Año VII
La Habana

31 de ENERO al
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de 2009

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TE PONGA EL PLATO?

 

El saco de Constantinopla

Álvaro Enrigue

 

Es el tipo de empresa en que quienes han hecho un doctorado son los brutos: tuvieron que ir a perder el tiempo a la escuelita mientras los demás se mamaban la cultura universal a palo seco y desde muy jóvenes. Hay secretarias francamente simples y contadores con retraso mental, pero una mayoría de los empleados cuenta con un calibre intelectual más bien de miedo.

Los mejores son los que no terminaron ni la secundaria. Hay uno, por ejemplo, que quería ser futbolista. Tuvo cierto éxito en las fuerzas básicas de un equipo, pero su padre, ingeniero, le impidió ser profesional. Se dedicó a leer cada libro, ver cada cuadro, escuchar cada disco que se le cruzó en el camino, nada más para darle en la cabeza. Terminó imposibilitado para trabajar en cualquier otro tipo de industria. Hay otra, que se jubiló ayer con mucha prisa, que puede traducir de 27 lenguas, ha inventado dos perfumes y en su tiempo libre escribe asesorías para el desarrollo de los programas aeroespaciales brasileños. Hay un chileno que donde los demás vemos, por ejemplo, una bicicleta, ve una suma de guarismos en acción. Pregunta, así nada más: ¿Cuál es el ingrediente básico de la aleación de tu bici? ¿titanio o de aluminio? Uno responde: Aluminio, ¿por qué? Mira hacia arriba, entrecierra el ojo izquierdo y añade: 28.3 kilómetros por hora sin contar las pendientes; no está mal. Ha vivido toda la vida de transformar empresarios culturales en millonarios: con solo dar una vuelta por el local y estudiar la página de la Guía Roji en que viene su contexto, puede recomendar una inversión porque ya sabe cuánto se va a vender el primer año. Sin embargo, su especialidad, en lo que de verdad nunca falla, es el pensamiento tomista: habla de Concilios como si fueran restoranes; y es judío. Hay un físico que inventa motores en su casa. Puede ver una errata con solo abrir un documento y dejó el cine a los veinte años, cuando concluyó que Godard, para quien trabajaba haciendo investigación documental, era maoísta no por puro, sino por pendejo.

Fue en las pantallas de computadora de toda esa gente en las que apareció el prenetorio mensaje electrónico que invitaba a todo el personal a la Segunda Junta de Evaluación de Avances del ISO 9000. En la empresa todos entendíamos más o menos la disgustada fijación de los socios capitalistas con nuestras formas de sacar el trabajo y la tristona confusión del director general, recién llegado, entre su MBA y la rotación de la Vía Láctea, de modo que habíamos sido entre amables, condescendientes e idiotas: nadie dijo que no cuando aún se podía detener el proceso de Certificación acaso nunca se pudo, porque el director había aprendido de sus profes ministeriales del ITAM esas estrategias de comunicación de general revolucionario que luego se confunden con la destreza política y cuando nos dimos cuenta ya se había firmado un contrato de muchos miles de dólares con el grupo más inverosímilmente elemental de estafadores del planeta. En fin: habíamos nutrido al monstruo con una asistencia jocosa a los cursos de Calidad Total y cuando nos llamaron a la Primera Junta de Evaluación muchos tuvimos algo mejor que hacer. Terminaron yendo nada más los contadores, las secretarias, los de mantenimiento y el director general; de ahí la escasamente velada ferocidad de la invitación a la Segunda Junta. Pensamos en nuestros hijos, en el seguro médico, en los vales de gasolina y atendimos en masa.

Había café y galletas a la entrada, como siempre. Al parecer eso viene en el manual de los estafadores: no tienes que ser un seductor; basta con representarlo mal y dar café y galletas. Nos las comimos de lo más contentos, platicando en el vestíbulo del auditorio en lo que llegaba el director general, siempre un paso atrás de su corbata, que era la que se iba a llevar mañana en Wall Street y la que se había llevado ayer en la City de Londres lo comprobamos científicamente. A ninguno se le ocurrió entrar al recinto antes de la Junta ocupados como estábamos comiendo galletas de la mano de los estafadores. De haberlo hecho, tal vez el más listo entre nosotros habría dado una señal de alarma y nos habríamos escapado para formar una resistencia irónica, esta vez plenamente voluntaria. El ventarrón del director pasó delante de nosotros diez minutos tarde para la reunión nos enfrió el café y nos metimos tras él al auditorio.

