Año VII
La Habana

7 al 13 de FEBRERO
de 2009

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Identidad y justicia social

Pedro de la Hoz • La Habana

 

Índice del libro


Antes de 1959, la sociedad cubana apenas reconocía su identidad mestiza ni la herencia africana profundamente enraizada en las más diversas tramas de la vida material y espiritual de la nación.

No podía ser de otro modo en un país neocolonial y subdesarrollado, cuyo proceso de liberación había sido tronchado por la intervención de los EE.UU., en su debut como potencia imperialista. Esa intromisión en el destino de Cuba aplazó un proyecto emancipatorio que desde su misma raíz había concebido la descolonización junto a la lucha por la justicia social.

El grito de libertad contra la metrópoli, el 10 de Octubre de 1868, estuvo acompañado de un gesto de alto valor simbólico: el día en que se lanzó al campo de batalla por la independencia de la Isla, Carlos Manuel de Céspedes concedió la libertad a sus esclavos.

Decenas de miles de negros y mestizos de diversa condición, confinados a la escala más baja de la pirámide social de la colonia, lucharon a lo largo de tres décadas por la fundación de una Patria independiente y, a la vez, por hallar oportunidades de realización.

Varios de los más destacados jefes y oficiales del Ejército Libertador fueron negros y mestizos, el más prominente, el mayor general Antonio Maceo y Grajales.

El hombre en que confió José Martí, líder del Partido Revolucionario Cubano y principal organizador de la segunda etapa de la guerra de liberación para portar la orden de alzamiento en 1895, fue Juan Gualberto Gómez, a quien sus padres compraron la libertad antes de nacer. Juan Gualberto legó una significativa obra sobre la necesidad de luchar contra el racismo y la discriminación.

Es revelador el hecho de que, a punto de salir de Nueva York hacia tierras cercanas a Cuba para sumarse a la guerra como un combatiente, Martí le confirmara a Juan Gualberto en una carta el sentido último de la lucha que emprenderían: “Conquistaremos toda la justicia”.

En el ideario de Martí, la República soñada debía dar la pelea contra la nefasta herencia de la esclavitud. “El hombre —escribió— no tiene derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre y ya se dicen todos los derechos”.

Y en otro momento expresó: “Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición de las razas”.

La República de 1902, nacida bajo la tutela imperial norteamericana, consagró el status quo racial de la colonia. Desde que en 1511 llegaron los primeros esclavos a la Isla, una cifra numerosísima, aún sin precisar, de hombres y mujeres procedentes del continente africano arribaron para ser sometidos al régimen infame de la esclavitud.

Solamente entre 1775 y 1819 se calcula el ingreso de doscientos noventa mil cuatrocientos africanos. El comercio negrero no cesó luego de la prohibición de la trata, la cual entró en vigor en 1820. Investigaciones realizadas por José Luciano Franco y María del Carmen Barcia sobre el comercio clandestino de esclavos, indican que en las cuatro décadas subsiguientes se incorporaron no menos de ciento ochenta mil nuevos esclavos a las plantaciones.

La abolición de la esclavitud solo tuvo lugar en Cuba hacia 1888. Esta medida, sin embargo, no trajo consigo ninguna mejora social para los antiguos esclavos y sus descendientes. La mayoría pasó a la condición de peones agrícolas mal pagados y sin acceso a la educación ni a servicios de salud; otros engrosaron el pequeño campesinado, o emigraron a las ciudades en busca de empleo en los puertos y la raquítica industria, o hicieron los trabajos más rudos en la construcción o el tendido de vías férreas, o probaron suerte en oficios modestos.

A lo más que podía aspirar un descendiente de esclavos era al ejercicio de las llamadas profesiones liberales: la abogacía, el periodismo, el magisterio. En una sociedad donde su presencia en el perfil demográfico se hacía notar, fueron excepcionales los negros que lograron aunque sea una mediana acumulación de capital, como también fueron comparativamente escasos aquellos que consiguieron completar estudios de Medicina, Estomatología (lo más frecuente era encontrarlos como mecánicos dentales), e Ingeniería, o alcanzaron altos grados en las instituciones armadas y el servicio diplomático.

Un etnólogo cubano, Rafael López Valdés, describe cómo “en el seno de la sociedad colonial esclavista veían a los esclavos y sus descendientes [como] un segmento ajeno y foráneo, perfectamente soportable y distinguible del resto de la población, integrada por españoles y criollos blancos, a quienes se dispensaban todas las prerrogativas de los ciudadanos con plenos derechos”.

