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No sé que habría sido de mi
vida, si cuando vinieron a
buscarme en una lancha, me
hubiera ido para los Estados
Unidos en ese turbulento verano
de 1980. Quizás ahora podría
clasificar como un yuppie más
con la posibilidad de tener una
mansión en el barrio exclusivo,
un buen carro del año o mejor
dos, claro, uno para mi
compañera, además de ser el
dueño de un gran yate para
pasear por el Caribe en las
vacaciones.
No dudaría en
ahorrar un poquito porque desde
niño he tenido fascinación por
la equitación y por lo tanto me
gustaría criar caballos de pura
sangre. En cuanto a otros hobbies, por supuesto que
tendría todos los CD y DVD de
todos mis músicos preferidos
además que trataría de no
perderme ninguno de sus
conciertos por caras que sean
las localidades. Si nos guiamos
por eso de que “como lo quiero,
lo tengo”, pues entonces
trabajaría las horas que
hicieran falta para lograrlo.
Pero en la concreta, es muy
probable que a lo mejor no
tuviera nada porque
necesariamente no todos los que
se van, lo consiguen. Lo único
seguro sería la posibilidad real
de partirme el alma por esa
ilusión, pero conozco a alguien
que lo ha alcanzado casi igual a
lo contado, alguien que intentó
animarme para abandonar el país
en el 80.
Sin embargo, decidí quedarme
aquí, en la patria porque no
comparto el criterio que el
sentido de la existencia sea la
acumulación de bienes materiales
en la cuerda de que tanto
tienes, tanto vales. Aquí en
Cuba valoramos al ser humano por
todo lo hermoso que tenga en su
interior y sea capaz de
ofrecerlo a los demás.
Vivir en la Revolución nos ha
educado en el principio de que
aunque la vida sea una sola, no
hay que venderle el alma al
diablo para obtener una cosa a
cualquier precio,
desesperadamente.
Es preferible asumir la posición
de preocuparnos por lo que
podamos entregarles a los demás
y no dejarte agobiar por lo que
no tienes. Siempre hay muchos
más necesitados que tienen menos
que tú. En la Revolución hemos
aprendido el valor que tiene
mirar hacia atrás o debajo para
pensar en cómo resolver los
problemas de los otros.
Lo más
fácil es mirar al Norte como
destino final de nuestras
angustias y jamás preocuparnos
por el Sur como hacen los que
tienen la visión, muy prepotente
por cierto, que el problema de
esos pueblos es porque se trata
de gente muy atrasada y que no
les gusta trabajar. El clásico
“allá ellos”.
Nosotros apostamos por la
prédica de una ética como
sociedad donde prevalece la
inquietud del bienestar por
todos antes que por el yo o por
el mí, decisión que para nada se
debe a una mística religiosa
sino simplemente refleja la
actitud normal de cualquier
cubano de nuestras calles.
Obviamente soy de los que no le
interesa engrosar como
inmigrante la bolsa de
profesionales de ningún país
desarrollado. Cualquier
resultado de mi trabajo,
prefiero volcarlo aquí, entre
los míos. No quiero vivir en un
país donde el modelo a seguir es
llegar al lujoso confort de unos
pocos.
Prefiero vivir en una nación
donde nos despeñamos para que el
confort se comparta entre
muchos. No me interesa vivir en
una sociedad enajenada por el
consumismo. Reconforta con
creces, estar del lado de la
mayoría de los pueblos del
mundo, esos de los que con
miles de dificultades y
necesidades, convierten cada día
en una toma de conciencia para
asegurar un porvenir de paz y de
justicia para todos.
Enorgullece mucho formarnos como
parte de un pueblo forjado en el
sacrificio cotidiano. Periodista
con más de 30 años de
experiencia no solo en la prensa
plana sino también como director
de programas tanto en la radio
como en la televisión, no pocos
se preocuparon de verme partir
hacia el trabajo en bicicleta,
como que por qué un profesional
como yo, no tenía un automóvil.
Con la mejor de mis sonrisas,
les respondía que la mayor
riqueza estaba en trabajar para
ellos.
Ser cubano de a pie, permite
compartirnos en ese universo
enriquecedor que significa
viajar en los ómnibus de la
ciudad y donde alguien, sin
mencionar su nombre, nos
reconoce para expresar
agradecido que persigue los
programas donde aparecemos en
los créditos. ¿Habrá algún
premio especializado de la
crítica que provoque en uno
semejante impacto? Lo dudo.
Ya he perdido la cuenta de los
conciertos o videos clip de
artistas extranjeros que el
pueblo cubano no hubiera
conocido de no ser por la
decisión cultural de
trasmitirlos en la televisión
como respuesta revolucionaria al
bloqueo del gobierno
norteamericano contra nuestro
país y sus implicaciones en el
terreno artístico.
Participar de
tal acción, ennoblece como en
pocas ocasiones. A la vez cuánto
regocijo nos colma por haber
colaborado para que en nuestros
escenarios haya actuado
luminarias de la música
contemporánea como Rick Wakeman
o Audioslave, con el deseo
infinito que fueran los primeros
de todo un desfile de
personalidades del mundo que
este pueblo se merece disfrutar.
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Han pasado 50 años desde que
fuimos marcados por el
resplandor naciente de esta
Revolución donde descubrimos
maravillas por el secreto de dar
antes que recibir. Nos
reconocemos en la grandeza del
gesto de ¡Dime qué hace falta
hacer! con la certeza que
movimientos sociales de
semejante magnitud se convocan
sin permiso de burócratas y
delimitadores de las primaveras.
Desde aquella noche del 8 de
enero del 59, que en los hombros
de mi padre, vi entrar a nuestra
capital los tanques con los
barbudos de Fidel, también he
visto el desgarrador desfile de
seres queridos y amigos que
escogieron el camino de la
emigración. En tal sentido,
estoy en eterna deuda con la
voluntad de mis padres de no
abandonar jamás a Cuba.
Gracias
a ello, he podido convivir con
situaciones, medidas y momentos
recogidos por una brillante e
intensa luz que al atravesar
cada poro de la piel nos entrega
la convicción de ser todos una
partícula componente de ese
acontecimiento trascendental que
es la Revolución Cubana. |