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Marta Rojas se ríe de los años.
Camina con tremendo avance y
está en todas partes donde
merece o se le antoja estar. No
le gusta que la consideren uno
de los monstruos sagrados del
periodismo cubano.
En los últimos tiempos, le
entusiasma hablar de sus novelas
—El columpio de Rey Spencer
(1993), Santa
Lujuria (1999),
El harén de Oviedo
(2003) e Inglesa
por un año (Premio Alejo
Carpentier 2006)—, aunque no
deja de ser periodista de fuste
y raza, con libros de reportajes
inolvidables como el que recoge
los detalles del juicio a los
asaltantes del cuartel Moncada y
los testimonios como
corresponsal de guerra en
Vietnam.
Por su carácter, Lilia Esteban
viuda de Alejo Carpentier, solía
decir que era “indómita”. Yo
solo sé que Marta es
imprescindible.
¿Cuándo y dónde te enteraste que
la Revolución había triunfado?
Estaba durmiendo cuando la dueña
de la casa de huéspedes me avisó
que me llamaba por teléfono un
señor llamado Miguel; serían
poco más de la una de la
madrugada. Se trataba de Miguel
Ángel Quevedo, el director de
Bohemia.
Sorprenderme
totalmente la noticia en verdad
no me sorprendió, pues Enriquito
de la Osa, el director de la
sección En Cuba en la cual yo
trabajaba desde los hechos del
Moncada, me había dicho, al
igual que a la mayoría de los
que trabajábamos con él, que
estuviera en un lugar donde
pudiera ocurrir algo el 31 de
diciembre.
Por Radio Rebelde y
otras vías más directas que
tanto Quevedo como él tenían, se
sabía, entre nosotros, que los
rebeldes estaban a las puertas
de Santiago, que Fidel había
bajado de la Sierra Maestra.
Supongo que te acordaste en ese
momento de tu experiencia
periodística en la cobertura de
los sucesos del 26 de julio de
1953 en Santiago de Cuba, y el
seguimiento del juicio del
Moncada.
Miguel
—a quien de momento no
identifiqué por teléfono porque
acostumbraba a nombrarlo u oírlo
nombrar como Quevedo—, me dio la
noticia con una pregunta:
“¿Tienes los reportajes del
Moncada?” Le dije que sí, desde
luego, pero que no los tenía
conmigo pues yo guardaba esos
trabajos en casa de una señora
que trabajaba como niñera, y
vivía en el barrio de Pogolotti.
También tenía allí un brazalete
del M 26-7 y una camisa que
todavía conservo —esto último no
se lo dije—. “Bueno —continuó
Quevedo— pues ahora el Moncada
es otra vez noticia, Batista se
fue o está yéndose y Fidel está
a las puertas de Santiago, voy a
mandarte a buscar con mi chofer
para que vayas a casa de Enriquito”.
Enriquito de la Osa
vivía en el Nuevo Vedado, y allí
funcionaba, un poco
clandestinamente, la sección En
Cuba, hubiera o no censura de
prensa. Cuando la había,
trabajábamos para que, el
momento en que se suspendiera,
aparecieran las investigaciones
periodísticas sobre cualquier
asunto político. Claro que
recordé el Moncada.
El mismo
Quevedo me hablaba de ello. Pero
en lo personal me pasó algo que
hoy me parece raro, me acordé
del sonido de la corneta china
de la conga santiaguera y de los
tiros que yo creí aquel 26 de
julio que eran cohetes propios
del Carnaval. Rápidamente me
vestí.
Por lo que cuentas, estabas
preparada para la noticia del
nuevo año.
Tal vez parezca extraño el lugar
al que me dirigí el 31 de
diciembre para ver qué podía
pasar, como me indicó Enriquito:
fui al cabaret Tropicana con
unos amigos, en parejas, pero
como a las 11 de la noche los
dejé.
Allí no pasaba nada. Me
dirigí, yo sola, manejando,
hacia la Avenida 100 y Calle 59,
la primera casa donde viví al
llegar a La Habana y que fue
siempre mi casa oficial. De ahí
que Quevedo tuviera ese número
de teléfono. La dueña, Rosita,
era amiga de mi familia en
Santiago y ella había sido la
primera esposa del General
(entonces en retiro) Gregorio Querejeta,
que por cierto se iba
a postular para senador por la
Ortodoxia.
Fui por una razón
expresa, y es que estaría bien
cerca del campamento de Columbia
y si pasaba algo —imaginé un
tiroteo o una revuelta—, ya me
encontraría cerca de un lugar
excelente para una nota
destinada a la sección En Cuba.
Luego de recoger los reportajes
en Pogolotti, al dirigirme al
Nuevo Vedado, tomé 100 hasta el
Obelisco, y de ahí por la
Avenida 31. A todo lo largo solo
se veían carros negros
“acharolados”, como se diría en
la sección En Cuba.
