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La música nos llevaba a aquel
lugar. El bar era espantoso, el
sonido era horrible y nosotros
queríamos hacer algo. Por una
vez, desde que nos conocimos,
para variar, haríamos algo que
no fuera una de nuestras
“conversaciones espirituales”
—así las llamaba Svetlana—, o
meternos al cine Chaplin durante
uno de los tantos ciclos de
películas neozelandesas, o todo
Fellini, o cine independiente
iraní.
La idea nos la vendió la propia
Svetlana. Teníamos que hacer
algo con nuestras vidas. Y para
hacer algo, tendría que ser algo
grande. Y eso fue lo que lo
complicó todo, porque la verdad
es que ir al cine varias veces a
la semana, invitarnos a comer
cualquier bobada en su casa,
hablar durante horas con la
única condición de nunca
—¡nunca!— hablar mal del
gobierno ni de nada que viésemos
en la calle o sucediera en
nuestras familias, dormir juntos
los tres de tanto en tanto, era
cómodo y era sencillo, y para
Rubén y para mí las cosas
estaban muy bien así.
A Rubén lo mantenía su mamá, que
nunca le fallaba en la
mensualidad. Yo lo acompañaba
cada día siete al Banco
Metropolitano, y sacábamos de su
cuenta los quinientos euros que
le enviaba la querida señora
Rita, a veces desde Roma, a
veces desde París, a veces desde
Barcelona, y así, según la
estación del año y las rebajas
de las aerolíneas europeas.
A mí me mantenía Rubén, y eso
estaba bien para los dos. Él
nunca sabía qué hacer con tanta
plata, y yo se la ayudaba a
administrar sin que nos sobrara
nada a fin de mes. De la última
semana se ocupaba Svetlana,
invitándonos a sus sopas y sus
tés.
Pero tras quince años de amistad
y tisanas sobresaturadas de
azúcar, el día que Svetlana
cumplía sus treinta y tres y la
celebrábamos con vino tinto,
queso parmesano y palomitas de
maíz, de pronto rompió a llorar
y nos dijo muy bajo, en un
susurro entrecortado por los
hipos de su llanto:
—Somos
unos mediocres… unos fracasados…
nuestras vidas son una mierda…
No encontramos el modo de
sacarla de su repentina
depresión, y al final nos fuimos
cada uno a dormir por su lado.
Yo no le hice el menor caso,
pues conocía muy bien a
Svetlana, pero Rubén se la tomó
en serio, y antes de despedirnos
me dijo que era cierto, que
además éramos unos
superficiales, y que mi idea de
comprarnos para ese día unos
boxers amarillos e idénticos
—como si fuera tan sencillo en
nuestra geografía dar con algo
así— no era sino expresión
suprema de mi inmadurez.
A él tampoco le hice caso. Dormí
solo en mi apartamento esa
noche, y a la mañana siguiente,
al despertar, no me sorprendió
que al abrir la puerta, tras los
timbrazos que me sacaron de la
cama, los encontrara allí a los
dos, con caras de felicidad.
—Tenemos
que hacer algo, y algo grande
—dijo Svetlana, y la aprobación
que brillaba en la sonrisa de
Rubén me confirmó que nuestra
amistad había cruzado el punto
de no retorno al que nunca
debimos llegar.
Pero ese solo fue el principio,
y quedaría mucho por delante
antes del final, que sería
espantoso. Vivir para ver, me
dije a mí mismo, y los hice
pasar a mi salita, resignado.
El primer signo del desastre fue
nuestro desayuno de ese día:
kumis natural, nueces secas,
croissants de vegetales,
un cóctel de frutas frescas
—papaya, mangos, plátanos
manzanos, piña— y una omelet
de queso de las que solo
Svetlana sabe preparar. Rubén
había malbaratado el presupuesto
de dos semanas de mi buena
administración.
Y aún faltaba la gran idea de
Svetlana, aquello que finalmente
daría un sentido provechoso a
nuestras vidas. La cuestión,
dijo Svetlana, es que somos unos
desagradecidos. Según ella,
tanto libro leído, tantas horas
de universidad, tanto buen cine,
no nos había sido entregado en
balde. Teníamos el don de la
inteligencia, del talento
natural, del saber cultivado y,
junto a ello, el deber de
corresponder al contrato social
del que hasta ahora habíamos
sido únicamente beneficiarios,
por no decir algo peor:
usufructuarios onerosos.
