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Me gustaría expresar algunas
ideas que tal vez puedan
acercarnos a la visión fidelista
de la cultura, y al papel de la
Revolución Cubana en el
desarrollo y difusión de una
verdadera cultura de
emancipación, resistencia y
solidaridad entre nuestro
pueblo. Voy a referirme solo a
dos aspectos.
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En primer lugar, insistir en
algo que pienso que es básico
para comprender el porqué de ese
carácter antimperialista y
liberador de nuestra cultura,
por qué le es orgánico a nuestra
cultura esa rebeldía y esa
orientación tan radical hacia lo
emancipatorio y descolonizador;
y es que en la base de esa
actitud, está la circunstancia
de que en Cuba, a la inversa que
en Europa y en los países del
occidente clásico, fue la
Revolución quien hizo la nación,
la revolución fue una condición,
completó un proceso, aportó el
acento decisivo, definió un
perfil para nuestra cultura.
Fue necesaria una Revolución
como la encabezada por Céspedes
en 1868, para que terminaran de
fraguar los diferentes elementos
sociales, étnicos, políticos,
etc., que dieron lugar a una
cultura propia. Esta es una idea
que yo les he escuchado también
a muchos compañeros, pero sobre
todo a Hart, que insiste
permanentemente en ese concepto,
en la medida en que para un
europeo, efectivamente, es
difícil entender lo que ocurrió
y está ocurriendo hoy en América
y, mucho más, lo que ha ocurrido
y lo que es hoy Cuba.
Y es que no se puede pretender
entender a este país si no se
conoce su historia, si no se
conocen los orígenes de su
cultura, la génesis de un
proceso que llega hasta hoy por
un camino que nació marcado por
la lucha, marcado precisamente
por la necesidad de ser
independientes, de ser más allá
del imperio, sin el imperio, a
pesar del imperio, y, por tanto,
contra el imperio.
Todo el proceso de
transculturación y de fusión de
etnias y culturas que explica
como nadie Fernando Ortiz,
fundamenta la idea de un
mestizaje que le es ajeno al
enfoque tradicional europeo y
occidental-imperialista de
evolución de la cultura. Aquí
fracasa ese enfoque. Se precisa
de un acercamiento diferente
para abordar nuestra realidad
sociocultural.
No pueden entender ese carácter
calibanesco y descolonizador que
define Retamar para la cultura
de nuestro país y de los pueblos
en esta parte del mundo,
subdesarrollada por aquellos
que, con toda razón, propone
llamar países subdesarrollantes.
Aquí hubo un choque traumático
con la colonización y con la
implantación por la fuerza del
régimen esclavista y el
capitalismo naciente europeo. Y
esto generó una necesidad que
desembocó en la lucha. Es decir,
aquí no se impuso la Revolución;
nació como necesidad.
Los ideales que tras un largo y
complejo proceso de maduración
habían sostenido y defendido
patriotas como Félix Varela,
José de la Luz y Caballero o
Domingo del Monte, por solo
mencionar algunos de los nombres
más importantes de aquel momento
fundacional de nuestra cultura,
tomaban cuerpo en esta gesta, a
través de la cual se canalizaban
las aspiraciones y se orientaba
por nuevos derroteros el destino
de un pueblo.
La lucha por la independencia de
Cuba del régimen colonial
español y la abolición de la
esclavitud, situaron la
contradicción fundamental frente
a la cual se definiría entonces
la posición de los cubanos. O
Yara o Madrid, escribiría muy
temprano, casi niño todavía,
José Martí. En la rebelión, como
señala Fernando Martínez
Heredia, ha estado siempre el
signo de lo verdaderamente
revolucionario de izquierda en
nuestra historia, esto es, de lo
verdaderamente germinativo para
nuestra cultura.
En ese momento, fue el
independentismo y su postura
radical frente a España quien,
oponiéndose a las corrientes
anexionistas y reformistas de
entonces, definió el rumbo de
los acontecimientos y expresó
una actitud que ha sido la que
posteriormente ha marcado el
camino más fecundo de nuestra
historia. Se defendía allí no
solo el derecho de los cubanos a
ser libres, sino que se
reivindicaba con aquel gesto, la
rebeldía de nuestros cimarrones
que se habían rebelado contra el
oprobioso régimen esclavista y
aún el de los aborígenes,
exterminados totalmente por la
crueldad de los conquistadores
al establecerse en la Isla.
