Año VII
La Habana

3 al 9 de ENERO
de 2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

MARTA ROJAS, PERIODISTA, NOVELISTA

Yo te voy a ver con la barba blanca

Pedro de la Hoz • La Habana

Fotos: Kaloian (La Jiribilla)


Marta Rojas se ríe de los años. Camina con tremendo avance y está en todas partes donde merece o se le antoja estar. No le gusta que la consideren uno de los monstruos sagrados del periodismo cubano.

En los últimos tiempos, le entusiasma hablar de sus novelas —El columpio de Rey Spencer (1993), Santa Lujuria (1999), El harén de Oviedo (2003) e Inglesa por un año (Premio Alejo Carpentier 2006)—, aunque no deja de ser periodista de fuste y raza, con libros de reportajes inolvidables como el que recoge los detalles del juicio a los asaltantes del cuartel Moncada y los testimonios como corresponsal de guerra en Vietnam.

Por su carácter, Lilia Esteban viuda de Alejo Carpentier, solía decir que era “indómita”. Yo solo sé que Marta es imprescindible. 

¿Cuándo y dónde te enteraste que la Revolución había triunfado?

Estaba durmiendo cuando la dueña de la casa de huéspedes me avisó que me llamaba por teléfono un señor llamado Miguel; serían poco más de la una de la madrugada. Se trataba de Miguel Ángel Quevedo, el director de Bohemia.

Sorprenderme totalmente la noticia en verdad no me sorprendió, pues Enriquito de la Osa, el director de la sección En Cuba en la cual yo trabajaba desde los hechos del Moncada, me había dicho, al igual que a la mayoría de los que trabajábamos con él, que estuviera en un lugar donde pudiera ocurrir algo el 31 de diciembre.

Por Radio Rebelde y otras vías más directas que tanto Quevedo como él tenían, se sabía, entre nosotros, que los rebeldes estaban a las puertas de Santiago, que Fidel había bajado de la Sierra Maestra.

Supongo que te acordaste en ese momento de tu experiencia periodística en la cobertura de los sucesos del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba, y el seguimiento del juicio del Moncada.

Miguel —a quien de momento no identifiqué por teléfono porque acostumbraba a nombrarlo u oírlo nombrar como Quevedo—, me dio la noticia con una pregunta: “¿Tienes los reportajes del Moncada?” Le dije que sí, desde luego, pero que no los tenía conmigo pues yo guardaba esos trabajos en casa de una señora que trabajaba como niñera, y vivía en el barrio de Pogolotti.

También tenía allí un brazalete del M 26-7 y una camisa que todavía conservo —esto último no se lo dije—. “Bueno —continuó Quevedo— pues ahora el Moncada es otra vez noticia, Batista se fue o está yéndose y Fidel está a las puertas de Santiago, voy a mandarte a buscar con mi chofer para que vayas a casa de Enriquito”.

Enriquito de la Osa vivía en el Nuevo Vedado, y allí funcionaba, un poco clandestinamente, la sección En Cuba, hubiera o no censura de prensa. Cuando la había, trabajábamos para que, el momento en que se suspendiera, aparecieran las investigaciones periodísticas sobre cualquier asunto político. Claro que recordé el Moncada.

El mismo Quevedo me hablaba de ello. Pero en lo personal me pasó algo que hoy me parece raro, me acordé del sonido de la corneta china de la conga santiaguera y de los tiros que yo creí aquel 26 de julio que eran cohetes propios del Carnaval. Rápidamente me vestí.

Por lo que cuentas, estabas preparada para la noticia del nuevo año.

Tal vez parezca extraño el lugar al que me dirigí el 31 de diciembre para ver qué podía pasar, como me indicó Enriquito: fui al cabaret Tropicana con unos amigos, en parejas, pero como a las 11 de la noche los dejé.

Allí no pasaba nada. Me dirigí, yo sola, manejando, hacia la Avenida 100 y Calle 59, la primera casa donde viví al llegar a La Habana y que fue siempre mi casa oficial. De ahí que Quevedo tuviera ese número de teléfono. La dueña, Rosita, era amiga de mi familia en Santiago y ella había sido la primera esposa del General (entonces en retiro) Gregorio Querejeta,
que por cierto se iba a postular para senador por la Ortodoxia.