Deberíamos dar algo a cambio, y
podíamos. Sería una inconciencia
y una malcriadez no hacerlo.
Dar, y seguir dando después:
solo eso justificaría el
altísimo nivel de nuestro
consumo cultural.
Yo la escuché horrorizado, y
Rubén asentía ante cada palabra,
cada una más loca que la
anterior. Al terminar el
desayuno ya teníamos una idea
clara, y un plan. Y para ser
sincero, añadiré algo más: de
ese desayuno yo no probé bocado.
La estrategia era perversa, sino
retorcida, pero no dije nada y
me dejé llevar. Aparentemente
—declaró Svetlana—, lo más fácil
es hacer las cosas mal. Y
siguió: pero solo aparentemente.
Una vez que has aprendido a
hacer las cosas bien, es muy
difícil, rayando lo imposible,
lograr hacer mal cosa alguna.
Tienes el cuerpo y el alma
entrenados, automatizados, para
lo bello, y ya solo serás capaz
de expresar en tus creaciones la
perfección.
Confieso que entreví una punta
de certeza en sus argumentos,
sobre todo cuando ejemplificó:
¿se imaginan a Baryshnikov
ejecutando mal un salto,
tropezando en un desplazamiento?
No, eso es algo que Baryshnikov
no podría lograr jamás.
Nosotros, que disfrutamos de un
alma cultivada en lo bello y un
criterio entrenado en la
percepción de lo hermoso, solo
tenemos un camino para expresar
nuestra genialidad: hacer algo
mal, genuinamente mal. Y estamos
hablando de arte. Así concluyó
su discurso Svetlana.
Para los siguientes días solo
quedó decidir en cuál disciplina
nos habríamos de concentrar. El
ballet quedó descalificado desde
la primera conversación: la
referencia a Baryshnikov fue
solo un ejemplo esclarecedor.
Nuestros cuerpos no darían para
tamaño esfuerzo. Y así seguimos
descartando: el cine era,
obviamente, demasiado costoso;
en las artes plásticas el camino
sería demasiado trillado: por
disparatada que resultara
nuestra creación, siempre
encontraríamos un inmediato eco
elogioso en la crítica, todo lo
contrario de lo que queríamos
lograr; la literatura, un
proyecto que nos llevaría
demasiado tiempo y la
probabilidad segura de no lograr
nunca que Letras Cubanas
entendiera el alcance de nuestra
obra como para hacerla llegar a
imprenta.
¿Cuál sería el arte aquel, en el
cual pudiéramos concretar una
obra que resultara amplia y
fácilmente difundida y a la vez
totalmente desoída por el canon
cultural?
La respuesta era obvia: para ser
desoídos debíamos hacer música.
Para ser precisos, música
popular.
Por eso estábamos esa tarde,
sentados en aquel bar de mala
muerte, en un callejón perdido
de la Habana Vieja. Debíamos
comenzar por descontaminar
nuestros oídos de tanto Bach,
tanto Vivaldi, tanto Mozart,
tanto Beethoven, tanto
Albinioni. Lo mismo con tanto
Silvio, tanto Chico Buarque,
tanto Fito Páez, tanto Lucio
Dalla, tanto Fabricio de André,
tanto Ciccio Capasso, tanto
Sabina, incluso tanto Tom Waits.
Pero tampoco era cosa de ir
directo a nuestro objetivo.
Debíamos avanzar, mejor dicho,
retroceder, descender paso a
paso, con cuidado, lentamente.
Por eso nos estaban muy bien las
bocinas de aquel bar, que se
quebraban con la música de unos
muchachitos que según el barman
se hacían llamar Buena Fe —una
mezcla perfecta, un híbrido, un
cruce de los Bukis con Ricardo
Arjona, según Svetlana— que nos
serviría para adentrarnos de a
poquitos en el submundo de
nuestro interés. Eran lo malo,
sí, pero pasados por agua.
Una tarde allí, corrida hasta la
medianoche, fue suficiente. Eso,
y tres botellas de un tinto
Penedés que Svetlana supo
llevar. Aprendimos que sería
mucho más difícil de lo que
supusimos, pero ese era el reto,
y también el mérito, si
persistíamos hasta el final. No
era solo cuestión de rimar
“vida” con “salida”, “futuro”
con “seguro” o “libertad” con
“individualidad”. No. Eso era
lograble, con cierto empeño,
pero no sería para nada notable.
