|
El escritor cubano Roberto
Fernández Retamar es una de las
figuras intelectuales esenciales
del continente americano en la
fecha actual. Digo figura
intelectual y no escritor,
porque su quehacer va mucho más
allá de la labor literaria:
profesor universitario,
diplomático, presidente de la
Casa de las Américas, director
de la Academia Cubana de la
Lengua, miembro del Consejo de
Estado de la República de Cuba.
Es un hombre de ejecutoria tan
dilatada que lo sitúa en el
linaje de un Andrés Bello o un
Alfonso Reyes. Como ellos, no
solo ha servido con su talento
excepcional a su pueblo, sino a
la América toda. Pocas veces en
nuestras letras se han unido un
rigor y una calidad literaria
tan notables con una ejecutoria
tan inclaudicablemente
antimperialista. Díganlo
muchísimos de sus versos o las
páginas de ese ensayo, que, él
solo, podría garantizarle un
lugar en el pensamiento de
avanzada latinoamericano:
Caliban.
Lo que va dictando el fuego
es una selección de su vasta
obra en verso y prosa. Tarea
difícil de llevar a cabo ―puedo
dar testimonio de ello, como
compilador, prologuista y
coordinador de tal empresa― en
tanto lo que inevitablemente se
queda fuera de ella permitiría
preparar al menos otro volumen
semejante a este. Mas, la sabia
decisión de la Biblioteca
Ayacucho de incluir a este autor
en su colección Clásica, no solo
es un acto de justicia sino un
acto de valentía porque el
nombre de Roberto Fernández
Retamar sigue sonando provocador
dondequiera que se reúnen los
intelectuales financiados por
los sectores neoconservadores,
pero además, este nuevo tomo de
Ayacucho ayudará a extender por
Venezuela, América y el mundo
todo, un quehacer, que aunque
muy reconocido en los ámbitos
intelectuales y especialmente
académicos de varios
continentes, ha sido
sistemáticamente excluido de las
grandes editoriales, de los
sellos más poderosos y desde
luego, de la propaganda más
complaciente de la gran prensa
capitalista.
¿Cómo no intentar silenciar a
quien se atrevió a escribir, en
fecha tan temprana como 1971 en
el citado Caliban:
Nuestro símbolo no es pues
Ariel, como pensó Rodó, sino
Caliban. Esto es algo que vemos
con particular nitidez los
mestizos que habitamos estas
mismas islas donde vivió
Caliban: Próspero invadió las
islas, mató a nuestros
ancestros, esclavizó a Caliban y
le enseñó su idioma para
entenderse con él: ¿Qué otra
cosa puede hacer Caliban sino
utilizar ese mismo idioma para
maldecir, para desear que caiga
sobre él la "roja plaga"? No
conozco otra metáfora más
acertada de nuestra situación
cultural, de nuestra realidad.
[ y aquí viene una larga cita de
próceres e intelectuales, desde
Túpac Amaru y Tiradentes hasta
Roque Dalton y Leo Brouwer]
¿qué es nuestra historia, qué es
nuestra cultura, sino la
historia, sino la cultura de
Caliban?
Es imprescindible repasar esas
líneas, lo mismo que aquellas
que le siguieron: Caliban
revisitado (1986),
Caliban en esta hora de Nuestra
América (1991), Caliban
quinientos años más tarde
(1992), Caliban ante la
Antropofagia (1999), sin
olvidar otra línea fundamental
en su obra: la revisión de la
“leyenda negra” española y con
ella, de algunos de los mitos de
liberalismo americano, como
demuestra en Algunos usos de
civilización y barbarie, o
su imprescindible bibliografía
sobre una figura capital de
nuestras letras: José Martí. Se
trata de una escritura
fundacional, cuyo meollo
contiene no solo muchísimas
interrogaciones, de las que han
asediado a los intelectuales
honestos del mundo desde hace
varias décadas, sino que tiene
el arrojo de ofrecer también
muchísimas respuestas, aunque
estas resulten ofensivas para
ciertas figuras de
"inteligencia" burguesa.
Sin embargo, confieso que el
valor del Retamar ensayista,
tiende ―muchas veces con su
propia complicidad― a ocultar la
figura del poeta, de aquel autor
precoz de la Elegía como un
himno ―dedicada a la memoria
de otro poeta y luchador
revolucionario: Rubén Martínez
Villena― y también algunos de
los poemas que resultarían
definitorios para lo que se ha
dado en llamar la poesía de la
“generación de los años 50”:
“Palacio cotidiano”, “Los
oficios”, “Los que se casan con
trajes alquilados”, “Última
estación de las ruinas”. ¿Quién
no se ha repetido alguna vez
aunque sea un par de versos de
esa página imprescindible que es
“El Otro”?:
Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la
ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
O ese inolvidable poema de amor
o poema cívico, o ambas cosas a
la vez, que es “Con las mismas
manos” y comienza con una línea
inolvidable: “Con las mismas
manos de acariciarte estoy
construyendo una escuela.”
Sin embargo, está también esa
elegía “¿Y Fernández?”, dedicada
a su padre y que es, a juicio
nuestro, una de las más notables
escritas en lengua española de
este lado del Atlántico. Esa que
nos sobrecoge con su lenguaje
aparentemente tranquilo y
confesional, pero que nos está
interpelando a todos:
Casi en las últimas horas, me
pidió que le secase el sudor de
la cara.
Tomé la toalla y lo hice, pero
entonces vi
Que le estaba secando las
lágrimas. Él no me dijo nada.
Tenía un dolor insoportable y se
estaba muriendo. Pero el conde
Sólo me pidió, gallardo
mosquetero de ochenta o noventa
libras,
Que por favor le secase el sudor
de la cara.
No hay un Roberto Fernández
Retamar poeta y otro prosista,
como no hay uno dirigente
político y otro hombre privado,
sino hay, tras esas páginas que
hoy les ofrecemos, todo un
hombre íntegro, con sus certezas
y sus dudas, un enemigo de los
dogmas, pero también alguien
dispuesto a plantar cara a las
grandes verdades por las que
vale la pena vivir y si es
preciso, hasta morir. Por eso,
no voy a concluir con una cita
de sus enjundiosos ensayos donde
aboga por un pensamiento fuerte
e independiente, de recia raíz
martiana, marxista, bolivariana,
sino con uno de esos poemas que
desde la aparente humildad de lo
privado mejor retratan su
grandeza humana, me refiero a
“Felices los normales”, dedicado
a la artista plástica Antonia
Eiriz:
Felices los normales, esos seres
extraños.
Los que no tuvieron una madre
loca, un padre borracho, un hijo
delincuente,
Una casa en ninguna parte, una
enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados
por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete
rostros de la sonrisa y un poco
más,
Los llenos de zapatos, los
arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los
lindos,
Los rintintín y sus secuaces,
los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son
queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por
ratones,
Los vendedores y sus
compradores,
Los caballeros ligeramente
sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos
y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los
finos,
Los amables, los dulces, los
comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol,
las piedras.
Pero que den paso a los que
hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías,
las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos
que sus madres, los más
borrachos
Que sus padres y más
delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores
calcinantes.
Que les dejen su sitio en el
infierno, y basta.
Palabras para la presentación de
Lo que va dictando el fuego,
de Roberto Fernández Retamar. |