Año VII
La Habana

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de 2009

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"Tengo la Revolución en la sangre"

Pastorita Núñez • La Habana
Fotos: La Jiribilla y Archivo de la autora

 

Nací el 27 de abril de 1921. Han transcurrido 87 años y medio, y claro, empecé mi lucha desde muy joven porque mi origen es proletario —muy humilde—, allá en el barrio de Los pocitos, en Marianao.

Comencé, prácticamente una adolescente, a luchar por el adecentamiento político de este país. Tuve la suerte de comenzar relaciones de amistad, aun siendo tan pobre, con uno de los personajes históricos de Cuba: Eduardo Chibás.

Fue un líder incorruptible, hasta que se fueron concatenando los hechos y vino su inmolación por hacer realidad aquella política que él llevaba, de adecentamiento político y de vergüenza contra dinero, a causa de la inmoralidad que presidía todos los actos de la administración pública cubana.

En 1952 llegó la traición de Fulgencio Batista con el golpe de estado, pero antes, en 1948, esperando precisamente a Chibás que regresaba de un recorrido por la provincia de Oriente, coincidí en las puertas de las oficinas ortodoxas con un joven estudiante que se preocupaba mucho por las cuestiones de Cuba y estaba muy interesado en saber algo sobre el programa del partido ortodoxo, qué íbamos a hacer, si nos íbamos a limitar a la honestidad administrativa.

La honestidad administrativa era una estrategia que en ese momento se utilizaba para la conquista del poder, porque había una repulsa nacional contra la corrupción.

Ese joven que conocí se llamaba Fidel Castro Ruz, y fue tan importante lo que estaba preguntando que me llamó la atención y le dije a una de las compañeras que estaban a mi lado y que lo conocía, que me lo presentara.

Otra me dijo: "No le  hagas caso que está haciendo declaraciones para obtener popularidad con Chibás", y le respondí: "No, lo que está diciendo tiene sustancia". En ese momento, 1948, nos presentaron e inmediatamente que nos conocimos se estableció un vínculo de simpatía y de interés por lo que estaba ocurriendo en Cuba y cómo íbamos a solucionar los problemas. Esa amistad que surgió, me cabe la honra de decir que se mantiene hasta este momento y será eterna.

Ese vínculo que se estableció, y que se mantuvo a través del tiempo, me llevó, como es de suponer, cuando vino la dictadura de Batista y empezó lucha que debía derrotar aquel régimen, a unirme a ese movimiento revolucionario liderado por Fidel.

Allí nos reunimos toda la juventud ortodoxa y empezamos la lucha.

Vino el Moncada. Hicimos una tremenda tarea después, ellos presos y nosotros luchando por su libertad desde afuera hasta lograr un movimiento nacional que hizo posible la amnistía política.

En ese momento yo era dirigente del Partido Ortodoxo, y además fundamos el Movimiento de Ayuda al Preso. Fui también, en la época antes del Moncada, una de las cuatro fundadoras del Frente Cívico de Mujeres Martianas, que se destacó por su lucha contra el régimen.

Después de la salida de Fidel, cuando iba para México, nos invitó a dos de las fundadoras del Frente Cívico a que fuéramos con él.

Después, como una parte de la dirigencia del Partido Ortodoxo se achantó, mientras otra fue la izquierda revolucionaria que dio el paso al frente, entre ellos Ñico López y yo, Fidel consideró  que era más beneficiosa mi presencia en Cuba, de acuerdo con la posición que yo tenía jerárquicamente dentro del Partido, para desarrollar las actividades del clandestinaje, de la lucha que se aproximaría.

Luego, para hacer la historia a zancadas, viene el desembarco del Granma. El Comandante nombra a Faustino dirigente del Movimiento y lo envía para La Habana.

Cuando se inicia la lucha cívica, yo estaba ya bajo las órdenes de Faustino. Entonces recibo de él un encargo, que venía del Comandante, de que debía agrupar a las compañeras ortodoxas —a las que conocía y eran muy batalladoras, revolucionarias verdaderas— para prepararlas para un evento que se iba a realizar.