Las sillas estaban dispuestas por Gerencias de Proyecto o Administrativas. Había grupos de asientos bajo unos estandartes hechizos: un palo de escoba con un letrerito, que anunciaba Humanidades, Ciencias, Investigación de Punta, Filosofía y Artes; o Mantenimiento, Finanzas, Compras. Cada estandarte incluía un animal feroz en su corona. A nosotros nos tocó un lobo, tuvimos envidia de los de Humanidades los consentidos que se habían hecho con el jaguar. Uno se acomodaba bajo su estandarte con el personal adscrito a su área, lo cual, en nuestro caso, incluía una secretaria, un mensajero, dos asistentes y un nutrido grupo de doctores y personas demasiado ilustradas para ser doctores.

Empezamos con una extravagante discurso al parecer inspiracional de uno de los estafadores, apoyado por unas imágenes rarísimas proyectadas desde una computadora: dibujos de gringos o algo así: todos eran o rubios o negros escalando gráficas o trabajando en sus escritorios al parecer frente a un ventilador a velocidad máxima. Lo que el discurso inspiraba era, en realidad, risa, pero la contuvimos como pudimos porque la mayoría somos muy educados y porque desde la tarde anterior todos habíamos pensado en nuestros hijos, los vales de gasolina y el seguro médico. Se nos invitaba a comprometernos con la Calidad Total como si estuviera buenísima y cocinara poca madre, o como si fuera un ídolo civil que de algún modo -misterioso- podía mejorar nuestras vidas, o hasta promover un salto evolutivo. En el momento cumbre del discurso el director preguntó al cielo -o el techo, porque estábamos en un auditorio-a quién nos debíamos. ¿La tradición? Anotó alguien de la Gerencia de Arte tímidamente. Se hizo un silencio incómodo: seguramente esa persona era una de las siete que habían reprobado el examen anónimo del ISO la semana anterior. No, dijo, nos debemos al cliente. Me acordé entonces de una de las sesiones del curso, en la que nos explicaron que había clientes externos e internos. Se discutió por más de cuarenta minutos quién era cliente de quién en la empresa. En un momento determinado alguien puso un ejemplo: si yo voy a comer a mi casa a medio día y llevo el dinero de la quincena, quién es el cliente: ¿mi esposa o yo? El estafador dijo que la esposa; uno de personal que el marido; una entre desorientada e inocente de Investigación de Punta, que los niños. ¿Y si no tenemos hijos? Insistió el rijoso. El chileno intervino para calmar los ánimos, pedir que procediéramos ―los estafadores, como los estacionamientos, cobraban por hora y fracción― y dejar una pregunta de tarea: ¿Cuántos clientes caben en la cabeza de un alfiler?

Después del discurso del director siguieron los de los gerentes, francamente cómicos porque era obvio que ninguno tenía ni la más remota idea de lo que estaba hablando, salvo el de ventas, que siempre tuvo clarísimo quién era cliente de quién. Luego hubo una premiación de algún tipo en la que el de junto se sacó una pluma aunque nunca supo por qué. Le aplaudimos vigorosamente.

Entonces aprendimos, nosotros que nos creíamos tanto, a amar a Dios en tierra de indios. Ya nos abrochábamos el botón del saco para levantarnos de nuestras sillas y volver a nuestros cubículos a intercambiar ironías cuando apagaron la luz. Hubo desconcierto, una sensación a la que ya nos estábamos acostumbrando. Luego hubo miedo, no tanto por la tiniebla como por el seguro médico y los vales de gasolina de los técnicos encargados del evento. Se encendió la pantalla con el emblema de la empresa, tronó Wagner en el sistema de sonido y vimos desfilar ante nuestros ojos incrédulos imágenes de nosotros en nuestros escritorios, mezcladas con las de deportistas batiendo récords y escaladores dominando montañas. Jesús, dijeron hasta los fundamentalistas agnósticos de Filosofía. Un cañón de luz iluminó el centro del proscenio y apareció en él el líder de los estafadores, acaso el único interesante entre ellos por la obviedad de su hipocresía. Nos pidió un grito de guerra; nos lo pidió a nosotros que pensábamos que el cielo se ve como una biblioteca. Lo grave es que volvimos a pensar en el coche sin gasolina y los niños sin seguro y se lo entregamos. Otro, dijo, lo dimos. Otro, otro, otro. Ahora cierren los ojos bien apretados y agárrense de las manos. No, gritó uno de los más viejos. Sí, dijo, sientan el poder de la música, sientan el poder de la música, sientan el poder de la música. Lo hicimos. Después de tres o cuatro minutos de pesadilla en los que lo único que sentimos fue el sudor de las palmas de la secretaria y el mensajero, gritó: Se ha hecho la sinergia. Se encendieron las luces. Los que si creyeron en el milagro aplaudieron.

Los demás salimos del auditorio adoloridos y en fila, siguiendo nuestros estandartes. Éramos prisioneros de guerra. Lo que siempre hemos sido y nunca habíamos notado por estar creyéndonos mucho entre nuestros libros. O acaso lo que todos sabían pero nadie había tenido la majadería de decirnos: el radiante botín de una facción secular.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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