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Mauricio Paredes (Chile, 1972)
confiesa que el humor y el juego
son parte de su personalidad. Se
revela en su entusiasmo a la
hora explicar esa manera
particular en la que los niños
se aproximan a la literatura, y
el singular oficio de escribir
buenos libros que ellos puedan
disfrutar.
Como Jurado del Premio de
Literatura para Niños y Jóvenes
de Casa de las Américas, sus
conocimientos del tema son
amplios y bien cimentados. Ha
pasado los últimos siete años
escribiendo literatura para
niños y difundiéndola en
Hispanoamérica. En 2005 se
convirtió en miembro del IBBY (International
Board on Books for Young People)
y ocupó su presidencia en Chile
de 2006 a 2007. Fue profesor en
la Universidad Andrés Bello y
actualmente enseña en las
universidades Gabriela Mistral y
Finis Terrae. Además escribe
guiones para un programa
infantil de televisión, “Go
Pop”, y ha realizado varios
materiales dedicados a la
enseñanza, como el “Panorama de
la LIJ en Chile” (2008), un
anuario sobre el libro infantil
y juvenil. Es autor de
¡Ay, cuánto me quiero!
(2003),
La familia Guácatela
(2005),
El diente desobediente de Rocío
(2005),
Verónica la niña biónica
(2005),
El festín de Agustín
(2006),
Los sueños mágicos de Bartolo
(2006),
Perverso (2008) y
Mi hermano gigante
(2008).
¿Qué le ha parecido el ser
invitado como jurado en este
aniversario especial del Premio
Casa?
Fue una muy grata sorpresa, un
honor muy grande por la
trascendencia y el nivel que
tiene en Latinoamérica y el
Caribe la Casa de las Américas,
sus actividades y
particularmente el premio.
Especialmente la categoría a la
que pertenezco, la literatura
infantil, que es el primer
acercamiento de los seres
humanos a la lectura.
¿Qué importancia tiene que un
premio como el de Casa de las
Américas reconozca la literatura
para niños y jóvenes junto a
otros géneros de fuerte
tradición en la región como la
novela y el testimonio?
Exactamente. Me alegro muchísimo
de que existan instancias como
el Premio Casa, por la
importancia que tiene, su
trascendencia en el área de
poesía, novela, testimonio,
ensayo… y si está la literatura
infantil es porque se considera
un área también trascendente.
Entonces se empieza a formar una
unidad y aparecen los ejes
comunes, que son muchos, por
supuesto. O sea, si hay algo que
tenemos en común es que todos
fuimos niños alguna vez. Es un
elemento común que está siempre
presente, y las problemáticas
infantiles están siempre
presentes: el primer amor, el
desconocimiento de muchas cosas,
la fascinación por la
exploración, el miedo a lo
desconocido, el misterio del
propio cuerpo y del entorno, el
inicio de la amistad verdadera,
son asuntos universales.
La literatura infantil
latinoamericana rara vez cruza
fronteras para ser conocida
fuera de su país de origen. ¿Un
Premio Casa cambia en algo esta
situación?
Lograr ese reconocimiento es una
lucha que tenemos que dar las
personas que escribimos
literatura infantil o para
jóvenes, o libros que pueden ser
leídos por niños, porque existe
una discusión un poco bizantina
sobre qué es realmente
literatura infantil, si es la
escrita "por" los niños o “para”
los niños, pero la literatura
infantil es la que puede ser
leída por los niños, la que
pueden comprender y disfrutar.
El placer de la lectura es el
fondo del asunto: que el
acercamiento a los libros sea de
forma placentera y gozosa. Que
haya una libertad estética, que
los niños logren una profunda
empatía con los sentimientos que
deja escritos el autor o autora
de la obra. Eso lo puede hacer
de la misma forma y con la misma
intensidad un niño pequeño que
un adulto.
A veces se comete el craso error
de creer que los niños son como
adultos menos inteligentes,
adultos tontos, cuando la
sensibilidad estética de un niño
es muy sutil. De hecho, son muy
categóricos. Una gran diferencia
está en que si yo, adulto, tomo
un libro de un autor muy
reconocido a nivel mundial y no
me gusta, quizá reconozca que el
libro me queda grande, que me
falta inteligencia o
sensibilidad, que soy yo el
culpable. En cambio, si a un
niño no le gusta un libro, por
muy grandioso y clásico que sea
el autor, lo cierra y no lo abre
más, a menos que esté obligado a
hacer un examen sobre él, y este
es otro de los frentes de
batalla que tenemos: con los
maestros respecto a las
evaluaciones que se hacen con
las obras que hemos escrito.
¿Qué tendencias del género le
han revelado las obras en
competencia este año?
Es interesante porque creo que
hay dos grandes grupos, aunque
es muy difícil hacer una
clasificación. Pero hay dos
formas de aproximarse. Una es la
del adulto que rememora su
propia infancia y quiere tratar
de enseñarles a los niños,
transmitirles valores y hacer
del libro una herramienta para
que sean obedientes y se porten
bien. Otra es la de las autoras
y autores que se acercan al
punto de vista del niño, a cómo
el niño entiende y ve el mundo.
Esa obra incluye poesía, teatro
y novela infantil, y todas estas
formas las estamos evaluando.
Ocurre que en toda esta área
están muy presentes estos dos
grupos, particularmente el
segundo, en el que está la
visión del niño, la visión de
descubrir cosas nuevas, donde se
produce una conexión mutua
profunda, algo que he visto en
obras ya editadas. En estos
casos los niños se sienten
identificados y hacen propia la
historia, no leen la voz del
adulto tratando de decirles cómo
comportarse, sino que hay una
complicidad: juntos descubramos
el mundo. Se dejan llevar por la
historia y se les olvida que hay
un narrador y que son
personajes. Dejan de estudiar el
libro y pasan a disfrutarlo.
¿En qué espectro se mueve su
propia literatura?
A mí me fascina el humor, me
encanta reírme. Me gusta jugar
con el absurdo, con cierto grado
de ironía; pero siempre con
afecto, que parte de reírse de
uno mismo. Creo que es esencial
que los adultos no nos mostremos
infalibles, todos nos
equivocamos. Los niños no son
tontos, y si nos ponemos en una
especie de pedestal, de altar,
al primer error que cometamos se
van a reír de nosotros. Se
produce un tipo de opresión en
el que el adulto es perfecto y
el niño es un ser lleno de
defectos que están por
perfeccionarse. Hay que tener
mucho cuidado, porque el niño no
es un ser imperfecto que deba
perfeccionarse, sino que es un
niño imperfecto tal como después
será un adulto imperfecto.
Me gusta mucho la fantasía
intensa, el uso del humor,
porque me brotan
espontáneamente. Los juegos de
palabras me fascinan, me
encantan las palabras y el
idioma castellano que me permite
hacer juegos, retruécanos y
figuras del lenguaje que en la
infancia son muy apreciados. Me
acuerdo que cuando niños nos
gustaba equivocarnos
intencionalmente con las
palabras. Cuando se producen
sinsentidos que a veces
adquieren muchos sentidos. Así
se acerca a veces a la poesía.
Más que analizar la obra, uno la
siente. Ese sentimiento inicial
es igual para un niño de siete
años que para una persona de 70.
Pienso en El principito,
o en El gigante egoísta,
uno se conmueve y da lo mismo la
edad que uno tenga. Esos son los
libros que pueden ser leídos por
los niños, pero que se pueden
leer en cualquier momento de la
vida. Esos son los que
trascienden en el tiempo. |