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A muchos no les interesan para nada las
cifras y los balances que dan idea de
los tamaños y alcance de un evento.
Aunque no soy particularmente adicto a
la ensalada de datos (salvo que sea muy
necesario) este artículo debe comenzar,
aunque luego se dirija por otros
derroteros, apuntando que son 42 los
largometrajes latinoamericanos en
competencia, divididos en 22 óperas
primas y veinte en la competencia
principal. Mayorean cuantitativamente
Brasil, Argentina y México, con 23, 21 y
19 obras compitiendo respectivamente, no
solo en cuanto a largos de ficción, sino
en las otras categorías del evento como
documental, cortometrajes y animación.
Brasil nos envió nada menos que seis
largos en óperas primas, mientras que
Argentina cuenta con cinco largometrajes
en busca de los Corales principales, y
cuatro filmes-debut.
De
modo que se anuncia complicada la
competencia de esta trigésima edición
(entre el 2 y el 12 del mes próximo) del
Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano, la promesa renovada de
acceder a un cine nuestro, adulto,
competitivo y humanitario. Una vez
consultada la lista de títulos que
conforman la selección oficial en
competencia, es fácil hacer apuestas por
el predominio en los Corales de
Argentina, México y Brasil, las tres
cinematografías más poderosas del área,
que se han “turnado” históricamente los
principales premios, y además son las
que cuentan con un sistema de apoyo
oficial más coherente y sistemático. Si
atendiéramos a los títulos más
publicitados, que este año han sido
numerosos —pues atravesamos uno de los
más pródigos períodos en la historia del
cine latinoamericano— se demarca la
preponderancia de las tres potencias
mencionadas, cuyo brillo audiovisual no
debiera cegarnos al prometedor destello
de otras naciones participantes. Veamos
someramente de qué van algunos de los
filmes que veremos en unos días, cuando
arriben a La Habana, cargados de
reconocimientos en otras latitudes.
Cinco
películas argentinas, cuatro embajadoras
mexicanas, tres brasileñas e igual
número de cubanas, conforman el grueso
(15) de las 20 que compiten por los
Corales principales. Los cinco títulos
que completan la selección oficial
corresponden a dos chilenas, dos
venezolanas y una peruana. La nación
austral envía lo más selecto de su
producción, los títulos y cineastas ya
seleccionados, elogiados y premiados en
los foros más exigentes del cine
mundial: Leonera, de Pablo
Trapero; La ventana, de Carlos
Sorín y La mujer sin cabeza,
de Lucrecia Martel; y en la misma línea
hiperselectiva se movieron mexicanos y
brasileños: Lake Tahoe, de
Fernando Eimbcke; Desierto adentro,
de Rodrigo Pla; Línea de pase, de
Walter Salles y Última parada 174,
de Bruno Barreto, una relación que
parece así vista, de conjunto, parece
pensada para complicarles la vida a los
jurados, en la obligada decisión de un
ganador, y al cinéfilo impenitente,
deseoso de cubrir la mayor cantidad de
buenos títulos en el menor tiempo
posible.
Pablo
Trapereo, el autor de Mundo grúa,
El bonaerense y Familia
rodante ha dicho de Leonera:
“Es una película que quiero mucho, que
habla de la cárcel, la maternidad y la
marginación, pues describe las
experiencias íntimas de una joven
universitaria acusada de un crimen, que
debe criar a su bebé en prisión. En
ningún momento quise hacer una película
de denuncia de las penitenciarías
argentinas, pero estoy orgulloso de
haber fomentado un debate nacional sobre
este tema”. Muy otros son los referentes
de Carlos Sorín, el recordado autor de
La película del rey e
Historias mínimas. Mientras evaluaba
las tesis de la Escuela Internacional de
Cine y Televisión, en San Antonio de los
Baños, Sorín me adelantó en una breve
entrevista que “en La ventana, se
nota mucho mi deuda expresiva enorme con
el teatro y los cuentos de Chéjov, sobre
todo en la manera en que este autor
llega al humor desde el escepticismo.
Todos somos solitarios en un universo de
desamparo, y así lo muestra Chéjov”. El
filme narra casi en tiempo real el
reencuentro entre un hombre que va a
morir y su hijo que regresa del
extranjero. “Por su tema no es una
película fácil de comercializar, aunque
confío que quien vaya al cine se quede
adentro. Esa era la película que quise
hacer, algo que no fuera abiertamente
comercial, y sin concesiones al gusto
mayoritario”.
