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Que el cine es una de las artes
que más influye en nuestras
vidas es un hecho reconocido por
muchos. Y dentro del cine, el
dibujo animado es tal vez la
manifestación de mayor impacto
en nosotros. El animado es una
de las formas del cine —y del
audiovisual en general— con la
que primero nos relacionamos
desde la infancia, y que después
continúa acompañándonos durante
toda la vida.
En Cuba se podrían
clasificar sociológicamente las
distintas generaciones del siglo
XX a partir de los animados que
han marcado su infancia y
adolescencia. Así, tendríamos
una primera generación, nacida
en el primer cuarto del siglo
pasado, que creció con los
animados silentes —y luego
sonoros— de Micky Mouse (el
Ratón Mickito), Donald Duck” (el
Pato Donald), Felix the Cat (el
Gato Félix), Blanca Nieves, el
payaso Bimbo y Betty Boop,
realizados por afamados artistas
norteamericanos como Walt Disney
y Max Fleischer.
La siguiente
generación vivió bajo la égida
del Pájaro Loco (Woody
Woodpecker), Scrappy, el
Corre-Caminos (The Road Runner),
Superman, Batman, “Las dos
urracas”, “Porky Pig”, “Duffy
Duck”, “Huckleberry Hound”, “El
oso Yogui”, en fin, las
producciones de la DC, la Marvel,
Hannah y Barbera, y otros a los
que se suman, claro está, Disney
y Fleischer con sus viejos
clásicos y sus nuevas
producciones de mediados de los
años 40, de los 50 e inicios de
los 60 (“Fantasía”, “Pinocho”,
“La Bella Durmiente”,
“Cenicienta”, “Los aristogatos”,
etcétera).
Luego siguen las
generaciones nacidas después de
1959, momento en que se
interrumpió abruptamente el
flujo de audiovisuales
norteamericanos a Cuba como
consecuencia del “diferendo”
(bloqueo, embargo, invasión
militar, sabotaje económico,
terrorismo, etc.) de los EE.UU.
contra Cuba, flujo que fue
sustituido paulatinamente por el
cine y los animados de los
países socialistas. Fue el
período de los llamados
“muñequitos rusos”, etiqueta
genérica con la que se designaba
tanto los animados propiamente
soviéticos, como los
provenientes de otras
cinematografías de la Europa
oriental, tales como “La familia Fröilich” (RDA), “Gustavo”
(Hungría), “Aladar” (Hungría),
“Los chapuceros” (Checoeslovaquia),
“Bolek y Lolek” (Polonia), entre
otros. Mucho se ha hablado sobre
la omnipresencia de los
“muñequitos rusos” en los medios
cubanos, sobre todo durante las
décadas de los años 70 y 80.
Incluso hay una sorprendente
nostalgia, marcada por
sentimientos encontrados de
atracción-evitación, en toda una
generación con respecto a
aquellos animados; adoración que
llega hasta el paroxismo del
coleccionismo y del culto por
parte de jóvenes (trentones)
cubanos de dentro y fuera de la
Isla. Sin embargo, esa misma
generación cinéfila y
televidente, junto a la más
reciente población
infantil-juvenil, también rinde
culto a los animados japoneses,
los conocidos como manga
y anime. En realidad,
el manga es el equivalente de
la historieta gráfica, del “comic”;
en tanto que el anime es
el dibujo animado, el
“muñequito” o “muñe”, el
cartoon. Los primeros
animes que llegaron a Cuba
fueron Voltus V y
Mazinger, a finales de los
años 70 y principios de los 80.
Por esa misma época, el anime
estaba llegando a Europa y a
Norteamérica; era el principio
de la gran ola de la cultura
japonesa que arrastraría tras de
sí a otros productos culturales
como los propios mangas,
los manuales de dibujo para
mangakas aficionados, el
sushi, el tofu, el haiku, el
karaoke, el videojuego, el
tamagotchi, el go, el ikebana,
las artes marciales, los
jardines japoneses, la lengua
japonesa, el budismo zen, y
también más filmes japoneses, y
más equipos de audio japoneses,
instrumentos musicales,
automóviles... todos hacia el
mercado occidental. A Cuba
llegaron solamente los animes,
los ómnibus y camiones Hino, y
el radio-tocadisco Sanyo de
600.00 pesos (MN, claro está).
Lo curioso de la presencia y del
impacto del anime en Cuba
reside en el hecho de que la
mayor circulación de esos
audiovisuales hoy en día ocurre
por fuera del circuito oficial
de los medios cubanos. Esto
condiciona y caracteriza la
fruición de dichas obras. Tanto
es así, que existen clubes de
anime, casi todos de
carácter informal, espontáneos
en su mayoría, que coleccionan
esas piezas, las “bajan” de
internet, se las pasan de grupo
en grupo, se las prestan, las
“queman”. Aunque ninguno de
estos entusiastas criollos de la
nipoanimación clasifica
plenamente como otaku,
palabra japonesa que designa al
fanático —casi patológico— de
los personajes de mangas
y animes, muchos están al
tanto de las últimas
producciones de series y de
largometrajes de animación
nipones, conocen de sus
historias y sobre sus autores.
