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Nací el 27 de
abril de 1921. Han transcurrido
87 años y medio, y claro, empecé
mi lucha desde muy joven porque
mi origen es proletario —muy
humilde—, allá en el barrio de
Los pocitos, en Marianao.
Comencé, prácticamente una
adolescente, a luchar por el
adecentamiento político de este
país. Tuve la suerte de comenzar
relaciones de amistad, aun
siendo tan pobre, con uno de los
personajes históricos de Cuba:
Eduardo Chibás.
Fue un líder incorruptible,
hasta que se fueron concatenando
los hechos y vino su inmolación
por hacer realidad aquella
política que él llevaba, de
adecentamiento político y de
vergüenza contra dinero, a causa
de la inmoralidad que presidía
todos los actos de la
administración pública cubana.
En 1952 llegó la
traición de Fulgencio Batista
con el golpe de estado, pero
antes, en 1948, esperando
precisamente a Chibás que
regresaba de un recorrido por la
provincia de Oriente, coincidí
en las puertas de las oficinas
ortodoxas con un joven
estudiante que se preocupaba
mucho por las cuestiones de Cuba
y estaba muy interesado en saber
algo sobre el programa del
partido ortodoxo, qué íbamos a
hacer, si nos íbamos a limitar a
la honestidad administrativa.
La honestidad administrativa era
una estrategia que en ese
momento se utilizaba para la
conquista del poder, porque
había una repulsa nacional
contra la corrupción.
Ese joven que conocí se llamaba
Fidel Castro Ruz, y fue tan
importante lo que estaba
preguntando que me llamó la
atención y le dije a una de las
compañeras que estaban a mi lado
y que lo conocía, que me lo
presentara.
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Otra me dijo: "No le hagas caso
que está haciendo declaraciones
para obtener popularidad con
Chibás", y le respondí: "No, lo
que está diciendo tiene
sustancia". En ese momento,
1948, nos presentaron e
inmediatamente que nos conocimos
se estableció un vínculo de
simpatía y de interés por lo que
estaba ocurriendo en Cuba y cómo
íbamos a solucionar los
problemas. Esa amistad que
surgió, me cabe la honra de
decir que se mantiene hasta este
momento y será eterna.
Ese vínculo que
se estableció, y que se mantuvo
a través del tiempo, me llevó,
como es de suponer, cuando vino
la dictadura de Batista y empezó
lucha que debía derrotar aquel
régimen, a unirme a ese
movimiento revolucionario
liderado por Fidel.
Allí nos reunimos toda la
juventud ortodoxa y empezamos la
lucha.
Vino el Moncada.
Hicimos una tremenda tarea
después, ellos presos y nosotros
luchando por su libertad desde
afuera hasta lograr un
movimiento nacional que hizo
posible la amnistía política.
En ese momento
yo era dirigente del Partido
Ortodoxo, y además fundamos el
Movimiento de Ayuda al Preso.
Fui también, en la época antes
del Moncada, una de las cuatro
fundadoras del Frente Cívico de
Mujeres Martianas, que se
destacó por su lucha contra el
régimen.
Después de la
salida de Fidel, cuando iba para
México, nos invitó a dos de las
fundadoras del Frente Cívico a
que fuéramos con él.
Después, como una parte de la
dirigencia del Partido Ortodoxo
se achantó, mientras otra fue la
izquierda revolucionaria que dio
el paso al frente, entre ellos
Ñico López y yo, Fidel
consideró que era más
beneficiosa mi presencia en
Cuba, de acuerdo con la posición
que yo tenía jerárquicamente
dentro del Partido, para
desarrollar las actividades del
clandestinaje, de la lucha que
se aproximaría.
Luego, para
hacer la historia a zancadas,
viene el desembarco del Granma.
El Comandante nombra a Faustino
dirigente del Movimiento y lo
envía para La Habana.
Cuando se inicia la lucha
cívica, yo estaba ya bajo las
órdenes de Faustino. Entonces
recibo de él un encargo, que
venía del Comandante, de que
debía agrupar a las compañeras
ortodoxas —a las que conocía y
eran muy batalladoras,
revolucionarias verdaderas— para
prepararlas para un evento que
se iba a realizar.
No me dijo cuál ni dónde, pero
era la Huelga de abril de 1958.
