Año VII
La Habana

22 al 28 de NOVIEMBRE
de 2008

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Una breve historia sobre manga y el anime en Cuba

Leonardo Gala Echemendía • La Habana

 


 

DÉCADA DE LOS 70
“Muñequitos japoneses”
 

En la década de los 70 del pasado siglo, comienzan a exhibirse en los cines de nuestro país largometrajes animados procedentes del Japón. Las historias que narran estos largometrajes son muy dinámicas, con personajes interesantes y bien diseñados, y una animación muy efectiva. Considerados un soplo de aire fresco en medio de un panorama cultural que celosamente se sobreprotege de los productos culturales del capitalismo (entendiendo por ello fundamentalmente las obras estadounidenses), pronto van a ganarse un lugar especial en la preferencia del público infantil de la época. Identificados (lógicamente) como “muñequitos japoneses”, esta denominación de origen muy pronto los hace muy atractivos para el público cubano como productos de calidad asegurada.

Alejados tanto del realismo socialista subyacente en los “muñequitos rusos”, como del happy end a ultranza de los “muñequitos americanos” de antes de la época revolucionaria que se exhibían por entonces, estos animados llamaban la atención por sus personajes de apariencias generalmente occidentales, por el buen trabajo de doblaje de actores nacionales, y por la forma en que podían encontrar un momento para transmitir valores positivos a los más pequeños, como la solidaridad con los más débiles y los más viejos, el trabajo en grupo, la perseverancia y el premio al esfuerzo, siendo, además, muy entretenidos.

Títulos como El imperio submarino, Las aventuras del osito panda, El Gato con Botas va al Oeste, La Sirenita, Jack y la brujita, Historia de una vieja locomotora, o El Gato con Botas da la vuelta al mundo en 80 días son todavía de los más recordados de esta época.

DÉCADA DE LOS 80
1981 a 1984. El cambio de percepción
 

 

Sin embargo, los “muñequitos japoneses” podían ser no solo historias animadas para los más pequeños.

A principios de los años 80, se exhibe Voltus V, una película que ha sido de las más recordadas por varias generaciones de las estrenadas alguna vez en nuestros cines. La historia del super robot de la espada láser, defensor de la Tierra ante la amenaza del Imperio Barzán, prendió muy fuerte en la imaginación de niños, adolescentes y jóvenes, al punto de convertirse en objeto de culto. Los admiradores de Voltus V de la época buscaban, atesoraban, e incluso negociaban e intercambiaban fotogramas descartados de la cinta con la imagen del robot. Lo pintaban, lo calcaban, le mejoraban las armas, se hacían pequeñas historietas sobre él, se discutían versiones alternativas de la historia (la más común: ¿qué hubiera pasado si dos, o mejor, tres monstruos se hubieran enfrentado a Voltus V?).

Y por supuesto, esperaban la segunda parte, que iba a ser muchísimo mejor…

Tras Voltus V, se hizo  habitual cada año el estreno de largometrajes animados japoneses en los cines y, al igual que los primeros largometrajes vistos en los años 70, estas cintas contaron con el doblaje de muy buenos actores de la TV y el cine nacionales. Actores como Frank González, Pedrito Silva, o Rudy Mora, por solo citar algunos, aportaron con sus voces una dimensión muy cubana a Voltus V, El Castillo de los falsificadores, El pájaro de fuego; Taro, el niño dragón; Cyborg 009, o Las aventuras de los ositos polares, y ayudaron así a la excelente acogida de las cintas en un público que, gracias a estos animados, ya empezaba a ver en Japón no solo al país de los samuráis de Kurosawa, el de los componentes electrónicos miniaturizados dentro de electrodomésticos Sony o Sanyo, o el de los confiables vehículos Hino y Honda.

Japón era también el país de una producción seriada importante, lo mismo en historietas (llamadas mangas) que en series animadas, y varios de estos largometrajes vistos en la década de los 80 eran adaptaciones al cine de dicha producción seriada, a diferencia de los largometrajes vistos en la década anterior. Por citar tres ejemplos: Voltus V era una recopilación de algunos capítulos de una serie para TV; El Pájaro de fuego, una adaptación de un manga de Osamu Tezuka, y El Castillo de los falsificadores, de Hayao Miyazaki, una película hecha gracias al éxito de una serie que, a su vez, procedía de un manga de éxito. 