No resultó muy distinto el panorama en la República mediatizada. El negro y lo negro implicaban subordinación y desventaja tanto desde el punto de vista material como psicosocial.

El historiador Salvador Morales explica esta percepción del siguiente modo:

"Una idea errónea de progreso había llevado a los más honestos y avanzados pensadores y estadistas del siglo xix [y yo diría que, salvo excepciones, de las primeras décadas del siglo xx cubano] a considerar que la igualdad entre negros y blancos sería fruto de la Ilustración. Pero la educación prevista y puesta en ejecución parcial, por las necesidades del mercado de trabajo, partía de un modelo cultural europoide, hispanohablante, católico, de estereotipos estéticos caucásicos, el cual tendía a la aculturación, al blanqueamiento ideocultural [...]. Los conceptos y patrones culturales de origen africano eran vistos como correspondientes a una etapa de salvajismo que debía dejarse atrás para adoptar las formas 'civilizadas' del modelo emergente.

"Desde luego —añade Morales—, una parte de la masa negra avanzada, liberal, nacionalista, adoptó el planteamiento 'progresista', en tanto los sectores negros y mulatos subalternos optaron por nuevas formas de resistencia; sin embargo, en la práctica por la reclamación de derechos, estas fronteras no fueron absolutamente deslindadas, pues uno y otro sector negro y mulato, ilustrados y analfabetos, eran por igual víctimas del racismo y los prejuicios desencadenados y acentuados tras la abolición de la esclavitud. Rotos los controles de la plantación, nuevos mecanismos se atemperaron a los cambios operados. Todo un imaginario tenebroso, de estremecedoras leyendas, asustó no solo a la población infantil: cocos, brujos, güijes, compusieron un vocabulario demoníaco y confrontador."

Uno de los más serios intentos de reivindicación por parte de ese conglomerado humano preterido y explotado trató de encauzarse mediante la fundación el 7 de agosto de 1908 del Partido de los Independientes de Color, en cuya acta constitutiva se decía que “la raza negra tiene derecho a intervenir en el gobierno del país, no con el fin de gobernar a nadie, sino con el propósito de que se nos gobierne bien, llevar a la práctica una era de paz moral para todos los cubanos”.

Como recuerda el ensayista Fernando Martínez Heredia, el PIC, que contó con miles de seguidores a lo largo del país, formuló demandas sociales favorables a toda la población humilde y trabajadora de Cuba y mantuvo ideas nacionalistas frente al imperialismo norteamericano. El poder burgués neocolonial atacó sin tregua al PIC desde su nacimiento, porque lo amenazaba en el terreno de su hegemonía política bipartidista, liberal-conservadora.

"La oligarquía no podía admitir el desafío que representaba un movimiento de tal naturaleza, por lo que primero a base de maniobras legales y luego mediante el empleo de la fuerza reprimió brutalmente a los miembros del PIC. El punto culminante de este proceso tuvo lugar en la primavera de 1912. Ante el acoso social y legal a que fueron sometidos, la mayoría de los afiliados al PIC optaron por la vía insurreccional sin suficiente preparación y con escasa logística. En poco menos de dos meses más de 3 000 negros y mestizos fueron masacrados. La derrota de los Independientes de Color acentuó el sesgo racista predominante en las relaciones sociales vigentes a lo largo de la República neocolonial, expresadas culturalmente en términos de subestimación, marginación y exclusión de los valores aportados por los afrodescendientes al magma cubano."

Paradójicamente, sin embargo, el proceso de interacción cultural a lo largo de siglos, de sincretismo espiritual, de intercambio de usos y costumbres, creó, aun cuando no se le reconociera pública ni oficialmente, e incluso se negara desde el discurso autoritario del poder, un sentido de la identidad insular que Fernando Ortiz (1881-1969) reveló con lucidez cuando escribió:

"En todos los pueblos la evolución histórica significa siempre un tránsito vital de culturas a un ritmo más o menos reposado o veloz; pero en Cuba han sido tantas y tan diversas en posiciones de espacio y categorías estructurales las culturas que han influido en la formación de su pueblo, que ese inmenso amestizamiento de razas y culturas sobrepuja en ­trascendencia a todo otro fenómeno histórico. [...] El concepto de transculturación es cardinal y elementalmente indispensable para comprender la historia de Cuba."

