Año VII
La Habana

3 al 9 de ENERO
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Mensajes por los 50 años de la Revolución

 

 

Belén Gopegui, España

Ojalá Cuba no tuviera razón. Ojalá el resto de las naciones no hubiéramos destrozado el planeta. Ojalá no hubiéramos perdido el norte y sur y todos los puntos cardinales. Ojalá supiéramos qué enseñar a nuestras hijas e hijos. Ojalá pudiéramos decirles: sed justos y buenos, en lugar de decirles: afilad los cuchillos porque la noche avanza y vendrá llena de oscuridad. Ojalá nuestros destrozos no llegaran nunca a Cuba. Ojalá  nuestra conciencia avanzara despacio por un camino como avanza en Cuba. Cincuenta años cumples y son  tan pocos. Amiga, no te vayas, no dejes nunca de alumbrar.
 


Humberto Arenal, Cuba

Respondiendo al amable pedido de La Jiribilla paso a dar mi respuesta sobre la Revolución Cubana, que si hubiera la posibilidad de repensarla daría para un buen ensayo. Y no es que piense precisamente, como se verá a continuación, como miembro de la cultura cubana que soy desde el mismo triunfo de 1959, que antes de esa fecha hubiera preocupación por ella por parte de los gobernantes y de la propia sociedad cubana; no había la menor preocupación por enaltecerla, ni cultivarla. Ni divulgarla. La cultura existía, por supuesto, pero era un hecho ignorado, de minorías selectas.

Me atrevo a afirmar categóricamente que desde la llamada colonia, siglos XIII y XIX, ni los gobernantes ni los personeros cubanos de turno de la seudo República, reconocieran que existiera la cultura cubana, ya que esta sería una posibilidad, aunque remota e incipiente, de que existiera la nacionalidad cubana. Aunque precisamente, el propio hecho de negarla era ya una forma de reconocer que existía.

Las prédicas del padre Félix Varela en el Seminario de San Carlos, fueron uno de los primeros intentos coherentes al afirmar que sí existía una cultura que se pudiera llamar cubana de alguna manera. Sus seguidores, los escritores José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte y otros, fueron forjando una imagen, incipiente, es cierto, pero coherente y fundada. En realidad, no pretendo improvisar sobre lo que ya hoy se acepta como un hecho consumado, se estudia a fondo, y se divulga ampliamente. Auque el tema todavía no está agotado ni extinguido. Hay zonas tratadas con superficialidad, algunas permanecen desconocidas por grandes sectores de nuestra sociedad actual. Quizá hoy esta debía ser una preocupación mayor de la intelectualidad cubana y hasta de los propios funcionarios. Hace falta trazar una cultura de pueblo y que se divulgue ampliamente.

Y esto nos lleva a entrar en el tema lógico que se me plantea, que inevitablemente hay que preguntarse: ¿Qué se ha hecho y cuáles son los logros de la Revolución en el campo de la cultura en estos 50 años transcurridos desde 1959? Los hechos son tan evidentes que hay una inevitable respuesta. Desde el comienzo ha existido una preocupación por divulgar, desarrollar, afianzar la cultura cubana. Los triunfos han sido tan ciertos que hasta los enemigos más encarnizados y torpes, reconocen que el cambio ha sido abismal. Ahí están las pruebas. En todos los sectores —la música, la literatura, las artes plásticas, el teatro, el cine— el desarrollo logrado no puede ser negado, pero a la vez me atrevo a afirmar que todavía se puede lograr más. Hay buen teatro por estrenar, buenas obras literarias por publicar, algunas películas meritorias por realizar. Esto no puede ser interpretado como una crítica, pues estoy convencido de que existe el interés constante por desarrollar y ampliar lo ya existente. Pero no basta. Nuestra cultura es rica, múltiple, diversa, contradictoria en apariencia. Diversa, con características muy genuinas y personales. Potencialmente todavía podemos brindar más. Y por supuesto, no es solo, como a veces se suele afirmar, que faltan recursos —lo cual es cierto— sino de lograr un desarrollo intelectual y artístico mayor en todas las manifestaciones, con lo que hay. El tema es interesante y vale la pena profundizarlo, debatirlo, polemizarlo. Todo no está hecho, hay cosas por hacer. Nuestra cultura es muy rica y permite la polémica y el análisis. Estamos a tiempo para lograr mayores triunfos.


