Año VII
La Habana

3 al 9 de ENERO
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Para acercarnos a Fidel, la Revolución y la Cultura cubana

Alpidio Alonso • La Habana

Fotos: Archivo ( La Jiribilla)


Me gustaría expresar algunas ideas que tal vez puedan acercarnos a la visión fidelista de la cultura, y al papel de la Revolución Cubana en el desarrollo y difusión de una verdadera cultura de emancipación, resistencia y solidaridad  entre nuestro pueblo. Voy a referirme solo a dos aspectos.

En primer lugar, insistir en algo que pienso que es básico para comprender el porqué de ese carácter antimperialista y liberador de nuestra cultura, por qué le es orgánico a nuestra cultura esa rebeldía y esa orientación tan radical hacia lo emancipatorio y descolonizador; y es que en la base de esa actitud, está la circunstancia de que en Cuba, a la inversa que en Europa y en los países del occidente clásico, fue la Revolución quien hizo la nación, la revolución fue una condición, completó un proceso, aportó el acento decisivo, definió un perfil para nuestra cultura.

Fue necesaria una Revolución como la encabezada por Céspedes en 1868, para que terminaran de fraguar los diferentes elementos sociales, étnicos, políticos, etc., que dieron lugar a una cultura propia. Esta es una idea que yo les he escuchado también a muchos compañeros, pero sobre todo a Hart, que insiste permanentemente en ese concepto, en la medida en que para un europeo, efectivamente, es difícil entender lo que ocurrió y está ocurriendo hoy en América y, mucho más, lo que ha ocurrido y lo que es hoy Cuba.

Y es que no se puede pretender entender a este país si no se conoce su historia, si no se conocen los orígenes de su cultura, la génesis de un proceso que llega hasta hoy por un camino que nació marcado por la lucha, marcado precisamente por la necesidad de ser independientes, de ser más allá del imperio, sin el imperio, a pesar del imperio, y, por tanto, contra el imperio.

Todo el proceso de transculturación y de fusión de etnias y culturas que explica como nadie Fernando Ortiz, fundamenta la idea de un mestizaje que le es ajeno al enfoque tradicional europeo y occidental-imperialista de evolución de la cultura. Aquí fracasa ese enfoque. Se precisa de un acercamiento diferente para abordar nuestra realidad sociocultural.

No pueden entender ese carácter calibanesco y descolonizador que define Retamar para la cultura de nuestro país y de los pueblos en esta parte del mundo, subdesarrollada por aquellos que, con toda razón, propone llamar países subdesarrollantes. Aquí hubo un choque traumático con la colonización y con la implantación por la fuerza del régimen esclavista y el capitalismo naciente europeo. Y esto generó una necesidad que desembocó en la lucha. Es decir, aquí no se impuso la Revolución; nació como necesidad.

Los ideales que tras un largo y complejo proceso de maduración habían sostenido y defendido patriotas como Félix Varela, José de la Luz y Caballero o Domingo del Monte, por solo mencionar algunos de los nombres más importantes de aquel momento fundacional de nuestra cultura, tomaban cuerpo en esta gesta, a través de la cual se canalizaban las aspiraciones y se orientaba por nuevos derroteros el destino de un pueblo.

La lucha por la independencia de Cuba del régimen colonial español y la abolición de la esclavitud, situaron la contradicción fundamental frente a la cual se definiría entonces la posición de los cubanos. O Yara o Madrid, escribiría muy temprano, casi niño todavía, José Martí. En la rebelión, como señala Fernando Martínez Heredia, ha estado siempre el signo de lo verdaderamente revolucionario de izquierda en nuestra historia, esto es, de lo verdaderamente germinativo para nuestra cultura.

