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La Habana

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Es hora de "curricanear estrellas"

Ricardo Alarcón de Quesada • La Habana

Fotos: Cortesía de la Cátedra Juan Bosch


Fue el propio Juan Bosch, el 24 de mayo de 1976, quien había advertido cómo debería iniciar la honrosa tarea que se me ha encomendado esta tarde. En el prólogo a la edición puertorriqueña de "Hostos, el sembrador" dejó dicho: "Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: 'Nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer qué fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás'".
 

Raigalmente hostosiano y, por tanto, antillano, caribeño y latinoamericano, Juan Bosch ha sabido consagrarse al servicio de los demás a lo largo de una trayectoria ascendente en la que alcanzó a fundir, como su maestro, el pensamiento profundo y abarcador, la cultura ilimitada, el dominio excepcional del idioma, la militancia política infatigable y siempre la honradez y la integridad a toda prueba. 

Con razón pudo concluir aquel prólogo con estas palabras: "Ahora, al cabo de 38 años he vuelto a leer Hostos, el sembrador; y aunque al releerla sabía que Hostos fue un idealista como lo fui yo cuando salí de sus manos vivas después de 35 años de su muerte, he autorizado esta edición puertorriqueña, a la que no le he cambiado una sola palabra de las que aparecieron en la edición cubana, porque no me avergüenzo de haber sido idealista. Me hubiera avergonzado traicionar a Hostos después de haberlo conocido. Y no lo traicioné. No soy el idealista que él formó, pero sé que si él viviera los dos estaríamos en las mismas filas, naturalmente, él como jefe y yo como soldado".

En estos días he vuelto a leer Cuba, la isla fascinante. La primera vez fue hace ya mucho tiempo, cuando para mí su autor era sobre todo un escritor famoso al que me unía apenas el afecto unilateral reservado al lector. Antes me había asombrado el vigor y la transparencia de su singular estilo narrativo. Como otros adolescentes que alguna vez soñaron escribir cuentos, me preguntaba, en noches de angustia, qué hacer para lograrlo como él. Lo rodeaba, además, una aureola que atraía a quienes empezaban a descubrir el mundo: quien así escribía era un perseguido que aquí había organizado un partido y conspiraba para liberar a su Patria. Su fama crecería, paradójicamente, cuando sobre Cuba cayó la noche más oscura y las sombras cubrieron también su nombre y su obra.

Porque había tertulias en la clandestinidad habanera. A la espera de un contacto, buscando un arma que nunca se encontraba, aguardando a quien quizá no volvería, entre sobresaltos, muchas veces en la penumbra y casi en silencio, los combatientes revolucionarios discutían, intercambiaban opiniones, compartían noticias. La conversación no se limitaba al estrecho círculo de la realidad inmediata; no solo se trataba de planear o emprender la acción riesgosa y excitante, había la necesidad interior de empinarse sobre aquella circunstancia agobiante, levantar la mirada más allá, imaginar el futuro, soñar. No recuerdo si fue Fructuoso Rodríguez o Pepe Garcerán el primero a quien le escuché el nombre de Juan Bosch y es imposible ya, desgraciadamente, precisar con ninguno de los dos ese dato.

Pero fue por ellos y por otros como ellos, que supe de aquel dominicano que había vivido en Cuba, desde aquí había continuado su lucha contra la tiranía trujillista y había participado también en las que libraban los cubanos hasta que tuvo que marchar a un nuevo exilio después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. De eso hablábamos y también de las pocas narraciones suyas que habíamos podido leer.

Cuando descubrí este libro comprendí que de algún modo no explícito pero sí íntimo y muy real, nos pertenecía, tenía indisoluble relación con aquella generación de cubanos que en los días de su edición chilena se iniciaban en la vida política peligrosamente, aprendían a vivir tuteándose con la muerte, crecían con el sacrificio y el heroísmo, cotidianamente, anónimamente, como algo natural. Porque esa generación irrumpía en la historia precisamente en el punto hasta donde la llevaba el libro y si la visión de su autor era acertada, a ella correspondería culminar la obra.

Releo, nuevamente, estas hermosas páginas empapadas de amor por Cuba, su gente y sus lugares, sustentadas en muy amplia información sobre su historia y su cultura, donde el rigor del dato y la exactitud del juicio conjugan armoniosamente con la riqueza del lenguaje y un modo de emplearlo que sugiere tras el narrador al poeta, el pintor y el músico, y ahora me producen la misma impresión que cuando las leí por primera vez varias décadas atrás.

