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Entre las temáticas más
extendidas en la literatura
secuencial cubana, la historia,
la cultura y las tradiciones de
una nación han predominado en
todas las épocas, por sobre
otras más próximas en el espacio
y en el tiempo... Hablamos,
naturalmente, de Japón.
Se han realizado sobre este
país: una serie de tiras
cómicas, cuatro historietas
monotemáticas, siete series de
historietas de continuidad, dos
seriales de historietas, tres
novelas gráficas y un libro de
historietas didácticas. Además,
han incursionado ocasionalmente
en este tema varias de las
figuras más populares del cómic
cubano, como veremos más
adelante.
Desde finales del siglo XIX esta
nación asiática atrajo la
atención de los dibujantes e
ilustradores cubanos. El triunfo
del imperio nipón en la guerra
con la Rusia zarista, en 1905,
lo mismo que la preocupación
despertada por el así llamado
“peligro amarillo” entre voceros
de la política norteamericana,
dieron tema a caricaturistas
como Torriente para crear
chistes gráficos como uno, de
1906, donde aparecía el Partido
Moderado (Conservador) afirmando
en verso que si el Tío Sam no le
daba el apoyo que pedía:
—“¡Me aliaré a los japoneses!”
A partir de 1916 comenzó a
publicarse en la revista
Bohemia “Pepito y Rocamora”,
llamado también “Aventuras de
Rocamora” y “Buscando oficio a
Pepito”, del dibujante Pedro
Valer, que firmaba Peter Relav.
Era una trama de humor blanco,
primitivamente realizada, sobre
las aventuras de un joven de
familia acomodada y caucásica,
Pepito y de su colega, el negro
Rocamora, que incluye un viaje a
Japón.
En el año 1925 apareció en el
Diario de la Marina una
serie de historietas de
continuidad de Portell Vilá
tituladas “Lipidia Tripita y Co.”
con una trama de humor blanco,
con ciertos tópicos racistas,
muy propios de esta publicación,
sobre las relaciones de un
japonés Lipidia Tripita y un
negro cubano de viaje por el
Oriente, con el expresivo nombre
de Lustre.
La visita a Cuba, en los años
20, del artista japonés Foujita,
despertó gran interés y fue
recogida en una caricatura de
Abela, el creador de “El Bobo”.
En los años de la Segunda Guerra
Mundial historietistas como Mike
Cárdenas, explotaron la imagen
que del “villano” japonés, como
enemigo, estaban dando el cine y
la historieta norteamericanos,
en obras como “Corresponsal de
guerra”.
La cultura visual japonesa entró
por la pantalla grande
Aunque el cine llegó a Japón
desde 1896, con las primeras
demostraciones de los sistemas
Lumière y Edison, y se han
realizado filmes allí a partir
de 1904, lo cierto es que la
producción fílmica de este país
era materialmente desconocida en
Cuba —lo mismo que en el resto
de América Latina— hasta los
años 50 del pasado siglo. En
esta media centuria, el cinema
nipón se había orientado en dos
direcciones: los Kindai-geki,
estudios realistas del
occidentalizado Japón moderno, y
los Jidai-geki, espectáculos
históricos de exaltación
patriótica, orientados a
preservar y exaltar la cultura,
pero también a exaltar la
agresividad imperialista.
Mientras sus ejércitos se
lanzaban a la conquista de Asia
y el Pacífico, los amos de la
industria japonesa habían
intentado —y, en cierta medida,
conseguido— ganar la audiencia
en las zonas ocupadas de China,
Manchuria, Indochina y Corea,
donde lograron competir
exitosamente con europeos y
norteamericanos con un volumen
de producción que llegó a
oscilar entre 700 y 800 filmes
anuales. Como muchos productos
Made in Japan de esta
época, se trataba en muchos
casos de baratas imitaciones de
romances de alcoba al estilo
francés; filmes musicales,
policíacos y de acción al (peor)
estilo de Norteamérica y dramas
neorrealistas a la moda
italiana. Cuba “disfrutaba” de
todos estos productos en su
versión original y no necesitaba
sucedáneos.