En ese momento, fue el independentismo y su postura radical frente a España quien, oponiéndose a las corrientes anexionistas y reformistas de entonces, definió el rumbo de los acontecimientos y expresó una actitud que ha sido la que posteriormente ha marcado el camino más fecundo de nuestra historia. Se defendía allí no solo el derecho de los cubanos a ser libres, sino que se reivindicaba con aquel gesto, la rebeldía de nuestros cimarrones que se habían rebelado contra el oprobioso régimen esclavista y aún el de los aborígenes, exterminados totalmente por la crueldad de los conquistadores al establecerse en la Isla.

Había en la base un ideal universal de justicia, un componente moral sin el que es imposible explicar lo que fuimos y lo que somos. Fue entonces en el campo mambí, y en la defensa de la independencia y la libertad, donde llegaron a una cristalización definitiva los elementos culturales que dieron vida a la nación cubana; fue precisamente en ese crisol de lucha, donde se fundieron en una mixtura original, irrepetible y única, los diferentes factores que dieron lugar a esa entidad indescriptible y compleja, rica, barroca, misteriosa, maravillosa y mágica, que es lo cubano.

Esa misma búsqueda ha hecho del pueblo cubano lo que es hoy y ha condicionado en él, su desarrollo ideológico y su actitud. El camino hacia la libertad y el logro de la justicia, ha sido, a la vez, el de ir conformando su propia identidad; de tal manera están unidas para los cubanos la cultura y la patria.

De esa tradición viene Fidel; esa es la herencia que recibe. Una herencia enriquecida posteriormente por el largo devenir de las luchas que siguieron a aquella primera contienda, y por el ejemplo de muchos patriotas que, en distintas etapas, dieron vida con su actitud a esa línea ética que marcó el camino, cuyo momento más alto, ya sabemos, está en la obra de José Martí.

En esa herencia y en esa tradición está “el fundamento moral” del Asalto al Moncada y de la Revolución toda. Esa fue la idea que defendió Fidel cuando llamó a Martí, autor intelectual de aquella acción. En un hermoso artículo que publicó en La Gaceta de Cuba en 1968, José Lezama Lima evoca esta fecha, y en una frase pletórica de significados habla del 26 de Julio como “imagen y posibilidad”. Y efectivamente, eso fue: fulgurante iluminación, anuncio. Allí estaba, frente a la frustración y el imposible al que se ha referido Cintio, ese “algo grande que hacer” que pedía Rubén en su poema "El Gigante"; o, como dijera el propio Fidel dirigiéndose al joven poeta revolucionario: la carga que tú pedías.

Es decir, lo que vino con el triunfo de enero del 59, lo que trajo el proceso revolucionario encabezado por Fidel, es connatural a nuestra cultura, está en la línea de nuestra cultura, y, por ello mismo, significan un momento de profundización y de superación de todo aquello por lo que se había luchado.

La radicalización del pensamiento revolucionario antimperialista y la maduración de múltiples factores económicos, sociales y políticos, impulsados por la profundidad de las mediadas de carácter popular tomadas por la Revolución  desde el momento del triunfo, y por el liderazgo decisivo de Fidel, así como la intensa lucha de clases que se produce en ese momento, alentada por la hostilidad creciente del imperialismo norteamericano, todo esto unido a otros factores de carácter internacional, hizo que se dieran en Cuba todas las condiciones  para un cambio cualitativo que, a la luz de aquellas circunstancias, solo podía conducir al socialismo.

Es lo que justifica la afirmación de que la Revolución Cubana es el hecho cultural más importante ocurrido en nuestro país a lo largo de su historia. Precisamente por lo que significó de materialización de todos aquellos sueños y aspiraciones por lo que tantas generaciones habían combatido, y porque, al propio tiempo, ese turbión que fue la Revolución, que cambió nuestras relaciones sociales y se propuso en la práctica hacer de verdad un país nuevo, ese país prefigurado en la poesía y en la obra de Martí y de tantos patriotas que antes y después de él se entregaron a esa batalla, creó las condiciones para el renacimiento de esa cultura, para la creación desde la libertad, desde la independencia.

