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Bogotá 39, letras de un continente

Johanna Puyol y Yinett Polanco • La Habana

 Fotos: La Jiribilla

 

La sala Rubén Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) fue el escenario, el sábado 24 de enero, de un encuentro entre tres integrantes de Bogotá 39 —Iván Thays, Álvaro Enrigue y Eduardo Halfón— con el público cubano. En 2007, a propósito de haber sido designada Bogotá ese año como Capital Mundial del Libro, se reunieron en la ciudad colombiana un grupo de 39 escritores, todos menores de 39 años, todos con obras publicadas. Provenían de 17 países latinoamericanos y habían sido escogidos por más de dos mil editores, críticos y lectores de todo el continente como referentes de las nuevas tendencias de la literatura regional. La promoción de tan variadas experiencias y estilos literarios, deudoras de nacionalidades y culturas con algunas similitudes y muchas diferencias fue, al decir de sus integrantes, una experiencia provechosa que hermanó a los creadores y dio paso a proyectos más duraderos.

En el diálogo estos tres escritores estuvieron acompañados además por algunas de las organizadoras del evento, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski y la escritora Wendy Guerra, una de los cuatro narradores cubanos* que fueron seleccionados para Bogotá 39. Rememorando lo que para cada uno de los presentes significó la experiencia comenzó este encuentro, que finalizó con la lectura de cuentos de cada uno de los visitantes.

Iván Thays (Lima, 1968), de México, finalista del Premio Herralde 2008 de Novela con Un lugar llamado Oreja de Perro, narró: "Hace unas semanas un gran amigo de Álvaro Enrigue, Rafael Lemus, comentó muy mal mi novela, la criticó mucho y el principal motivo de comentarla mal fue '¿por qué este Thays se ríe tanto en las fotos de Bogotá 39?', y yo le contesté inmediatamente: '¿qué te pasa? Bogotá 39 fue uno de los mejores eventos al que he asistido, fue pura diversión'. Ninguno de nosotros pensó que éramos una generación, no hicimos jamás un manifiesto, no dijimos: somos la promoción Bogotá 39, somos el mini boom o los que vamos a desplazar al boom. Simplemente éramos 39 amigos de muchos países y que nos juntamos porque tenemos ganas de escribir. Nos leemos entre nosotros, nos gustan algunos, otros nos gustan menos, pero nos leemos.

"A mí me da una enormísima alegría porque este año recibí —no sé si Álvaro me lo mandó— el libro de Álvaro Enrigue que ahora va a salir en Anagrama, para comprobar que no soy un mal lector. Es un extraordinario ejemplar que quizá no hubiera leído si no hubiera conocido a Álvaro. Eso es el sentido de Bogotá 39, no es una generación, no es una promoción de escritores, no hacemos un manifiesto, cada uno tiene un estilo, tiene su peculiaridad, pero fundamentalmente somos muy buenas personas y queremos que a todos los demás les vaya extraordinariamente bien. Creo que nunca he recibido tantas felicitaciones como cuando fui finalista del Premio Herralde, y si recibí 40 reconocimientos, 38 fueron de Bogotá, y los otros fueron mi mamá y mi papá que nunca faltan, son mis hinchas. Entonces, la idea de Bogotá 39 no es crear una generación, eso es totalmente ficticio, sino demostrarle al mundo que después del boom existen 39 escritores que tenemos muchas ganas de escribir y muchas ganas de conocernos y leernos entre nosotros."

Eduardo Halfón (Guatemala, 1971), autor de Saturno y El boxeador polaco, comenzó refiriéndose al propio encuentro en la UNEAC: “Es un honor estar en La Habana. Muchos de nosotros llevamos años queriendo venir y solo buscando un pretexto para pasar unos días acá. Vamos a estar poco tiempo, dos días, pero algo nos llevamos.

"Bogotá 39 fueron cuatro días muy intensos, por ponerlo de alguna manera, de agenda muy llena. Íbamos a bibliotecas, a un perímetro de bibliotecas públicas que tienen en Bogotá que es maravilloso, han hecho un anillo alrededor de la ciudad. También fuimos a escuelas, que quizá en mi caso fue lo más satisfactorio: el contacto con los niños. Siempre es difícil para un escritor hablar con el público, eso poco tiene que ver con escribir y con estar en casa, pero cuando se da, cuando uno encuentra gente interesada en lo que uno hace, que lo sigue o lo lee o lo quiere leer, puede ser maravilloso. Y en Bogotá se dio ese contacto, había un entusiasmo muy grande por parte de la ciudad y la gente. Los eventos estaban colmados de público.

