|
Compañero Rector:
Compañeras y compañeros:
Suponía que Roberto en sus
palabras, que tanto me honran y
agradezco, evocaría a Margarita.
Para ella debe ser el homenaje.
En materia de títulos la vida me
ha enseñado a ser prudente.
Ostentaba el muy desmesurado de
Embajador Extraordinario y
Plenipotenciario y Representante
Permanente de Cuba ante la
Organización de las Naciones
Unidas cuando hace ya un cierto
número de años visité la ciudad
de San Francisco con un séquito
formado por mi esposa, nuestra
hija y su abuelita. Participamos
allí en varias reuniones que una
amiga californiana registró con
su grabadora. Algún tiempo
después revisando su oficina con
otras compañeras dieron con la
voz de alguien que ninguna
acertaba a identificar. Estaban
a punto de abandonar la pesquisa
cuando la pequeña hija de mi
amiga, que entonces apenas sabía
hablar, afirmó resuelta: “yo sé
quién es, es el esposo de
Margarita”.
Acudí a ella cuando supe que la
Universidad de La Habana se
proponía concederme este
inmerecido honor. Durante medio
siglo compartimos muchas cosas,
y siempre le consulté cualquier
decisión importante y para mí
esta reunión y las palabras que
debo pronunciar ciertamente lo
son.
Sin la menor vacilación me dijo
lo que yo esperaba: “dedícaselo
a Magistra”. Para nosotros
Vicentina Antuña será siempre
brújula exacta, maestra y
compañera al mismo tiempo,
fuente inagotable de sabiduría,
ejemplo superior de fidelidad a
la Patria y a esta Universidad
por las que sacrificó todo con
su dignidad y su modestia de
verdadera heroína. Aunque para
Vicentina cualquier tributo será
siempre insuficiente le ofrezco
este también si vacilar.
Debo decir, sin embargo, que en
tiempos más felices habríamos
ido a casa de Magistra en busca
de consejo. Imagino su sonrisa
leve mientras me dice:
“dedícaselo a Margarita”.
Con ambas, pues, he meditado
mucho tratando de descifrar el
sentido de esta ceremonia.
¿En qué consiste el mérito aquí
mencionado? ¿A quién o a quiénes
pertenece?
Roberto Alarcón Mena es un
perfecto desconocido para casi
todos ustedes. Hijo de
inmigrantes andaluces pobres, su
vida fue demasiado breve y solo
conoció el trabajo desde la
infancia. Para él no hubo
escuela ni maestros pero no
recuerdo afán por la cultura
semejante al suyo y no olvidaré
su obsesión porque los hijos
estudiasen. Aun conservo algunos
libros que fueron su único
legado: uno, de lectura difícil
sobre filosofía del derecho,
otro, un interesante manual de
mitología griega y romana y un
enjundioso estudio sobre el
pensamiento presocrático, para
mencionar solo tres, cada uno
subrayado y anotado por mi
padre.
Con tales lecturas supondrán
ustedes que a la hora de
ingresar a la Universidad
matricularía, como lo hice, en
la Escuela de Derecho y en la
que entonces se llamaba de
Filosofía y Letras en la que
finalmente me gradué. Entré a la
Colina por primera vez guiado
por José Garcerán de Valls y
Vera, para mí Pepe, quien ya era
alumno de esta ilustre Casa.
Juntos habíamos aprendido a
jugar y a soñar en aquellos
parques que siempre acompañan a
todo viboreño bien nacido. En
aquel entorno nos iniciamos
también en las faenas
conspirativas, él de jefe, yo su
ayudante.
Un día como hoy, hace
exactamente 50 años, se fundó el
frente guerrillero de La Habana
Ángel Almeijeiras y Pepe lo
dirigió hasta caer en combate el
17 de diciembre cuando estaba ya
tan cerca la victoria
revolucionaria y faltaban diez
días para que naciera su hija.
Años después Margarita daría a
luz la nuestra otro 27 de
diciembre.
Con Pepe siempre regresa
Fructuoso Rodríguez Pérez. Los
dos vienen conmigo cada vez que
llego al Aula Magna desde el
edificio del Rectorado
atravesando la plaza y el umbral
de la biblioteca que acogieron
muchas veces el encuentro de
tres amigos verdaderos.
La Víbora, otra vez. La casa de
Pepe en la calle D’Strampes
donde Fructuoso encontró refugio
poco después del asalto a
Palacio. Allí, en la penumbra,
sin hacer ruido, discutíamos
cómo continuar la lucha contra
la dictadura y hablábamos
también de lo que pasaba en el
mundo y del libro y la canción
más recientes y de nuestras
compañeras, y soñábamos un
futuro que, pese a todo, nos
creíamos capaces de alcanzar.
Una noche Fructuoso se fue a
otro escondite con sus
compañeros del Directorio. Nos
separamos con la promesa de otro
encuentro para acordar nuevas
acciones en los centros de
enseñanza.
