Antes de 1959, la sociedad
cubana apenas reconocía su
identidad mestiza ni la herencia
africana profundamente enraizada
en las más diversas tramas de la
vida material y espiritual de la
nación.
No podía ser de otro modo en un
país neocolonial y
subdesarrollado, cuyo proceso de
liberación había sido tronchado
por la intervención de los
EE.UU., en su debut como
potencia imperialista. Esa
intromisión en el destino de
Cuba aplazó un proyecto
emancipatorio que desde su misma
raíz había concebido la
descolonización junto a la lucha
por la justicia social.
El grito de libertad contra la
metrópoli, el 10 de Octubre de
1868, estuvo acompañado de un
gesto de alto valor simbólico:
el día en que se lanzó al campo
de batalla por la independencia
de la Isla, Carlos Manuel de
Céspedes concedió la libertad a
sus esclavos.
Decenas de miles de negros y
mestizos de diversa condición,
confinados a la escala más baja
de la pirámide social de la
colonia, lucharon a lo largo de
tres décadas por la fundación de
una Patria independiente y, a la
vez, por hallar oportunidades de
realización.
Varios de los más destacados
jefes y oficiales del Ejército
Libertador fueron negros y
mestizos, el más prominente, el
mayor general Antonio Maceo y
Grajales.
El hombre en que confió José
Martí, líder del Partido
Revolucionario Cubano y
principal organizador de la
segunda etapa de la guerra de
liberación para portar la orden
de alzamiento en 1895, fue Juan
Gualberto Gómez, a quien sus
padres compraron la libertad
antes de nacer. Juan Gualberto
legó una significativa obra
sobre la necesidad de luchar
contra el racismo y la
discriminación.
Es revelador el hecho de que, a
punto de salir de Nueva York
hacia tierras cercanas a Cuba
para sumarse a la guerra como un
combatiente, Martí le confirmara
a Juan Gualberto en una carta el
sentido último de la lucha que
emprenderían: “Conquistaremos
toda la justicia”.
En el ideario de Martí, la
República soñada debía dar la
pelea contra la nefasta herencia
de la esclavitud. “El hombre
—escribió— no tiene derecho
especial porque pertenezca a una
raza u otra: dígase hombre y ya
se dicen todos los derechos”.
Y en otro momento expresó: “Peca
contra la Humanidad el que
fomente y propague la oposición
de las razas”.
La República de 1902, nacida
bajo la tutela imperial
norteamericana, consagró el
status quo racial de la
colonia. Desde que en 1511
llegaron los primeros esclavos a
la Isla, una cifra numerosísima,
aún sin precisar, de hombres y
mujeres procedentes del
continente africano arribaron
para ser sometidos al régimen
infame de la esclavitud.
Solamente entre 1775 y 1819 se
calcula el ingreso de doscientos
noventa mil cuatrocientos
africanos. El comercio negrero
no cesó luego de la prohibición
de la trata, la cual entró en
vigor en 1820. Investigaciones
realizadas por José Luciano
Franco y María del Carmen Barcia
sobre el comercio clandestino de
esclavos, indican que en las
cuatro décadas subsiguientes se
incorporaron no menos de ciento
ochenta mil nuevos esclavos a
las plantaciones.
La abolición de la esclavitud
solo tuvo lugar en Cuba hacia
1888. Esta medida, sin embargo,
no trajo consigo ninguna mejora
social para los antiguos
esclavos y sus descendientes. La
mayoría pasó a la condición de
peones agrícolas mal pagados y
sin acceso a la educación ni a
servicios de salud; otros
engrosaron el pequeño
campesinado, o emigraron a las
ciudades en busca de empleo en
los puertos y la raquítica
industria, o hicieron los
trabajos más rudos en la
construcción o el tendido de
vías férreas, o probaron suerte
en oficios modestos.