Fui por una razón expresa, y es que estaría bien cerca del campamento de Columbia y si pasaba algo —imaginé un tiroteo o una revuelta—, ya me encontraría cerca de un lugar excelente para una nota destinada a la sección En Cuba. Luego de recoger los reportajes en Pogolotti, al dirigirme al Nuevo Vedado, tomé 100 hasta el Obelisco, y de ahí por la Avenida 31. A todo lo largo solo se veían carros negros “acharolados”, como se diría en la sección En Cuba.

Llevaban los focos apagados, aunque la Avenida estaba iluminada, los carros iban a gran velocidad. Por supuesto que se dirigían a Columbia o al aeropuerto militar, eran los automóviles de aquellos que pretendían alcanzar el avión o los aviones en que se marchaba Batista.

¿Cuándo te reencontraste con los protagonistas de la gesta del Moncada?

Vi a Haydée tan pronto regresó de EE.UU., en el aeropuerto, y recuerdo que me dio una tarjeta personal que tenía los colores rojo y negro del 26 de Julio con su nombre, escrita por ella, y una nota. Ese era el mejor salvoconducto que pudiera tener para entrar en cualquier lugar. Después vi a Melba. Melba estaba en Tercer Frente y pude encontrarme con ella cuando regresó a La Habana y estuve en su casa, no en Jovellar, sino por Santos Suárez o la Víbora; luego, casi de inmediato, volví a verla en la cárcel de Mujeres de Guanajay cuya dirección ocupó o le fue encomendada.

¿Y a Fidel y Raúl?

El 8 de enero vi a Fidel, pero de lejos, en lo que pasó a llamarse Ciudad Libertad. Posteriormente ya pude saludarlo en una actividad informal que había en lo que fue el Tribunal de Cuentas en la Plaza de la Revolución; después en una casa que ocupaba Raúl en Columbia, cuando vino de Santiago. Después muchas veces, porque él estaba en todas partes, como era necesario.

A Raúl lo vi en su primera visita a la revista Bohemia. Nos encontramos en el vestíbulo. Allí mismo, después de saludarle, me dijo que si podía ayudar a un grupo de rebeldes para sacar un periódico que se titularía Verde Olivo, que las oficinas estaban por el aeropuerto militar de Columbia, donde también estaban haciendo unas películas. Le dije que sí y al otro día, sin abandonar las tareas en Bohemia, me incorporé también a ese trabajo.
Por allí estaban Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa, Osmany Cienfuegos y otros más. Camilo iba con frecuencia.

¿Es cierto que una vez leíste el futuro en las manos de Fidel? ¿Qué le vaticinaste?

Bueno, eso de la mano fue un juego. Te diré. Ocurrió cuando él salió del presidio de Isla de Pinos. Acababa de llegar al apartamento que Lilia Castro Argote, que era la hermana mayor, ya fallecida, le había alquilado en el mismo edificio y piso de ella en la calle 23; debajo había un comercio de flores, el edificio hace esquina.

Fui a verlo en compañía de Melba y Haydée, luego de la llegada tumultuosa a la Terminal de Trenes. Hay un antecedente, en esa época me había dado por leer libros de psicología, empecé por Freud y seguí con la psicología de las manos, recuerdo dos títulos que eran mis preferidos: La mano y su lenguaje, de la doctora Charlotte Wolf, y You and your hand, de Rita Van Alen, y en unas de las frecuentes visitas que hacía a la casa de la madre de Melba donde entonces también vivía Haydée, “prácticaba” mis conocimientos con ellas e inventaba cualquier cosa que se me ocurría, en primer lugar porque quería agradarlas ya que estaba aún muy fresco lo del Moncada.

Una vez hubo algo trágico, pues le anuncié un suceso a un primo de Melba que acababa de graduarse de médico
y desafortunadamente ocurrió.

Ahora bien, volvamos a  la lectura de la mano de Fidel. A una de ellas se le ocurrió decirme que le leyera las manos y él me las extendió y le examiné la mano izquierda. Según los libros debía ser esa si la persona era derecha. Aquellas personas que tienen la línea de la vida larga se supone que va a vivir mucho, según los textos de quirología, pero en vez de trasmitir el mensaje así, mecánicamente, se me ocurrió florearlo y le dije: “Yo te voy a ver con la barba blanca”. Y ha ocurrido. Entonces él rió, porque ni siquiera llevaba barba. Le creció, como sabemos, en los días de la Sierra. No sé qué se han hecho mis queridos y entretenidos libros. Hace rato pasé la hoja de la psicología de las manos.

¿Conociste a Fidel antes o después del Moncada?

