El heroico triunfo de los
rebeldes de la Sierra Maestra,
apoyados por la mayoría del
pueblo de Cuba, derrocando a la
feroz dictadura de Fulgencio
Batista sorprendió a América
Latina y el mundo a inicios de
1959.
Para algunos sectores de las
clases medias intelectuales de
la región, los guerrilleros de
la Sierra Maestra eran jóvenes
románticos y las historias de
la resistencia clandestina se
asimilaban a los relatos de los
resistentes europeos contra el
nazismo.
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Algo de eso había en lo que se
hablaba en los pasillos
universitarios de aquellos
tiempos, generalmente los más
informados. Parecía imposible, a
todas luces, que en una isla
pequeña del Caribe hubiera
triunfado una revolución popular
que marcaría la historia
regional y mundial para
siempre.
Muy pocos analizaron como un
hecho extraordinario que esta
revolución era la continuidad de
otra lucha heroica, la de los
“mambises” cubanos contra el
colonialismo español en el siglo
XIX, una de la páginas más
brillantes en la historia de
América Latina y el Caribe,
tanto en el concepto de la
guerra de liberación como en la
inspiración política de José
Martí y el Manifiesto de
Montecristi.
Esa continuidad histórica fue
también lo que ayudó a la
permanencia de la Revolución
socialista, dando un marco
genuino y propio y creativo,
difícilmente repetible en otros
lugares.
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La inspiración y bases genuinas,
les permitirían sobrevivir no
solo en resistencia permanente
contra la potencia imperial,
situada a 90 millas de
distancia, sino también en los
momentos en que sus principales
apoyos como la Unión de las
Repúblicas Socialistas
Soviéticas (URSS) y el
socialismo del este europeo se
desintegraron.
Cuba socialista, en soledad,
siguió resistiendo y creciendo
moralmente ante el mundo.
En Washington, en cambio, habían
entendido rápidamente de qué se
trataba la Revolución que llegó
en 1959 para quedarse. Los
rebeldes que bajaron de la
Sierra Maestra y las acciones
revolucionarias de los primeros
tiempos, nada tenían que ver con
el simple derribamiento de un
tirano y su reemplazo en el
poder.
Desde esos primeros días la
Revolución arrasó con las
estructuras del poder
neocolonial y Cuba se convirtió
en el primer país —y el único
hasta ahora en la región—
realmente soberano e
independiente de la política de
Estados Unidos. En La
Historia me absolverá el
comandante Fidel Castro Ruz
había expresado, a través de su
magnífico alegato ante los
jueces de la dictadura
batistiana, no solo la tragedia
que vivía el pueblo de Cuba,
sino el programa de acción
revolucionario para revertir esa
situación.
Y esto se cumplió a pesar del
entorno que rodeó el amanecer
revolucionario y que pocas veces
se recuerda.
Terminada la Segunda Guerra
Mundial (1945) Estados Unidos
tomó la ofensiva ante el
debilitamiento del imperialismo
y el prestigio que había
adquirido la URSS y el sistema
socialista mundial y se a
decidió recuperar terreno
rápidamente.
Operaciones secretas, acciones
subversivas a nivel mundial,
conspiraciones de todo tipo
comenzaron a sucederse
rápidamente después de dictar la
ley de Seguridad Nacional en
1947 para crear la Agencia
Central de Inteligencia CIA,
entre otros proyectos similares.
Desatada la “Guerra Fría” se
produjo la reorganización
apresurada de sus organismos de
inteligencia y se diseñaron
estrategias y tácticas de
guerras sucias y sicológicas,
mecanismos contrainsurgentes
para golpear al nuevo enemigo:
el comunismo.
Destinada a conformar un
poderoso servicio de
información, rápidamente la CIA
derivó en la organización de
esas acciones y operaciones
secretas y terroristas que
continúan hasta hoy en nuevos y
reciclados planes, bajo una
misma matriz, produciendo un
genocidio en el siglo XX.
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Cuando los revolucionarios
cubanos tomaron el poder estaban
en pleno auge estos renovados
proyectos imperiales. Entre
otros acontecimientos que
marcarían la vida regional, la
CIA había asesinado a Jorge
Eliécer Gaitán el 9 de abril de
1948 en Colombia, frustrando un
movimiento popular de raíces
profundas y sembrando de muertos
los campos y ciudades en ese
país, que hasta hoy continúa
bajo un terrorismo de estado
encubierto.
Washington creía tener bajo su
estricto control a
Centroamérica después de sus
numerosas intervenciones en los
años 30, con la invasión y luego
asesinato de Augusto César
Sandino en Nicaragua y la
instalación de la dictadura del
primer Anastasio Somoza (García)
al que sucedió su hijo.
En 1932 la mano del imperio
asestó otro golpe cuando produjo
la gran matanza de miles de
salvadoreños rebelados contra
las dictaduras y encabezados por
el revolucionario Farabundo
Martí, quien había luchado junto
a Sandino.
Pero en 1944 en Guatemala, una
rebelión cívico-militar derrocó
a los generales Jorge Ubico, el
dictador con 14 años de
gobierno y a su sucesor el
también general Federico Ponce.
