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DÉCADA DE LOS 70
“Muñequitos japoneses”
En la década de los 70 del
pasado siglo, comienzan a
exhibirse en los cines de
nuestro país largometrajes
animados procedentes del Japón.
Las historias que narran estos
largometrajes son muy dinámicas,
con personajes interesantes y
bien diseñados, y una animación
muy efectiva. Considerados un
soplo de aire fresco en medio de
un panorama cultural que
celosamente se sobreprotege de
los productos culturales del
capitalismo (entendiendo por
ello fundamentalmente las obras
estadounidenses), pronto van a
ganarse un lugar especial en la
preferencia del público infantil
de la época. Identificados
(lógicamente) como “muñequitos
japoneses”, esta denominación de
origen muy pronto los hace muy
atractivos para el público
cubano como productos de calidad
asegurada.
Alejados tanto del realismo
socialista subyacente en los
“muñequitos rusos”, como del
happy end a ultranza de los
“muñequitos americanos” de antes
de la época revolucionaria que
se exhibían por entonces, estos
animados llamaban la atención
por sus personajes de
apariencias generalmente
occidentales, por el buen
trabajo de doblaje de actores
nacionales, y por la forma en
que podían encontrar un momento
para transmitir valores
positivos a los más pequeños,
como la solidaridad con los más
débiles y los más viejos, el
trabajo en grupo, la
perseverancia y el premio al
esfuerzo, siendo, además, muy
entretenidos.
Títulos como El imperio submarino, Las aventuras del
osito panda, El Gato con Botas
va al Oeste, La Sirenita, Jack y
la brujita, Historia de una
vieja locomotora, o El
Gato con Botas da la vuelta al
mundo en 80 días son todavía
de los más recordados de esta
época.
DÉCADA DE LOS 80
1981 a 1984. El cambio de
percepción
Sin embargo, los “muñequitos
japoneses” podían ser no solo
historias animadas para los más
pequeños.
A principios de los años 80, se
exhibe Voltus V, una
película que ha sido de las más
recordadas por varias
generaciones de las estrenadas
alguna vez en nuestros cines. La
historia del super robot de la
espada láser, defensor de la
Tierra ante la amenaza del
Imperio Barzán, prendió muy
fuerte en la imaginación de
niños, adolescentes y jóvenes,
al punto de convertirse en
objeto de culto. Los admiradores de
Voltus V de la época buscaban,
atesoraban, e incluso negociaban
e intercambiaban fotogramas
descartados de la cinta con la
imagen del robot. Lo pintaban,
lo calcaban, le mejoraban las
armas, se hacían pequeñas
historietas sobre él, se
discutían versiones alternativas
de la historia (la más común:
¿qué hubiera pasado si dos, o
mejor, tres monstruos se
hubieran enfrentado a Voltus V?).
Y por supuesto, esperaban la
segunda parte, que iba a ser
muchísimo mejor…
Tras Voltus V, se hizo habitual
cada año el estreno de
largometrajes animados japoneses
en los cines y, al igual que los
primeros largometrajes vistos en
los años 70, estas cintas
contaron con el doblaje de muy
buenos actores de la TV y el
cine nacionales. Actores como
Frank González, Pedrito Silva, o
Rudy Mora, por solo citar
algunos, aportaron con sus voces
una dimensión muy cubana a
Voltus V, El
Castillo de los falsificadores,
El pájaro de fuego;
Taro, el niño dragón;
Cyborg 009, o Las
aventuras de los ositos polares,
y ayudaron así a la
excelente acogida de las
cintas en un público que,
gracias a estos animados, ya
empezaba a ver en Japón no solo
al país de los samuráis de Kurosawa, el de los componentes
electrónicos miniaturizados
dentro de electrodomésticos Sony
o Sanyo, o el de los confiables
vehículos Hino y Honda.
Japón era también el país de una
producción seriada importante,
lo mismo en historietas
(llamadas mangas) que en series
animadas, y varios de estos
largometrajes vistos en la
década de los 80 eran
adaptaciones al cine de dicha
producción seriada, a diferencia
de los largometrajes vistos en
la década anterior. Por citar
tres ejemplos: Voltus V
era una recopilación de algunos
capítulos de una serie para TV;
El Pájaro de fuego, una
adaptación de un manga de Osamu
Tezuka, y El Castillo de los
falsificadores, de
Hayao Miyazaki, una
película hecha gracias al éxito
de una serie que, a su vez,
procedía de un manga de éxito.
