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Belén Gopegui,
España
Ojalá Cuba no tuviera
razón. Ojalá el resto de las
naciones no hubiéramos
destrozado el planeta. Ojalá no
hubiéramos perdido el norte y
sur y todos los puntos
cardinales. Ojalá supiéramos qué
enseñar a nuestras hijas e
hijos. Ojalá pudiéramos
decirles: sed justos y buenos,
en lugar de decirles: afilad los
cuchillos porque la noche avanza
y vendrá llena de oscuridad.
Ojalá nuestros destrozos no
llegaran nunca a Cuba. Ojalá
nuestra conciencia avanzara
despacio por un camino como
avanza en Cuba. Cincuenta años
cumples y son tan pocos. Amiga,
no te vayas, no dejes nunca de
alumbrar.
Humberto
Arenal, Cuba
Respondiendo al amable pedido
de La Jiribilla paso
a dar mi respuesta sobre la
Revolución Cubana, que si
hubiera la posibilidad de
repensarla daría para un buen
ensayo. Y no es que piense
precisamente, como se verá a
continuación, como miembro de la
cultura cubana que soy desde el
mismo triunfo de 1959, que antes
de esa fecha hubiera
preocupación por ella por parte
de los gobernantes y de la
propia sociedad cubana; no
había la menor preocupación por
enaltecerla, ni cultivarla. Ni
divulgarla. La cultura existía,
por supuesto, pero era un hecho
ignorado, de minorías selectas.
Me atrevo a afirmar
categóricamente que desde la
llamada colonia, siglos XIII y
XIX, ni los gobernantes ni los
personeros cubanos de turno de
la seudo República, reconocieran
que existiera la cultura cubana,
ya que esta sería una
posibilidad, aunque remota e
incipiente, de que existiera la
nacionalidad cubana. Aunque
precisamente, el propio hecho de
negarla era ya una forma de
reconocer que existía.
Las prédicas del padre Félix
Varela en el Seminario de San
Carlos, fueron uno de los
primeros intentos coherentes al
afirmar que sí existía una
cultura que se pudiera llamar
cubana de alguna manera. Sus
seguidores, los escritores José
Antonio Saco, José de la Luz y
Caballero, Domingo del Monte y
otros, fueron forjando una
imagen, incipiente, es cierto,
pero coherente y fundada. En
realidad, no pretendo improvisar
sobre lo que ya hoy se acepta
como un hecho consumado, se
estudia a fondo, y se divulga
ampliamente. Auque el tema
todavía no está agotado ni extinguido. Hay zonas tratadas
con superficialidad, algunas
permanecen desconocidas por
grandes sectores de nuestra
sociedad actual. Quizá hoy esta
debía ser una preocupación
mayor de la intelectualidad
cubana y hasta de los propios
funcionarios. Hace falta trazar
una cultura de pueblo y que se
divulgue ampliamente.
Y esto nos lleva a entrar en el
tema lógico que se me plantea,
que inevitablemente hay que
preguntarse: ¿Qué se ha hecho y
cuáles son los logros de la
Revolución en el campo de la
cultura en estos 50 años
transcurridos desde 1959? Los
hechos son tan evidentes que hay
una inevitable respuesta. Desde
el comienzo ha existido una
preocupación por divulgar,
desarrollar, afianzar la cultura
cubana. Los triunfos han sido
tan ciertos que hasta los enemigos más encarnizados y
torpes, reconocen que el cambio
ha sido abismal. Ahí están las
pruebas. En todos los sectores
—la música, la literatura, las
artes plásticas, el teatro, el
cine— el desarrollo logrado no
puede ser negado, pero a la vez
me atrevo a afirmar que todavía
se puede lograr más. Hay buen
teatro por estrenar, buenas
obras literarias por publicar,
algunas películas meritorias por
realizar. Esto no puede ser
interpretado como una crítica,
pues estoy convencido de que
existe el interés constante por
desarrollar y ampliar lo ya
existente. Pero no basta.
Nuestra cultura es rica,
múltiple, diversa,
contradictoria en apariencia.
Diversa, con características muy
genuinas y personales.
Potencialmente todavía podemos
brindar más. Y por supuesto, no
es solo, como a veces se suele
afirmar, que faltan recursos —lo
cual es cierto— sino de lograr
un desarrollo intelectual y
artístico mayor en todas las
manifestaciones, con lo que hay.
