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“Segunda cita”
Quisiera empezar cada lienzo
con mejor fortuna.
Quisiera enmendar los comienzos
de todas las brumas.
Quisiera pegarme unas alas
y en una cornisa
soplar una dulce balada
que lleve la brisa.
Quisiera viajar al pasado
de cierta muchacha
que andaba de noche El Vedado,
liviana y borracha.
Quisiera volver a su vida
y allí convencerla,
para que con menos heridas
hoy pudiera verla.
El dolor que no curen los
ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los
ángeles
sólo el viento la puede saber.
Quisiera ir al punto naciente
de aquella ofensiva
que hundió con un cuño impotente
toda iniciativa.
Quisiera ir allí con las cruces
del tiempo perdido
y hacer un camino de luces,
sin odio ni olvido.
El dolor que no curen los
ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los
ángeles
sólo el viento la puede saber.
Quisiera dar vuelta a la rueda
que para en lo mismo:
un simple mortal que se juega
abismo y abismo.
Y, antes de darle al perchero
mis alas de atrezo,
quisiera dejar como
fuero
certeza y progreso.
El dolor que no curen los
ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los
ángeles
sólo el viento la puede saber.
“En mi calle”
En mi calle hay una acera gris
donde se pegan las miradas
del que mira a dónde va.
En mi calle hay un banco que es
tan largo y blanco como el
mármol
donde iremos a parar.
Yo no sé por qué son tan altas
las blancas ventanas que miran
al cielo.
En mi calle el mundo no habla,
la gente se mira y se pasa con
miedo.
Si yo no viviera en la ciudad,
quizás vería el árbol sucio
donde iba a jugar.
En mi calle de silencio está,
y va pasando por mi lado
―es un recuerdo desigual.
Yo no sé por qué estoy mirando,
por qué estoy cantando,
por qué estoy viviendo.
Yo no sé por qué estoy llorando,
por qué estoy amando,
por qué estoy muriendo.
“¿Adónde van?”
¿Adónde van las palabras
que no se quedaron?
¿Adónde van las miradas
que un día partieron?
¿Acaso flotan eternas,
como prisioneras
de un ventarrón,
o se acurrucan entre las
hendijas,
buscando calor?
¿Acaso ruedan sobre los
cristales,
cual gotas de lluvia
que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van…?
¿Adónde van?
¿En qué estarán convertidos mis
viejos zapatos?
¿Adónde fueron a dar
tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias
que desde tus ojos
saltaron por mí?
¿Adónde fueron mis palabras
sucias de sangre de abril?
¿Adónde van ahora mismo
estos cuerpos que no puedo nunca
dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van…?
¿Adónde van?
¿Adónde va lo común,
lo de todos los días:
el descalzarse en la puerta,
la mano amiga?
¿Adónde va la sorpresa
casi cotidiana del atardecer?
¿Adónde va el mantel
de la mesa,
el café de ayer?
¿Adónde van los pequeños
terribles encantos
que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van…?
¿Adónde van?
“Locuras”
Hay locuras para la esperanza
hay locuras también del dolor
y hay locuras de allá donde el
cuerdo no alcanza
locuras de otro color
hay locuras que son poesía
hay locuras de un raro lugar
hay locuras sin nombre
sin fecha
sin cura
que no vale la pena curar
hay locuras que son como brazos
de mar
te sorprenden
te arrastran
te pierden
y ya
hay locuras de ley pero no de
juzgar
hay locuras que son la locura
personales locuras de dos
hay locuras que imprimen dulces
quemaduras
locuras de diosa y de dios
hay locuras que hicieron el día
hay locuras que están por venir
hay locuras tan vivas
tan sanas
tan puras
que una de ellas será mi morir
“El día en que voy a partir”
No te muevas.
Quiero conservar este instante
así:
tú junto a la ventana, como a
contraluz;
yo echado en el lecho, queriendo
mirar
los ojos profundos del sol
detrás de tu cuerpo feliz,
desnudo, desnudo. Y ya es
el día en que voy a partir.
No te muevas
si puede estar quieta la
felicidad,
si puede volverse de piedra el
amor.
Convierte en estatuas los días y
el mar.
Quizá me comprenda mejor.
O al menos conforme ya esté,
repleto de piedras, sin sed
el día en que voy a partir.
No te muevas
y dime si es hora de irse a
dormir.
Temprano me espera un sabor de
mujer.
Lo llevo guardado en los ojos.
Y sé que un beso muy frío será
el beso que no me darás
las noches, los días después
del día en que voy a partir.
“Pedacito de papel al viento”
A mis amigos Marcos Huerta
y Vicente Garrido, en la
eternidad
Pedacito de papel al viento
es la mariposa bailadora.
