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Es el tipo de empresa en
que quienes han hecho un
doctorado son los brutos:
tuvieron que ir a perder
el tiempo a la escuelita
mientras los demás se
mamaban la cultura
universal a palo seco y
desde muy jóvenes. Hay
secretarias francamente
simples y contadores con
retraso mental,
pero una mayoría de los
empleados cuenta con un
calibre intelectual más
bien de miedo.
Los mejores son los que
no terminaron ni la
secundaria. Hay uno, por
ejemplo,
que quería ser
futbolista. Tuvo cierto
éxito en las fuerzas
básicas de un equipo,
pero su padre,
ingeniero,
le impidió ser
profesional. Se dedicó a
leer cada libro,
ver cada cuadro,
escuchar cada disco que
se le cruzó en el
camino, nada más para
darle en la cabeza.
Terminó imposibilitado
para trabajar en
cualquier otro tipo de
industria.
Hay otra,
que se jubiló ayer con
mucha prisa,
que puede traducir de 27
lenguas,
ha inventado dos
perfumes y en su tiempo
libre escribe asesorías
para el desarrollo de
los programas
aeroespaciales
brasileños.
Hay un chileno que
donde los demás vemos,
por ejemplo,
una bicicleta,
ve una suma de guarismos
en acción.
Pregunta,
así nada más:
¿Cuál es el ingrediente
básico de la aleación de
tu bici? ¿titanio o de
aluminio? Uno responde:
Aluminio,
¿por qué? Mira hacia
arriba,
entrecierra
el ojo izquierdo y añade:
28.3
kilómetros por hora sin
contar las pendientes;
no está mal. Ha vivido
toda la vida de
transformar empresarios
culturales en
millonarios:
con solo dar una vuelta
por el local y estudiar
la página de la Guía
Roji en que viene su
contexto,
puede recomendar una
inversión porque ya sabe
cuánto se va a vender el
primer año.
Sin embargo,
su especialidad, en lo
que de verdad nunca
falla,
es el pensamiento
tomista:
habla de Concilios como
si fueran restoranes;
y es judío.
Hay un físico
que inventa motores en
su casa. Puede ver una
errata con solo abrir un
documento y dejó
el cine a los veinte
años,
cuando concluyó que
Godard,
para quien trabajaba
haciendo investigación
documental,
era maoísta no por puro,
sino por pendejo.
Fue en las pantallas de
computadora de toda esa
gente en las que
apareció el prenetorio
mensaje electrónico que
invitaba a todo el
personal a
la
Segunda Junta de
Evaluación de Avances
del ISO 9000.
En la empresa todos
entendíamos
más o menos la
disgustada fijación de
los socios capitalistas
con nuestras formas de
sacar el trabajo y la
tristona confusión del
director general,
recién llegado,
entre su MBA y la
rotación de la Vía
Láctea,
de modo que habíamos
sido entre amables,
condescendientes
e idiotas:
nadie dijo que no cuando
aún se podía detener el
proceso de Certificación
―acaso
nunca se pudo,
porque el director había
aprendido de sus profes
ministeriales
del ITAM esas
estrategias de
comunicación de general
revolucionario que luego
se confunden con la
destreza política―
y cuando nos dimos
cuenta ya se había
firmado un contrato de
muchos miles de dólares
con el grupo más
inverosímilmente
elemental de estafadores
del planeta.
En fin:
habíamos nutrido al
monstruo con una
asistencia jocosa a los
cursos de Calidad Total
y cuando nos llamaron a
la Primera Junta de
Evaluación
muchos tuvimos algo
mejor que hacer. Terminaron
yendo nada más los
contadores,
las secretarias,
los de mantenimiento
y el
director
general;
de
ahí
la
escasamente velada
ferocidad de la
invitación a la Segunda
Junta.
Pensamos en nuestros
hijos,
en el seguro
médico,
en los vales de gasolina
y atendimos en masa.
Había café y galletas a
la entrada, como siempre.
Al parecer eso viene en
el
manual de los
estafadores: no tienes
que ser un seductor;
basta con representarlo
mal y dar café y
galletas.
Nos las comimos de lo
más contentos,
platicando en el
vestíbulo del auditorio
en lo que llegaba el
director general,
siempre un paso atrás de
su corbata,
que era la que se iba a
llevar mañana en Wall
Street y la que se había
llevado ayer en la City
de Londres
―lo
comprobamos
científicamente.
A ninguno se le ocurrió
entrar al recinto antes
de la Junta ―ocupados
como estábamos comiendo
galletas de la mano de
los estafadores.
De haberlo hecho,
tal
vez el más listo entre
nosotros habría dado una
señal de alarma y nos
habríamos escapado para
formar una resistencia
irónica,
esta vez plenamente
voluntaria.
El ventarrón del director
pasó delante de nosotros
diez minutos tarde para
la reunión ―nos
enfrió el café―
y nos metimos
tras él al auditorio.
Las sillas estaban
dispuestas por Gerencias
de Proyecto
o
Administrativas.
Había grupos de asientos
bajo unos estandartes
hechizos:
un palo de escoba con un
letrerito,
que anunciaba
Humanidades,
Ciencias,
Investigación de Punta,
Filosofía y Artes;
o Mantenimiento,
Finanzas,
Compras.
Cada estandarte incluía
un animal feroz en su
corona.
