Imaginar fue la premisa.
Diseñar, el modo de dar cuerpo a
una idea que, sin otra intención
fuera del deseo de generar
nuevos terrenos para el arte,
prometía ser un salto al vacío.
Esperando poco y deseando mucho,
un grupo heterogéneo de jóvenes
diseñadores se iniciaron en la
empresa de crear, a partir de la
estética del cómic y su cultura,
una propuesta integral en la que
confluyen la gráfica, el diseño
de vestuario y las más diversas
inquietudes artísticas.
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Resultado: Comikazes, un
proyecto colectivo que imbrica
ambas ramas del diseño (gráfico
y de vestuario) con un concepto
más bien inclusivo, que
limitante. Toda influencia,
fuente, idea —siempre sobre la
base de un criterio estudiado—
fue válida y aceptada dentro del
proceso creativo. Como especie
de “laboratorio-taller”,
Comikazes se caracterizó por
analizar colectivamente las
soluciones que iban alcanzándose
en función de cada una de las
propuestas. De hecho, se partió
de una visión dual, trabajándose
de forma conjunta el diseño de
la historieta y su vestuario
para lograr un producto único
que luego se ponía a
consideración del grupo. Bien
mirado, este modus operandi ha
sido el que más éxitos ha
cosechado en los trabajos de
grupos creativos en el campo de
la publicidad, el cine o el
teatro.
En el pasado siglo, el cómic
contó con una larga lista de
artistas gráficos que
contribuyeron a fundar una
tradición con miles de
seguidores en el mundo entero.
En Cuba, conquistó un lugar muy
especial marcando etapas
específicas dentro del devenir
cultural de la Isla,
destacándose los años 80 como el
momento de mayor auge,
distribución y producción
nacional; así como de influencia
en el desarrollo de otras
manifestaciones, por ejemplo, el
dibujo animado. Luego de unos
años 90 escasos en materiales y
ediciones, con la pérdida y
desaparición de la mayoría de
las revistas de historietas y
suplementos humorísticos, es
interesante cómo pese a que
ninguno de los 19 diseñadores
presentes en esta muestra son
historietistas de profesión,
abogan por sus códigos estéticos
y encuentran en el cómic una
motivación para su obra.
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Estos comikazes no pretenden
erigirse en la “nueva
generación” de historietistas
cubanos, con los compromisos y
reglas que esto supone, si no
apenas apuntar un espacio de
posibilidades creativas
ilimitadas. La idea de presentar
una página de historieta
magnificada (150 x 90 cm) que
funge necesariamente como
fragmento de una historia mayor
—quizá ni siquiera definida
totalmente— nos lleva a la idea
de uso del cómic como reclamo
visual, pretexto para concebir
realidades y mundos disímiles
que serán recreados y
redimensionados en la galería.
De hecho, el aspecto narrativo
no es el centro de atención,
aunque necesariamente al emplear
la estructura de página de
historieta con su secuencia de
viñetas, se presente un pequeño
relato.
Por otro lado, si bien el cómic
en sus inicios descubrió y se
focalizó hacia un potencial
público infantil y juvenil de
gran importancia para su
instauración y permanencia,
actualmente existe todo un
mercado y circulación dirigida a
un consumidor adulto con
intereses a la vez que diversos
muy específicos. Comikazes se
orienta hacia este último, aun
cuando es posible rastrear en
algunos de los trabajos la
influencia de la memoria
individual y la niñez como
referencia (“4y20”, de Erick
Silva/Roberto Ramos /Karen
Rivero).
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La pluralidad de temáticas
presentes en Comikazes abarca
también el plano formal: desde
el empleo de la tipografía hasta
la influencia (consciente o no)
de corrientes pictóricas como el
neoexpresionismo o la
neofiguración latinoamericana.
Igualmente, la impronta de la
estética de la ilustración y el
humor, hasta cierto punto
corrosivo, es más acentuada en
algunos (“Los animales”, de
Gustavo Gavilondo/Lauren
Fajardo, o “Asilum”, de Nelson
Ponce/Roberto Ramos); así como
la caricatura y lo grotesco en
otros (“Circus”, de Edel
Rodríguez/Lizandra Ramos, o la
propuesta de Juan Carlos Polo/Lauren
Fajardo/Alexis Polanco).
Es interesante percibir también
planteos de tipo filosófico en
el dueto Carlos Mondeja/Yalí
Romagoza o en “El rojo y el
gris”, de Raúl Valdés/Anayce
Figueroa/Yandi Morgado.
Asimismo, encontrar reflexiones
acerca del poder de la moda y su
relación con la identidad
(Standard, de Giselle
Monzón/Karen Rivero),
conviviendo con experimentos que
no cabrían dentro del concepto
tradicional de cómic y expanden
sus límites ya sea desde el uso
del lenguaje tipográfico como
tema (Daniel Díaz/Raquel Janero)
o del cuerpo como
portador/productor de una
historia (Papiroflexia, de
Michelle Miyares/Alexis
Polanco).
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Sin duda, Comikazes es un
proyecto inclasificable, que se
aleja de fórmulas y categorías
a priori. No solo porque
haga uso del cómic
norteamericano y
latinoamericano, del manga
japonés y la historieta cubana
como tradiciones de referencia,
o que en el plano del vestuario
el espectro transite del
minimal o la estética punk,
a la apariencia naif
("hecho en casa") o incluso
futurista; sino porque echa mano
a todo elemento, técnica y
concepto sin complejos ni culpa.
En una palabra, la libertad de
desarrollar una idea hasta sus
últimas consecuencias. Se trata
de recrear la atmósfera
reflejada en el cómic en el
espacio de la galería para que
el lector/espectador participe
directamente de la acción que se
presenta. De esta forma,
Comikazes lleva al cómic y su
estética a una nueva dimensión,
diríamos espacial o
escenográfica, casi teatral, que
trae a la vida lo más cercano o
lejano, real o irreal con el
mismo encanto y misterio que
produce aún el cine o la música.
Si diseñar es prever, definir y
proyectar en función de
comunicar ideas de la manera más
eficaz posible, Comikazes es
también eso, pero sobre todo un
divertimento que, liberado del
encargo usual en todo trabajo de
diseño, encuentra la
espontaneidad y el espíritu de
una generación, un contexto, una
época: Cuba, siglo XXI. |