A lo más que podía aspirar un
descendiente de esclavos era al
ejercicio de las llamadas
profesiones liberales: la
abogacía, el periodismo, el
magisterio. En una sociedad
donde su presencia en el perfil
demográfico se hacía notar,
fueron excepcionales los negros
que lograron aunque sea una
mediana acumulación de capital,
como también fueron
comparativamente escasos
aquellos que consiguieron
completar estudios de Medicina,
Estomatología (lo más frecuente
era encontrarlos como mecánicos
dentales), e Ingeniería, o
alcanzaron altos grados en las
instituciones armadas y el
servicio diplomático.
Un etnólogo cubano, Rafael López
Valdés, describe cómo “en el
seno de la sociedad colonial
esclavista veían a los esclavos
y sus descendientes [como] un
segmento ajeno y foráneo,
perfectamente soportable y
distinguible del resto de la
población, integrada por
españoles y criollos blancos, a
quienes se dispensaban todas las
prerrogativas de los ciudadanos
con plenos derechos”.
No resultó muy distinto el
panorama en la República
mediatizada. El negro y lo
negro implicaban
subordinación y desventaja tanto
desde el punto de vista material
como psicosocial.
El historiador Salvador Morales
explica esta percepción del
siguiente modo:
"Una idea errónea de progreso
había llevado a los más honestos
y avanzados pensadores y
estadistas del siglo
xix [y yo diría que,
salvo excepciones, de las
primeras décadas del siglo
xx cubano] a considerar
que la igualdad entre negros y
blancos sería fruto de la
Ilustración. Pero la educación
prevista y puesta en ejecución
parcial, por las necesidades del
mercado de trabajo, partía de un
modelo cultural europoide,
hispanohablante, católico, de
estereotipos estéticos
caucásicos, el cual tendía a la
aculturación, al blanqueamiento
ideocultural [...]. Los
conceptos y patrones culturales
de origen africano eran vistos
como correspondientes a una
etapa de salvajismo que debía
dejarse atrás para adoptar las
formas 'civilizadas' del modelo
emergente.
"Desde luego —añade Morales—,
una parte de la masa negra
avanzada, liberal, nacionalista,
adoptó el planteamiento
'progresista', en tanto los
sectores negros y mulatos
subalternos optaron por nuevas
formas de resistencia; sin
embargo, en la práctica por la
reclamación de derechos, estas
fronteras no fueron
absolutamente deslindadas, pues
uno y otro sector negro y
mulato, ilustrados y
analfabetos, eran por igual
víctimas del racismo y los
prejuicios desencadenados y
acentuados tras la abolición de
la esclavitud. Rotos los
controles de la plantación,
nuevos mecanismos se atemperaron
a los cambios operados. Todo un
imaginario tenebroso, de
estremecedoras leyendas, asustó
no solo a la población infantil:
cocos, brujos, güijes,
compusieron un vocabulario
demoníaco y confrontador."
Uno de los más serios intentos
de reivindicación por parte de
ese conglomerado humano
preterido y explotado trató de
encauzarse mediante la fundación
el 7 de agosto de 1908 del
Partido de los Independientes de
Color, en cuya acta
constitutiva se decía que “la
raza negra tiene derecho a
intervenir en el gobierno del
país, no con el fin de gobernar
a nadie, sino con el propósito
de que se nos gobierne bien,
llevar a la práctica una era de
paz moral para todos los
cubanos”.
Como recuerda el ensayista
Fernando Martínez Heredia,
el PIC, que contó con miles de
seguidores a lo largo del país,
formuló demandas sociales
favorables a toda la población
humilde y trabajadora de Cuba y
mantuvo ideas nacionalistas
frente al imperialismo
norteamericano. El poder burgués
neocolonial atacó sin tregua al
PIC desde su nacimiento, porque
lo amenazaba en el terreno de su
hegemonía política bipartidista,
liberal-conservadora.
"La oligarquía no podía admitir
el desafío que representaba un
movimiento de tal naturaleza,
por lo que primero a base de
maniobras legales y luego
mediante el empleo de la fuerza
reprimió brutalmente a los
miembros del PIC. El punto
culminante de este proceso tuvo
lugar en la primavera de 1912.
