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De niño, mi tía Paula me
proporcionaba la aventura del
gran libro cristiano, en una
aldea sin libros ni biblioteca.
Allí leí: “Después vi un cielo
nuevo y una tierra nueva (…) al
que tenga sed, yo le daré
gratuitamente del manantial del
agua de la vida”.
Niño curioso,
le pregunté a un obrero del
ingenio, negro y socialista:
“¿quién es Lenin?”. Y me
contestó: “Lenin es el que dijo:
la propiedad es un robo”.
Después, en la biblioteca de la
ciudad, leí en La Edad de Oro,
de José Martí: “… y en que ha de
parar el mundo, cuando sean
buenos todos los hombres, en una
vida de mucha dicha y claridad,
donde no haya odio ni ruido, ni
noche ni día, sino un gusto de
vivir, queriéndose todos como
hermanos, y en el alma una
fuerza serena…”
Con materiales como esos me hice
mi idea de utopía, idea personal
o de pequeños grupos, como eran
entonces en Cuba las ideas de
utopía.
De pronto el pueblo
entró en insurrección, logró
triunfar sobre sus opresores y
destruyó el aparato entero de la
dominación burguesa, y la neocolonial.
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Desde entonces nos
apoderamos del propio país, de
la vida y de los sueños, ahora
reunidos los millones que no nos
conocíamos: combatimos,
trabajamos, sentimos, estudiamos
y pensamos juntos, y derrotamos
a los imposibles. Aprendimos a
cambiarnos a nosotros mismos.
También cambió el sentido de los
tiempos, y el futuro —que había
sido tan mezquino o incierto— se
tornó proyecto y utopía.
Pero con ese triunfo no se
convirtió en vida y realidad
palpable la utopía, ni terminó
el camino. Apenas comenzaba, y
era muy largo.
En sus jornadas y
sus paraderos hemos conocido la
angustia y la maravilla, la
unión y las rupturas, la
felicidad y el dolor, los logros
inmensos y los retrocesos, las
creaciones y la dura
persistencia del pasado del ser
humano y la prehistoria de la
humanidad.
Una de las razones
fundamentales de que siga
viviendo este camino cubano de
la utopía es la práctica del
internacionalismo, que
desarrolla tanto a los que dan,
más que a los que reciben.
“No
queremos construir el paraíso en
la falda de un volcán”, dijo
Fidel en 1970, y esa ha sido
hasta hoy la actitud de Cuba.
La comprensión de la necesidad
de un ámbito mundial para las
estrategias y la utopía —y de la
pertenencia a la América Nuestra
del proceso cubano— han
constituido avances culturales
colosales, que permiten pensar
de maneras nuevas.
A casi 30
años del triunfo de 1959,
escribí contra el cientificismo
“de izquierda” que rechazaba la
utopía, ciego ante dos tipos de
realidades: “el componente
profético que prende en las
masas en determinadas
circunstancias sociales y a
partir de las raíces culturales
que ellas tienen, y la profecía
que completa, sustituye o
comparte con la previsión la
misión intelectual de formular
cómo será el futuro esperado, o
al que se está destinado, el
lugar de llegada social que debe
alentar las representaciones y
esperanzas”.
Un tiempo después
caractericé a la utopía como un
más allá que es posible, a
través de la actuación
consciente y organizada, si ella
es capaz de volverse cada más
masiva y profunda, y de llevar
adelante un proceso de violentaciones sucesivas de las
condiciones de reproducción de
la economía, la política y las
ideas, teniendo como brújula la
liberación de todas las
dominaciones y la creación de
una nueva cultura.
Pero el siglo terminó muy mal.
El socialismo, el desarrollo, la
soberanía y la autodeterminación
de los pueblos de la mayor parte
del planeta, la idea misma de
futuro, parecían cosas del
pasado. El XXI, sin embargo, ha
comenzado bien: en América
Latina se levantan pueblos que
comienzan a proponer la
conquista de un mundo nuevo.
Este resurgimiento continental
tiene dos caras: los movimientos
populares combativos, que
defienden identidades y
demandas, pero van mucho allá de
ellas, y algunos poderes
populares que están sirviendo
como cauce y como instrumento
para procesos de liberación y de
coordinaciones regionales.
Nunca
se perdió la esperanza, no
desaparecieron las luchas ni el
pensamiento rebelde durante el
largo período precedente, pero
son las prácticas actuales, que
involucran a millones, las que
han vuelto a traer a la utopía
al escenario histórico. Todavía
hay más optimismo que
realidades, y eso es muy
positivo, porque la mayor
victoria del capitalismo
parasitario y expoliador
contemporáneo ha sido cultural:
despojar a los dominados de la
voluntad de rebelarse, de la
esperanza en que es posible
liberarse.
De la cultura acumulada por la
humanidad viene el nombre para
el mundo que nace: socialismo.
Pero de las necesidades de hoy y
la conciencia que existe surge
la exigencia de que el
socialismo del siglo XXI sea
mucho más radical, incluyente,
democrático, diverso y ambicioso
que los que han existido. Para
que la utopía se torne un más
allá posible necesitaremos
política socialista y poderes
populares socialistas.
Han de ir
unidos el poder y el proyecto,
pero siempre el primero al
servicio del segundo. Debemos
ser creativos a un grado no
soñado hasta ahora, y la
garantía principal del rumbo y
del ideal estará en que no sean
falanges de iluminados los
creadores, sino millones. |