Aunque fue un movimiento que se
frustró, tuve el privilegio de
dirigir el comando femenino 26
de julio en la Ciudad de La
Habana.
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Tuve la responsabilidad de
conseguir los locales donde se
atenderían los que resultaran
heridos en las acciones.
Conseguí siete iglesias,
valiéndome de compañeras que
tenían relaciones con el sector
eclesiástico, y pusimos la
sacristía como punto de
referencia para todos los
combatientes de la Huelga de
abril. Si caían los nuestros o
los contrarios, había que
atenderlos.
El comando
femenino contaba con 22
compañeras. Salimos uniformadas
ese día, con uniforme verde
olivo. Entre los 14 médicos y
las personas que reunimos,
llegamos a tener 56 personas en
acción de servicio ese día. Con
la Huelga y la lucha en la
clandestinidad, hubo una
vorágine de trabajo tan grande
que se hizo imposible mi estadía
en La Habana.
El propio Faustino determina que
yo pase a la Sierra Maestra. Ya
no podía estar aquí, había
participado en un hecho que
fracasó, pero un fracaso que fue
el último peldaño para la
victoria. Cayó Marcelo Salado y
varios compañeros, y mi casa y
las de todas las compañeras
estaban circuladas, me estaban
buscando por todas partes porque
era una de las cabezas motín y
ya no tenía donde estar.
Dieron la orden
de salida y me fui para la
Sierra el mismo día de mi
cumpleaños: el 27 de abril de
1958.
Me incorporé a la Sierra en mayo
y llegué en el momento en que el
Comandante estaba preparando la
batalla contra la ofensiva de
Batista. Porque este, al ver que
había fracasado la Huelga de
abril, desató una ofensiva
contra la Sierra para acabarla
de una vez. Decía que era el fin
de Fidel.
Mis primeros
trabajos en la Sierra fueron
ayudar a limpiar el campamento,
contar balas, coser la ropa de
los combatientes, entre otras
cosas, hasta que se produce la
Batalla del Jigüe en julio.
Quevedo se entrega y llega
victoria del Ejército Rebelde.
Fidel regresa a
la Comandancia y por Radio
Rebelde hace el informe de lo
ocurrido y de las armas ocupadas
en la batalla. Tuve el
privilegio de escuchar ese
informe, junto a Camilo
Cienfuegos, antes de que saliera
por radio.
Después de esta
victoria Fidel comienza a pensar
en cómo radicalizar la situación
de la guerra para obtener el
triunfo total. Aquella había
sido una victoria parcial, pero
ya había que sacar la guerra
hacia fuera de la Sierra.
Allí no teníamos
ni un centavo, así que el
Comandante me dice primero: "Te
voy a mandar al hospital de Pozo
Azul", allá en el campamento del
doctor René
Vallejo Ortiz. Pero
después pensó que no, porque no
teníamos con qué pagar las cosas
y en la Sierra se pagaba todo:
si se cogía un pedazo de queso,
se pagaba; si se recogía café,
se pagaba; no se le cogía nada a
nadie, era una política de
honestidad del movimiento
revolucionario y del 26 de Julio
que dirigía Fidel.
Había que salir
a recaudar fondos, la tarea más
difícil, durísima, por cuanto
era salir de la zona liberada
—la ocupada por el Ejército
Rebelde— para enfrentarme a
exigir un pago de impuesto de
guerra establecido por el jefe
de la Revolución, en lugares
donde no tenía el poder.
Cuando el Comandante hizo la
resolución para nombrarme, me
mandó a llamar junto con Celia,
y me dice que estaba pensando
qué nombre poner ahí, si mi
nombre de guerra, Agustina, o
Pastora. Le digo: "Comandante,
ponga el que sea más útil". Me
responde: "Es verdad, el riesgo
más grande está en llegar allá,
así que voy a escribir Pastora
Núñez".
El 19 de agosto
de 1958, se escribe la
resolución en la que se me
autoriza para que junto a otras
personas integre una comisión
para visitar a los propietarios
de ingenios azucareros y
comunicarles que deben
contribuir con el producto de la
zafra azucarera de 1958 a razón
de 15 centavos por cada saco de
azúcar producido, de los cuales
10 centavos le corresponden al
central y 5 al colono.
