Cuando la conocí en un bar
escocés, tras no sé cuántas
cervezas y casi una
cajetilla de Camel sin
filtro, me dijo que a ella
le gustaba que le mordieran
los pezones, y duro.
No era un bar escocés, sino
un bar cualquiera en Antigua
Guatemala que solo servía
cerveza y que se llamaba (o
le decían) el bar escocés.
Yo me estaba tomando una
Moza en la barra. Prefiero
la cerveza oscura. Me hace
pensar en tabernas antiguas
y duelos de sables. Encendí
un cigarro y ella, sentada
en un banquito a mi derecha,
me preguntó en inglés si le
podía regalar uno. Adiviné
por su acento que era
israelí. Bevakashá, le dije,
que significa de nada en
hebreo, y le extendí la
carterita de fósforos. Ella
se puso amable de inmediato.
Me dijo algo también en
hebreo que no entendí y le
aclaré que solo recordaba
tres o cuatro palabras y uno
que otro rezo suelto y quizá
contar hasta diez. Quince,
si me esforzaba. Vivo en la
capital, le dije en español
para demostrarle que no era
estadounidense, y me confesó
perpleja que jamás se
imaginó que hubiesen judíos
guatemaltecos. Ya no soy
judío, le sonreí, me jubilé.
Cómo que ya no, eso no es
posible, gritó como suelen
gritar los israelíes. Se
volvió hacia mí. Llevaba
puesta una blusa tipo hindú
de liviano algodón blanco,
jeans gastados y unas
alpargatas amarillas. Su
cabello era castaño y tenía
los ojos azul esmeralda, si
es que existe el azul
esmeralda. Me explicó que
recién había terminado su
servicio militar, que estaba
viajando por Centroamérica
con su amiga y habían
decidido quedarse en Antigua
unas semanas para tomar
clases de español y hacer un
poco de plata. Con ella, me
señaló. Yael. Su amiga, una
muchacha seria y pálida y
con unos hombros bellísimos,
me había servido la cerveza.
La saludé mientras hablaban
en hebreo, riéndose, y creí
escuchar en algún momento
que mencionaron el número
siete, pero no sé para qué.
Entró una pareja de alemanes
y su amiga se fue a
atenderlos. Ella agarró mi
mano con fuerza, me dijo que
mucho gusto, que se llamaba
Tamara, y cogió otro cigarro
sin preguntarme.
Pedí una cerveza y Yael nos
trajo dos Mozas y un plato
de papalinas. Se quedó de
pie frente a nosotros. Le
pregunté a Tamara su
apellido. Recuerdo que era
ruso. Halfon es libanés,
dije, pero mi apellido
materno, Tenenbaum, es
polaco, de Lódz, y ambas
pegaron un grito. Resultó
que Yael también era de
apellido Tenenbaum, y
mientras ellas lo
verificaban en mi licencia
de conducir me puse a pensar
en la remota posibilidad de
que fuésemos de la misma
familia, y me imaginé una
novela entera sobre dos
hermanos polacos que creían
a toda su familia
exterminada, pero que de
pronto se encontraban, tras
60 años sin verse, gracias a
dos de sus nietos, un
escritor guatemalteco y una
hippie israelí, que se
habían conocido por
accidente en un bar escocés
que no era ni siquiera
escocés en Antigua
Guatemala. Yael sacó un
litro de cerveza barata y
llenó tres vasos. Me
devolvieron mi licencia y
brindamos un rato por
nosotros, por ellas, por los
polacos. Nos quedamos
callados, escuchando una
vieja canción de Bob Marley
y contemplando la inmensa
brevedad del planeta.
Tamara tomó mi cigarro
encendido del cenicero, le
dio un profundo jalón y me
preguntó en qué trabajaba.
Le dije serio que era un
pediatra y un mentiroso
profesional. Levantó una
mano como diciendo alto. Me
gustó mucho su mano y no sé
por qué recordé un verso de
un poema de e.e. cummings
que cita Woody Allen en
alguna de sus películas
sobre la infidelidad. Nadie,
le dije mientras atrapaba su
mano elevada como a una
pálida y frágil mariposa, ni
siquiera la lluvia, tiene
manos tan pequeñas. Tamara
sonrió, me dijo que sus
padres eran doctores, que
ella también escribía poemas
de vez en cuando, y supuse
que me había atribuido la
línea de cummings, pero no
se me antojó corregirla. Y
ya no soltó mi mano.
Yael llenó los vasos
mientras yo fumaba
torpemente con la izquierda
y ellas hablaban en hebreo.
Qué pasó, le pregunté a
Tamara y, con un puchero de
pesadumbre, me dijo que el
día anterior alguien le
había robado sus cosas.
Suspiró. Estuve caminando
toda la mañana, por el
mercado de artesanías, por
algunas ruinas, por todas
partes, y cuando me senté en
una banca del parque central
(así le dicen los
antigüeños, a pesar de que
es en realidad una plaza),
me di cuenta de que alguien
había rasgado mi bolsón con
un cuchillo. Me explicó que
había perdido un poco de
dinero y también algunos
papeles. Yael dijo algo en
hebreo y ambas se rieron.
