Año VII
La Habana

22 al 28 de NOVIEMBRE
de 2008

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Japón en la historieta cubana

Miguel Bonera Miranda • La Habana

 
Entre las temáticas más extendidas en la literatura secuencial cubana, la historia, la cultura y las tradiciones de una nación han predominado en todas las épocas, por sobre otras más próximas en el espacio y en el tiempo... Hablamos, naturalmente, de Japón.

Se han realizado sobre este país: una serie de tiras cómicas, cuatro historietas monotemáticas, siete series de historietas de continuidad, dos seriales de historietas, tres novelas gráficas y un libro de historietas didácticas. Además, han incursionado ocasionalmente en este tema varias de las figuras más populares del cómic cubano, como veremos más adelante.

Desde finales del siglo XIX esta nación asiática atrajo la atención de los dibujantes e ilustradores cubanos. El triunfo del imperio nipón en la guerra con la Rusia zarista, en 1905, lo mismo que la preocupación despertada por el así llamado “peligro amarillo” entre voceros de la política norteamericana, dieron tema a caricaturistas como Torriente para crear chistes gráficos como uno, de 1906, donde aparecía el Partido Moderado (Conservador) afirmando en verso que si el Tío Sam no le daba el apoyo que pedía:

—“¡Me aliaré a los japoneses!”

A partir de 1916 comenzó a publicarse en la revista Bohemia “Pepito y Rocamora”, llamado también “Aventuras de Rocamora” y “Buscando oficio a Pepito”, del dibujante Pedro Valer, que firmaba Peter Relav. Era una trama de humor blanco, primitivamente realizada, sobre las aventuras de un joven de familia acomodada y caucásica, Pepito y de su colega, el negro Rocamora, que incluye un viaje a Japón.

En el año 1925 apareció en el Diario de la Marina una serie de historietas de continuidad de Portell Vilá tituladas “Lipidia Tripita y Co.” con una trama de humor blanco, con ciertos tópicos racistas, muy propios de esta publicación, sobre las relaciones de un japonés Lipidia Tripita y un negro cubano de viaje por el Oriente, con el expresivo nombre de Lustre.

La visita a Cuba, en los años 20, del artista japonés Foujita, despertó gran interés y fue recogida en una caricatura de Abela, el creador de “El Bobo”.

En los años de la Segunda Guerra Mundial historietistas como Mike Cárdenas, explotaron la imagen que del “villano” japonés, como enemigo, estaban dando el cine y la historieta norteamericanos, en obras como “Corresponsal de guerra”.

La cultura visual japonesa entró por la pantalla grande

Aunque el cine llegó a Japón desde 1896, con las primeras demostraciones de los sistemas Lumière y Edison, y se han realizado filmes allí a partir de 1904, lo cierto es que la producción fílmica de este país era materialmente desconocida en Cuba —lo mismo que en el resto de América Latina— hasta los años 50 del pasado siglo. En esta media centuria, el cinema nipón se había orientado en dos direcciones: los Kindai-geki, estudios realistas del occidentalizado Japón moderno, y los Jidai-geki, espectáculos históricos de exaltación patriótica, orientados a preservar y exaltar la cultura, pero también a exaltar la agresividad imperialista.

Mientras sus ejércitos se lanzaban a la conquista de Asia y el Pacífico, los amos de la industria japonesa habían intentado —y, en cierta medida, conseguido— ganar la audiencia en las zonas ocupadas de China, Manchuria, Indochina y Corea, donde lograron competir exitosamente con europeos y norteamericanos con un volumen de producción que llegó a oscilar entre 700 y 800 filmes anuales. Como muchos productos Made in Japan de esta época, se trataba en muchos casos de baratas imitaciones de romances de alcoba al estilo francés; filmes musicales, policíacos y de acción al (peor) estilo de Norteamérica y dramas neorrealistas a la moda italiana. Cuba “disfrutaba” de todos estos productos en su versión original y no necesitaba sucedáneos.

La llegada del cine nipón a las pantallas cubanas se produjo, si no por la puerta grande, al menos por la de un clásico de todos los tiempos: Rashomón, realizado en 1950 por Akira Kurosawa. Esta historia de “crimen, de violencia y artería, de fragilidad y mentira, de furia y pavor, de violencia y pasmo” —como la llamó el crítico y padre del Cine-Club cubano, José Manuel Valdés Rodríguez— fue estrenada aquí en 1952, tras ganar el Gran Premio en el Festival de Venecia de 1951 y fue, materialmente, una bomba de tiempo para los realizadores criollos... y para el público en general que, pese a la monumental “C” con la cual la agració la católica Guía Cinematográfica, acudió en masa al cine a ver una violación sin cortes ni puntos suspensivos que, además, veíamos una y otra vez desde el punto de vista de sus tres protagonistas principales. Tal fue el impacto de esta historia que en los años 60 se pusieron de moda los docudramas donde se analizaba la noticia desde distintos ángulos y más recientemente un productor de televisión realizó un “Rashomon a la criolla”, titulado “Cuentos de camino”.

