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Fue el
propio Juan Bosch, el 24
de mayo de 1976, quien
había advertido cómo
debería iniciar la
honrosa tarea que se me
ha encomendado esta
tarde. En el prólogo a
la edición
puertorriqueña de "Hostos,
el sembrador" dejó
dicho: "Si mi vida
llegara a ser tan
importante que se
justificara algún día
escribir sobre ella,
habría que empezar
diciendo: 'Nació en La
Vega, República
Dominicana, el 30 de
junio de 1909, y volvió
a nacer en San Juan de
Puerto Rico a principios
de 1938, cuando la
lectura de los
originales de Eugenio
María de Hostos le
permitió conocer qué
fuerzas mueven, y cómo
la mueven, el alma de un
hombre consagrado al
servicio de los demás'".
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Raigalmente hostosiano
y, por tanto, antillano,
caribeño y
latinoamericano, Juan
Bosch ha sabido
consagrarse al servicio
de los demás a lo largo
de una trayectoria
ascendente en la que
alcanzó a fundir, como
su maestro, el
pensamiento profundo y
abarcador, la cultura
ilimitada, el dominio
excepcional del idioma,
la militancia política
infatigable y siempre la
honradez y la integridad
a toda prueba.
Con razón pudo concluir
aquel prólogo con estas
palabras: "Ahora, al
cabo de 38 años he
vuelto a leer Hostos,
el sembrador; y
aunque al releerla sabía
que Hostos fue un
idealista como lo fui yo
cuando salí de sus manos
vivas después de 35 años
de su muerte, he
autorizado esta edición
puertorriqueña, a la que
no le he cambiado una
sola palabra de las que
aparecieron en la
edición cubana, porque
no me avergüenzo de
haber sido idealista. Me
hubiera avergonzado
traicionar a Hostos
después de haberlo
conocido. Y no lo
traicioné. No soy el
idealista que él formó,
pero sé que si él
viviera los dos
estaríamos en las mismas
filas, naturalmente, él
como jefe y yo como
soldado".
En estos días he vuelto
a leer Cuba,
la isla fascinante.
La primera vez fue hace
ya mucho tiempo, cuando
para mí su autor era
sobre todo un escritor
famoso al que me unía
apenas el afecto
unilateral reservado al
lector. Antes me había
asombrado el vigor y la
transparencia de su
singular estilo
narrativo. Como otros
adolescentes que alguna
vez soñaron escribir
cuentos, me preguntaba,
en noches de angustia,
qué hacer para lograrlo
como él. Lo rodeaba,
además, una aureola que
atraía a quienes
empezaban a descubrir el
mundo: quien así
escribía era un
perseguido que aquí
había organizado un
partido y conspiraba
para liberar a su
Patria. Su fama
crecería,
paradójicamente, cuando
sobre Cuba cayó la noche
más oscura y las sombras
cubrieron también su
nombre y su obra.
Porque había tertulias
en la clandestinidad
habanera. A la espera de
un contacto, buscando un
arma que nunca se
encontraba, aguardando a
quien quizá no volvería,
entre sobresaltos,
muchas veces en la
penumbra y casi en
silencio, los
combatientes
revolucionarios
discutían,
intercambiaban
opiniones, compartían
noticias. La
conversación no se
limitaba al estrecho
círculo de la realidad
inmediata; no solo se
trataba de planear o
emprender la acción
riesgosa y excitante,
había la necesidad
interior de empinarse
sobre aquella
circunstancia agobiante,
levantar la mirada más
allá, imaginar el
futuro, soñar. No
recuerdo si fue
Fructuoso Rodríguez o
Pepe Garcerán el primero
a quien le escuché el
nombre de Juan Bosch y
es imposible ya,
desgraciadamente,
precisar con ninguno de
los dos ese dato.
