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Lo he dicho en otras ocasiones: el
triunfo de la Revolución tuvo
para mí el carácter de un
extraño equilibrio. Uno está tan
acostumbrado a pensar en el 59
como un gran momento de
"ruptura" —ruptura con toda esa
vasta zona del pasado que
detestábamos como reino de la
corrupción y la politiquería—,
que cuesta trabajo explicar que
alguien haya podido verlo como
el momento que hizo posible
tanto a nivel individual, como
colectivo, el rescate de una
"continuidad" en el proceso de
desarrollo de nuestra cultura.
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En enero del 59 yo vivía con mi
esposa fuera de Cuba y no
pensaba volver definitivamente
porque, conociendo como conocía
el medio, sabía que me sería muy
difícil conseguir trabajo en
aquello que me interesaba, algo
relacionado con el campo de la
cultura, lo que en aquel
entonces quería decir casi
exclusivamente el periodismo o
la docencia. Pero no tardé en
descubrir que ya mis amigos
trabajaban aquí en suplementos
literarios, bibliotecas, páginas
culturales de periódicos y hasta
nacientes editoriales, de manera
que decidí volver y establecerme
definitivamente aquí, haciendo
lo único que sabía y quería
hacer. Por eso suelo decir que a
los latifundistas la Revolución
les quitó sus tierras, pero que
a mí, en cambio, me devolvió la
mía.
El otro nexo de continuidad que
me ofreció la Revolución
triunfante fue con mi propia
tradición cultural, que para mí
incluía los nexos con "toda" la
cultura, sin fronteras de tiempo
ni de espacios.
Eso se me hizo evidente cuando
vi en una librería el primer
volumen de los Papeles,
de José Antonio Saco, a un
precio irrisorio, y me enteré de
que los dos tomos restantes
estaban a punto de salir. Como
bayamés que soy, ese título
había estado sonando en mi
cabeza desde los tiempos del
Bachillerato, y suponía que
estaría más o menos cubierto de
polvo en algún estante de la
Biblioteca Municipal, pero saber
que ahora estaba "allí",
al alcance de la mano (y del
bolsillo) me producía una
sensación de bienestar que no me
resulta fácil describir.
Quería decir que mis clásicos no
eran propiedad exclusiva de
eruditos o catedráticos, o
simple pasto de polillas, y que
así como había recuperado mi
tierra, ahora recuperaba también
un nuevo sentido de pertenencia
a ella, una verdadera identidad
cultural.
Visto desde la perspectiva de
hoy, tal vez no parezca mucho,
pero entonces yo estaba convencido de que ese equilibrio intelectual y
emocional que generaba la
dialéctica de la ruptura y la
continuidad era todo lo que
necesitaba para enfrentar
resueltamente el futuro. |