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El primer reto que me veo ahora
obligado a afrontar es el de
lograr un nivel apropiado de
síntesis, y el esfuerzo por la
brevedad impone la necesidad de
omitir muchas cosas. Tanto en la
esfera de lo general como lo
concerniente a la descripción y
el análisis puntual. Tocará al
lector juzgar si mis notas
consiguen su propósito.
Comienzo por un par de
generalidades, para fijar
presupuestos teóricos a los
cuales me atengo. Lo primero es
que cuando hablamos de religión
englobamos un significado dual o
incluso múltiple: nos referimos
a una comunión espiritual dada a
través del recurso a lo
sobrenatural, de la fe en lo
divino, de la adhesión a una
devoción por lo trascendente; o
se refiere a las iglesias,
denominaciones, sectas,
hermandades o cualquier tipo de
estructuras asociativas que se
adopten.
No son dos realidades separadas,
sino dos dimensiones de la
realidad religiosa. Las
instituciones y la fe de la
población creyente. Las dos o,
sería más preciso decir, la
interacción entre ambas, da
cuerpo a la religión como parte
de la cultura.
Esta diferencia explica que no
siempre coincidan los criterios
de las personas que profesan una
fe específica, o sus intereses,
o su conducta con los criterios,
las conductas o los intereses de
su iglesia. Y explica
igualmente, en consecuencia, que
la articulación de las
instituciones religiosas en la
armazón de las relaciones
sociales, que se configura a
partir de un proceso histórico,
no responda frecuentemente a las
mismas determinaciones de la
inserción de la población, la
que realiza el creyente como
creyente, en el universo de las
relaciones sociales. Cuando se
prescinde de esta distinción, y
se piensa sólo en términos de
iglesias, o se polariza en
sentido de la devoción, se hace
difícil escapar al mecanicismo
causal frente a casos concretos.
El segundo presupuesto que no
quiero pasar por alto es el del
compromiso implícito en la
mirada. Se puede analizar una
realidad religiosa desde una
perspectiva creyente o no
creyente, y esto parece una
verdad de Perogrullo. Pero no es
tan sencillo porque se trata de
un arco de posiciones posibles y
no de una antinomia. La verdad
de fe y la verdad científica no
son necesariamente opuestas, o
incompatibles. Se puede
encontrar incluso como
conjunción.
Por eso el análisis del hecho
religioso requiere considerar el
contexto histórico en el sentido
más pleno. No obstante, al
margen de todas las
precauciones, tampoco podemos
obviar que la mirada religiosa,
y la atea, marcan las
posiciones, los ángulos de
enfoque, de una manera o de
otra, contaminando la
aproximación a la verdad o
propiciándola, según sea el
caso. La aproximación a la
verdad no es un privilegio de la
mirada.
El cristianismo, es decir, la
religión de Cristo, llegó a Cuba
con el catolicismo, del mismo
modo que llegó a toda la América
Latina, introducido por la
dominación colonial. Es decir,
como componente esencial del
cuerpo de ideas y la cultura del
colonizador. El catolicismo tuvo
la función de vertebrar la
hegemonía del proceso colonial
en un tiempo histórico
coincidente con la aparición del
capitalismo, y de las reformas
de Lutero y Calvino en Europa.
Las religiones autóctonas fueron
barridas, en nuestra Isla, con
el sacrificio pleno de la
población indígena, de modo que
la sincretización con las
religiones africanas se
realizaría, con los patrones
culturales de un esclavo que la
colonia tuvo que importar, y lo
hizo de África subsahariana, y
no con el poblador nativo
esclavizado, lo cual marca una
diferencia de raíces entre el
sincretismo indocristiano y el
afrocristriano. La introducción
masiva del trabajo esclavo
africano fue una realidad
compartida entre las Antillas
latinas y Brasil, vinculada a la
economía de plantación.
En consecuencia, en este proceso
de transculturación, tal como se
da en Cuba, tiene lugar la
disputa de una territorialidad
espiritual que no gira en torno
a la Pacha Mama. En ella se ve
prevalecer la defensa de la
africanía como fuente de la
legitimidad territorial heredada
de la religión de los
esclavizados. Es una complejidad
propia, que se halla presente a
lo largo de nuestra historia y a
través de la lucha de clases.