1985 a 1990. Las series animadas
infantiles en TV
La TV comienza también, a
mediados de los años 80, a
exhibir series de animación
japonesa, fundamentalmente coproduciones de países europeos
con casas de animación japonesa,
con títulos como Ulises 31;
Rui, el pequeño Cid; o
Banner y Flappy, y también
series totalmente japonesas,
como La princesa caballero
o Átomo (Astro boy,
exhibida como Las aventuras
de Jet Marte).
Estas series, inicialmente
transmitidas solo durante los
meses de verano, sufrieron de
saltos de continuidad, producto
de cambios en el orden de
exhibición de sus capítulos, e
incluso algunas fueron exhibidas
de forma incompleta, como
sucedió con Ulises 31. No
obstante estas irregularidades,
fueron muy bien recibidas, y
permitieron apreciar, con mayor
detenimiento, determinadas
peculiaridades del estilo de
animación japonesa. Encuadres,
diseños, movimientos de los
personajes, empleo de
estereotipos comunes en las
tramas, son ya algunos aspectos
que comienzan a influir en
aquellos que soñaban en
convertirse algún día en
dibujantes y animadores dentro
de los marcos de su estética
favorita: la del anime.
Lamentablemente, en este período
de bonanza económica que fueron
los años 80, no se publicaron en
el país historietas provenientes
del Japón, aunque es evidente
que ya el manga había comenzado
a influir en algunas creaciones
de la época, fundamentalmente en
historias de ciencia ficción
para la revista Zun-Zún
(como Yeyín, por
ejemplo). Ya a finales de la
década, la revista Cómicos
empieza a anunciar creaciones de
nuevos artistas cubanos con
estética manga, pero nunca
llegaron a ver la luz.
Aunque la TV desplaza
rápidamente al cine en estos
años en la cantidad de animados
que se exhiben, lo cierto es
que, entre ambos, crean una
expectativa en los aficionados
cubanos que va en aumento, muy
en consonancia con el auge
internacional que va
experimentando la animación
japonesa en la segunda mitad de
los años 80. Títulos como
Tecnopolicía en acción, Fuerza
5, Único en la tierra secreta,
El lago de los cisnes, Yaltus
(realmente Baldios,
renombrada Yaltus en el
ICAIC, y que no gustó a todos,
quizá porque con ese nombre
muchos esperaban ver una
historia similar a la de
Voltus), y finalmente
Locke, el superman de la
galaxia, hacían esperar que
las nuevas propuestas por venir
en cine y TV serían cada día
más, y mucho mejores.
Sin embargo, a principios de los
años 90 la situación cambia
abruptamente para los amantes de
la animación japonesa.
DÉCADA DE LOS 90
1991 a 1995. El boom “invisible”
del anime
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Durante los años 80, el éxito
continuado de los animados
japoneses en Europa y Asia
estimula a las compañías
japonesas a la creación de
producciones cada vez con mayor
calidad. Películas como
Nausicäa, del Valle del
viento o Patlabor, y
series como Mobile Suit
Gundam van ganando
espacios para el anime a nivel
global hasta que, con el estreno
de la película Akira de
Katsujiro Otomo, se desata
una explosión de consumo de
animados japoneses a nivel
internacional. Basada también en
un manga, muy violenta, con
escenas de una edición
vertiginosa, y un final
enigmático que todavía hoy da de
qué hablar, Akira abre de
par en par las puertas de
Occidente a una industria de
animación que puede hacer
cualquier tipo de historia, para
cualquier tipo de público, y que
ya no se limita solamente al
cine y la TV, sino que además ha
encontrado en las producciones
“directo a video” la posibilidad
de saltarse las limitaciones
(dígase censura, horarios,
géneros temáticos establecidos)
de estos dos medios.
En Cuba, sin embargo, la caída
del campo socialista europeo
trae una situación económica
difícil, que provoca que
desaparezcan rápidamente del
cine los estrenos de nuevas
películas, entre ellas también
los largometrajes animados
japoneses. La TV queda casi como
única vía para poder ver la
animación japonesa —ciertamente,
la más estable—, ante las
frecuentes faltas de fluido
eléctrico que sufre el fanático
cubano en estos años.