Este impuesto de
guerra se establece porque el
gobierno también había
establecido uno, que sería
derogado al triunfo de la
Revolución. Como teníamos mucha
necesidad de esos fondos, se
establece un plazo hasta el 15
de octubre para el pago. No
íbamos a permitir aplazamientos.
Eso quería decir que yo tenía
que salir de La Plata,
territorio libre, hacia los 40
centrales azucareros que tenía
la provincia de Oriente. De esos
había uno solo en nuestro
territorio, el Central Estrada
Palma, que como estaba hacia las
afueras, en Yara, fue uno de los
que se me reviró.
Pero había centrales por toda la
provincia, incluso en el II
Frente donde estaba Raúl. Dentro
de esos 40 centrales estaban
también los que pertenecían a la
United Fruit, la West India y
todas las otras "Companys" por
el estilo.
Le dije a Fidel:
"Comandante, ¿me voy ahora
mismo?" Porque, no sé si era la
inexperiencia o la juventud, me
sentía fuerte, desafiaba todo y
me creía invulnerable a la
prisión. Fidel me respondió:
"No, te vas mañana, porque te
tengo que advertir cómo debes
realizar los cobros, cómo te
debes proteger, cómo te debes
dirigir a ellos, las sanciones
que puedes aplicar, a quién
debes concurrir para aplicarlas…
y ahora tengo que leer". Así que
tuve que esperar al día
siguiente.
Viajé a Santiago
de Cuba y me dirigí a la
dirección provincial del
Movimiento a llevar la
resolución y a pedir ayuda. No
conocía a ningún dueño de
central ni administrador, ni
sabía dónde estaban aquellos
centrales. Allí designan a dos
compañeros, Reutilio Pérez y
Gerardo Abreu, para que me
ayudaran a llegar a los
centrales en una camioneta.
También me hicieron 50
fotocopias de la orden de Fidel,
para entregar una a cada dueño
de central.
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Entonces empecé
a cobrar. Vi que había 16
centrales que correspondían a la
zona del II Frente y partí hacia
donde estaba Raúl a buscar
respaldo. No fue fácil llegar
hasta allá, me trasladaron hasta
San Luis, de allí a la tenencia
de Zenén Casas, donde me dieron
un pase para que llegara a la
casita del médico.
Allí radicaba el tesorero, un
capitán, que resultó ser un
personaje. Cuando llegué me
informaron que estaba de
recorrido y me quedé a
esperarlo. Por la tarde apareció
el capitán, Lucas Morán, y
cuando le avisaron que había una
persona esperándolo, se para en
la puerta y con mucha arrogancia
me pregunta: "¿Y usted qué
quiere?". "Hablar con el
Comandante Raúl Castro", y le
explico la orden que traía. Me
dice el hombre: "Aquí eso no
camina. Eso ya lo tenemos
resuelto y es inaceptable lo que
usted trae".
Le dije que aquello era una
insubordinación porque yo traía
una orden del Comandante en Jefe
y había que respetarla. Le
pregunté a otro compañero que
había allí adónde podía ir para
que me llevaran hasta Raúl.
"Figúrese, a esta hora no se
puede. Raúl está para Baracoa".
"Donde esté —respondí—. Está en
Cuba, así que tengo que verlo".
Resolví irme sola si nadie me
llevaba, y me fui caminando para
el puesto médico a ver a Machado
Ventura. No lo encontré a él,
sino a otro médico, y ahí me
quedé.
Ya por la noche,
parece que el hombre de los
disparates se había aconsejado y
fue a decirme que me iba a
buscar por la mañana para
llevarme hasta Raúl. A las 5:00
de la mañana llegó en un Jeep, y
nos fuimos. Fue un viaje
insoportable. Ese Lucas Morán
estaba en aquel cargo porque fue
el que despidió el duelo de
Frank País, pero se había echado
a perder. Cuando aquello yo no
lo sabía, solo me importaba que
estaba negando una orden de
Fidel.
Cuando íbamos llegando al
campamento de Efigenio
Ameijeiras, allá por Bayates,
íbamos a salir rumbo a la
comandancia, cuando un compañero
de los hombres de Efigenio le
dice: "Capitán, le aconsejo que
vaya por otro rumbo, porque por
aquí están los caminos
desriscados". "No me interesa
—le respondió—. Tengo que
llegar".