"Por otro lado, está el efecto que se dio entre nosotros, que fue muy interesante y creo que ninguno se lo esperaba. Creo que íbamos con un poco de miedo a Bogotá, ¿qué iba a pasar cuando se juntaran estos 39? Fue maravilloso. Se creó una dinámica, nos seguimos viendo —con algunos, demasiado—. Fue una buena selección, yo soy uno de tres centroamericanos y no sabíamos qué esperar al juntarnos, pero fue hermoso. Álvaro me lo describió como la experiencia de la mili, unos días tan intensos, en los que nos llevaban aquí y allá, que al final nos hermanamos.

"Los periodistas de Bogotá trataban de preguntarnos: ¿qué los une?, ¿qué es hoy la literatura latinoamericana? ¿Cuál es el factor común entre todos ustedes? La respuesta es que no lo hay. De hecho, decían que hay una lengua que nos une, y ni siquiera eso es correcto porque están los brasileños y los latinos que escriben en inglés. Tampoco nos une un territorio, porque 12 ó 13 de los 39 vivimos en Europa. Esta idea de dispersión temática, tópica, geográfica y lingüística, quizá es una muestra de lo que está sucediendo ahora en la literatura de Latinoamérica. Ya no es solo política, tampoco es mágica, aunque sí lo es en algunos casos. Ese carácter multifacético fue uno de los factores."
 

Álvaro Enrigue (México, 1969), quien ha publicado las novelas La muerte del instalador (1996) y Vidas perpendiculares (2008), reflexionó a partir del encuentro en la capital de Colombia: "Se ha recomendado siempre no conocer a las personas a las que uno lee, así que no voy a hablar de la literatura de los 39. Nada más señalar, como una manera de enmarcar todo lo que hemos estado diciendo, el hecho de que el sueño de Vasconcelos, que pasó por aquí por Casa de las Américas, de unificar la literatura latinoamericana, siempre ha sido pensado desde centros de poder. Lo de Bogotá 39 proponía una idea, a lo mejor de manera involuntaria, un punto de vista distinto: la literatura latinoamericana vista y dispersada a través de los escritores y no a través de centros políticos o financieros como se había hecho hasta entonces.

"Cuando salió la lista de Bogotá 39 conocía a cinco y me faltaban por conocer 33. A partir de ese encuentro es que he tenido la oportunidad de conocer a lo que yo no llamaría joven, porque vamos a cumplir 40 años, pero sí la nueva literatura latinoamericana. Gabriel Zaid, el crítico y poeta mexicano, dice que —aunque es una idea que viene del siglo XVI— a fin de cuentas la lectura es solamente una forma de la conversación. En ese sentido Bogotá tuvo la frescura o la novedad de proponer ese mismo asunto: la literatura es una conversación. No se trata de un movimiento jerárquico en el que alguien tira línea desde arriba y los demás lo leen de abajo, sino un movimiento más bien orgánico en el que todos se leen y cada cual va dispersando las lecturas que hizo en casa. Me parece, en ese sentido, que la herencia de Bogotá 39 no será vista hasta dentro de cinco o diez años cuando, gracias a esos libros que leímos los que tuvimos la oportunidad de participar allí, porque nos los regalaron, porque nos los enviaron por correo o los compramos en alguna librería, o porque nos los robamos de la maleta de los compañeros, hayamos sido capaces de dispersar esas mismas lecturas entre los lectores de nuestros propios países y eso haya generado una red distinta.

"No puedo más que comulgar con las ideas que ven en Bogotá 39 un fenómeno de 39 idiotas sonrientes, pero en este caso me parece que lo importante es esa red sin jerarquías que se produce a partir de que 39 personas de un continente están leyendo a otros tantos. Esa ha sido la mejor manera de dispersar el trabajo de los demás. Es importantísimo en ese sentido el esfuerzo de los 39, más allá de que sonrían o no en las fotos, o más allá de que se organicen viajes. La gente se está leyendo entre sí, y si uno es escritor es lo único que importa: que alguien lea tu libro en Lima, y que desde Ciudad de México uno pueda leer el libro de un cubano que vive en Nueva York.