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También algunos hay que se
aventuran ya a diseñar y a
realizar sus propios mangas
y animes (aprendices de
mangakas, es
decir, dibujantes de mangas)
con la tecnología —en la mayoría
de los casos, precaria— con que
cuentan. Incluso llega a suceder
que muchos de esos grupos o
individuos coleccionistas y
seguidores de los mangas
y animes, fungen como
proveedores de nipoanimaciones
para programas de la televisión
nacional, como ocurre con
X-Distante, programa de animados
para adultos del Canal Habana,
en el aire desde 2006 gracias a
estas anónimas e imprescindibles
colaboraciones populares.
Curiosamente, X-Distante ha
resultado un programa de corte
comunitario, tal vez mucho más
horizontal y participativo que
otros programas de la TV cubana,
debido al hecho de que buena
parte de su contenido está codeterminado por el propio
público que lo disfruta,
contenido que por otra parte no
depende de una política rígida y
vertical, ni de una “bien
surtida mediateca” —que no
existe— con lo último de las
producciones de animados del
mundo, adquiridas por el
Instituto Cubano de Radio y
Televisión (ICRT). He ahí un
raro e interesante impacto de la
nipoanimación (no sucede esto
con los animados de otras
latitudes en la TV de la Isla)
en la dinámica audiovisual
cubana, y que se ha manifestado
más bien como un caso de
serendipitividad.
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Por otra parte, la estética del
manga y del anime
ha influido e influye en los
jóvenes artistas de la Isla, tal
vez como ningún otro estilo de
diseño y de animación visto en
Cuba. Muchos de los jóvenes
realizadores de la animación en
Cuba confiesan su adhesión a la
estética manga, y los más
moderados reconocen su
importancia e incluso la estiman
por encima de la estética de Disney (habría que hablar de
estéticas de diseño y animación
en Disney a través de toda su
historia), de Hannah y Barbera,
de los franceses (René Laloux y
sus discípulos) y de otros. Ello
ha provocado un diálogo,
particularmente en el Instituto
Cubano de Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC) —y con
todo lo que de conflicto, de
debate, de comunión y de
aprendizaje ello conlleva—,
entre la generación legitimada,
aclamada y regente de la
animación cubana (Raggi, los
hermanos Padrón, Mario Rivas,
Oliver, Prats, Aramís Acosta,
entre otros directores y
productores), generación muy
inspirada en Disney y en otros
grandes maestros del comic y el
cartoon norteamericanos,
por una parte; y los más jóvenes
realizadores de hoy, por la otra
(Ernesto Piña, Alexander
Rodríguez, Daniel Rivas, Antonio
Nodarse, Nelson Serrano, entre
otros). Esta nueva generación de
artistas de la animación se ha
desarrollado bajo la influencia
del manga y el anime y
de otras estéticas donde la
animación 3D, el rotoscoping,
el 3D fotorrealista, y la
combinación de maquetas, de
fotos, de filmes, de animación
2D, de fondos 3D, y hasta del
stop-motion en un misma
pieza, marcan el paso, todo ello
vehiculado por la tecnología más
avanzada y depurada de hoy.
También deben ser mencionados
aquí otros grupos de animadores
por fuera del ICAIC, como los
jóvenes realizadores de los
Estudios de Animación de la
Televisión Cubana (donde también
hubo y hay una generación
fundadora entre los cuales están
Gaspar, Luis Castillo, Cecilio
Avilés, Lillo, entre otros), los
estudiantes de universidades
como el ISA, el ISDI, el ISPJAE
y la UCI, más algunos
realizadores independientes o
semindependientes, en especial
en el área de los videos
promocionales (Raupa entre
ellos) y del video-clip (Josuhe
H. Pagliery y Rodrigo Orizondo
de The Golden Popeye’s Theory,
Omar Proenza, Jesús Rubio,
Mauricio Abad, Homero Montoya,
Mario Argüelles, Mario Leclere,
Orlando Pérez, Andros Barroso,
Maikel Lorenzo, Ermitis Blanco,
Abel Álvarez, y otros), aunque
tal vez no todos ellos
evidencien una influencia clara
o directa de la estética de la
nipoanimación y del manga
en sus trabajos.
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Pero no solamente en el campo de
la animación, y no solamente en
la capital de la Isla existen
influencias y seguidores del
manga y el anime.
También en algunos trabajos de
los telecentros provinciales,
como TV Camagüey y como Perla
Visión, de Cienfuegos, se
aprecia la utilización de la
animación en promociones y
mensajes de bien público
televisivos, no siempre en una
estética cercana al manga,
pero estimulados por el boom
y la presencia de la
nipoanimación entre nosotros.