Tres años más tarde, en 1955, se produjo un nuevo estreno destacable: Hiroshima, de Hideo Sekigawa, un magistral docudrama producido por la Asociación de Maestros, en las mismas barbas de los ocupantes yanquis. Este ballet macabro recibió un cauto “A-3” (apto para mayores solamente) de los censores católicos, pero fue calurosamente elogiado por un crítico que en aquella época firmaba Caín.

En el bienio 1956-1957 no se produjeron nuevos estrenos pese a haberse iniciado triunfalmente la 2ª edad de oro del Jidai-geki, con filmes como Ugetzu, de 1953; Los siete samuráis, de 1954 —probablemente, la película más mal plagiada de toda la historia de la cinematografía—, y La puerta del infierno, de ese mismo año, donde aparecía el primer “monstruo sagrado” del cine oriental, el actor Toshiro Mifune o, por mejor decir, Mifune Toshiro. La película obtuvo la Palma de Oro en Cannes, el Oscar de 1954 a Mejor Filme Extranjero, a Vestuario y al empleo del Color.

En la temporada 1957-1958, en cambio, se produjeron dos estrenos, por desgracia de coproducciones mediocrísimas: Tifón en Nagazaki, un lamentable bodrio de amor y aventuras de factura francesa, que pasó sin pena ni gloria; y la primera versión de Godzilla, rey de los monstruos, de Terry Morse e Ishiro Honda, con fotografía del genial Gabriel Figueroa. Esta última, en cambio, abrió el camino a una de las sagas más ambiciosas de la historia del cine y familiarizó al público cubano con el cine fantástico de esas latitudes... pese a lo cual la crítica católica, con la amplitud de visión que la caracterizaba, la llamó: “la repetición japonesa de El fantasma de las 10 000 leguas”.

En 1959 el crítico Walfrido Piñera dedicó a esta cinematografía —con la rusa y la sueca— un artículo titulado “Cine de lejanas tierras”. El triunfo de la Revolución generó, por un lado, la liberación de la pantalla cubana, grande y chica, del virtual monopolio que ejercía el cine norteamericano sobre nuestra distribución y audiencia (en 1955, de 506 estrenos, 248 provenían de Hollywood, para un 49 %; en 1956 fueron 265 de 521, para algo más de un 50%, en la temporada 1957-8 248 de 509), y entre las ofertas cinematográficas que tomaron su lugar estuvo la japonesa, entonces en pleno florecimiento.

Si de samuráis se trata...

Samurái, realizada en 1955 por el director Hiroshi Inagaki, nos llegó bien entrados los años 60 con el prestigio de ser el tercer filme de esa nación en recibir un Oscar y ser la primera película que mostraba al público cubano las hazañas, idiosincrasia y costumbres de estos caballeros errantes del Japón feudal. Una brillante recreación del Macbeth shakespereano: El trono de sangre, realizado por el versátil Akira Kurosawa en 1957, nos enseñó un nuevo sentido visual de la palabra violencia. Piezas como La fortaleza escondida, de 1958, y Yojimbo, de 1961, en cambio, nos pusieron de manifiesto que con este lenguaje no solo podía hacerse tragedia, sino también comedia de la mejor.

Tal vez porque se trataba de un tema bastante manido (la leyenda sobre la venganza de los 47 ronin, tan cara al cine, el manga y el anime) Chushingura, de 1962, no fue estrenada en Cuba, aunque sí lo fue otro clásico: Sanjuro el camelias (Tsubaki Sanjuro), lo mismo que buena parte de las entregas de la genial saga del actor Shintaro Katzu sobre el masajista, esgrimista y, ocasionalmente, cegato tahúr Zato-Ichi que, iniciada ese año, habría de frecuentar las pantallas cubanas, grandes y chicas, durante más de tres décadas, a caballo entre la acción y el humor. Más tarde, incluso, le surgió una contraparte femenina, la cieguita Oichi.

El año 1964 nos trajo el inicio de otra brillante serie: Tange Sazen, de Seiichiro Uchikawa, interpretada por Tetsuro Tamba, y una obra maestra de fantasía y color: El pirata samurái (Daitozoku), de Senkichi Taniguchi, llena de magistrales escenas de acción en agua, tierra y aire (sí, aire he dicho, pues el pirata Sukezaemón, alias Luzón, interpretado por Toshiro Mifune, asalta el palacio montado en un monumental papalote)... y de primeros planos de la bruja más fea e impresionante de toda la historia del cine.