Había en la base un ideal
universal de justicia, un
componente moral sin el que es
imposible explicar lo que fuimos
y lo que somos. Fue entonces en
el campo mambí, y en la defensa
de la independencia y la
libertad, donde llegaron a una
cristalización definitiva los
elementos culturales que dieron
vida a la nación cubana; fue
precisamente en ese crisol de
lucha, donde se fundieron en una
mixtura original, irrepetible y
única, los diferentes factores
que dieron lugar a esa entidad
indescriptible y compleja, rica,
barroca, misteriosa, maravillosa
y mágica, que es lo cubano.
Esa misma búsqueda ha hecho del
pueblo cubano lo que es hoy y ha
condicionado en él, su
desarrollo ideológico y su
actitud. El camino hacia la
libertad y el logro de la
justicia, ha sido, a la vez, el
de ir conformando su propia
identidad; de tal manera están
unidas para los cubanos la
cultura y la patria.
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De esa tradición viene Fidel;
esa es la herencia que recibe.
Una herencia enriquecida
posteriormente por el largo
devenir de las luchas que
siguieron a aquella primera
contienda, y por el ejemplo de
muchos patriotas que, en
distintas etapas, dieron vida
con su actitud a esa línea ética
que marcó el camino, cuyo
momento más alto, ya sabemos,
está en la obra de José Martí.
En esa herencia y en esa
tradición está “el fundamento
moral” del Asalto al Moncada y
de la Revolución toda. Esa fue
la idea que defendió Fidel
cuando llamó a Martí, autor
intelectual de aquella acción.
En un hermoso artículo que
publicó en La Gaceta de Cuba
en 1968, José Lezama Lima evoca
esta fecha, y en una frase
pletórica de significados habla
del 26 de Julio como “imagen y
posibilidad”. Y efectivamente,
eso fue: fulgurante iluminación,
anuncio. Allí estaba, frente a
la frustración y el imposible al
que se ha referido Cintio, ese
“algo grande que hacer” que
pedía Rubén en su poema "El
Gigante"; o, como dijera el
propio Fidel dirigiéndose al
joven poeta revolucionario: la
carga que tú pedías.
Es decir, lo que vino con el
triunfo de enero del 59, lo que
trajo el proceso revolucionario
encabezado por Fidel, es
connatural a nuestra cultura,
está en la línea de nuestra
cultura, y, por ello mismo,
significan un momento de
profundización y de superación
de todo aquello por lo que se
había luchado.
La radicalización del
pensamiento revolucionario
antimperialista y la maduración
de múltiples factores
económicos, sociales y
políticos, impulsados por la
profundidad de las mediadas de
carácter popular tomadas por la
Revolución desde el momento del
triunfo, y por el liderazgo
decisivo de Fidel, así como la
intensa lucha de clases que se
produce en ese momento, alentada
por la hostilidad creciente del
imperialismo norteamericano,
todo esto unido a otros factores
de carácter internacional, hizo
que se dieran en Cuba todas las
condiciones para un cambio
cualitativo que, a la luz de
aquellas circunstancias, solo
podía conducir al socialismo.
Es lo que justifica la
afirmación de que la Revolución
Cubana es el hecho cultural más
importante ocurrido en nuestro
país a lo largo de su historia.
Precisamente por lo que
significó de materialización de
todos aquellos sueños y
aspiraciones por lo que tantas
generaciones habían combatido, y
porque, al propio tiempo, ese
turbión que fue la Revolución,
que cambió nuestras relaciones
sociales y se propuso en la
práctica hacer de verdad un país
nuevo, ese país prefigurado en
la poesía y en la obra de Martí
y de tantos patriotas que antes
y después de él se entregaron a
esa batalla, creó las
condiciones para el renacimiento
de esa cultura, para la creación
desde la libertad, desde la
independencia.