Llevaban los
focos apagados, aunque la
Avenida estaba iluminada, los
carros iban a gran velocidad.
Por supuesto que se dirigían a Columbia o al aeropuerto
militar, eran los automóviles de
aquellos que pretendían alcanzar
el avión o los aviones en que se
marchaba Batista.
¿Cuándo te reencontraste con los
protagonistas de la gesta del
Moncada?
Vi a Haydée tan pronto regresó
de EE.UU., en el aeropuerto, y
recuerdo que me dio una tarjeta
personal que tenía los colores
rojo y negro del 26 de Julio con
su nombre, escrita por ella, y
una nota. Ese era el mejor
salvoconducto que pudiera tener
para entrar en cualquier lugar.
Después vi a Melba. Melba estaba
en Tercer Frente y pude
encontrarme con ella cuando
regresó a La Habana y estuve en
su casa, no en Jovellar, sino
por Santos Suárez o la Víbora;
luego, casi de inmediato, volví
a verla en la cárcel de Mujeres
de Guanajay
cuya
dirección
ocupó o le fue encomendada.
¿Y a Fidel y Raúl?
El 8 de enero vi a Fidel, pero
de lejos, en lo que pasó a
llamarse Ciudad Libertad.
Posteriormente ya pude saludarlo
en una actividad informal que
había en lo que fue el Tribunal
de Cuentas en la Plaza de la
Revolución; después en una casa
que ocupaba Raúl en Columbia,
cuando vino de Santiago. Después
muchas veces, porque él estaba
en todas partes, como era
necesario.
A Raúl lo vi en su
primera visita a la revista
Bohemia. Nos encontramos en
el vestíbulo. Allí mismo,
después de saludarle, me dijo
que si podía ayudar a un grupo
de rebeldes para sacar un
periódico que se titularía
Verde Olivo, que las
oficinas estaban por el
aeropuerto militar de Columbia,
donde también estaban haciendo
unas películas. Le dije que sí y
al otro día, sin abandonar las
tareas en Bohemia, me
incorporé también a ese trabajo.
Por allí estaban Tomás Gutiérrez
Alea, Julio García Espinosa, Osmany Cienfuegos y otros más.
Camilo iba con frecuencia.
¿Es cierto que una vez leíste el
futuro en las manos de Fidel?
¿Qué le vaticinaste?
Bueno, eso de la mano fue un
juego. Te diré. Ocurrió cuando
él salió del presidio de Isla de
Pinos. Acababa de llegar al
apartamento que Lilia Castro
Argote, que era la hermana
mayor, ya fallecida, le había
alquilado en el mismo edificio y
piso de ella en la calle 23;
debajo había un comercio de
flores, el edificio hace
esquina.
Fui a verlo en compañía
de Melba y Haydée, luego de la
llegada tumultuosa a la Terminal
de Trenes. Hay un antecedente,
en esa época me había dado por
leer libros de psicología,
empecé por Freud y seguí con la
psicología de las manos,
recuerdo dos títulos que eran
mis preferidos: La mano y su
lenguaje, de la doctora
Charlotte Wolf, y You and
your hand, de Rita Van Alen,
y en unas de las frecuentes
visitas que hacía a la casa de
la madre de Melba donde entonces
también vivía Haydée,
“prácticaba” mis conocimientos
con ellas e inventaba cualquier
cosa que se me ocurría, en
primer lugar porque quería
agradarlas ya que estaba aún muy
fresco lo del Moncada.
Una vez
hubo algo trágico, pues le
anuncié un suceso a un primo de
Melba que acababa de graduarse
de médico
y desafortunadamente
ocurrió.
Ahora bien, volvamos a
la lectura de la mano de Fidel.
A una de ellas se le ocurrió
decirme que le leyera las manos
y él me las extendió y le
examiné la mano izquierda. Según
los libros debía ser esa si la
persona era derecha. Aquellas
personas que tienen la línea de
la vida larga se supone que va a
vivir mucho, según los textos de
quirología, pero en vez
de trasmitir el mensaje así,
mecánicamente, se me ocurrió
florearlo y le dije: “Yo te voy
a ver con la barba blanca”. Y ha
ocurrido. Entonces él rió,
porque ni siquiera llevaba
barba. Le creció, como sabemos,
en los días de la Sierra. No sé
qué se han hecho mis queridos y
entretenidos libros. Hace rato
pasé la hoja de la psicología de
las manos.
¿Conociste a Fidel antes o
después del Moncada?
Como yo estudié en La Habana,
conocía a Fidel de nombre, y de
verlo en periódicos en relación
con la Juventud Ortodoxa y el
Partido Ortodoxo. Yo no militaba
en la organización, aunque
simpatizaba, como la mayoría de
los jóvenes entonces.