En Fernando Ortiz, durante las primeras seis décadas del siglo xx, se halla el primer gran empeño intelectual por valorar el peso y la importancia del legado africano a la cultura nacional. Su extensa e intensa obra, sustentada por observaciones y trabajos de campo, comprende más de cien títulos. Entre ellos caben destacar Los negros esclavos (1916), Los cabildos afrocubanos (1921), Glosario de afronegrismos (1924), Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), Martí y las razas (1942), El engaño de las razas (1946), Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba (1951), Los instrumentos de la música afrocubana (1952); e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959). Después de su muerte han aparecido aportes fundamentales suyos como Los negros curros (1986) y La san­tería y la brujería de los blancos (2000). Su labor de promoción de tales estudios lo llevó a fundar la revista Archivos del Folklore en 1924 y las entidades Sociedad del Folklore Cubano, en 1923, y la Sociedad de Estudios Afrocubanos, en 1937.

A él le debemos la conceptualización de los términos afrocubano y transculturación, hasta cierto punto rebasados en la actualidad, pero que en su tiempo sirvieron para otorgar una dimensión visible a una compleja, rica e ineludible relación cultural que otros trataban de ocultar.

Cuando Ortiz llevó a fines de la década de los treinta a Merceditas Valdés y a los percusionistas liderados por el maestro Trinidad Torregosa a los medios académicos para ofrecer un concierto de canciones rituales afrocubanas, muchos descubrieron por primera vez melodías imprescindibles en el imaginario sonoro de la isla y la presencia decisiva de los tambores batá de origen yoruba.

Los más encumbrados representantes de la vanguardia musical cubana en la primera mitad del siglo xx, Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, reivindicaron los aportes de la tradición africana a la evolución de la música cubana e incorporaron sus hallazgos a las nuevas y revolucionarias formas de concebir sus partituras.

Con la publicación en 1930 de la breve colección de poemas titulada Motivos de son, Nicolás Guillén inauguraba la poesía negra, una lírica que, en su caso, con el tiempo, sería cada vez más representativa del ajiaco cubano, del amestizamiento irreversible y enriquecedor del espectro social de la isla. No por gusto, Guillén aludía al son, esa esencia musical que recorre todas las escalas de la transculturación musical y que concentra la cubanía, música popular, en tanto fraguada en el seno del pueblo y, sin embargo, largamente considerada como un producto descategorizado por su origen.

A Guillén, que supo comprometer su verso y su actitud vital con la lucha por el cambio social revolucionario, le debemos una definición del etnos insular que se sintetiza en una imagen: el color cubano.

La batalla por el reconocimiento y la reivindicación de ese color cubano solo podía darse como parte de otra batalla más abarcadora: la que condujera a la verdadera emancipación, a la culminación del programa martiano, al desmantelamiento de las bases económicas que sustentaban la explotación del hombre por el hombre. En otras palabras, la batalla por la construcción de una nueva sociedad. Únicamente en el marco de esta última era posible concretar los sueños de justicia y equidad de tantos hombres y mujeres, negros, mestizos y blancos pobres, y desterrar la maldición del color de la piel, el grosor de los labios y la dureza del cabello como factores de validación social.

Es por ello que los que no tenían nada que perder, y sí mucho que ganar, contribuyeron con su incorporación al Ejército Rebelde y a la lucha clandestina en las ciudades al derrocamiento de la tiranía, hecho que se consumó el primero de enero de 1959, e inauguró nuevos tiempos para la Patria.

A partir de ese momento, como parte del cambio en la educación y la cultura que la Revolución comenzó a desarrollar, es que podemos hablar de un proceso de recuperación de la memoria, y de reivindicación y jerarquización real del legado de los afrodescendientes.

Esto no quiere decir que en la Cuba revolucionaria hayan quedado resueltos conflictos, prejuicios y contradicciones heredados de la sociedad clasista y racista anterior.

El líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, ha abordado el tema varias veces, una de ellas durante el Congreso Pedagogía 2005. Dada la profundidad e integralidad con que asumió esta problemática, reproducimos fragmentos de su intervención:

"Entre los más crueles sufrimientos que afectan a la sociedad humana [...] está la discriminación racial. La esclavitud, impuesta a sangre y fuego a hombres y mujeres arrancados de África, reinó durante siglos en muchos países de este hemisferio, entre ellos Cuba. Millones de nativos indios la padecieron igualmente."

"Mientras la ciencia de forma incontestable demuestra la igualdad real de todos los seres humanos, la discriminación subsiste. Aún en sociedades como la de Cuba, surgida de una revolución social radical donde el pueblo alcanzó la plena y total igualdad legal y un nivel de educación revolucionaria que echó por tierra el componente subjetivo de la discriminación, esta existe todavía de otra forma. La califico como discriminación objetiva, un fenómeno asociado a la pobreza y a un monopolio histórico de los conocimientos."

