Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Premio de Ciencias Sociales 2008

Elogio de Áurea Matilde Fernández

Isabel Monal • La Habana

 

Es con una gran satisfacción que pronuncio ante ustedes estas palabras de encomio de la querida y admirada investigadora y compañera Áurea Matilde Fernández. Para todos es muy conocida y reconocida la obra historiográfica de la profesora que ha obtenido el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2008, que otorgan el Instituto Cubano del Libro y el Consejo Nacional de las Ciencias Sociales del CITMA. Y siendo Áurea precisamente una historiadora, debe con justeza llamar la atención que sea alguien que no proviene de ese campo de estudios la persona que pronuncie estas palabras hoy. No puedo menos que interpretar que se ha querido, quizás, una especie de visión desde la filosofía del rico quehacer de Áurea. Excúsenme, pues, los amigos historiadores aquí presentes si habla la voz de la herejía.

Lo primero que habría que destacar es que el legado de la también Premio Félix Varela 2007, se proyecta en múltiples dimensiones con amplitud de miras, largo y denodado empeño, para brindar una prolija y enjundiosa recolecta de resultados meritorios y valiosos para la vida espiritual de la Revolución Cubana. Es la manera en que ella ha llevado adelante su quehacer de estudio e investigación, su compromiso personal y profesional con la causa del proceso revolucionario y su esmero en dar lo mejor de sí misma, que hacen que forme ya parte medular y reconocible de todo aquello que ha labrado la dimensión cultural e intelectual de nuestro momento histórico. Su nombre y su obra quedan, pues, establecidas en la historiografía cubana de estos últimos cuarenta años, y cualquier balance posterior no podrá prescindir de su huella. Por su valía, el aprecio hacia sus contribuciones ha ido más allá de nuestras fronteras; en particular, ha llegado también a España, la tierra que la vio nacer.

Sus conocidos estudios y publicaciones sobre la historia de España marcan un hito en nuestro país por su exigencia y acuciosidad, por su amplia visión abarcadora e integral. Áurea es una de esas historiadoras que se caracteriza por la solidez de sus fundamentos conceptuales y la metodología del análisis riguroso. Sus conocidas investigaciones son el resultado de una larga dedicación que se ha basado en el respeto del dato empírico y la profundidad del enfoque marxista. Y no se encuentra Áurea precisamente entre aquellos que con el cambio de los vientos a nivel planetario de los noventa haya renunciado a la seria aplicación de las bases teóricas que han caracterizado su labor. Pero es también el momento de recordar con cuánta sabiduría asimiló las enseñanzas de sus profesores y formadores en su especialidad. Sin renunciar al respeto y el reconocimiento, supo superar las ciertas rigideces y esquematismos de una historiografía que no fue capaz de captar plenamente el verdadero sentido de la visión legada por Marx. De ahí su creatividad, su amplitud en las aproximaciones a los temas de estudios, su visión de conjunto e integral de los factores que entretejen el devenir. Esta creatividad y solidez está presente asimismo en sus estudios sobre las relaciones entre Cuba y España, para lo cual —a causa del conjunto de sus estudios— ella estaba mejor preparada que otros.

No puedo dejar de mencionar en este contexto, su generosidad con otros compañeros investigadores de ramas diferentes pero afines. Tengo en mente mi propia experiencia personal, porque Áurea tuvo la paciencia de leerse mis primeros trabajos sobre pensamiento y filosofía en la América Latina y pude así recoger sus sugerencias de modificaciones para el texto inicial. Con posterioridad, fui, más recientemente, lejana, pero asidua alumna suya en el curso de Historia de España para Universidad para Todos en la Televisión. Justamente el curso que hizo familiar su rostro y sus claras y precisas enseñanzas a los televidentes cubanos. Y esto nos conduce, de manera natural, a una dimensión esencial del quehacer de nuestra profesora de mérito: la gran y excelente pedagoga que es, la extensa y sistemática obra que deja tras sí en la formación de nuevas generaciones de historiadores y en la correcta formación de tantos otros que nos beneficiamos escuchándola.

Pero mis recuerdos de Áurea me conducen a otros inesperados momentos que hoy no resisto la tentación de trasmitir. ¿Cómo olvidar aquellos primeros años de milicias y entrenamientos? Precisamente, cuando dedicábamos “una noche a la semana y un domingo cada mes”. Y también, aquel cursillo de milicias en el que ella tanto se destacó, pero donde, a la vez que aprendíamos y nos preparábamos mejor, sufríamos asimismo nuestra escasa vocación por las demandas de la llamada disciplina militar. Toda esta evocación nos ayuda a esa imagen más integral, humana y revolucionaria de nuestra Áurea Matilde, porque son presencias que nos la hacen más entrañable, cercana, en fin amiga.

Con su participación en las milicias y su dedicación a las diferentes tareas de dirección y de cumplimiento de variadas responsabilidades, ella dio continuidad, de manera natural, al legado de sus padres y a la nutricional experiencia de su niñez en la tierra española de remembranzas familiares y locales, pero también de los zarpazos de la Guerra Civil. La mención de su conmovedor libro sobre sus padres y los años de niñez y exilio no debe faltar hoy entre nosotros. Esas páginas de prosa límpida y depurada, íntima y reservada, en que la excepcionalidad de lo cotidiano fluye y nos conduce al devenir de la vida real, esa que nutre los grandes acontecimientos históricos que le tocó vivir.

Su vida toda, profesional y personal, nos indica de su dedicación sin fallas a los ideales que le dieron raíz a su vida, a ese actuar irreprochable que hace que hoy entreguemos este premio con satisfacción y júbilo.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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