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La llegada del cine nipón a las
pantallas cubanas se produjo, si
no por la puerta grande, al
menos por la de un clásico de
todos los tiempos: Rashomón,
realizado en 1950 por Akira
Kurosawa. Esta historia de
“crimen, de violencia y artería,
de fragilidad y mentira, de
furia y pavor, de violencia y
pasmo” —como la llamó el crítico
y padre del Cine-Club cubano,
José Manuel Valdés Rodríguez—
fue estrenada aquí en 1952, tras
ganar el Gran Premio en el
Festival de Venecia de 1951 y
fue, materialmente, una bomba de
tiempo para los realizadores
criollos... y para el público en
general que, pese a la
monumental “C” con la cual la
agració la católica Guía
Cinematográfica, acudió en masa
al cine a ver una violación sin
cortes ni puntos suspensivos
que, además, veíamos una y otra
vez desde el punto de vista de
sus tres protagonistas
principales. Tal fue el impacto
de esta historia que en los años
60 se pusieron de moda los
docudramas donde se analizaba la
noticia desde distintos ángulos
y más recientemente un productor
de televisión realizó un
“Rashomon a la criolla”,
titulado “Cuentos de camino”.
Tres años más tarde, en 1955, se
produjo un nuevo estreno
destacable: Hiroshima, de
Hideo Sekigawa, un magistral
docudrama producido por la
Asociación de Maestros, en las
mismas barbas de los ocupantes
yanquis. Este ballet macabro
recibió un cauto “A-3” (apto
para mayores solamente) de los
censores católicos, pero fue
calurosamente elogiado por un
crítico que en aquella época
firmaba Caín.
En el bienio 1956-1957 no se
produjeron nuevos estrenos pese
a haberse iniciado triunfalmente
la 2ª edad de oro del Jidai-geki,
con filmes como Ugetzu,
de 1953; Los siete samuráis,
de 1954 —probablemente, la
película más mal plagiada de
toda la historia de la
cinematografía—, y La puerta
del infierno, de ese mismo
año, donde aparecía el primer
“monstruo sagrado” del cine
oriental, el actor Toshiro
Mifune o, por mejor decir,
Mifune Toshiro. La película
obtuvo la Palma de Oro en
Cannes, el Oscar de 1954 a Mejor
Filme Extranjero, a Vestuario y
al empleo del Color.
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En la temporada 1957-1958, en
cambio, se produjeron dos
estrenos, por desgracia de
coproducciones mediocrísimas:
Tifón en Nagazaki, un
lamentable bodrio de amor y
aventuras de factura francesa,
que pasó sin pena ni gloria; y
la primera versión de
Godzilla, rey de los monstruos,
de Terry Morse e Ishiro Honda,
con fotografía del genial
Gabriel Figueroa. Esta última,
en cambio, abrió el camino a una
de las sagas más ambiciosas de
la historia del cine y
familiarizó al público cubano
con el cine fantástico de esas
latitudes... pese a lo cual la
crítica católica, con la
amplitud de visión que la
caracterizaba, la llamó: “la
repetición japonesa de El
fantasma de las 10 000 leguas”.
En 1959 el crítico Walfrido
Piñera dedicó a esta
cinematografía —con la rusa y la
sueca— un artículo titulado
“Cine de lejanas tierras”. El
triunfo de la Revolución generó,
por un lado, la liberación de la
pantalla cubana, grande y chica,
del virtual monopolio que
ejercía el cine norteamericano
sobre nuestra distribución y
audiencia (en 1955, de 506
estrenos, 248 provenían de
Hollywood, para un 49 %; en 1956
fueron 265 de 521, para algo más
de un 50%, en la temporada
1957-8 248 de 509), y entre las
ofertas cinematográficas que
tomaron su lugar estuvo la
japonesa, entonces en pleno
florecimiento.
Si de samuráis se trata...
Samurái,
realizada en 1955 por el
director Hiroshi Inagaki, nos
llegó bien entrados los años 60
con el prestigio de ser el
tercer filme de esa nación en
recibir un Oscar y ser la
primera película que mostraba al
público cubano las hazañas,
idiosincrasia y costumbres de
estos caballeros errantes del
Japón feudal. Una brillante
recreación del Macbeth
shakespereano: El trono de
sangre, realizado por el
versátil Akira Kurosawa en 1957,
nos enseñó un nuevo sentido
visual de la palabra violencia.