Mención especial merece la obra
de un grupo de jóvenes artistas
de Pinar del Río nucleados
alrededor de la revista digital
Gato Negro, fanzine
trimestral de historietas que
dirige Junior Ramírez y apoyado
por Reiner Rojas y Raúl Lima,
entre otros. Este grupo de
creadores en su Manifiesto,
declaran:
“A Gato Negro le
corresponde, pese a tantas
desgracias heredadas, utilizar
sabiamente el legado que han
dejado los grandes artistas del
comic, la ilustración y el humor
gráfico. Además, le presta
especial interés al comic nipón
o manga del cual se
siente influenciado, como buena
parte de las historietas
occidentales que han mostrado
interés en la diversidad de
estilos que brinda esta cultura
asiática.” (Rojas, Reiner,
“Manifiesto Gato Negro”. Gato
Negro: Fanzine de
historietas para adultos; Pinar
del Río, 2008; N.1: p.4).
Como se aprecia, el manga
y el anime han provocado
un entusiasmo inusitado entre
muchos jóvenes creadores de la
Isla, incluso por encima de la
presencia e influencia de
animaciones de Disney, de
Dreamworks, de Pixar, y de otros
animados europeos que desde la
década de los años 90 se han
pasado reiteradamente por la TV
nacional (El rey león, La
Bella y la Bestia, Mulán,
Pocahontas, Tarzán, Toy Story,
La novia cadáver, The Nightmare
Before Christmas, Moisés, Josué,
Nemo, Shrek, Madagascar, y
un largo etcétera).
Un ejemplo de ese impacto lo
hallamos en la reciente visita a
La Habana y a Pinar del Río del
investigador y estudioso del
anime Tsugata Nobuyuki,
quien impartió varias
conferencias en universidades y
otras instituciones sobre la
historia y el desarrollo actual
de la nipoanimación. Tsugata
Nobuyuki expresó su perplejidad
al constatar que en Cuba,
especialmente los jóvenes,
estaban muy al día en lo
referido al desarrollo de la
industria del anime, de
su historia y sobre todo, muy al
día en el conocimiento y
disfrute de las últimas
producciones de series y
largometrajes de animación. Más
aún, el azorado Nobuyuki se
llevó una apreciable cantidad de
proyectos y trabajos realizados
por artistas noveles de esta
Isla para revisarlos y
estudiarlos con más calma en su
isla. Desconocía el sabio nipón
que en el Caribe existiese tal
nipoadmiración.
Lo cierto es que en el presente,
académicos y críticos culturales
de todo el mundo están dedicando
mucha atención al impacto e
influencia de los productos
culturales nipones —el manga
y el anime en primer
lugar— en el planeta. De ello
dan fe textos como Millenial
Monsters: Japanese Toys and the
Global Imagination (University
of California Press, 2006) de
Anne Allison, profesora y jefa
del departamento de Antropología
Cultural de la Universidad de
Duke; el ensayo “A History of
Manga in the Context of Japanese
Culture and Society”, (en The
Journal of Popular Culture,
Vol. 38, N.3, 2005; y puesto al
alcance de todos nosotros en
formato digital por el crítico
cultural Desiderio Navarro en
sus Mil y un textos.)
Antropología y Gerontología de
la Universidad de Arkansas,
en Little Rock; y el texto El
cine de animación en Japón
(1917-1967), (Editora
Libertaria, EDILIBER, Panamá,
Julio 2006), de Rolando José
Rodríguez de León, profesor de
la Escuela de Diseño Gráfico de
la Facultad de Arquitectura de
la Universidad de Panamá, por
mencionar solo algunos.
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Cuba no es una excepción y ya
existen trabajos de diploma de
estudiantes universitarios que
abordan con una perspectiva
académica el estudio de los
animados japoneses desde
diferentes ángulos, como por
ejemplo la tesis “Cine japonés
de animación. Hayao Miyazaki: 4
largometrajes. Ensayo sobre el
héroe y su viaje, (2006-2007)”,
de Diana Saínz Camayd,
estudiante de la Facultad de
Artes y Letras de la Universidad
de La Habana, trabajo tutorado
por Dean Luis Reyes, de la
Escuela Internacional de Cine y
TV de San Antonio de los Baños,
quien es también un gran
conocedor del anime.
Sin duda, clásicos cubanos como
los animados de Elpidio Valdés,
los Filminutos,
Vampiros en La Habana y
muchos otros son y serán
referentes obligados y obras
admiradas por la joven animación
cubana contemporánea. Como
también seguramente esos
clásicos serán disfrutados una y
otra vez por varias generaciones
de cubanos de dentro y de fuera
de la Isla. Pero junto a estos
referentes del patio, se va
imponiendo una nueva orientación
en el diseño y la animación que
tiene uno de sus polos en la
escuela
de animación japonesa, la cual irradia su
influencia al resto del mundo.
El intercambio de información y
de obras en el campo del
manga y la nipoanimación es
un fenómeno indetenible, que se
acelera y acrecienta por
momentos, conformando extensas
redes. La consigna de los
amantes del manga y de la
nipoanimación en el presente
—parafraseando al Gran Sensei—
parece ser: ¡Otakus y
mangakas de todo el mundo,
UNÍOS! |