No me dijo cuál ni dónde, pero era la Huelga de abril de 1958. Aunque fue un movimiento que se frustró, tuve el privilegio de dirigir el comando femenino 26 de julio en la Ciudad de La Habana.

Tuve la responsabilidad de conseguir los locales donde se atenderían los que resultaran heridos en las acciones. Conseguí siete iglesias, valiéndome de compañeras que tenían relaciones con el sector eclesiástico, y pusimos la sacristía como punto de referencia para todos los combatientes de la Huelga de abril. Si caían los nuestros o los contrarios, había que atenderlos.

El comando femenino contaba con 22 compañeras. Salimos uniformadas ese día, con uniforme verde olivo. Entre los 14 médicos y las personas que reunimos, llegamos a tener 56 personas en acción de servicio ese día. Con la Huelga y la lucha en la clandestinidad, hubo una vorágine de trabajo tan grande que se hizo imposible mi estadía en La Habana.

El propio Faustino determina que yo pase a la Sierra Maestra. Ya no podía estar aquí, había participado en un hecho que fracasó, pero un fracaso que fue el último peldaño para la victoria. Cayó Marcelo Salado y varios compañeros, y mi casa y las de todas las compañeras estaban circuladas, me estaban buscando por todas partes porque era una de las cabezas motín y ya no tenía donde estar.

Dieron la orden de salida y me fui para la Sierra el mismo día de mi cumpleaños: el 27 de abril de 1958.

Me incorporé a la Sierra en mayo y llegué en el momento en que el Comandante estaba preparando la batalla contra la ofensiva de Batista. Porque este, al ver que había fracasado la Huelga de abril, desató una ofensiva contra la Sierra para acabarla de una vez. Decía que era el fin de Fidel.

Mis primeros trabajos en la Sierra fueron ayudar a limpiar el campamento, contar balas, coser la ropa de los combatientes, entre otras cosas, hasta que se produce la Batalla del Jigüe en julio. Quevedo se entrega y llega victoria del Ejército Rebelde.

Fidel regresa a la Comandancia y por Radio Rebelde hace el informe de lo ocurrido y de las armas ocupadas en la batalla. Tuve el privilegio de escuchar ese informe, junto a Camilo Cienfuegos, antes de que saliera por radio.

Después de esta victoria Fidel comienza a pensar en cómo radicalizar la situación de la guerra para obtener el triunfo total. Aquella había sido una victoria parcial, pero ya había que sacar la guerra hacia fuera de la Sierra.

Allí no teníamos ni un centavo, así que el Comandante me dice primero: "Te voy a mandar al hospital de Pozo Azul", allá en el campamento del doctor René Vallejo Ortiz. Pero después pensó que no, porque no teníamos con qué pagar las cosas y en la Sierra se pagaba todo: si se cogía un pedazo de queso, se pagaba; si se recogía café, se pagaba; no se le cogía nada a nadie, era una política de honestidad del movimiento revolucionario y del 26 de Julio que dirigía Fidel.

Había que salir a recaudar fondos, la tarea más difícil, durísima, por cuanto era salir de la zona liberada —la ocupada por el Ejército Rebelde— para enfrentarme a exigir un pago de impuesto de guerra establecido por el jefe de la Revolución, en lugares donde no tenía el poder.

Cuando el Comandante hizo la resolución para nombrarme, me mandó a llamar junto con Celia, y me dice que estaba pensando qué nombre poner ahí, si mi nombre de guerra, Agustina, o Pastora. Le digo: "Comandante, ponga el que sea más útil". Me responde: "Es verdad, el riesgo más grande está en llegar allá, así que voy a escribir Pastora Núñez".

El 19 de agosto de 1958, se escribe la resolución en la que se me autoriza para que junto a otras personas integre una comisión para visitar a los propietarios de ingenios azucareros y comunicarles que deben contribuir con el producto de la zafra azucarera de 1958 a razón de 15 centavos por cada saco de azúcar producido, de los cuales 10 centavos le corresponden al central y 5 al colono.

