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Mi vida, como la de
muchos latinoamericanos,
se entrecruza con la
Revolución Cubana. A los
nueve años presencié mi
primera campaña
presidencial. Lo
significativo de estos
recuerdos fue la campaña
anticomunista desplegada
por la Democracia
Cristiana.
Bajo el portal de casa
había un cartel que
sobresalía por su
fuerza. Imposible no
prestar atención a su
mensaje tanto como a sus
imágenes. De no ser así
no hablaría de ello. No
hubo de pasar mucho
tiempo para medir el
alcance de dicha campaña
en la mente de los
chilenos. Tras el
triunfo de la Unidad
Popular brota la siembra
anticomunista.
En 1964, los
demócrata-cristianos
bautizaron su campaña
electoral con el
eslogan: “revolución en
libertad”. Se trataba de
crear distancias con un
hecho significativo. El
1ro. de Enero de 1959 se
producía el triunfo de
la Revolución Cubana. Un
ejemplo que atraía a
las clases explotadas y
dominadas en su lucha
contra el imperialismo y
en su proyecto
nacionalista. Los deseos
de reforma agraria y los
anhelos de justicia
social se propagaron
bajo la fórmula de
movimientos
insurreccionales. Tras
Cuba, sirva de ejemplo,
se produce, entre otros,
el nacimiento del Frente
Sandinista de Liberación
Nacional en Nicaragua.
La Revolución Cubana
creó simpatías y
desplegó el sentimiento
de un nacionalismo
popular,
antimperialista. El
texto de Fidel Castro,
La historia me
absolverá circula
entre la izquierda y se
proyecta en el debate
intelectual. Es un
alegato contra la
injusticia social y la
guerra justa contra las
tiranías. Los nombres de
Camilo Cienfuegos,
Haydée Santamaría, El
Che, cobran vida épica
en el continente y se
unen a José Martí o
Maceo, entre otros.
Fue el inicio de una
etapa que cambió el
curso de la historia de
América Latina para
siempre. Nada será igual
desde su declaración
como primer estado
socialista. La I y II
Declaración de La Habana
son un punto de no
retorno. Dentro de la
Guerra Fría y la
concepción de seguridad
hemisférica, los EE.UU.
dieron un vuelco a su
estrategia. El recién
elegido presidente John
Kennedy siguió la linea
de Eisenhower con sus
programas de frenar el
impulso cubano en el
resto de la región.
Desde la invasión de
Bahía de Cochinos,
conocida como operación
Pluto orquestada desde
Guatemala, y los planes
de sabotaje, hasta la
invención de la Alianza
para el Progreso forman
parte de una política
intervencionista y de
desestabilización.
Lo que no pudo hacer
Kennedy lo continúa su
vicepresidente Johnson.
El bloqueo económico y
la expulsión de la
Organización de Estados
Americanos. Así ha sido
la historia. Tras la
salida de Johnson de la
Casa Blanca, los
presidentes
estadounidenses han
mantenido la agresión.
Nixon, Ford, Carter,
Reagan, Bush padre,
Clinton y Bush hijo. Con
mayor o menor
intensidad, se han
desarrollado
estratagemas de acoso y
derribo.
En América Latina y el
mundo somos muchos
quienes mantenemos
intacto el apoyo al
proyecto revolucionario
en Cuba. Lo cual no
supone callar las
discrepancias. Cuba, en
estos 50 años representa
una solución a los
problemas endémicos del
subdesarrollo, plasmados
en la mayor desigualdad,
insalubridad, pobreza,
explotación o
analfabetismo. Expresa
la dignidad y la
fortaleza de un pueblo
que mantiene alto la
insignia de recuperar el
derecho de
autodeterminación y
soberanía en medio de un
bloqueo que dura tanto
como la propia
Revolución.
Así, lo realizado por el
Movimiento 26 de Julio
transciende las barreras
nacionales. No resulta
extraño que un cartel,
editado en 1964,
estuviese perfectamente
diseñado y pensado para
configurar el rechazo a
una revolución. Se
desplegó en todas las
calles de Santiago y
cubrió la mayoría de
las paredes de Chile.
Seguramente muchos
jóvenes despertaron a la
política con tales
imágenes. Eran
desgarradoras,
sintetizaban toda una
experiencia y daban
miedo.
