Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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ENTREVISTA CON MAURICIO PAREDES,
JURADO DEL PREMIO DE LITERATURA PARA NIÑOS Y JÓVENES

Descubrir el mundo

A. Vidal • La Habana

Fotos: Cortesía de Casa de las Américas



 

Mauricio Paredes (Chile, 1972) confiesa que el humor y el juego son parte de su personalidad. Se revela en su entusiasmo a la hora explicar esa manera particular en la que los niños se aproximan a la literatura, y el singular oficio de escribir buenos libros que ellos puedan disfrutar.

Como Jurado del Premio de Literatura para Niños y Jóvenes de Casa de las Américas, sus conocimientos del tema son amplios y bien cimentados. Ha pasado los últimos siete años escribiendo literatura para niños y difundiéndola en Hispanoamérica. En 2005 se convirtió en miembro del IBBY (International Board on Books for Young People) y ocupó su presidencia en Chile de 2006 a 2007. Fue profesor en la Universidad Andrés Bello y actualmente enseña en las universidades Gabriela Mistral y Finis Terrae. Además escribe guiones para un programa infantil de televisión, “Go Pop”, y ha realizado varios materiales dedicados a la enseñanza, como el “Panorama de la LIJ en Chile” (2008), un anuario sobre el libro infantil y juvenil. Es autor de ¡Ay, cuánto me quiero! (2003), La familia Guácatela (2005), El diente desobediente de Rocío (2005), Verónica la niña biónica (2005), El festín de Agustín (2006), Los sueños mágicos de Bartolo (2006), Perverso (2008) y Mi hermano gigante (2008).
 

¿Qué le ha parecido el ser invitado como jurado en este aniversario especial del Premio Casa?

Fue una muy grata sorpresa, un honor muy grande por la trascendencia y el nivel que tiene en Latinoamérica y el Caribe la Casa de las Américas, sus actividades y particularmente el premio. Especialmente la categoría a la que pertenezco, la literatura infantil, que es el primer acercamiento de los seres humanos a la lectura.
 

¿Qué importancia tiene que un premio como el de Casa de las Américas reconozca la literatura para niños y jóvenes junto a otros géneros de fuerte tradición en la región como la novela y el testimonio?

Exactamente. Me alegro muchísimo de que existan instancias como el Premio Casa, por la importancia que tiene, su trascendencia en el área de poesía, novela, testimonio, ensayo… y si está la literatura infantil es porque se considera un área también trascendente. Entonces se empieza a formar una unidad y aparecen los ejes comunes, que son muchos, por supuesto. O sea, si hay algo que tenemos en común es que todos fuimos niños alguna vez. Es un elemento común que está siempre presente, y las problemáticas infantiles están siempre presentes: el primer amor, el desconocimiento de muchas cosas, la fascinación por la exploración, el miedo a lo desconocido, el misterio del propio cuerpo y del entorno, el inicio de la amistad verdadera, son asuntos universales.
 

La literatura infantil latinoamericana rara vez cruza fronteras para ser conocida fuera de su país de origen. ¿Un Premio Casa cambia en algo esta situación?

Lograr ese reconocimiento es una lucha que tenemos que dar las personas que escribimos literatura infantil o para jóvenes, o libros que pueden ser leídos por niños, porque existe una discusión un poco bizantina sobre qué es realmente literatura infantil, si es la escrita "por" los niños o “para” los niños, pero la literatura infantil es la que puede ser leída por los niños, la que pueden comprender y disfrutar. El placer de la lectura es el fondo del asunto: que el acercamiento a los libros sea de forma placentera y gozosa. Que haya una libertad estética, que los niños logren una profunda empatía con los sentimientos que deja escritos el autor o autora de la obra. Eso lo puede hacer de la misma forma y con la misma intensidad un niño pequeño que un adulto.

A veces se comete el craso error de creer que los niños son como adultos menos inteligentes, adultos tontos, cuando la sensibilidad estética de un niño es muy sutil. De hecho, son muy categóricos. Una gran diferencia está en que si yo, adulto, tomo un libro de un autor muy reconocido a nivel mundial y no me gusta, quizá reconozca que el libro me queda grande, que me falta inteligencia o sensibilidad, que soy yo el culpable. En cambio, si a un niño no le gusta un libro, por muy grandioso y clásico que sea el autor, lo cierra y no lo abre más, a menos que esté obligado a hacer un examen sobre él, y este es otro de los frentes de batalla que tenemos: con los maestros respecto a las evaluaciones que se hacen con las obras que hemos escrito.
 

¿Qué tendencias del género le han revelado las obras en competencia este año?

Es interesante porque creo que hay dos grandes grupos, aunque es muy difícil hacer una clasificación. Pero hay dos formas de aproximarse. Una es la del adulto que rememora su propia infancia y quiere tratar de enseñarles a los niños, transmitirles valores y hacer del libro una herramienta para que sean obedientes y se porten bien. Otra es la de las autoras y autores que se acercan al punto de vista del niño, a cómo el niño entiende y ve el mundo. Esa obra incluye poesía, teatro y novela infantil, y todas estas formas las estamos evaluando. Ocurre que en toda esta área están muy presentes estos dos grupos, particularmente el segundo, en el que está la visión del niño, la visión de descubrir cosas nuevas, donde se produce una conexión mutua profunda, algo que he visto en obras ya editadas. En estos casos los niños se sienten identificados y hacen propia  la historia, no leen la voz del adulto tratando de decirles cómo comportarse, sino que hay una complicidad: juntos descubramos el mundo. Se dejan llevar por la historia y se les olvida que hay un narrador y que son personajes. Dejan de estudiar el libro y pasan a disfrutarlo.
 

¿En qué espectro se mueve su propia literatura?

A mí me fascina el humor, me encanta reírme. Me gusta jugar con el absurdo, con cierto grado de ironía; pero siempre con afecto, que parte de reírse de uno mismo. Creo que es esencial que los adultos no nos mostremos infalibles, todos nos equivocamos. Los niños no son tontos, y si nos ponemos en una especie de pedestal, de altar, al primer error que cometamos se van a reír de nosotros. Se produce un tipo de opresión en el que el adulto es perfecto y el niño es un ser lleno de defectos que están por perfeccionarse. Hay que tener mucho cuidado, porque el niño no es un ser imperfecto que deba perfeccionarse, sino que es un niño imperfecto tal como después será un adulto imperfecto.

Me gusta mucho la fantasía intensa, el uso del humor, porque me brotan espontáneamente. Los juegos de palabras me fascinan, me encantan las palabras y el idioma castellano que me permite hacer juegos, retruécanos y figuras del lenguaje que en la infancia son muy apreciados. Me acuerdo que cuando niños nos gustaba equivocarnos intencionalmente con las palabras. Cuando se producen sinsentidos que a veces adquieren muchos sentidos. Así se acerca a veces a la poesía. Más que analizar la obra, uno la siente. Ese sentimiento inicial es igual para un niño de siete años que para una persona de 70. Pienso en El principito, o en El gigante egoísta, uno se conmueve y da lo mismo la edad que uno tenga. Esos son los libros que pueden ser leídos por los niños, pero que se pueden leer en cualquier momento de la vida. Esos son los que trascienden en el tiempo.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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