Por eso, muchos de los fenómenos culturales que sobrevinieron con la Revolución no pueden ser entendidos, o concebidos siquiera, sin ella. ¿Cómo imaginar por ejemplo un fenómeno como el de la nueva trova cubana, sin la Revolución? ¿Cómo imaginar, no tan solo la industria, sino el espíritu y la esencia misma del cine cubano sin la Revolución. ¿Cómo explicar sin la Revolución, una experiencia tan vital, y culturalmente auténtica y revolucionaria como el Teatro Escambray, por ejemplo? ¿Cómo imaginar siquiera la existencia de una institución que auspicia esa cultura de la solidaridad y el antimperialismo como Casa de las Américas, sin la Revolución.

En general, la complejidad, riqueza y variedad del arte cubano, libre de ataduras mercantilistas, serían impensables sin la Revolución y las condiciones que para ello ha creado. Por ese camino la lista sería interminable, porque sencillamente, la Revolución está en la esencia misma de nuestra cultura, llegó como respuesta a una necesidad cultural, es el resultado de un proceso en el que mediante una retroalimentación mutua, desde las esencias, una y otra se funden en un único e indivisible ser histórico y dan lugar a esto que somos y defendemos.             

Y por la vía de este razonamiento, llegamos a lo otro que quería plantear y que es uno de los rasgos que mejor caracterizan a la Revolución Cubana, que mejor la expresan, y que como esencia y fruto de ella a un mismo tiempo, pueden explicar lo que ha sido Cuba y lo que ha sido posteriormente el arte y la Cultura Cubana: se trata del profundo carácter democratizador de la cultura que trajo la Revolución.
 
Esa fue la clave para que el acceso a la cultura dejara de ser privilegio de una elite minoritaria y se convirtiera en un auténtico fenómeno de masas.

Con la campaña de alfabetización se iniciaba una política que parte de considerar el acceso al conocimiento y la cultura, no solo como un derecho legítimo de todo ciudadano, sino como una necesidad vital de este y una condición indispensable para valorar los niveles de verdadera libertad, participación y calidad de vida, del hombre en la sociedad.

La alfabetización masiva de miles de cubanos era el primer paso que facilitaba en la práctica ese vínculo dialógico imprescindible entre el hombre y la cultura que, en este caso, se verificaba con el acceso a los primeros niveles de instrucción, de las capas más humildes del pueblo,  a través de los maestros voluntarios que, cartilla en mano, llegaban a los lugares más recónditos de la Isla.

Los desafíos que tanto en el orden conceptual como práctico planteaba esta tarea extraordinaria, llevaron a romper estereotipos y a experimentar y asumir soluciones creadoras, que iban a resultar decisivas para el desarrollo de los grandes planes educacionales y culturales puestos en práctica por la Revolución. La campaña de alfabetización fue el punto de partida para una verdadera generalización de la enseñanza en nuestro país, que abría las puertas de la cultura a todos los cubanos.

Al propio tiempo, la Revolución necesitaba de hombres y mujeres preparados en una proporción superior a la que en ese momento existía y, sin perder un minuto, se dispuso a formarlos. De esta manera, en medio de las enormes carencias materiales e infraestructurales heredadas del régimen capitalista, y enfrentando la hostilidad yanqui, que a su vez alentaba la contrarrevolución interna, la Revolución emprendía una gigantesca labor educacional y cultural sin precedentes en la historia de nuestro país y nuestro continente.

Eran los hijos de los campesinos y los obreros quienes ahora accedían a los masivos planes de becas que impulsaba la Revolución, sin distinción de sexo ni color de la piel. Se abrieron oportunidades de acceso gratuito a la enseñanza a todos los niveles, que permitieron formar, en pocos años, miles de obreros calificados, técnicos y profesionales de las más diversas ramas, que se incorporaron al desarrollo del país.

