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El proceso de formación y
consolidación nacional
latinoamericano duró varios
siglos. La conciencia de que la
forja de las naciones del Nuevo
Mundo fue resultado de un
prolongado diferendo con el
poder colonial español, se
patentizó en el discurso
independentista. En los más
diversos testimonios
revolucionarios del siglo XIX,
se reiteró el criterio de que
con las luchas por la
independencia se daba fin "a
tres siglos de dominio
colonial". Con esas palabras se
reconocía que desde una época
remota había tenido efecto una
lenta y progresiva separación
del criollo de la metrópolis. No
se han relatado aún en toda su
extensión los dilatados
conflictos seculares de los
cabildos americanos con el poder
colonial, pero los gestores de
la independencia, si no sabían,
sentían al menos, que habían
sido convocados a la lucha desde
los albores de la historia
colonial. Toda la tradición de
resistencia, la experiencia
histórica de desobediencia a los
dictados coloniales, tendía a
subvertir el presente. La
herencia de rebeldía llegaba
desde el pasado para comprender
el presente y proyectarse hacia
el futuro. La intelección del
pasado estaba en función de la
transformación del mundo
americano.
Varias décadas después de la
conquista de la independencia
por los pueblos del Río Grande
hasta la Patagonia, Cuba
iniciaba la última de sus gestas
independentistas. La guerra
necesaria postulada por José
Martí tuvo como premisa las
enseñanzas de las gestas
independentistas del continente:
el poder colonial español no
renunciaba de buen grado al
dominio de sus posesiones de
ultramar.
Desde la primera mitad del siglo
XIX los próceres de la
independencia americana
advirtieron que otras potencias
se aprestaban a substituir el
poder de España en el Nuevo
Mundo. Las nuevas relaciones de
dominio instauradas por el
imperio estadounidense en las
repúblicas latinoamericanas
encontraron desde un primer
momento la resistencia de los
pueblos. El juicio histórico
negativo de Bolívar y Martí
acerca del papel que estaba
destinado a desempeñar Estados
Unidos en el continente, ha
presidido los principales
alegatos de los movimientos
populares y revolucionarios de
la región.
Las condiciones para la unidad
latinoamericana se fueron
gestando en el curso de los
siglos XIX y XX a la par que la
instauración de las relaciones
de dominio estadounidense en el
continente. Entre los factores
que contribuyeron decisivamente
a la solidaridad existente entre
los países al Sur del Río Grande
en el día de hoy deben
destacarse:
Primero, una progresiva toma de
conciencia de la comunidad
histórica, cultural y moral
existente entre los países de
Nuestra América. En el curso de
los siglos XIX y XX se dio una
relativa ausencia de situaciones
de competencia o rivalidad
generadoras de conflictos entre
los países latinoamericanos,
mientras estallaban dos guerras
mundiales y se desencadenaban
una diversidad de
enfrentamientos bélicos en
distintas regiones del mundo.
Latinoamérica, desde la Guerra
del Chaco, no fue escenario de
conflictos entre pueblos
hermanos, sino de intromisiones
de las potencias imperialistas.
Un segundo factor ha sido la
creciente percepción
latinoamericana del atraso
regional, así como el propósito
de progresar mediante la
explotación de los recursos
propios. A esa situación se sumó
la creciente deuda externa de
los países latinoamericanos y el
fracaso de las políticas
neoliberales impuestas por los
organismos crediticios del
capital financiero
internacional.
Un último factor ha sido la
resistencia protagonizada por
Cuba a lo largo de cincuenta
años, lo que contribuyó
decisivamente a una toma de
conciencia de que no solo se
debía, sino que se podía
enfrentar el injerencismo
imperialista, con su secuela de
intervenciones armadas,
imposiciones de dictaduras
militares y la creciente
dependencia de las oligarquías
locales a los dictados de
Washington.
La I Y II Declaración de la
Habana anunciaron la II
Independencia de América. Se
proclamó también que en la nueva
coyuntura que se abría con la
Revolución Cubana, comenzaría
las luchas por la emancipación
definitiva de América Latina del
dominio del capital financiero
internacional. Como todo gran
texto profético las
declaraciones de la Habana no
anunciaron las distintas vías
por las cuales se alcanzaría la
liberación. Se auguraban
momentos de violencia, pero no
se dictaminaba sobre las formas
de acceso al poder. La época
nueva que se abre en la década
de 1990, parece confirmar cada
vez más sus previsiones. De
acuerdo con los trascendentales
documentos el prolongado proceso
de formación de los Estados
Naciones latinoamericanos
implicaba una ruptura con las
relaciones de dominio impuestas
por el imperio estadounidense.
