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Los mares del Cretácico no
dejaban de agitarse; las olas
rompían en la costa con fuerza y
ritmo casi inexplicables,
parecía que Neptuno trataba de
expulsar de sus entrañas algo
que le molestaba. Cada ola que
se estrellaba en la costa era un
esfuerzo supremo para limpiarse
por dentro.
Abajo, en las profundidades y en
el fondo, donde la imaginación
apenas alcanza, espectaculares
seres enrollados protagonizan
una suerte de danza en
apariencia desordenada y sin
sentido. Unos son gigantes, de
más de tres metros de diámetro;
otros, menos grandes, alcanzan
entre unos pocos centímetros y
un metro, y aún otros, son
pequeños cual granos de
garbanzos. Cada desplazamiento
es perfectamente coincidente con
el de los tentáculos que,
saliendo de sus cabezas, son
retraídos y extendidos a
voluntad de cada uno de aquellos
seres marinos de apariencia
grotesca. Los tentáculos no
dejan de moverse, son como las
manos de un bailarín de flamenco
que con sus dedos expresa
sentimientos.
Fueron cientos, miles, millones
de aquellos entes, cuyas
apariencias recuerdan a pulpos
modernos, solo que estos no
tienen conchas visibles,
mientras aquellas criaturas de
tiempos remotos las exhibían
haciendo gala de la más profusa
variedad de formas.
Los cuerpos suben y bajan
lentamente en el líquido. A
intervalos irregulares, sin
previo aviso, salen como
disparados desplazándose en
sentido contrario a la cabeza;
los tentáculos, en ese instante,
y mientras dura el traslado se
mantienen quietos, como
suspendidos en el espacio. Para
lograr tales movimientos toman
una importante cantidad de agua,
la retienen en unas cámaras
especiales, y en el momento
preciso la expulsan con potencia
sorprendente. La fuerza del agua
al salir, empuja a la criatura
hacia atrás: se diría que nadan
de espalda. Pudiera asegurarse
que estos extraños individuos
fueron precursores de la
propulsión a chorro que millones
de años después, el hombre
utilizó en algunos medios de
transporte.
¿Dónde están hoy aquellas
formidables criaturas?
Los miembros de la expedición
científica permanecen en
silencio mientras el vehículo
devora la distancia que separa
la Ciudad de Santa Clara del
municipio de Corralillo, en la
costa norte de la provincia de
Villa Clara. Rojas, el director
del Museo Nacional de Historia
Natural de Cuba y jefe de la
expedición, se empeña en sacarle
a las cartas topográficas y
geológicas la información que
necesitan los expedicionarios, y
de paso, aliviar la frustración
de cuatro largos días de
búsqueda sin resultados
concretos; el tiempo y los
recursos se agotan.
Ricardo Barragán, paleontólogo
especialista en ammonites, que
ha llegado unos días antes desde
México, ahora permanece con la
vista fija en el pavimento.
Rafael es un ingeniero geólogo
que ha hecho el periplo Moa-Ciudad
de La Habana en tiempo record:
solo cuatro días. Ahora está
igualmente callado. Joven al
fin, rompe el silencio:
“Caballeros, mi martillo no
puede irse de aquí sin encontrar
un fósil de ammonite”. Todos
ríen con desánimo.
Damián, el miembro más útil del
grupo, se mantiene concentrado
en la conducción del vehículo,
es la primera vez que
participaba en una expedición
científica y se ha hecho un
firme propósito: “yo voy a
encontrar el mejor fósil”. Así
expresó la noche anterior,
mientras miraba con insistencia
su mano izquierda algo hinchada
a consecuencia de las tantas
piedras rotas.
El paisaje monótono, el silencio
incómodo y aplastante. “Donde
hay fantasmas hay fósiles”,
declara Rojas. Sus palabras
salen por las ventanillas
abiertas del auto a la misma
velocidad con que las ha dicho.
Damián, dándose cuenta de que el
ambiente estaba pesado
enciende la reproductora del
auto: Yo voy a pedir pa'ٰ
ti, lo mismo que tu pa'ٰ
mí.
Siguiendo el ritmo del
estribillo, Rafael agrega: “ammonites”.
Una risa unánime opacó el
audio.
Llegan al lugar preseleccionado,
el auto se detiene en la
pendiente; la vista es
espléndida: a lo lejos, el
Océano Atlántico sereno y azul,
el cielo despejado; viento
fresco, aire puro. Silencio.