Aquí encontrará el lector las más bellas descripciones del entorno cubano, en toda su extensión geográfica. La Habana, especialmente esta ciudad que ve "como una mujer hermosamente vestida que pareciera, sin embargo, estar desnuda, o como una mujer hermosamente desnuda que pareciera, sin embargo, estar vestida". Ella, "esa ciudad hermosa y abierta, franca y segura de sí misma" y que había sido capaz de "domar su propio pasado". Pero no solo la capital recibe su homenaje sino todo el país, ya que "las estrellas de Cuba", para él, "parecen estar más cerca de la mano que las de ningún país". El escenario que describe incluye el archipiélago entero con sus valles y montañas, las ciudades y los ríos, y el mar y el aire, y por todas partes la luz que colorea el paisaje e ilumina el alma de su pueblo.

Hallará también en síntesis apretada pero certera, la historia de la Isla desde la llegada de Colón hasta febrero de 1952, la formación de la nación y la lucha de su pueblo por la independencia y la justicia, la evolución de la cultura, en todas sus manifestaciones.


Condecoración Félix Varela 1982

No le será fácil a nadie encontrar una explicación tan detallada y deleitosa, desde la semilla, de todo el proceso que conduce hasta el azúcar más dulce, el tabaco insuperable y el verdadero ron. Sin olvidar, al hacerlo, el drama humano y social vinculado a esos tres productos excepcionales de una tierra admirable.

En su indagación sobre la historia y la realidad cubana el libro contiene varios aportes importantes: la continuidad de un movimiento revolucionario único iniciado el 10 de Octubre de 1868; el papel que dentro de él desempeñarían los sectores más humildes del pueblo; el apego por la igualdad y la justicia como rasgos esenciales de la personalidad del cubano; el carácter mestizo, abierto e integrador de nuestra identidad nacional; la vigorosa tradición de una cultura que sin perder jamás su aliento universal ha estado enraizada siempre firmemente al patriotismo.

Parece necesario hacer un par de observaciones y alguna reflexión en cuanto a un ángulo de su interpretación del proceso revolucionario cubano. La redacción de este ensayo, como anota el autor, comenzó a mediados   de   1951   y   terminó   en  febrero   del   siguiente  año. Con posterioridad a esa fecha solo le hizo algunos cambios para "ponerlo al día en cuanto a acontecimientos políticos" que obviamente, se refieren al Golpe del 10 de marzo de 1952. No pudo proponerse analizar aquí el período más nefasto de la historia republicana que se iniciaba precisamente entonces.

Por otra parte, Bosch hace algo que no suelen hacer historiadores ni biógrafos: estudia los sucesos y expone su punto de vista sobre ellos, hasta el día de la redacción, y nos ofrece un texto redactado en "tiempo real" para emplear una expresión hoy en boga. Elude el procedimiento más cómodo y usual que hubiera sido detener el examen en algún punto varias generaciones atrás.

Llevar la historia hasta el presente, opinar sobre hechos que todavía no están protegidos por el manto del pasado y más aún cuando de algún modo se ha participado en ellos, es un ejercicio preñado de riesgos que solo se pueden sortear exitosamente cuando se posee, al mismo tiempo, honestidad personal, rigor intelectual y amor a la verdad. Que esas virtudes le sobran a Juan Bosch lo prueba este libro.

Lo prueba, por ejemplo, cuando dilucida algo tan difícil de juzgar imparcialmente y tan sensible en aquel momento como la encendida polémica entre Aureliano Sánchez Arango y Eduardo Chibás y el suicidio de este último.

Lo prueban también, en general, sus apuntes críticos a gobernantes del país donde estaba refugiado.

Hay, sin embargo, una sobrevaloración del período del autenticismo que presenta como realización del estallido revolucionario del 33 y este como culminación del 10 de Octubre. El documento ofrece en contraste numerosas evidencias de que Cuba estaba entonces muy lejos de los ideales de La Demajagua y señala más de una vez cuán larga sería aún la marcha de nuestro pueblo.

Tal sobrevaloración surge de una visión positiva de algunos aspectos de la realidad cubana, cuya desmesura a veces alcanza un tono idílico.

El asunto, obviamente superado por los acontecimientos posteriores lúcidamente estudiados después en diversos trabajos por el propio Bosch, merece algún detenimiento al reproducir este libro escrito hace casi medio siglo.

Juan rechaza ciertas tendencias negativistas y pesimistas presentes en algunos sectores de nuestra intelectualidad y en la imagen de Cuba prevaleciente en el exterior que contrastaban con su actitud fundamentalmente optimista.

