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Hace muchos meses que los
televidentes cubanos no
disfrutan de un documental o de
una pieza de ficción de Ernesto
Daranas. Existe una razón para
ello: se sumergió totalmente en
el guión y la realización de
Los dioses rotos, su primer
filme para la pantalla grande.
Por fin el anuncio de su
estreno ha sido noticia: será
durante la trigésima edición del
Festival Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano y en 35
mm. como quiso su hacedor.
Autor junto a Natacha Vázquez
del documental Los últimos
gaiteros de La Habana, obra
por la que recibieron el Premio
de Periodismo Rey Juan Carlos,
en el 2004, el joven director
cubano se estrenó como
dramaturgo con Guantanamera
S.A. y Maní Tosta'o,
dos de las piezas teatrales en
su haber y esto ocurrió “fuera
de Cuba” según confiesa “por
razones totalmente ajenas a mi
voluntad. En cambio, la
televisión y la radio me
abrieron desde el primer momento
una puerta hacia el cubano de
aquí y de ahora, que es el
interlocutor que más me
interesa. En los últimos años,
diferentes actores y directores
me han pedido textos teatrales,
algo que no se ha concretado
solo por una cuestión de tiempo,
pues sigue siendo un mundo que
amo y respeto.”
Como guionista, ¿qué placeres y
malos momentos has sentido?
Los buenos momentos los he
tenido en la misma medida en que
he ido asumiendo la realización
de lo que escribo y compartiendo
el resto solo con aquellos
directores que me interesan. Y
como disfruto lo que hago, los
malos momentos los olvido
filmando, escribiendo.
“En el audiovisual, el guión es
mucho más abarcador”, afirmaste
en una entrevista. ¿Por qué?
Un guión tiene el poder de
condicionarlo todo. Para
empezar, viene a ser, digamos…
como el Elegguá de una
propuesta audiovisual, en tanto
es la primera referencia de
cuánto vale o no la pena
arriesgar en un proyecto que
debe tener la capacidad de
comenzar por conmover a alguien
tan pragmático como un productor
o tan quisquilloso como un
programador. El guión determina,
además, la estructura y la
dinámica internas de cualquier
espacio: desde un dramático
hasta un informativo; desde un
documental hasta un musical.
Condiciona, incluso, la calidad
artística de un colectivo, pues
es lo primero que exige
confrontar un actor o un
especialista de puntería antes
de aceptar formar parte de
cualquier obra o programa. Un
buen guión es, también, el mejor
detector de un mal director
mucho antes de que se concrete
la obra. Un mal director
comenzará invariablemente por
modificar la historia y
simplificar la propuesta hasta
rebajarla al terreno en que sus
limitaciones artísticas lo hacen
sentirse cómodo; el bueno, la
llenará de entrelíneas,
búsquedas y connotaciones que
trasciendan y complementen al
texto.
Tu exitoso estreno como director
en ficción fue ¿La vida en
rosa? ¿Ese será tu camino
más transitado desde ahora? ¿Por
qué?
He dirigido más de 20
documentales y otros muchos
trabajos de diferentes tipos. La
mayor parte como freelancer,
sujeto a esquemas de trabajo
mucho más operativos, eficientes
y racionales que los que habría
tenido que aceptar en cualquier
espacio institucionalizado. En
los últimos años, algunos
renovadores criterios
productivos y artísticos
encontraron espacio entre los
unitarios de la televisión. A
partir de eso me decidí a
presentarles ¿La Vida en
Rosa?, un telefilme bien
complejo, de 73 minutos rodado
en apenas 16 días y editado en
otros tantos. La producción de
Vania Valdés, así como el apoyo
de Daniel Diez y Magda González,
resultaron determinantes. La
clave del resultado estuvo, eso
sí, en la enorme carga de
trabajo que aceptaron asumir,
con talento y entusiasmo,
actores y especialistas del más
alto nivel. Siempre que se me
permita perfeccionar esa línea
de trabajo y abordar temas que
me interesen, por supuesto que
estaré abierto a repetir la
experiencia.
Recientemente aseveraste: “Para
mí es esencial que cada
propuesta funcione a nivel de
público”. ¿Lo logras?
Que otros valoren ese logro o
fracaso. Eso sí, definitivamente
me importa la gente. Desconfío
de los genios incomprendidos.