Dentro de ella también se
producen momentos de conjunción,
a veces relevantes, como el que
explicaba Alarcón
al aludir al modo en que se
forjó en el proceso
independentista a partir de
1868, el cual, al vincularse con
la abolición, introducía el
componente revolucionario que
solo en la revolución de Haití
tendría antecedente. La
identidad cultural nacida de
este legado también incluiría el
contorno de la religiosidad
dominante, por supuesto, legado
que iba a resultar trastornado
por la usurpación de la
victoria, en la vida republicana
de la primera mitad del siglo
XX.
La segunda dominación colonial
extendió y diversificó el
significado del cristianismo en
la cultura religiosa cubana a
través de la introducción de las
misiones protestantes, con lo
cual, a lo largo del espectro
republicano neocolonial, la
demografía religiosa cubana se
definiría en lo fundamental a
partir de estas tres
manifestaciones religiosas. No
exactamente en armoniosa
convivencia (el ecumenismo
apareció mucho después) sino en
el contexto de una confrontación
por el territorio espiritual.
Confrontación de poder,
económico, social y político, en
la cual lo teológico era más
bien una expresión superficial.
Confrontación dominada por la
discriminación católica del
protestantismo como herejía, y
católicos y cristianos
discriminaban a la santería, y a
todas las demás expresiones de
raíz africana, como brujería,
oscurantismo, atraso religioso,
en franca asociación con otra
postura discriminatoria integral
de la cual la religiosa hacía
parte: la del recrudecimiento
racista.
Aquella conjunción que generó en
nuestra cultura la lucha
independentista —aquel
acercamiento a la Verdad— fue
estrangulado por la
reestratificación social y la
redefinición de la lucha de
clases dentro del proceso de
dominación neocolonial con tal
fuerza que los patrones
discriminatorios interreligiosos
se nos siguen revelando en un
efecto de exclusión que suele
predominar sobre el de diálogo,
todavía a 50 años de la victoria
revolucionaria de 1959. Podemos
percibir su presencia en el
rechazo, aparentemente inocuo,
de la santería como religión,
insistiendo limitar su categoría
de manera reductiva, al
calificarla simplemente como
“culto” religioso. El ecumenismo
es ciertamente un tema polémico
dentro del espectro religioso
cubano de nuestros días.
No sólo los católicos definían a
Cuba como país católico en la
década de los cincuenta. Fue la
tendencia que se forjó en el
imaginario popular, pensar en
Cuba como país católico, a
despecho de que desde la
Constitución de 1901 se
proclamaba la “libertad de
cultos”, y el carácter laico del
Estado. Las normas de
reconocimiento las fijaba, sin
embargo, la burguesía, y era
inconcebible vivir ajeno a la
idea de Dios (la condición de
ateo se percibía conectada a
otra filiación, la comunista,
parejamente demonizada),
profesar la santería daba
motivos de desconfianza en más
de de un sentido, las religiones
no cristianas resultaban
reprobables, la herejía
protestante no era bien vista,
la irreligiosidad confesa era
una mancha diabólica.
Durante los años de la república
dependiente la ideología
conservadora católica sirvió al
proyecto hegemónico
estadounidense con más
coherencia incluso que las
denominaciones protestantes. La
condena al comunismo, que se
acentuaba en la posguerra,
respondía también al proyecto
hegemónico de la Iglesia: Pío
XII llegó incluso a expresarlo
ante las presiones para que el
Vaticano tomara distancia
crítica del nazismo en medio de
la guerra. Era para él menos
peligroso el proyecto del Reich
que el del Kremlin. Esta postura
era claramente orgánica al
integrismo católico preconciliar.
Sin embargo, en el plano de la
demografía religiosa Cuba sólo
podría ser definida, a mediados
del siglo pasado, como un país
católico, a partir del criterio
de población bautizada, criterio
que carece en absoluto de rigor
para reflejar el predominio de
una religión. Es un
cuestionamiento sobre el cual no
creo necesario detenerme.
No obstante, la complejidad del
fenómeno consiste en que, si el
país no era realmente definible,
en términos demográficos, como
católico por religiosidad, sí lo
era por el alcance de la
influencia de la Iglesia, y las
instituciones adyacentes, sobre
los poderes constituidos.