Por eso, muchos de los fenómenos
culturales que sobrevinieron con
la Revolución no pueden ser
entendidos, o concebidos
siquiera, sin ella. ¿Cómo
imaginar por ejemplo un fenómeno
como el de la nueva trova
cubana, sin la Revolución? ¿Cómo
imaginar, no tan solo la
industria, sino el espíritu y la
esencia misma del cine cubano
sin la Revolución. ¿Cómo
explicar sin la Revolución, una
experiencia tan vital, y
culturalmente auténtica y
revolucionaria como el Teatro
Escambray, por ejemplo? ¿Cómo
imaginar siquiera la existencia
de una institución que auspicia
esa cultura de la solidaridad y
el antimperialismo como Casa de
las Américas, sin la Revolución.
En general, la complejidad,
riqueza y variedad del arte
cubano, libre de ataduras
mercantilistas, serían
impensables sin la Revolución y
las condiciones que para ello ha
creado. Por ese camino la lista
sería interminable, porque
sencillamente, la Revolución
está en la esencia misma de
nuestra cultura, llegó como
respuesta a una necesidad
cultural, es el resultado de un
proceso en el que mediante una
retroalimentación mutua, desde
las esencias, una y otra se
funden en un único e indivisible
ser histórico y dan lugar a esto
que somos y
defendemos.
Y por la vía de este
razonamiento, llegamos a lo otro
que quería plantear y que es uno
de los rasgos que mejor
caracterizan a la Revolución
Cubana, que mejor la expresan, y
que como esencia y fruto de ella
a un mismo tiempo, pueden
explicar lo que ha sido Cuba y
lo que ha sido posteriormente el
arte y la Cultura Cubana: se
trata del profundo carácter
democratizador de la cultura que
trajo la Revolución.
Esa fue la clave para que el
acceso a la cultura dejara de
ser privilegio de una elite
minoritaria y se convirtiera en
un auténtico fenómeno de masas.
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Con la campaña de alfabetización
se iniciaba una política que
parte de considerar el acceso al
conocimiento y la cultura, no
solo como un derecho legítimo de
todo ciudadano, sino como una
necesidad vital de este y una
condición indispensable para
valorar los niveles de verdadera
libertad, participación y
calidad de vida, del hombre en
la sociedad.
La alfabetización masiva de
miles de cubanos era el primer
paso que facilitaba en la
práctica ese vínculo dialógico
imprescindible entre el hombre y
la cultura que, en este caso, se
verificaba con el acceso a los
primeros niveles de instrucción,
de las capas más humildes del
pueblo, a través de los
maestros voluntarios que,
cartilla en mano, llegaban a los
lugares más recónditos de la
Isla.
Los desafíos que tanto en el
orden conceptual como práctico
planteaba esta tarea
extraordinaria, llevaron a
romper estereotipos y a
experimentar y asumir soluciones
creadoras, que iban a resultar
decisivas para el desarrollo de
los grandes planes educacionales
y culturales puestos en práctica
por la Revolución. La campaña de
alfabetización fue el punto de
partida para una verdadera
generalización de la enseñanza
en nuestro país, que abría las
puertas de la cultura a todos
los cubanos.
Al propio tiempo, la Revolución
necesitaba de hombres y mujeres
preparados en una proporción
superior a la que en ese momento
existía y, sin perder un minuto,
se dispuso a formarlos. De esta
manera, en medio de las enormes
carencias materiales e
infraestructurales heredadas del
régimen capitalista, y
enfrentando la hostilidad
yanqui, que a su vez alentaba la
contrarrevolución interna, la
Revolución emprendía una
gigantesca labor educacional y
cultural sin precedentes en la
historia de nuestro país y
nuestro continente.
Eran los hijos de los campesinos
y los obreros quienes ahora
accedían a los masivos planes de
becas que impulsaba la
Revolución, sin distinción de
sexo ni color de la piel. Se
abrieron oportunidades de acceso
gratuito a la enseñanza a todos
los niveles, que permitieron
formar, en pocos años, miles de
obreros calificados, técnicos y
profesionales de las más
diversas ramas, que se
incorporaron al desarrollo del
país.