La tradición latinoamericana de
incorporar las experiencias y
enseñanzas del pasado a la
exégesis y accionar del presente
y del futuro, ha sido acremente
censurada por cierta tendencia
dentro del postmodernismo. El
revolucionario y el historiador
latinoamericano, decía un
crítico estadounidense, adolece
de la propensión de proyectarse
hacía un fin preconcebido. Las
historias de los
latinoamericanos reconstruyen el
pasado a la medida de las
exigencias del presente. No son
pasado, son historia
contemporánea. Sus relatos
históricos son retorcidos para
entender el presente a su manera
y fraguar un futuro de acuerdo
con sus gustos y antojos. Así,
de acuerdo con el crítico,
"Confundir una idea presente con
los acontecimientos pasados a
los que se refiere, viola los
principios básicos de la
temporalidad. Se trata de
metahistoria y no de historia
intelectual. Políticamente su
meta es tratar de desarrollar
una sociedad unitaria sobre las
bases de un hispanoamericanismo
consciente. Filosóficamente
trata de extraer de las
condiciones del Nuevo Mundo un
sistema de pensamiento universal
y ético".
De conformidad con esta versión
los latinoamericanos no hemos
hecho otra cosa que construir
unas utopías políticas y una
metahistoria desde un postulado
teleológico universal. Nuestro
pecado capital ha sido unir al
pasado, el presente y el futuro
en una unidad. Lo que se nos
propone, en cambio, es vagar en
la noche de la ahistoricidad. Ya
lo había intuido Alexis
Tocqueville, "Desde que el
pasado dejó de lanzar su luz
sobre el futuro, la mente de los
hombres vaga en tinieblas."
El marxismo, como doctrina en la
que se inspiran muchos
pensadores y protagonistas
históricos latinoamericanos,
jamás postuló una metahistoria,
ni un esquema abstracto
obligatorio de la evolución
histórica, sino una variedad de
hipótesis sobre el carácter de
las relaciones sociales y la
evolución probable de conflictos
y luchas de clases y naciones,
en el mundo colonial. Para los
estudiosos marxistas la historia
no es, como pretenden distintas
ideologías de Estado, una sierva
de la política del presente,
sino su maestra más ilustre. Los
estudios históricos no se han
propuesto nunca aportar
soluciones, sino tan solo
contribuir a que se piense el
presente en términos de los
cambios que se han sucedido en
el tiempo.
Ya José Martí había enunciado un
proyecto acorde con un
pensamiento histórico que
brotase de la civilización y
cultura propia que se gestaba en
nuestras tierras. Pensamiento
enraizado en nuestra historia e
identidad cultural y alejado de
todo esquema histórico de
desarrollo universal, "La
historia de América, de los
incas acá, ha de enseñarse al
dedillo, aunque no se enseñe la
de los arcontes de Grecia.
Nuestra Grecia es preferible a
la Grecia que no es nuestra. Nos
es más necesaria. Injértese en
nuestras repúblicas el mundo,
pero el tronco ha de ser el de
nuestras repúblicas."
En tanto los proyectos
independentistas del siglo XIX
quedaron en buena medida
inconclusos, todos los
movimientos revolucionarios han
inscrito desde entonces en sus
banderas la coronación de los
designios emancipadores del
pasado. El desiderátum
latinoamericano ha sido la
realización plena de la
independencia y soberanía de los
estados nacionales. Los
proyectos emancipadores
pendientes desde tiempos
pretéritos deben ser llevados a
feliz término en el presente por
venir. Los pensadores y actores
del movimiento por la unidad
latinoamericana solo pueden
vencer el atraso histórico que
implica la condición
dependiente, uniendo de manera
irreversible el pasado, el
presente y el futuro.
Los historiadores
latinoamericanos interesados en
el progreso de sus pueblos, no
son futurólogos, ni predicen los
acontecimientos del porvenir.
Solo aspiran a investigar el
pasado de acuerdo con las reglas
de su oficio. De la misma manera
no se privan del acceso a los
métodos y técnicas más modernas
de investigación, ni al estudio
de las distintas escuelas de
pensamiento historiográfico. De
lo que se trata es de
reconstruir la otra cara de la
luna a la que no teníamos
acceso. En la medida que han
revelado las características
históricas del dominio colonial
y neocolonial, obviadas por la
historiografía tradicional, han
contribuido y contribuyen a que
sus compatriotas se percaten de
la necesidad de hacer suyas los
proyectos de unidad continental,
de liberación nacional o bien de
revolución social.
Palabras de
inauguración en la XVIII Feria
Internacional del Libro, Cuba
2009 |