Ante el acoso social y legal a
que fueron sometidos, la mayoría
de los afiliados al PIC optaron
por la vía insurreccional sin
suficiente preparación y con
escasa logística. En poco menos
de dos meses más de 3 000 negros
y mestizos fueron masacrados. La
derrota de los Independientes de
Color acentuó el sesgo racista
predominante en las relaciones
sociales vigentes a lo largo de
la República neocolonial,
expresadas culturalmente en
términos de subestimación,
marginación y exclusión de los
valores aportados por los
afrodescendientes al magma
cubano."
Paradójicamente, sin embargo, el
proceso de interacción cultural
a lo largo de siglos, de
sincretismo espiritual, de
intercambio de usos y
costumbres, creó, aun cuando no
se le reconociera pública ni
oficialmente, e incluso se
negara desde el discurso
autoritario del poder, un
sentido de la identidad insular
que Fernando Ortiz (1881-1969)
reveló con lucidez cuando
escribió:
"En todos los pueblos la
evolución histórica significa
siempre un tránsito vital de
culturas a un ritmo más o menos
reposado o veloz; pero en Cuba
han sido tantas y tan diversas
en posiciones de espacio y
categorías estructurales las
culturas que han influido en la
formación de su pueblo, que ese
inmenso amestizamiento de razas
y culturas sobrepuja en
trascendencia a todo otro
fenómeno histórico. [...] El
concepto de transculturación es
cardinal y elementalmente
indispensable para comprender la
historia de Cuba."
En Fernando Ortiz, durante las
primeras seis décadas del siglo
xx, se halla el primer
gran empeño intelectual por
valorar el peso y la importancia
del legado africano a la cultura
nacional. Su extensa e intensa
obra, sustentada por
observaciones y trabajos de
campo, comprende más de cien
títulos. Entre ellos caben
destacar Los negros esclavos
(1916), Los cabildos
afrocubanos (1921),
Glosario de afronegrismos
(1924), Contrapunteo cubano
del tabaco y el azúcar
(1940), Martí y las razas
(1942), El engaño de las
razas (1946), Los bailes
y el teatro de los negros en el
folklore de Cuba (1951),
Los instrumentos de la música
afrocubana (1952); e
Historia de una pelea cubana
contra los demonios (1959).
Después de su muerte han
aparecido aportes fundamentales
suyos como Los negros curros
(1986) y La santería y la
brujería de los blancos
(2000). Su labor de promoción de
tales estudios lo llevó a fundar
la revista Archivos del
Folklore en 1924 y las
entidades Sociedad del Folklore
Cubano, en 1923, y la Sociedad
de Estudios Afrocubanos, en
1937.
A él le debemos la
conceptualización de los
términos afrocubano y
transculturación, hasta
cierto punto rebasados en la
actualidad, pero que en su
tiempo sirvieron para otorgar
una dimensión visible a una
compleja, rica e ineludible
relación cultural que otros
trataban de ocultar.
Cuando Ortiz llevó a fines de la
década de los treinta a
Merceditas Valdés y a los
percusionistas liderados por el
maestro Trinidad Torregosa a
los medios académicos para
ofrecer un concierto de
canciones rituales afrocubanas,
muchos descubrieron por primera
vez melodías imprescindibles en
el imaginario sonoro de la isla
y la presencia decisiva de los
tambores batá de origen yoruba.
Los más encumbrados
representantes de la vanguardia
musical cubana en la primera
mitad del siglo
xx, Amadeo Roldán y
Alejandro García Caturla,
reivindicaron los aportes de la
tradición africana a la
evolución de la música cubana e
incorporaron sus hallazgos a las
nuevas y revolucionarias formas
de concebir sus partituras.
Con la publicación en 1930 de la
breve colección de poemas
titulada Motivos de son,
Nicolás Guillén inauguraba la
poesía negra, una lírica que, en
su caso, con el tiempo, sería
cada vez más representativa del
ajiaco cubano, del
amestizamiento irreversible y
enriquecedor del espectro social
de la isla. No por gusto,
Guillén aludía al son,
esa esencia musical que recorre
todas las escalas de la
transculturación musical y que
concentra la cubanía, música
popular, en tanto fraguada en el
seno del pueblo y, sin embargo,
largamente considerada como un
producto descategorizado por su
origen.