Poderes con cuya continuidad se
había comprometido la
institucionalidad eclesiástica a
contribuir. En un artículo que
escribí hace años me extiendo en
explicar cómo la victoria
revolucionaria de 1959
sorprendió a una Iglesia (a toda
la institucionalidad cristiana),
no preparada para el cambio.
El cambio que trajo consigo la
Revolución fue tan radical que
incluso dejaría plantada a casi
toda la institucionalidad de la
sociedad civil, y no sólo a la
religiosa, pero este sería otro
tema.
No me detengo en la dinámica de
confrontación que se produjo
entre 1959 y 1962. En este tema
la literatura va a aparecer
siempre marcada por la posición
desde la cual se analice. No
quiero correr el riesgo de
parcialidad de los inventarios
de reproches. Errores y sombras
habría que anotar en todas las
contabilidades institucionales.
Lo que no puede obviarse es que
la transpiración
contrarrevolucionaria de la
burguesía expropiada se
enmascaró bajo un aroma de
religiosidad católica, y que
parte de la jerarquía y el clero
se asoció a esta
transfiguración, y contribuyó al
tinte religioso que el fervor,
súbitamente acrecentado de la
burguesía, había adoptado.
El teólogo italiano Julio
Girardi explica la posición de
la Iglesia cubana en este
conflicto desde un punto de
vista distinto, cuando concluye
que “las iglesias, y
particularmente la católica, no
se movilizan prioritariamente
para defender los intereses de
la burguesía y del imperio, sino
para defender sus propios
intereses políticos y
culturales, es decir su
supremacía intelectual y moral.
No se oponen a la revolución
primariamente porque golpee los
intereses de la burguesía y del
imperio, sino porque propone un
sistema de valores, una
interpretación de la realidad,
una concepción del hombre nuevo
y un proyecto educativo que son
alternativos a los de las
iglesias; y por tanto se
presenta como un nuevo sujeto de
hegemonía y compite con las
iglesias sobre su territorio
específico.”
En todo caso no nos hallamos
ante explicaciones excluyentes.
El compromiso de los sectores
del laicado católico de mayor
influencia social, a partir de
1960, en los esfuerzos por
desestabilizar el proyecto
revolucionario cubano, lo
confirma.
Subrayo que en todo este período
el discurso político centró con
insistencia su atención en
demostrar que no se existía un
punto de confrontación con la
religión desde el poder. Ningún
argumento se esgrimió a lo largo
del conflicto contra los
sistemas de creencias, contra el
dogma de fe, contra las
devociones.
Pero la institucionalidad
cristiana quedaría intensamente
lacerada, a partir de 1961, por
varias reformas sociales, muy
especialmente la creación de un
sistema único de educación,
pública, laica y gratuita, que
excluía la enseñanza religiosa,
junto a la prohibición de
reproducir otra iniciativa
paralela.
Por segunda vez en la historia
del siglo XX la Iglesia quedaba
desfasada de una articulación
institucional privilegiada
dentro de las esferas de poder,
ahora desprovista de las
posibilidades de propiciar a
cambio una transacción
al Estado revolucionario. Pero
el conflicto al cual nos
referimos tuvo lugar
esencialmente con la iglesia
romana. Y Roma, que comenzaba a
aggiornarse bajo Juan
XXIII y Pablo VI, mostró
comprensión y paciencia.
En las denominaciones
protestantes se diferenció una
tendencia hacia la sublimación
doctrinal, y otra de
acompañamiento pastoral a la
transformación socioeconómica
que se iniciaba. La santería se
benefició inicialmente del
desmantelamiento revolucionario
del patrón discriminatorio
precedente. Parecía que se
marchaba en línea recta hacia un
rescate del nudo cultural que el
crisol independentista nos legó.
No fue del todo así.
