Año VII
La Habana

3 al 9 de ENERO
de 2009

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Un extraño equilibrio

Ambrosio Fornet • La Habana

 

Lo he dicho en otras ocasiones: el triunfo de la Revolución tuvo para mí el carácter de un extraño equilibrio. Uno está tan acostumbrado a pensar en el 59 como un gran momento de "ruptura" —ruptura con toda esa vasta zona del pasado que detestábamos como reino de la corrupción y la politiquería—, que cuesta trabajo explicar que alguien haya podido verlo como el momento que hizo posible tanto a nivel individual, como colectivo, el rescate de una "continuidad" en el proceso de desarrollo de nuestra cultura.
 

En enero del 59 yo vivía con mi esposa fuera de Cuba y no pensaba volver definitivamente porque, conociendo como conocía el medio, sabía que me sería muy difícil conseguir trabajo en aquello que me interesaba, algo relacionado con el campo de la cultura, lo que en aquel entonces quería decir casi exclusivamente el periodismo o la docencia. Pero no tardé en descubrir que ya mis amigos trabajaban aquí en suplementos literarios, bibliotecas, páginas culturales de periódicos y hasta nacientes editoriales, de manera que decidí volver y establecerme definitivamente aquí, haciendo lo único que sabía y quería hacer. Por eso suelo decir que a los latifundistas la Revolución les quitó sus tierras, pero que a mí, en cambio, me devolvió la mía.

El otro nexo de continuidad que me ofreció la Revolución triunfante fue con mi propia tradición cultural, que para mí incluía los nexos con "toda" la cultura, sin fronteras de tiempo ni de espacios.

Eso se me hizo evidente cuando vi en una librería el primer volumen de los Papeles, de José Antonio Saco, a un precio irrisorio, y me enteré de que los dos tomos restantes estaban a punto de salir. Como bayamés que soy, ese título había estado sonando en mi cabeza desde los tiempos del Bachillerato, y suponía que estaría más o menos cubierto de polvo en algún estante de la Biblioteca Municipal, pero saber que ahora estaba "allí", al alcance de la mano (y del bolsillo) me producía una sensación de bienestar que no me resulta fácil describir.

Quería decir que mis clásicos no eran propiedad exclusiva de eruditos o catedráticos, o simple pasto de polillas, y que así como había recuperado mi tierra, ahora recuperaba también un nuevo sentido de pertenencia a ella, una verdadera identidad cultural.

Visto desde la perspectiva de hoy, tal vez no parezca mucho, pero entonces yo estaba convencido de que ese equilibrio intelectual y emocional que generaba la dialéctica de la ruptura y la continuidad era todo lo que necesitaba para enfrentar resueltamente el futuro.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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