Ese optimismo se nutría de determinados factores que hacían pensar a muchos en la posibilidad de eliminar los vicios que corroían la sociedad cubana, consolidar y desarrollar sistemas democráticos aquí y en el resto del Caribe y poner fin al despotismo trujillista y somocista. Después de la Revolución del 33 no habían ocurrido en la zona más intervenciones militares yanquis y Washington proclamaba la política del buen vecino; la lucha contra el nazifascismo había facilitado alianzas que propiciaron avances democráticos e incluso engendraron ilusiones de colaboración entre comunistas y capitalistas; la Guerra Mundial, en fin, contribuyó a la expansión económica con el consiguiente desarrollo material.

Pronto desaparecerían todas las ilusiones. Dos años después del 10 de marzo, la CIA aplastaba la democracia en Guatemala y la haría sufrir un martirio de varias décadas. El régimen batistiano aupado y sostenido hasta el último instante por EE.UU., caía hecho pedazos en 1959 tras siete años de luchas y sacrificios inmensos, y desde el primer día Washington intentaba imponerle a Cuba la suerte trágica de Guatemala desatando contra ella una guerra sucia y cruel que aún perdura. Cuando Trujillo fue finalmente derrocado y el propio Bosch elegido presidente, su gobierno habría de sucumbir a los pocos meses ante la conjura trujillista orquestada por Washington que más tarde invadiría y ocuparía militarmente el país para impedir la restauración del régimen constitucional.

Estos acontecimientos fueron objeto del análisis incisivo y esclarecedor de Juan Bosch en ensayos memorables. Si obras como El golpe de Estado en la República Dominicana y la crisis de la democracia en América y El Pentagonismo contribuyeron decisivamente a desenmascarar la política imperialista, es De Cristóbal Colón a Fidel Castro - el Caribe frontera imperial, monumento vivo a las luchas de nuestros pueblos y brillante síntesis de su prolongado recorrido, el libro indispensable para comprender nuestra historia y descifrar nuestro camino.

Entre las cualidades de Juan que han hecho de él un verdadero maestro, conforme a la definición de Luz y Caballero, un sembrador a la manera martiana y hostosiana, están la entrega total a los ideales que abrazó desde la juventud, la fidelidad inconmovible a ellos y una admirable capacidad para desarrollar su pensamiento al ritmo de los tiempos. Por eso él puede suscribir hoy sin ruborizarse sus primeros escritos; así fue capaz de dirigir a varias generaciones dominicanas; y podemos leer su obra completa como si hubiera sido toda hecha en la misma época.

Sobran ejemplos de contemporáneos suyos que fueron revolucionarios en los años juveniles para engrosar después, las filas de los apóstatas obligados a hacer juegos malabares con las ideas que defendieron ayer, o simplemente abjurar de ellas o sepultarlas en el olvido. A Juan no lo corrompió el poder, ni el éxito o la fama; no lo ablandó el tiempo ni la persecución o las derrotas; siempre fiel a sí mismo, no habiéndose traicionado jamás, pertenece a la estirpe de los hombres imprescindibles, verdaderos poseedores del secreto de la vida.

Nos reunimos hoy para presentar esta edición cubana, reproducción exacta del original, de un libro de amor. El hechizo de nuestra porción del planeta y de los hombres y mujeres que la habitan y han bregado incesantemente por hacerla residencia perenne de la luz, la vida y la esperanza, ha fascinado siempre a quienes se han acercado a ella con espíritu libre y limpio. Otros en oleadas interminables la vieron solo como tierra de paso, pontón indispensable para ir donde el lucro les enceguecía, o para saciar aquí la codicia y el egoísmo. Ubicada a la entrada de esa "mar hecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego" y en el corazón de la persistente hazaña de sus pueblos ante la furia de la naturaleza y de los hombres, la historia reservó a Cuba un destino y una misión que Juan Bosch supo comprender y defender con indoblegable solidaridad.

Sirva la presentación de este libro como homenaje cubano a Juan Bosch que hoy cumple 90 años de vida ejemplar. Sea el abrazo cordial que desde esta tierra suya le envían sus incontables amigos y compañeros cubanos. Juntos hemos librado muchas batallas por la libertad y la felicidad de nuestros pueblos. Muchas más nos aguardan todavía. Las libraremos juntos siempre.

El atardecer avanza, Juan, es hora de echarnos a la mar, otra vez, a "curricanear estrellas". 
 

30 de junio de 1999. Biblioteca NacionalPresentación del libro Cuba, la isla fascinante y homenaje a Juan Bosch en el aniversario 90 de su nacimiento.

 

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