Muy
pocas concesiones al comercialismo
contienen la mayor parte de las
películas pertenecientes al llamado
nuevo-nuevo cine argentino, con el cual
se compromete también Lucrecia Martel,
la polémica autora de La ciénaga
y Niña santa, quien ahora recrea,
en La mujer sin cabeza, el
sentimiento de culpa de una mujer por
creer que cometió un asesinato. Según
expresó la crítica argentina, en el
Festival de Cannes donde se presentó,
“es un relato simple, casi flojo si no
fuera por el conflicto que la directora
nos muestra. Lo central está en cómo una
mujer burguesa (relativo a lo rutinario)
es atrapada por un suceso que es ajeno a
su entorno, una realidad severa, una
prueba de sobrevivencia, algo que está
fuera de sus costumbres. (…) La
infidelidad, los momentos de ocio, la
dialéctica entre la burguesía y su otro
(el argentino de color mestizo muy poco
visto en el cine) no son la temática, es
solo el decoro. (…) El juego de Lucrecia
Martel es un recorrido silencioso hacia
personajes simples, en entornos nada
vistosos o chispeantes, que en ciertos
momentos dan quejidos que inquietan”.
En la
competencia brasileña no faltan tampoco
las realizadoras. Lucía Murat nos
propone Maré, una historia de amor,
mientras que sus colegas Walter Salles y
Bruno Barreto, responsables de por los
menos cuatro clásicos del cine nacional
(Estación Central, Abril
despedazado, Doña Flor y sus dos
maridos, Cuatro días de
septiembre) prefirieron temas más
épicos, públicos, políticos y
“masculinos”. Walter Salles dirigió,
junto a Daniela Thomas, Línea de pase,
la historia de unos hermanos muy pobres,
que buscarán cumplir sus sueños y salir
adelante de una situación apremiante,
mientras que Barreto y
Última
Parada 174
cuenta lo que ocurrió con un
sobreviviente de una matanza que tuvo
lugar en Río de Janeiro, a propósito del
secuestro de un autobús.
La representación brasileña abarca
también, fuera de competencia, el
estreno de Blindness, la versión
en inglés de Ensayo sobre la ceguera,
que Fernando Meirelles realizó en
coproducción con Canadá y Japón.
Blindness inauguró el más reciente
Festival de Cannes, mientras que
Línea de pase ganó el Premio de la
categoría Mejor actriz. En el último
Festival de Berlín, Brasil ganó el Oso
de Oro con Tropa de elite, de
José Padilha, que concursa en La Habana
como ópera prima, también reflexiona
sobre la violencia policial en los
barrios marginales cariocas, y se
convirtió en el filme brasileño más
taquillero de todos los tiempos. Todo
ello pudiera ilustrar un auge impensado
del cine brasileño, y es cierto que esa
animación existe, pero debemos apuntar,
por honestidad elemental, que los
próximos proyectos de Salles, Meirelles
y Padilha serán financiados y previstos
por grandes estudios norteamericanos.
Los
jóvenes realizadores predominan en la
porción mexicana de la selección
oficial. De modo que a los dos
debutantes incluidos en la competencia
de óperas primas (Enrique Rivero con
Parque vía y Francisco Franco con
Quemar las naves) se añaden los
segundos o terceros intentos en el largo
de ficción de Rodrigo Pla y Fernando
Eimbcke. El primero de ellos compone en
Desierto adentro una filosófica
exploración del fanatismo religioso
mediante la historia de un hombre
hostigado por el remordimiento y
convencido de que la ira del cielo
destruirá a sus descendientes. “Es una
película bien compleja —asegura el
realizador— porque en realidad partimos
de algo abstracto, de la vida del
filósofo danés Soren Kierkegaard, y lo
trasladamos a México”.
Muy distinta es Lake Tahoe, que
recibió el Premio Alfred Bauer y el de
la crítica internacional en el más
reciente Festival de Berlín. El filme
sigue a un muchacho, Juan, de 16 años,
en busca de una pieza de recambio para
el automóvil que acaba de estrellar
contra un poste. A lo largo de los 85
minutos de película el espectador asiste
a los desgarramientos que ocasiona la
muerte del padre en la familia de este
muchacho. “Partí de una idea parecida al
Principito, el solitario en busca del
amigo —aseguró el realizador luego de su
éxito en Berlín— a ello se añadió la
confluencia de dos experiencias propias,
la mía y la de Paula Markovitch (la
guionista), ya que ambos habíamos
perdido a nuestros padres.” Según la
crítica, Lake Tahoe es una
propuesta sutil y delicada, de planos
largos y cámara estática, pero que bulle
de vida en su interior.
"Para mí, el tema del filme es
la huida —vuelve a comentar Eimbcke— a
veces queremos escapar de la realidad,
pero antes o después esa realidad nos
atrapa. Esta película nació del intento
de entender las razones que me llevaron
a cometer aquel acto absurdo de
estrellar el auto”.