Poco tiempo después, en la
mañana del 20 de abril, Pepe me
dijo con alegría que al día
siguiente nos volveríamos a
reunir con Fructuoso. Obviamente
nunca más nos encontramos los
tres. Todavía veo el asombro de
Garcerán, aquella noche, en el
barrio, en el velorio de mi
padre, cuando perdí al mismo
tiempo a un hermano entrañable y
a mi primer maestro.
Debo evocar también a Gerardo
Abreu Fontán. Luchar bajo sus
órdenes fue para mí y para
muchos la mejor escuela. Aquel
joven negro nació en la mayor
pobreza, tampoco pudo concluir
la enseñanza primaria pero se
alzó, vencedor del racismo y la
miseria, hasta convertirse en
jefe indiscutido de la mayor
organización revolucionaria de
los jóvenes de la capital. El
artista de más fina sensibilidad
de mi generación, su vida entera
hasta la muerte heroica queda
como su más perfecta,
inimitable, creación.
A estas alturas creo haber
dilucidado ya la cuestión del
mérito. Pertenece por entero a
las mujeres y los hombres que he
nombrado y a muchas y muchos
otros que ellos representan.
El mío, si alguno, es haber
resistido tercamente al olvido.
Escaso mérito, en verdad, pues
ellas y ellos me acompañan
siempre, juntos seguimos
compartiendo sueños y desvelos.
¿Cómo olvidarlos si nunca me han
abandonado en las largas noches
de insomnio? Si ellas y ellos
aman más allá de la muerte,
¿cómo no seguir amándolos y
hacer de ese amor la fuerza para
seguir adelante?
Créanme que no practico un culto
insensato a la nostalgia.
Tampoco se trata solamente de
honrar a nuestros mártires y
héroes cuya memoria, nosotros,
los sobrevivientes, tenemos el
deber sagrado de preservar y
cultivar para que no solo sea
nuestra, sino que se vuelva
patrimonio de los más jóvenes y
de las generaciones que habrán
de sucederles. Después de todo
fue por ellos, sobre todo por
ellos, por los que aun no habían
nacido y por los que vendrían
después, que entregaron sus
vidas los combatientes que ya no
están con nosotros. Así ha sido,
una generación tras otra, con
admirable coherencia, a lo largo
de la ruta que emprendimos el 10
de octubre de 1868. Rescatar esa
memoria, mantenerla viva, hacer
que todos la hagan suya, que se
alimenten de ella, no es, ni
debe ser, quimera de veteranos.
Es, tiene que ser, sustento para
los empeños de hoy y de mañana,
sólido cimiento de la batalla de
ideas.
Afirmo con Cintio Vitier: “en la
hora actual de Cuba sabemos que
nuestra verdadera fortaleza está
en asumir nuestra historia”.
Se trata de una cuestión vital
de la cual depende nada más y
nada menos que la existencia de
una nación que ha vivido siempre
bajo la amenaza y el peligro.
Asumir nuestra historia reclama,
ante todo, conocerla y más aún
comprenderla. Ser conscientes de
que nacimos como pueblo y nos
forjamos en la lucha por la
justicia, la libertad y la
igualdad y que en todo momento,
antes de nuestro glorioso
octubre hasta el día de hoy,
hemos tenido que resistir frente
a quienes niegan nuestro derecho
a la independencia y nos ven
como a una presa que pueden
dominar fácilmente.
Asumir nuestra historia exige
mucho más. Significa garantizar
su continuidad, asegurar que las
virtudes fundadoras de la Patria
se reproduzcan en la conciencia
de todos y cada uno de sus
hijos, implica desarrollar a
fondo eso que llamamos formación
de valores. Esta tarea no puede
encerrarse en la repetición de
consignas o en el cumplimiento
mecánico de ciertos rituales. Es
algo que solo será eficaz si se
realiza a la manera que quería
Mella desde la libertad de la
conciencia de hombres capaces de
pensar por sí mismos, creadores
no imitadores. Esa será siempre
la principal misión de esta
Universidad y del movimiento
estudiantil que fundó Julio
Antonio.
Su propósito debe ser convertir
en norma de conducta colectiva
la eticidad creadora de nuestra
nación, hilo conductor de toda
su historia y fundamento de su
cultura. Esa eticidad consiste
en el altruismo y la
solidaridad, nutrientes de la
voluntad de lucha que ha llevado
a los cubanos a afrontar las
peores circunstancias y a
hacerlo con optimismo,
convencidos de que ningún
sacrificio sería en vano, que
vendrían otros a continuar la
marcha.