Como yo estudié en La Habana, conocía a Fidel de nombre, y de verlo en periódicos en relación con la Juventud Ortodoxa y el Partido Ortodoxo. Yo no militaba en la organización, aunque simpatizaba, como la mayoría de los jóvenes entonces.

Un día él estaba con Max Lesnik, a quien yo sí conocía personalmente, y Max me dijo: “Mira, aquel que está allí es de tu tierra, se llama Fidel, es Fidel”. Pero realmente lo conocí el 21 de septiembre de 1953 al iniciarse el juicio del Moncada, cuando entró en la Sala del Pleno de la Audiencia de Oriente. Vestía formalmente un traje color azul marino.
Fue impresionante.

Esa imagen jamás la borraré, nunca hubiera podido imaginar que alguien en circunstancia tan difícil, rodeado soldados de un ejército iracundo, desafiara con la palabra a esos elementos y al Tribunal que lo juzgaba, ni que tan solo en minutos revertiera la Sala a su favor y pusiera nerviosos a los guardias armados de fusiles con bayonetas caladas. La tensión era muy grande; algunos profesionales, de buena fe, me dijeron que saliera. No respondí. Me dije a mí misma: “De aquí yo no me voy aunque no me publiquen ni una sola línea”.

Fidel había exigido que le quitaran las esposas y yo veía cómo de pronto a los soldados le temblaban las manos y les costaba trabajo manipular las pequeñas llaves, porque el Tribunal tuvo que obedecer la protesta del joven abogado Fidel Castro, el principal encartado de la Causa 37.

¿Es muy complicado ejercer el periodismo en una sociedad en ebullición revolucionaria? ¿Te han puesto alguna vez limitaciones? ¿Te has autolimitado?

Por favor. Creo que es todo lo contrario. Al menos para mí, para mi temperamento. Me gustaba la sección En Cuba porque era difícil “levantar” una información, escudriñar, y entrañaba riesgos. En una Revolución como la nuestra es más emocionante, sobre todo porque lo aparentemente insignificante tendrá siempre un valor histórico.

A mí me parece que estoy viviendo un episodio, como es inédito todos los días. Creo que lo importante para afrontar el reto es, en primer lugar, ser sincero con uno mismo. Ni me han puesto limitaciones, ni me las he impuesto. Cuando algo no me gusta, lo digo en el lugar adecuado, a la persona que deba decirlo.

Has viajado varias veces a EE.UU. ¿Cómo te explicas ese país? ¿Crees que en este último medio siglo allá hayan logrado entendernos?

Sí, he viajado a EE.UU. antes y después de la Revolución. Es una pena que el pueblo norteamericano haya tenido gobiernos tan de espaldas a la esencia y la calidad de la mayoría de ese pueblo. Yo admiro varias cosas de ese país, entre ellas la responsabilidad laboral. No he vivido allí y en poco tiempo es una irresponsabilidad filosofar. No obstante te aseguro que los gobiernos de allá durante 50 años no han hecho otra cosa que tergiversar la verdad de la Revolución Cubana, de nuestro país; y en los últimos tiempos la tecnología ha contribuido aún más, negativamente.

Pero nuestros destinos, para bien y para mal, se entrecruzan desde que la Florida era gobernada desde La Habana por el Capitan General español. Desde las damas cubanas que contribuyeron con el valor de sus joyas a la independencia de aquel país, hasta la participación de tropas de acá, entre ellas hombres del batallón de pardos y morenos, entre los que se hallaba José Antonio Aponte, en la guerra por la libertad frente al colonialismo inglés. Somos unos vecinos que no podemos ignorarnos y quizá tú y yo,
tú con más probabilidades que yo, tengamos la oportunidad de verlos razonar sin la apetencia malsana del devorador.

¿Cómo logras conciliar el periodismo con la ficción literaria?

Pues ha sido lo más cómodo del mundo, un parto natural de mellizos. Creo que la curiosidad contribuye mucho en mí. Además, lo primero que yo escribí, más o menos largo, unas 200 páginas manuscritas con una pluma de fuente Sterbrouk gris, fue una novela de adolescencia que titulé El dulce enigma, fue una novela de amor.

La hice porque me retaron. Estaba en el primer año del bachillerato, que no terminé, y un novio que tenía me dio la noticia de que en Francia iban a publicar una novela de una joven que se llamaba Francoise Sagan; que lo había escuchado en la radio y que si a mí me gustaba leer y escribir cartas a cualquiera que me lo pidiera, pues bien podía hacer una novela. Fue una broma, en un receso, había varias compañeras y compañeros de aula y hasta me dio vergüenza. Casi me sentí ofendida por dudar de mis arrestos. ¿Cómo yo no iba a poder inventar una novela? Fue un viernes y el lunes llevé las primeras hojas escritas y seguí.

