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Nuestro Pablo Milanés puso a rodar por
el mundo esos versos cantados a la
melancolía: “El tiempo pasa/ nos vamos
poniendo viejos”. En su optimismo un
bohemio habanero se permitía la broma de
parafrasear al legendario trovador y
afirmaba que los años al pasar “nos iban
poniendo buenos”. En Cuba estar bueno (y
sobre todo buena) constituye el mayor y
más directo de los piropos. Ya se sabe
que no, que los almanaques no nos
acercan al elogio por la belleza física,
aunque tal vez haya quien se ponga más
bueno, en el otro sentido, al menos
tornándose más noble o tolerante.
Todas las crónicas que leo por estos
días confiesan su terror al tópico y
enseguida piden permiso para insistir
también en la melancolía que genera el
fin de diciembre o brindar a la salud de
los dudosos reencuentros de la Navidad.
Por mi educación sentimental me
acostumbré a contar los años más de
septiembre a julio cuando era estudiante
o de febrero a febrero, poniendo alguna
pauta entre un cumpleaños y otro.
Hacia el próximo febrero apunta el
siguiente balance. Me acerco a la
cincuentena con muchas canas, que rima
toscamente con las enormes ganas de
vivir y de crear que suelen animarme en
los últimos tiempos. La curiosidad por
lo nuevo no me abandona, pero me afianza
en viejos hábitos y amores. Los
domingos por la tarde —casi cada semana
se lo recuerdo a Tania— nada me gusta
más que poner sobre mi barriga un radio
de pilas o baterías y oír a los
narradores deportivos. No importa
demasiado la calidad del partido ni la
peripecia o el encanto de los que
cuentan las hazañas del músculo. Como el
entrañable poeta Retamar cuenta en su
espléndida obra “¿Y Fernández?”, cuando
caminamos o hablamos o bien nos rascamos
la cabeza de una forma casi idéntica a
la que recordamos en nuestro padre, es
un síntoma (tal vez el menos trágico) de
que envejecemos. Mis domingos de radio e
imaginación son muy parecidos a las
largas tandas de béisbol que el viejo
mío no cambiaba por nada de mundo.
Como nadie en estos días escapa del
tópico, me adscribo al más socorrido:
decir algo sobre los proyectos para los
próximos 12 meses. Quiero escribir
narrativa con un poco de ambición en
este 2009. Y eso puede ser un poquito
más difícil que las socorridas promesas
de gimnasio o escuelas de idiomas. A
veces me consuelo por anticipado con el
que caso de uno de los mejores
novelistas de nuestro idioma que, con
todo y adorar el teatro, nunca ha
llegado a ser un gran dramaturgo. El
paso de la escena al mundo de la ficción
narrativo es más largo y hondo de lo que
se supone. Pero no nos pongamos serios
al final de diciembre. Será enero pronto
y el Teatro Cubano —como decir el
segundo pueblo pequeño de mi alma—
estará de fiesta y celebrará sus
jornadas; será febrero y saldremos de
paseo, cerca del mar, en la habanera
Feria del Libro.
Por estos días regalan almanaques. Como
sugería Cortázar, más valdría que nos
regalaran tiempo, pero algo es algo,
amigos míos. |