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Juglares, actores,
saltimbanquis, mimos, domadores
de oso, gitanos de feria,
caballeros andantes,
predicadores, conferencistas,
charlatanes, voceadores de
barrio, pregoneros, vendedores
de periódicos, narradores
orales… y poetas. He aquí mi
personal configuración del
Paraíso. Un sitio en el que muy
bien se podría estar… si los
poetas guardaran silencio…
Dudo que alguno de ellos, a no
ser que este se llame Teresa de
Ávila, Juan de Yépez, o Luis de
León, pueda permanecer cinco
minutos callado en ese o en
cualquier otro sitio. El poeta
siempre se ha sentido dueño de
la palabra y maestro en su uso,
y es que en cierta medida tiene
razón, por aquello que de “casta
le viene al galgo”. El poeta de
hoy domina la escritura de las
palabras que no a ellas. Desde
los cantores de las canciones de
trabajo hasta los bardos del
Siglo de Oro, los poetas
componían sus textos pensando en
su puesta en escena, en la
pronunciación a viva voz, en el
anuncio público, en la
proclamación. Pensaban en los
lectores en voz alta, en los
declamadores o en los actores y
juglares. El espacio de la
poesía era la plaza pública o el
lugar común. Leer era un acto
comunitario y sonoro. Muchos hoy
afirman que la escritura vino a
secuestrar los géneros
pragmáticos de la literatura
reduciéndolos al silencio y al
egoísmo, y esa es una falsedad o
una media verdad. La escritura,
como recurso nemotécnico
facilitó el secuestro, mas no es
su autor. Durante milenios la
escritura sirvió nada más que de
vehículo. Es conocida la
anécdota que contaba San Agustín
de Hipona, en pleno siglo IV
d.n.e. y distante a tres mil
cuatrocientos años, más o menos,
de que se comenzaran a usar las
primeras formas de escritura,
que había quedado sobrecogido y
estupefacto cuando descubrió a
San Ambrosio, su preceptor,
leyendo en silencio. El
africano, que era culto como
pocos en su época, que había
transitado desde el maniqueísmo
hasta el cristianismo, si
aquello no fuera una verdadera
rareza no tendría razón para
asombrarse y mucho menos
reproducir el suceso en sus
Confesiones, que como se
sabe no es un libro de
especulación teológica, una
polémica, o un tratado, sino un
libro de memorias en el que su
autor hace pública la vida
disoluta que llevara antes de
que se convirtiera en el obispo
santo que fue hasta el momento
de su muerte y nos muestra el
camino de su conversión. Es
decir, si bien la escritura
existía era solo como recurso y
no como lenguaje. No fue hasta
que apareció el concepto de
literatura y que se
desarrollaron las artes
burguesas que la lectura se
convirtió en un acto
silencioso.
El poeta es quizá el último de
los literatos que se resiste a
abandonar la palabra a viva voz,
hasta hoy son conocidas las
tertulias, las descargas, las
peñas, los recitales, que
pretenden colocar a la poesía en
el espacio público. Sin embargo,
por el propio hecho de que el
poeta se reconozca a sí mismo
como un intelectual, un
literato, el depositario de la
“conciencia crítica” ―esa otra
nueva “revelación”―, se siente
obligado a reflejar en la
lectura las convenciones de la
escritura y su dominio de las
mismas. Pongamos un ejemplo: si
lee un soneto se siente obligado
a reproducir de manera evidente
cada uno de los 14 versos, de
modo que puedan ser contados con
exactitud y facilidad, marcando
el paso de cada cuarteta y de
cada terceto, subrayando la
última sílaba de los versos para
que se haga evidente la rima
correcta. De modo que introduce
una contradicción, que no tiene
sentido ni podrá ser solucionada
nunca, la poesía construida
desde la escritura como lenguaje
pretende ser anunciada y
presentada como arte de la
palabra viva.
