Año VII
La Habana

22 al 28 de NOVIEMBRE
de 2008

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La voz de los poetas

Jesús Lozada • La Habana

 

Juglares, actores, saltimbanquis, mimos, domadores de oso, gitanos de feria, caballeros andantes, predicadores, conferencistas, charlatanes, voceadores de barrio, pregoneros, vendedores de periódicos, narradores orales… y poetas. He aquí mi personal configuración del Paraíso. Un sitio en el que muy bien se podría estar… si los poetas guardaran silencio… 

Dudo que alguno de ellos, a no ser que este se llame Teresa de Ávila, Juan de Yépez, o Luis de León, pueda permanecer cinco minutos callado en ese o en cualquier otro sitio. El poeta siempre se ha sentido dueño de la palabra y maestro en su uso, y es que en cierta medida tiene razón, por aquello que de “casta le viene al galgo”. El poeta de hoy domina la escritura de las palabras que no a ellas. Desde los cantores de las canciones de trabajo hasta los bardos del Siglo de Oro, los poetas componían sus textos pensando en su puesta en escena, en la pronunciación a viva voz, en el anuncio público, en la proclamación. Pensaban en los lectores en voz alta, en los declamadores o en los actores y juglares. El espacio de la poesía era la plaza pública o el lugar común. Leer era un acto comunitario y sonoro. Muchos hoy afirman que la escritura vino a secuestrar los géneros pragmáticos de la literatura reduciéndolos al silencio y al egoísmo, y esa es una falsedad o una media verdad. La escritura, como recurso nemotécnico facilitó el secuestro, mas no es su autor. Durante milenios la escritura sirvió nada más que de vehículo. Es conocida la anécdota que contaba San Agustín de Hipona, en pleno siglo IV d.n.e. y distante a tres mil  cuatrocientos años, más o menos, de que se comenzaran a usar las primeras formas de escritura, que había quedado sobrecogido y estupefacto cuando descubrió a San Ambrosio, su preceptor, leyendo en silencio. El africano, que era culto como pocos en su época, que había transitado desde el maniqueísmo hasta el cristianismo, si aquello no fuera una verdadera rareza no  tendría razón para asombrarse y mucho menos reproducir el suceso en sus Confesiones, que como se sabe no es un libro de especulación teológica, una polémica, o un tratado, sino un libro de memorias en el que su autor hace pública la vida disoluta que llevara antes de que se convirtiera en el obispo santo que fue hasta el momento de su muerte y nos muestra el camino de su conversión. Es decir, si bien la escritura existía era solo como recurso y no como lenguaje. No fue hasta que apareció el concepto de literatura y que se desarrollaron las artes burguesas que la lectura se convirtió en un acto silencioso. 

El poeta es quizá el último de los literatos que se resiste a abandonar la palabra a viva voz, hasta hoy son conocidas las tertulias, las descargas, las peñas, los recitales, que pretenden colocar a la poesía en el espacio público. Sin embargo, por el propio hecho de que el poeta se reconozca a sí mismo como un intelectual, un literato, el depositario de la “conciencia crítica” ―esa otra nueva “revelación”―, se siente obligado a reflejar en la lectura las convenciones de la escritura y su dominio de las mismas. Pongamos un ejemplo: si lee un soneto se siente obligado a reproducir de manera evidente cada uno de los 14 versos, de modo que puedan ser contados con exactitud y facilidad, marcando el paso de cada cuarteta y de cada terceto, subrayando la última sílaba de los versos para que se haga evidente la rima correcta. De modo que introduce una contradicción, que no tiene sentido ni podrá ser solucionada nunca, la poesía construida desde la escritura como lenguaje pretende ser anunciada y presentada como arte de la palabra viva. 

Si realmente los poetas quisieran proclamar sus versos a viva voz deben aprender a sujetarse a las leyes de la pragmática. Volvamos al ejemplo del poeta que quiere recitar un soneto. El asunto se resolvería fácilmente: los 14 versos deberían ser dicho de modo tal que al enlazarlos y pronunciarlos de acuerdo a la dinámica interna de ellos, respetando esa suerte de marcadores del ritmo que son los signos de puntuación, podríamos llegar al final en una combinación de sonidos y tiempo, que si nos atenemos al sabio Hilarión Eslava, tendría toda la connotación de la música, y no esa suerte de reproducción robótica a la que nos tienen acostumbrados. Si el poeta renuncia a  exhibirse y decide en su lugar mostrarse, o mejor, si el poeta comienza a interesarle que el poema se complete en los oídos del que escucha y decide desaparecer detrás de él, asumiendo que en ese momento es solo vehículo y no protagonista, otro gallo seguro cantaría. 

Muchos, y sin razón, piensan que el tono exaltado y grandilocuente es propiedad de los poetas cubanos del siglo XIX y principios del siglo XX, que el tono dulzón y melodramático nos alcanza y signa de los años 30 al 50, o que el tono de barricada es el que define a los insulares años 60 y 70, o que el sonsonete nasal nos acompaña solo a los cubanos que escuchamos poesía desde los 80 hasta este año del siglo XXI. Falso. Escuchemos a Darío Fo,  escritor canónico y juglar: 

"¿Habéis oído recitar alguna vez a un poeta? ¿Quién ha escuchado a Montale declamando sus poesías? ¿O a Ungaretti, el peor de todos? ¡Dios! ¡Te salen gusanos como puños en la barriga! Se trabucan, nasalizan, sueltan falsetes imposibles… y jadean, con tonillos delirantes… les vibra la voz… y sorben como viejos actores…" 

El Premio Nobel cita a dos poetas italianos, Eugenio Montale y Giuseppe Urgaretti, pero nosotros podríamos señalar los casos extremos de Pablo Neruda, Aquiles Nazoa y José Lezama Lima. Miguel Escalona,  camagüeyano de feliz memoria, tenía en los años 70 un casette de audio Orbo, alemán del este para más señas, donde Neruda leía sus versos. Aún recuerdo que comenzaba así: 

Buenos días, Buenas tardes, Buenas noches. Yo soy Pablo Neruda, poeta, ¿me dejas entrar en tu casa?... 