Para ser la primera vez, ya
sabíamos que, sobre todo,
debíamos lograr si no que
rimaran, al menos que
aparecieran en el mismo verso,
conceptos que se repelieran
entre sí, como los polos
magnéticos de carga semejante, y
en lo posible, usar palabras de
acentuación esdrújula.
Lo principal: no nos servirían
de nada términos como
“hojarasca”, “varados” ni
“atisbo”. Había que renunciar,
por ejemplo, al verbo “otear”.
La cosa es que tenemos que
“aterrizar”, así definió
Svetlana la cuestión. Nuestro
plan de aterrizaje estaba listo
a la mañana siguiente, y con él
apareció en nuestras vidas la
palabra “cambio”. Teníamos que
enfrentar algunos “cambios”. El
primer “cambio”: quedó levantada
de inmediato la prohibición de
hablar mal del gobierno. A
partir de ahora debíamos hablar
mal del gobierno todo el tiempo,
todo lo que pudiéramos.
Junto con eso, debíamos comenzar
a contarnos todo lo que viéramos
o escucháramos en la calle
cuando no estuviéramos juntos, y
comentar también todo lo que
sucediera en nuestras familias.
El súper objetivo era el mismo:
hablar de todo eso y, al final,
hablar mal del gobierno, que por
default sería siempre el
culpable de todo lo que
encontráramos que estaba mal.
Eso nos daría “material”,
aseguró Svetlana.
Otro “cambio” era el referido a
nuestros teléfonos móviles.
Renunciaríamos a nuestros
teléfonos móviles, incluso a los
inalámbricos dentro de las
casas. A partir de ahora solo
usaríamos nuestros teléfonos
fijos, y los públicos, si es que
funcionaban. La verdad es que
desconocíamos si los teléfonos
públicos servían o no, o si
quedaba alguno.
Y un “cambio” más: teníamos que
renunciar también a nuestros
euros, al menos hasta que
concluyéramos el “proyecto”. Con
eso renunciaríamos a los buenos
vinos, a los buenos
restaurantes, a las boutiques,
y a los shampoos, a los
acondicionadores del cabello, a
los suavizadores para la ropa, a
los detergentes, a los jabones
de heno de pravia, a los aceites
de oliva, a los quesos, a los
yogures, y también a nuestras
computadoras, a nuestros
e-mails, a nuestra Internet,
a la buena vida, en fin… para,
como quería Svetlana,
“aterrizar”.
Comenzaríamos a vivir del arroz
y el azúcar de la libreta de
racionamiento, aguardar en las
paradas por la ruta 222, no
tomar otro helado que el helado
de Coppelia, después de hacer
las tres horas de la cola de
Coppelia. Sería un duro
aterrizaje, pero era necesario.
Todo por el arte.
Para ser el principio, los
“cambios” estuvieron bien.
Durante una semana tuvimos
apasionadas discusiones sobre lo
mala que estaba la “cosa”, lo
mal que “ellos” organizaban
todo, lo jodido de la
“situación”. Pero eran
discusiones sobre lo que
escuchábamos decir en la calle,
lo que hablaba la gente por ahí.
Aún no habíamos sentido nada en
carne propia, o al menos nada de
lo “sentido” había sido digerido
al punto de aflorar en nuestras
conversaciones, y eso nos era
urgente, vital para la creación.
Finalmente una mañana llegó
Svetlana con “algo”. Después de
media mañana de cola en su
bodega, porque habían venido los
garbanzos de ese mes, tuvo que
regresarse a su casa solo con
las ganas… apenas dos viejitas
antes que ella, se habían
acabado los garbanzos. No
volverían hasta el próximo mes.
Fue nuestra primera diatriba
real contra el gobierno.
Svetlana llegó a las lágrimas en
su discurso. Rubén la consolaba,
como siempre, pobremente: a su
bodega también llegaron los
garbanzos, pero cuando él se
enteró ya se habían acabado, y
eso era peor. Ni siquiera se
pudo ilusionar con ellos.
