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Es con una gran satisfacción que
pronuncio ante ustedes estas
palabras de encomio de la
querida y admirada investigadora
y compañera Áurea Matilde
Fernández. Para todos es muy
conocida y reconocida la obra
historiográfica de la profesora
que ha obtenido el Premio
Nacional de Ciencias Sociales
2008, que otorgan el Instituto
Cubano del Libro y el Consejo
Nacional de las Ciencias
Sociales del CITMA. Y siendo
Áurea precisamente una
historiadora, debe con justeza
llamar la atención que sea
alguien que no proviene de ese
campo de estudios la persona que
pronuncie estas palabras hoy. No
puedo menos que interpretar que
se ha querido, quizás, una
especie de visión desde la
filosofía del rico quehacer de
Áurea. Excúsenme, pues, los
amigos historiadores aquí
presentes si habla la voz de la
herejía.
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Lo primero que habría que
destacar es que el legado de la
también Premio Félix Varela
2007, se proyecta en múltiples
dimensiones con amplitud de
miras, largo y denodado empeño,
para brindar una prolija y
enjundiosa recolecta de
resultados meritorios y valiosos
para la vida espiritual de la
Revolución Cubana. Es la manera
en que ella ha llevado adelante
su quehacer de estudio e
investigación, su compromiso
personal y profesional con la
causa del proceso revolucionario
y su esmero en dar lo mejor de
sí misma, que hacen que forme ya
parte medular y reconocible de
todo aquello que ha labrado la
dimensión cultural e intelectual
de nuestro momento histórico. Su
nombre y su obra quedan, pues,
establecidas en la
historiografía cubana de estos
últimos cuarenta años, y
cualquier balance posterior no
podrá prescindir de su huella.
Por su valía, el aprecio hacia
sus contribuciones ha ido más
allá de nuestras fronteras; en
particular, ha llegado también a
España, la tierra que la vio
nacer.
Sus conocidos estudios y
publicaciones sobre la historia
de España marcan un hito en
nuestro país por su exigencia y
acuciosidad, por su amplia
visión abarcadora e integral.
Áurea es una de esas
historiadoras que se caracteriza
por la solidez de sus
fundamentos conceptuales y la
metodología del análisis
riguroso. Sus conocidas
investigaciones son el resultado
de una larga dedicación que se
ha basado en el respeto del dato
empírico y la profundidad del
enfoque marxista. Y no se
encuentra Áurea precisamente
entre aquellos que con el cambio
de los vientos a nivel
planetario de los noventa haya
renunciado a la seria aplicación
de las bases teóricas que han
caracterizado su labor. Pero es
también el momento de recordar
con cuánta sabiduría asimiló las
enseñanzas de sus profesores y
formadores en su especialidad.
Sin renunciar al respeto y el
reconocimiento, supo superar las
ciertas rigideces y
esquematismos de una
historiografía que no fue capaz
de captar plenamente el
verdadero sentido de la visión
legada por Marx. De ahí su
creatividad, su amplitud en las
aproximaciones a los temas de
estudios, su visión de conjunto
e integral de los factores que
entretejen el devenir. Esta
creatividad y solidez está
presente asimismo en sus
estudios sobre las relaciones
entre Cuba y España, para lo
cual —a causa del conjunto de
sus estudios— ella estaba mejor
preparada que otros.
No puedo dejar de mencionar en
este contexto, su generosidad
con otros compañeros
investigadores de ramas
diferentes pero afines. Tengo en
mente mi propia experiencia
personal, porque Áurea tuvo la
paciencia de leerse mis primeros
trabajos sobre pensamiento y
filosofía en la América Latina y
pude así recoger sus sugerencias
de modificaciones para el texto
inicial. Con posterioridad, fui,
más recientemente, lejana, pero
asidua alumna suya en el curso
de Historia de España para
Universidad para Todos en la
Televisión. Justamente el curso
que hizo familiar su rostro y
sus claras y precisas enseñanzas
a los televidentes cubanos. Y
esto nos conduce, de manera
natural, a una dimensión
esencial del quehacer de nuestra
profesora de mérito: la gran y
excelente pedagoga que es, la
extensa y sistemática obra que
deja tras sí en la formación de
nuevas generaciones de
historiadores y en la correcta
formación de tantos otros que
nos beneficiamos escuchándola.
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Pero mis recuerdos de Áurea me
conducen a otros inesperados
momentos que hoy no resisto la
tentación de trasmitir. ¿Cómo
olvidar aquellos primeros años
de milicias y entrenamientos?
Precisamente, cuando dedicábamos
“una noche a la semana y un
domingo cada mes”. Y también,
aquel cursillo de milicias en el
que ella tanto se destacó, pero
donde, a la vez que aprendíamos
y nos preparábamos mejor,
sufríamos asimismo nuestra
escasa vocación por las demandas
de la llamada disciplina
militar. Toda esta evocación nos
ayuda a esa imagen más integral,
humana y revolucionaria de
nuestra Áurea Matilde, porque
son presencias que nos la hacen
más entrañable, cercana, en fin
amiga.
Con su participación en las
milicias y su dedicación a las
diferentes tareas de dirección y
de cumplimiento de variadas
responsabilidades, ella dio
continuidad, de manera natural,
al legado de sus padres y a la
nutricional experiencia de su
niñez en la tierra española de
remembranzas familiares y
locales, pero también de los
zarpazos de la Guerra Civil. La
mención de su conmovedor libro
sobre sus padres y los años de
niñez y exilio no debe faltar
hoy entre nosotros. Esas páginas
de prosa límpida y depurada,
íntima y reservada, en que la
excepcionalidad de lo cotidiano
fluye y nos conduce al devenir
de la vida real, esa que nutre
los grandes acontecimientos
históricos que le tocó vivir.
Su vida toda, profesional y
personal, nos indica de su
dedicación sin fallas a los
ideales que le dieron raíz a su
vida, a ese actuar irreprochable
que hace que hoy entreguemos
este premio con satisfacción y
júbilo. |