Pero fue
por ellos y por otros
como ellos, que supe de
aquel dominicano que
había vivido en Cuba,
desde aquí había
continuado su lucha
contra la tiranía
trujillista y había
participado también en
las que libraban los
cubanos hasta que tuvo
que marchar a un nuevo
exilio después del golpe
de Estado del 10 de
marzo de 1952. De eso
hablábamos y también de
las pocas narraciones
suyas que habíamos
podido leer.
Cuando
descubrí este libro
comprendí que de algún
modo no explícito pero
sí íntimo y muy real,
nos pertenecía, tenía
indisoluble relación con
aquella generación de
cubanos que en los días
de su edición chilena se
iniciaban en la vida
política peligrosamente,
aprendían a vivir
tuteándose con la
muerte, crecían con el
sacrificio y el
heroísmo,
cotidianamente,
anónimamente, como algo
natural. Porque esa
generación irrumpía en
la historia precisamente
en el punto hasta donde
la llevaba el libro y si
la visión de su autor
era acertada, a ella
correspondería culminar
la obra.
Releo,
nuevamente, estas
hermosas páginas
empapadas de amor por
Cuba, su gente y sus
lugares, sustentadas en
muy amplia información
sobre su historia y su
cultura, donde el rigor
del dato y la exactitud
del juicio conjugan
armoniosamente con la
riqueza del lenguaje y
un modo de emplearlo que
sugiere tras el narrador
al poeta, el pintor y el
músico, y ahora me
producen la misma
impresión que cuando las
leí por primera vez
varias décadas atrás.
Aquí
encontrará el lector las
más bellas descripciones
del entorno cubano, en
toda su extensión
geográfica. La Habana,
especialmente esta
ciudad que ve "como una
mujer hermosamente
vestida que pareciera,
sin embargo, estar
desnuda, o como una
mujer hermosamente
desnuda que pareciera,
sin embargo, estar
vestida". Ella, "esa
ciudad hermosa y
abierta, franca y segura
de sí misma" y que había
sido capaz de "domar su
propio pasado". Pero no
solo la capital recibe
su homenaje sino todo el
país, ya que "las
estrellas de Cuba", para
él, "parecen estar más
cerca de la mano que las
de ningún país". El
escenario que describe
incluye el archipiélago
entero con sus valles y
montañas, las ciudades y
los ríos, y el mar y el
aire, y por todas partes
la luz que colorea el
paisaje e ilumina el
alma de su pueblo.
Hallará
también en síntesis
apretada pero certera,
la historia de la Isla
desde la llegada de
Colón hasta febrero de
1952, la formación de la
nación y la lucha de su
pueblo por la
independencia y la
justicia, la evolución
de la cultura, en todas
sus manifestaciones.
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Condecoración
Félix Varela
1982 |
No le será
fácil a nadie encontrar
una explicación tan
detallada y deleitosa,
desde la semilla, de
todo el proceso que
conduce hasta el azúcar
más dulce, el tabaco
insuperable y el
verdadero ron. Sin
olvidar, al hacerlo, el
drama humano y social
vinculado a esos tres
productos excepcionales
de una tierra admirable.
En su
indagación sobre la
historia y la realidad
cubana el libro contiene
varios aportes
importantes: la
continuidad de un
movimiento
revolucionario único
iniciado el 10 de
Octubre de 1868; el
papel que dentro de él
desempeñarían los
sectores más humildes
del pueblo; el apego por
la igualdad y la
justicia como rasgos
esenciales de la
personalidad del cubano;
el carácter mestizo,
abierto e integrador de
nuestra identidad
nacional; la vigorosa
tradición de una cultura
que sin perder jamás su
aliento universal ha
estado enraizada siempre
firmemente al
patriotismo.
