Año VII
La Habana
2009

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Amado del Pino • La Habana

Nuestro Pablo Milanés puso a rodar por el mundo esos versos cantados a la melancolía: “El tiempo pasa/ nos vamos poniendo viejos”. En su optimismo un bohemio habanero se permitía la broma de parafrasear al legendario trovador y afirmaba que los años al pasar “nos iban poniendo buenos”. En Cuba estar bueno (y sobre todo buena) constituye el mayor y más directo de los piropos. Ya se sabe que no, que los almanaques no nos acercan al elogio por la belleza física, aunque tal vez haya quien se ponga más bueno, en el otro sentido, al menos tornándose más noble o tolerante.

Todas las crónicas que leo por estos días confiesan su terror al tópico y enseguida piden permiso para insistir también en la melancolía  que genera el fin de diciembre o brindar a la salud de los dudosos reencuentros de la Navidad. Por mi educación sentimental me acostumbré a contar los años más de septiembre a julio cuando era estudiante o de febrero a febrero, poniendo alguna pauta entre un cumpleaños y otro.

Hacia el  próximo febrero apunta el siguiente balance. Me acerco a la cincuentena con muchas canas, que rima toscamente con las enormes ganas de vivir y de crear que suelen animarme en los últimos tiempos. La curiosidad por lo nuevo no me abandona, pero me afianza en viejos hábitos y amores.  Los domingos por la tarde —casi cada semana se lo recuerdo a Tania— nada me gusta más que poner sobre mi barriga un radio de pilas o baterías y oír a los narradores deportivos. No importa demasiado la calidad del partido ni la peripecia o el encanto de los que cuentan las hazañas del músculo. Como el entrañable poeta Retamar cuenta en su espléndida obra “¿Y Fernández?”, cuando caminamos o hablamos o bien nos rascamos la cabeza de una forma casi idéntica a la que recordamos en nuestro padre, es un síntoma (tal vez el menos trágico) de que envejecemos. Mis domingos de radio e imaginación son muy parecidos a las largas tandas de béisbol que el viejo mío no cambiaba por nada de mundo.

Como nadie en estos días escapa del tópico, me adscribo al más socorrido: decir algo sobre los proyectos para los próximos 12 meses. Quiero escribir narrativa con un poco de ambición en este 2009. Y eso puede ser un poquito más difícil que las socorridas promesas de gimnasio o escuelas de idiomas. A veces me consuelo por anticipado con el que caso de uno de los mejores novelistas de nuestro idioma que, con todo y adorar el teatro, nunca ha llegado a ser un gran dramaturgo. El paso de la escena al mundo de la ficción narrativo es más largo y hondo de lo que se supone. Pero no nos pongamos serios al final de diciembre. Será enero pronto y el Teatro Cubano —como decir el segundo pueblo pequeño de mi alma— estará de fiesta y celebrará sus jornadas; será febrero y saldremos de paseo, cerca del mar, en la habanera Feria del Libro.

Por estos días regalan almanaques. Como sugería Cortázar, más valdría que nos regalaran tiempo, pero algo es algo, amigos míos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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