El conflicto con el
anticomunismo eclesiástico (y
las manifestaciones de
contrarrevolución dentro de las
iglesias) facilitó un implante
ateísta, a tono con el marxismo
soviético, que afectó a todo el
arco de la religiosidad cubana
en forma discriminatoria. Ni
santeros, ni espiritistas ni
masones escapaban al ojo
discriminador, perplejos por el
desatino de ser descalificados a
causa de las faltas o de las
posturas de otros, o por
descubrirse reprimidos bajo el
influjo de una religión
insospechada en el clima
espiritual cubano: el ateísmo.
Fiel al propósito de no entrar
en detalles al que obligan las
síntesis, me limito a añadir que
la tensión de la discriminación
ateísta institucional,
formalizada tácitamente incluso
en el I Congreso del PCC en
1975, se mantuvo durante casi
tres décadas (más que
«quinquenios grises» o «trinquenios»
de otras oscuridades) porque
había comenzado desde la primera
mitad de los 60, y duró hasta
los 90. Este ateísmo se tornaría
inconsecuente, incluso, con una
indispensable proyección abierta
a lo religioso, que cambiaba en
nuestro continente desde la
segunda mitad de los 60. La
pregunta “¿tiene usted creencias
religiosas?” se convirtió en un
instrumento burocrático de corte
de posibilidades de acceso
político, un signo tácito de
limitación electiva.
Dos pastorales de los obispos
católicos del año 1969, cuando
los vientos renovadores de
Vaticano II y de la II Asamblea
del CELAM en Bogotá llegaron a
la Iglesia cubana, indicaban una
sutura de agravios y una
disposición al entendimiento
institucional que quizás no
recibió una respuesta en
correspondencia de las esferas
políticas. Al menos no la que se
esperaba. Tal vez para entonces
nos habíamos confiado en exceso
en el poder secularizador del
marxismo.
Fue en 1985 que se vino a
reconocer que habíamos creado un
Estado ateo confesionalmente y
que prevalecía un régimen de
discriminación religiosa
incompatible con el ideal
socialista.
Pero hubo que esperar a que
fuera derrumbado el Muro de
Berlín, al IV Congreso del PCC
en 1991 y la Reforma
Constitucional de 1992 para que
el Estado cubano se volviera a
definir como laico (tal cual
aparecía ya en la Constitución
de 1940) y la discriminación
religiosa fuera explícitamente
proscrita parejamente a las de
raza y género.
En el marco jurídico, quiero
decir, porque una cosa es el
marco y otra es la práctica. Y
Estado laico tiene un
significado para las esferas
políticas y otro para las
iglesias. En todo caso, la
legitimación del espacio de
defensa de la laicidad es lo que
realmente define eso que
llamamos eufemísticamente
“normalidad” en las relaciones
del Estado con el mundo
religioso, y esto representa un
valor decisivo.
Sin embargo si nos atenemos a
las dinámicas que se han
producido en la religiosidad,
debemos tomar en cuenta otras
consideraciones. Hoy es una
verdad que nadie puede ignorar
la existencia de una marcada
reanimación de la práctica
religiosa en Cuba. Me detengo
ahora en dos preguntas: ¿Dónde
se origina? ¿Qué peso tendrá en
el conjunto de las relaciones
sociales? Algunos lo atribuyen a
la visita de Juan Pablo II en
1998, otros al efecto de
desbloqueo de los cambios en la
institucionalidad socialista
cubana a principios de los 90.
Existen evidencias claras de que
se trata de un proceso anterior.
Considero obligado referirme a
las investigaciones sobre
religiosidad realizadas por el
Departamento de Estudios
Socio-religiosos del Centro de
Investigaciones Psicológicas y
Sociológicas, bajo la dirección
de Jorge Ramírez Calzadilla, a
finales de los 80.
La originalidad de esta
investigación radica en que no
se propone medir la presencia de
la religiosidad por sistemas
religiosos, ya que no busca una
respuesta de situación
comparada.
El diseño partía de la tipología
de “tres niveles fundamentales
de elaboración, organización y
estructuración de las ideas de
lo sobrenatural: uno
eminentemente espontáneo, de
escasa o ninguna
sistematización; otro
intermedio, que llega a la
personificación de figuras
consideradas milagrosas, sin
formar parte de complejos
sistemas religiosos; y un
tercero, de más alta
elaboración, correspondiente a
sistemas de ideas propios de
expresiones religiosas
organizadas o influidos por
ellas”.