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Caracterizada por la reposición
de todas las series exhibidas en
la década anterior —y
manteniendo aquellos saltos de
continuidad y finales en
suspenso, como si fueran todavía
los años 80— la TV también
estrena en esta época nuevas
series, como Capitán Futuro;
Ángel, la niña de las flores,
y Los gatos samuráis. Es
sobre todo esta última, que se
vio no muy alejada de su estreno
en México, la que permite
apreciar mejor la fuerza del
anime, capaz incluso de reírse
de las convenciones que ha
creado, y que lo hacen tan
reconocible. En efecto, rasgos
característicos de las series
japonesas de los 70 y los 80
como el “monstruo de la semana”,
las peculiaridades histéricas de
los personajes femeninos, o el
papel inevitable del villano
como motor impulsor del
conflicto, son puestos de
manifiesto una y otra vez en
cada capítulo de aquellos gatos
que repartían pizzas y justicia
en Pequeño Tokio. También esta
serie permite apreciar un
progresivo abandono de los
personajes con apariencia y
comportamiento occidentales,
apreciados en las primeras
series, en favor de otros que,
si bien no tienen por qué tener
apariencia japonesa, sí se
comportan reconociblemente como
tales.
Sin embargo, a diferencia de las
décadas anteriores, ya desde la
primera mitad de los años 90, el
amante del manga y de la
animación japonesa va a tener
progresivamente más acceso a
materiales que no le llegan por
la vía de las editoriales, el
cine o la TV nacionales. El boom
del manga y el anime de
principios de los 90, aunque no
se apreciara en los medios
tradicionales, de una forma u
otra, lentamente también nos iba
alcanzando.
1996 a 2000. Crisis del
paternalismo televisivo
Todavía con escasez de papel en
el que publicar, y casi sin
películas que exhibir en las
salas deterioradas, ni las
editoriales ni el cine están en
esta época en condiciones de
hacerse eco del fenómeno del
manga y del anime.
La TV nacional, por su parte,
todavía con dos canales de
alcance nacional, no encuentra
espacio en la programación de
esta década para series como
Neon Genesis Evangelion, una
historia de robots pilotados por
adolescentes inseguros de sí
mismos, bajo la tutela de
organizaciones con sus propias
agendas secretas. Tampoco lo
tiene para series como Dragon
Ball, de corte infantil,
pero con un nivel tan elevado de
violencia que no se juzga apto
para los más pequeños. Ni para
películas como Ghost in the
Shell, de Mamoru
Oshii, donde preocupaciones
transhumanistas alternan con un
tratamiento muy gráfico del
desnudo, el tecnofetichismo y
actitudes sexuales nada
ambiguas, que diluyen de forma
incómoda para la censura
televisiva la línea entre
erotismo y pornografía.
Sin embargo, entre los amantes
al manga (término bajo el cual
ya los fans engloban animados e
historietas por igual) circulan
películas y series en cassetes
de video, con títulos muchas
veces deseados por años, como
por ejemplo Mazinger,
Gran Mazinger, o Los Caballeros
del Zodiaco. Es precisamente
esta circulación informal
—también en revistas que, de
forma esporádica, se traen de
otros países— un aspecto que va
a caracterizar la incipiente
difusión del género a partir de
la segunda mitad de la década de
los 90. Inicialmente muy
irregular, la entrada de Cuba a
internet en el año 1996 acelera
esta difusión y permite un
acercamiento de los admiradores al
fenómeno del manga cada vez
menos mediado por las
instituciones culturales, o por
las posibilidades y gustos
personales de amigos y
familiares en el exterior.
Gracias a internet, y al
fenómeno de la digitalización
—traslado del contenido
almacenado en soportes
tradicionales como revistas,
libros, discos de música y
cintas de video hacia soportes
digitales—, el aficionado cubano
puede finalmente irse “poniendo
al día” en lo que al manga y al
anime se refiere. Al principio
muy lentamente, y luego cada vez
con mayor velocidad, comienzan
por aparecer bandas sonoras de
películas, temas musicales de
openings y endings de
series famosas, imágenes de
personajes, scanlations
de mangas, a películas y series
completas ya a principios de los
años 2000, que van inundando
poco a poco los discos duros de
aquellos que tienen computadoras
y posibilitando, para comienzos
de la década siguiente, la
aparición de un nuevo tipo de
admiradores en el país: El otaku
cubano.