Parece
necesario hacer un par
de observaciones y
alguna reflexión en
cuanto a un ángulo de su
interpretación del
proceso revolucionario
cubano. La redacción de
este ensayo, como anota
el autor, comenzó a
mediados de
1951 y
terminó en
febrero del
siguiente año. Con
posterioridad a esa
fecha solo le hizo
algunos cambios para
"ponerlo al día en
cuanto a acontecimientos
políticos" que
obviamente, se refieren
al Golpe del 10 de marzo
de 1952. No pudo
proponerse analizar aquí
el período más nefasto
de la historia
republicana que se
iniciaba precisamente
entonces.
Por otra
parte, Bosch hace algo
que no suelen hacer
historiadores ni
biógrafos: estudia los
sucesos y expone su
punto de vista sobre
ellos, hasta el día de
la redacción, y nos
ofrece un texto
redactado en "tiempo
real" para emplear una
expresión hoy en boga.
Elude el procedimiento
más cómodo y usual que
hubiera sido detener el
examen en algún punto
varias generaciones
atrás.
Llevar
la historia hasta el
presente, opinar sobre
hechos que todavía no
están protegidos por el
manto del pasado y más
aún cuando de algún modo
se ha participado en
ellos, es un ejercicio
preñado de riesgos que
solo se pueden sortear
exitosamente cuando se
posee, al mismo tiempo,
honestidad personal,
rigor intelectual y amor
a la verdad. Que esas
virtudes le sobran a
Juan Bosch lo prueba
este libro.
Lo prueba, por ejemplo,
cuando dilucida algo tan
difícil de juzgar
imparcialmente y tan
sensible en aquel
momento como la
encendida polémica entre
Aureliano Sánchez Arango
y Eduardo Chibás y el
suicidio de este último.
Lo
prueban también, en
general, sus apuntes
críticos a gobernantes
del país donde estaba
refugiado.
Hay, sin
embargo, una
sobrevaloración del
período del autenticismo
que presenta como
realización del
estallido revolucionario
del 33 y este como
culminación del 10 de
Octubre. El documento
ofrece en contraste
numerosas evidencias de
que Cuba estaba entonces
muy lejos de los ideales
de La Demajagua y señala
más de una vez cuán
larga sería aún la
marcha de nuestro
pueblo.
Tal
sobrevaloración surge de
una visión positiva de
algunos aspectos de la
realidad cubana, cuya
desmesura a veces
alcanza un tono idílico.
El
asunto, obviamente
superado por los
acontecimientos
posteriores lúcidamente
estudiados después en
diversos trabajos por el
propio Bosch, merece
algún detenimiento al
reproducir este libro
escrito hace casi medio
siglo.
Juan
rechaza ciertas
tendencias negativistas
y pesimistas presentes
en algunos sectores de
nuestra intelectualidad
y en la imagen de Cuba
prevaleciente en el
exterior que
contrastaban con su
actitud fundamentalmente
optimista.
Ese
optimismo se nutría de
determinados factores
que hacían pensar a
muchos en la posibilidad
de eliminar los vicios
que corroían la sociedad
cubana, consolidar y
desarrollar sistemas
democráticos aquí y en
el resto del Caribe y
poner fin al despotismo
trujillista y somocista.
Después de la Revolución
del 33 no habían
ocurrido en la zona más
intervenciones militares
yanquis y Washington
proclamaba la política
del buen vecino; la
lucha contra el
nazifascismo había
facilitado alianzas que
propiciaron avances
democráticos e incluso
engendraron ilusiones de
colaboración entre
comunistas y
capitalistas; la Guerra
Mundial, en fin,
contribuyó a la
expansión económica con
el consiguiente
desarrollo material.
Pronto
desaparecerían todas las
ilusiones. Dos años
después del 10 de marzo,
la CIA aplastaba la
democracia en Guatemala
y la haría sufrir un
martirio de varias
décadas. El régimen
batistiano aupado y
sostenido hasta el
último instante por
EE.UU., caía hecho
pedazos en 1959 tras
siete años de luchas y
sacrificios inmensos, y
desde el primer día
Washington intentaba
imponerle a Cuba la
suerte trágica de
Guatemala desatando
contra ella una guerra
sucia y cruel que aún
perdura. Cuando Trujillo
fue finalmente derrocado
y el propio Bosch
elegido presidente, su
gobierno habría de
sucumbir a los pocos
meses ante la conjura
trujillista orquestada
por Washington que más
tarde invadiría y
ocuparía militarmente el
país para impedir la
restauración del régimen
constitucional.