A partir de una muestra nacional
de cinco mil casos a finales de
esa década, los estudios
arrojaron que aproximadamente el
85% de la población cubana
admitía algún tipo de creencia
en, o contacto con, lo
sobrenatural, en tanto los lazos
de pertenencia orgánica a
religiones estructuradas no
pasaban del 16%, y en el punto
opuesto sólo el 15% de la
muestra se revelaba integrada
por ateos. De modo que el 69% de
la muestra quedaba incluido en
los niveles primero y segundo.
Aunque este equipo no ha
realizado otra investigación del
mismo alcance, aquellos
resultados han sido confirmados
por muchos estudios ulteriores.
Si los resultados no fueron
engañosos por defectos técnicos
—y nada indica que lo hayan
sido— podemos extraer varias
conclusiones elementales: 1) que
los años de dogma ateísta, y de
discriminación práctica de la
religiosidad y de la labor
pastoral, no impidieron que
prevaleciera una religiosidad
muy extendida en la población
cubana; 2) que esa religiosidad
no es (no era a finales de los
80) mayoritariamente
institucional o comprometida,
sino que se mantenía en el rango
definible como religiosidad
popular; 3) que las dinámicas de
recuperación demográfica de la
espiritualidad religiosa habían
obrado ya el cambio en las
generaciones que se sucedieron
entre los 60 y los 80; 4) que la
proporción entre creyentes y no
creyentes puede ser indicativa
de un patrón relativamente
estabilizado, pero que en las
dos décadas siguientes es
previsible que haya variado
consistentemente la correlación
entre los niveles de
religiosidad antes establecidos;
5) que a simple vista no guarda
relación la proporción de
creyentes y no creyentes en la
población y en las esferas de
dirección política (o sea que
parecería que vivimos en un país
de creyentes dirigido por
ateos).
A finales de los años 90,
incluso con posterioridad a la
visita pastoral del papa a Cuba,
estudios realizados por la
Iglesia católica a partir de
encuestas parroquiales arrojaban
que la asistencia a la misa
dominical podría estimarse, en
una proporción nacional, en no
más de cien mil personas, lo que
hace menos del uno por ciento de
la población nacional.
La tradición de estudios
sociorreligiosos es mucho más
abarcadora que lo que he tomado
aquí como referencia. Muchos de
ellos desde perspectivas
religiosas. Las iglesias
católica y protestantes han
desarrollado áreas de estudios
sociales y teológicos, dentro y
fuera de los seminarios. Desde
la segunda mitad de los años
sesenta se creó el Instituto de
Etnología y Folklore, que nos
legó una producción inestimable.
También el Conjunto Folklórico
Nacional, el Centro de Estudios
del Caribe (en Santiago de Cuba)
y la Fundación Fernando Ortiz,
la más joven de las
instituciones académicas que ha
dedicado un espacio relevante al
estudio de nuestras raíces
africanas y de la religiosidad
de la población cubana. Y otras.
Ahora solamente puedo consignar
lo mucho que se ha extendido la
dedicación al conocimiento y al
debate sobre el tema
sociorreligioso, sobre todo en
tiempo reciente. También del
crecimiento de las
publicaciones, libros y
revistas, que se ha hecho
impresionante en las últimas dos
décadas, después de un silencio
de muchos años.
El predominio de una
religiosidad que se sostiene en
la devoción directa, más o menos
regularizada, o en creencias
menos definidas, como pudo
verificar la investigación de
finales de los 80, no debe, a mi
juicio, ser interpretado de
manera estática. Es cierto que
investigaciones de la Asociación
Católica Revolucionaria en los
años 50 indicaban también un
bajo nivel de compromiso de la
feligresía católica, pero los
datos basculaban entonces con
fuerza hacia la presencia
mayoritaria del catolicismo.
Hacer estadísticas religiosas ha
sido siempre un ejercicio
bastante azaroso.