Santiago Alba, España

El acontecimiento más decisivo del siglo XXI ocurrió en el siglo XX; el más universal ocurrió en una isla del Caribe. No estoy exagerando ni dejándome llevar por el sentimentalismo ciego.

No ignoro tampoco las dificultades con que Cuba afronta sus cincuenta años de existencia. Pero si en los años 60 del pasado siglo la humanidad llegó a la luna, en los años 60 del pasado siglo, mucho más importante, la humanidad llegó hasta sí misma, lo que constituye uno de esos "progresos de la razón" que, a decir de Kant, no pueden olvidarse ni ignorarse.

La Revolución Cubana desmintió en 1959, y sigue desmintiendo día a día, todo el fatalismo con el que el capitalismo quiere imponer la injusticia y el dolor como si se tratasen de la ley de la gravedad.

Por encima de la ley de la gravedad y contra ella, Cuba ha establecido, en las circunstancias más adversas, la ley de la solidaridad, la de los cuidados recíprocos, la de la dignidad humana; ha consolidado la ley ilustrada que exige que los humanos sean fines en sí mismos y no medios de la economía o de la política. Lo que irrita de Cuba —y lo que debe alegrarnos a nosotros— es que esta nueva ley, tan vieja como la humanidad siempre reprimida, no es una utopía sino un "topos", un "tópico", un "lugar común", y que, incluso cuando cojea, cuando se equivoca, cuando zigzaguea, mantiene abierta, como un hecho repetible, la única vía que hoy sabemos indisociable de la supervivencia de los seres humanos. 50 años después el imperialismo tiene que seguir soportando sus perfecciones; nosotros tendremos que seguir apoyándonos incluso en sus imperfecciones. Unas y otras son ya la otra historia de la humanidad. Dentro de 500 años, a lo mejor hay que pedirle cuentas; ahora, tan jovencita, tan acosada, tan cálida en medio de la intemperie, la existencia de esta otra historia nos hace sentir menos vulnerables y más esperanzados; y, desde luego, modestamente agradecidos.


Marilia Guimarães, Brasil

Queridos compañeros:

Pienso que todo ya ha sido hablado de ustedes. Un pueblo sui generis. Decidido, fuerte, noble, convencido de sus principios. Amoroso, fraterno, dulce, guerrero, tierno, solidario, y sobretodo pionero.

Que me queda decirles sino agradecerles por existir, y habernos probado que si es posible “transformar lo cotidiano en extraordinario” —como bien definió el Che. Que es posible no doblegarse ante el enemigo, que defender la  Patria, luchar y preservar su libertad es una virtud gloriosa.

Gracias a los compañeros que hicieron posible esta victoria: a la mujer guerrera, al trovador que rescató los valores culturales, al campesino, a los poetas, a los pintores que cruzando fronteras pintaron el color de su aldea, a los cinco héroes que resisten el poder del imperio.

Gracias por haber compartido con nosotros este insustituible Comandante —nuestro compañero Fidel Castro.

Gracias a Raúl Castro, a Ramiro Valdés, a Juan Almeida, a Guillermo García. Gracias a esta nueva generación incansable por no entregarse y hacerse oír en los parlamentos del mundo.

Gracias por los 50 años de Revolución.


Pascual Serrano, España

Creo que la palabra que mejor define a la Revolución Cubana es, al mismo tiempo, la que generaba más preocupación en Estados Unidos y que explica su obsesión contra Cuba. Esa palabra es "ejemplo". La Revolución Cubana se convertía en el ejemplo de que podía haber otro modelo social diferente del capitalismo, con otros valores sociales, otra forma de organizarse un pueblo, otros principios por los que movilizarse y otro ser humano nuevo a conseguir. El ejemplo cubano consistía, desde hace cincuenta años, en que "otro mundo era posible". Eso es lo que más dolía a sus enemigos, que hombres y mujeres de todo el mundo viesen en Cuba el ejemplo de otro mundo posible.