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Estos
acontecimientos fueron
objeto del análisis
incisivo y esclarecedor
de Juan Bosch en ensayos
memorables. Si obras
como El golpe de
Estado en la República
Dominicana y la crisis
de la democracia en
América y El
Pentagonismo
contribuyeron
decisivamente a
desenmascarar la
política imperialista,
es De Cristóbal Colón
a Fidel Castro - el
Caribe frontera imperial,
monumento vivo a las
luchas de nuestros
pueblos y brillante
síntesis de su
prolongado recorrido, el
libro indispensable para
comprender nuestra
historia y descifrar
nuestro camino.
Entre
las cualidades de Juan
que han hecho de él un
verdadero maestro,
conforme a la definición
de Luz y Caballero, un
sembrador a la manera
martiana y hostosiana,
están la entrega total a
los ideales que abrazó
desde la juventud, la
fidelidad inconmovible a
ellos y una admirable
capacidad para
desarrollar su
pensamiento al ritmo de
los tiempos. Por eso él
puede suscribir hoy sin
ruborizarse sus primeros
escritos; así fue capaz
de dirigir a varias
generaciones
dominicanas; y podemos
leer su obra completa
como si hubiera sido
toda hecha en la misma
época.
Sobran
ejemplos de
contemporáneos suyos que
fueron revolucionarios
en los años juveniles
para engrosar después,
las filas de los
apóstatas obligados a
hacer juegos malabares
con las ideas que
defendieron ayer, o
simplemente abjurar de
ellas o sepultarlas en
el olvido. A Juan no lo
corrompió el poder, ni
el éxito o la fama; no
lo ablandó el tiempo ni
la persecución o las
derrotas; siempre fiel a
sí mismo, no habiéndose
traicionado jamás,
pertenece a la estirpe
de los hombres
imprescindibles,
verdaderos poseedores
del secreto de la vida.
Nos
reunimos hoy para
presentar esta edición
cubana, reproducción
exacta del original, de
un libro de amor. El
hechizo de nuestra
porción del planeta y de
los hombres y mujeres
que la habitan y han
bregado incesantemente
por hacerla residencia
perenne de la luz, la
vida y la esperanza, ha
fascinado siempre a
quienes se han acercado
a ella con espíritu
libre y limpio. Otros en
oleadas interminables la
vieron solo como tierra
de paso, pontón
indispensable para ir
donde el lucro les
enceguecía, o para
saciar aquí la codicia y
el egoísmo. Ubicada a la
entrada de esa "mar
hecha sangre, hirviendo
como caldera por gran
fuego" y en el corazón
de la persistente hazaña
de sus pueblos ante la
furia de la naturaleza y
de los hombres, la
historia reservó a Cuba
un destino y una misión
que Juan Bosch supo
comprender y defender
con indoblegable
solidaridad.
Sirva la
presentación de este
libro como homenaje
cubano a Juan Bosch que
hoy cumple 90 años de
vida ejemplar. Sea el
abrazo cordial que desde
esta tierra suya le
envían sus incontables
amigos y compañeros
cubanos. Juntos hemos
librado muchas batallas
por la libertad y la
felicidad de nuestros
pueblos. Muchas más nos
aguardan todavía. Las
libraremos juntos
siempre.
El
atardecer avanza, Juan,
es hora de echarnos a la
mar, otra vez, a "curricanear
estrellas".
30 de
junio de 1999.
Biblioteca Nacional.
Presentación del
libro Cuba, la isla
fascinante y
homenaje a Juan Bosch en
el aniversario 90 de su
nacimiento. |