Nací y crecí en La Habana Vieja.
La casa era el reino de la
cultura de mis padres; pero la
verdad es que en la calle era
otro mataperros que terminó por
ser un habanero impenitente.
Todo lo que soy y lo que no soy
como creador es una negociación
entre esos extremos. Pero al
mismo tiempo, necesito correr
riesgos.
¿Y no temes que los juegos
formales presentes en tus obras
te distancien de ese público?
Por supuesto, esa es la cuerda
floja de la que te hablo, ese
morbo de riesgos que padezco.
Pero no subestimo la
inteligencia de la gente en
distinguir la pose y la
“metatranca” de lo que es
auténtico. Es mi manera de
contar, sin perder nunca de
vista que la emoción y el
sentimiento son los mejores
vehículos de la idea. Tengo la
ventaja de escribir lo que filmo
y de conocer siempre muy bien de
dónde brota cada historia. Solo
desde esa verdad emprendo una
búsqueda que deberá trascender
el burdo realismo. De lo que se
trata es de encontrar un reflejo
artístico. En otras palabras: me
interesa la veracidad, pero
detesto el realismo. Aún así,
jamás impongo a priori
una pretensión estética; todo lo
que formalmente haga ―desde el
guión hasta la puesta y el
montaje― habrá tenido antes muy
en cuenta la naturaleza de la
historia y de los personajes con
los que trabajo, a la vez que se
habrá cuestionado mil veces la
mejor manera de que el público
entre a un juego interesante,
creativo y, de ser posible,
enriquecedor e inteligente.
¿Qué experiencias disfrutas de
Los dioses rotos?
Algo bueno ha sido poder
mantener el núcleo de nuestro
team de otras veces,
enriquecido, eso sí, con
especialistas muy valiosos del
ICAIC. Aunque lo cierto es que,
más que la televisión, nuestra
escuela ha sido el trabajo como
independientes, algo que está
resultando determinante en una
película de tan bajo presupuesto
como la nuestra donde el
quehacer tiene que ser mucho más
colegiado, creativo y eficiente.
Por eso, aunque nada ha sido ni
será sencillo, nos hemos sentido
a gusto en todo momento. Ojalá
eso se refleje en la obra
Antes de terminar su primer
filme le pregunté ¿satisfecho?
Estamos en medio de la edición.
Aún falta mucho trabajo y soy
incapaz de pronunciarme acerca
de eso. Y no es que evada tu
pregunta, es que siempre me
ocurre lo mismo. Por ahora solo
puedo decirte que creo en la
película, que la estoy
disfrutando y sufriendo
muchísimo, y que solo tendré
derecho a estar satisfecho si,
escondido en el gallinero del
Payret, o de un cine cualquiera
de tu Holguín, de Matanzas o
Santiago, la gente la hace suya.
Y es complejo, porque es una
historia popular que,
transitando por muchos de
nuestros lugares comunes,
intenta emitir su propia nota…
ya veremos.
Cuando hablamos su cinta era una
versión digital y yo quería
saber de su estreno:
La fecha me preocupa menos que
el hecho de que ocurra antes de
que sea una película “de
verdad”. Por ahora es solo un
largometraje filmado en digital.
El kinescopado (transfer
a 35 mm) es un salto tan
necesario como caro. De
asumirse, el costo de Los
dioses rotos seguiría siendo
muy bajo, incluso para los
modestos estándares del cine
cubano. Y bien vistas las cosas,
nada hay más costoso que
estrenar una película totalmente
nuestra con esa lamentable
calidad técnica (y en
consecuencia artística) a la que
condenan las proyecciones en
video.
Cambiemos de tema: ¿Cómo son
actualmente tus relaciones con
la palabra para imprimir?
La verdad es que han estado
limitadas exclusivamente por el
tiempo y la carga de trabajo. La
narrativa en particular me ha
ofrecido más de una oportunidad
y, te confieso, comienza a
molestarme no haber sido capaz
de reservarme un espacio para
concretar ese sueño.
¿ Y qué sueños confesables hay
aún en tu mochila?
Poder confesarlos en la
pantalla, sobre un escenario, en
el éter, en un libro… Todo eso,
aquí y ahora. |