A partir de ahí, ya todo fue posible. Hoy, cuando escuchamos a Fidel decir que el genio es masivo, y lo vemos rodeado de estudiantes y artistas lo mismo inaugurar una escuela de artes plásticas en Manzanillo que asistir a la reapertura y ampliación de una Institución como el Museo de Bellas Artes en la capital, en un país que se llenó de escuelas y de instituciones culturales; o lo vemos impulsar los grandes programas sociales y culturales de la Revolución, concebidos de tal manera que se disminuya o, incluso, se borre cualquier desigualdad a partir de crear iguales oportunidades para todos nuestros jóvenes; percibimos la continuidad de esa política y nos damos cuenta de cuán fiel ha sido a esa vocación durante toda su vida.

Ya en la Historia me Absolverá habla de esto, y propone convertir al campamento de Columbia en una escuela para 10 mil niños huérfanos; gesto este (el de convertir cuarteles en escuelas) que se convirtió en un símbolo, y que luego, por cotidiano, para los cubanos llegó a ser algo natural.

Sin embargo, tengo que decir que hace apenas unos días estuve en la UCI, nuestra moderna universidad de informática, en un encuentro de sus estudiantes con los moncadistas y expedicionarios del Granma, y fue conmovedor escuchar, (mucho más, junto a esos hombres, que lo arriesgaron y lo entregaron todo por un ideal) que en esa que es hoy una Universidad del futuro, donde estudian más de diez mil jóvenes una especialidad que es un lujo en cualquier país del Primer Mundo, estuvo en el pasado, antes del triunfo de la Revolución, el tenebroso Reformatorio de Torren, especie de instalación carcelaria con la que se coaccionaba antiguamente a los niños en nuestro país cuando hacían una travesura o se quería (contra su voluntad) lograr algo de ellos.

Esa es la confirmación en la práctica de la prioridad de la cultura en un proyecto social que apuesta todo a los valores espirituales del hombre, de una voluntad política que expresa hondas preocupaciones humanistas y parte de un profundo y real compromiso con el pueblo.  La cultura, entendida en un sentido integral, como la ve Fidel, que va mucho más allá de la cultura artístico-literaria; como experiencia de enriquecimiento humano, como posibilidad de ser plenamente y de participar, como indicador de calidad de vida; esto es, dicho a la manera de Martí: como "conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad".

Cuando en el momento más terrible del período especial Fidel dijo que lo primero que había que salvar era la cultura, no estaba pronunciando una frase más; estaba reafirmando una convicción, un principio que está en la esencia misma de la Revolución. Han sido esos conceptos los que nos han permitido salir adelante en estos años, sin que fuéramos a dar, como muchos otros, con muchos más recursos que nosotros, en el estercolero neoliberal.

Salvar nuestra cultura, ha sido para los cubanos, salvar el socialismo y salvarnos como patria y como nación. Y vale decir, que ese concepto democratizador nunca estuvo reñido con la calidad. Desde el inicio mismo, ese impulso a la cultura conjugó masividad con profundidad y calidad, porque desde un inicio, junto a esa extraordinaria Campaña de alfabetización masiva, uno descubre un ademán que apunta hacia la jerarquización y el rigor más absolutos, como el de aquel decreto que en el mismo 1959 creaba el ICAIC, nuestro Instituto de Cine, y que comienza diciendo: Por cuanto: El cine es un arte…; e
s decir, se hacía un énfasis que refrendaba la defensa de un cine que fuera arte, genuinamente creador, de un cine con verdaderos presupuestos culturales, como el que en definitiva fue; no de un cine comercial, ni el de una industria prostituida e irresponsable, difusora de la banalidad y la tontería.

Y hoy, cuando vemos las largas colas frente a nuestras salas durante el Festival de Cine, aún después de la depresión sufrida por nuestra industria cinematográfica como consecuencia del período especial, podemos constatar cuán correcta fue aquella política, que no solo desarrolló un cine nacional que es orgullo de nuestra cultura y de un país pobre como Cuba, sino que por la vía de la profundización y de la calidad más exigente, se formó, se creó un público para el mejor cine, y sin concesiones que hoy hubiéramos tenido que lamentar, se llegó a la masividad de un público preparado, conocedor, activo, verdaderamente culto, como el que es el público cubano.