El tema es interesante y vale la
pena profundizarlo, debatirlo,
polemizarlo. Todo no está hecho,
hay cosas por hacer. Nuestra
cultura es muy rica y permite la
polémica y el análisis. Estamos
a tiempo para lograr mayores
triunfos.
Santiago Alba,
España
El acontecimiento más decisivo
del siglo XXI ocurrió en el
siglo XX; el más universal
ocurrió en una isla del Caribe.
No estoy exagerando ni dejándome
llevar por el sentimentalismo
ciego.
No ignoro tampoco las
dificultades con que Cuba
afronta sus cincuenta años de
existencia. Pero si en los años
60 del pasado siglo la humanidad
llegó a la luna, en los años 60
del pasado siglo, mucho más
importante, la humanidad llegó
hasta sí misma, lo que
constituye uno de esos
"progresos de la razón" que, a
decir de Kant, no pueden
olvidarse ni ignorarse.
La
Revolución Cubana desmintió en
1959, y sigue desmintiendo día a
día, todo el fatalismo con el
que el capitalismo quiere
imponer la injusticia y el dolor
como si se tratasen de la ley de
la gravedad.
Por encima de la
ley de la gravedad y contra
ella, Cuba ha establecido, en
las circunstancias más adversas,
la ley de la solidaridad, la de
los cuidados recíprocos, la de
la dignidad humana; ha
consolidado la ley ilustrada que
exige que los humanos sean fines
en sí mismos y no medios de la
economía o de la política. Lo
que irrita de Cuba —y lo que
debe alegrarnos a nosotros— es
que esta nueva ley, tan vieja
como la humanidad siempre
reprimida, no es una utopía sino
un "topos", un "tópico", un
"lugar común", y que, incluso
cuando cojea, cuando se
equivoca, cuando zigzaguea,
mantiene abierta, como un hecho
repetible, la única vía
que hoy sabemos indisociable de
la supervivencia de los seres
humanos. 50 años después el
imperialismo tiene que seguir
soportando sus perfecciones;
nosotros tendremos que seguir
apoyándonos incluso en sus
imperfecciones. Unas y otras son
ya la otra historia de la
humanidad. Dentro de 500
años, a lo mejor hay que pedirle
cuentas; ahora, tan jovencita,
tan acosada, tan cálida en medio
de la intemperie, la existencia
de esta otra historia nos hace
sentir menos vulnerables y más
esperanzados; y, desde luego,
modestamente agradecidos.
Marilia Guimarães, Brasil
Queridos compañeros:
Pienso que todo ya ha sido
hablado de ustedes. Un pueblo
sui generis. Decidido,
fuerte, noble, convencido de sus
principios. Amoroso, fraterno,
dulce, guerrero, tierno,
solidario, y sobretodo pionero.
Que me queda decirles sino
agradecerles por existir, y
habernos probado que si es
posible “transformar lo
cotidiano en extraordinario”
—como bien definió el Che. Que
es posible no doblegarse ante el
enemigo, que defender la
Patria, luchar y preservar su
libertad es una virtud gloriosa.
Gracias a los compañeros que
hicieron posible esta victoria:
a la mujer guerrera, al trovador
que rescató los valores
culturales, al campesino, a los
poetas, a los pintores que
cruzando fronteras pintaron el
color de su aldea, a los cinco
héroes que resisten el poder del
imperio.
Gracias por haber compartido con
nosotros este insustituible
Comandante —nuestro compañero
Fidel Castro.
Gracias a Raúl Castro, a Ramiro
Valdés, a Juan Almeida, a
Guillermo García. Gracias a esta
nueva generación incansable por
no entregarse y hacerse oír en
los parlamentos del mundo.
Gracias por los 50 años de
Revolución.
Pascual
Serrano, España
Creo
que la palabra que mejor define
a la Revolución Cubana es, al
mismo tiempo, la que generaba
más preocupación en Estados
Unidos y que explica su obsesión
contra Cuba. Esa palabra es
"ejemplo". La Revolución Cubana
se convertía en el ejemplo de
que podía haber otro modelo
social diferente del
capitalismo, con otros valores
sociales, otra forma de
organizarse un pueblo, otros
principios por los que
movilizarse y otro ser humano
nuevo a conseguir. El ejemplo
cubano consistía, desde hace
cincuenta años, en que "otro
mundo era posible". Eso es lo
que más dolía a sus enemigos,
que hombres y mujeres de todo el
mundo viesen en Cuba el ejemplo
de otro mundo posible.
