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He vuelto a caminar por uno de los
barrios más hermosos y acogedores de La
Habana. Al fondo de la heladería
Coppelia viví muchos años con mi abuela
y otros familiares, contraste fuerte
entre mi campo abierto y el corazón
capitalino.
Amo los árboles frondosos y la perenne
caricia del mar; la cercanía de los
teatros, la luz de El Vedado. En esta
zona la arquitectura cubana alcanza sus
extremos de eficacia combinada con lujo
y cierta coquetería.
Andando por la calle Calzada pienso
siempre en la abnegada labor de la gente
de teatro que allá por la década de los
50 del pasado siglo protagonizó la
llamada “época de las salitas”. Esos
acogedores y pequeños espacios se
ubicaban casi todos en El Vedado y
sentaron las bases de nuestro movimiento
teatral, que se consolida a partir de
1959.
Viví durante muchos años cerca de
Infanta, una calle que establece una
frontera entre El Vedado y Centro
Habana. Aunque nuestra historia de las
últimas décadas tiende a suprimir o
atenuar las diferencias sociales, sigue
teniendo matices el rumor o las voces en
la efervescente Centro Habana o en el
más sosegado —podría decirse—,
reflexivo Vedado.
Se sabe que el nombre del barrio
procede de su condición de monte vedado
(protegido diríamos hoy) antes de que
comenzaran a levantarse las primeras
mansiones. Algo de monte, de bosque
cómplice, sigue localizándose en esta
zona privilegiada en el mapa de mi
melancolía. |