Lo que quisiera subrayar es que
creo que hay buenos motivos para
pensar que la intensificación de
la vida pastoral, de las
publicaciones eclesiales, de la
presencia pública, y la
apertura, cada vez más
desprejuiciada, de las
instituciones políticas y
sociales, hayan incidido entre
los años 90 y los que corren de
la década presente, en un
incremento de la participación
religiosa comprometida, y en la
diversificación del espectro
denominacional. Si esta
hipótesis es válida, no solo no
podemos hablar de incredulidad
del cubano promedio, sino que
tendríamos que admitir que la
dinámica de reanimación
religiosa ha fortalecido el
sentido de pertenencia.
No debiéramos descuidar el hecho
de que en Cuba el IV Congreso
del partido comunista no solo
supuso un cambio de política
hacia los creyentes y la
religión. Implicaba también la
inclusión de las creencias en la
escala de valores legitimada
socialmente. Anota Ramírez
Calzadilla que “la introspección
analítica que esta situación
supone, por parte de los actores
implicados —Estado, sociedad,
religiosos y sus instituciones—
pasa por la redimencionalización
del espacio social, la
aceptación y el respeto al
otro […], con ello se inicia
un proceso de desestigmatización
social del creyente religioso.”
Con frecuencia nos hemos visto
atrapados por una tentación
inmovilista. Nadie desconoce el
uso recurrente del discutible
concepto de “indiferentismo”
religioso como un supuesto
componente de la idiosincrasia
del cubano. Digo “discutible”
porque me cuesta identificar
“indiferentismo” con una
corriente o un modo de pensar.
Por lo regular estas
caracterizaciones reflejan más
propiamente situaciones
coyunturales que rasgos
culturales duraderos. No se
pueden ignorar los márgenes de
vulnerabilidad de lo religioso
ante las incidencias propias de
las situaciones de crisis. Y si
las encuestas realizadas en los
80, cuando la crisis apenas se
asomaba, nos mostraron que la
religiosidad se había mantenido
latente incluso bajo un estatus
discriminatorio, ¿qué dinámicas
podríamos esperar encontrar hoy?
El hecho es que, al no contar
con actualización posterior a
través de las investigaciones de
terreno, nos vemos obligados a
conformar los estimados
combinando datos de la
estadística oficial, la
información del Registro de
Asociaciones del Ministerio de
Justicia, y las que ofrecen las
iglesias. Según las
informaciones acopiadas por
estos medios, el total de la
población cristiana practicante
(católicos, protestantes
convencionales y no
convencionales) habría crecido
de unos 124 000 a finales de los
90 a unos 272 000 a finales de
los 90, para hacer un 2.43% de
la población total del país.
Este guarismo no incluiría a
iniciados y practicantes
habituales de la santería y
otras religiones de raíz
africana. Ni a espiritistas, por
razones obvias. Por sobre este
estimado estaría la religiosidad
popular.
Confieso que quienes nos hemos
involucrado en estos estudios
utilizamos los cálculos con suma
reserva, y solo para tomar idea
de proporciones. En este
sentido, más significativas
parecen otras estimaciones
parciales. Como el dato de que
en las treinta y seis horas de
mayor concurrencia la
peregrinación a San Lázaro en el
santuario de El Rincón se llegó
en el año 1995 a más de 94 000
devotos, el máximo calculado,
para bajar de nuevo en los años
siguientes a una media de 80
000. La devoción a La Milagrosa
en el cementerio de La Habana se
elevó de unos 12 100 visitantes
en 1987 hasta alcanzar, en 1996,
los 75350, y estabilizarse muy
por debajo de esa cifra
posteriormente.
Llamo la atención de que, si los
datos son válidos, el porciento
de bautizos católicos sobre los
nacimientos se habría elevado
del 12.3% en 1982 a 47.6% en
1995. En el cementerio de Colón
en 1996 el 62.6% de los
funerales recibieron responso,
en tanto diez años atrás la
cifra fue el 38.9%.
Nada más importante que la
protección del recién nacido y
del alma del que fallece, en el
imaginario religioso popular.
Los datos de población bautizada
y la extremaunción aportan una
referencia que trasciende
incluso lo específico cristiano
para convertirse en un tema de
religiosidad popular.
Con lo expuesto hasta aquí he
tratado de presentar un cuadro
sintético, y muy incompleto en
consecuencia, del espectro
religioso cubano en el contexto
del proyecto socioeconómico
generado por la Revolución de
1959. Es por tal motivo que
decidí darle un título tan poco
original como el de Religión
y Revolución en Cuba, ya que
no me parecía pertinente
connotarlo con más precisión.