Y es evidente que basta con ir a
la isla para comprobar que,
todos sus problemas y
deficiencias, estamos en una
sociedad que se ha convertido en
ejemplo de tantas cosas que se
pueden hacer cuando se reniega
del neoliberalismo, el mercado,
la competitividad y el
individualismo.
Carlo
Frabetti, España
La
Revolución Cubana significa,
entre otras cosas, la prueba
viviente de que el socialismo es
posible incluso en las
circunstancias más adversas,
incluso contra los enemigos más
poderosos. Lo diré en términos
científicos: es el experimento
exitoso que demuestra una teoría
—nunca mejor dicho—
revolucionaria. Un fuerte
abrazo, queridas compañeras y
compañeros.
Atilio Borón,
Argentina
Es una tarea ciclópea resumir en
unas pocas líneas el significado
de un algo tan especial como la
Revolución Cubana, que el viejo
Hegel no hubiera dudado un
instante en caracterizar como un
acontecimiento
“histórico-universal.” Una
revolución que destruyó mitos y
prejuicios profundamente
arraigados: que la revolución
jamás podría triunfar en una
isla situada a 90 millas de
Estados Unidos; que el
imperialismo jamás permitiría la
existencia de un país socialista
en su patio trasero; que la
revolución era impensable en un
país subdesarrollado y, para
colmo, sin el protagonismo de un
partido “marxista-leninista”
conduciendo la insurrección de
las masas.
Todos estos pronósticos, y
muchos otros que sería largo
enumerar, fueron refutados por
el triunfo del Movimiento 26 de
Julio y la consolidación y
heroica sobrevivencia de la
Revolución Cubana.
En efecto: ha sido —y sigue
siendo— una hazaña resistir a
medio siglo de un bloqueo
económico sin precedentes en la
historia de la humanidad y que
año a año es condenado por casi
todos los países de la ONU, con
la excepción de Estados Unidos y
un puñado de sus indignos
“estados-clientes”. Pensemos
simplemente lo que hubiera
ocurrido en la Argentina (o
cualquier otro país) ante un
bloqueo de apenas un año,
limitando drásticamente desde la
importación de bienes esenciales
hasta el ancho de banda de la
Internet: este país se habría
desintegrado producto de la
conmoción social y la crisis
integral que los sufrimientos y
privaciones del bloqueo habrían
desencadenado.
Es precisamente por eso que
quien no quiera hablar del
imperialismo norteamericano y
sus políticas de permanente
bloqueo y agresión hacia Cuba
debería abstenerse de formular
cualquier tipo de crítica a la
Revolución. Es bien importante
marcar esta postura porque tanto
dentro como fuera de la isla
—especialmente el “progresismo
bienpensante”, una especie
ampliamente difundida en la
región— no son pocos quienes
disparan sus dardos contra las
asignaturas pendientes de la
Revolución sin hacer la menor
mención al influjo radicalmente
desestabilizador de la política
del imperio.
Es cierto que hay mucho por
hacer todavía en Cuba pero,
¿cómo explicar esas falencias al
margen de un bloqueo de medio
siglo cuyo costo, según cálculos
muy conservadores, oscila en
torno a los 93.000 millones de
dólares, una cifra dos veces
superior al Producto Bruto de
Cuba, más allá de otras
consecuencias que trascienden lo
económico y que se miden en
vidas humanas y en sufrimientos
innecesarios e indiscriminados
de toda la población? Cualquier
crítica a la política, la
economía o la sociedad cubana
que no comience por un análisis
del bloqueo y su demoledor
impacto termina siendo
—involuntariamente pero eso no
importa— objetivamente
reaccionaria.
Equivaldría, salvando las
distancias, a criticar a los
judíos que lucharon con
extraordinaria valentía y
dignidad en la defensa del
ghetto de Varsovia por su
incapacidad para resistir a los
embates de la maquinaria militar
de los nazis, explicando su
aniquilamiento como producto
exclusivo de la situación
interna del ghetto e ignorando
por completo el contexto más
amplio que hizo posible su
derrota.
A las restricciones propias del
bloqueo habría que agregar,
entre muchas otras, el
humillante servilismo de la casi
totalidad de los países de la
región, con la honrosa excepción
de México, que ante un úkase
del imperio cortaron relaciones
con la patria de Martí a partir
de 1962, profundizando los
efectos deletéreos del bloqueo.