DEL 2001 A LA FECHA
La influencia del otaku
cubano
Los aficionados al manga y al
anime en la Cuba actual ya no
tienen que esperar como en
épocas pasadas por la aparición
en cine, o TV de sus títulos
favoritos. Conocedores de la
obra de los principales
realizadores japoneses, y
seguidores entusiastas de series
contemporáneas como Naruto,
Hellsing, Full Metal Panic, Full
Metal Alchemist, Bleach, o Death
Note, entre otras, se
han caracterizado en esta década
por tres aspectos:
El primero, el elevado
conocimiento y consumo de animes
y mangas, muchas veces con un
corto tiempo desde su
transmisión en Japón,
fundamentalmente gracias a una
comunidad internacional de
fansubbers (personas que
subtitulan películas y series
japonesas a otros idiomas), y a
una circulación muy rápida entre
amigos y conocidos de materiales
en formatos digitales.
Un segundo aspecto es la
divulgación de información sobre
el fenómeno del manga y del
anime, mediante comunidades de
amigos, fanzines
digitales (como Onírica,
Qubit, Disparo en Red, Estronia,
o La Voz de Alnader),
incluso determinados programas
de la TV nacional, como Ciencia
y Ficción. Esta divulgación va a
encontrar su máximo exponente,
desde el año 2006, en el
programa X-Distante, del Canal
Habana de la capital. En este,
un programa originalmente
pensado para el verano de ese
año, y que se mantuvo en
pantalla gracias al reclamo de
televidentes, se ha podido apreciar
tanto películas como series,
junto a comentarios críticos
acerca de realizadores, y la
historia del género en Japón.
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Y como tercer y último aspecto
está la aparición de jóvenes
creadores que, bajo las
convenciones estéticas del manga
y el anime, han comenzado a
retroalimentar la vida cultural
de los cubanos de la Isla. Si
bien en el caso de las
historietas no se ha logrado
todavía concretar publicaciones
de mangas, a pesar de la calidad
innegable de los trabajos de los
mangakas cubanos, lo
cierto es que ellos se han
mantenido dibujando, muchos
desde finales de los 80, y
esperan compartir algún día (por
supuesto, lo más pronto posible)
con los lectores cubanos sus
creaciones. Algunos de estos
mangakas han dado el salto a
la animación, y desde los
estudios de animación del ICRT y
el ICAIC han comenzado a dar a
conocer obras en las que son
reconocibles las convenciones
estéticas del anime, por el
momento en animados
fundamentalmente dedicados al
público infantil, como El
frijol viajero, La Gotica de
Agua, Yeyín y el cazador
androide, o Nené Traviesa,
entre otros, y se aprecian ya
producciones de animados
dirigidos a adultos, como
Quietud interrumpida, de
Alex Rodríguez.
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En el caso de los animadores,
además, se agradecen la
aparición de producciones
independientes, que intentan
llevar adelante proyectos de
animación muy personales, en
ocasiones buscando fuentes de
financiamiento en el exterior.
El anime, como lenguaje que
permite realizar animaciones
visualmente atractivas, y a un
costo comparativamente menor al
de otras técnicas de animación,
ha sido abrazado por algunos de
los más jóvenes realizadores,
que tienen experiencia como
mangakas o como animadores
en el ICAIC y el ICRT,
para abrir un espacio a
los cubanos en el ámbito
internacional. Es el caso, por
ejemplo, de Ermitis Blanco, que
con el videoclip de la canción
Piedra v.s. Tanque,
para el grupo español Ojos de
Brujo, asombró muy
favorablemente a los del
patio. Con un estilo dinámico,
que recuerda al de Yoshiaki
Kawajiri, este corto es una
vívida muestra de cómo las
influencias del anime han sido
asimiladas por los artistas
cubanos, y una promesa de lo
mucho que podríamos llegar a
realizar con el talento
existente en nuestro país.
Conclusiones
Insatisfacciones, a pesar de lo
mucho que se ha avanzado, por
supuesto que existen. El
programa X-Distante, por
ejemplo, solo se puede
ver en Ciudad de La Habana. Los
mangakas cubanos, si no
son publicados dentro de poco
tiempo, corren el riesgo de
perder la frescura de sus
propuestas.
Pero lo cierto es que el manga y
el anime llegaron para quedarse
en nuestro país y tienen entre
nosotros, mezclado con nuestra
forma de ser, un gran futuro por
delante. |