Piezas como La fortaleza
escondida, de 1958, y
Yojimbo, de 1961, en cambio,
nos pusieron de manifiesto que
con este lenguaje no solo podía
hacerse tragedia, sino también
comedia de la mejor.
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Tal vez porque se trataba de un
tema bastante manido (la leyenda
sobre la venganza de los 47
ronin, tan cara al cine, el
manga y el anime)
Chushingura, de 1962, no fue
estrenada en Cuba, aunque sí lo
fue otro clásico: Sanjuro el
camelias (Tsubaki Sanjuro),
lo mismo que buena parte de las
entregas de la genial saga del
actor Shintaro Katzu sobre el
masajista, esgrimista y,
ocasionalmente, cegato tahúr
Zato-Ichi que, iniciada ese año,
habría de frecuentar las
pantallas cubanas, grandes y
chicas, durante más de tres
décadas, a caballo entre la
acción y el humor. Más tarde,
incluso, le surgió una
contraparte femenina, la
cieguita Oichi.
El año 1964 nos trajo el inicio
de otra brillante serie:
Tange Sazen, de Seiichiro
Uchikawa, interpretada por
Tetsuro Tamba, y una obra
maestra de fantasía y color:
El pirata samurái (Daitozoku),
de Senkichi Taniguchi, llena de
magistrales escenas de acción en
agua, tierra y aire (sí, aire he
dicho, pues el pirata Sukezaemón,
alias Luzón, interpretado por
Toshiro Mifune, asalta el
palacio montado en un monumental
papalote)... y de primeros
planos de la bruja más fea e
impresionante de toda la
historia del cine.
En estos años aparecieron otros
hitos y mitos de la cultura y la
tradición visual japonesas como
los ninjas, sombríos guerreros
del lado oscuro — antes que se
popularizase ese término—, las
artes marciales en la primera
versión de La leyenda del
judo (Shanshiro Sugata), y
los horrores del Bushido, el
rígido código de honor samurái
en tragedias como Hara-Kiri
(1962), de Masaki Koyabashi.
La ciencia ficción, al estilo
japonés, fue otra agradable
variante de los platillos
volantes, insectos fuera de
talla y monstruos viscosos al
estilo yanqui que habían sido la
dieta habitual de las pantallas
grandes y chicas en la década
del 50. Gorath, (1962) de
Iroshino Honda, nos mostró una
nueva forma de narrar.
Atragon, (1963) de este
mismo creador, nos llegó con
retraso y en video, pero inspiró
un clásico de la animación:
El imperio submarino.
Godzilla contra la cosa,
de 1964, abrió (o reabrió) una
de las sagas más persistentes de
la filmografía universal, que ya
va por su vigésimo quinta
entrega, destacada por sus
luchas contra el monstruo marino,
de 1966, su Venganza, de
1969, sus aventuras en la Isla
de los monstruos, de 1972 así
como sus encuentros con el
monstruo cósmico, en 1974 y con
Megalon en 1976. En 1985, 1998 y
1999 se le han realizado otros
tantos remakes y en 2001
apareció Godzilla Mothra King
Ghidorah, por lo que a esta
serie, que va acompañada de
animes y seriales de
televisión, aún le queda
bastante cuerda, al parecer.
Otro momento inolvidable en
estos años fue Latitude Zero,
del veterano Ishiro Honda, cuyo
estreno en 1969 fue una
atracción solo comparable a la
primera parte de El Padrino
o a las entregas de la trilogía
de Fantomas.
Animándonos con el anime
En la década del 1970 comenzaron
a inundar el mercado
internacional y, por
consiguiente, el cubano, una
serie de producciones realizadas
en Japón que supusieron una gran
novedad tanto desde el punto de
vista técnico, como estilístico,
con una forma de mostrar el sexo
y la violencia totalmente
desconocidas hasta el momento en
la industria occidental .