De los filmes cubanos que concursan,
destaca la coproducción hispano-cubana
El cuerno de la abundancia está
protagonizada por los mismos rostros
que, en 1993, colocaron a Cuba en el
mapa de la mitología cinematográfica
internacional con Fresa y chocolate:
Jorge Perugorría, Vladimir Cruz y Mirtha
Ibarra. En el momento de su reciente
estreno en España, la prensa insistió en
que se trataba de un Bienvenido Mister
Marshall a la cubana, pues se intenta
retratar la realidad contemporánea
mediante un filme coral que apela a la
comicidad y la sátira.
Y se nos quedaron casi fuera de este
apretado resumen tres títulos que se
anuncian memorables: la chilena Tony
Manero (un asesino en serie que
quiso parecerse al John Travolta de
Saturday Night Fever), la peruana
Dioses (una pareja de
adolescentes lindos, ricos y simpáticos
que viven en un mundo donde parece no
haber problemas) y la venezolana
Cyrano Fernández (transposición de
la célebre obra clásica francesa a un
actual barrio periférico caraqueño).
Dentro de unos días serán estas
películas el principal móvil de
muchísimas conversaciones.
Corales de honor – homenajes –
retrospectivas
Cumplir 30 años, es decir, duplicar los
15, multiplicar por dos la lozanía y el
empuje de la juventud —que debieron
convertirse en aplomo y templanza—
significa la casi obligatoriedad de
recontar lo alcanzado, pasar revista a
un tramo pródigo de la vida, reconocer
el camino y a quienes nos ayudaron a
andar, así como elegir compañía para
seguir marchando. Tales son los
principales objetivos de algunos
galardones especiales, Corales de honor,
que se entregarán en la próxima
trigésima edición del Festival
Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Ya es notable la lista de creadores que
han sido laureados con el Premio Coral
de Honor, reconocimiento personal y
máximo que otorga el evento a ciertas
figuras cimeras, huéspedes
especialísimos, protagonistas del cine y
la cultura en algunos de nuestros
países. Juzgue por el nombre de algunos
galardonados: el norteamericano Jack
Lemmon en 1985, el colombiano Gabriel
García Márquez, el brasileño Jorge
Amado, el argentino Fernando Birri, el
italiano Gian María Volonté y el
norteamericano Harry Belafonte, en 1986;
los cubanos Alfredo Guevara y Santiago
Álvarez, el chileno Aldo Francia y el
holandés Joris Ivens, en 1987; los
cubanos Daisy Granados y Tomás Gutiérrez
Alea, en
1993
y 1995, respectivamente; el
greco-francés Costa-Gavras y los cubanos
Nelson Rodríguez y Leo Brouwer, en 2003…
Este año se anuncia la entrega de otra
cosecha de Corales de honor a cuatro
figuras clave en la instauración y el
desarrollo del Nuevo Cine
Latinoamericano. El brasileño Nelson
Pereira Dos Santos, el mexicano Paul
Leduc, el chileno Miguel Littín y el
boliviano Jorge Sanjinés figuran, sin
discusión posible, en cualquier
antología o historia que pueda
acometerse sobre lo más destacado del
séptimo arte en esta región. Con Río,
40 grados y Vidas secas,
Pereira Dos Santos empujó al cine
brasileño al primer frente del cine
mundial, con Memorias de la cárcel
(Gran Premio Coral en 1984) le extrae
insospechada esencia ideológica, de
reflexión historicista, al cine
carcelario. Si no hubiera dirigido nada
más (y cuenta con cinco o seis películas
más, muy estimables todas) a Paul Leduc
le hubiera bastado con entregarnos la
tierna, adolorida, inteligente,
bellísima Frida, naturaleza viva,
Gran Premio Coral de 1985, compartido
con Tangos, el exilio de Gardel,
de Fernando Solanas.
Miguel Littín le dio forma al nuevo cine
chileno, al cine de encuesta biográfico,
periodístico y ficcionado, documental y
de arriesgado lenguaje, con El chacal
de Nahueltoro (1969), y una
contribución también medular a la
revuelta cinematográfica de los años 60
aportó Jorge Sanjinés, a través de
películas hechas con los humildes, por
los humildes y para los humildes:
Sangre de cóndor, El coraje del
pueblo. Littín y Sanjinés
permitieron que se desplazara el centro
de la atención cinematográfica a Bolivia
y Chile, más allá de los tradicionales
emporios que representaban México,
Argentina y Brasil. Pereira Dos Santos,
Leduc, Littín y Sanjinés se cuentan
entre los diez grandes nombres propios
del cine latinoamericano de todos los
tiempos.