Seguimos viaje y el jeep iba
saltando por todo el camino,
pensé que se me desarticulaban
los huesos. Un poco más adelante
me pide la resolución para
leerla por primera vez, y luego
me dice: "Qué va, esto no camina
aquí. Ya nosotros tenemos
establecido un impuesto de
guerra y estamos cobrando". Le
pedí que me la devolviera y le
respondí: "Ya caminará cuando la
lea Raúl".
Fue toda una
batalla hasta llegar al río Toa.
Allí cruzan el río en unos
botecitos que llaman "cayuca", y
nos vino a recoger el cayuquero,
experto en pasar hasta el río
crecido. Para qué decirlo, la
voluntad era mucha y el
patriotismo grande, pero vi la
muerte cerca. Aquel río se las
traía, es como un mar. Cuando lo
estábamos atravesando, escucho
mucho ruido y le pregunto al que
manejaba la cayuca: "¿Y eso qué
es, compadre?" Y me responde:
"Eso es que se acerca Raúl
Castro con su gente para acá
para la orilla".
Se fue acercando
la cayuca y cuando miro al
frente lo que veo es una sabana
cubierta por nuestra flor
nacional, miles de mariposas con
un olor enervante. ¡Qué cosa tan
hermosa!, nunca he visto nada
parecido ni igual a ese
espectáculo, ¡qué sobrecogedor!
Hacia la orilla
venían Raúl, Vilma y Barbarroja.
Desembarcamos, nos abrazamos,
pero Raúl no sabía lo que me
había pasado con el sujeto. Me
dijo: "¿Cómo te fue en el
viaje?" "Fue muy bello —le
respondí—, sobre todo este
desembarco, pero ha sido
insoportable el compañero que me
pusieron aquí". Me preguntó:
"¿Quién es?" "El capitán Lucas
Morán, ya te contaré después".
Le dijo a
Barbarroja, que iba manejando,
que yo me iba en el jeep con
ellos. Resulta que Raúl tenía el
campamento del Aguacate cerca de
una tembladera de fango y el
jeep no tenía frenos. Fuimos
resbalando para un lado y para
otro, yo le decía a Barbarroja:
"¡Estás loco! Hasta que por fin
llegamos a la casa campamento.
¡Cuántas cosas para llegar allá!
Entonces le conté a Raúl la
misión que Fidel me había
encomendado y además le llevaba
un mensaje personal.
Lo primero que hizo Raúl fue
llamar a Papito Serguera, que
era el abogado de allí, y le
mandó a hacer una resolución
revocando los impuestos que
tenía en vigor para sustituirlos
por lo que mandaba a decir
Fidel. Luego Raúl me dice: "Mira
muchacha, lo que me has
manifestado coincide con una
denuncia que hay contra ese
capitán porque ha hecho una ley
orgánica que es como una
sublevación del ejército, se le
va a celebrar juicio y ahora tú
vas a estar en la presidencia".
El día 25 de
septiembre se le hizo juicio a
Lucas Morán, presidido por Raúl,
Belarmino Castillas, el
Comandante Nicaragua, Martínez
Sánchez, que después fue
Ministro de trabajo; Vilma,
Efigenio y yo, entre otros.
Éramos 15 en total y se acordó
por unanimidad su expulsión del
Ejército Rebelde. Esta historia
la hago como una anécdota
relacionada con el cobro del
impuesto.
Enseguida Raúl y
yo acordamos que en la parte
correspondiente al II Frente
había 16 centrales a los cuáles
las tropas rebeldes tenían
acceso. Era fácil cobrarles y
Raúl me dijo que me
despreocupara de ir
personalmente a esos centrales,
que él me daría el informe.
Entonces Fidel me dio la orden
—que yo le entregué hace ya
tiempo a la Oficina de Asuntos
Históricos del Consejo de
Estado— de que con esa
recaudación yo hiciera depósitos
en EE.UU., porque además de que
no teníamos dinero para los
pagos en la Sierra, tampoco
había para la compra de armas y
los avituallamientos de la
tropa.