Un día él
estaba con Max Lesnik, a quien
yo sí conocía personalmente, y
Max me dijo: “Mira, aquel que
está allí es de tu tierra, se
llama Fidel, es Fidel”. Pero
realmente lo conocí el 21 de
septiembre de 1953 al iniciarse
el juicio del Moncada, cuando
entró en la Sala del Pleno de la
Audiencia de Oriente. Vestía
formalmente un traje color azul
marino.
Fue impresionante.
Esa
imagen jamás la borraré, nunca
hubiera podido imaginar que
alguien en circunstancia tan
difícil, rodeado soldados de un
ejército iracundo, desafiara con
la palabra a esos elementos y al
Tribunal que lo juzgaba, ni que
tan solo en minutos revertiera
la Sala a su favor y pusiera
nerviosos a los guardias armados
de fusiles con bayonetas
caladas. La tensión era muy
grande; algunos profesionales,
de buena fe, me dijeron que
saliera. No respondí. Me dije a
mí misma: “De aquí yo no me voy
aunque no me publiquen ni una
sola línea”.
Fidel había exigido
que le quitaran las esposas y yo
veía cómo de pronto a los
soldados le temblaban las manos
y les costaba trabajo manipular
las pequeñas llaves, porque el
Tribunal tuvo que obedecer la
protesta del joven abogado Fidel
Castro, el principal encartado
de la Causa 37.
¿Es muy complicado ejercer el
periodismo en una sociedad en
ebullición revolucionaria? ¿Te
han puesto alguna vez
limitaciones? ¿Te has
autolimitado?
Por favor. Creo que es todo lo
contrario. Al menos para mí,
para mi temperamento.
Me gustaba
la sección En Cuba porque era
difícil “levantar” una
información, escudriñar, y
entrañaba riesgos. En una
Revolución como la nuestra es
más emocionante, sobre todo
porque lo aparentemente
insignificante tendrá siempre un
valor histórico.
A mí me parece
que estoy viviendo un episodio,
como es inédito todos los días.
Creo que lo importante para
afrontar el reto es, en primer
lugar, ser sincero con uno
mismo. Ni me han puesto
limitaciones, ni me las he
impuesto. Cuando algo no me
gusta, lo digo en el lugar
adecuado, a la persona que deba
decirlo.
Has viajado varias veces a
EE.UU. ¿Cómo te explicas ese
país? ¿Crees que en este último
medio siglo allá hayan logrado
entendernos?
Sí, he viajado a EE.UU. antes y
después de la Revolución. Es una
pena que el pueblo
norteamericano haya tenido
gobiernos tan de espaldas a la
esencia y la calidad de la
mayoría de ese pueblo. Yo admiro
varias cosas de ese país, entre
ellas la responsabilidad
laboral. No he vivido allí y en
poco tiempo es una
irresponsabilidad filosofar. No
obstante te aseguro que los
gobiernos de allá durante 50
años no han hecho otra cosa que
tergiversar la verdad de la
Revolución Cubana, de nuestro
país; y en los últimos tiempos
la tecnología ha contribuido aún
más, negativamente.
Pero
nuestros destinos, para bien y
para mal, se entrecruzan desde
que la Florida era gobernada
desde La Habana por el Capitan
General español. Desde las damas
cubanas que contribuyeron con el
valor de sus joyas a la
independencia de aquel país,
hasta la participación de tropas
de acá, entre ellas hombres del
batallón de pardos y morenos,
entre los que se hallaba José
Antonio Aponte, en la guerra por
la libertad frente al
colonialismo inglés. Somos unos
vecinos que no podemos
ignorarnos y quizá tú y yo,
tú
con más probabilidades que yo,
tengamos la oportunidad de
verlos razonar sin la apetencia
malsana del devorador.
¿Cómo logras conciliar el
periodismo con la ficción
literaria?
Pues ha sido lo más cómodo del
mundo, un parto natural de
mellizos. Creo que la curiosidad
contribuye mucho en mí. Además,
lo primero que yo escribí, más o
menos largo, unas 200 páginas
manuscritas con una pluma de
fuente Sterbrouk gris, fue una
novela de adolescencia que
titulé El dulce enigma,
fue una novela de amor.
La hice
porque me retaron. Estaba en el
primer año del bachillerato, que
no terminé, y un novio que tenía
me dio la noticia de que en
Francia iban a publicar una
novela de una joven que se
llamaba Francoise Sagan; que lo
había escuchado en la radio y
que si a mí me gustaba leer y
escribir cartas a cualquiera que
me lo pidiera, pues bien podía
hacer una novela. Fue una broma,
en un receso, había varias
compañeras y compañeros de aula
y hasta me dio vergüenza. Casi
me sentí ofendida por dudar de
mis arrestos. ¿Cómo yo no iba a
poder inventar una novela? Fue
un viernes y el lunes llevé las
primeras hojas escritas y seguí.