A Guillén, que supo comprometer
su verso y su actitud vital con
la lucha por el cambio social
revolucionario, le debemos una
definición del etnos
insular que se sintetiza en
una imagen: el color cubano.
La batalla por el reconocimiento
y la reivindicación de ese
color cubano solo podía
darse como parte de otra batalla
más abarcadora: la que condujera
a la verdadera emancipación, a
la culminación del programa
martiano, al desmantelamiento de
las bases económicas que
sustentaban la explotación del
hombre por el hombre. En otras
palabras, la batalla por la
construcción de una nueva
sociedad. Únicamente en el marco
de esta última era posible
concretar los sueños de justicia
y equidad de tantos hombres y
mujeres, negros, mestizos y
blancos pobres, y desterrar la
maldición del color de la piel,
el grosor de los labios y la
dureza del cabello como factores
de validación social.
Es por ello que los que no
tenían nada que perder, y sí
mucho que ganar, contribuyeron
con su incorporación al Ejército
Rebelde y a la lucha clandestina
en las ciudades al derrocamiento
de la tiranía, hecho que se
consumó el primero de enero de
1959, e inauguró nuevos tiempos
para la Patria.
A partir de ese momento, como
parte del cambio en la educación
y la cultura que la Revolución
comenzó a desarrollar, es que
podemos hablar de un proceso de
recuperación de la memoria, y
de reivindicación y jerarquización real del legado
de los afrodescendientes.
Esto no quiere decir que en la
Cuba revolucionaria hayan
quedado resueltos conflictos,
prejuicios y contradicciones
heredados de la sociedad
clasista y racista anterior.
El líder de la Revolución
Cubana, Fidel Castro, ha
abordado el tema varias veces,
una de ellas durante el Congreso
Pedagogía 2005. Dada la
profundidad e integralidad con
que asumió esta problemática,
reproducimos fragmentos de su
intervención:
"Entre los más crueles
sufrimientos que afectan a la
sociedad humana [...] está la
discriminación racial. La
esclavitud, impuesta a sangre y
fuego a hombres y mujeres
arrancados de África, reinó
durante siglos en muchos países
de este hemisferio, entre ellos
Cuba. Millones de nativos indios
la padecieron igualmente."
"Mientras la ciencia de forma
incontestable demuestra la
igualdad real de todos los seres
humanos, la discriminación
subsiste. Aún en sociedades como
la de Cuba, surgida de una
revolución social radical donde
el pueblo alcanzó la plena y
total igualdad legal y un nivel
de educación revolucionaria que
echó por tierra el componente
subjetivo de la discriminación,
esta existe todavía de otra
forma. La califico como
discriminación objetiva, un
fenómeno asociado a la pobreza y
a un monopolio histórico de los
conocimientos."
"La discriminación objetiva, por
sus características, afecta a
negros, mestizos y blancos, es
decir, a los que fueron
históricamente los sectores más
pobres y marginados de la
población. Abolida aunque solo
fuera formalmente la esclavitud
en nuestra Patria hace 117 años
atrás, los hombres y mujeres
sometidos a ese abominable
sistema continuaron viviendo
durante casi tres cuartos de
siglo como obreros aparentemente
libres en barracones y chozas de
campos y ciudades, donde
familias numerosas disponían de
una sola habitación, sin
escuelas ni maestros, ocupando
los trabajos peor remunerados
hasta el triunfo revolucionario.
Otro tanto ocurría con muchas
familias blancas sumamente
pobres, que emigraban del campo
a las ciudades."
"Lo triste es observar que esa
pobreza, asociada a la falta de
conocimientos, tiende a
reproducirse. Otros sectores, de
clase humilde la inmensa
mayoría, pero en condiciones
mejores de vivienda y trabajo,
así como mayores niveles de
conocimientos, que pudieron
aprovechar mejor las ventajas y
posibilidades de estudios
creadas por la Revolución e
integran hoy el grueso de los
graduados universitarios,
tienden igualmente a reproducir
sus mejores condiciones sociales
vinculadas al conocimiento."
