Año VII
La Habana

22 al 28 de NOVIEMBRE
de 2008

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 De otakus y mangakas en el Caribe

Mario Masvidal Saavedra • La Habana

 
Que el cine es una de las artes que más influye en nuestras vidas es un hecho reconocido por muchos. Y dentro del cine, el dibujo animado es tal vez la manifestación de mayor impacto en nosotros. El animado es una de las formas del cine —y del audiovisual en general— con la que primero nos relacionamos desde la infancia, y que después continúa acompañándonos durante toda la vida.

En Cuba se podrían clasificar sociológicamente las distintas generaciones del siglo XX a partir de los animados que han marcado su infancia y adolescencia. Así, tendríamos una primera generación, nacida en el primer cuarto del siglo pasado, que creció con los animados silentes —y luego sonoros—  de Micky Mouse (el Ratón Mickito), Donald Duck” (el Pato Donald), Felix the Cat (el Gato Félix), Blanca Nieves, el payaso Bimbo y Betty Boop, realizados por afamados artistas norteamericanos como Walt Disney y Max Fleischer.

La siguiente generación vivió bajo la égida del Pájaro Loco (Woody Woodpecker), Scrappy, el Corre-Caminos (The Road Runner), Superman, Batman, “Las dos urracas”, “Porky Pig”, “Duffy Duck”, “Huckleberry Hound”, “El oso Yogui”, en fin, las producciones de la DC, la Marvel, Hannah y Barbera, y otros a los que se suman, claro está, Disney y Fleischer con sus viejos clásicos y sus nuevas producciones de mediados de los años 40, de los 50 e inicios de los 60 (“Fantasía”, “Pinocho”, “La Bella Durmiente”, “Cenicienta”, “Los aristogatos”, etcétera).

Luego siguen las generaciones nacidas después de 1959, momento en que se interrumpió abruptamente el flujo de audiovisuales norteamericanos a Cuba como consecuencia del “diferendo” (bloqueo, embargo, invasión militar, sabotaje económico, terrorismo, etc.) de los EE.UU. contra Cuba, flujo que fue sustituido paulatinamente por el cine y los animados de los países socialistas. Fue el período de los llamados “muñequitos rusos”, etiqueta genérica con la que se designaba tanto los animados propiamente soviéticos, como los provenientes de otras cinematografías de la Europa oriental, tales como “La familia Fröilich” (RDA), “Gustavo” (Hungría), “Aladar” (Hungría), “Los chapuceros” (Checoeslovaquia), “Bolek y Lolek” (Polonia), entre otros. Mucho se ha hablado sobre la omnipresencia de los “muñequitos rusos” en los medios cubanos, sobre todo durante las décadas de los años 70 y 80. Incluso hay una sorprendente nostalgia, marcada por sentimientos encontrados de atracción-evitación, en toda una generación con respecto a aquellos animados; adoración que llega hasta el paroxismo del coleccionismo y del culto por parte de jóvenes (trentones) cubanos de dentro y fuera de la Isla. Sin embargo, esa misma generación cinéfila y televidente, junto a la más reciente población infantil-juvenil, también rinde culto a los animados japoneses, los conocidos como manga y anime. En realidad, el manga es el equivalente de la historieta gráfica, del “comic”; en tanto que el anime es el dibujo animado, el “muñequito” o “muñe”, el cartoon. Los primeros animes que llegaron a Cuba fueron Voltus V y Mazinger, a finales de los años 70 y principios de los 80. Por esa misma época, el anime estaba llegando a Europa y a Norteamérica; era el principio de la gran ola de la cultura japonesa que arrastraría tras de sí a otros productos culturales como los propios mangas, los manuales de dibujo para mangakas aficionados, el sushi, el tofu, el haiku, el karaoke, el videojuego, el tamagotchi, el go, el ikebana, las artes marciales, los jardines japoneses, la lengua japonesa, el budismo zen, y también más filmes japoneses, y más equipos de audio japoneses, instrumentos musicales, automóviles... todos hacia el mercado occidental. A Cuba llegaron solamente los animes, los ómnibus y camiones Hino, y el radio-tocadisco Sanyo de 600.00 pesos (MN, claro está).

Lo curioso de la presencia y del impacto del anime en Cuba reside en el hecho de que la mayor circulación de esos audiovisuales hoy en día ocurre por fuera del circuito oficial de los medios cubanos. Esto condiciona y caracteriza la fruición de dichas obras. Tanto es así, que existen clubes de anime, casi todos de carácter informal, espontáneos en su mayoría, que coleccionan esas piezas, las “bajan” de internet, se las pasan de grupo en grupo, se las prestan, las “queman”. Aunque ninguno de estos entusiastas criollos de la nipoanimación clasifica plenamente como otaku, palabra japonesa que designa al fanático —casi patológico— de los personajes de mangas y animes, muchos están al tanto de las últimas producciones de series y de largometrajes de animación nipones, conocen de sus historias y sobre sus autores.