Si realmente los poetas
quisieran proclamar sus versos a
viva voz deben aprender a
sujetarse a las leyes de la
pragmática. Volvamos al ejemplo
del poeta que quiere recitar un
soneto. El asunto se resolvería
fácilmente: los 14 versos
deberían ser dicho de modo tal
que al enlazarlos y
pronunciarlos de acuerdo a la
dinámica interna de ellos,
respetando esa suerte de
marcadores del ritmo que son los
signos de puntuación, podríamos
llegar al final en una
combinación de sonidos y tiempo,
que si nos atenemos al sabio
Hilarión Eslava, tendría toda la
connotación de la música, y no
esa suerte de reproducción
robótica a la que nos tienen
acostumbrados. Si el poeta
renuncia a exhibirse y decide
en su lugar mostrarse, o mejor,
si el poeta comienza a
interesarle que el poema se
complete en los oídos del que
escucha y decide desaparecer
detrás de él, asumiendo que en
ese momento es solo vehículo y
no protagonista, otro gallo
seguro cantaría.
Muchos, y sin razón, piensan que
el tono exaltado y
grandilocuente es propiedad de
los poetas cubanos del siglo XIX
y principios del siglo XX, que
el tono dulzón y melodramático
nos alcanza y signa de los años
30 al 50, o que el tono de
barricada es el que define a los
insulares años 60 y 70, o que el
sonsonete nasal nos acompaña
solo a los cubanos que
escuchamos poesía desde los 80
hasta este año del siglo XXI.
Falso. Escuchemos a Darío Fo,
escritor canónico y juglar:
"¿Habéis oído recitar alguna vez
a un poeta? ¿Quién ha escuchado
a Montale declamando sus
poesías? ¿O a Ungaretti, el peor
de todos? ¡Dios! ¡Te salen
gusanos como puños en la
barriga! Se trabucan, nasalizan,
sueltan falsetes imposibles… y
jadean, con tonillos delirantes…
les vibra la voz… y sorben como
viejos actores…"
El Premio Nobel cita a dos
poetas italianos, Eugenio
Montale y Giuseppe Urgaretti,
pero nosotros podríamos señalar
los casos extremos de Pablo
Neruda, Aquiles Nazoa y José
Lezama Lima. Miguel Escalona,
camagüeyano de feliz memoria,
tenía en los años 70 un casette
de audio Orbo, alemán del este
para más señas, donde Neruda
leía sus versos. Aún recuerdo
que comenzaba así:
Buenos días, Buenas tardes,
Buenas noches. Yo soy Pablo
Neruda, poeta, ¿me dejas entrar
en tu casa?...
Fue una experiencia
extraordinaria y terrible. Era
la voz del autor de
Residencia en la tierra, de
Canto general… nasal,
chillona, que llegaba a molestar
los oídos con un falsete
interminable, que jadeaba, que
le vibraba la voz, que aspiraba
el final de los poemas. Por un
lado descubría la sonoridad
interna de un grande, y por
otra, la nefasta de un lector
imposible. Él había estado en
Camagüey en los años 60 y en el
Teatro Principal leyó sus
versos. Luis Suardíaz lo
recordaba como algo excepcional
y conmovedor, será porque él
también era poeta.
Aquiles Nazoa, el venezolano,
era un caso especial de
comunicación, a partir de que,
más que dominar los lenguajes,
era una buena persona desde la
raíz del alma, con una vocación
de entrega notable; y por eso
uno dejaba de oír el falsete, la
nasalidad, el sonsonete con el
que leía verso a verso los
poemas, y se concentraba en la
sustancia del texto. Cuando
escuché a Simón Díaz y pude
vivir y transitar por su país
descubrí que Aquiles sonaba
acompañado del cuatro, la maraca
y el arpa, tenía voz de coplero.
Pero como lo valiente no le
retira a uno lo de cortés, no
dejo de saber que a mucha gente
le molesta el tono, el timbre y
hasta el ritmo del poeta cuando
lee o declama, muchas veces yo,
de adolescente, pedía en la
Biblioteca Provincial de
Camagüey a Pimentel que pusiera
la placa negra grabada por Casa
de las Américas donde estaban
muchos de sus más notables
poemas y dos minutos después la
sala estaba vacía. No soportaban
la descarga.