Y es evidente que basta con ir a la isla para comprobar que, todos sus problemas y deficiencias, estamos en una sociedad que se ha convertido en ejemplo de tantas cosas que se pueden hacer cuando se reniega del neoliberalismo, el mercado, la competitividad y el individualismo.


Carlo Frabetti, España

La Revolución Cubana significa, entre otras cosas, la prueba viviente de que el socialismo es posible incluso en las circunstancias más adversas, incluso contra los enemigos más poderosos. Lo diré en términos científicos: es el experimento exitoso que demuestra una teoría —nunca mejor dicho— revolucionaria. Un fuerte abrazo, queridas compañeras y compañeros.


Atilio Borón, Argentina

Es una tarea ciclópea resumir en unas pocas líneas el significado de un algo tan especial como la Revolución Cubana, que el viejo Hegel no hubiera dudado un instante en caracterizar como un acontecimiento “histórico-universal.” Una revolución que destruyó mitos y prejuicios profundamente arraigados: que la revolución jamás podría triunfar en una isla situada a 90 millas de Estados Unidos; que el imperialismo jamás permitiría la existencia de un país socialista en su patio trasero; que la revolución era impensable en un país subdesarrollado y, para colmo, sin el protagonismo de un partido “marxista-leninista” conduciendo la insurrección de las masas.

Todos estos pronósticos, y muchos otros que sería largo enumerar, fueron refutados por el triunfo del Movimiento 26 de Julio y la consolidación y heroica sobrevivencia de la Revolución Cubana.

En efecto: ha sido —y sigue siendo— una hazaña resistir a medio siglo de un bloqueo económico sin precedentes en la historia de la humanidad y que año a año es condenado por casi todos los países de la ONU, con la excepción de Estados Unidos y un puñado de sus indignos “estados-clientes”. Pensemos simplemente lo que hubiera ocurrido en la Argentina (o cualquier otro país) ante un bloqueo de apenas un año, limitando drásticamente desde la importación de bienes esenciales hasta el ancho de banda de la Internet: este país se habría desintegrado producto de la conmoción social y la crisis integral que los sufrimientos y privaciones del bloqueo habrían desencadenado.

Es precisamente por eso que quien no quiera hablar del imperialismo norteamericano y sus políticas de permanente bloqueo y agresión hacia Cuba debería abstenerse de formular cualquier tipo de crítica a la Revolución. Es bien importante marcar esta postura porque tanto dentro como fuera de la isla —especialmente el “progresismo bienpensante”, una especie ampliamente difundida en la región— no son pocos quienes disparan sus dardos contra las asignaturas pendientes de la Revolución sin hacer la menor mención al influjo radicalmente desestabilizador de la política del imperio.

Es cierto que hay mucho por hacer todavía en Cuba pero, ¿cómo explicar esas falencias al margen de un bloqueo de medio siglo cuyo costo, según cálculos muy conservadores, oscila en torno a los 93.000 millones de dólares, una cifra dos veces superior al Producto Bruto de Cuba, más allá de otras consecuencias que trascienden lo económico y que se miden en vidas humanas y en sufrimientos innecesarios e indiscriminados de toda la población? Cualquier crítica a la política, la economía o la sociedad cubana que no comience por un análisis del bloqueo y su demoledor impacto termina siendo —involuntariamente pero eso no importa— objetivamente reaccionaria.

Equivaldría, salvando las distancias, a criticar a los judíos que lucharon con extraordinaria valentía y dignidad en la defensa del ghetto de Varsovia por su incapacidad para resistir a los embates de la maquinaria militar de los nazis, explicando su aniquilamiento como producto exclusivo de la situación interna del ghetto e ignorando por completo el contexto más amplio que hizo posible su derrota.