Pese a ello, los cincuenta años
de la Revolución encuentran a
Cuba sólidamente a la cabeza en
una amplia diversidad de índices
de desarrollo social. Este es un
asunto que ya se da por
descontado pero conviene
recordarlo puesto que tales
logros se alcanzaron bajo la
hostilidad permanente de Estados
Unidos y debiendo además
sobreponerse a las tremendas
consecuencias derivadas de la
implosión de la Unión Soviética
y la desaparición del Comecón.
Los otros países de la región,
rutinariamente cubiertos de
elogios por la prensa
imperialista y sus voceros en el
mundo político, registran
índices de desarrollo social muy
inferiores —en algunos casos
vergonzosamente inferiores— a
los cubanos pese a que a lo
largo de este medio siglo
contaron con el permanente apoyo
financiero y político de
Washington. Un solo indicador
habla con elocuencia: la tasa de
mortalidad infantil por cada
1.000 nacidos vivos coloca
claramente a Cuba por encima de
cualquier otro país de las
Américas, con un nivel semejante
al de Canadá (5/1000) y
aventajando a Estados Unidos
(7/1000), para no hablar de
países como Argentina, Brasil y
México en donde estas tasas
triplican o cuadruplican a las
cubanas.
Este cincuentenario plantea
renovados desafíos a la
Revolución Cubana, originados
en: (a) los grandes cambios que
caracterizan a la economía
mundial y que provocan la
obsolescencia del viejo modelo
de planificación
ultra-centralizada; (b) la
creciente beligerancia de un
imperialismo que se enfrenta con
renovadas resistencias a lo
largo y ancho del globo, sobre
todo luego de la crisis global
estallada pocos meses atrás; y,
(c) la necesidad de renovar el
impulso revolucionario y, sobre
todo, transmitirlo a las nuevas
generaciones. Desafíos que
requieren de respuestas
innovadoras pero, como el mismo
Fidel lo recordara, para nada
significa caer en el “error
histórico” de creer que “con
métodos capitalistas se puede
construir el socialismo.” En
otras palabras: la indispensable
reforma que Cuba necesita no
puede significar la
reintroducción de métodos
capitalistas en la gestión de la
economía, como se hizo en China
o Vietnam. Cuba, colocada una
vez más en la vanguardia de la
historia, como a mediados del
siglo pasado, deberá transitar
por un estrecho sendero en donde
se mantenga la planificación de
las actividades económicas y el
papel rector del estado pero
apelando a estructuras más
flexibles de planificación y
control y a procesos más ágiles
de conducción y ejecución. De lo
contrario las desigualdades se
multiplicarían y la corrupción y
la desmoralización resultante de
las mismas podrían, al cabo de
un tiempo, debilitar
irreparablemente el impulso
revolucionario y favorecer los
planes de la reacción
imperialista. Fue ese el mensaje
claramente expresado por Fidel
en su discurso de Noviembre de
2005 en la Universidad de La
Habana. Por eso Cuba está a la
vanguardia de la historia,
realizando un experimento sin
precedentes: reformar al
socialismo pero profundizando el
socialismo. Al igual que antes,
Cuba rompe con todos los
manuales y con el saber
convencional. Estamos seguros
que también en esta oportunidad
el éxito rubricará su osadía.
Una reflexión final: imaginemos
lo que habría sucedido en
América Latina si la Revolución
Cubana hubiese sucumbido ante
las agresiones del imperialismo
o como consecuencia del derrumbe
de la Unión Soviética. La
respuesta es clara y
contundente: en tal hipotético
caso nuestra historia habría
sido radicalmente diferente. Sin
el fuego emancipador preservado
heroicamente por Cuba durante
medio siglo los pueblos de las
Américas difícilmente habrían
tenido la inspiración y la
audacia para resistir la
renovada opresión de que eran
objeto y para rebelarse en
contra del imperio y sus
lugartenientes locales. Fue su
vibrante ejemplo el que incendió
la pradera de América Latina en
los años sesenta, lo que
alimentó las grandes
movilizaciones que impulsaron el
ascenso de la Unidad Popular en
Chile y el triunfo de Héctor
Cámpora en la Argentina. Fue su
ejemplo el que abrió el espacio
para el giro radical de Juan
Velasco Alvarado en el Perú y
para la instauración de la
Asamblea Popular y el gobierno
de Juan José Torres en Bolivia;
fue el rotundo mentís que Cuba
le propinó al fatalismo y al
inmovilismo lo que nutrió la
insurgencia constitucionalista
del Coronel Francisco Caamaño
Deñó en la República Dominicana
ultrajada por el invasor yankee.