1985 a 1990. Las series animadas infantiles en TV 

La TV comienza también, a mediados de los años 80, a exhibir series de animación japonesa, fundamentalmente coproduciones de países europeos con casas de animación japonesa, con títulos como Ulises 31; Rui, el pequeño Cid; o Banner y Flappy, y también series totalmente japonesas, como La princesa caballero o Átomo (Astro boy, exhibida como Las aventuras de Jet Marte).

Estas series, inicialmente transmitidas solo durante los meses de verano, sufrieron de saltos de continuidad, producto de cambios en el orden de exhibición de sus capítulos, e incluso algunas fueron exhibidas de forma incompleta, como sucedió con Ulises 31. No obstante estas irregularidades, fueron muy bien recibidas, y permitieron apreciar, con mayor detenimiento, determinadas peculiaridades del estilo de animación japonesa. Encuadres, diseños, movimientos de los personajes, empleo de estereotipos comunes en las tramas, son ya algunos aspectos que comienzan a influir en aquellos que soñaban en convertirse algún día en dibujantes y animadores dentro de los marcos de su estética favorita: la del anime.

Lamentablemente, en este período de bonanza económica que fueron los años 80, no se publicaron en el país historietas provenientes del Japón, aunque es evidente que ya el manga había comenzado a influir en algunas creaciones de la época, fundamentalmente en historias de ciencia ficción para la revista Zun-Zún (como Yeyín, por ejemplo). Ya a finales de la década, la revista Cómicos empieza a anunciar creaciones de nuevos artistas cubanos con estética manga, pero nunca llegaron a ver la luz.

Aunque la TV desplaza rápidamente al cine en estos años en la cantidad de animados que se exhiben, lo cierto es que, entre ambos, crean una expectativa en los aficionados cubanos que va en aumento, muy en consonancia con el auge internacional que va experimentando la animación japonesa en la segunda mitad de los años 80. Títulos como Tecnopolicía en acción, Fuerza 5, Único en la tierra secreta, El lago de los cisnes, Yaltus (realmente Baldios, renombrada Yaltus en el ICAIC, y que no gustó a todos, quizá porque con ese nombre muchos esperaban ver una historia similar a la de Voltus), y finalmente Locke, el superman de la galaxia, hacían esperar que las nuevas propuestas por venir en cine y TV serían cada día más, y mucho mejores.

Sin embargo, a principios de los años 90 la situación cambia abruptamente para los amantes de la animación japonesa. 

DÉCADA DE LOS 90
1991 a 1995. El boom “invisible” del anime 

Durante los años 80, el éxito continuado de los animados japoneses en Europa y Asia estimula a las compañías japonesas a la creación de producciones cada vez con mayor calidad. Películas como Nausicäa, del Valle del viento o Patlabor, y series como Mobile Suit Gundam van ganando espacios para el anime a nivel global hasta que, con el estreno de la película Akira de Katsujiro Otomo, se desata una explosión de consumo de animados japoneses a nivel internacional. Basada también en un manga, muy violenta, con escenas de una edición vertiginosa, y un final enigmático que todavía hoy da de qué hablar, Akira abre de par en par las puertas de Occidente a una industria de animación que puede hacer cualquier tipo de historia, para cualquier tipo de público, y que ya no se limita solamente al cine y la TV, sino que además ha encontrado en las producciones “directo a video” la posibilidad de saltarse las limitaciones (dígase censura, horarios, géneros temáticos establecidos) de estos dos medios. 

En Cuba, sin embargo, la caída del campo socialista europeo trae una situación económica difícil, que provoca que desaparezcan rápidamente del cine los estrenos de nuevas películas, entre ellas también los largometrajes animados japoneses. La TV queda casi como única vía para poder ver la animación japonesa —ciertamente, la más estable—, ante las frecuentes faltas de fluido eléctrico que sufre el fanático cubano en estos años. 

