo que lo hizo descender la mirada y encontrarse con los labios cerca de los suyos y como a la espera de un beso, de ese beso tórrido e impostergable que detuvo la música.

Y de pronto se sorprendieron caminando entre los severos bancos, alineados como soldados junto al río bajo la luna recién nacida, como si hubiera salido exclusivamente para iluminar el camino de los amantes, que se internaron en el bosque. Atrás iba quedando el lamento de la hojarasca y los bultos quejosos de otras parejas. Se detuvieron ante una losa para volverse a besar y desnudarse. A pocos metros estaba la solemne pared de la iglesia, donde cantaban: Voy al cielo, soy peregrino/ A vivir eternamente con Jesús… Y tal vez por eso ella murmuró que estaban cerca del cielo. Estupefacto la oyó argumentar que no podía esperar, y la vio tenderse sobre la losa. Sus carnes reta­ban la luna en lujuriosa sugerencia que Oscar con placer acató. Que entrara entre sus piernas, que inclinara los labios hasta los labios de la venus, que en la húmeda madriguera, en lo pro­fundo de su monte, lo esperaba para mostrarle el inigualable sabor de la manzana, el verdadero río del edén, el único, vertiginoso camino que conduce al paraíso. Y luego ella quiso, por Dios, que esa cosa dura y lustrosa de saliva que palpitaba junto a su cara, entre sus dedos, se hundiera en sus entrañas. Y sin dilación Oscar la penetró y pudo ver, a la luz de la luna, cómo ella cerró los ojos y entreabrió los labios para quejarse blandamente. Y en la vorágine de sudores y suspiros, de palabras gratamente obscenas, fueron dos condenados que ardían y conjuraban una convulsión definitiva que los librara de (o       perpetuara en) esa dulce agonía. Y ella quería esfumarse, derretirse, volar. Y sus caderas desorbitadas tanteaban ciegamente buscando el sitio exacto, una grieta para asomarse a la eternidad del orgasmo, pero que Oscar siguiera, que la mordiera, hasta que "ya coño", le encajó las uñas, porque ahora sí se extravió, se apagó con un salvaje resuello. Al rato era como si flotara, como si descendiera en un colchón de espumas, y controlando la respiración le agradeció porque había logrado subir al cielo, abrirse paso hasta el trono de Dios y dormir en su regazo, mientras Él se acariciaba su barba senil y cantaban salmos de victoria.

Todo eso me lo contó Oscar al amanecer, emocionado, pero su descripción no alcanzaba para pensar en otra cosa que no fuera, que esa ardiente historia no era más que un sueño falaz, un infundio vanidoso, y si alguna razón había para creerle eran sus ojeras de trasnochador.

—Quedamos en vernos hoy —dijo haciéndome un guiño.

Y esa noche "me la volví a templar", dijo, y ella le confesó que lo amaba, se lo juró por su madre, "por esa luna que nos ha visto desnudos". Para siempre él sería su hombre, le aseguró entre be­sos mientras se vestía.              

—La voy a traer para que la conozcas.

Y cuando la trajo ya yo la conocía de tanto imaginarlos en aquel bosque bajo la luna, y la veía desnuda y en posiciones diversas recibiendo el sexo de Oscar, y la sentía gritar en tanto se apode­raba de sus caderas el ritmo de esa música que hablaba de amor, paz, redención; y la veía precipitarse en el violento, liberador orgasmo cuando el cura, excitado, con su voz de médium, decía amén amén.

Era delgada, alta, y realmente algo de abismo o de cosa extraña tenían sus ojos. Vestía pitusa azul ajustado, blusa blanca, y sus labios lucían intensamente rojos. Papá, con aire contradictorio, se inclinó para besarla, y esa noche dio una larga disertación sobre los tiempos nuevos, rememoró su romance con nuestra madre (que en paz descanse), y dijo que el amor, a ciencia cierta, nadie sabía lo que era: "El amor y la locura son una misma cosa", resumió. Miró a Oscar meditativo y dijo que viera bien, no fuera a caer en el vacío.

