Año VII
La Habana
2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

 Fumata Blanca

 Eduardo Halfón (Guatemala, 1971)

 

Cuando la conocí en un bar escocés, tras no sé cuántas cervezas y casi una cajetilla de Camel sin filtro, me dijo que a ella le gustaba que le mordieran los pezones, y duro.

No era un bar escocés, sino un bar cualquiera en Antigua Guatemala que solo servía cerveza y que se llamaba (o le decían) el bar escocés. Yo me estaba tomando una Moza en la barra. Prefiero la cerveza oscura. Me hace pensar en tabernas antiguas y duelos de sables. Encendí un cigarro y ella, sentada en un banquito a mi derecha, me preguntó en inglés si le podía regalar uno. Adiviné por su acento que era israelí. Bevakashá, le dije, que significa de nada en hebreo, y le extendí la carterita de fósforos. Ella se puso amable de inmediato. Me dijo algo también en hebreo que no entendí y le aclaré que solo recordaba tres o cuatro palabras y uno que otro rezo suelto y quizá contar hasta diez. Quince, si me esforzaba. Vivo en la capital, le dije en español para demostrarle que no era estadounidense, y me confesó perpleja que jamás se imaginó que hubiesen judíos guatemaltecos. Ya no soy judío, le sonreí, me jubilé. Cómo que ya no, eso no es posible, gritó como suelen gritar los israelíes. Se volvió hacia mí. Llevaba puesta una blusa tipo hindú de liviano algodón blanco, jeans gastados y unas alpargatas amarillas. Su cabello era castaño y tenía los ojos azul esmeralda, si es que existe el azul esmeralda. Me explicó que recién había terminado su servicio militar, que estaba viajando por Centroamérica con su amiga y habían decidido quedarse en Antigua unas semanas para tomar clases de español y hacer un poco de plata. Con ella, me señaló. Yael. Su amiga, una muchacha seria y pálida y con unos hombros bellísimos, me había servido la cerveza. La saludé mientras hablaban en hebreo, riéndose, y creí escuchar en algún momento que mencionaron el número siete, pero no sé para qué. Entró una pareja de alemanes y su amiga se fue a atenderlos. Ella agarró mi mano con fuerza, me dijo que mucho gusto, que se llamaba Tamara, y cogió otro cigarro sin preguntarme.

Pedí una cerveza y Yael nos trajo dos Mozas y un plato de papalinas. Se quedó de pie frente a nosotros. Le pregunté a Tamara su apellido. Recuerdo que era ruso. Halfon es libanés, dije, pero mi apellido materno, Tenenbaum, es polaco, de Lódz, y ambas pegaron un grito. Resultó que Yael también era de apellido Tenenbaum, y mientras ellas lo verificaban en mi licencia de conducir me puse a pensar en la remota posibilidad de que fuésemos de la misma familia, y me imaginé una novela entera sobre dos hermanos polacos que creían a toda su familia exterminada, pero que de pronto se encontraban, tras 60 años sin verse, gracias a dos de sus nietos, un escritor guatemalteco y una hippie israelí, que se habían conocido por accidente en un bar escocés que no era ni siquiera escocés en Antigua Guatemala. Yael sacó un litro de cerveza barata y llenó tres vasos. Me devolvieron mi licencia y brindamos un rato por nosotros, por ellas, por los polacos. Nos quedamos callados, escuchando una vieja canción de Bob Marley y contemplando la inmensa brevedad del planeta.

Tamara tomó mi cigarro encendido del cenicero, le dio un profundo jalón y me preguntó en qué trabajaba. Le dije serio que era un pediatra y un mentiroso profesional. Levantó una mano como diciendo alto. Me gustó mucho su mano y no sé por qué recordé un verso de un poema de e.e. cummings que cita Woody Allen en alguna de sus películas sobre la infidelidad. Nadie, le dije mientras atrapaba su mano elevada como a una pálida y frágil mariposa, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas. Tamara sonrió, me dijo que sus padres eran doctores, que ella también escribía poemas de vez en cuando, y supuse que me había atribuido la línea de cummings, pero no se me antojó corregirla. Y ya no soltó mi mano.