"La discriminación objetiva, por sus características, afecta a negros, mestizos y blancos, es decir, a los que fueron históricamente los sectores más pobres y marginados de la población. Abolida aunque solo fuera formalmente la esclavitud en nuestra Patria hace 117 años atrás, los hombres y mujeres sometidos a ese abominable sistema continuaron viviendo durante casi tres cuartos de siglo como obreros aparentemente libres en barracones y chozas de campos y ciudades, donde familias numerosas disponían de una sola habitación, sin escuelas ni maestros, ocupando los trabajos peor remunerados hasta el triunfo revolucionario. Otro tanto ocurría con muchas familias blancas sumamente pobres, que emigraban del campo a las ciudades."

"Lo triste es observar que esa pobreza, asociada a la falta de conocimientos, tiende a reproducirse. Otros sectores, de clase humilde la inmensa mayoría, pero en condiciones mejores de vivienda y trabajo, así como mayores niveles de conocimientos, que pudieron aprovechar mejor las ventajas y posibilidades de estudios creadas por la Revolución e integran hoy el grueso de los graduados universitarios, tienden igualmente a reproducir sus mejores condiciones sociales vinculadas al conocimiento."

"Dicho con palabras más crudas y fruto de mis propias observaciones y meditaciones: habiendo cambiado radicalmente nuestra sociedad, si bien las mujeres, antes terriblemente discriminadas y a cuyo alcance estaban solo los trabajos más humillantes, son hoy por sí mismas un decisivo y prestigioso segmento de la sociedad que constituye el 65 por ciento de la fuerza técnica y científica del país, la Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha para erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país, aun cuando en numerosas áreas de gran trascendencia, entre ellas la educación y la salud, desempeñan un importante papel."

"Por otro lado, en nuestra búsqueda de la más plena justicia y de una sociedad mucho más humana, hemos podido percatarnos de algo que parece constituir una ley social: la relación inversamente proporcional entre conocimiento y cultura y el delito."

"Sin tratar de exponer todavía con más extensión y profundidad este fenómeno, se ha podido ver que los sectores de la población que viven todavía en barrios marginales de nuestras comunidades urbanas, y con menos conocimientos y cultura, son los que, cualquiera que sea su origen étnico, nutren las filas de la gran mayoría de los jóvenes presos, de lo cual podría deducirse que, aun en una sociedad que se caracteriza por ser la más justa e igualitaria del mundo, determinados sectores están llamados a ocupar las plazas más demandadas en las mejores instituciones educacionales, a las que se accede por expediente y exámenes, donde se refleja la influencia de los conocimientos alcanzados por el núcleo familiar, y más tarde ocupar las más importantes responsabilidades, mientras otros sectores, con menor índice de conocimientos cuyos hijos suelen asistir por las razones expuestas a centros de estudio menos demandados y atractivos, estos constituyen el mayor número de los que desertan del estudio en el nivel medio superior, alcanzan un menor número de plazas universitarias y nutren en una proporción mayor las filas de los jóvenes que arriban a las prisiones por delitos de carácter común."

"La mayoría de estos últimos adicionalmente proceden de núcleos que se han disuelto y viven con la madre, con el padre, o con ninguno de los dos. No ocurre igual si el núcleo disuelto es de padres graduados en las universidades o son intelectuales."

Este análisis, como se verá posteriormente, se inscribe en un proceso de lúcidas reflexiones que han acompañado un radical y abarcador conjunto de programas sociales y culturales, implementados al calor de lo que se conoce como Batalla de Ideas, que no es más que la profundización y completamiento de la obra revolucionaria en el comienzo del nuevo siglo, cuando el proyecto socialista en la Isla se revigoriza y avanza cualitativamente hacia planos superiores luego de haber resistido y sobrevivido a la desaparición de la Unión Soviética y las llamadas democracias populares en el Este de Europa, a las condiciones de un mundo unipolar regido por la potencia imperialista que más poder ha acumulado a lo largo de la Historia, y al recrudecimiento de la guerra económica impuesta por las administraciones de los EE.UU. y los ataques terroristas organizados y estimulados desde ese territorio contra Cuba.

En los apartados que siguen, el lector podrá hacerse una idea acerca de cómo, pese a todo tipo de obstáculos y dificultades de diversa naturaleza, la Revolución ha trabajado y trabaja por la verdadera justicia social, por la eliminación de las barreras y los prejuicios raciales, y por situar el rico, variado y decisivo aporte de origen africano a nuestra cultura en su justo lugar.

Prólogo del libro África en la Revolución Cubana. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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