Igualmente pudiéramos decirlo de nuestra Feria del Libro, del Festival de Ballet, y de muchos otros momentos de nuestra vida cultural que,
concebidos sobre la base de presupuestos estéticos muy elevados, logran un alcance realmente masivo.

Elementos como estos son los que fundamentan un innegable contraste: Mientras por una parte se asesinan y desaparecen periodistas en Iraq y Latinoamérica como José Couso o como los casos recientes que ha denunciado la FELAP; Cuba, por el contrario, convoca a la participación real de sus artistas e intelectuales a la construcción de un país mucho más preparado y culto. En el momento en que a los ojos incrédulos de un mundo que no acaba de recuperarse de su asombro y dolor por la barbarie cometida, ellos saquean y destruyen el Museo de Bagdad, Cuba imprime masivamente millones de libros, auspicia la masificación real de la cultura y, valiéndose más de la creatividad que de los recursos, distribuye una biblioteca familiar accesible para cualquier ciudadano.

Ellos lucran con la insalubridad y la muerte; y Cuba abre nuevos programas de salud y levanta clínicas y hospitales dentro y fuera de la Isla, desde el Himalaya hasta Los Andes, y defiende un humanismo que es una rareza en este mundo. Mientras ellos "ciegan con la mentira y el odio", y alimentan el individualismo y el egoísmo más feroz, y dividen y azuzan estrechos nacionalismos; Cuba ilumina los ojos y el alma de miles en el mundo, y reparte solidaridad, y se abre, por esa vía, a una noción de lo universal radicalmente diferente, sin fronteras para lo humano.

Mientras ellos utilizan la televisión y los medios para alimentar, con la pornografía, la violencia, la banalidad y la propaganda, los apetitos más bajos del ser humano, y en definitiva convierten a los medios en burdos instrumentos del mercado; Cuba, por el contrario, se afana en aplicar un enfoque educativo en la utilización de esos medios, y se enfrasca en un debate por tratar de mejorarlos cada día, para cimentar valores y conocimientos en nuestros niños y jóvenes.

Ellos crean leyes que obstaculizan y cierran emisoras comunitarias de radio alternativas tratando de barrer cualquier foco de resistencia cultural a su discurso uniformador, y nosotros apoyamos Telesur, abrimos nuevos canales y emisoras en municipios del interior del país o nos conectamos a la red para defender la humanidad. Ellos entran a los barrios de Bagdad con escuadrones de blindados, fusiles y bombas, y Cuba entra en los barrios de Venezuela y Bolivia con libros, médicos y medicinas. Ellos entran a torturar y matar, y Cuba entra a curar y a alfabetizar.

Mientras ellos solo dejan muertos y millones de personas que los desprecian; Cuba deja salud y vida, y eleva su prestigio frente a millones de personas en el mundo que descubren lo que es en realidad este país, hoy más querido y respetado que nunca.

En dos palabras: mientras el imperialismo y los nombres de su camarilla dirigente se asocian en todas partes a la destrucción y la barbarie, la tortura, la muerte, la guerra, el hambre, el analfabetismo, el racismo, la xenofobia y la más absoluta desesperanza; los nombres de Fidel y de Cuba se asocian hoy, como dijo hace dos días nuestro Presidente de la FEU, a la idea del bien, de la dignidad, de la solidaridad y el humanismo, de la igualdad y la justicia,  a la inderrotable esperanza; en definitiva, un ejemplo de utopía realizada, una anticipación de ese otro mundo posible por el que tenemos que seguir peleando, porque aquí, como dijo Volodia en esta sala, el futuro ya comenzó.

(Notas para la intervención en el Coloquio del evento convocado por la Fundación Guayasamín con motivo del 80 cumpleaños de Fidel. Palacio de Convenciones, diciembre de 2006).

Publicado en la Revista Honda, de la Sociedad Cultural José Martí.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600