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Así que yo debía mandarle los
fondos que cobrara a Haydée
Santamaría, que era la tesorera
en Miami, para que ella los
hiciera llegar al delegado
bélico, encargado de aquellos
avioncitos que vinieron, los
rifles, etc. Pero debía dejar
también una parte en Cuba, y
otra parte la deposité en los
bancos. Raúl abrió una cuenta en
un banco en Santiago de Cuba y
nombró a María Ruiz, la hija de
Ruiz Velásquez, encargada de las
transacciones en el banco para
que yo no tuviera que personarme
allí, bastante hacía con cobrar.
Formé gran
engranaje, Raúl me mandaba los
informes de los centrales donde
su tropa cobraba y yo cobraba a
los restantes. Cuando llegué a
cobrar a uno de ellos, que
pertenecía a la West Indian
Company y tenía un administrador
norteamericano, mister Mathews,
con el cual hablé porque según
él el dueño del central estaba
en los EE.UU., me dijo que me
recibía pero que la embajada
norteamericana había circulado
una orden a todos los dueños de
centrales azucareros o de
empresas norteamericanas en
Cuba, para que no pagaran
impuestos y decía más o menos
así: "El gobierno de EE.UU.
desautoriza el pago a facciones
o partidos políticos de ninguna
índole…", y yo le respondí a
mister Mathews: "Pero mister,
esto no se refiere a nosotros,
aquí dice que no se le pague a
facción o partido político.
Nosotros no somos nada de eso,
nosotros somos el pueblo de Cuba
uniformado, obedecemos a las
órdenes del Comandante en Jefe y
me tiene que pagar o le quemo el
central".
A las 48 horas el hombre me
estaba localizando para pagarme,
pero se negaba a pagar en Cuba
porque decía que si se descubría
que ellos le estaban pagando al
Ejército Rebelde Batista lo
mataba, entonces yo le pregunté
dónde iban a depositar e
inmediatamente me comuniqué con
Haydée Santamaría y le informé
dónde y cuándo. Esperé su
respuesta, tenía que tener
respuesta si no le quemaba el
central, y bueno, pagó.
De todos modos
se corrió la voz: Pastorita está
cobrando y obligó a los
norteamericanos a pagar, y
empezó a circular el nombre mío
entre el ejército de Batista con
la orden de cogerme. Cuando
llegamos a Camagüey, en el
Central Francisco me dijeron que
no pagaban por la orden de la
embajada norteamericana.
Fidel me había dicho que siempre
me pusiera de acuerdo con el
comandante del Ejército Rebelde
que operara en la zona, y este
con su tropa estaba a la espera
de mi informe. Me preguntaron:
"¿Qué hacemos?", le dije: "A ese
dale un toque", y así fue, le
dieron un toquecito, le quemaron
el almacén de azúcar. ¡Ay!,
corriendo fueron a pagar porque
vieron que la cosa no era fácil.
Después me quisieron descontar,
cuando pagaron me dijeron:
"Bueno, le vamos a descontar el
almacén que quemó", y se le
descontó.
Luego también al Central
Siboney, en Camagüey, hubo que
quemarle un poco de caña. Le
dije a las tropas: "No se la
quemen toda, nada más para que
él vea que le están quemando la
caña" e inmediatamente pagaron.
Para no hacer la
historia muy larga, llegué a
cobrar 3 812 562 pesos con 66
centavos, así que hubo para
pagar todo el avituallamiento de
la tropa y yo pagaba todas las
facturas: arroz, frijoles, café,
botas, carne, etc. Ahí están
todos los recibos de todas las
facturas que yo pagué, que
fueron infinidad de cosas,
porque Fidel pagaba todo allá
arriba. Como Batista tenía un
cerco allí, no se podía salir y
la cosecha cafetalera se perdía,
entonces el Ejército Rebelde la
pagó para que algo tuvieran los
pobres campesinos.
Hace poco vi una
entrevista que le hicieron a
Asela de los Santos sobre la
alfabetización y yo tenía unas
ganas de llamarla para decirle
que me acuerdo cuando me topé
con ella allá en la Sierra.
Porque ella iba por todo el
territorio liberado fundando
escuelitas aquí y alla. Me dio
mucha alegría verla porque yo la
conocí a ella alfabetizando en
el II Frente, qué cosa más
hermosa es tener esos recuerdos.
Me dio mucha emoción verla con
tanta sencillez, con tanta
modestia.
