Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Los historiadores latinoamericanos y la unidad continental

Jorge Ibarra • La Habana
Fotos: Equipo de La Jiribilla

 

El proceso de formación y consolidación nacional latinoamericano duró varios siglos. La conciencia de que la forja de las naciones del Nuevo Mundo fue resultado de un prolongado diferendo con el poder colonial español, se patentizó en el discurso independentista. En los más diversos testimonios revolucionarios del siglo XIX, se reiteró el criterio de que con las luchas por la independencia se daba fin "a tres siglos de dominio colonial". Con esas palabras se reconocía que desde una época remota había tenido efecto una lenta y progresiva separación del criollo de la metrópolis. No se han relatado aún en toda su extensión los dilatados conflictos seculares de los cabildos americanos con el poder colonial, pero los gestores de la independencia, si no sabían, sentían al menos, que habían sido convocados a la lucha desde los albores de la historia colonial. Toda la tradición de resistencia, la experiencia histórica de desobediencia a los dictados coloniales, tendía a subvertir el presente. La herencia de rebeldía llegaba desde el pasado para comprender el presente y proyectarse hacia el futuro. La intelección del pasado estaba en función de la transformación del mundo americano.

Varias décadas después de la conquista de la independencia por los pueblos del Río Grande hasta la Patagonia, Cuba iniciaba la última de sus gestas independentistas. La guerra necesaria postulada por José Martí tuvo como premisa las enseñanzas de las gestas independentistas del continente: el poder colonial español no renunciaba de buen grado al dominio de sus posesiones de ultramar.
 

Desde la primera mitad del siglo XIX los próceres de la independencia americana advirtieron que otras potencias se aprestaban a substituir el poder de España en el Nuevo Mundo. Las nuevas relaciones de dominio instauradas por el imperio estadounidense en las repúblicas latinoamericanas encontraron desde un primer momento la resistencia de los pueblos. El juicio histórico negativo de Bolívar y Martí acerca del papel que estaba destinado a desempeñar Estados Unidos en el continente, ha presidido los principales alegatos de los movimientos populares y revolucionarios de la región.

Las condiciones para la unidad latinoamericana se fueron gestando en el curso de los siglos XIX y XX a la par que la instauración de las relaciones de dominio estadounidense en el continente. Entre los factores que contribuyeron decisivamente a la solidaridad existente entre los países al Sur del Río Grande en el día de hoy deben destacarse:

Primero, una progresiva toma de conciencia de la comunidad histórica, cultural y moral existente entre los países de Nuestra América. En el curso de los siglos XIX y XX se dio una relativa ausencia de situaciones de competencia o rivalidad generadoras de conflictos entre los países latinoamericanos, mientras estallaban dos guerras mundiales y se desencadenaban una diversidad de enfrentamientos bélicos en distintas regiones del mundo. Latinoamérica, desde la Guerra del Chaco, no fue escenario de conflictos entre pueblos hermanos, sino de intromisiones de las potencias imperialistas.

Un segundo factor ha sido la creciente percepción latinoamericana del atraso regional, así como el propósito de progresar mediante la explotación de los recursos propios. A esa situación se sumó la creciente deuda externa de los países latinoamericanos y el fracaso de las políticas neoliberales impuestas por los organismos crediticios del capital financiero internacional.

Un último factor ha sido la resistencia protagonizada por Cuba a lo largo de cincuenta años, lo que contribuyó decisivamente a una toma de conciencia de que no solo se debía, sino que se podía enfrentar el injerencismo imperialista, con su secuela de intervenciones armadas, imposiciones de dictaduras militares y la creciente dependencia de las oligarquías locales a los dictados de Washington.

La I Y II Declaración de la Habana anunciaron la II Independencia de América. Se proclamó también que en la nueva coyuntura que se abría con la Revolución Cubana, comenzaría las luchas por la emancipación definitiva de América Latina del dominio del capital financiero internacional. Como todo gran texto profético las declaraciones de la Habana no anunciaron las distintas vías por las cuales se alcanzaría la liberación. Se auguraban momentos de violencia, pero no se dictaminaba sobre las formas de acceso al poder. La época nueva que se abre en la década de 1990, parece confirmar cada vez más sus previsiones. De acuerdo con los trascendentales documentos el prolongado proceso de formación de los Estados Naciones latinoamericanos implicaba una ruptura con las relaciones de dominio impuestas por el imperio estadounidense.