No quisiera terminar estas
líneas sin una referencia, muy
breve, a dinámicas de
reactivamiento religioso cuyas
condicionantes son mayormente
externas a la realidad cubana,
pero que indudablemente inciden
sobre ella. Sin entrar tampoco
en detalles aquí, no es posible
dejar de tomar en cuenta que las
tendencias secularizadoras que
predominaron en el mundo llamado
occidental (el del capitalismo
desarrollado en Europa y
América) hasta mediados del
siglo XX, las cuales preocupaban
a las iglesias, comenzaron a
cruzarse con tendencias de
reanimación no convencional de
la espiritualidad religiosa.
Esta reanimación alcanza hoy a
todo el mundo cristiano
occidental, y mucho más allá, y
se comienza a percibir en la
América Latina a partir del
crecimiento del pentecostalismo,
y de otras misiones evangélicas
procedentes principalmente de
los Estados Unidos, hacia los
años 60. Con la implantación del
modelo neoliberal, las
tendencias de reanimación se
incrementan y se diversifican en
un abanico denominacional que no
podemos describir ahora.
Estas no suplantan del todo al
movimiento secularizador sino
que lo contraponen y, de cierta
manera se cruzan con él,
generando cambios en la
demografía religiosa del
continente (tanto la que arrojan
las estadísticas que ya
cuestioné, como la real, que
podemos adivinar tras las
sombras de los estimados). Para
decirlo breve y rápido, en este
continente, donde las cifras
indican que descansa la
esperanza del futuro del
catolicismo, estudios de finales
de los 90 han permitido estimar
la población que se reconoce
católica en menos del 42% y la
definible como practicante en el
20%. Los por cientos de las
iglesias (bautismos, registros
de adherentes) arrojan en
término coincidente cerca de un
70% de católicos y un 20% de
protestantes, mayoritariamente
de religiones no convencionales
estos últimos.
Cuba no ha estado expuesta, ni
con la misma fuerza ni con
idéntico abanico de influencias
denominacionales, al que ha sido
llamado el “embate de las
sectas”, término que no hace
justicia al fenómeno aludido
dada la diversidad y la
diferencia de sentidos que se
presenta en el mismo. No parecen
haberse aposentado aún en la
Isla misiones mormonas, ni de la
religión Moon, ni de la Iglesia
Universal, ni de la cienciología,
u otras muchas entidades
religiosas que han proliferado
en el Continente.
Sin embargo, lo primero que hay
que destacar es el crecimiento
del pentecostalismo, que se
convertido hoy en el primer
cuerpo de doctrinas protestantes
en cuba y que abarca varias
denominaciones. También hay que
decir que el carísmatismo, tan
significativamente presente en
la tradición pentecostal, se ha
extendido fuera de estas
comunidades y hoy, incluso en
iglesias convencionales, como la
metodista, ha sido adoptado este
estilo en la liturgia. De modo
análogo ha sido asumido por
comunidades católicas, como en
otros países.
Es decir, que se pueden observar
algunas dinámicas afines a la
tendencia mundial, pero no con
la misma intensidad. Las
hipótesis más manejadas son dos:
la primera es que la sociedad
cubana no ha sido expuesta a las
tensiones de las dinámicas
propias de la pauperización
neoliberal, ni a una influencia
norteamericana abierta; la
segunda es que, junto a lo
anterior, la existencia de un
arraigo de las creencias de raíz
africana, en un proceso
transcultural que recién se ha
visto desinhibido, constituye
también una barrera en este
terreno de confrontación de la
territorialidad religiosa.
Y finalmente, el contexto
socioeconómico cubano es el de
un proyecto de resistencia
sostenido a la marea más intensa
conocida de presiones del
imperialismo, en cuyo marco la
población ha sufrido y sufre
tensiones materiales y
espirituales. Estas tensiones
han ejercido su influencia de
mil maneras y en todo momento,
por medio de resortes que sería
imposible describir, en los
vaivenes de la religiosidad
cubana de este medio siglo. Y
van a continuar ejerciéndola en
los años por venir.
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