También algunos hay que se aventuran ya a diseñar y a realizar sus propios mangas y animes (aprendices de mangakas, es decir, dibujantes de mangas) con la tecnología —en la mayoría de los casos, precaria— con que cuentan. Incluso llega a suceder que muchos de esos grupos o individuos coleccionistas y seguidores de los mangas y animes, fungen como proveedores de nipoanimaciones para programas de la televisión nacional, como ocurre con X-Distante, programa de animados para adultos del Canal Habana, en el aire desde 2006 gracias a estas anónimas e imprescindibles colaboraciones populares.
Curiosamente, X-Distante ha resultado un programa de corte comunitario, tal vez mucho más horizontal y participativo que otros programas de la TV cubana, debido al hecho de que buena parte de su contenido está codeterminado por el propio público que lo disfruta, contenido que por otra parte no depende de una política rígida y vertical, ni de una “bien surtida mediateca” —que no existe—  con lo último de las producciones de animados del mundo, adquiridas por el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). He ahí un raro e interesante impacto de la nipoanimación (no sucede esto con los animados de otras latitudes en la TV de la Isla) en la dinámica audiovisual cubana, y que se ha manifestado  más bien como un caso de serendipitividad.

Por otra parte, la estética del manga y del anime ha influido e influye en los jóvenes artistas de la Isla, tal vez como ningún otro estilo de diseño y de animación visto en Cuba. Muchos de los jóvenes realizadores de la animación en Cuba confiesan su adhesión a la estética manga, y los más moderados reconocen su importancia e incluso la estiman por encima de la estética de Disney (habría que hablar de estéticas de diseño y animación en Disney a través de toda su historia), de Hannah y Barbera, de los franceses (René Laloux y sus discípulos) y de otros. Ello ha provocado un diálogo, particularmente en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) —y con todo lo que de conflicto, de debate, de comunión y de aprendizaje ello conlleva—, entre la generación legitimada, aclamada y regente de la animación cubana (Raggi, los hermanos Padrón, Mario Rivas, Oliver, Prats, Aramís Acosta, entre otros directores y productores), generación muy inspirada en Disney y en otros grandes maestros del comic y el cartoon norteamericanos, por una parte; y los más jóvenes realizadores de hoy, por la otra (Ernesto Piña, Alexander Rodríguez, Daniel Rivas, Antonio Nodarse, Nelson Serrano, entre otros). Esta nueva generación de artistas de la animación se ha desarrollado bajo la influencia del manga y el anime y de otras estéticas donde la animación 3D, el rotoscoping, el 3D fotorrealista, y la combinación de maquetas, de fotos, de filmes, de animación 2D, de fondos 3D, y hasta del stop-motion en un misma pieza, marcan el paso, todo ello vehiculado por la tecnología más avanzada y depurada de hoy. También deben ser mencionados aquí otros grupos de animadores por fuera del ICAIC, como los jóvenes realizadores de los Estudios de Animación de la Televisión Cubana (donde también hubo y hay una generación fundadora entre los cuales están Gaspar, Luis Castillo, Cecilio Avilés, Lillo, entre otros), los estudiantes de universidades como el ISA, el ISDI, el ISPJAE y la UCI, más algunos realizadores independientes o semindependientes, en especial en el área de los videos promocionales (Raupa entre ellos) y del video-clip (Josuhe H. Pagliery y Rodrigo Orizondo de The Golden Popeye’s Theory, Omar Proenza, Jesús Rubio, Mauricio Abad, Homero Montoya, Mario Argüelles, Mario Leclere, Orlando Pérez, Andros Barroso, Maikel Lorenzo, Ermitis Blanco, Abel Álvarez, y otros), aunque tal vez no todos ellos evidencien una influencia clara o directa de la estética de la nipoanimación y del manga en sus trabajos.

