Escribí El etnotexto: las
voces del asombro, como un
intento para conjurar la
resignación que me producen los
desatinos exhibidos por los
críticos cuando se ven forzados
a abordar textos de naturaleza
cosmovisiva heterogénea, que se
salen de la seguridad que brinda
el canon. Al crear la figura del
salvaje, bueno o malo, pero
siempre arquetípico, se puso a
las culturas que ahora llamamos
indoamericanas al mismo nivel de
los niños, que junto con los
locos y los poetas pertenecen al
grupo de los excluidos por
considerarse que no pueden
encarar la realidad.
Aquí es de todos conocidos que
este modelo de antagonismos ya
es muy antiguo, recordemos el
creado por Shakespeare en La
tempestad. Roberto Fernández
Retamar optó por la
identificación con Calibán y no
por Próspero ni con Ariel. Por
eso hasta finales del siglo XX,
los indios en Colombia eran
legalmente menores de edad.
Eso tampoco es extraño, pues la
llamada descolonización
americana no fue otra cosa que
una abdicación de la hegemonía,
que pasó de la casta
eurooriginaria a la casta
eurodescendiente genética y
mentalmente. De hecho, el
conflicto entre la cultura y la
literatura de sello europeo con
las de sello indo y
afroamericano, no experimentó
cambios significativos con el
paso de la época colonial a la
de la llamada independencia.
En 1899, ya en el período
posimperial brasilero, Joaquín
Machado de Assís publicó
Memorias póstumas de Brás Cubas.
La crítica, por cuenta de
Capistrano de Abreu, le negó el
carácter de novela a esta obra
fundacional de la narrativa
moderna en la lengua portuguesa.
Fue descalificada como “obra de
filosofía mundana bajo la forma
de novela”. La estrategia del
canon de la época fue considerar
a la novela como texto de
filosofía, en tanto que los
filósofos la consideraron una
obra apenas mundana.
En 1924, el colombiano Julio
Quiñones publicó en Francia
En el corazón de América Virgen,
texto también rechazado por los
literaturólogos, que lo
consideraron etnografía y por
los etnógrafos, que lo
consideraron literatura. Más acá
es muy conocido el caso de
Cien años de soledad cuando,
en agosto de 1967, Luis
Guillermo Piazza descalificó a
García Márquez en su novela
documental La mafia, por
considerarlo un “novelista
colombiano folclorizante”. Eso
sucedió casi tres meses después
de la publicación de esa otra
novela de ruptura.
Lo que hay de común en estos
tres casos es la función de un
canon que actúa como aparato
ideológico de las culturas
hegemónicas. Los personeros del
canon no actúan solo como
críticos y consultores
editoriales, sino que están a
cargo de los diseños
curriculares, que es donde se
decide qué deben leer los
estudiantes para determinar qué
deben pensar.
Lo que nos revelan los textos
que debí estudiar para la
elaboración de este libro es que
el modelo colonial clásico
europeo apenas se diferencia del
contemporáneo en gran parte de
América Latina por los matices
propios de la modernidad pero,
en el fondo, son expresión de la
misma mentalidad subalternizante.
Nuestra historia cultural es una
cadena de imposiciones,
suplantaciones y negaciones,
exactamente como desde 1492.
Para decirlo en términos
neoliberales, parece que nuestro
modelo político ha operado más
como una franquicia que como un
proyecto autónomo. Es fácil
decir que no es así, pero ¿cómo
explicarse que las Cumbres
Iberoamericanas de Naciones se
hagan aún bajo la vigilancia
real de España y Portugal, donde
un rey soberbio se permite
mandar a callar a un Jefe de
estado, exactamente como en los
tiempos coloniales?
El derrotero de esta narrativa
silenciada retrata una historia
llena de crimen y traiciones,
donde quedó establecido que la
Ley solo caía sobre los débiles.
Fue lo que nuestras clases
dominantes aprendieron bajo el
ejemplo de Hernando Pizarro
comprando a la justicia real de
España con sacos de oro para que
su clan fuera exonerado del
genocidio de Cajamarca y del
asesinato de Atahualpa.