El golpe de Estado
contra Jacobo Árbenz en
1954 en Guatemala
inauguraba las
actuaciones de la CIA
bajo la batuta de
Allen Dulles. Eran las
llamadas acciones
encubiertas. Así, se
concretó la invasión
desde Honduras a cargo
del coronel Carlos
Castillo Armas. La
unidad entre las fuerzas
armadas y las clases
dominantes para
implementar los golpes
de Estado, las
invasiones y los
regímenes de la doctrina
de la seguridad nacional
descubren el concepto
del enemigo interno y la
frontera ideológica. En
tiempos de Guerra Fría,
los enemigos se
transformaban en amigos.
Nazis, camisas azules,
negras y falangistas se
organizaban en torno del
anticomunismo. Japón,
Alemania, Italia y el
resto de estados
europeos se coaligaban
contra el bloque
socialista. El
anticomunismo
prosperaba.
En la región, el fin de
los años 50 abre una
década convulsa. Un
símbolo de las
dictaduras, junto con
Batista en Cuba, era
Rafael Leónidas Trujillo
en República Dominicana.
Tras su asesinato en
1961 se organiza un
proyecto democrático y
popular bajo la
dirección de Juan Bosch.
Su triunfo terminará
desencadenando otro de
los sucesos más sórdidos
de la intervención
norteamericana, cuyo
acto final será el
desembarco de 22 mil
marines en 1965. El plan
golpista se realizó en
1963 y dejó sin efecto
la reforma agraria, la
ley de transformación de
la propiedad, de
partidos políticos y de
defensa nacional. Se
impuso un gobierno
represivo en manos de un
viejo colaborador del
dictador Balaguer. La
represión posterior
trajo la muerte de más
de ocho mil militantes
de la izquierda
dominicana. Así se
frenaba la revuelta
cívico-militar del
coronel Caamaño. En esta
línea, en Ecuador las
Fuerzas Armadas toman el
poder. Era el cuarto
gobierno de Velazco
Ibarra. Una vez
derrocado, su
vicepresidente Carlos
Julio Arosemena rompe
las relaciones con Cuba.
Meses más tarde será
destituido por una junta
militar. Su proclama del
11 de noviembre de 1963
fue clara: “Les digo que
estamos en el poder en
virtud de un imperativo
superior de la seguridad
nacional que obligó a
las fuerzas armadas a
salirse de sus
específicas funciones
para salvar al país del
deshonor, el comunismo y
el caos.”
Los golpes de Estado son
la opción para evitar
que se propague el
ejemplo cubano. La
destitución del
presidente brasileño
Joao Goulart será parte
de esta estrategia.
Igualmente, el golpe
aflora en la Bolivia del
MNR, en 1964, Barrientos
y más tarde Ovando serán
los militares que rompen
el orden constitucional.
Ellos se sumaban a la
lista de dictaduras
anticomunistas de la
Guerra Fría: Stroessner
en Paraguay (1954), la
dinastía Somoza en
Nicaragua, Lemus en El
Salvador (1960), Oswaldo
López Arellano en
Honduras (1963), entre
otras.
Surgían con fuerza los
países no alineados.
África despertaba, si
alguna vez estuvo
dormida y en Asia la
guerra de Vietnam
parecía tomar cuerpo. Y
en medio de todo ello,
la campaña chilena de
1964 invitaba a pensar
el mundo bajo un cartel
donde la “revolución en
libertad” era la
contrapartida de la
Revolución Cubana.
América Latina se
dividía, Cuba se
proyecta en todas las
discusiones. Su reforma
agraria, sus políticas
educativas, de salud,
culturales,
antirraciales, de
género, configuran un
nuevo horizonte. Sus
dirigentes son venerados
y su entereza para
resistir los embates del
imperialismo
considerados triunfos
frente a la dependencia,
y el imperialismo. Sus
logros son visibles. Es
la otra cara del
continente. Se elige a
sus representantes y se
construye una sociedad
con valores diferentes,
participando activamente
de sus objetivos, la
transformación
socialista. Se produce
una toma de conciencia y
un deber ético-moral
hacia la comunidad. El
trabajo voluntario es la
muestra más noble de la
entrega a la sociedad.
Cuba avanza entre
aciertos y errores.
Desde fuera es difícil
conocer la realidad, una
campaña de desprestigio
y descalificación cubren
el horizonte. Así
durante 50 años.