Caracterizada por la reposición de todas las series exhibidas en la década anterior —y manteniendo aquellos saltos de continuidad y finales en suspenso, como si fueran todavía los años 80— la TV también estrena en esta época nuevas series, como Capitán Futuro; Ángel, la niña de las flores, y Los gatos samuráis. Es sobre todo esta última, que se vio no muy alejada de su estreno en México, la que permite apreciar mejor la fuerza del anime, capaz incluso de reírse de las convenciones que ha creado, y que lo hacen tan reconocible. En efecto, rasgos característicos de las series japonesas de los 70 y los 80 como el “monstruo de la semana”, las peculiaridades histéricas de los personajes femeninos, o el papel inevitable del villano como motor impulsor del conflicto, son puestos de manifiesto una y otra vez en cada capítulo de aquellos gatos que repartían pizzas y justicia en Pequeño Tokio. También esta serie permite apreciar un progresivo abandono de los personajes con apariencia y comportamiento occidentales, apreciados en las primeras series, en favor de otros que, si bien no tienen por qué tener apariencia japonesa, sí se comportan reconociblemente como tales.

Sin embargo, a diferencia de las décadas anteriores, ya desde la primera mitad de los años 90, el amante del manga y de la animación japonesa va a tener progresivamente más acceso a materiales que no le llegan por la vía de las editoriales, el cine o la TV nacionales. El boom del manga y el anime de principios de los 90, aunque no se apreciara en los medios tradicionales, de una forma u otra, lentamente también nos iba alcanzando. 

1996 a 2000. Crisis del paternalismo televisivo 

Todavía con escasez de papel en el que publicar, y casi sin películas que exhibir en las salas deterioradas, ni las editoriales ni el cine están en esta época en condiciones de hacerse eco del fenómeno del manga y del anime.

La TV nacional, por su parte, todavía con dos canales de alcance nacional, no encuentra espacio en la programación de esta década para series como Neon Genesis Evangelion, una historia de robots pilotados por adolescentes inseguros de sí mismos, bajo la tutela de organizaciones con sus propias agendas secretas. Tampoco lo tiene para series como Dragon Ball, de corte infantil, pero con un nivel tan elevado de violencia que no se juzga apto para los más pequeños. Ni para películas como Ghost in the Shell, de Mamoru Oshii, donde preocupaciones transhumanistas alternan con un tratamiento muy gráfico del desnudo, el tecnofetichismo y actitudes sexuales nada ambiguas, que diluyen de forma incómoda para la censura televisiva la línea entre erotismo y pornografía.

Sin embargo, entre los amantes al manga (término bajo el cual ya los fans engloban animados e historietas por igual) circulan películas y series en cassetes de video, con títulos muchas veces deseados por años, como por ejemplo Mazinger, Gran Mazinger, o Los Caballeros del Zodiaco. Es precisamente esta circulación informal —también en revistas que, de forma esporádica, se traen de otros países— un aspecto que va a caracterizar la incipiente difusión del género a partir de la segunda mitad de la década de los 90. Inicialmente muy irregular, la entrada de Cuba a internet en el año 1996 acelera esta difusión y permite un acercamiento de los admiradores al fenómeno del manga cada vez menos mediado por las instituciones culturales, o por las posibilidades y gustos personales de amigos y familiares en el exterior.

Gracias a internet, y al fenómeno de la digitalización —traslado del contenido almacenado en soportes tradicionales como revistas, libros, discos de música y cintas de video hacia soportes digitales—, el aficionado cubano puede finalmente irse “poniendo al día” en lo que al manga y al anime se refiere. Al principio muy lentamente, y luego cada vez con mayor velocidad, comienzan por aparecer bandas sonoras de películas, temas musicales de openings y endings de series famosas, imágenes de personajes, scanlations de mangas, a películas y series completas ya a principios de los años 2000, que van inundando poco a poco los discos duros de aquellos que tienen computadoras y posibilitando, para comienzos de la década siguiente, la aparición de un nuevo tipo de admiradores en el país: El otaku cubano.