En los años 60 nos había llegado
la insumergible saga de El
Gato con botas, realizada en
el más puro estilo Disney, a la
cual siguieron El pequeño
príncipe del Sol (también
conocida con los títulos: La
espada del sol y La
leyenda de Horus), El
imperio submarino,
Historia de una vieja
locomotora, La isla del
tesoro, Jack y la brujita, Jack
y los frijoles mágicos y
La sirenita.
A pesar de no ser el primero
estrenado en Cuba,
indiscutiblemente el boom del
anime nos fue traído por cinco
naves espaciales. Originalmente
una serie de televisión,
Voltus V, fue editada y
convertida en el filme que vimos
en los cines. La aceptación de
niños y no tan niños fue todo un
suceso, me atrevo a decir,
irrepetible hasta hoy. Es cierto
que se trata de la clásica
historia del robot gigantesco
que defiende a la Tierra de los
ataques extraterrestres. El tema
ha sido explotado hasta la
saciedad por los nipones a lo
largo de incontables
producciones animadas. Expertos
lo consideran punta de lanza en
la expansión del manganime
hacia occidente, además de
reconocer que todas las series
que han aportado un cambio
cualitativo a la trayectoria del
anime pertenecen a este
género.
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En 1972 llegó Mazinger Z,
una serie protagonizada por
robots que inició a los niños en
la cultura tecnológica nipona;
en 1974 Heidi, un
melodrama infantil producido a
12 imágenes por segundo, y en
1988 Akira, una
revolución que inundó las
pantallas de todo el mundo. En
Cuba se recuerda la proyección
en los cines de filmes como
Cyborg 009, El pájaro de fuego
(Hi no tori, en su
versión original), la saga de
Doraemon, el gato robot,
Nuevas aventuras de Lupín III,
Technopolicía en acción, Yaltus,
etcétera. También de factura
japonesa son La princesa
Mononoke (1997) y la serie
iniciada con Pokemon: la
película (1999, estrenada en
Cuba con el título Pokemon).
En la pequeña pantalla reinó un
tiempo las entregas de un
pequeño clásico: la andrógina
(o, por lo menos, travesti)
“Princesa Caballero”, de Tezamu
Okeda, lo mismo que series como
“Mazinger”, “Fuerza 5” (Saiyuki),
“Nave espacial” (Yamato),
y hace poco tuvimos, por fin, la
serie original “Voltus V”… y
muchas otras.
Samuráis en el platanal de
Bartolo
Esta verdadera moda llevó a
muchos creadores cubanos de
historietas —y alguno que otro
de animados— a crear su propia
versión del género, una especie
de “bushido a la
criolla”. Por el otro lado,
algunos de los personajes
favoritos de la historieta
cubana han surgido o tuvieron
aventuras en Japón. A
continuación se muestran algunas
de las diferentes
manifestaciones en obras como:
·
“El barquero samurái”.
Historieta monotemática, de Luis
Ruiz.
·
“La batalla naval de Tsushima”.
Historieta monotemática de Mario
Ponce, con guión de Martha Cruz.
·
“Kashibashi” (o, “Las aventuras
de kashibashi”) de Juan Padrón,
quien dibujó este niño samurái.
·
Elpidio Valdés contra los ninjas.
Serie de historietas de
continuidad de Juan Padrón (aún
con la firma Padroncito). Aquí
el famoso coronel Elpidio Valdés
aparece en una aventura con
Kashibashi.
·
“Holmos”, de Alben y Evora, en
sus aventuras “Contra los
malvados ninjas” y en “La saga
del sable harakiri”.
·
Kinké,
una serie de tiras cómicas de
Nelson.
·
Kombey el samurái.
Serial de Luis Lorenzo (y otros
autores), publicado, al
principio, en la revista
¡Aventuras! y, más tarde, en
Cómicos.
·
Ronin, el samurái errante.
Serial de historietas de
continuidad de Luis Lorenzo.
·
Los siete samuráis del 70,
libro de historietas de Blanco,
con guión de Betán, coloreado
por José Testón y con diseño de
Toscano.
·
“La venganza de Ichi” (v).
Historieta monotemática de
Panchito.
