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Pasos de cuanto por la lomita
Juana García Abás
a Luis Marré
nos comemos la tierra.
L. M. B.
Aguazales y estesudestes
—casas
de palma
sobre fango; de caña, en los
esteros,
y de lodo glutinoso, apelmazado
resucitando chozas (palos
entretejidos
con cañas de bruma), sobre el
agua.
Padecemos la tierra que nos
padece
—pesadilla
del mejor sueño
(resplandor y virtud):
estrapalucio y titubeos.
Presentimos ardides de ánima
doble
ante el comportamiento restricto
de la luz
—¿equívoca
elección
al tanteo de la fe?
Corte ubicuo a garganta y alma,
sin bisectrices
—ni
a la siniestra,
cuando el sino se nos hunde y
renace
desde la misma grieta,
abstruso y desmurado por la onda
(¿cuerpo?) que burla y escapa
hacia un foso polar
atravesando campos inestables
hasta que implosiona este
reverso del sonido
en su sombra
—aguijón
y abertura de bífida inocencia
al filo (equilibrio de
antípodas)
—
y exprime cada bulto entre
abismos,
pretendiendo olvidar, bajo las
mieles,
la persistencia de la cadaverina
en las fórmulas equívocas del
riesgo.
Luego asperjar el ser
con esta desgracia del estar
(vibración y sustancia)
coleando,
con techo a tantas aguas
hacia cualquier cauce
arrasacaminos
—andaribeles
de incertidumbre
(ara o pedestal ante la hoz de
siega,
o de mortaja) desde el cenital
atractor—,
al paso variopinto del cuanto
y de cuánto, señor,
nos
comamos la tierra.
Octavo invierno del siglo XXI.
Ayer he escrito un poema
magnífico
lástima
lo he perdido no sé dónde
ahora no puedo recordarlo
pero era estupendo
decía más o menos
que estaba enamorado
claro lo decía de otra forma
ya les digo era excelente
pero ella amaba a otro
y entonces venía una parte
realmente bella donde hablaba de
los árboles el viento y luego
más adelante explicaba algo
acerca de la muerte
naturalmente no decía muerte
decía
oscura garra o algo así
y luego venían unos versos
extraordinarios
y hacia el final
contaba cómo me había ido
caminando
por una calle desierta
convencido de que la vida
comienza de nuevo
en cualquier esquina
por supuesto no decía esa
cursilería
era bueno el poema
lástima de pérdida
lástima de memoria
El gran emperador
Carmen Serrano
A Luis Marré
Ahora que diriges el imperio
de todas las ciudades del poema,
has entrado a la mía,
encendiendo hogares,
con la blanca pureza de tu
barba.
Quizás no consideras que
gobiernas,
que debes visitar los sitios a
tu mando,
descubrir grutas para que todos
entren
a conquistar la magia cotidiana,
donde los sátiros persiguen
náyades
que contemplas si te bañas en el
río
después de desmontar tu mula
carbonera.
Vas tejiendo con hilos de seda
las palabras,
luego sales a buscarle sonidos
en el aire.
Llegas temprano a despertar las
piedras,
a ensanchar las llanuras del
silencio
para que se oigan los susurros
con que nombras las flores y
llamas mariposas.
Alguien me dijo un día:
estas son las joyitas de Marré.
¡Madre, que edén, cuanta
observancia
qué plenitud amena, deliciosa,
le sirve de escondite al Gran
Emperador! |