En estos años aparecieron otros hitos y mitos de la cultura y la tradición visual japonesas como los ninjas, sombríos guerreros del lado oscuro — antes que se popularizase ese término—, las artes marciales en la primera versión de La leyenda del judo (Shanshiro Sugata), y los horrores del Bushido, el rígido código de honor samurái en tragedias como Hara-Kiri (1962), de Masaki Koyabashi.

La ciencia ficción, al estilo japonés, fue otra agradable variante de los platillos volantes, insectos fuera de talla y monstruos viscosos al estilo yanqui que habían sido la dieta habitual de las pantallas grandes y chicas en la década del 50. Gorath, (1962) de Iroshino Honda, nos mostró una nueva forma de narrar. Atragon, (1963) de este mismo creador, nos llegó con retraso y en video, pero inspiró un clásico de la animación: El imperio submarino.

Godzilla contra la cosa, de 1964, abrió (o reabrió) una de las sagas más persistentes de la filmografía universal, que ya va por su vigésimo quinta entrega, destacada por sus luchas contra el monstruo marino, de 1966, su Venganza, de 1969, sus aventuras en la Isla de los monstruos, de 1972 así como sus encuentros con el monstruo cósmico, en 1974 y con Megalon en 1976. En 1985, 1998 y 1999 se le han realizado otros tantos remakes y en 2001 apareció Godzilla Mothra King Ghidorah, por lo que a esta serie, que va acompañada de animes y seriales de televisión, aún le queda bastante cuerda, al parecer.  

Otro momento inolvidable en estos años fue Latitude Zero, del veterano Ishiro Honda, cuyo estreno en 1969 fue una atracción solo comparable a la primera parte de El Padrino o a las entregas de la trilogía de Fantomas.

Animándonos con el anime

En la década del 1970 comenzaron a inundar el mercado internacional y, por consiguiente, el cubano, una serie de producciones realizadas en Japón que supusieron una gran novedad tanto desde el punto de vista técnico, como estilístico, con una forma de mostrar el sexo y la violencia totalmente desconocidas hasta el momento en la industria occidental .

En los años 60 nos había llegado la insumergible saga de El Gato con botas, realizada en el más puro estilo Disney, a la cual siguieron El pequeño príncipe del Sol (también conocida con los títulos: La espada del sol y La leyenda de Horus), El imperio submarino, Historia de una vieja locomotora, La isla del tesoro, Jack y la brujita, Jack y los frijoles mágicos y La sirenita.

A pesar de no ser el primero estrenado en Cuba, indiscutiblemente el boom del anime nos fue traído por cinco naves espaciales. Originalmente una serie de televisión, Voltus V, fue editada y convertida en el filme que vimos en los cines. La aceptación de niños y no tan niños fue todo un suceso, me atrevo a decir, irrepetible hasta hoy. Es cierto que se trata de la clásica historia del robot gigantesco que defiende a la Tierra de los ataques extraterrestres. El tema ha sido explotado hasta la saciedad por los nipones a lo largo de incontables producciones animadas. Expertos lo consideran punta de lanza en la expansión del manganime hacia occidente, además de reconocer que todas las series que han aportado un cambio cualitativo a la trayectoria del anime pertenecen a este género.

En 1972 llegó Mazinger Z, una serie protagonizada por robots que inició a los niños en la cultura tecnológica nipona; en 1974 Heidi, un melodrama infantil producido a 12 imágenes por segundo, y en 1988 Akira, una revolución que inundó las pantallas de todo el mundo. En Cuba se recuerda la proyección en los cines de filmes como Cyborg 009, El pájaro de fuego (Hi no tori, en su versión original), la saga de Doraemon, el gato robot, Nuevas aventuras de Lupín III, Technopolicía en acción, Yaltus, etcétera. También de factura japonesa son La princesa Mononoke (1997) y la serie iniciada con Pokemon: la película (1999, estrenada en Cuba con el título Pokemon). En la pequeña pantalla reinó un tiempo las entregas de un pequeño clásico: la andrógina (o, por lo menos, travesti) “Princesa Caballero”, de Tezamu Okeda, lo mismo que series como “Mazinger”, “Fuerza 5” (Saiyuki), “Nave espacial” (Yamato), y hace poco tuvimos, por fin, la serie original “Voltus V”… y muchas otras.

Samuráis en el platanal de Bartolo

Esta verdadera moda llevó a muchos creadores cubanos de historietas —y alguno que otro de animados— a crear su propia versión del género, una especie de “bushido a la criolla”. Por el otro lado, algunos de los personajes favoritos de la historieta cubana han surgido o tuvieron aventuras en Japón. A continuación se muestran algunas de las diferentes manifestaciones en obras como:

·        “El barquero samurái”. Historieta monotemática, de Luis Ruiz.

·        “La batalla naval de Tsushima”. Historieta monotemática de Mario Ponce, con guión de Martha Cruz.

