Año VII
La Habana
2008

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Adolfo Llauradó   
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía del autor


Justo ahora que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) celebra sus primeros 50 años, entre algunos cinéfilos asoma la pregunta sobre cuál es la imagen femenina por excelencia de nuestro séptimo arte, como si ello fuera posible de enmarcar en una sola actriz por sobresaliente que fuera su desempeño.

No obstante, unos afirman que es Daisy Granados; otros eligen a Eslinda Núñez, mientras hay quienes reflexionan que tal condición le pertenece a Mirta Ibarra.

Tal asunto yo se lo dejo a los especialistas.

Pero si se trata de escoger por la rama masculina, considero, en mi modesta opinión, que el ya desaparecido actor Adolfo Llauradó sería uno de los que por derecho propio debiera figurar, sin duda alguna, entre los candidatos a tal merecimiento.

En fin, confieso que, desde mis días juveniles, Llauradó es uno de mis intérpretes preferidos, y no vacilo hoy en asumir como propias las palabras del crítico uruguayo Jorge Rufinelli:

“¿Quién no lo recuerda en el tercer episodio de Lucía, rodado por Humberto Solás, en 1968, celando a la iletrada guajira, su mujer, mientras el alfabetizador se empeña en enseñarle a la muchacha las primeras letras; o en la memorable Retrato de Teresa, de Pastor Vega, de 1979, como Ramón, el marido tan infiel y machista como vulnerable? (…) Más que los capangas crueles y cazadores de esclavos que alguna vez encarnó en la pantalla, Adolfo Llauradó forjó la imagen de un hombre apasionado, celoso y dominador, con rasgos humanos y no de cliché, imagen que para algunos resultaba un vestigio del período prerrevolucionario, y para otros era un elemento permanente de la idiosincrasia del Caribe.”
 

El macho de la película

Desde muy niño Adolfo Llauradó comenzó a actuar en la radio en su natal Santiago de Cuba. Y desde entonces empezó a descubrir algo prodigioso en el asunto.

Ya de joven, vino a La Habana, donde le hicieron una prueba e ingresó en la televisión. También hizo entonces pequeños personajes en teatro y en películas que se rodaban en el país. Y cuando se creó el ICAIC, hizo un corto con Humberto Solás y Héctor Veitía llamado Variaciones, y participó en el cuento "Año Nuevo", de Cuba 58, dirigido por Jorge Fraga.

En 1966 fue pareja de Adela Legrá en el mediometraje Manuela, de Solás. De ahí en adelante vinieron las más de 25 películas en las que actuó y que lo convirtieron en uno de los rostros más emblemáticos del cine cubano.

Fue el personaje machista por antonomasia, incluso las mujeres en la calle se lo decían: “el macho de la película”, en especial por sus actuaciones, junto a Daisy Granados, en Lucía y en Retrato de Teresa.

Mucho dio que hablar su trabajo en Lucía, filmada en 1968. Entonces algunos llegaban a afirmar que el temperamento celoso y violento de su personaje se ajustaba al carácter histórico del cubano. El asunto se hizo polémico. Años después el propio actor definía:

“Yo tuve que entender al personaje. Quizá en aquella época lo entendí porque yo era extremadamente celoso. Con el tiempo, con los años, me he ido suavizando, pero yo he sido un hombre muy celoso. No solo del amor de la mujer de uno, sino celoso de mis amigos, de las cosas más simples.

“Fue un momento en que pude descargar en mi trabajo todo lo que llevaba por dentro. Yo era muy joven, tenía 24 años, y a esa edad uno está comenzando a vivir.”
 

Esas cosas mágicas

También interpretó personajes malvados como en El rancheador, en El hombre de Maisinicú y en El otro Francisco, tanto que, cuando en el 84 se le invitó a rodar otra cinta, sin pensarlo dos veces dijo: “Estoy dispuesto a hacer una película si no es un personaje malo. Si es bueno, lo hago”.                                                                                 

No —le contestaron—, era el personaje bueno, el más  humano, con problemas personales muy grandes con la esposa, pero muy humano. Fue Polvo Rojo. Y le gustó mucho:

“Son esas cosas mágicas que suceden en el cine. Uno no sabe por qué está haciendo un personaje y de pronto el personaje ya lo envolvió a uno.”

Las tablas y la cámara de cine eran de igual forma mágicas para él. No tenía preferencia entre una y otra. Así lo reconocía. La presencia del público lo emocionaba. Y cuando filmaba no pensaba que había una cámara.

Le interesaba hacer teatro, pero solo cuando una obra era buena. Si hacía una que no le acababa de gustar, al otro día del estreno ya no tenía deseos de representarla otra vez. Y una obra que disfrutaba, sin embargo, se la pasaba un añoo un año y pico haciéndola, sin ningún inconveniente.

Así le sucedió con su papel en la obra de teatro El parque, de André Guelman. Un año duró la puesta, pero a su personaje no lo pudo dejar en el set, ni en el escenario, ni en el patio. Se le aparecía de vez en cuando.

En sus últimos tiempos actuó en diversos cortometrajes producidos por alumnos de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, y dirigió tres documentales: Carilda, desaparece el polvo;  Divas, y Esmeralda.

Falleció en noviembre de 2001.

En una ocasión confesó que para él actuar no había sido un medio de vida. Cada película le cambió muchas cosas: su forma de ser, de pensar, de comprender mejor a las personas.

En el cine, en la televisión, en el teatro, hizo personajes realistas, también absurdos o noveleros. Celosos, machistas, malditos… pero la gente estimaba su labor. Le pedían autógrafos y le preguntaban con admiración qué estaba haciendo. Eso le daba alegría, le hacía sentir que su trabajo no había sido inútil.

“Lo que sucede es que no sé hacer otra cosa, y eso es lo malo. Si voy a poner un clavo me doy un golpe en el dedo; no sé hacer nada, lo hago mal. Y no es porque no quiera, pero no me fijo bien en eso, lo único en que me fijo es en actuar, y es lo único que he hecho en mi vida.”

En marzo de 2003 fue inaugurada en La Habana la Sala Teatro Adolfo Llauradó.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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