La tradición latinoamericana de incorporar las experiencias y enseñanzas del pasado a la exégesis y accionar del presente y del futuro, ha sido acremente censurada por cierta tendencia dentro del postmodernismo. El revolucionario y el historiador latinoamericano, decía un crítico estadounidense, adolece de la propensión de proyectarse hacía un fin preconcebido. Las historias de los latinoamericanos reconstruyen el pasado a la medida de las exigencias del presente. No son pasado, son historia contemporánea. Sus relatos históricos son retorcidos para entender el presente a su manera y fraguar un futuro de acuerdo con sus gustos y antojos. Así, de acuerdo con el crítico, "Confundir una idea presente con los acontecimientos pasados a los que se refiere, viola los principios básicos de la temporalidad. Se trata de metahistoria y no de historia intelectual. Políticamente su meta es tratar de desarrollar una sociedad unitaria sobre las bases de un hispanoamericanismo consciente. Filosóficamente trata de extraer de las condiciones del Nuevo Mundo un sistema de pensamiento universal y ético".

De conformidad con esta versión los latinoamericanos no hemos hecho otra cosa que construir unas utopías políticas y una metahistoria desde un postulado teleológico universal. Nuestro pecado capital ha sido unir al pasado, el presente y el futuro en una unidad. Lo que se nos propone, en cambio, es vagar en la noche de la ahistoricidad. Ya lo había intuido Alexis Tocqueville, "Desde que el pasado dejó de lanzar su luz sobre el futuro, la mente de los hombres vaga en tinieblas."

El marxismo, como doctrina en la que se inspiran muchos pensadores y protagonistas históricos latinoamericanos, jamás postuló una metahistoria, ni un esquema abstracto obligatorio de la evolución histórica, sino una variedad de hipótesis sobre el carácter de las relaciones sociales y la evolución probable de conflictos y luchas de clases y naciones, en el mundo colonial. Para los estudiosos marxistas la historia no es, como pretenden distintas ideologías de Estado, una sierva de la política del presente, sino su maestra más ilustre. Los estudios históricos no se han propuesto nunca aportar soluciones, sino tan solo contribuir a que se piense el presente en términos de los cambios que se han sucedido en el tiempo.

Ya José Martí había enunciado un proyecto acorde con un pensamiento histórico que brotase de la civilización y cultura propia que se gestaba en nuestras tierras. Pensamiento enraizado en nuestra historia e identidad cultural y alejado de todo esquema histórico de desarrollo universal, "La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas."

En tanto los proyectos independentistas del siglo XIX quedaron en buena medida inconclusos, todos los movimientos revolucionarios han inscrito desde entonces en sus banderas la coronación de los designios emancipadores del pasado. El desiderátum latinoamericano ha sido la realización plena de la independencia y soberanía de los estados nacionales. Los proyectos emancipadores pendientes desde tiempos pretéritos deben ser llevados a feliz término en el presente por venir. Los pensadores y actores del movimiento por la unidad latinoamericana solo pueden vencer el atraso histórico que implica la condición dependiente, uniendo de manera irreversible el pasado, el presente y el futuro.

Los historiadores latinoamericanos interesados en el progreso de sus pueblos, no son futurólogos, ni predicen los acontecimientos del porvenir. Solo aspiran a investigar el pasado de acuerdo con las reglas de su oficio. De la misma manera no se privan del acceso a los métodos y técnicas más modernas de investigación, ni al estudio de las distintas escuelas de pensamiento historiográfico. De lo que se trata es de reconstruir la otra cara de la luna a la que no teníamos acceso. En la medida que han revelado las características históricas del dominio colonial y neocolonial, obviadas por la historiografía tradicional, han contribuido y contribuyen a que sus compatriotas se percaten de la necesidad de hacer suyas los proyectos de unidad continental, de liberación nacional o bien de revolución social.

Palabras de inauguración en la XVIII Feria Internacional del Libro, Cuba 2009 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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