El caso José Lezama Lima es
emblemático, pues reúne casi
todos los defectos del peor
lector de poemas. Para su bien
no tiene o usa el conocido y
reiterado falsete, sino que
empleaba su hermosa voz de
barítono. Lezama, por el asma,
cortaba los versos de manera
anárquica, daba resoplidos,
aspiraba o alargaba los finales,
e introdujo una forma de
recitativo que recuerda a
ciertas sonoridades del canto
llano o gregoriano, pues el
poeta reafirmaba esa
majestuosidad, ese tono de
salmodia que se puede encontrar
en muchos de sus poemas. El
autor de Paradiso era un
lector sin asidero pero que
resultaba conmovedor y dramático
porque a su vez ese luchar
contra el aire que tienen los
asmáticos se correspondía con el
combatir contra el destino que
había signado a su familia, a su
obra y a su país. El tono de
Lezama es el tono trágico que
acumula y sustenta cierta forma
de ser cubano, por eso mi
generación asumió para sí el
“modo lezamiano de lectura”.
Ha habido y hay poetas-lectores
excepcionales, que no entran en
el canon terrible, y que han
encontrado un verdadero lenguaje
oral para proclamar sus textos a
viva voz. Para mi gusto, los
tres grandes lectores del siglo
XX cubanos son Nicolás Guillén,
Roberto Fernández Retamar y
Nancy Morejón.
A Guillén dedicaré un texto
aparte, por eso me centraré en
los otros dos escritores.
Roberto Fernández Retamar, en
conciencia o sin ella, ha creado
una imagen quijotesca de sí
mismo como personaje público,
delgado, alto, con perilla en el
mentón, boinas o sombreros en la
cabeza, que va sazonando los
versos con una conversación
amena, aunque a veces algo
pedagógica, con un pausado
movimiento de las manos, y una
voz bien timbrada, que usa para
enlazar los versos de modo que
el discurso fluya, otorgándoles
a los finales la puntuación
precisa, incluso dando tiempo
para que el público reaccione
con el aplauso o con el
silencio. Retamar es un buen
lector de poesía. La Morejón,
por su parte, es de la misma
especie. Su voz delicada y
musical, no deja de transitar y
evidenciar los diferentes tonos,
timbres y ritmos de sus versos.
Ella es ciertamente polifónica,
afinadísima, y sabe conducir la
puesta en escena de manera muy
sobria pero efectiva.
Volviendo a Latinoamérica
encontraremos dos
lectores-poetas paradigmáticos:
el Padre Ernesto Cardenal y
Mario Benedetti. No dejo de
reconocer los valores de este
último pero confieso que lo
escucho mejor que lo leo, al
otro lo leo y lo escucho con la
misma intensidad, no tengo
tampoco temor de que salte de
sus páginas, como si lo hace
cierto gran escritor pero no muy
prestigioso político. He ido
varias veces a la Casa de las
Américas a escuchar a estos dos
poetas y siempre sucede lo
mismo, la gente reacciona ante
ellos desde la veneración, y eso
es resultado de sus obras y de
sus vidas en primer lugar, pero
también de una “puesta en
escena”, de una emisión
correcta, de un control de las
emociones, de un manejo de las
leyes de la comunicación oral.
Benedetti ha llegado incluso al
espectáculo, recuerden el
recital bellísimo junto a Daniel
Viglietti, que yo escuché en
Alicante ante un público
universitario, jovencísimo, en
la época en que España estaba
estrenando sus fueros primer
mundistas y europeístas y la
izquierda se confundía con ese
bicho rarillo que es el PSOE.
La poesía ha perdido lectores
porque ha perdido vigencia en el
espacio público, en la vida
cotidiana, en los actos. No
puede el hombre de a pie, el
hombre cotidiano, sentirse
representado por una voz que no
es la suya, por una voz
antinatural o por una voz
fallida en su carácter
espectacular o representacional.
Por eso aprender a leer a viva
voz no es un conocimiento banal
para aquellos que escriben
poesía. Los poetas deberían
brindar atención a estos asuntos
y no solo a los muy válidos y
necesarios menesteres de la
escritura. |