Este impuesto de guerra se establece porque el gobierno también había establecido uno, que sería derogado al triunfo de la Revolución. Como teníamos mucha necesidad de esos fondos, se establece un plazo hasta el 15 de octubre para el pago. No íbamos a permitir aplazamientos.

Eso quería decir que yo tenía que salir de La Plata, territorio libre, hacia los 40 centrales azucareros que tenía la provincia de Oriente. De esos había uno solo en nuestro territorio, el Central Estrada Palma, que como estaba hacia las afueras, en Yara, fue uno de los que se me reviró.

Pero había centrales por toda la provincia, incluso en el II Frente donde estaba Raúl. Dentro de esos 40 centrales estaban también los que pertenecían a la United Fruit, la West India y todas las otras "Companys" por el estilo.

Le dije a Fidel: "Comandante, ¿me voy ahora mismo?" Porque, no sé si era la inexperiencia o la juventud, me sentía fuerte, desafiaba todo y me creía invulnerable a la prisión. Fidel me respondió: "No, te vas mañana, porque te tengo que advertir cómo debes realizar los cobros, cómo te debes proteger, cómo te debes dirigir a ellos, las sanciones que puedes aplicar, a quién debes concurrir para aplicarlas… y ahora tengo que leer". Así que tuve que esperar al día siguiente.

Viajé a Santiago de Cuba y me dirigí a la dirección provincial del Movimiento a llevar la resolución y a pedir ayuda. No conocía a ningún dueño de central ni administrador, ni sabía dónde estaban aquellos centrales. Allí designan a dos compañeros, Reutilio Pérez y Gerardo Abreu, para que me ayudaran a llegar a los centrales en una camioneta. También me hicieron 50 fotocopias de la orden de Fidel, para entregar una a cada dueño de central.

Entonces empecé a cobrar. Vi que había 16 centrales que correspondían a la zona del II Frente y partí hacia donde estaba Raúl a buscar respaldo. No fue fácil llegar hasta allá, me trasladaron hasta San Luis, de allí a la tenencia de Zenén Casas, donde me dieron un pase para que llegara a la casita del médico.

Allí radicaba el tesorero, un capitán, que resultó ser un personaje. Cuando llegué me informaron que estaba de recorrido y me quedé a esperarlo. Por la tarde apareció el capitán, Lucas Morán, y cuando le avisaron que había una persona esperándolo, se para en la puerta y con mucha arrogancia me pregunta: "¿Y usted qué quiere?". "Hablar con el Comandante Raúl Castro", y le explico la orden que traía. Me dice el hombre: "Aquí eso no camina. Eso ya lo tenemos resuelto y es inaceptable lo que usted trae".

Le dije que aquello era una insubordinación porque yo traía una orden del Comandante en Jefe y había que respetarla. Le pregunté a otro compañero que había allí adónde podía ir para que me llevaran hasta Raúl. "Figúrese, a esta hora no se puede. Raúl está para Baracoa". "Donde esté —respondí—. Está en Cuba, así que tengo que verlo". Resolví irme sola si nadie me llevaba, y me fui caminando para el puesto médico a ver a Machado Ventura. No lo encontré a él, sino a otro médico, y ahí me quedé.

Ya por la noche, parece que el hombre de los disparates se había aconsejado y fue a decirme que me iba a buscar por la mañana para llevarme hasta Raúl. A las 5:00 de la mañana llegó en un Jeep, y nos fuimos. Fue un viaje insoportable. Ese Lucas Morán estaba en aquel cargo porque fue el que despidió el duelo de Frank País, pero se había echado a perder. Cuando aquello yo no lo sabía, solo me importaba que estaba negando una orden de Fidel.

Cuando íbamos llegando al campamento de Efigenio Ameijeiras, allá por Bayates, íbamos a salir rumbo a la comandancia, cuando un compañero de los hombres de Efigenio le dice: "Capitán, le aconsejo que vaya por otro rumbo, porque por aquí están los caminos desriscados". "No me interesa —le respondió—. Tengo que llegar".

