Año VII
La Habana

22 al 28 de NOVIEMBRE
de 2008

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entrevista con Ernesto daranas

Al fin Los dioses... estrenados

Paquita Armas Fonseca • La Habana

 

Hace muchos meses que los televidentes cubanos no disfrutan de un documental o de una pieza de ficción de Ernesto Daranas. Existe una razón para ello: se sumergió totalmente en el guión y la realización de Los dioses rotos, su primer filme para la pantalla grande.  Por  fin  el anuncio de su estreno ha sido noticia: será durante la trigésima edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y  en 35 mm. como quiso su hacedor.

Autor junto a Natacha Vázquez del documental Los últimos gaiteros de La Habana, obra por la que recibieron el Premio de Periodismo Rey Juan Carlos, en el 2004,  el joven director cubano se estrenó como dramaturgo con Guantanamera S.A. y Maní Tosta'o,  dos de las piezas teatrales en su haber y esto ocurrió “fuera de Cuba” según confiesa “por razones totalmente ajenas a mi voluntad. En cambio, la televisión y la radio me abrieron desde el primer momento una puerta hacia el cubano de aquí y de ahora, que es el interlocutor que más me interesa. En los últimos años, diferentes actores y directores me han pedido textos teatrales, algo que no se ha concretado solo por una cuestión de tiempo, pues sigue siendo un mundo que amo y respeto.”

Como guionista, ¿qué placeres y malos momentos has sentido?

Los buenos momentos los he tenido en la misma medida en que he ido asumiendo la realización de lo que escribo y compartiendo el resto solo con aquellos directores que me interesan. Y como disfruto lo que hago, los malos momentos los olvido filmando, escribiendo.

“En el audiovisual, el guión es mucho más abarcador”, afirmaste en una entrevista. ¿Por qué?

Un guión tiene el poder de condicionarlo todo. Para empezar, viene a ser, digamos… como el Elegguá de una propuesta audiovisual, en tanto es la primera referencia de cuánto vale o no la pena arriesgar en un proyecto que debe tener la capacidad de comenzar por conmover a alguien tan pragmático como un productor o tan quisquilloso como un programador. El guión determina, además, la estructura y la dinámica internas de cualquier espacio: desde un dramático hasta un informativo; desde un documental hasta un musical. Condiciona, incluso, la calidad artística de un colectivo, pues es lo primero  que exige confrontar un actor o un especialista de puntería antes de aceptar formar parte de cualquier obra o programa. Un buen guión es, también, el mejor detector de un mal director mucho antes de que se concrete la obra. Un mal director comenzará invariablemente por modificar la historia y simplificar la propuesta hasta rebajarla al terreno en que sus limitaciones artísticas lo hacen sentirse cómodo; el bueno, la llenará de entrelíneas, búsquedas y connotaciones que trasciendan y complementen al texto.

Tu exitoso estreno como director en ficción fue ¿La vida en rosa? ¿Ese será tu camino más transitado desde ahora? ¿Por qué?

He dirigido más de 20 documentales y otros muchos trabajos de diferentes tipos. La mayor parte como freelancer, sujeto a esquemas de trabajo mucho más operativos, eficientes y racionales que los que habría tenido que aceptar en cualquier espacio institucionalizado. En los últimos años, algunos renovadores criterios productivos y artísticos encontraron espacio entre los unitarios de la televisión. A partir de eso me decidí a presentarles ¿La Vida en Rosa?, un telefilme bien complejo, de 73 minutos rodado en apenas 16 días y editado en otros tantos. La producción de Vania Valdés, así como el apoyo de Daniel Diez y Magda González, resultaron determinantes. La clave del resultado estuvo, eso sí, en la enorme carga de trabajo que aceptaron asumir, con talento y entusiasmo, actores y especialistas del más alto nivel. Siempre que se me permita perfeccionar esa línea de trabajo y abordar temas que me interesen, por supuesto que estaré abierto a repetir la experiencia.

Recientemente aseveraste: “Para mí es esencial que cada propuesta funcione a nivel de público”. ¿Lo logras?