Qué, interrumpí curioso,
pero siguieron riéndose y
hablando en hebreo. Apreté
su mano y Tamara recordó que
yo estaba allí y me dijo que
el dinero no le importaba
tanto como los papeles. Le
pregunté qué papeles. Sonrió
enigmática, como una
vendedora holandesa de
tulipanes. Cuatro hits de
ácido, susurró en su mal
español. Tomé un sorbo de
cerveza. ¿Te gusta el
ácido?, me preguntó, y le
dije que no sabía, que en mi
vida lo había probado. Con
euforia, Tamara me habló
diez o veinte minutos sobre
lo necesario que era el
ácido para abrir nuestras
mentes y así volvernos
personas más tolerantes y
pacíficas, y yo en lo único
que podía pensar mientras
ella peroraba era en
arrancarle la ropa allí
mismo, enfrente de Yael y la
pareja de alemanes y
cualquier otro voyeur
escocés que quisiera
espiarnos. Para callarla y
calmarme, supongo, encendí
un cigarro y se lo entregué.
La primera vez que probé
ácido, dijo mientras
alternábamos el cigarro, con
mis amigos en Tel Aviv, me
puse medio dormida, muy, muy
relajada, y creo que vi a
Dios (me parece recordar que
dijo Dios, en español,
aunque también pudo haber
dicho Hashem o God o quizá
G-d, como los judíos
escriben el nombre de Dios
para no profanarlo; por si
acaso rompen el papel, me
imagino). No supe si reírme
y solo le pregunté que cómo
era el rostro de Dios. No
tenía rostro. ¿Y entonces
qué viste? Me dijo que era
difícil de explicar y luego
cerró los ojos mientras
adoptaba un aire místico y
esperaba alguna revelación
divina. No creo en Dios, le
dije despertándola de su
trance, pero sí hablo con él
todos los días. Se puso
seria. ¿No te consideras
judío y tampoco crees en
Dios?, preguntó en tono de
reproche, y yo solo subí los
hombros y le dije para qué y
me fui al baño sin darle la
menor oportunidad a un tema
tan inútil.
Mientras orinaba me percaté
de que, pese a estar un poco
borracho, ya lucía una
flácida erección. Luego me
lavé las manos pensando en
mi abuelo, en Auschwitz, en
los cinco dígitos verdes
tatuados en su antebrazo que
durante toda mi niñez creí
que estaban allí para que,
como él mismo me decía, no
olvidara su número de
teléfono. Y sin saber por
qué me sentí levemente
culpable.
Regresé del baño. La voz
chillona de Bob Dylan sonaba
a lo lejos. Tamara estaba
cantando. Yael había llenado
de nuevo mi vaso y
coqueteaba con un tipo que
parecía escocés y que muy
posiblemente era el dueño
del bar. Me quedé mirando a
Yael. Tenía una argolla
plateada en el ombligo. La
imaginé en uniforme militar
y portando una tremenda
ametralladora. Volví la
mirada y Tamara me estaba
sonriendo mientras cantaba.
A Tamara solo podía
imaginármela desnuda.
Tomé un buen trago hasta
vaciar el vaso. Un anciano
indígena había entrado al
bar y estaba tratando de
vender machetes y huipiles.
Le dije a Tamara que ya iba
tarde a una cita, pero que
nos podríamos juntar al día
siguiente. ¿Puedes tú venir
de la capital? Claro, con
gusto, treinta minutos en
auto. Muy bien, dijo, yo
salgo de clases a las seis,
¿nos juntamos aquí mismo?
Ken, le dije, que quiere
decir sí en hebreo, y sonreí
a medias. Me encanta tu
boca, tiene forma de
corazón, dijo, y luego rozó
mis labios con un dedo. Le
dije que gracias, que me
gusta mucho cuando rozan mis
labios con un dedo. A mí
también, susurró Tamara en
su mal español y luego, aún
en español y mostrando todos
sus dientes como una leona
hambrienta, añadió: pero me
gusta más que me muerdan los
pezones, y duro. No entendí
si ella sabía muy bien lo
que estaba diciendo o si lo
había dicho en broma. Se
inclinó hacia mí y me erizó
todo con un suave beso en el
cuello. Estremecido, pensé
en cómo serían sus pezones,
si redondos o puntiagudos,
si rosados o rojos o quizá
violeta traslúcido, y
poniéndome de pie le dije en
español qué lástima, que yo
los muerdo suave, cuando los
muerdo.
Pagué todas las cervezas y
quedamos en vernos allí
mismo, a las seis de la
tarde. La abracé fuerte,
sintiendo algo que no se
puede nombrar pero que es
tan recio y tan obvio como
la fumata blanca del
pontificado en una oscura
noche de invierno, y
sabiendo muy bien que yo no
regresaría al día siguiente.
Eduard Halfón: Nació en Guatemala en 1971.
Estudió Ingeniería Industrial en North Carolina State University.
Actualmente es profesor de
literatura en la Facultad de
Ciencias Económicas y de
escritura en el Instituto de
Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales de la
Universidad Francisco Marroquín.
Tiene publicadas las novelas De
cabo roto, El ángel literario
(finalista del Premio Herralde
en 2004), y Esto no es una pipa,
Saturno, dos novelas en una, con
un único hilo conductor: el
suicidio. Además es autor del
libro de relatos El boxeador
polaco. |