Guerra Fría, caída del
muro de Berlín,
estancamiento, crisis
del neoliberalismo y
emergencia de nuevos
movimientos políticos y
sociales. En este mar de
cambios, ¿dónde queda la
Revolución Cubana? Su
lucha ha sido
anticapitalista, por la
liberación, la
democracia, la justicia
social. La batalla es
ardua y llena de
contratiempos. Los
medios de información y
disuasión pertenecientes
a la razón cultural de
occidente han
ridiculizado a Cuba y a
los defensores del
socialismo, no aceptan
su existencia. Pareciera
ser un objeto imposible
plantearse que Cuba vive
un régimen democrático,
y socialista donde no
hay lugar para el
conformismo social.
Sus detractores emplean
la estrategia del
sofista: el parloteo y
descalificar al
interlocutor. No hay
lugar para un debate
sosegado. La decisión
está tomada previamente.
No hace falta conocer la
historia de Cuba, su
estructura económica,
social, y política.
Menos aún conocer su
cultura y encuadre
regional. Se soslaya la
realidad bajo una
soflama de adjetivos
donde resalta una
máxima: Cuba es una
dictadura comunista. A
partir de aquí todo se
vuelve transparente.
Los argumentos son
siempre los mismos. Los
llevo escuchando desde
que tengo uso de razón.
No hay elecciones y se
encarcela a los
disidentes políticos.
No hay libertad de
expresión. En vano podrá
usted adelantar una
respuesta en sentido
contrario. No intente
dar explicaciones. Los
juicios están
previamente formateados.
Le dirán que las
cárceles están llenas de
buena gente y de
intelectuales. Para
aderezarlo, se añaden el
turismo sexual y el
conjunto de males del
socialismo. Caos y
represión, ese es el
juicio final sobre la
realidad en Cuba. Aquí
no faltan las visiones
fantasiosas acerca de
las grandes colas, el
hambre, la miseria y las
telúricas enseñanzas del
anticomunismo. Eso sí,
quienes dicen hablar en
nombre de la democracia
y las libertades no
puedan explicar cómo y
qué es Cuba en realidad.
Solo hablan de oídas y
sus fuentes son la CNN,
los politólogos
estadounidenses, la
socialdemocracia y los
conversos.
El cartel que de niño
pude contemplar sin la
malicia ya tiene
sentido. Unos pueden
sentirse interpretados
en sus imágenes y
palabras. Adormecer su
conciencia y dar por
buena esa versión.
Cuesta pensar, abrir
los ojos y cuestionar
el mundo orquestado por
el gran hermano. Es
difícil no caer en las
tentaciones del
capitalismo. En eso
consiste su atractivo y
su debilidad. Requiere
de idiotas sociales,
fácilmente
manipulables, así se
sostiene un orden de
dominación fundado en la
explotación del hombre
por el hombre.
Una sociedad culta es
libre y democrática, no
se puede engañar a sus
ciudadanos, ellos no se
transforman en idiotas
sociales. Aquí se
establece la diferencia.
Cuba ha sido capaz de
articular la libertad
personal y social con la
democracia política,
económica, étnica y
cultural. Es cierto que
existen limitaciones y
que los cambios deben
ser analizados en
profundidad, por sus
gentes y decidiendo en
cada momento cuál es el
camino. La soberanía es
parte del hecho
democrático, tanto como
el respeto a decir sin
presiones ni bloqueos ni
descalificaciones. Por
ello el cartel que tanto
me impresionó ya puede
desvelarse. Se trataba
de un montaje
publicitario. Unos
guerrilleros de
verdeolivo, empuñan
fusiles apuntando a
sacerdotes arrodillados
pidiendo clemencia. Tras
de ellos el paredón. No
había duda, los
ejecutarían. El mensaje
complementaba el cuadro:
“Chile no es Cuba. No
permitas que esto
ocurra. Vota Frei. Vota
democracia cristiana”.
En estos 50 años, las
campañas se han
sofisticado, ya no hacen
falta montajes
fotográficos. El control
de los medios de
comunicación y disuasión
distorsionan la realidad
a favor de una visión
totalitaria en la cual
no hay espacio para la
crítica, ni la libertad
de expresión. Pero Cuba
sigue en pie,
dignificando la persona
humana. Por este motivo
es necesario estudiar,
aprender y conocer de la
realidad de Cuba. Solo
así se podrá convencer
en la batalla de las
ideas y apoyar la digna
lucha del pueblo cubano
contra el imperialismo.
En estos 50 años, Cuba
es una experiencia
inigualable. Las nuevas
generaciones vivirán a
su sombra. Cobijo
necesario para seguir
adelante, pese a quien
le pese. |