|
Un minuto antes de que Oscar
conociera a Elizabeth la tierra
y el cielo eran una misma cosa:
el rabioso silencio y las vastas
tinieblas. Era domingo y acaso
por eso (y por otros
confabulados símbolos) él
testifique que ella es desde
siempre un designio a su favor,
su séptima costilla, la certeza
de Dios.
Se aventuraba a la ciega luz del
tacto, queriendo desprenderse
del salón caluroso, cuando de
pronto resucitaron las
bombillas; y él, Oscar, se
percató de que lo habían
detenido unos ojos abismales y
la sonrisa más linda de la
tierra. Pensó que si acariciar
esas mejillas y besar esos
labios fuera el precio de su
vida, lo pagaría en ese
instante. Lejanamente, como a
través de una caracola, le
parecía haber escuchado la
indefinida voz de una sirena, o
de la Virgen María. Y era
cierto, ella le había dicho:
"Hola". Un relámpago le recorrió
el cuerpo, y sin apartar la
mirada de la suya le contestó:
"Hola, me llamo asear, ¿y tú?"
Ella movió coqueta los ojos:
"Elizabeth", dijo. ¿Por qué no
bailaban? Y se tomaron de las
manos para entregarle el cuerpo
y el alma a la melodía, a la
voluntad de esa rubia casi
desnuda, que con voz extraña
profería una especie de quejidos
que excitaban la sangre. Oscar
estaba nervioso porque su sexo
se había despertado y hocicaba
la tela cuando era acariciado
por las nalgas de Elizabeth en
los giros que les imponía la
fatigosa acústica. Estaba al
borde de la locura, del caos, y
miraba por sobre la cabellera de
Elizabeth a lo lejos, a un punto
indefinido entre su conciencia y
la turbia, alcohólica
muchedumbre, deseoso de que la
pieza terminara. Y fue, tal vez,
una palabra suya o su aliento o
la gota de sudor que le cayó en
la mano lo que lo hizo descender
la mirada y encontrarse con los
labios cerca de los suyos y como
a la espera de un beso, de ese
beso tórrido e impostergable que
detuvo la música.
Y de pronto se sorprendieron
caminando entre los severos
bancos, alineados como soldados
junto al río bajo la luna recién
nacida, como si hubiera salido
exclusivamente para iluminar el
camino de los amantes, que se
internaron en el bosque. Atrás
iba quedando el lamento de la
hojarasca y los bultos quejosos
de otras parejas. Se detuvieron
ante una losa para volverse a
besar y desnudarse. A pocos
metros estaba la solemne pared
de la iglesia, donde cantaban:
Voy al cielo, soy peregrino/
A vivir eternamente con Jesús…
Y tal vez por eso ella murmuró
que estaban cerca del cielo.
Estupefacto la oyó argumentar
que no podía esperar, y la vio
tenderse sobre la losa. Sus
carnes retaban la luna en
lujuriosa sugerencia que Oscar
con placer acató. Que entrara
entre sus piernas, que inclinara
los labios hasta los labios de
la venus, que en la húmeda
madriguera, en lo profundo de
su monte, lo esperaba para
mostrarle el inigualable sabor
de la manzana, el verdadero río
del edén, el único, vertiginoso
camino que conduce al paraíso. Y
luego ella quiso, por Dios, que
esa cosa dura y lustrosa de
saliva que palpitaba junto a su
cara, entre sus dedos, se
hundiera en sus entrañas. Y sin
dilación Oscar la penetró y pudo
ver, a la luz de la luna, cómo
ella cerró los ojos y entreabrió
los labios para quejarse
blandamente. Y en la vorágine de
sudores y suspiros, de palabras
gratamente obscenas, fueron dos
condenados que ardían y
conjuraban una convulsión
definitiva que los librara de (o
perpetuara en) esa dulce
agonía. Y ella quería esfumarse,
derretirse, volar. Y sus caderas
desorbitadas tanteaban
ciegamente buscando el sitio
exacto, una grieta para asomarse
a la eternidad del orgasmo, pero
que Oscar siguiera, que la
mordiera, hasta que "ya coño",
le encajó las uñas, porque ahora
sí se extravió, se apagó con un
salvaje resuello. Al rato era
como si flotara, como si
descendiera en un colchón de
espumas, y controlando la
respiración le agradeció porque
había logrado subir al cielo,
abrirse paso hasta el trono de
Dios y dormir en su regazo,
mientras Él se acariciaba su
barba senil y cantaban salmos de
victoria.
Todo eso me lo contó Oscar al
amanecer, emocionado, pero su
descripción no alcanzaba para
pensar en otra cosa que no
fuera, que esa ardiente historia
no era más que un sueño falaz,
un infundio vanidoso, y si
alguna razón había para creerle
eran sus ojeras de trasnochador.