La construcción de la carretera
ha dejado expuestas, a ambos
lados de la vía, las rocas
formadas hace unos 130 millones
de años; el corte es perfecto.
Como páginas de un libro
antiguo, en el que las palabras
se han borrado por el paso del
tiempo y los elementos, las
capas rocosas se proyectan
caprichosamente hacia las nubes.
Bajan del auto, en sus manos
mandarrias, cinceles, martillos
de geólogo. Recomienza la
búsqueda.
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La quietud del lugar se
interrumpe por el pic, pac; pic,
poc, poc de los martillos al
golpear y cavar. Es un frenesí.
Alguien bautizó ese sonido como
“la sinfonía de los
ammonitólogos”. Son
pasadas las 11:30 de la mañana,
llevan unas tres horas picando
piedras, con un entusiasmo que a
primera vista parecería
impropio. No ha aparecido ni un
ammonite; solo aparecen
fantasmas: los fantasmas de
Corralillo.
Los paleontólogos llaman
fantasmas a las sombras o
huellas que quedan en la roca,
en el lugar en que, en otro
momento, se encontraban fósiles
de o de cualquier otro
organismo del pasado. Ocurre
que, una vez formado el fósil,
el agua que circula por el
interior de las rocas puede
llegar a disolverlo, quedando de
él solo una sombra casi
indescifrable: un fantasma.
La utilidad científica de los
fantasmas es discreta, pues
su estudio no permite determinar
la especie a la que pertenece el
organismo vivo a partir del cual
se formó.
Barragán explica que la
abundancia de fantasmas
revela que la zona fue sometida
a un importante flujo de aguas
subterráneas ácidas a través de
los poros de las rocas y que
esas aguas lavaron los
fósiles. En fin, que si hay
fantasmas, la probabilidad
de encontrar fósiles bien
conservados es muy baja.
A lo anterior se añade, para
angustia del grupo, la presencia
de una gran cantidad de
aptychus fosilizados en las
rocas. Los aptychus se
conforman de un par de placas
que vienen siendo algo así como
las puertas que abren y cierran
las entradas de las conchas de
los ammonites. Cuando el animal
abre la puerta, saca los
tentáculos, nada, se alimenta,
se orienta y, ante un peligro,
guarda los tentáculos y cierra
la puerta de acceso.
Al morir los ammonites y
descomponerse las partes blandas
del molusco, los aptychus
se desprenden de los cuerpos y
algunos fosilizan desvinculados
de los animales a los que
pertenecieron. Las aguas
subterráneas de Corralillo
disolvieron las conchas, pero
dejaron intactos los aptychus,
pues éstos tienen una
composición química diferente a
la concha de los ammonites, En
fin, en Corralillo aparecían,
muchos aptychus y muchos
fantasmas; y nada más.
A pesar de las evidencias en
contra, los expedicionarios
continúan picando piedras, ya
los martillos pesan el doble,
ninguno usa la mandarria; las
piedras se hacen cada vez más
duras.
Un grito de tenor desafinado
rompió la sinfonía de los
ammonitólogos: “¡Ricardooo!, ¡Rojaaas!;
¡lo encontreeé!”
Como escolares al escuchar el
timbre del recreo, corren hacia
Rafael. El joven sostiene en sus
manos un trozo de roca
amarillenta-carmelitosa, en su
interior un ejemplar grande,
hermoso, perfectamente
conservado de un ammonite; justo
lo que buscaban. Todos quieren
tener aquella piedra en sus
manos; ver el fósil de cerca. La
perseverancia, el tesón, el amor
a la ciencia han triunfado una
vez más. Yo nunca pensé que un
trozo de piedra pudiera ser
tratado con tanto respeto,
admiración y, si cabe la
palabra, con tanta delicadeza.
Sin que nadie pudiera evitarlo,
sin que mediaran palabras, el
grupo empezó a buscar en el
mismo lugar donde Rafa había
encontrado el ejemplar: la
sinfonía arreció, elevó
el tono. Aquello me hizo
recordar mi infancia cuando iba
a pescar con mis amigos: si a
uno del grupo le estaban
picando, los demás nos
acercábamos al lugar de la
suerte, para ver si lográbamos
coger algo, las discusiones, a
veces, terminaban con la
pesquería.