Así caímos para levantarnos una
y otra vez. En San Lorenzo, en
Dos Ríos, en San Pedro, en las
montañas y en la clandestinidad;
con esa fuerza soportaron muchos
las más crueles torturas y
supieron morir sin traicionar;
con ella nuestro pueblo se
empina y resiste el bloqueo
genocida y enfrenta los golpes
más duros de la naturaleza; es
la ética que hace invencibles a
nuestros Cinco hermanos quienes
cumplen ya más de diez años
secuestrados en cárceles
norteamericanas.
Cuando se produjo el golpe de
Estado en 1952 el imperialismo
norteamericano estaba en el
punto más alto de su poderío
económico, político y militar,
era el amo indiscutido en todo
el continente americano,
dominaba el Japón y Europa
Occidental y ejercía una
influencia avasalladora sobre
todo el planeta con excepción de
la Unión Soviética, a la que
bloqueaba y asediaba para
hacerle aun más difícil
recuperarse de los colosales
daños sufridos durante la
Segunda Guerra Mundial. El
régimen instaurado el 10 de
marzo fue su instrumento más
servil y con él Cuba cayó en un
abismo de tiranía y corrupción
que presagiaba su disolución
irremediable.
El desafío que tuvo ante sí la
generación de Fidel Castro y
José Antonio Echeverría parecía
un imposible.
Frente a ella no estaban
solamente los verdugos y
torturadores del batistato.
Estaba sobre todo el imperio más
poderoso, que entonces era más
poderoso que nunca y financió,
armó, entrenó y dirigió al
tirano, y a sus secuaces y
asesinos, les dio todo su apoyo
político, militar, económico y
propagandístico.
La lucha fue dura, muy dura y
muy difícil. Pero, permítanme
decirlo, pues lo hago en nombre
de quienes ya no pueden hacerlo,
esa generación cumplió con su
deber histórico.
En enero de 1959 derrocamos a la
tiranía y al mismo tiempo dimos
un golpe estratégico, de
trascendencia histórica, al
imperialismo norteamericano.
No intentaré describir lo
ocurrido desde ese instante
luminoso. Solo diré que ha sido
grande, hermosa, justiciera, la
obra de la Revolución desde que
alcanzamos el triunfo. Y que esa
obra la construimos con amor y
estoicismo. Con mucho amor y
mucho sacrificio.
Vino después la caída de la
Unión Soviética y con ella las
leyes y planes con los que el
imperio intensificó el genocidio
y creyó aniquilar a una Cuba
abandonada y acosada.
Sin embargo, hemos llegado hasta
aquí. Nos acercamos al
aniversario 50 de la victoria en
un mundo que ha cambiado con
sorprendente rapidez. Ya nadie
recuerda el discurso
triunfalista de quienes hace
menos de 20 años se imaginaban
capaces de imponer eternamente
la dictadura del capitalismo
salvaje. Hoy es evidente la
bancarrota del dogma neoliberal.
América Latina vive una época
nueva. Avanzan proyectos
transformadores, movidos algunos
por ideales socialistas de
diversa inspiración, impulsados
por fuerzas sociales que ahora
despliegan un nuevo
protagonismo. Se consolida la
independencia y la unión de
nuestros pueblos que empiezan a
hacer realidad viejas utopías.
Nada de eso existiría sin la
Revolución Cubana, sin los
sacrificios de las mujeres y los
hombres que la hicieron posible,
sin la resistencia heroica y
abnegada de nuestro pueblo
durante medio siglo.
Lo reconocen en esa América
Latina renacida, quienes desde
perspectivas múltiples nos
manifiestan respeto y
solidaridad. Lo saben nuestros
enemigos, que aún retienen el
mayor poder económico y militar
y aguardan la hora de la
venganza.
Cuba no ha sido espectadora
pasiva sino actora principal, su
lucha animó a millones en todo
el planeta y lo sigue haciendo.
Si hoy pueden muchos proclamar
que otro mundo mejor es posible
es, entre otras causas, porque
fuimos capaces de hacer posible
una Cuba mejor,
incomparablemente mejor y lo
hicimos solos, sin la ayuda de
nadie.
Pero no nos hagamos ilusiones.
La lucha continúa. Quizá en el
futuro sea aun más compleja y
demande mayor rigor y
profundidad en el examen de una
realidad cambiante en la que no
faltan trampas que precisa
eludir con la ciencia y la
conciencia de quien no cesa de
predicar desde esta Aula Magna
(señalando al monumento a Félix
Varela). Desarrollemos
plenamente la capacidad de
pensar por nosotros mismos,
porque los poderosos emplean los
recursos inagotables de su
industria cultural para engañar,
embrutecer y banalizar. Nuestra
Universidad puede y debe
hacerlo.
Tenemos una fortaleza
inexpugnable: nuestra historia.
Esa que debemos asumir porque en
ella está la suma del verdadero
mérito.
Palabras de agradecimiento por
la entrega del Título de
Profesor de Mérito de la
Universidad de la Habana.
Noviembre 19 de 2008. |