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Mi maestro me enseñó que la
historia no se acumula por
siglos ni décadas exactas.
Cuando un siglo lleva nombre o
se habla de una década
fundacional sabemos que se trata
de un período que no siempre
llega a los cien o los diez años
y a veces los excede. Pero hay
fechas que nos fijan para
siempre, secuencias que
estremecen las gestas pasadas y
los días futuros.
Con 13 años de edad salí a las
calles recién baldeadas de año
nuevo en Sagua la Grande y sentí
que el 1ro de enero de 1959 era
el día más feliz de mi vida.
Habíamos logrado la victoria
contra la dictadura. Con un
proceso popular revolucionario
quedaron derrotados los modos de
dominación. Éramos un pueblo
verdaderamente libre y sin
miedo, lleno de ansias de paz
con justicia. Otro gallo
cantaría desde que el sol dio
mañana.
En el traspatio de mi casa oí
que mi tía gritaba “la paloma
voló” por el otro lado de la
cerca y supe que se refería a la
huída del dictador. La infeliz
comparación, producto de la
costumbre de velarse las
palabras, la corrigió una paloma
blanca en La Habana durante el
discurso de Columbia. Comenzaba
una época gloriosa con el apoyo
profundo de la gran mayoría y
una política honesta al servicio
de los pobres, decidida a
alentar los pueblos pequeños.
No cesaron los tiroteos
partidistas en las calles de La
Habana, pero se equivocan los
que señalan el 1ro de enero como
el día en que se inicia una
guerra civil en nuestra Isla.
Fue la fecha de una nueva
instancia en la larga lucha que
ha de transformarse sin tregua
para afianzar la soberanía y la
independencia de Cuba, una Cuba
que habría de realizar los
anhelos de derechos nacionales
de los fieles patriotas cubanos
de todos los tiempos. Serán los
derechos que, como siempre, se
conquistan con sacrificios. Era
la felicidad de la mañana de los
mañanas, la continuación del
centenario martiano.
Durante los próximos días
sobraba el entusiasmo y no había
suficientes costureras para
bordar los brazaletes de los que
lucharon o se identificaban con
los grupos de la causa
triunfante. Qué gran Día de
Reyes el del 59 cuando Fidel
habló pidiendo unión
revolucionaria en Santa Clara.
Fidel exaltaba al pueblo a
“trabajar para hoy y para
mañana, para esta generación y
para las generaciones
venideras”. La estrella marcaba
el camino de todo lo difícil que
quedaba por hacer, una ruta
llena de calvarios, de faltas
clásicas de juventud, de excesos
de idealismo, y de agresiones
externas.
Es indudable que los cubanos
hemos sufrido y superado
trabajosos contratiempos dentro
y fuera de la Isla. Es cierto
que han pasado cinco décadas, 50
años. El pueblo cubano ha
cumplido sus faenas, ha sido
modelo crucificado de
resistencia antimperialista y
sacrificios innumerables. Los
miembros de las generaciones
venideras vislumbradas en enero,
dentro de Cuba y dispersos por
el mundo, deben recoger los
mejores frutos de los cambios
sociales y reafirmar el camino
de la reconciliación y la
tolerancia, sin insignias
extremistas y atentos siempre a
los burdos obstáculos de los que
venden a la patria. Se ha de
buscar las vías que nos
convergen en los años nuevos,
mañanas que reiteran la
identidad nacional.
La fortaleza de la identidad
socialista en el nuevo contexto
latinoamericano ya no tiene que
inquietarse por ciertas antiguas
amenazas regionales ni por las
estáticas imágenes del Norte.
Ello debe facilitar una dilatada
hora de Cuba que cuenta su
historia para verse de otro
modo, un proceso cada vez más
fiel a nuestra verdad. Con los
símbolos de la nación y la
tradición, la unidad de los
cubanos y el texto de la
Revolución a la mano, Cuba puede
seguir descubriendo su unicidad
en un mundo nuevo. De la noche a
la mañana no se resuelve todo,
pero la primera mañana del 59
funda la fecha que unió a todos
los cubanos de buena voluntad,
el día de los clarines del
triunfo que despertaron un
entusiasmo nunca muerto.
Filadelfia, 29 de diciembre de
2008 |