El Festival intentó abrir una brecha
entre tanta inercia y conformismo, y
avalar el movimiento del Nuevo Cine
Latinoamericano, reducido a la
intermitencia, u ocasional desaparición
por la carencia de espíritu integrador y
de estímulos institucionales. Así, daba
sus primeros pasos un Festival que año
tras año se proponía hacerle honor a su
nombre y confirmaba la esencia del único
movimiento cinematográfico —entre los
muchos que en el mundo han sido— de
alcance continental y perseverante
voluntad de sostener las afinidades a lo
largo de varias décadas. Un ciclo
retrospectivo aspira a rememorar algunos
de los filmes que ganaron el Gran Premio
Coral, el Premio Especial del Jurado,
los segundos y terceros lugares, e
incluso algún que otro de enorme
popularidad, o particular relevancia
cultural que no fue reconocido en su
momento por los jurados. Si comparamos
la agenda que presenta la edición de
2008, con los sucesos del primer
Festival, en 1979, salta a la vista la
profunda coherencia de objetivos
sostenidos durante 30 años. En la
declaración final del primer encuentro
se ponía de manifiesto, con toda
claridad, lo que se convertiría en
inclusiva y progresista plataforma
conceptual sostenida durante 30 años:
“Tiene el Nuevo Cine Latinoamericano
mártires y héroes, figuras artísticas de
renombre y prestigio
internacionales, aprendices y artesanos,
grupos que inician su trabajo y jóvenes
que en uno u otro país se aprestan a
enriquecer el movimiento artístico
surgido y afirmado en la lucha por la
liberación. Nada podrá vencerlo porque
es una necesidad histórica, y del seno
de nuestros pueblos surgirán siempre
artistas y técnicos capaces de tomar la
cámara y expresar nuestra identidad,
testimoniar la época que vivimos y sus
combates, y adelantar la imagen del
futuro”.
El Festival, y algunas películas de esta
Muestra
retrospectiva, le cambiaron la vida a
mucha gente, en cada diciembre que el
evento conseguía instaurarse como
acontecimiento de gran magnitud en la
cultura contemporánea de Cuba y
Latinoamérica. Uno de los más
importantes nombres del documental
brasileño es Eduardo Coutinho, quien
tuvo una formación que pasó por el
derecho, el periodismo, el teatro y el
cine, hasta que consiguió hacerse de un
oficio como guionista primero (La
difunta, Chica de Ipanema,
Doña Flor y sus dos maridos), y
luego como director de títulos muy
notables en el documental
latinoamericano:
Cabra Marcado
para Morrer
o Edifício Master. El trabajo de
Coutinho destaca por la inmensa
sensibilidad y profundidad con que
lograr ilustrar los problemas y
aspiraciones de las mayorías
marginalizadas, sin arengas panfletarias
ni
sentimentalismo populista. Los filmes de
Coutinho documentan la realidad desde
una mirada atenta y comprensiva, que
intenta escapar a toda manipulación y
apuesta por un punto de vista que le
conceda a cada personaje el tiempo
necesario para que dialogue con
la cámara y le confiese su verdad única,
intransferible. Coutinho tiene en
competencia la excelente Jogo de cena
y además será objeto de un homenaje en
compañía del británico Mike Leigh.
¿Quién dijo que la vocación artística y
emancipadora del Festival y del Nuevo
Cine Latinoamericano podía
circunscribirse a estrechas
delimitaciones geográficas o
lingüísticas? Fiel a una vocación
integradora y desprejuiciada que ha
rendido aplausos y honores a imponentes
creadores europeos, asiáticos, africanos
o norteamericanos, el Festival lo mismo
programa lo mejor de la destacadísima
animación polaca, que se acerca a varias
películas relacionadas con Edith Piaf, o
le rinde homenaje al cineasta y
guionista británico Mike Leigh, un autor
cuya filmografía ha puesto en crisis,
sobre todo en los años 90, la retórica
sobre “la crisis de la autoría”. Maestro
absoluto del retrato vívido, tragicómico
y cabal de los ambientes obreros de su
país (High Hopes, Life is
Sweet, Naked, Secrets and
Lies, Career Girls) Leigh
gusta de emplear actores casi
desconocidos, a los cuales les permite
improvisar sobre líneas argumentales
que, por lo regular, examinan a gente
común enfrentada a colosales catástrofes
emotivas. El tono oscila entre el
melodrama ligero, la ironía y la
tragedia misantrópica y desatada. Se ha
dicho que Leigh desprecia a sus
personajes, pero en todo caso los pone
ante pruebas que los obligan a crecerse,
a decir o hacer algo bello, o
inmensamente simpático, en medio de su
inopia espiritual. |