Que otros valoren ese logro o fracaso. Eso sí, definitivamente me importa la gente. Desconfío de los genios incomprendidos. Nací y crecí en La Habana Vieja. La casa era el reino de la cultura de mis padres; pero la verdad es que en la calle era otro mataperros que terminó por ser un habanero impenitente. Todo lo que soy y lo que no soy como creador es una negociación entre esos extremos. Pero al mismo tiempo, necesito correr riesgos.

¿Y no temes que los juegos formales presentes en tus obras te distancien de ese público?

Por supuesto, esa es la cuerda floja de la que te hablo, ese morbo de riesgos que padezco. Pero no subestimo la inteligencia de la gente en distinguir la pose y la “metatranca” de lo que es auténtico. Es mi manera de contar, sin perder nunca de vista que la emoción y el sentimiento son los mejores vehículos de la idea. Tengo la ventaja de escribir lo que filmo y de conocer siempre muy bien de dónde brota cada historia. Solo desde esa verdad emprendo una búsqueda que deberá trascender el burdo realismo. De lo que se trata es de encontrar un reflejo artístico. En otras palabras: me interesa la veracidad, pero detesto el realismo. Aún así, jamás impongo a priori una pretensión estética; todo lo que formalmente haga ―desde el guión hasta la puesta y el montaje― habrá tenido antes muy en cuenta la naturaleza de la historia y de los personajes con los que trabajo, a la vez que se habrá cuestionado mil veces la mejor manera de que el público entre a un juego interesante, creativo y, de ser posible, enriquecedor e inteligente.

¿Qué experiencias disfrutas de Los dioses rotos?

Algo bueno ha sido poder mantener el núcleo de nuestro team de otras veces, enriquecido, eso sí, con especialistas muy valiosos del ICAIC. Aunque lo cierto es que, más que la televisión, nuestra escuela ha sido el trabajo como independientes, algo que está resultando determinante en una película de tan bajo presupuesto como la nuestra donde el quehacer tiene que ser mucho más colegiado, creativo y eficiente. Por eso, aunque nada ha sido ni será sencillo, nos hemos sentido a gusto en todo momento. Ojalá eso se refleje en la obra

Antes de terminar su primer filme le pregunté ¿satisfecho?

Estamos en medio de la edición. Aún falta mucho trabajo y soy incapaz de pronunciarme acerca de eso. Y no es que evada tu pregunta, es que siempre me ocurre lo mismo. Por ahora solo puedo decirte que creo en la película, que la estoy disfrutando y sufriendo muchísimo, y que solo tendré derecho a estar satisfecho si, escondido en el gallinero del Payret, o de un cine cualquiera de tu Holguín, de Matanzas o Santiago, la gente la hace suya. Y es complejo, porque es una historia popular que, transitando por muchos de nuestros lugares comunes, intenta emitir su propia nota… ya veremos.

Cuando hablamos su cinta era una versión digital y yo quería saber de su estreno:

La fecha me preocupa menos que el hecho de que ocurra antes de que sea una película “de verdad”. Por ahora es solo un largometraje filmado en digital. El kinescopado (transfer a 35 mm) es un salto tan necesario como caro. De asumirse, el costo de Los dioses rotos seguiría siendo muy bajo, incluso para los modestos estándares del cine cubano. Y bien vistas las cosas, nada hay más costoso que estrenar una película totalmente nuestra con esa lamentable calidad técnica (y en consecuencia artística) a la que condenan las proyecciones en video.

Cambiemos de tema: ¿Cómo son actualmente tus relaciones con la palabra para imprimir?

La verdad es que han estado limitadas exclusivamente por el tiempo y la carga de trabajo. La narrativa en particular me ha ofrecido más de una oportunidad y, te confieso, comienza a molestarme no haber sido capaz de reservarme un espacio para concretar ese sueño.

¿ Y qué sueños confesables hay aún en tu mochila?

Poder confesarlos en la pantalla, sobre un escenario, en el éter, en un libro… Todo eso, aquí y ahora.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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