Yael llenó los vasos mientras yo fumaba torpemente con la izquierda y ellas hablaban en hebreo. Qué pasó, le pregunté a Tamara y, con un puchero de pesadumbre, me dijo que el día anterior alguien le había robado sus cosas. Suspiró. Estuve caminando toda la mañana, por el mercado de artesanías, por algunas ruinas, por todas partes, y cuando me senté en una banca del parque central (así le dicen los antigüeños, a pesar de que es en realidad una plaza), me di cuenta de que alguien había rasgado mi bolsón con un cuchillo. Me explicó que había perdido un poco de dinero y también algunos papeles. Yael dijo algo en hebreo y ambas se rieron. Qué, interrumpí curioso, pero siguieron riéndose y hablando en hebreo. Apreté su mano y Tamara recordó que yo estaba allí y me dijo que el dinero no le importaba tanto como los papeles. Le pregunté qué papeles. Sonrió enigmática, como una vendedora holandesa de tulipanes. Cuatro hits de ácido, susurró en su mal español. Tomé un sorbo de cerveza. ¿Te gusta el ácido?, me preguntó, y le dije que no sabía, que en mi vida lo había probado. Con euforia, Tamara me habló diez o veinte minutos sobre lo necesario que era el ácido para abrir nuestras mentes y así volvernos personas más tolerantes y pacíficas, y yo en lo único que podía pensar mientras ella peroraba era en arrancarle la ropa allí mismo, enfrente de Yael y la pareja de alemanes y cualquier otro voyeur escocés que quisiera espiarnos. Para callarla y calmarme, supongo, encendí un cigarro y se lo entregué. La primera vez que probé ácido, dijo mientras alternábamos el cigarro, con mis amigos en Tel Aviv, me puse medio dormida, muy, muy relajada, y creo que vi a Dios (me parece recordar que dijo Dios, en español, aunque también pudo haber dicho Hashem o God o quizá G-d, como los judíos escriben el nombre de Dios para no profanarlo; por si acaso rompen el papel, me imagino). No supe si reírme y solo le pregunté que cómo era el rostro de Dios. No tenía rostro. ¿Y entonces qué viste? Me dijo que era difícil de explicar y luego cerró los ojos mientras adoptaba un aire místico y esperaba alguna revelación divina. No creo en Dios, le dije despertándola de su trance, pero sí hablo con él todos los días. Se puso seria. ¿No te consideras judío y tampoco crees en Dios?, preguntó en tono de reproche, y yo solo subí los hombros y le dije para qué y me fui al baño sin darle la menor oportunidad a un tema tan inútil.

Mientras orinaba me percaté de que, pese a estar un poco borracho, ya lucía una flácida erección. Luego me lavé las manos pensando en mi abuelo, en Auschwitz, en los cinco dígitos verdes tatuados en su antebrazo que durante toda mi niñez creí que estaban allí para que, como él mismo me decía, no olvidara su número de teléfono. Y sin saber por qué me sentí levemente culpable.

Regresé del baño. La voz chillona de Bob Dylan sonaba a lo lejos. Tamara estaba cantando. Yael había llenado de nuevo mi vaso y coqueteaba con un tipo que parecía escocés y que muy posiblemente era el dueño del bar. Me quedé mirando a Yael. Tenía una argolla plateada en el ombligo. La imaginé en uniforme militar y portando una tremenda ametralladora. Volví la mirada y Tamara me estaba sonriendo mientras cantaba. A Tamara solo podía imaginármela desnuda.

Tomé un buen trago hasta vaciar el vaso. Un anciano indígena había entrado al bar y estaba tratando de vender machetes y huipiles. Le dije a Tamara que ya iba tarde a una cita, pero que nos podríamos juntar al día siguiente. ¿Puedes tú venir de la capital? Claro, con gusto, treinta minutos en auto. Muy bien, dijo, yo salgo de clases a las seis, ¿nos juntamos aquí mismo? Ken, le dije, que quiere decir sí en hebreo, y sonreí a medias. Me encanta tu boca, tiene forma de corazón, dijo, y luego rozó mis labios con un dedo. Le dije que gracias, que me gusta mucho cuando rozan mis labios con un dedo. A mí también, susurró Tamara en su mal español y luego, aún en español y mostrando todos sus dientes como una leona hambrienta, añadió: pero me gusta más que me muerdan los pezones, y duro. No entendí si ella sabía muy bien lo que estaba diciendo o si lo había dicho en broma. Se inclinó hacia mí y me erizó todo con un suave beso en el cuello. Estremecido, pensé en cómo serían sus pezones, si redondos o puntiagudos, si rosados o rojos o quizá violeta traslúcido, y poniéndome de pie le dije en español qué lástima, que yo los muerdo suave, cuando los muerdo.

Pagué todas las cervezas y quedamos en vernos allí mismo, a las seis de la tarde. La abracé fuerte, sintiendo algo que no se puede nombrar pero que es tan recio y tan obvio como la fumata blanca del pontificado en una oscura noche de invierno, y sabiendo muy bien que yo no regresaría al día siguiente.


Eduard Halfón: Nació en Guatemala en 1971. Estudió Ingeniería Industrial en North Carolina State University. Actualmente es profesor de literatura en la Facultad de Ciencias Económicas y de escritura en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco Marroquín. Tiene publicadas las novelas De cabo roto, El ángel literario (finalista del Premio Herralde en 2004), y Esto no es una pipa, Saturno, dos novelas en una, con un único hilo conductor: el suicidio. Además es autor del libro de relatos El boxeador polaco.

 
 

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