DEL 2001 A LA FECHA
La influencia del otaku cubano

Los aficionados al manga y al anime en la Cuba actual ya no tienen que esperar como en épocas pasadas por la aparición en cine, o TV de sus títulos favoritos. Conocedores de la obra de los principales realizadores japoneses, y seguidores entusiastas de series contemporáneas como Naruto, Hellsing, Full Metal Panic, Full Metal Alchemist, Bleach, o Death Note, entre otras, se han caracterizado en esta década por tres aspectos: 

El primero, el elevado conocimiento y consumo de animes y mangas, muchas veces con un corto tiempo desde su transmisión en Japón, fundamentalmente gracias a una comunidad internacional de fansubbers (personas que subtitulan películas y series japonesas a otros idiomas), y a una circulación muy rápida entre amigos y conocidos de materiales en formatos digitales. 

Un segundo aspecto es la divulgación de información sobre el fenómeno del manga y del anime, mediante comunidades de amigos, fanzines digitales (como Onírica, Qubit, Disparo en Red, Estronia, o La Voz de Alnader), incluso determinados programas de la TV nacional, como Ciencia y Ficción. Esta divulgación va a encontrar su máximo exponente, desde el año 2006, en el programa X-Distante, del Canal Habana de la capital. En este, un programa originalmente pensado para el verano de ese año, y que se mantuvo en pantalla gracias al reclamo de televidentes, se ha podido apreciar tanto películas como series, junto a comentarios críticos acerca de realizadores, y la historia del género en Japón. 

Y como tercer y último aspecto está la aparición de jóvenes creadores que, bajo las convenciones estéticas del manga y el anime, han comenzado a retroalimentar la vida cultural de los cubanos de la Isla. Si bien en el caso de las historietas no se ha logrado todavía concretar publicaciones de mangas, a pesar de la calidad innegable de los trabajos de los mangakas cubanos, lo cierto es que ellos se han mantenido dibujando, muchos desde finales de los 80, y esperan compartir algún día (por supuesto, lo más pronto posible) con los lectores cubanos sus creaciones. Algunos de estos mangakas han dado el salto a la animación, y desde los estudios de animación del ICRT y el ICAIC han comenzado a dar a conocer obras en las que son reconocibles las convenciones estéticas del anime, por el momento en animados fundamentalmente dedicados al público infantil, como El frijol viajero, La Gotica de Agua, Yeyín y el cazador androide, o Nené Traviesa, entre otros, y se aprecian ya producciones de animados dirigidos a adultos, como Quietud interrumpida, de Alex Rodríguez. 

En el caso de los animadores, además, se agradecen la aparición de producciones independientes, que intentan llevar adelante proyectos de animación muy personales, en ocasiones buscando fuentes de financiamiento en el exterior. El anime, como lenguaje que permite realizar animaciones visualmente atractivas, y a un costo comparativamente menor al de otras técnicas de animación, ha sido abrazado por algunos de los más jóvenes realizadores, que tienen experiencia como mangakas o como animadores en el ICAIC y el ICRT, para abrir un espacio a los cubanos en el ámbito internacional. Es el caso, por ejemplo, de Ermitis Blanco, que con el videoclip de la canción Piedra v.s. Tanque, para el grupo español Ojos de Brujo, asombró muy favorablemente a los del patio. Con un estilo dinámico, que recuerda al de Yoshiaki Kawajiri, este corto es una vívida muestra de cómo las influencias del anime han sido asimiladas por los artistas cubanos, y una promesa de lo mucho que podríamos llegar a realizar con el talento existente en nuestro país. 

Conclusiones 

Insatisfacciones, a pesar de lo mucho que se ha avanzado, por supuesto que existen. El programa X-Distante, por ejemplo, solo se puede ver en Ciudad de La Habana. Los mangakas cubanos, si no son publicados dentro de poco tiempo, corren el riesgo de perder la frescura de sus propuestas.

Pero lo cierto es que el manga y el anime llegaron para quedarse en nuestro país y tienen entre nosotros, mezclado con nuestra forma de ser, un gran futuro por delante.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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