El 20 de octubre de ese año se
iniciaría la llamada Revolución
guatemalteca. Con una junta
revolucionaria de Gobierno
integrada por el capitán Jacobo
Arbenz, el mayor Francisco
Javier y el civil Jorge
Torriello Garrido, cinco meses
después se llamaba a elecciones
y en 1945 era elegido Juan José
Arévalo. Esa revolución
nacionalista, patriótica,
antimperialista, agraria, que
continuaría luego ya como
presidente electo Jacobo Arbenz rompió
durante diez años con el dominio
económico y político que habían
logrado los gobiernos
estadounidenses
en Centroamérica.
En 1954, ante los fracasados
intentos por volver atrás ese
proceso, Estados Unidos invadió
Guatemala bajo el argumento de
“defender los derechos” de las
compañías fruteras del imperio y
luchar contra el “comunismo” de
Arbenz, sumiendo a ese país en
una sucesión de dictaduras
militares que dejaron más de 200
mil muertos y desaparecidos
hasta los años 90.
Saltando rápidamente por el mapa
de América Latina, habían
logrado también desviar y
frustrar el formidable proceso
revolucionario surgido en
Bolivia en 1952.
En 1954 la embajada de Estados
Unidos en Brasil jugó un papel
determinante en la guerra
sicológica sin cuartel que llevó
al suicidio —todavía hoy
sospechado de asesinato— del
presidente Getulio Vargas, quien
había liderado una revolución en
1930, y había sido elegido en
1951 por el pueblo de Brasil.
En 1955, Washington impulsó el
derrocamiento de Juan Domingo
Perón en Argentina, durante su
segundo mandato, elegido por las
mayorías populares organizadas
en un movimiento de masas que
parecía indetenible, que desde
el punto de vista de Washington
era “más que amenazante”.
La década del 50 también fue
prolífica en la instalación de
dictadores en el Caribe: el
golpe del 10 de marzo de 1952
puso en el poder al sargento
Fulgencio Batista en Cuba y en
el 53, surge la sorpresa de los
revolucionarios del Moncada,
una acción que si bien fracasó
desde el punto de vista militar,
abriría las puertas a la
Revolución que triunfó en 1959.
En función de la continuidad de
la dictadura con “elecciones”
digitadas, Batista tomó posesión
del gobierno en 1955.
Sólo dos años después asumía
otro de los dictadores
cercanos: Francoise Duvalier en
Haití (1957), mientras
continuaba la mano de hierro de
su colega Rafael Leonidas
Trujillo en República Dominicana
y Puerto Rico seguía bajo
ocupación colonial.
Por todo esto, relatado a
grandes rasgos, y solo con
algunos ejemplos para mostrar el
entorno feroz que rodeó a la
Revolución en sus comienzos, es
que aquellos muchachos, que
bajaron de la Sierra Maestra en
enero de 1959, significaron una
derrota increíble para las
políticas de dominación regional
de Estados Unidos.
Y eso determinó que desde los
primeros momentos hasta hoy, 50
años después, la potencia
imperial no dejó un solo día de
atacar a Cuba, dejando miles de
víctimas e intentando en 1961 la
invasión por Playa Girón,
derrotada por los
revolucionarios en otro hecho
histórico, sin precedentes por
su significación.
Pero el accionar terrorista
contra Cuba continuó y continúa
hasta estos días. Una de las
acciones más temibles fue la
voladura de un avión de Cubana
de aviación con 73 personas en
pleno vuelo sobre Barbados en
1976.
A esto se suma el daño provocado
por la más prolongada guerra
económica de la historia y el
bloqueo o sitio medieval que se
mantiene sobre ese país, desde
hace casi medio siglo. La
resistencia cubana supera así
toda capacidad de imaginación.
Su ejemplo irradió luces y
esperanzas para los oprimidos de
América Latina y el mundo. Las
luchas de liberación del siglo
XX y las mayores rebeliones
contra las injusticias, así como
el resurgimiento cultural desde
las catacumbas de la
dominación, reconocen la
inspiración y solidaridad de la
Revolución Cubana que en estos
días llega a su medio siglo.
Es esa inspiración la que
produjo esta irrupción de los
pueblos que hoy resisten los
embates del imperio y cuya
voluntad ha cambiado el mapa de
América, burlando las nuevas
políticas imperiales y los
diseños geoestratégicos de
recolonización continental
planeados para el siglo XXI.
Esa Revolución encendió luces
hace 50 años, que hoy se
multiplican e iluminan cada vez
más los oscuros arrabales de
nuestra América, cuyos pueblos
intentan recuperar la
independencia frustrada desde
hace casi dos siglos.
Cuba socialista es el espejo
luminoso donde se mira una
América en rebelión, en
contraposición con el espejo
astillado de un imperio
decadente, que continúa
sembrando terrorismo y muerte en
el mundo. Aquel primero de enero
de 1959 el pueblo cubano abrió
las compuertas de la imaginación
liberadora para despertarnos. Y
ya nadie puede detenerla. |