·
Yuriyaku,
de Mario Ponce. Novela gráfica,
con guión de Fidel Morales Vega.
¿Qué favoreció esta
preponderancia del tema japonés?
En primer término, una
coincidencia temporal: la de las
“Edades de oro” del cine nipón
de capa y espada, y la de la
historieta en Cuba. En segundo,
un elemento político: en un
momento en que temas como el
cine negro y el del Oeste
estaban en el punto rojo del
colimador de los críticos
criollos (¿recuerdan aquella
época en que se censuraban las
películas donde aparecían indios
y se llegó a exhibir obras como
La vuelta al mundo en 80 días
con la parte del ataque comanche
cortado?) samuráis, ninjas y
judokas ofrecían un marco y un
tema ideológicamente inofensivo
y visualmente atractivo para
trabajar.
En tercero, la misma popularidad
del asunto entre la juventud
hacía de este un tema
singularmente apto para la
parodia, el pastiche y el humor
en general. Kashibashi, con su
cara de niño, hacía burla de las
perennes limitaciones materiales
criollas cargando como un loco
contra el enemigo y al ser
criticado por esto en una
reunión (¿¡!?) respondía muy
serio: “Bueno, pues me dan más
flechas, porque tengo solo una y
cuando la tiro tengo que ir a
buscarla”; Tonga-Sazen, el héroe
de Los siete samuráis del 70,
de Blanco, empleaba los lemas y
personajes del cine japonés de
acción para transmitir los
principios de la eficiencia
azucarera, en capítulos cuyos
títulos remedan los de los
clásicos de la cinematografía
nipona: “Misión concreta” (de la
película Misión secreta),
“El bravo” (del filme homónimo,
de Toshiro Mifune), “Rashomona”
(del clásico filme japonés
Rashomon y también del vals
de la película Ramona,
muy popular en todas las
épocas), “Carretero Chichi en el
camino” (de Masajista Ichi en
el camino, un filme de
Shintaru Katzu de la serie Zato-Ichi),
etcétera.
La onomástica japonesa era
también fuente de chistes sin
fin. En Los siete samuráis,
ya citados Tonga Sazen (v), que
persigue a su adversario el
ladrón de azúcar, llamado allí
Tekita Suquita, por órdenes del
Magistrado Sakarosa. Los siete
samuráis son el cortador de caña
Pakito Mochita, el operador de
alzadora Tesube Tonga, el
carretero Chichi, el mecánico de
grúa Michucho Gruita (con su
ayudante Periko Jaiba), el
pesador Panchiro Supesa, el
empleado del basculador Tanden
Kemuele, el responsable del
centro de acopio Yohakopio Kaña
y con su ayudante Rashomona.
Otro tanto ocurre en Elpidio
Valdés contra los ninjas, de
Juan Padrón, donde uno de los
personajes lleva el antiestético
nombre de Kuko Karaebashe; en
los “Ninjas” Pepishiro Matraca y
Kukio Tareco, creados por José
Luis y en el logotipo mismo del
suplemento humorístico “El
sable”, que es el impulsivo
samurái Kokito Quemado.
Era, por último, un escenario
muy apropiado para ubicar tramas
seudohistóricas y de aventuras,
lo cual aprovecharon muy bien
creadores como Mario Ponce,
Mirabal, Luis Ruiz y, sobre
todo, Luis Lorenzo, cuyas series
Kombey el samurái y
Ronin, el samurái errante
merecen un estudio particular y,
más que esto, una reedición
totalizadora... lo mismo que
buena parte del material aquí
citado.
He de señalar, para concluir,
que en las últimas décadas han
comenzado a influir
manifestaciones como el manga
y el anime tanto en el dibujo
animado, como en la obra de los historietistas cubanos,
especialmente los otakus
(admiradores del cómic japonés)
tanto temáticamente, como en la
búsqueda de nuevas formas de
expresión... pero de eso
hablarán otros, mucho mejor que
yo.
Muchas gracias.
Sayonara, amigos.
ADAPTADO DEL DICCIONARIO
TEMÁTICO DEL CÓMIC CUBANO.
(2006).VOL I |