Nos conformamos con una tizana
de hojas de naranjas, endulzada
con el azúcar prieta que alcancé
a comprar en mi bodega. No
obstante, nos despedimos
felices: nuestro “proyecto”
comenzaba a funcionar.
La mañana siguiente, en todo
caso, desperté con la duda. Tomé
mi libreta de racionamiento, fui
hasta la bodega, y allí pregunté
por los garbanzos del mes. “¿Los
qué?” —me preguntó el bodeguero,
y siguió— “Blanquito, ¿tú estás
fuma'o, o se te voló el
pichón?”.
No respondí. Volví a mi
apartamento, tomé un bolígrafo y
busqué papel pero, al no
encontrar ninguna hoja en
blanco, terminé cogiendo un
periódico Granma para
anotar bajo el rojo titular de
la última página: “¡se te voló
el pichón!”.
Entusiasmado, telefoneé a Rubén,
y me respondió su contestadora.
Colgué, fui hasta la parada, y a
los veinte minutos, cuando Rubén
me abrió la puerta, sin
saludarle, le entregué el
periódico con mi anotación
manuscrita y fui directo al
teléfono en el cuarto.
Desconecté su contestadora,
enrollé el cable sobre el
aparato y volví a la sala.
—
¿Qué haces?
—me
preguntó Rubén.
—Aterrizarte…
—le
dije, y pregunté a mi vez—
¿ya viste lo que descubrí hoy?
—
¿Dónde? ¿En el periódico?
—Sí,
ahí está, en la última página.
Rubén leyó en voz alta el
titular de la contraportada del
Granma de ese día:
—
“Chávez: nadie detendrá el
avance victorioso de Cuba y
Venezuela”
—No,
no
—le
rectifiqué—,
lee lo que yo escribí a mano…
—Ah…
“¡¡¡se te voló el pichón!!!”.
Rubén captó la idea al instante.
Era nuestro primer enunciado
eminentemente popular, lo que
Svetlana llamaría, con toda
propiedad, “auténtico material”.
—
¿Y de dónde lo sacaste?
Iba a contarle, pero una sombra
me cruzó la mente, una duda que
no debía dejar florecer, aunque
sabía que igual crecería por sí
sola. No quería que nada
empañara el momento, el primer
fruto de nuestro “proyecto”, así
que, evadiendo responderle, le
dije que nos fuéramos ya mismo a
casa de Svetlana.
Ella nos recibió extrañada de
vernos llegar sin antes
avisarle, y tuve que recordarle
que ella no tenía teléfono a
donde la pudiésemos llamar…
—Pero
el móvil…
—comenzó
a decir, mas por sí misma
recordó ese “cambio” y dejó la
frase sin terminar.
Rubén, por ayudarle en el
trance, le mostró el periódico
para que viera lo que “habíamos”
descubierto. A Svetlana le
pareció genial, nos besó a los
dos y propuso celebrar el
hallazgo con un almuerzo rápido.
Mis dudas crecían. Svetlana puso
en la mesa un plato de jamón
lasqueado, rodajas de pan, y se
quedó todavía un rato pensativa
frente a la puerta abierta del
refrigerador, aunque su cuerpo
me impedía ver adentro del
aparato, hasta que finalmente lo
cerró sin sacar nada más. La
“cosa” está malísima, dijo al
sentarse a la mesa. A su
carnicería había venido jamón…
pero malísimo, y solo una libra
por persona.
—No
pusiste agua
—dije,
e hice ademán de ir a buscarla,
pero ella se levantó de un
salto, me hizo señas de que
siguiera sentado, y la trajo por
sí misma.
Yo solo le di una probadita al
jamón. Les dije que estaba
desganado, y no comí más,
mientras ellos se atracaban. El
jamón era delicioso.
—
¿Qué hace una muchacha sin
teléfono en casa
—soltó
de pronto Svetlana, tras el
último bocado de jamón—,
sin celular, sin poder pagarse
un buen vestido o unas cremas
decentes, sin posibilidades ni
futuro a la vista, en fin, sin
dinero?
—Tratar
de conseguirlo…
—aventuré.
—
¡Lucharlo!
—me
corrigió ella.
—
¿Lucharlo?
—preguntó
Rubén.