"Dicho con palabras más crudas y
fruto de mis propias
observaciones y meditaciones:
habiendo cambiado radicalmente
nuestra sociedad, si bien las
mujeres, antes terriblemente
discriminadas y a cuyo alcance
estaban solo los trabajos más
humillantes, son hoy por sí
mismas un decisivo y prestigioso
segmento de la sociedad que
constituye el 65 por ciento de
la fuerza técnica y científica
del país, la Revolución, más
allá de los derechos y garantías
alcanzados para todos los
ciudadanos de cualquier etnia y
origen, no ha logrado el mismo
éxito en la lucha para erradicar
las diferencias en el status
social y económico de la
población negra del país, aun
cuando en numerosas áreas de
gran trascendencia, entre ellas
la educación y la salud,
desempeñan un importante papel."
"Por otro lado, en nuestra
búsqueda de la más plena
justicia y de una sociedad mucho
más humana, hemos podido
percatarnos de algo que parece
constituir una ley social: la
relación inversamente
proporcional entre conocimiento
y cultura y el delito."
"Sin tratar de exponer todavía
con más extensión y
profundidad este fenómeno, se
ha podido ver que los sectores
de la población que viven
todavía en barrios marginales de
nuestras comunidades urbanas, y
con menos conocimientos y
cultura, son los que, cualquiera
que sea su origen étnico, nutren
las filas de la gran mayoría de
los jóvenes presos, de lo cual
podría deducirse que, aun en una
sociedad que se caracteriza por
ser la más justa e igualitaria
del mundo, determinados sectores
están llamados a ocupar las
plazas más demandadas en las
mejores instituciones
educacionales, a las que se
accede por expediente y
exámenes, donde se refleja la
influencia de los conocimientos
alcanzados por el núcleo
familiar, y más tarde ocupar las
más importantes
responsabilidades, mientras
otros sectores, con menor índice
de conocimientos cuyos hijos
suelen asistir por las razones
expuestas a centros de estudio
menos demandados y atractivos,
estos constituyen el mayor
número de los que desertan del
estudio en el nivel medio
superior, alcanzan un menor
número de plazas universitarias
y nutren en una proporción mayor
las filas de los jóvenes que
arriban a las prisiones por
delitos de carácter común."
"La mayoría de estos últimos
adicionalmente proceden de
núcleos que se han disuelto y
viven con la madre, con el
padre, o con ninguno de los dos.
No ocurre igual si el núcleo
disuelto es de padres graduados
en las universidades o son
intelectuales."
Este análisis, como se verá
posteriormente, se inscribe en
un proceso de lúcidas
reflexiones que han acompañado
un radical y abarcador conjunto
de programas sociales y
culturales, implementados al
calor de lo que se conoce como
Batalla de Ideas, que no es más
que la profundización y
completamiento de la obra
revolucionaria en el comienzo
del nuevo siglo, cuando el
proyecto socialista en la Isla
se revigoriza y avanza
cualitativamente hacia planos
superiores luego de haber
resistido y sobrevivido a la
desaparición de la Unión
Soviética y las llamadas
democracias populares en el Este
de Europa, a las condiciones de
un mundo unipolar regido por la
potencia imperialista que más
poder ha acumulado a lo largo de
la Historia, y al
recrudecimiento de la guerra
económica impuesta por las
administraciones de los EE.UU.
y los ataques terroristas
organizados y estimulados desde
ese territorio contra Cuba.
En los apartados que siguen, el
lector podrá hacerse una idea
acerca de cómo, pese a todo tipo
de obstáculos y dificultades de
diversa naturaleza, la
Revolución ha trabajado y
trabaja por la verdadera
justicia social, por la
eliminación de las barreras y
los prejuicios raciales, y por
situar el rico, variado y
decisivo aporte de origen
africano a nuestra cultura en su
justo lugar.
Prólogo del libro
África en la Revolución
Cubana.
Editorial Letras Cubanas, La
Habana, 2008. |