Y al regresar de un viaje, días después, la encontré junto al cordel. Ahora vestía un short con bordes deshilachados que de­jaban escapar partes de sus nalgas. Corrió a abrazarme y habló sobre la impaciencia y la espera. Y cuando sus brazos se apartaron de mi cuello:

—No te fijes en mí —dijo—. No he tenido tiempo de peinarme.

—Estás bien así.

Sus ojos aplastaron mi mirada.

—Voy a traerte café.

Yo no quería mirar, pero miré su short, la caída de esas nalgas que auguraban un viaje alucinante. En nuestra sala, un afiche que yo colgara una tarde ocupaba otro sitio en la pared. Era una rubia de ojos entornados y sensuales que lucía trajes de verano. Una aguja laceraba uno de sus senos.

—Linda, ¿eh?

— ¿Qué?

—La muchacha del afiche me dio el café. Creo que ahí se ve mejor.

—Sí —mentí.

Me miró sonriente. ¿Era verdad que yo era poeta? Oscar se lo había dicho, que le hiciera un poema.

Ahora ella tenía que apurarse a hacer el almuerzo porque pronto volverían Oscar y mi padre.

Papá estaba esquivo y creo que agradeció la decisión de Oscar de irse esa noche a la discoteca, o a cualquier otro lugar. A él no le parecía bien Elizabeth, aunque ella se había mostrado trabajadora y atenta. Terminó encogiéndose de hombros porque realmente no entendía estos tiempos. Y sus pasos se alejaron en tanto su voz se ahogaba en un monólogo. Yo me fui también para el cuarto y apagué la luz. Entonces ella vino, se tiró sobre mí. Su piel olía a un perfume dulce y extraño y yo pasé la lengua por su vientre y subí a sus senos, copas que guardaban el sabor de la eternidad, y deseé que nunca acabara aquel sueño; pero yo estaba despierto y por eso subí por el cuello a sus labios y confundí su lengua con la mía, respirando su aliento. Y abrió las piernas para que yo bajara. Fue como vislumbrar un largo poema de Alfonsina Storni, el defi­nitivo, el que no escribió. Y me dispuse a entrar al agua como quien entra al paraíso, mojé mi lengua y sentí el torvo clamor, la melodía capitular de los ahogados, quedé en suspenso entre el cielo y la tierra. Al poner los labios nuevamente el súbito estruendo del llavín me la arrancó, y no volví a cerrar los ojos esa noche asediado por la mirada abismal y los sabores insólitos de Elizabeth. Me habló de su familia, de un primo que parecía un ángel, del preuniversitario y, poniendo el aliento tibio en mi oído, "no se lo digas a nadie, ¿bien?, yo tuve un novio idéntico a ti". Él la había dejado absurdamente por una negra fea. Un día la llamó para decirle que no quería más nada con ella, y que como no había su­cedido nada entre ellos podían, si estaba de acuerdo, seguir siendo amigos. Y si se había confundido con aquella hipócrita confesión más se sorprendió él al sentir el latigazo que le encendió la cara. Esa noche ella lloró, pero al día siguiente se fue a la discoteca. Allí conoció a Oscar. Hizo silencio y escrutándome dijo que se parecía mucho a mí.

Volvía de la escuela una tarde cuando la encontré en una es­quina charlando con él. Ciertamente algunas líneas de su rostro plagiaban el mío, no sé, acaso las cejas o los ojos, o la barbilla afilada. Me miró irreverente, como queriendo borrarme, pulverizarme. Elizabeth, nerviosa, dijo que venía del mercado, que qué casualidad encontrarnos a los dos, que bueno, a él, chao; y tú (a mí), vamos. Y caminamos callados, indiferentes al mundo que discurría a nuestro lado. En el puente emitió un suspiro mientras miraba para el bosque umbroso. Sus ojos brillaban con la intensidad de quien experimenta un recuerdo apasionado.