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A partir de ahí, ya todo fue
posible. Hoy, cuando escuchamos
a Fidel decir que el genio es
masivo, y lo vemos rodeado de
estudiantes y artistas lo mismo
inaugurar una escuela de artes
plásticas en Manzanillo que
asistir a la reapertura y
ampliación de una Institución
como el Museo de Bellas Artes en
la capital, en un país que se
llenó de escuelas y de
instituciones culturales; o lo
vemos impulsar los grandes
programas sociales y culturales
de la Revolución, concebidos de
tal manera que se disminuya o,
incluso, se borre cualquier
desigualdad a partir de crear
iguales oportunidades para todos
nuestros jóvenes; percibimos la
continuidad de esa política y
nos damos cuenta de cuán fiel ha
sido a esa vocación durante toda
su vida.
Ya en la Historia me Absolverá
habla de esto, y propone
convertir al campamento de
Columbia en una escuela para 10
mil niños huérfanos; gesto este
(el de convertir cuarteles en
escuelas) que se convirtió en un
símbolo, y que luego, por
cotidiano, para los cubanos
llegó a ser algo natural.
Sin embargo, tengo que decir que
hace apenas unos días estuve en
la UCI, nuestra moderna
universidad de informática, en
un encuentro de sus estudiantes
con los moncadistas y
expedicionarios del Granma, y
fue conmovedor escuchar, (mucho
más, junto a esos hombres, que
lo arriesgaron y lo entregaron
todo por un ideal) que en esa
que es hoy una Universidad del
futuro, donde estudian más de
diez mil jóvenes una
especialidad que es un lujo en
cualquier país del Primer Mundo,
estuvo en el pasado, antes del
triunfo de la Revolución, el
tenebroso Reformatorio de
Torren, especie de instalación
carcelaria con la que se
coaccionaba antiguamente a los
niños en nuestro país cuando
hacían una travesura o se quería
(contra su voluntad) lograr algo
de ellos.
Esa es la confirmación en la
práctica de la prioridad de la
cultura en un proyecto social
que apuesta todo a los valores
espirituales del hombre, de una
voluntad política que expresa
hondas preocupaciones humanistas
y parte de un profundo y real
compromiso con el pueblo. La
cultura, entendida en un sentido
integral, como la ve Fidel, que
va mucho más allá de la cultura
artístico-literaria; como
experiencia de enriquecimiento
humano, como posibilidad de ser
plenamente y de participar, como
indicador de calidad de vida;
esto es, dicho a la manera de
Martí: como "conocimiento de la
labor del hombre en el rescate y
sostén de su dignidad".
Cuando en el momento más
terrible del período especial
Fidel dijo que lo primero que
había que salvar era la cultura,
no estaba pronunciando una frase
más; estaba reafirmando una
convicción, un principio que
está en la esencia misma de la
Revolución. Han sido esos
conceptos los que nos han
permitido salir adelante en
estos años, sin que fuéramos a
dar, como muchos otros, con
muchos más recursos que
nosotros, en el estercolero
neoliberal.
Salvar nuestra cultura, ha sido
para los cubanos, salvar el
socialismo y salvarnos como
patria y como nación. Y vale
decir, que ese concepto
democratizador nunca estuvo
reñido con la calidad. Desde el
inicio mismo, ese impulso a la
cultura conjugó masividad con
profundidad y calidad, porque
desde un inicio, junto a esa
extraordinaria Campaña de
alfabetización masiva, uno
descubre un ademán que apunta
hacia la jerarquización y el
rigor más absolutos, como el de
aquel decreto que en el mismo
1959 creaba el ICAIC, nuestro
Instituto de Cine, y que
comienza diciendo: Por cuanto:
El cine es un arte…; es
decir, se hacía un énfasis que
refrendaba la defensa de un cine
que fuera arte, genuinamente
creador, de un cine con
verdaderos presupuestos
culturales, como el que en
definitiva fue; no de un cine
comercial, ni el de una
industria prostituida e
irresponsable, difusora de la
banalidad y la tontería.
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Y hoy, cuando vemos las largas
colas frente a nuestras salas
durante el Festival de Cine, aún
después de la depresión sufrida
por nuestra industria
cinematográfica como
consecuencia del período
especial, podemos constatar cuán
correcta fue aquella política,
que no solo desarrolló un cine
nacional que es orgullo de
nuestra cultura y de un país
pobre como Cuba, sino que por la
vía de la profundización y de la
calidad más exigente, se formó,
se creó un público para el mejor
cine, y sin concesiones que hoy
hubiéramos tenido que lamentar,
se llegó a la masividad de un
público preparado, conocedor,
activo, verdaderamente culto,
como el que es el público
cubano.