A nosotros nos tocó un
lobo,
tuvimos envidia de los
de Humanidades
―los
consentidos―
que se habían hecho con
el jaguar.
Uno se acomodaba bajo su
estandarte con el
personal adscrito a su
área,
lo cual,
en nuestro caso,
incluía una secretaria,
un mensajero,
dos asistentes y un
nutrido grupo de
doctores y personas
demasiado
ilustradas
para ser doctores.
Empezamos con una
extravagante discurso al
parecer
inspiracional
de uno de los
estafadores,
apoyado por unas
imágenes
rarísimas
proyectadas desde una
computadora:
dibujos de gringos
―o
algo así:
todos eran o
rubios
o negros―
escalando gráficas
o trabajando en sus
escritorios
al parecer frente a un
ventilador a velocidad
máxima.
Lo que el discurso
inspiraba era,
en realidad, risa,
pero la contuvimos como
pudimos porque la mayoría
somos muy educados y
porque desde la tarde
anterior todos habíamos
pensado en nuestros
hijos,
los vales de gasolina y
el seguro médico. Se nos
invitaba a
comprometernos con la Calidad
Total como si estuviera
buenísima
y cocinara poca madre, o
como si fuera un ídolo
civil que de algún modo
-misterioso- podía
mejorar nuestras vidas,
o hasta promover un
salto evolutivo.
En el momento cumbre del
discurso el director
preguntó al cielo -o el
techo,
porque estábamos en un
auditorio-a quién
nos debíamos.
¿La tradición? Anotó
alguien de la Gerencia
de Arte tímidamente.
Se hizo
un silencio
incómodo:
seguramente esa persona
era una de las siete que
habían reprobado el
examen anónimo del
ISO la semana anterior.
No,
dijo,
nos debemos al cliente.
Me acordé entonces de
una de las sesiones
del
curso,
en
la
que nos explicaron
que había clientes
externos e
internos.
Se discutió por más de
cuarenta minutos quién
era cliente de quién en
la
empresa.
En un momento
determinado alguien puso
un ejemplo:
si yo voy a comer
a mi casa a medio día y
llevo el dinero de la
quincena, quién es el
cliente: ¿mi esposa o
yo? El estafador dijo
que la esposa; uno de
personal que el marido;
una entre desorientada e
inocente de
Investigación de Punta,
que los niños. ¿Y si no
tenemos hijos? Insistió
el rijoso. El chileno
intervino para calmar
los ánimos, pedir que
procediéramos ―los
estafadores, como los
estacionamientos,
cobraban por hora y
fracción― y dejar una
pregunta de tarea:
¿Cuántos clientes caben
en la cabeza de un
alfiler?
Después del discurso del
director siguieron los
de los gerentes,
francamente cómicos
porque era obvio que
ninguno tenía ni la más
remota idea de lo que
estaba hablando, salvo
el de ventas, que
siempre tuvo clarísimo
quién era cliente de
quién. Luego hubo una
premiación de algún tipo
en la que el de junto se
sacó una pluma aunque
nunca supo por qué. Le
aplaudimos
vigorosamente.
Entonces aprendimos,
nosotros que nos
creíamos tanto, a amar a
Dios en tierra de
indios. Ya nos
abrochábamos el botón
del saco para
levantarnos de nuestras
sillas y volver a
nuestros cubículos a
intercambiar ironías
cuando apagaron la luz.
Hubo desconcierto, una
sensación a la que ya
nos estábamos
acostumbrando. Luego
hubo miedo, no tanto por
la tiniebla como por el
seguro médico y los
vales de gasolina de los
técnicos encargados del
evento. Se encendió la
pantalla con el emblema
de la empresa, tronó
Wagner en el sistema de
sonido y vimos desfilar
ante nuestros ojos
incrédulos imágenes de
nosotros en nuestros
escritorios, mezcladas
con las de deportistas
batiendo récords y
escaladores dominando
montañas. Jesús, dijeron
hasta los
fundamentalistas
agnósticos de Filosofía.
Un cañón de luz iluminó
el centro del proscenio
y apareció en él el
líder de los
estafadores, acaso el
único interesante entre
ellos por la obviedad de
su hipocresía. Nos pidió
un grito de guerra; nos
lo pidió a nosotros que
pensábamos que el cielo
se ve como una
biblioteca. Lo grave es
que volvimos a pensar en
el coche sin gasolina y
los niños sin seguro y
se lo entregamos. Otro,
dijo, lo dimos. Otro,
otro, otro. Ahora
cierren los ojos bien
apretados y agárrense de
las manos. No, gritó uno
de los más viejos. Sí,
dijo, sientan el poder
de la música, sientan el
poder de la música,
sientan el poder de la
música. Lo hicimos.
Después de tres o cuatro
minutos de pesadilla en
los que lo único que
sentimos fue el sudor de
las palmas de la
secretaria y el
mensajero, gritó: Se ha
hecho la sinergia. Se
encendieron las luces.
Los que si creyeron en
el milagro aplaudieron.
Los demás salimos del
auditorio adoloridos y
en fila, siguiendo
nuestros estandartes.
Éramos prisioneros de
guerra. Lo que siempre
hemos sido y nunca
habíamos notado por
estar creyéndonos mucho
entre nuestros libros. O
acaso lo que todos
sabían pero nadie había
tenido la majadería de
decirnos: el radiante
botín de una facción
secular. |