Qué error más
grande es cuando se habla de
“los edificios de Pastorita”,
los edificios son de la
Revolución. El problema es que
cuando se acabó la guerra y
veníamos para acá en la
caravana, en Camagüey, el 5 de
enero
Fidel me nombró para un nuevo
cargo. Resulta que cuando
estábamos en la Sierra hubo un
ciclón, Elia, y por supuesto
cuando hay un ciclón ni las
tropas de Batista ni el Ejército
Rebelde pueden salir a pelear,
todo el mundo tuvo que
guarecerse y Fidel entró en un
bohío con Celia y el comandante
Eddy Suñol, jefe de
la Columna 14, y en medio de los
vientos huracanados se puso a
pensar en lo que iba a hacer
cuando triunfara la Revolución
para quitar la renta de la
Lotería Nacional, que era la
mayor fuente de corrupción en
Cuba.
Y allí en medio de ese ciclón
surgió la idea del Instituto
Nacional de Ahorro y Vivienda y
su función, que era convertir el
juego en la virtud del ahorro,
convertir los billetes en bonos
y con lo ahorrado construir
casas para el pueblo.
Cuando me
nombraron para dirigir ese
Instituto, lo primero que me
encontré al llegar a la Lotería
Nacional fue una nómina de 5000
botelleros, o sea, gente que
cobraba sin trabajar, y tuve que
luchar contra toda aquella
corrupción administrativa.
Cuando Fidel me nombró en
Camagüey, le dije: "Pero, ¿qué
cosa es esto? No sé nada de
administración, ni de finanzas",
entonces él me respondió: "Pero
si tampoco sabías lo que era
cobrar y mira cuántos millones
de pesos cobraste, y no se te
perdió ni un centavo, así que tú
eres la que se necesita allí".
Él me dejó en
Camagüey, porque yo estaba
cobrando el impuesto que se
había establecido sobre las
caballerías de tierra, y
faltaban por pagar unos cuantos
y no era justo que porque
llegase el triunfo de la
Revolución unos pagasen y otros
no. Fidel me dijo: "Le cobras a
todo el mundo, hasta el último
tiene que pagar".
Entonces él
siguió para La Habana y yo vine
y tomé posesión en febrero.
Inmediatamente me familiaricé
con aquello que él había
establecido. Era una tabla de
reintegro que no la entendía ni
un contador, pero todo salió
bien. Yo no era arquitecta
tampoco, pero como no era boba
para aquello, me dije: "Tengo
que rodearme del que sepa y sea
revolucionario", entonces me fui
con el Comandante al Colegio de
Arquitectos a pedir colaboración
y allí nos nombraron un equipo.
Puse un departamento de Vivienda
allí y con eso empecé. Aquello
era una vorágine de trabajo y
fue entonces que Fidel me dijo:
"Tú eres la inversionista de la
Revolución". Es decir, no tenía
que entrar en la parte técnica,
eso lo respeté, pero ellos
tenían que respetar la parte
administrativa y darme cuentas
de todo. Entonces me caractericé
—y eso aún perdura— por la
exigencia administrativa. Yo era
inversionista, no ingeniera ni
arquitecta, pero los ingenieros
y arquitectos que lucharon
conmigo me adoran porque esa es
su obra, es la obra de la
Revolución. El pueblo la
identificó con mi nombre
erróneamente, porque es obra de
la Revolución y no mía.
A veces me pregunto si
hubiera hecho todo eso si
hubiese sido rica, probablemente
no, hubiera tenido mi cerebro
obsesionado con las mismas cosas
que la gente que se fue luego
del 59, pero como soy hija de
padre cortador de caña y de
madre despalilladora de tabaco
lo que tengo es la Revolución en
la sangre, eso no hay quién me
lo quite.
La llevé al llano en la
clandestinidad, la llevé a la
Sierra, la llevé a la
construcción, la he llevado con
dignidad durante 50 años y la
sigo llevando porque sigo firme,
y ese sacrificio de luchar por
los que dieron su vida y se
sacrificaron es la actuación que
llevan ahora nuestros 5 heroicos
compatriotas prisioneros del
imperio que mantienen con alta
dignidad el pabellón cubano y de
los cuáles me siento muy
orgullosa.
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*Intervención en
el encuentro con los equipos de
Promusic y La Jiribilla
el martes 23 de diciembre, en
homenaje al
50 aniversario de la Revolución
Cubana. |