Igualmente pudiéramos decirlo de
nuestra Feria del Libro, del
Festival de Ballet, y de muchos
otros momentos de nuestra vida
cultural que,
concebidos sobre la base de
presupuestos estéticos muy
elevados, logran un alcance
realmente masivo.
Elementos como estos son los que
fundamentan un innegable
contraste: Mientras por una parte
se asesinan y desaparecen
periodistas en Iraq y
Latinoamérica
como José Couso o como los casos
recientes que ha denunciado la
FELAP; Cuba, por el contrario,
convoca a la participación real
de sus artistas e intelectuales
a la construcción de un país
mucho más preparado y culto.
En el momento en que a los ojos
incrédulos de un mundo que no
acaba de recuperarse de su
asombro y dolor por la barbarie
cometida, ellos saquean y
destruyen el Museo de Bagdad,
Cuba imprime masivamente
millones de libros, auspicia la
masificación real de la cultura
y, valiéndose más de la
creatividad que de los recursos,
distribuye una biblioteca
familiar accesible para
cualquier ciudadano.
Ellos lucran con la insalubridad
y la muerte; y Cuba abre nuevos
programas de salud y levanta
clínicas y hospitales dentro y
fuera de la Isla, desde el
Himalaya hasta Los Andes, y
defiende un humanismo que es una
rareza en este mundo. Mientras
ellos "ciegan con la mentira y
el odio", y alimentan el
individualismo y el egoísmo más
feroz, y dividen y azuzan
estrechos nacionalismos; Cuba
ilumina los ojos y el alma de
miles en el mundo, y reparte
solidaridad, y se abre, por esa
vía, a una noción de lo
universal radicalmente
diferente, sin fronteras para lo
humano.
Mientras ellos utilizan la
televisión y los medios para
alimentar, con la pornografía,
la violencia, la banalidad y la
propaganda, los apetitos más
bajos del ser humano, y en
definitiva convierten a los
medios en burdos instrumentos
del mercado; Cuba, por el
contrario, se afana en aplicar
un enfoque educativo en la
utilización de esos medios, y se
enfrasca en un debate por tratar
de mejorarlos cada día, para
cimentar valores y conocimientos
en nuestros niños y jóvenes.
Ellos crean leyes que
obstaculizan y cierran emisoras
comunitarias de radio
alternativas tratando de barrer
cualquier foco de resistencia
cultural a su discurso
uniformador, y nosotros apoyamos
Telesur, abrimos nuevos canales
y emisoras en municipios del
interior del país o nos
conectamos a la red para
defender la humanidad. Ellos
entran a los barrios de Bagdad
con escuadrones de blindados,
fusiles y bombas, y Cuba entra
en los barrios de Venezuela y
Bolivia con libros, médicos y
medicinas. Ellos entran a
torturar y matar, y Cuba entra a
curar y a alfabetizar.
Mientras ellos solo dejan
muertos y millones de personas
que los desprecian; Cuba deja
salud y vida, y eleva su
prestigio frente a millones de
personas en el mundo que
descubren lo que es en realidad
este país, hoy más querido y
respetado que nunca.
En dos palabras: mientras el
imperialismo y los nombres de su
camarilla dirigente se asocian
en todas partes a la destrucción
y la barbarie, la tortura, la
muerte, la guerra, el hambre, el
analfabetismo, el racismo, la
xenofobia y la más absoluta
desesperanza; los nombres de
Fidel y de Cuba se asocian hoy,
como dijo hace dos días nuestro
Presidente de la FEU, a la idea
del bien, de la dignidad, de la
solidaridad y el humanismo, de
la igualdad y la justicia, a la
inderrotable esperanza; en
definitiva, un ejemplo de utopía
realizada, una anticipación de
ese otro mundo posible por el
que tenemos que seguir peleando,
porque aquí, como dijo Volodia
en esta sala, el futuro ya
comenzó.
(Notas para la
intervención en el Coloquio del
evento convocado por la
Fundación Guayasamín con motivo
del 80 cumpleaños de Fidel.
Palacio de Convenciones,
diciembre de 2006).
Publicado en la
Revista Honda, de la
Sociedad Cultural José Martí. |