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Nuevamente Baldovina
abre el portón de su
patio. Es el primer
viernes del año para el
idilio trovero de los
que han aprendido a
querer bien este
encuentro mensual. En
las celebraciones de los
siempre festivos
primeros días del año,
acapara un lugar
salpicado de pasto,
sillas plásticas y dosis
de té rondando de mano
en mano.
En esta ocasión Carlitos
Lage llega de Barcelona
con un burujón de
canciones hermosas como
regalo de Reyes para
quienes ya no les
escribimos cartas
pidiendo, por nuestro
buen comportamiento,
bicicletas, muñecos o
caramelos.
No llegó solo. Las voces
de Sonia Serrabao y
Manelic Ferret
endulzaron las
infusiones y los oídos
del público, sumergidos
en una especie de gran
burbuja musical. Era
magnífico escucharlos.
Las personas, la Habana
fresca de enero, post de
abismales distancias
culturales, reflejo
incondicionado de las
geográficas, y obstinada
enemiga de las de
espíritu.
Ray Fernández, también
invitado, dejó colgadas
en el aire y a ritmo de
son sus notas
contagiosas. “Son
diurno”, “Son de la
impaciencia”, de la
nostalgia o de la risa,
acompañados por el
percusionista Ian
González, parecían la
pizca de sazón que
faltaba para completar
el ajiaco. Aunque hubo
otros que no salieron a
las luces, como Vicente
Feliú. Hubiera sido
genial.
Ese sentir al que no sé
cómo ponerle palabras,
es la música. “La
parrandita de la santa”
o “Una canción pa’ Cuba”
dicen más que lo
narrable. Es la melodía
desde los tiempos
remotos la expresión
«callada» para decir lo
que no se puede atrapar
en términos, sobre todo
en momentos en los que
la voz no alcanza y las
canciones hablan del
amor y del reencuentro
con la tierra mejor que
lo que se quisiera.
“Muy contento de estar
aquí, gracias por
invitarme”, nos dijo en
el momento del flash.
Para nada, Carlos.
Gracias a ti y a tus
invitados por el saco de
regalos, por la noche
exquisita y por lo que
se queda dentro cuando
todo termina. ¿Al patio
de Baldovina? Cuando
quieras. Bienvenido. |