Fue la inconmovible lealtad y
solidaridad de Cuba con todos
los pueblos en lucha lo que hizo
posible resistir las atrocidades
de las dictaduras que asolaron
la región en los años setenta y,
entre tantas otras cosas,
asegurar el triunfo del
Sandinismo en Nicaragua y, con
el sacrificio de sus hijas e
hijos derrotar al apartheid
sudafricano y garantizar la
independencia de Angola. Fue la
inconmovible fortaleza de Cuba
la que la convirtió en
referencia obligada cuando, a
mediados de los ochentas, el
continente retomaba el escarpado
—¡y todavía inconcluso!— sendero
de la “transición democrática”
agobiado por el peso de una
deuda externa que ya en 1985 la
definió en La Habana como
“incobrable e impagable”.
Ejemplo que adquirió dimensiones
gigantescas cuando la isla
demostró ser capaz de resistir a
pie firme el derrumbe de los mal
llamados “socialismos realmente
existentes”, desplomados
precisamente por no ser
socialismos. Y la isla resistió
en esos terribles momentos las
presiones y los cantos de
sirenas de los agentes del
imperialismo y sus publicistas
(entre los cuales sobresale por
su dedicación el lobbista número
uno de las transnacionales
españolas: Felipe González) que
le recomendaban a La Habana
“volver a la sensatez” y
olvidarse de la Revolución, para
re-emerger victoriosa, como el
ave Fénix en medio de la debacle
de la Unión Soviética y el
Comecón para animar a los
pueblos del mundo entero a decir
¡basta! Es en este escenario,
que lleva la marca indeleble de
la resistencia de Cuba como una
de sus señas de identidad, que
irrumpe la Revolución
Bolivariana y la figura
excepcional de Hugo Chávez,
mientras que más al sur Rafael
Correa ponía en marcha su
Revolución Ciudadana y en la
Bolivia del Che un
extraordinario dirigente
cocalero, Evo Morales, se
proyectaba como el líder de un
pueblo en pos de una
reivindicación que se le debía
desde hacía más de cinco siglos.
Hay también otros procesos en
marcha en Argentina, Brasil,
Uruguay, Paraguay y, en general,
en casi toda nuestra geografía.
Con características externas
diferentes según los casos pero,
invariablemente —al menos en el
espíritu de los pueblos— como
expresión de un intransigente
rechazo al imperialismo, al
capitalismo y las políticas
neoliberales que rara vez se
refleja en las políticas que
propician esos gobiernos.
Todo esto no habría sido posible
si Cuba hubiera sido derrotada
en Girón, o si sus hombres y
mujeres hubiesen defeccionado,
abandonando sus ideales,
ahogando la antorcha que con
tanto esfuerzo y dignidad
sostuvieron en alto durante
medio siglo. Por eso la deuda de
los pueblos latinoamericanos —y
en gran medida también los del
África Sub-sahariana— con la
Revolución Cubana es inmensa.
Una Revolución cuyo
internacionalismo la llevó a
apoyar a todos los movimientos
de liberación nacional de
América Latina y el Caribe, a
todos los gobiernos que
sinceramente se proponían
cambiar las vetustas e injustas
estructuras de nuestras
sociedades y a derrotar,
empuñando las armas, a los
fascistas sudafricanos apoyados
por las “democracias
occidentales” bajo la conducción
de Estados Unidos.
Y como si todo lo anterior no
fuera suficiente hoy Cuba inunda
al Tercer Mundo de médicos,
enfermeros, maestros,
instructores deportivos; una
Revolución que siembra
educación, salud y vida, contra
un imperio y sus aliados que
siembran ignorancia, destrucción
y muerte. Por eso, y por tantas
otras cosas que sería imposible
siquiera nombrar, vaya nuestra
eterna gratitud para con el
pueblo y el gobierno cubanos,
para Fidel y para Raúl, y antes
para el Che, para Camilo, para
Haydée, y tantos otros héroes
anónimos, cubanas y cubanos que
con su lucha cotidiana y su
tenacidad de hierro hicieron
posible la sobrevivencia de la
Eevolución y el renacimiento de
las perspectivas del socialismo
en América Latina.
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