·        “Kashibashi” (o, “Las aventuras de kashibashi”) de Juan Padrón, quien dibujó este niño samurái.

·        Elpidio Valdés contra los ninjas. Serie de historietas de continuidad de Juan Padrón (aún con la firma Padroncito). Aquí el famoso coronel Elpidio Valdés aparece en una aventura con Kashibashi.

·        “Holmos”, de Alben y Evora, en sus aventuras “Contra los malvados ninjas” y en “La saga del sable harakiri”.

·        Kinké, una serie de tiras cómicas de Nelson.

·        Kombey el samurái. Serial de Luis Lorenzo (y otros autores), publicado, al principio, en la revista ¡Aventuras! y, más tarde, en Cómicos.

·        Ronin, el samurái errante. Serial de historietas de continuidad de Luis Lorenzo.

·        Los siete samuráis del 70, libro de historietas de Blanco, con guión de Betán, coloreado por José Testón y con diseño de Toscano.

·        “La venganza de Ichi” (v). Historieta monotemática de Panchito.

·        Yuriyaku, de Mario Ponce. Novela gráfica, con guión de Fidel Morales Vega.

¿Qué favoreció esta preponderancia del tema japonés?

En primer término, una coincidencia temporal: la de las “Edades de oro” del cine nipón de capa y espada, y la de la historieta en Cuba. En segundo, un elemento político: en un momento en que temas como el cine negro y el del Oeste estaban en el punto rojo del colimador de los críticos criollos (¿recuerdan aquella época en que se censuraban las películas donde aparecían indios y se llegó a exhibir obras como La vuelta al mundo en 80 días con la parte del ataque comanche cortado?) samuráis, ninjas y judokas ofrecían un marco y un tema ideológicamente inofensivo y visualmente atractivo para trabajar.

En tercero, la misma popularidad del asunto entre la juventud hacía de este un tema singularmente apto para la parodia, el pastiche y el humor en general. Kashibashi, con su cara de niño, hacía burla de las perennes limitaciones materiales criollas cargando como un loco contra el enemigo y al ser criticado por esto en una reunión (¿¡!?) respondía muy serio: “Bueno, pues me dan más flechas, porque tengo solo una y cuando la tiro tengo que ir a buscarla”; Tonga-Sazen, el héroe de Los siete samuráis del 70, de Blanco, empleaba los lemas y personajes del cine japonés de acción para transmitir los principios de la eficiencia azucarera, en capítulos cuyos títulos remedan los de los clásicos de la cinematografía nipona: “Misión concreta” (de la película Misión secreta), “El bravo” (del filme homónimo, de Toshiro Mifune), “Rashomona” (del clásico filme japonés Rashomon y también del vals de la película Ramona, muy popular en todas las épocas), “Carretero Chichi en el camino” (de Masajista Ichi en el camino, un filme de Shintaru Katzu de la serie Zato-Ichi), etcétera.

La onomástica japonesa era también fuente de chistes sin fin. En Los siete samuráis, ya citados Tonga Sazen (v), que persigue a su adversario el ladrón de azúcar, llamado allí Tekita Suquita, por órdenes del Magistrado Sakarosa. Los siete samuráis son el cortador de caña Pakito Mochita, el operador de alzadora Tesube Tonga, el carretero Chichi, el mecánico de grúa Michucho Gruita (con su ayudante Periko Jaiba), el pesador Panchiro Supesa, el empleado del basculador Tanden Kemuele, el responsable del centro de acopio Yohakopio Kaña y con su ayudante Rashomona. Otro tanto ocurre en Elpidio Valdés contra los ninjas, de Juan Padrón, donde uno de los personajes lleva el antiestético nombre de Kuko Karaebashe; en los “Ninjas” Pepishiro Matraca y Kukio Tareco, creados por José Luis y en el logotipo mismo del suplemento humorístico “El sable”, que es el impulsivo samurái Kokito Quemado.

Era, por último, un escenario muy apropiado para ubicar tramas seudohistóricas y de aventuras, lo cual aprovecharon muy bien creadores como Mario Ponce, Mirabal, Luis Ruiz y, sobre todo, Luis Lorenzo, cuyas series Kombey el samurái y Ronin, el samurái errante merecen un estudio particular y, más que esto, una reedición totalizadora... lo mismo que buena parte del material aquí citado.

He de señalar, para concluir, que en las últimas décadas han comenzado a influir manifestaciones como el manga y el anime tanto en el dibujo animado, como en la obra de los historietistas cubanos, especialmente los otakus (admiradores del cómic japonés) tanto temáticamente, como en la búsqueda de nuevas formas de expresión... pero de eso hablarán otros, mucho mejor que yo.

Muchas gracias.
Sayonara, amigos.

ADAPTADO DEL DICCIONARIO TEMÁTICO DEL CÓMIC CUBANO. (2006).VOL I

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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