A las restricciones propias del bloqueo habría que agregar, entre muchas otras, el humillante servilismo de la casi totalidad de los países de la región, con la honrosa excepción de México, que ante un úkase del imperio cortaron relaciones con la patria de Martí a partir de 1962, profundizando los efectos deletéreos del bloqueo. Pese a ello, los cincuenta años de la Revolución encuentran a Cuba sólidamente a la cabeza en una amplia diversidad de índices de desarrollo social. Este es un asunto que ya se da por descontado pero conviene recordarlo puesto que tales logros se alcanzaron bajo la hostilidad permanente de Estados Unidos y debiendo además sobreponerse a las tremendas consecuencias derivadas de la implosión de la Unión Soviética y la desaparición del Comecón. Los otros países de la región, rutinariamente cubiertos de elogios por la prensa imperialista y sus voceros en el mundo político, registran índices de desarrollo social muy inferiores —en algunos casos vergonzosamente inferiores— a los cubanos pese a que a lo largo de este medio siglo contaron con el permanente apoyo financiero y político de Washington. Un solo indicador habla con elocuencia: la tasa de mortalidad infantil por cada 1.000 nacidos vivos coloca claramente a Cuba por encima de cualquier otro país de las Américas, con un nivel semejante al de Canadá (5/1000) y aventajando a Estados Unidos (7/1000), para no hablar de países como Argentina, Brasil y México en donde estas tasas triplican o cuadruplican a las cubanas.

Este cincuentenario plantea renovados desafíos a la Revolución Cubana, originados en: (a) los grandes cambios que caracterizan a la economía mundial y que provocan la obsolescencia del viejo modelo de planificación ultra-centralizada; (b) la creciente beligerancia de un imperialismo que se enfrenta con renovadas resistencias a lo largo y ancho del globo, sobre todo luego de la crisis global estallada pocos meses atrás; y, (c) la necesidad de renovar el impulso revolucionario y, sobre todo, transmitirlo a las nuevas generaciones. Desafíos que requieren de respuestas innovadoras pero, como el mismo Fidel lo recordara, para nada significa caer en el “error histórico” de creer que “con métodos capitalistas se puede construir el socialismo.” En otras palabras: la indispensable reforma que Cuba necesita no puede significar la reintroducción de métodos capitalistas en la gestión de la economía, como se hizo en China o Vietnam. Cuba, colocada una vez más en la vanguardia de la historia, como a mediados del siglo pasado, deberá transitar por un estrecho sendero en donde se mantenga la planificación de las actividades económicas y el papel rector del estado pero apelando a estructuras más flexibles de planificación y control y a procesos más ágiles de conducción y ejecución. De lo contrario las desigualdades se multiplicarían y la corrupción y la desmoralización resultante de las mismas podrían, al cabo de un tiempo, debilitar irreparablemente el impulso revolucionario y favorecer los planes de la reacción imperialista. Fue ese el mensaje claramente expresado por Fidel en su discurso de Noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana. Por eso Cuba está a la vanguardia de la historia, realizando un experimento sin precedentes: reformar al socialismo pero profundizando el socialismo. Al igual que antes, Cuba rompe con todos los manuales y con el saber convencional. Estamos seguros que también en esta oportunidad el éxito rubricará su osadía.

