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Las muñecas de Lesbia eran de
trapo y carne. Ellas se habían
reproducido por su propia ley.
Siempre iba a donde Lesbia hacía
las muñecas, pero aquel día la
encontré llorando; había
escapado una y fue el día que mi
esposo Durán, planeaba el paseo
por la playa Salinas Doradas: un
lugar con fondos y ribetes
verdiazules, rodeada de insectos
carnívoros.
La muñeca se parecía a Durán y
se puso frente a mí, con ojos de
duermevela y los labios rojos
dijeron como en una pantomima:
— He venido a matar a la tía.
Déjame abierta la caja.
Experimento pavor aún cuando
recuerdo la sangre fría de la
muñeca e imagino a las
matadoras, apostadas en las
esquinas, acabando con los
amigos y enemigos de Lesbia.
Anoche recibí la llamada de una:
— Serás la próxima —sentenció
con voz amenazante.
Lesbia había estado unos minutos
antes cerca de casa, para coger
a las fugitivas, sin embargo,
ellas se colarían en mi
habitación y tratarían de
ahogarme. Cuando iba a contarle
sobre la llamada a Lesbia,
Glaimar dijo que unos policías
se la llevaron para que el
Presidente de la nación tuviera
su juego de muñecas. Me
escandalicé y dormí un poco mal.
Olvidé a Lesbia y su destino
solo cuando tomé ocho
somníferos.
Al día siguiente fui a ver a la
tía Delia y entonces encontré el
funeral. Glaimar narró esta vez
en medio de sollozos que tía
Delia había estado todo el día
en el portal prendida a su
bastón, pero desde la cocina
escuchó una voz muy fina, ella
salió para ver la dueña de la
voz y no la encontró, solo veía
a la tía Delia inclinándose,
hablando con alguien. Glaimar
dijo también que el día
transcurrió normal y a ella le
extrañó que la tía no se
moviera, pero no había escuchado
más la voz fina.
Ha pasado mucho tiempo y cuando
las últimas producciones de
muñecas salen de las manos
suaves de Lesbia de la Fe, esta
ya convertida por el Presidente
en la gran inventora, con mucha
fama y dueña de cuantos bancos
y tiendas existen, solo
entonces recibo una caja
preciosa, adornada con lazos.
Tiene un membrete: Muñecas BLF.
Oficina del Presidente. Cuando
la abro la voz repite la misma
amenaza que hacía tres años
había hecho su tatarabuela.
—Te mataré como hizo mi abuelita
a la tal Delia.
— ¿Y cómo fue, tú, niña?
— Fácil, por medio del relato y
la vieja murió del corazón.
—¿Y así harás conmigo, loquita?
—pregunto con sorna y un poco
descreída.
—Quiero hacerte el cuento del
garrote y el perro.
—No tiene que ver una cosa con
la otra —replicó impaciente.
La muñeca ocupó una silla frente
a mí y con mucha paciencia contó
ochocientos millones de veces:
“Había una vez un perro que iba
detrás de un garrote, el
garrote se viró y fue detrás del
perro, el perro se puso al
revés, ¿quiere que te lo cuente
otra vez?”.
Cuando ya estaba el pecho al
reventar y me faltaba el aire,
solo entonces dije, ay, no
comprendo y grité en medio de
la risa:
—Glaimar, ¿quieres escuchar una
historia de muñecas? “Había una
vez un perro que iba detrás de
un garrote, el garrote se viró y
fue detrás del perro, el perro
se puso al revés, ¿quiere que te
lo cuente otra vez?”.
La muñeca matadora caminó hasta
Glaimar moviendo sus ojos, y
quedó extática. Fue cuando
ocurrió la hecatombe. Mi vecina
siempre había querido tener una
muñeca y la encontró bella.
Suplicaba llorando que se la
dejara, por favor, daba 30
pesos, dije: es un recuerdo de '
Lesbia de la Fe, no la vendería
ni por un millón. Pero
insistió.
A la mañana siguiente salí de
casa y dejé encerrada a la
muñeca en tres cajas. Finalmente
la había puesto en el horno.
Coloqué delante cuantas sillas
había y fui para el trabajo.
Cuando me encontraba cerca del
teatro donde ofrecemos Durán y
yo las funciones de títeres,
escuché un ruido enorme. Vi a
todos en dirección a mi casa y
algunos hasta miraban con rabia.
Frente a la cuartería, antigua
morada de haitianos y jamaicanos
venidos desde el éxodo
antillano, estaban muchos
bomberos, de los cuales me libré
después de grandes forcejeos. De
los escombros pude rescatar tres
cosas: una bola de billar medio
achicharrada, un tornillo
renegrido perteneciente al sofá
gris, y lo otro, Dios mío, no
quisiera acordarme.
Ahora estoy en la policía y por
millonésima vez le digo a Durán
que espere y cuento al oficial
de enormes patillas: “Había una
vez un perro que iba detrás de
un garrote y el garrote se viró
y fue detrás del perro, el perro
se puso al revés, ¿quiere que te
lo cuente otra vez?”. |