Danza que te gira embrujadora,
enjugando negros pensamientos.
Ido a sus colores, tomo asiento
fuera del espacio y de la hora.
Desde allí la vida se demora,
obra y gracia de su
encantamiento.
Hacia el ocaso, ya hace mucho
que yace en mi camisa oscura
su luz multicolor abierta.
Si hubo un dolor, ya no lo
escucho.
Y en la fragante noche pura
vuela la mariposa muerta.
“No pienses, no digas”
No pienses
no digas que alguien está triste
que alguien está triste
que hay niños tras la puerta
que hay niños tras la puerta
que hay muertos comenzando
que hay muertos comenzando
no pienses
no digas
“Cuántas veces al día”
¿Qué silencio es culpable de la
muerte de un hombre?
¿Qué silencio en nosotros ha
colgado inocentes?
¿Qué silencio maldito ha cegado
algún nombre?
¿Cuántas veces al día merecemos
la muerte?
No busquen más alrededor.
Ustedes son.
No busquen más, no es el de
atrás:
ustedes son.
No es el de al lado, no.
Eres tú mismo, sí.
El que sonríe bien,
el que sabe callar.
¿Cuántas veces al día?
¿Cuántas veces al día?
¿Cuántas veces al día merecemos
la muerte?
¿Qué silencio aprendido nos
preserva la vida?
¿Qué silencio oportuno nos
convierte en prudentes?
¿Qué silencio asesino nos llena
la barriga?
¿Cuántas veces al día merecemos
la muerte?
“Sinuhé”
Tomando en cuenta la santa
inocencia,
voy a cantarle a la vieja Bagdad
donde mis sueños bebieron
esencias
y donde, en noches de
luminiscencia,
de niño, zarpaba siguiendo a
Simbad.
Algo debiera hechizar
portaviones,
alguien debiera apretar un botón
que reciclara metralla en
razones
y poderío en conmiseración.
Qué solo está Sinuhé
de amor y de fe.
Qué solo está Sinuhé.
¿Qué tal sigue usted?
Bajo las ruinas vagan inquilinos
de las leyendas que fueron maná.
Pasa la sombra infeliz de
Aladino,
sin una lámpara para el camino
y sin el secreto de Alí Babá.
Algo debiera embrujar los
misiles,
alguien debiera hacer estallar
el hongo de los derechos civiles
de los fantasmas que pueblan
Bagdad.
Qué solo está Sinuhé
de amor y de fe.
Qué solo está Sinuhé.
¿Qué tal sigue usted?
Ahora es escoria el papel
sorprendente
de Sherezada en su lecho
nupcial.
La orden de fuego la dio un
disidente
de la cultura, la carne, la
mente,
el sueño y la vida que no sea
virtual.
Mil y una noches para la
malicia,
mil y una noches de
intimidación,
mil y una noches de fuego y
codicia,
mil y una noches sin dios ni
perdón.
Qué solo está Sinuhé
de amor y de fe.
Qué solo está Sinuhé.
¿Qué tal sigue usted?
“El gigante”
Un
gigante,
cuando era infante,
lanzaba pedos
que daban miedo.
Y aquel bellaco
a un gran saco
fue traspuesto,
por molesto.
El gigante,
porque era infante,
gritó tan duro
que hasta el futuro
llegó su queja,
cierta y vieja
como un viento
descontento.
No se sabe si al fin la ley
supo tratar gigantes
poco elegantes,
pero de ley.
Dale a tu niño besos,
pues para eso
nos llora el rey.
“Oda a mi generación”
A los veintisiete días de mayo
del año setenta
un hombre se sube
sobre sus derrotas, pide la
palabra
momentos antes de volverse loco.
No es un hombre,
es un malabarista de una
generación.
No es un hombre,
es quizás un objeto de la
diversión;
un juguete común de la Historia
con un monograma
que dice: «bufón».
Ese hombre soy yo.
Pero debo decir que me tocó
nacer
en el pasado y que no volveré.
Es por eso que un día
me vi en el presente,
con un pie allá donde vive la
muerte
y otro pie suspendido en el
aire,
buscando lugar,
reclamando tierra del futuro
para descansar.
Así estamos yo y mis hermanos,
con un precipicio en el
equilibrio
y con ojos de vidrio.
Ahora quiero hablar de poetas,
de poetas muertos y poetas
vivos,
de tantos muchachos
hijos de esta fiesta
y de la tortura de ser ellos
mismos.
Porque hay que decir
que hay quien muere sobre su
papel,
pues vivirle a la vida su talla
tiene que doler.