Pero no solamente en el campo de la animación, y no solamente en la capital de la Isla existen influencias y seguidores del manga y el anime. También en algunos trabajos de los telecentros provinciales, como TV Camagüey y como Perla Visión, de Cienfuegos, se aprecia la utilización de la animación en promociones y mensajes de bien público televisivos, no siempre en una estética cercana al manga, pero estimulados por el boom y la presencia de la nipoanimación entre nosotros. Mención especial merece la obra de un grupo de jóvenes artistas de Pinar del Río nucleados alrededor de la revista digital Gato Negro, fanzine trimestral de historietas que dirige Junior Ramírez y apoyado por Reiner Rojas y Raúl Lima, entre otros. Este grupo de creadores en su Manifiesto, declaran:

“A Gato Negro le corresponde, pese a tantas desgracias heredadas, utilizar sabiamente el legado que han dejado los grandes artistas del comic, la ilustración y el humor gráfico. Además, le presta especial interés al comic nipón o manga del cual se siente influenciado, como buena parte de las historietas occidentales que han mostrado interés en la diversidad de estilos que brinda esta cultura asiática.” (Rojas, Reiner, “Manifiesto Gato Negro”. Gato Negro: Fanzine de historietas para adultos; Pinar del Río, 2008; N.1: p.4).

Como se aprecia, el manga y el anime han provocado un entusiasmo inusitado entre muchos jóvenes creadores de la Isla, incluso por encima de la presencia e influencia de animaciones de Disney, de Dreamworks, de Pixar, y de otros animados europeos que desde la década de los años 90 se han pasado reiteradamente por la TV nacional (El rey león, La Bella y la Bestia, Mulán, Pocahontas, Tarzán, Toy Story, La novia cadáver, The Nightmare Before Christmas, Moisés, Josué, Nemo, Shrek, Madagascar, y un largo etcétera).

Un ejemplo de ese impacto lo hallamos en la reciente visita a La Habana y a Pinar del Río del investigador y estudioso del anime Tsugata Nobuyuki, quien impartió varias conferencias en universidades y otras instituciones sobre la historia y el desarrollo actual de la nipoanimación. Tsugata Nobuyuki expresó su perplejidad al constatar que en Cuba, especialmente los jóvenes, estaban muy al día en lo referido al desarrollo de la industria del anime, de su historia y sobre todo, muy al día en el conocimiento y disfrute de las últimas producciones de series y largometrajes de animación. Más aún, el azorado Nobuyuki se llevó una apreciable cantidad de proyectos y trabajos realizados por artistas noveles de esta Isla para revisarlos y estudiarlos con más calma en su isla. Desconocía el sabio nipón que en el Caribe existiese tal nipoadmiración.

Lo cierto es que en el presente, académicos y críticos culturales de todo el mundo están dedicando mucha atención al impacto e influencia de los productos culturales nipones —el manga y el anime en primer lugar— en el planeta. De ello dan fe textos como Millenial Monsters: Japanese Toys and the Global Imagination (University of California Press, 2006) de Anne Allison, profesora y jefa del departamento de Antropología Cultural de la Universidad de Duke; el ensayo “A History of Manga in the Context of Japanese Culture and Society”, (en The Journal of Popular Culture, Vol. 38, N.3, 2005; y puesto al alcance de todos nosotros en formato digital por el crítico cultural Desiderio Navarro en sus Mil y un textos.) Antropología y Gerontología de la Universidad de Arkansas, en Little Rock; y el texto El cine de animación en Japón (1917-1967), (Editora Libertaria, EDILIBER, Panamá, Julio 2006), de Rolando José  Rodríguez de León, profesor de la Escuela de Diseño Gráfico de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá, por mencionar solo algunos.

Cuba no es una excepción y ya existen trabajos de diploma de estudiantes universitarios que abordan con una perspectiva académica el estudio de los animados japoneses desde diferentes ángulos, como por ejemplo la tesis “Cine japonés de animación. Hayao Miyazaki: 4 largometrajes. Ensayo sobre el héroe y su viaje, (2006-2007)”, de Diana Saínz Camayd, estudiante de la  Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, trabajo tutorado por Dean Luis Reyes, de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, quien es también un gran conocedor del anime.

Sin duda, clásicos cubanos como los animados de Elpidio Valdés, los Filminutos, Vampiros en La Habana y muchos otros son y serán referentes obligados y obras admiradas por la joven animación cubana contemporánea. Como también seguramente esos clásicos serán disfrutados una y otra vez por varias generaciones de cubanos de dentro y de fuera de la Isla. Pero junto a estos referentes del patio, se va imponiendo una nueva orientación en el diseño y la animación que tiene uno de sus polos en la escuela de animación japonesa, la cual irradia su influencia al resto del mundo. El intercambio de información y de obras en el campo del manga y la nipoanimación es un fenómeno indetenible, que se acelera y acrecienta por momentos, conformando extensas redes. La consigna de los amantes del manga y de la nipoanimación en el presente —parafraseando al Gran Sensei— parece ser: ¡Otakus y mangakas de todo el mundo, UNÍOS!

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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