Los escalones descendían al centro gastronómico, que a esa hora se amparaba en el más denso olvido. Sobre los bancos flotaba el aire apacible del río, a orillas del cual estaba la senda que condu­cía al húmedo bosque. Era como si allí concurrieran las fronteras de tres mundos: el recatado y manso mundo que yo hube contemplado desde el puente; el mundo desenfrenado que presi­día el ojo ciclópeo de la luna y que alguna vez Oscar reconociera junto a Elizabeth; y el otro, el mundo sacro, insobornable y enigmático que custodiaban las altas paredes descascaradas que, irónicamente, por algún resquicio dejaban escapar los cantos augustos, los aleluyas que sobrecogen las almas. Atónito con­templé las discordes losas y solo hallé una indiferencia atroz; por eso agradecí a mi compañera, que dijo vamos, imploró por favor aquí no, hoy no, vamos; y caminamos sobre la hojarasca de regreso a la música insulsa.

En la casa aún no se habían acostado.

— ¿Dónde estabas? —se interesó Oscar.

—Por ahí.  

—Te vieron con una muchacha detrás de la iglesia—. Esta vez fue Elizabeth.

No le respondí.

Y ahora yo estaba con Elizabeth otra vez, perdiendo mi boca y mis ojos y mis manos en esa agua tibia y frágil que era ella. Y volví a sentir el torvo clamor, la melodía capitular de los ahogados. Una y otra vez me hundí y las aguas se fueron inquietando, se hicieron un remolino avasallador donde pude oír, remota, como a través de una caracola, la voz de las sirenas: "Dale, apúrate que va a llegar Oscar". Comprendí entonces que estaba suspendido en un frágil pedestal. Desde que vivía con nosotros yo había decidido no re­gresar a su cuarto. Antes solía ir a perturbarle el sueño a Oscar, a oírle las historias de sus concursos orgiásticos, a contarle de mi última pelea en que le había roto la boca a alguien en el aula, a informarlo de "la película de esta noche, brother, es de Jean Claude, vamos", pero ahora era diferente, su cuarto era un sitio matri­monial, íntimo. Por eso aquel día, al oír su voz, me mostré indife­rente. De pie ante el afiche aguardé. Ella quería que yo entrara un momento, por favor. Aparté la cortina y la vi sentada en la cama, en ajustadores, cubriéndose con una toalla del vientre a los muslos. Con más intensidad que nunca en sus ojos brillaba el abismo.

— ¿Tienes miedo?

—No.

—El agua ya debe de estar fría. Se me ha hecho un nudo en el ajustador.

Yo seguía en la puerta, incrédulo. Miré de soslayo la tela blanca ajustándole los senos.

—Pasa, ¿tienes miedo?

—No.

Riendo, que parecía que sí, que no me asustara y, por favor, le ayudara a quitarse esa basura. Fui y lo intenté pero no pude. Que lo intentara con los dientes. ¿Estás nervioso? "No, es el ajustador, está muy apretado". Bueno, que lo dejara. Y la toalla voló, que no tuviera miedo: "Ven". Y abrió las piernas para que yo me extraviara, para que no supiera si era sueño o realidad la irrupción del vertiginoso cuadro con fondo de río lunar donde su piel me inunda, me quema mientras ascendemos, mientras nos dirigimos al suntuoso trono donde Dios se acaricia la barba senil y canta salmos de victoria como si todavía fuera domingo.



Delis M. Gamboa Cobiella (Guisa, 1976). Narrador. Ha obtenido entre otros los Premios Batalla de Guisa, Espejo de Paciencia, Mangle. Sus cuentos han aparecido en las antologías Historias recicladas (Ediciones Bayamo, 2001), Cuentos de amor y de abandono (Editora Abril, 2001), La revelación absurda (Ediciones Bayamo, 2002) y en varias publicaciones periódicas. El presente cuento pertenece a El agua en el agua, Ediciones Bayamo, 2002.

 
 

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