Pues sí, Svetlana también había
hecho la tarea. Nos contó que
pasó la mañana de vidrieras,
mirando bien de cerca lo que
antes tenía y ahora —por
nuestros “cambios”— no podía
tener, y espiando las
conversaciones de las muchachas
que entraban o salían de las
tiendas. Así escuchó la palabra
“luchar”, y mejor aún, logró
penetrar y aprehender su
concepto profundo.
Ya comenzábamos a acumular
“material”, pero a Svetlana eso
le parecía insuficiente, y
estaba decidida a dar un paso
más allá. En eso había basado su
vida, a fin de cuentas.
Sus padres eran diplomáticos.
Llevaban una larga carrera, de
embajada en embajada por el
mundo, aunque al principio el
“mundo” se limitó al mundo
socialista. La propia Svetlana
nació en Moscú, y de ahí su
nombre, pues ni siquiera durante
el embarazo la madre pensó en
interrumpir su misión. Solo
volvían a La Habana en sus
vacaciones, pero era gente que
no disfrutaba mucho de
vacacionar. Y así vivió Svetlana
por dieciocho años, de una a
otra latitud, hasta que se
cansó.
Cuando Rubén me presentó a
Svetlana, ella recién llegaba de
Reykjavik. Había decidido
abandonar a su familia, por una
razón muy peculiar: el enorme
aburrimiento de estar siempre
rodeada de cubanos. Así me dijo.
Cursó toda la enseñanza
primaria, la secundaria y el
bachillerato, en aulitas
pequeñas, con los hijos de los
otros funcionarios cubanos. Y
vivían siempre en edificios de
apartamentos junto con los otros
representantes de la Isla, y así
celebraban sus fiestas, siempre
juntos, siempre entre cubanos,
los 26 de Julio, los
aniversarios de la Revolución,
cada Primero de Mayo, cada 28 de
Septiembre, los 13 de Agosto de
Fidel. Estaba harta, decía
Svetlana, de tener tantos
cubanos encima. Por eso abandonó
a la familia y se vino a
estudiar la universidad aquí. En
Cuba.
Y descubrió que tenía razón.
Descubrió que Cuba era otra
cosa. De su anterior vida
itinerante le quedaron dos
características muy marcadas: la
piel más blanca que he visto
nunca, y un acento al hablar que
no pertenece a ningún lugar,
sobre todo a ningún lugar de
nuestro país. En consecuencia,
entre nosotros, cubana entre
cubanos, pasaba por extranjera
siempre, algo de lo que Svetlana
sabía sacar el partido mejor.
Ahora era el momento de dar el
paso siguiente, y Svetlana se lo
planteaba así: comenzaría a
“luchar”, ello daría el impulso
final a nuestro “proyecto”. Yo
preferí no opinar, pero Rubén no
pudo quedarse callado. Es una
locura, una locura más, otra
locura, decía, gritaba, y
finalmente balbuceaba él entre
sollozos, a lágrima viva.
Svetlana lo abrazó, lo acunó en
su pecho, y así los dejé esa
noche, ella consolándolo y él
dejándose consolar.
A partir de ahí, solo un reto
sacaba a Rubén de la cama: y era
que, cuando reencontráramos a
Svetlana, tuviéramos “material”
valioso del cual
enorgullecernos. Me las ingenié
para trazarnos un itinerario que
ni por asomo cruzara la ruta
probable de ella. Así exploramos
cada Mercado Artesanal
Industrial de la ciudad, la
Terminal de Ómnibus Nacionales,
la Estación Central de
Ferrocarriles: cada uno de esos
sitios nos pareció un universo
en expansión, otro país dentro
del país, y qué país... Era como
viajar a provincias y más allá,
o incluso mejor, pues no
teníamos que llevar equipaje, y
con solo unos pasos podíamos
retornar a la normalidad.
Colectábamos “material” a las
dos manos, y supimos que
teníamos suficiente una tarde, a
la caída del sol, en que le
propuse a Rubén tomarnos un
descanso y una cerveza, y él me
dijo:
—Ok,
pero la pagas tú, que yo estoy
más atrás que los cordales…
Lo dijo y rompió a reír y yo a
reír con él, pues eso de “estar
más atrás que los cordales” no
solo era excelente “material”,
sino que le había brotado con
total fluidez, absolutamente
natural, y ello era signo de que
no solo acumulábamos, sino que
además digeríamos lo acumulado.
Cada vez estábamos más cerca de
poder hacer nuestra canción.