—Quedamos en vernos hoy —dijo
haciéndome un guiño.
Y esa noche "me la volví a
templar", dijo, y ella le
confesó que lo amaba, se lo juró
por su madre, "por esa luna que
nos ha visto desnudos". Para
siempre él sería su hombre, le
aseguró entre besos mientras se
vestía.
—La voy a traer para que la
conozcas.
Y cuando la trajo ya yo la
conocía de tanto imaginarlos en
aquel bosque bajo la luna, y la
veía desnuda y en posiciones
diversas recibiendo el sexo de
Oscar, y la sentía gritar en
tanto se apoderaba de sus
caderas el ritmo de esa música
que hablaba de amor, paz,
redención; y la veía
precipitarse en el violento,
liberador orgasmo cuando el
cura, excitado, con su voz de
médium, decía amén amén.
Era delgada, alta, y realmente
algo de abismo o de cosa extraña
tenían sus ojos. Vestía pitusa
azul ajustado, blusa blanca, y
sus labios lucían intensamente
rojos. Papá, con aire
contradictorio, se inclinó para
besarla, y esa noche dio una
larga disertación sobre los
tiempos nuevos, rememoró su
romance con nuestra madre (que
en paz descanse), y dijo que el
amor, a ciencia cierta, nadie
sabía lo que era: "El amor y la
locura son una misma cosa",
resumió. Miró a Oscar meditativo
y dijo que viera bien, no fuera
a caer en el vacío.
Y al regresar de un viaje, días
después, la encontré junto al
cordel. Ahora vestía un short
con bordes deshilachados que
dejaban escapar partes de sus
nalgas. Corrió a abrazarme y
habló sobre la impaciencia y la
espera. Y cuando sus brazos se
apartaron de mi cuello:
—No te fijes en mí —dijo—. No he
tenido tiempo de peinarme.
—Estás bien así.
Sus ojos aplastaron mi mirada.
—Voy a traerte café.
Yo no quería mirar, pero miré su
short, la caída de esas nalgas
que auguraban un viaje
alucinante. En nuestra sala, un
afiche que yo colgara una tarde
ocupaba otro sitio en la pared.
Era una rubia de ojos entornados
y sensuales que lucía trajes de
verano. Una aguja laceraba uno
de sus senos.
—Linda, ¿eh?
— ¿Qué?
—La muchacha del afiche
―me
dio el café―.
Creo que ahí se ve mejor.
—Sí —mentí.
Me miró sonriente. ¿Era verdad
que yo era poeta? Oscar se lo
había dicho, que le hiciera un
poema.
Ahora ella tenía que apurarse a
hacer el almuerzo porque pronto
volverían Oscar y mi padre.
Papá estaba esquivo y creo que
agradeció la decisión de Oscar
de irse esa noche a la
discoteca, o a cualquier otro
lugar. A él no le parecía bien
Elizabeth, aunque ella se había
mostrado trabajadora y atenta.
Terminó encogiéndose de hombros
porque realmente no entendía
estos tiempos. Y sus pasos se
alejaron en tanto su voz se
ahogaba en un monólogo. Yo me
fui también para el cuarto y
apagué la luz. Entonces ella
vino, se tiró sobre mí. Su piel
olía a un perfume dulce y
extraño y yo pasé la lengua por
su vientre y subí a sus senos,
copas que guardaban el sabor de
la eternidad, y deseé que nunca
acabara aquel sueño; pero yo
estaba despierto y por eso subí
por el cuello a sus labios y
confundí su lengua con la mía,
respirando su aliento. Y abrió
las piernas para que yo bajara.
Fue como vislumbrar un largo
poema de Alfonsina Storni, el
definitivo, el que no escribió.
Y me dispuse a entrar al agua
como quien entra al paraíso,
mojé mi lengua y sentí el torvo
clamor, la melodía capitular de
los ahogados, quedé en suspenso
entre el cielo y la tierra. Al
poner los labios nuevamente el
súbito estruendo del llavín me
la arrancó, y no volví a cerrar
los ojos esa noche asediado por
la mirada abismal y los sabores
insólitos de Elizabeth. Me habló
de su familia, de un primo que
parecía un ángel, del
preuniversitario y, poniendo el
aliento tibio en mi oído, "no se
lo digas a nadie, ¿bien?, yo
tuve un novio idéntico a ti". Él
la había dejado absurdamente por
una negra fea. Un día la llamó
para decirle que no quería más
nada con ella, y que como no
había sucedido nada entre ellos
podían, si estaba de acuerdo,
seguir siendo amigos. Y si se
había confundido con aquella
hipócrita confesión más se
sorprendió él al sentir el
latigazo que le encendió la
cara. Esa noche ella lloró, pero
al día siguiente se fue a la
discoteca. Allí conoció a Oscar.