Fue una experiencia extraordinaria y terrible. Era la voz del autor de Residencia en la tierra, de Canto general… nasal, chillona, que llegaba a molestar los oídos con un falsete interminable, que jadeaba, que le vibraba la voz, que aspiraba el final de los poemas. Por un lado descubría la sonoridad interna de un grande, y por otra, la nefasta de un lector imposible. Él había estado en Camagüey en los años 60 y en el Teatro Principal leyó sus versos. Luis Suardíaz lo recordaba como algo excepcional y conmovedor, será porque él también era poeta. 

Aquiles Nazoa, el venezolano, era un caso especial de comunicación, a partir de que, más que dominar los lenguajes, era una buena persona desde la raíz del alma, con una vocación de entrega notable; y por eso uno dejaba de oír el falsete, la nasalidad, el sonsonete con el que leía verso a verso los poemas, y se concentraba en la sustancia del texto. Cuando escuché a Simón Díaz y pude vivir y transitar por su país descubrí que Aquiles sonaba acompañado del cuatro, la maraca y el arpa, tenía voz de coplero. Pero como lo valiente no le retira a uno lo de cortés, no dejo de saber que a mucha gente le molesta el tono, el timbre y hasta el ritmo del poeta cuando lee o declama, muchas veces yo, de adolescente, pedía en la Biblioteca Provincial de Camagüey a Pimentel que pusiera la placa negra grabada por Casa de las Américas donde estaban muchos de sus más notables poemas y dos minutos después la sala estaba vacía. No soportaban la descarga. 

El caso José Lezama Lima es emblemático, pues reúne casi todos los defectos del peor lector de poemas. Para su bien no tiene o usa el conocido y reiterado falsete, sino que empleaba su hermosa voz de barítono. Lezama, por el asma, cortaba los versos de manera anárquica, daba resoplidos, aspiraba o alargaba los finales, e introdujo una forma de recitativo que recuerda a ciertas sonoridades del canto llano o gregoriano, pues el poeta reafirmaba esa majestuosidad, ese tono de salmodia que se puede encontrar en muchos de sus poemas. El autor de Paradiso era un lector sin asidero pero que resultaba conmovedor y dramático porque a su vez ese luchar contra el aire que tienen los asmáticos se correspondía con el combatir contra el destino que había signado a su familia, a su obra y a su país. El tono de Lezama es el tono trágico que acumula y sustenta cierta forma de ser cubano, por eso mi generación asumió para sí el “modo lezamiano de lectura”. 

Ha habido y hay poetas-lectores excepcionales, que no entran en el canon terrible, y que han encontrado un verdadero lenguaje oral para proclamar sus textos a viva voz. Para mi gusto, los tres grandes lectores del siglo XX cubanos son Nicolás Guillén, Roberto Fernández Retamar y Nancy Morejón. 

A Guillén dedicaré un texto aparte, por eso me centraré en los otros dos escritores. Roberto Fernández Retamar, en conciencia o sin ella, ha creado una imagen quijotesca de sí mismo como personaje público, delgado, alto, con perilla en el mentón, boinas o sombreros en la cabeza, que va sazonando los versos con una conversación amena, aunque a veces algo pedagógica, con un pausado movimiento de las manos, y una voz bien timbrada, que usa para enlazar los versos de modo que el discurso fluya, otorgándoles a los finales la puntuación precisa, incluso dando tiempo para que el público reaccione con el aplauso o con el silencio. Retamar es un buen lector de poesía. La Morejón, por su parte, es de la misma especie. Su voz delicada y musical, no deja de transitar y evidenciar los diferentes tonos, timbres y ritmos de sus versos. Ella es ciertamente polifónica, afinadísima, y sabe conducir la puesta en escena de manera muy sobria pero efectiva. 

Volviendo a Latinoamérica encontraremos dos lectores-poetas paradigmáticos: el Padre Ernesto Cardenal y Mario Benedetti. No dejo de reconocer los valores de este último pero confieso que lo escucho mejor que lo leo, al otro lo leo y lo escucho con la misma intensidad, no tengo tampoco temor de que salte de sus páginas, como si lo hace cierto gran escritor pero no muy prestigioso político. He ido varias veces a la Casa de las Américas a escuchar a estos dos poetas y siempre sucede lo mismo, la gente reacciona ante ellos desde la veneración, y eso es resultado de sus obras y de sus vidas en primer lugar, pero también de una “puesta en escena”, de una emisión correcta, de un control de las emociones, de un manejo de las leyes de la comunicación oral. Benedetti ha llegado incluso al espectáculo, recuerden el recital bellísimo junto a Daniel Viglietti, que yo escuché en Alicante ante un público universitario, jovencísimo, en la época en que España estaba estrenando sus fueros primer mundistas y europeístas y la izquierda se confundía con ese bicho rarillo que es el PSOE.

La poesía ha perdido lectores porque ha perdido vigencia en el espacio público, en la vida cotidiana, en los actos. No puede el hombre de a pie, el hombre cotidiano, sentirse representado por una voz que no es la suya, por una voz antinatural o por una voz fallida en su carácter espectacular o representacional.  Por eso aprender a leer a viva voz no es un conocimiento banal para aquellos que escriben poesía. Los poetas deberían brindar atención a estos asuntos y no solo a los muy válidos y necesarios menesteres de la escritura.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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