No habíamos terminado nuestra
cerveza cuando vimos a Svetlana.
Iba del brazo de alguien de pelo
ensortijado con iluminaciones
rubias, piel muy tostada, un
metro ochenta y tantos,
sandalias de cuero curtido,
bermudas beiges, camiseta clara
de algún color pastel. Ella no
nos vio, o hizo como que no nos
vio, pero Rubén se le quedó
mirando hasta que se perdieron
de vista en un
Hiunday Sonata. Habían
sido cinco semanas sin ella.
Llegó Papá Noel, dijo Svetlana
cuando abrí la puerta, la
siguiente mañana. Me abrazó, me
besó en ambas mejillas
—costumbre que tenía antes,
cuando acababa de llegar de
Europa, y que en esos días había
recuperado con su nuevo “novio”
francés— y me preguntó por
Rubén, que le señalé, aún
dormido en el sofá-cama de mi
sala. Fue hasta él, se acurrucó
a sus espaldas, y comenzó a
cantarle muy bajo una canción de
Björk, hasta que le despertó.
Con ella traía dos maletas
enormes, y allí mismo en la sala
las abrió. Había de todo, y todo
era muy
kitsch. Abundaba el
dorado sobre colores ya subidos
de por sí; rótulos enormes y
bien visibles, a pecho entero,
de marcas famosas, pero falsas
en cada caso; en general, nada
era apropiado a nuestro clima.
Es la moda, dijo Svetlana, la
moda que las “arrebata” a
“ellas”, así dijo.
Revisamos cada pieza, las
modelamos y nos reímos mucho esa
tarde, y nos bebimos un ron
envasado en cartón que Rubén y
yo jamás hubiéramos probado, de
no ser por nuestro “proyecto”. Y
entre el ron, que al final no
estaba del todo mal, y la
alegría del reencuentro, y las
anécdotas que nos traía
Svetlana, nos fue cayendo la
noche, y dormimos juntos y
apasionados otra vez, como hacía
mucho, y presintiendo yo que
sería nuestra última vez.
Al amanecer lo supimos. Svetlana
se nos iba. No será mucho
tiempo, aseguró. Su “novio
francés” la invitaba, y a ella
le parecía lo mejor para el
“proyecto”. Llevaré las cosas
hasta el final, nos dijo, y
tendremos la experiencia
completa, el know how
total de la “lucha”.
No nos volvimos a ver los tres,
aunque Rubén y Svetlana pasaron
juntos cada día, hasta la noche
en que le tocó partir. Rubén me
llamó, y me pidió que yo la
acompañara al aeropuerto, que él
no quería, que él no podía ir.
Tomamos un taxi Svetlana y yo, y
ella no paró de hablar en toda
la carretera. Sin escucharme, y
además yo no tenía nada que
decir. Solo al llegar al
aeropuerto hizo silencio. Sacó
un billete de cincuenta euros y
me lo quiso entregar, pero me
rehusé, todavía no sé por qué.
Entonces nos abrazamos antes que
ella cruzara los controles de
emigración, me dijo adiós con la
mano, y la puerta metálica se
cerró tras ella. No creo que
haya llorado.
Desde el aeropuerto llamé a
Rubén, pero me respondió su
contestadora. Decidí romper las
reglas, y tomé un taxi, para
llegar a su casa lo antes
posible. Lo encontré en la cama,
bocabajo, vomitado. Las últimas
píldoras se veían casi enteras
entre la bilis.
La policía me mantuvo retenido
varios días. Estuve más solo que
nunca en aquella celda, y allí
escribí la canción. Pero me
salió buena.
Ernesto Pérez
Castillo, La Habana, 1968. Narrador y periodista.
Es Subdirector del Centro de
Formación Literaria Onelio Jorge
Cardoso. Fue Premio de La Gaceta
de Cuba en 2003. Obtuvo el
Premio Dador del Instituto
Cubano del Libro por Filosofía
barata (cuentos, 1999) y el
Pinos Nuevos por Últimas
vacaciones con el abuelo
(novela, 1996). Obtuvo mención
en el Concurso de Cuento Julio
Cortázar en su edición del 2006.
Este año recibió el Premio
Nacional UNEAC 2008 en la
categoría novela por la obra
Haciendo las
cosas mál de la vida cotidiana.
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