Las leíamos y cada quien daba su
opinión sobre cómo debía
comportarse un personaje. Nunca
tomaba las opiniones al pie de
la letra, pero tampoco
descartaba algunos
criterios. La
terminé, pero no me he atrevido
a volverla a leer. Aunque a lo
mejor no es muy mala, pues he
leído cada cosas… Me encantó
siempre la literatura. Los
volúmenes de El Tesoro de la
Juventud, que mis padres
compraron a plazos, los leí
completos. Mi papá tenía un
amigo barbero que le prestaba
libros que dejaban los clientes
y él los llevaba a casa; leía
las cosas más absurdas para mi
edad, lo mismo un libro de
Balzac que El Infierno de
Henry Barbusse.
Tenía un primo
médico y como me gustaba la
Medicina leía fisiología y
anatomía. Pero mi influencia
mayor —hoy lo veo así— fue el
cine. Yo iba al cine con mucha
frecuencia y luego contaba las
películas como a mí me parecía,
no como eran.
Incluso llegué a
la osadía de inventar el
reencuentro de Scarlet con Reth
Butler y resulta que hace poco
hicieron una película donde
ocurre el reencuentro.
¿Y por qué pospusiste esa
inclinación por la escritura, ya
en serio, de novelas?
Me gustaba la literatura, pero
me atraía mucho la vorágine del
periodismo en un país en
ebullición, como tú dices. No
tenía tiempo de escribir
literatura hasta que, con toda
su dureza, llegó el período
especial, y yo, que escribía un
reportaje de 15 cuartillas casi
a diario y hacía labores al
frente de la Jefatura de
Información y otras, me vi en la
necesidad de escribir sueltos de
10 o de 15 líneas.
Muchos
compañeros se desalentaron y
marcharon hacia la radio. Y me
dije: “Esta es la mía”, de modo
que escribí El columpio de
Rey Spencer, tema en el que
había pensado desde que cubrí el
ciclón Flora. Primero fue
publicada por Cuarto Propio, en
Chile, porque aquí no había
papel, y después vinieron las
demás novelas. Debo agradecer a
alguien una palabra clave:
“¡Suéltate, suéltate sin
miedo!”, me la dijo Rolandito
Pérez Betancourt en la redacción
de Granma cuando le di a
leer un capítulo de Santa
Lujuria.
Y me solté. Como
novelista tenía algo a mi favor,
la experiencia de vida, el gusto
por la historia, las analogías,
el inside de la sección
En Cuba y la disciplina de
trabajo. Puedo escribir lo mismo
en la redacción del periódico
que en casa, o en alguna reunión
aburrida.
¿Qué temas piensas faltarían al
periodismo y la literatura
actuales en nuestro país?
En cuanto a la literatura,
habría que preguntarle a un
crítico que haya leído todo lo
que se ha escrito, no solo los
temas que más le atraen. En
cuanto al periodismo, no fiarse
tanto de Internet para buscar
datos, aunque no niego su
importancia, tanto es así que
fui la primera persona en el
periódico que se matriculó en
computación cuando llegaron los
primeros equipos; pero lo
importante es que lean más, de
todo, hasta los anuncios, y que
no se limiten a la
especialización sin conocer la
vida y sin tener un acercamiento
a otras áreas. Yo pienso que
puede ser mejor. Hay una especie
de confusión en lo que llaman
“periodismo literario”, desde el
punto de vista formal, con
independencia de cuestiones
externas.
Si te fuera dado vivir los
próximos 50 años, ¿cómo te
gustaría que fuera la Cuba de
ese futuro?
Como sería una tontería de mi
parte pensar que podría vivir en
los próximos 50 años, no la veo
desde ese punto de vista. Pero
me gustaría que se acabara de
una vez y por todas, desde ya,
el bloqueo. Por otra parte, que
la gente fuera cada vez más
educada, partiendo del hecho de
que una cosa es instrucción y
otra educación. Que lo bueno que
colectivamente se ha ganado
gracias, en primer lugar, a la
visión de futuro de Fidel, a su
perseverancia y sabiduría,
perdure.
Y desaparezca todo
aquello que no tenga los
valores, en la más amplia
acepción de la palabra, que
merece el pueblo cubano, que
merecemos todos. Me gustaría,
por ejemplo, que desapareciera
el exceso de burocratismo. Fidel
nunca ha sido adicto al
burocratismo. Los burócratas
hacen falta. Hablo de exceso, de
cosas desmedidas que a la larga
pueden entorpecer buenas obras,
de cualquier tipo. |