Los hallazgos continuaron,
aparecieron más ejemplares
conservados, útiles para la
ciencia. Cada miembro de la
expedición resulta recompensado
con al menos un ammonite
arrebatado al tiempo y a los
procesos de disolución que aún
hoy se manifiestan en las rocas
de Corralillo.
Los fósiles encontrados son
tratados como lo que en realidad
son: documentos únicos e
irrepetibles de la evolución de
La Tierra y de la vida. Cada
ejemplar extraído es colocado
como en un santuario cerca de
los expedicionarios y, por
infortunio, cerca de la
carretera.
Un carretón tirado por un
caballo asustado volaba
carretera abajo. Los gritos de
sus conductores, al saltar del
bólido, alertan del peligro a
los exploradores. Sorprendidos,
y más asustados que el caballo,
treparon al farallón: guantes,
gorras y sombreros quedaron
abandonados; curioso, nadie
soltó su martillo de geólogo. No
imaginé que aquellos buscadores
de ammonites tuvieran tal
habilidad para trepar. El único
que permaneció tranquilo fue
Rojas. Después casi confesó que
el susto lo había paralizado.
Ya detenido el animal y sometido
nuevamente a la obediencia, los
paleontólogos, preocupados, pero
más tranquilos, pasan revista a
los daños: los ejemplares
colectados habían sido
literalmente machacados por las
patas del caballo, las ruedas
del carretón y las botas de los
jóvenes conductores del
vehículo. Los rostros de los
expedicionarios expresan la
catástrofe; apenas cuatro
ejemplares quedaron casi ilesos.
Después de la tempestad, vino la
calma. Eran cerca de las 2:30 de
la tarde, solo en ese momento,
toman conciencia que desde la
noche anterior no ingieren
alimentos: solo agua.
El
restaurante La Fabada, en
el pueblo de Corralillo, fue el
anfitrión de aquella tropa de
ropas y zapatos sucios. Gente
buena los corralillenses, que a
pesar de las apariencias, les
brindan una atención esmerada y
muy profesional. Se aprovechó
ese momento para entregar en
acto solemne y público, un
martillo de geólogo nuevo a
Rafael, por haber encontrado el
primer fósil de ammonites de su
vida. Regresa la alegría.
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Concluido el almuerzo, salieron
al portal del restaurante. Justo
al frente se encuentra la
cafetería La Fruta, que tiene un
muro revestido con rocas de la
zona. No era posible lo que
estaban viendo. Los fantasmas de
Corralillo ahora tomaban forma y
dimensiones precisas, los
fósiles de ammonites que tanto
habían buscado, aparecían,
espléndidos, desafiantes,
enteritos, en las rocas del
enchape de la cafetería. La
casualidad no debía ser tan
cruel.
Conversan con los trabajadores
del establecimiento, les
explican quienes son, de dónde
vienen, qué hacen en Corralillo.
Toman varias fotos de los
fósiles e insisten para que los
trabajadores de La Fruta les
ayuden a obtener la autorización
para sacar las piedras que
contenían los fósiles. El
entusiasmo de aquellos cubanos
por ayudar al avance del
conocimiento de la historia
natural de su país y su terruño
se hizo evidente.
Pasado el impacto y de regreso
al sitio de búsqueda, los
expedicionarios razonan y
concluyen, que no es correcto
extraer los fósiles del muro de
la cafetería.
Al día siguiente pasan por el
lugar y comunican las
conclusiones a los trabajadores,
quienes les estaban esperando
con la autorización para extraer
las piedras. El grupo se
comprometió en hacer una placa
para identificar los fósiles del
muro, así los habitantes del
lugar y quienes visiten
Corralillo tendrán un nuevo
motivo de orgullo, y el muro de
la cafetería se transformará en
un espacio para el conocimiento
de parte de la historia natural
de Corralillo.
Los fantasmas de Corralillo no
pudieron evitar el avance de la
ciencia; fueron colectados unos
20 ejemplares de ammonites
útiles para el trabajo
científico, varios aptychus
y un fragmento
fosilizado de la columna
vertebral de un pez. Esos
materiales, luego de ser
estudiados, se incorporarán a
las colecciones del Museo
Nacional de Historia Natural,
formarán parte de nuestro
patrimonio. Ahora será más fácil
para todos aquellos que
necesiten estudiar los ammonites
de Corralillo, pues no tendrán
ya que vérselas con sus
fantasmas. |