Así también compraron sus
patentes, que entonces se
llamaban cédulas reales y
capitulaciones, Gonzalo Jiménez
de Quesada, Sebastián de
Belalcázar o Pedro de Heredia
para robar y asesinar indios y
españoles por igual, siempre que
llevaran oro a los cofres
reales. Ellos inventaron el
delito de fe con la inquisición
así como el delito de opinión.
Uno diría que esos son tiempos
pasados, si no fuera porque, en
plena globalización, inventaron
el delito de inmigración con lo
que convirtieron el origen de
las personas en crimen, borrando
de su propia memoria que hace
apenas unas décadas ellos mismos
emigraron nuevamente de manera
masiva hacia América perseguidos
por el horror del fascismo y
luego por el hambre, siendo
acogidos por los mismos pueblos
que habían sometido por
centurias. También es conocido
el caso reciente de un litigio
entre Italia y Brasil, donde
Italia reclamó al gobierno
brasilero haber otorgado refugio
político a un luchador italiano
y Lula no se pudo contener y le
respondió que América Latina y
Brasil en particular tenían
muchas lecciones que dar sobre
el trato de inmigrantes.
Por eso, no es de extrañar que
los argumentos que justificaron
el asesinato de Túpac Amaru
fueran los mismos que en el
siglo XXI utiliza el energúmeno
protoemperador de Colombia
Álvaro Uribe para condenar a los
indios del tiempo presente
cuando reclaman sus derechos.
Los llama guerrilleros y, al día
siguiente, sus escuadrones de la
muerte salen a buscar a quién
ajusticiar para ejemplarizar,
como ha sucedido con tantos
asesinados, como Edwin Legarda,
el esposo de la dirigente
indígena Aida Quilcué entre
ellos, apenas en noviembre del
año pasado.
Ese protoemperador es el mismo
que estableció la pena de muerte
para sus enemigos y un sistema
de recompensas que ha convertido
a los pobres y desamparados en
mercancía fúnebre a través de
los llamados falsos positivos,
que ha asesinado centenares y,
tal vez, millares de enfermos
mentales, desempleados y otros
para vestirlos de guerrilleros y
exhibirlos como victorias
militares. Todo, al amparo de
que en estos tiempos todo vale,
que fue lo que nos enseñaron
nuestros primeros civilizadores,
seguros también de que la
memoria es frágil y será
suficiente con prohibir y
acallar a los que osen decir lo
que piensan como ha pasado con
Alfredo Molano y Patricia Ariza
en Colombia, los más recientes
perseguidos ejemplares, entre
tantos otros.
No obstante, si el último cuarto
del siglo XX fue el de la
desmesura neoliberal, del
desenfado invasor contra
naciones y del acceso de
sicópatas al poder en algunas
naciones, hay algunas señales
que nos hacen pensar que hay
esperanza. Hay un indio a la
cabeza de Bolivia. Hay un negro
en EE.UU. Y en la pequeña ciudad
de Sauipe en Brasil se llevó a
cabo en noviembre del año pasado
la Primera Cumbre de América
Latina y el Caribe sobre
Integración y Desarrollo, sin la
vigilancia de España, Portugal
ni, desde luego, EE.UU. y
Canadá.
Al comenzar dije que escribí
El etnotexto… para
brindarles a los lectores
críticos de esa otra literatura
herramientas de comprensión. En
realidad no es así, escribí ese
libro para aprender yo mismo,
buscando señas de identidad con
las cuales vincularme con
certeza. El mito, siendo un
relato perfecto y padre de todos
los géneros, también me ha
enseñado eso: que uno hace
teoría para tratar de explicarse
las cosas porque solo cuando las
comprende a fondo está en
condiciones de hacer ficción.
Como el mito.
Texto leído por el investigador
colombiano en la sala Che
Guevara, tras la presentación de
su libro El etnotexto: las
voces del asombro, Premio
Casa 2008 en la categoría de
ensayo de tema histórico-social. |