Hizo silencio y escrutándome
dijo que se parecía mucho a mí.
Volvía de la escuela una tarde
cuando la encontré en una
esquina charlando con él.
Ciertamente algunas líneas de su
rostro plagiaban el mío, no sé,
acaso las cejas o los ojos, o la
barbilla afilada. Me miró
irreverente, como queriendo
borrarme, pulverizarme.
Elizabeth, nerviosa, dijo que
venía del mercado, que qué
casualidad encontrarnos a los
dos, que bueno, a él, chao; y tú
(a mí), vamos. Y caminamos
callados, indiferentes al mundo
que discurría a nuestro lado. En
el puente emitió un suspiro
mientras miraba para el bosque
umbroso. Sus ojos brillaban con
la intensidad de quien
experimenta un recuerdo
apasionado.
Los escalones descendían al
centro gastronómico, que a esa
hora se amparaba en el más denso
olvido. Sobre los bancos flotaba
el aire apacible del río, a
orillas del cual estaba la senda
que conducía al húmedo bosque.
Era como si allí concurrieran
las fronteras de tres mundos: el
recatado y manso mundo que yo
hube contemplado desde el
puente; el mundo desenfrenado
que presidía el ojo ciclópeo de
la luna y que alguna vez Oscar
reconociera junto a Elizabeth; y
el otro, el mundo sacro,
insobornable y enigmático que
custodiaban las altas paredes
descascaradas que, irónicamente,
por algún resquicio dejaban
escapar los cantos augustos, los
aleluyas que sobrecogen las
almas. Atónito contemplé las
discordes losas y solo hallé una
indiferencia atroz; por eso
agradecí a mi compañera, que
dijo vamos, imploró por favor
aquí no, hoy no, vamos; y
caminamos sobre la hojarasca de
regreso a la música insulsa.
En la casa aún no se habían
acostado.
— ¿Dónde estabas? —se interesó
Oscar.
—Por ahí.
—Te vieron con una muchacha
detrás de la iglesia—. Esta vez
fue Elizabeth.
No le respondí.
Y ahora yo estaba con Elizabeth
otra vez, perdiendo mi boca y
mis ojos y mis manos en esa agua
tibia y frágil que era ella. Y
volví a sentir el torvo clamor,
la melodía capitular de los
ahogados. Una y otra vez me
hundí y las aguas se fueron
inquietando, se hicieron un
remolino avasallador donde pude
oír, remota, como a través de
una caracola, la voz de las
sirenas: "Dale, apúrate que va a
llegar Oscar". Comprendí
entonces que estaba suspendido
en un frágil pedestal. Desde que
vivía con nosotros yo había
decidido no regresar a su
cuarto. Antes solía ir a
perturbarle el sueño a Oscar, a
oírle las historias de sus
concursos orgiásticos, a
contarle de mi última pelea en
que le había roto la boca a
alguien en el aula, a informarlo
de "la película de esta noche,
brother, es de Jean
Claude, vamos", pero ahora era
diferente, su cuarto era un
sitio matrimonial, íntimo. Por
eso aquel día, al oír su voz, me
mostré indiferente. De pie ante
el afiche aguardé. Ella quería
que yo entrara un momento, por
favor. Aparté la cortina y la vi
sentada en la cama, en
ajustadores, cubriéndose con una
toalla del vientre a los muslos.
Con más intensidad que nunca en
sus ojos brillaba el abismo.
— ¿Tienes miedo?
—No.
—El agua ya debe de estar fría.
Se me ha hecho un nudo en el
ajustador.
Yo seguía en la puerta,
incrédulo. Miré de soslayo la
tela blanca ajustándole los
senos.
—Pasa, ¿tienes miedo?
—No.
Riendo, que parecía que sí, que
no me asustara y, por favor, le
ayudara a quitarse esa basura.
Fui y lo intenté pero no pude.
Que lo intentara con los
dientes. ¿Estás nervioso? "No,
es el ajustador, está muy
apretado". Bueno, que lo dejara.
Y la toalla voló, que no tuviera
miedo: "Ven". Y abrió las
piernas para que yo me
extraviara, para que no supiera
si era sueño o realidad la
irrupción del vertiginoso cuadro
con fondo de río lunar donde su
piel me inunda, me quema
mientras ascendemos, mientras
nos dirigimos al suntuoso trono
donde Dios se acaricia la barba
senil y canta salmos de victoria
como si todavía fuera domingo. |