Seguimos viaje y el jeep iba saltando por todo el camino, pensé que se me desarticulaban los huesos. Un poco más adelante me pide la resolución para leerla por primera vez, y luego me dice: "Qué va, esto no camina aquí. Ya nosotros tenemos establecido un impuesto de guerra y estamos cobrando". Le pedí que me la devolviera y le respondí: "Ya caminará cuando la lea Raúl".

Fue toda una batalla hasta llegar al río Toa. Allí cruzan el río en unos botecitos que llaman "cayuca", y nos vino a recoger el cayuquero, experto en pasar hasta el río crecido. Para qué decirlo, la voluntad era mucha y el patriotismo grande, pero vi la muerte cerca. Aquel río se las traía, es como un mar. Cuando lo estábamos atravesando, escucho mucho ruido y le pregunto al que manejaba la cayuca: "¿Y eso qué es, compadre?" Y me responde: "Eso es que se acerca Raúl Castro con su gente para acá para la orilla".

Se fue acercando la cayuca y cuando miro al frente lo que veo es una sabana cubierta por nuestra flor nacional, miles de mariposas con un olor enervante. ¡Qué cosa tan hermosa!, nunca he visto nada parecido ni igual a ese espectáculo, ¡qué sobrecogedor!

Hacia la orilla venían Raúl, Vilma y Barbarroja. Desembarcamos, nos abrazamos, pero Raúl no sabía lo que me había pasado con el sujeto. Me dijo: "¿Cómo te fue en el viaje?" "Fue muy bello —le respondí—, sobre todo este desembarco, pero ha sido insoportable el compañero que me pusieron aquí". Me preguntó: "¿Quién es?" "El capitán Lucas Morán, ya te contaré después".

Le dijo a Barbarroja, que iba manejando, que yo me iba en el jeep con ellos. Resulta que Raúl tenía el campamento del Aguacate cerca de una tembladera de fango y el jeep no tenía frenos. Fuimos resbalando para un lado y para otro, yo le decía a Barbarroja: "¡Estás loco! Hasta que por fin llegamos a la casa campamento. ¡Cuántas cosas para llegar allá! Entonces le conté a Raúl la misión que Fidel me había encomendado y además le llevaba un mensaje personal.

Lo primero que hizo Raúl fue llamar a Papito Serguera, que era el abogado de allí, y le mandó a hacer una resolución revocando los impuestos que tenía en vigor para sustituirlos por lo que mandaba a decir Fidel. Luego Raúl me dice: "Mira muchacha, lo que me has manifestado coincide con una denuncia que hay contra ese capitán porque ha hecho una ley orgánica que es como una sublevación del ejército, se le va a celebrar juicio y ahora tú vas a estar en la presidencia".

El día 25 de septiembre se le hizo juicio a Lucas Morán, presidido por Raúl, Belarmino Castillas, el Comandante Nicaragua, Martínez Sánchez, que después fue Ministro de trabajo; Vilma, Efigenio y yo, entre otros. Éramos 15 en total y se acordó por unanimidad su expulsión del Ejército Rebelde. Esta historia la hago como una anécdota relacionada con el cobro del impuesto.

Enseguida Raúl y yo acordamos que en la parte correspondiente al II Frente había 16 centrales a los cuáles las tropas rebeldes tenían acceso. Era fácil cobrarles y Raúl me dijo que me despreocupara de ir personalmente a esos centrales, que él me daría el informe. Entonces Fidel me dio la orden —que yo le entregué hace ya tiempo a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado— de que con esa recaudación yo hiciera depósitos en EE.UU., porque además de que no teníamos dinero para los pagos en la Sierra, tampoco había para la compra de armas y los avituallamientos de la tropa.