Una reflexión final: imaginemos lo que habría sucedido en América Latina si la Revolución Cubana hubiese sucumbido ante las agresiones del imperialismo o como consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética. La respuesta es clara y contundente: en tal hipotético caso nuestra historia habría sido radicalmente diferente. Sin el fuego emancipador preservado heroicamente por Cuba durante medio siglo los pueblos de las Américas difícilmente habrían tenido la inspiración y la audacia para resistir la renovada opresión de que eran objeto y para rebelarse en contra del imperio y sus lugartenientes locales. Fue su vibrante ejemplo el que incendió la pradera de América Latina en los años sesenta, lo que alimentó las grandes movilizaciones que impulsaron el ascenso de la Unidad Popular en Chile y el triunfo de Héctor Cámpora en la Argentina. Fue su ejemplo el que abrió el espacio para el giro radical de Juan Velasco Alvarado en el Perú y para la instauración de la Asamblea Popular y el gobierno de Juan José Torres en Bolivia; fue el rotundo mentís que Cuba le propinó al fatalismo y al inmovilismo lo que nutrió la insurgencia constitucionalista del Coronel Francisco Caamaño Deñó en la República Dominicana ultrajada por el invasor yankee. Fue la inconmovible lealtad y solidaridad de Cuba con todos los pueblos en lucha lo que hizo posible resistir las atrocidades de las dictaduras que asolaron la región en los años setenta y, entre tantas otras cosas, asegurar el triunfo del Sandinismo en Nicaragua y, con el sacrificio de sus hijas e hijos derrotar al apartheid sudafricano y garantizar la independencia de Angola. Fue la inconmovible fortaleza de Cuba la que la convirtió en referencia obligada cuando, a mediados de los ochentas, el continente retomaba el escarpado —¡y todavía inconcluso!— sendero de la “transición democrática” agobiado por el peso de una deuda externa que ya en 1985 la definió en La Habana como “incobrable e impagable”. Ejemplo que adquirió dimensiones gigantescas cuando la isla demostró ser capaz de resistir a pie firme el derrumbe de los mal llamados “socialismos realmente existentes”, desplomados precisamente por no ser socialismos. Y la isla resistió en esos terribles momentos las presiones y los cantos de sirenas de los agentes del imperialismo y sus publicistas (entre los cuales sobresale por su dedicación el lobbista número uno de las transnacionales españolas: Felipe González) que le recomendaban a La Habana “volver a la sensatez” y olvidarse de la Revolución, para re-emerger victoriosa, como el ave Fénix en medio de la debacle de la Unión Soviética y el Comecón para animar a los pueblos del mundo entero a decir ¡basta! Es en este escenario, que lleva la marca indeleble de la resistencia de Cuba como una de sus señas de identidad, que irrumpe la Revolución Bolivariana y la figura excepcional de Hugo Chávez, mientras que más al sur Rafael Correa ponía en marcha su Revolución Ciudadana y en la Bolivia del Che un extraordinario dirigente cocalero, Evo Morales, se proyectaba como el líder de un pueblo en pos de una reivindicación que se le debía desde hacía más de cinco siglos. Hay también otros procesos en marcha en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y, en general, en casi toda nuestra geografía. Con características externas diferentes según los casos pero, invariablemente —al menos en el espíritu de los pueblos— como expresión de un intransigente rechazo al imperialismo, al capitalismo y las políticas neoliberales que rara vez se refleja en las políticas que propician esos gobiernos.

Todo esto no habría sido posible si Cuba hubiera sido derrotada en Girón, o si sus hombres y mujeres hubiesen defeccionado, abandonando sus ideales, ahogando la antorcha que con tanto esfuerzo y dignidad sostuvieron en alto durante medio siglo. Por eso la deuda de los pueblos latinoamericanos —y en gran medida también los del África Sub-sahariana— con la Revolución Cubana es inmensa. Una Revolución cuyo internacionalismo la llevó a apoyar a todos los movimientos de liberación nacional de América Latina y el Caribe, a todos los gobiernos que sinceramente se proponían cambiar las vetustas e injustas estructuras de nuestras sociedades y a derrotar, empuñando las armas, a los fascistas sudafricanos apoyados por las “democracias occidentales” bajo la conducción de Estados Unidos.

Y como si todo lo anterior no fuera suficiente hoy Cuba inunda al Tercer Mundo de médicos, enfermeros, maestros, instructores deportivos; una Revolución que siembra educación, salud y vida, contra un imperio y sus aliados que siembran ignorancia, destrucción y muerte. Por eso, y por tantas otras cosas que sería imposible siquiera nombrar, vaya nuestra eterna gratitud para con el pueblo y el gobierno cubanos, para Fidel y para Raúl, y antes para el Che, para Camilo, para Haydée, y tantos otros héroes anónimos, cubanas y cubanos que con su lucha cotidiana y su tenacidad de hierro hicieron posible la sobrevivencia de la Eevolución y el renacimiento de las perspectivas del socialismo en América Latina.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600