Las leíamos y cada quien daba su opinión sobre cómo debía comportarse un personaje. Nunca tomaba las opiniones al pie de la letra, pero tampoco descartaba algunos
criterios. La terminé, pero no me he atrevido a volverla a leer. Aunque a lo mejor no es muy mala, pues he leído cada cosas… Me encantó siempre la literatura. Los volúmenes de El Tesoro de la Juventud, que mis padres compraron a plazos, los leí completos. Mi papá tenía un amigo barbero que le prestaba libros que dejaban los clientes y él los llevaba a casa; leía las cosas más absurdas para mi edad, lo mismo un libro de Balzac que El Infierno de Henry Barbusse.

Tenía un primo médico y como me gustaba la Medicina leía fisiología y anatomía. Pero mi influencia mayor —hoy lo veo así— fue el cine. Yo iba al cine con mucha frecuencia y luego contaba las películas como a mí me parecía, no como eran.
Incluso llegué a la osadía de inventar el reencuentro de Scarlet con Reth Butler y resulta que hace poco hicieron una película  donde ocurre el reencuentro.

¿Y por qué pospusiste esa inclinación por la escritura, ya en serio, de novelas?

Me gustaba la literatura, pero me atraía mucho la vorágine del periodismo en un país en ebullición, como tú dices. No tenía tiempo de escribir literatura hasta que, con toda su dureza, llegó el período especial, y yo, que escribía un reportaje de 15 cuartillas casi a diario y hacía labores al frente de la Jefatura de Información y otras, me vi en la necesidad de escribir sueltos de 10 o de 15 líneas.

Muchos compañeros se desalentaron y marcharon hacia la radio. Y me dije: “Esta es la mía”, de modo que escribí El columpio de Rey Spencer, tema en el que había pensado desde que cubrí el ciclón Flora. Primero fue publicada por Cuarto Propio, en Chile, porque aquí no había papel, y después vinieron las demás novelas. Debo agradecer a alguien una palabra clave: “¡Suéltate, suéltate sin miedo!”, me la dijo Rolandito Pérez Betancourt en la redacción de Granma cuando le di a leer un capítulo de Santa Lujuria. 

Y me solté. Como novelista tenía algo a mi favor, la experiencia de vida, el gusto por la historia, las analogías, el inside de la sección En Cuba y la disciplina de trabajo. Puedo escribir lo mismo en la redacción del periódico que en casa, o en alguna reunión aburrida.  

¿Qué temas piensas faltarían al periodismo y la literatura actuales en nuestro país?

En cuanto a la literatura, habría que preguntarle a un crítico que haya leído todo lo que se ha escrito, no solo los temas que más le atraen. En cuanto al periodismo, no fiarse tanto de Internet para buscar datos, aunque no niego su importancia, tanto es así que fui la primera persona en el periódico que se matriculó en computación cuando llegaron los primeros equipos; pero lo importante es que lean más, de todo, hasta los anuncios, y que no se limiten a la especialización sin conocer la vida y sin tener un acercamiento a otras áreas. Yo pienso que puede ser mejor. Hay una especie de confusión en lo que llaman “periodismo literario”, desde el punto de vista formal, con independencia de cuestiones externas.

Si te fuera dado vivir los próximos 50 años, ¿cómo te gustaría que fuera la Cuba de ese futuro?

Como sería una tontería de mi parte pensar que podría vivir en los próximos 50 años, no la veo desde ese punto de vista. Pero me gustaría que se acabara de una vez y por todas, desde ya, el bloqueo. Por otra parte, que la gente fuera cada vez más educada, partiendo del hecho de que una cosa es instrucción y otra educación. Que lo bueno que colectivamente se ha ganado gracias, en primer lugar, a la visión de futuro de Fidel, a su perseverancia y sabiduría, perdure.

Y  desaparezca todo aquello que no tenga los valores, en la más amplia acepción de la palabra, que merece el pueblo cubano, que merecemos todos. Me gustaría, por ejemplo, que desapareciera el exceso de burocratismo. Fidel nunca ha sido adicto al burocratismo. Los burócratas hacen falta. Hablo de exceso, de cosas desmedidas que a la larga pueden entorpecer buenas obras, de cualquier tipo.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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