Así que yo debía mandarle los fondos que cobrara a Haydée Santamaría, que era la tesorera en Miami, para que ella los hiciera llegar al delegado bélico, encargado de aquellos avioncitos que vinieron, los rifles, etc. Pero debía dejar también una parte en Cuba, y otra parte la deposité en los bancos. Raúl abrió una cuenta en un banco en Santiago de Cuba y nombró a María Ruiz, la hija de Ruiz Velásquez, encargada de las transacciones en el banco para que yo no tuviera que personarme allí, bastante hacía con cobrar.

Formé gran engranaje, Raúl me mandaba los informes de los centrales donde su tropa cobraba y yo cobraba a los restantes. Cuando llegué a cobrar a uno de ellos, que pertenecía a la West Indian Company y tenía un administrador norteamericano, mister Mathews, con el cual hablé porque según él el dueño del central estaba en los EE.UU., me dijo que me recibía pero que la embajada norteamericana había circulado una orden a todos los dueños de centrales azucareros o de empresas norteamericanas en Cuba, para que no pagaran impuestos y decía más o menos así: "El gobierno de EE.UU. desautoriza el pago a facciones o partidos políticos de ninguna índole…", y yo le respondí a mister Mathews: "Pero mister, esto no se refiere a nosotros, aquí dice que no se le pague a facción o partido político. Nosotros no somos nada de eso, nosotros somos el pueblo de Cuba uniformado, obedecemos a las órdenes del Comandante en Jefe y me tiene que pagar o le quemo el central".

A las 48 horas el hombre me estaba localizando para pagarme, pero se negaba a pagar en Cuba porque decía que si se descubría que ellos le estaban pagando al Ejército Rebelde Batista lo mataba, entonces yo le pregunté dónde iban a depositar e inmediatamente me comuniqué con Haydée Santamaría y le informé dónde y cuándo. Esperé su respuesta, tenía que tener respuesta si no le quemaba el central, y bueno, pagó.

De todos modos se corrió la voz: Pastorita está cobrando y obligó a los norteamericanos a pagar, y empezó a circular el nombre mío entre el ejército de Batista con la orden de cogerme. Cuando llegamos a Camagüey, en el Central Francisco me dijeron que no pagaban por la orden de la embajada norteamericana.

Fidel me había dicho que siempre me pusiera de acuerdo con el comandante del Ejército Rebelde que operara en la zona, y este con su tropa estaba a la espera de mi informe. Me preguntaron: "¿Qué hacemos?", le dije: "A ese dale un toque", y así fue, le dieron un toquecito, le quemaron el almacén de azúcar. ¡Ay!, corriendo fueron a pagar porque vieron que la cosa no era fácil. Después me quisieron descontar, cuando pagaron me dijeron: "Bueno, le vamos a descontar el almacén que quemó", y se le descontó.

Luego también al Central Siboney, en Camagüey, hubo que quemarle un poco de caña. Le dije a las tropas: "No se la quemen toda, nada más para que él vea que le están quemando la caña" e inmediatamente pagaron.

Para no hacer la historia muy larga, llegué a cobrar 3 812 562 pesos con 66 centavos, así que hubo para pagar todo el avituallamiento de la tropa y yo pagaba todas las facturas: arroz, frijoles, café, botas, carne, etc. Ahí están todos los recibos de todas las facturas que yo pagué, que fueron infinidad de cosas, porque Fidel pagaba todo allá arriba. Como Batista tenía un cerco allí, no se podía salir y la cosecha cafetalera se perdía, entonces el Ejército Rebelde la pagó para que algo tuvieran los pobres campesinos.

Hace poco vi una entrevista que le hicieron a Asela de los Santos sobre la alfabetización y yo tenía unas ganas de llamarla para decirle que me acuerdo cuando me topé con ella allá en la Sierra. Porque ella iba por todo el territorio liberado fundando escuelitas aquí y alla. Me dio mucha alegría verla porque yo la conocí a ella alfabetizando en el II Frente, qué cosa más hermosa es tener esos recuerdos. Me dio mucha emoción verla con tanta sencillez, con tanta modestia.