"El mundo contemporáneo es muy móvil, y creo que los sistemas jerárquicos de distribución no funcionan más. El esfuerzo de Bogotá 39 fue un esfuerzo orgánico que comulga mucho mejor con nuestra manera de ver el mundo, dentro del universo del iPod y de Internet."

Wendy Guerra (La Habana, 1970), autora de novelas como El diario apócrifo de Anaïs Nin, Todos se van y Nunca fui primera dama, afirmó acerca de esta reunión: "Con estos muchachos encontré 38 hermanos. Yo me preguntaba cómo era posible que no hubiese muchos egos, pero si los había no salían a flote, estábamos tan ocupados en darles a los demás, que no teníamos tiempo para eso.

"Después supimos más o menos de cuál pata cojeábamos todos, unos por el tema del poder, otros por el sexo, otros por la bebida, pero más allá de eso empezamos a conocer la obra de cada quien y a una le avergonzaba mucho no haberse leído al otro, era bien difícil. A quien te interesaba se lo decías en la mesa y por la madrugada no dormías para leerte al menos las primeras 30 ó 40 páginas y las finales para poder comentarle algo. No dejábamos los libros en el baño del hotel sino que nos los llevábamos como sobrepeso para leerlos para el próximo encuentro, porque Bogotá fue una saga que después nos reunió en varios espacios.

"Realmente hubiese querido que mi generación hubiera tenido los espacios de encuentro que hubo aquí en Cuba en los 60 y los 70 con El Caimán Barbudo, con muchas revistas y espacios culturales que mi generación no tuvo, nada más que en las Escuelas de arte, pero no dentro de la literatura; mis amigos más bien son pintores, bailarines, actores, más que escritores. Por primera vez me encontré en este medio y mi experiencia fue muy personal, cuando he tenido un problema los he llamado y han aparecido, los he consultado porque estoy escribiendo de un tema y me han recomendado leerme esto y lo otro, me han dicho: cómpralo en tal lugar o te mando el libro a La Habana. Han sido como treinta y pico de hermanos, eso yo pensé que solo iba a pasar en Cuba, por como somos los cubanos, muy apañados, y resultó que sucedió allí.

"Luego se vio en espacios de otro tipo como un acto comercial, y no fue así porque hubo muchos escritores entre nosotros que no tenían un propósito comercial; por ejemplo, Iván trabaja muy duro con una web, publica artículos, todo el tiempo está produciendo para una web que no recibe absolutamente ningún dinero y, sin embargo, es entre nosotros uno de los que más trabaja diariamente. Cada uno hace actividades distintas, no todos son vendedores de libros como se piensa.
 

"Para mí fue un aprendizaje, yo era una de las mayores, tengo 38 y compartí con gente de 33 y me sentí una aprendiz en este grupo. Dondequiera que llego tengo casa, espacio, me siento muy apañada, querida y amiga de todos. Ellos también se criaron en sociedades distintas a las mías, por tanto, cuando cuento mis experiencias sobre la beca es muy bonito, porque ninguno de ellos lo ha vivido. Cada cual vivió experiencias en países capitalistas del Tercer Mundo completamente distintos a mi país, donde socialmente todo estaba mezclado. Por primera vez todos estábamos en una especie de promiscuidad divina, poética, y esa promiscuidad ha hecho parir muchos proyectos juntos, con SOMOS por ejemplo, he trabajado muchísimo, para mí este tiempo ha sido de aprendizaje, de amistad y de grupo. No hablo de generación, pero sí de sentirme que soy parte de algo. "Me siento parte de algo, siento cuando nos vemos que tenemos muchas cosas en común, que cuando seamos viejitos, si llegamos, tendremos una obra en común que es ese libro, una antología, y los libros que nos vamos pasando."

*Otros narradores cubanos seleccionados para Bogotá 39 fueron: Ena Lucía Portela, Karla Suárez y Ronaldo Menéndez.

 

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