Nuestra vida es tan alta ―tan
alta―
que para tocarla casi hay que
morir,
para luego vivir.
Yo no reniego de lo que me toca,
yo no me arrepiento
pues no tengo culpa,
pero hubiera querido poderme
jugar
toda la muerte allá, en el
pasado,
o toda la vida en el porvenir
que no puedo alcanzar.
Y con esto no quiero decir que
me pongo a llorar.
Sé que hay que seguir navegando.
Sigan exigiéndome cada vez más,
hasta poder seguir
o reventar.
“La
canción de la Trova”
Aunque las cosas cambien de
color,
no importa pase el tiempo.
Las cosas suelen transformarse
siempre, al caminar.
Pero tras la guitarra siempre
habrá una voz
más vista o más perdida,
por la incomprensión de ser
uno que siente,
como en otro tiempo fue también.
Hay corazones que hoy también se
sienten detenidos,
aunque sean otros tiempos hoy
y mañana será también.
Se sigue conversando con el mar.
Aunque las cosas cambien de
color,
no importa pase el tiempo.
No importa la palabra que se
diga para amar.
Pues, siempre que se cante con
el corazón,
habrá un sentido atento para la
emoción de ver
que la guitarra es la guitarra,
sin envejecer.
“Te doy una canción”
Cómo gasto papeles recordándote,
cómo me haces hablar en el
silencio.
Cómo no te me quitas de las
ganas
aunque nadie me ve nunca
contigo.
Y cómo pasa el tiempo, que de
pronto son años
sin pasar tú por mí, detenida.
Te doy una canción si abro una
puerta
y de las sombras sales tú.
Te doy una canción de madrugada,
cuando más quiero tu luz.
Te doy una canción cuando
apareces
el misterio del amor.
Y si no lo apareces, no me
importa:
yo te doy una canción.
Si miro un poco afuera, me
detengo:
la ciudad se derrumba y yo
cantando.
La gente que me odia y que me
quiere
no me va a perdonar que me
distraiga.
Creen que lo digo todo, que me
juego la vida,
porque no te conocen ni te
sienten.
Te doy una canción y hago un
discurso
sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción con mis dos
manos,
con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo
Patria,
y sigo hablando para ti.
Te doy una canción como un
disparo,
como un libro, una palabra, una
guerrilla:
como doy el amor.
“Tonada del albedrío”
Dijo Guevara el hermoso,
viendo al África llorar:
en el imperio mañoso
nunca se debe confiar.
Y dijo el Che legendario,
como sembrando una flor:
al buen revolucionario
sólo lo mueve el amor.
Dijo Guevara el humano
que ningún intelectual
debe ser asalariado
del pensamiento oficial.
Debe dar tristeza y frío
ser un hombre artificial,
cabeza sin albedrío,
corazón condicional.
Mínimamente soy mío,
ay, pedacito mortal.
“La gota de rocío”
La gota de rocío
del cielo se cayó
y en ella el amor mío
la carita se lavó.
Pero era tan temprano
que no salía el sol
y se helaron las manos
y mejillas de mi amor.
Creí que las estrellas
la iban a buscar
y que en su cara bella
se ponían a jugar.
Me dijo tengo frío
acércame calor
y fui con tanto brío
que encendí su corazón.
Y mientras la besaba
me dijo en un temblor
esto es lo que faltaba
para que saliera el sol
Oh gota de rocío
no dejes de caer
para que el amor mío
siempre me quiera tener.
“Playa Girón”
Compañeros poetas,
tomando en cuenta
los últimos sucesos en la
poesía,
quisiera preguntar ―me urge―
qué tipo de adjetivo se debe
usar
para hacer la canción de este
barco
sin que se haga sentimental,
fuera de la vanguardia o
evidente panfleto,
si debo usar palabras
como Flota Cubana de Pesca
y Playa Girón.
Compañeros de música,
tomando en cuenta esas
politonales
y audaces canciones,
Quisiera preguntar ―me urge―
qué tipo de armonía se debe usar
para hacer la canción de este
barco
con hombres de poca niñez,
hombres y solamente hombres
sobre cubierta,
hombres negros y rojos y azules,
los hombres que pueblan el Playa
Girón.
Compañeros de Historia,
tomando en cuenta lo implacable
que debe ser la verdad,
quisiera preguntar ―me urge
tanto―
qué debiera decir, qué fronteras
debo respetar.
Si alguien roba comida y después
da la vida,
¿qué hacer?
¿Hasta dónde debemos practicar
las verdades?
¿Hasta dónde sabemos?
Que escriban, pues, la historia,
su historia,
los hombres del Playa Girón.
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