Qué error más grande es cuando se habla de “los edificios de Pastorita”, los edificios son de la Revolución. El problema es que cuando se acabó la guerra y veníamos para acá en la caravana, en Camagüey, el 5 de enero
Fidel me nombró para un nuevo cargo. Resulta que cuando estábamos en la Sierra hubo un ciclón, Elia, y por supuesto cuando hay un ciclón ni las tropas de Batista ni el Ejército Rebelde pueden salir a pelear, todo el mundo tuvo que guarecerse y Fidel entró en un bohío con Celia y el comandante Eddy Suñol, jefe de la Columna 14, y en medio de los vientos huracanados se puso a pensar en lo que iba a hacer cuando triunfara la Revolución para quitar la renta de la Lotería Nacional, que era la mayor fuente de corrupción en Cuba.

Y allí en medio de ese ciclón surgió la idea del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda y su función, que era convertir el juego en la virtud del ahorro, convertir los billetes en bonos y con lo ahorrado construir casas para el pueblo.

Cuando me nombraron para dirigir ese Instituto, lo primero que me encontré al llegar a la Lotería Nacional fue una nómina de 5000 botelleros, o sea, gente que cobraba sin trabajar, y tuve que luchar contra toda aquella corrupción administrativa. Cuando Fidel me nombró en Camagüey, le dije: "Pero, ¿qué cosa es esto? No sé nada de administración, ni de finanzas", entonces él me respondió: "Pero si tampoco sabías lo que era cobrar y mira cuántos millones de pesos cobraste, y no se te perdió ni un centavo, así que tú eres la que se necesita allí".

Él me dejó en Camagüey, porque yo estaba cobrando el impuesto que se había establecido sobre las caballerías de tierra, y faltaban por pagar unos cuantos y no era justo que porque llegase el triunfo de la Revolución unos pagasen y otros no. Fidel me dijo: "Le cobras a todo el mundo, hasta el último tiene que pagar".

Entonces él siguió para La Habana y yo vine y tomé posesión en febrero. Inmediatamente me familiaricé con aquello que él había establecido. Era una tabla de reintegro que no la entendía ni un contador, pero todo salió bien. Yo no era arquitecta tampoco, pero como no era boba para aquello, me dije: "Tengo que rodearme del que sepa y sea revolucionario", entonces me fui con el Comandante al Colegio de Arquitectos a pedir colaboración y allí nos nombraron un equipo.

Puse un departamento de Vivienda allí y con eso empecé. Aquello era una vorágine de trabajo y fue entonces que Fidel me dijo: "Tú eres la inversionista de la Revolución". Es decir, no tenía que entrar en la parte técnica, eso lo respeté, pero ellos tenían que respetar la parte administrativa y darme cuentas de todo. Entonces me caractericé —y eso aún perdura— por la exigencia administrativa. Yo era inversionista, no ingeniera ni arquitecta, pero los ingenieros y arquitectos que lucharon conmigo me adoran porque esa es su obra, es la obra de la Revolución. El pueblo la identificó con mi nombre erróneamente, porque es obra de la Revolución y no mía.

A veces me pregunto si hubiera hecho todo eso si hubiese sido rica, probablemente no, hubiera tenido mi cerebro obsesionado con las mismas cosas que la gente que se fue luego del 59, pero como soy hija de padre cortador de caña y de madre despalilladora de tabaco lo que tengo es la Revolución en la sangre, eso no hay quién me lo quite. La llevé al llano en la clandestinidad, la llevé a la Sierra, la llevé a la construcción, la he llevado con dignidad durante 50 años y la sigo llevando porque sigo firme, y ese sacrificio de luchar por los que dieron su vida y se sacrificaron es la actuación que llevan ahora nuestros 5 heroicos compatriotas prisioneros del imperio que mantienen con alta dignidad el pabellón cubano y de los cuáles me siento muy orgullosa.


*Intervención en el encuentro con los equipos de Promusic y La Jiribilla el martes 23 de diciembre, en homenaje al
50 aniversario de la Revolución Cubana.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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