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Haciendo honor a su
título, sobreabunda la
expectativa en las
varias salas donde se
exhibe la última cinta
de Juan Carlos Tabío (Lista
de espera), a la
vez, último estreno
nacional.
La experiencia de
trabajo con el narrador
Arturo Arango en ese
título como en otro que
le siguió (Aunque
estés lejos, 2002)
parece llegar a su mejor
simbiosis, su química
más eficiente en el
nuevo título de la dupla
artística: El cuerno
de la abundancia
(2008), Tercer Coral y
Premio al Mejor Guión en
la pasada edición del
Festival habanero.
La cinta parte de un
hecho real, según dio fe
un reportaje publicado
en El País por el
corresponsal del célebre
diario madrileño en
Cuba, Mauricio Vicent:
El tesoro de los
Manso de Contreras,
del cual partieron
escritor y cineasta para
concebir el relato
fílmico que luego el
segundo puso en
pantalla.
En el imaginario pueblo
de Yaragüey (pero donde
tanto de la arquitectura
y la vida de provincias
puede reconocer
cualquier cubano o
visitante que con cierta
frecuencia haya
recorrido el interior de
nuestro país, y no solo
de los lugares que
sirvieron de escenario:
Santa María del Rosario
y Bejucal) los que
llevan el apellido
Castiñei(y)ra se ven
teóricamente favorecidos
por una millonaria
herencia que yace en un
banco inglés solo a la
espera de los
pertinentes trámites;
como es lógico, la
noticia (primero
secreta, luego de
dominio general) dispara
y trastorna el modus
vivendi de ese
municipio signado por
las privaciones, las
carencias y la lucha
diaria de casi todos sus
vecinos.
Lo primero que llama la
atención es que,
inevitablemente
costumbrista, la
película trasciende
ampliamente los límites
de esa línea genérica
que en el cine ha
arrojado estimables
obras (desde Peyton
Place hasta
Volver), las cuales,
justamente deben su
excelencia, además de
captar con realismo el
peculiar ambiente en que
se insertan, al hecho de
pulsar situaciones y
sentimientos de claras
universalidad y
atemporalidad.
Con mayor o menos
especificidad tópica,
la(s) historia(s) de
El cuerno… se
encuentra en el
cotidiano de cualquier
rincón de Cuba ahora
mismo y ya hace varios
años, desde la capital
hasta el más recóndito
pueblo rural , sin
embargo, hay un calado
en el subsuelo del
relato que se eleva por
encima de anécdotas
elementales, un
cuestionamiento en lo
negativo (la
desvalorización, el
egoísmo, la falta de
solidaridad y de apoyo
al otro) que convierte
al filme en una muy
amarga comedia, lo cual
en absoluto disminuye
sus altos quilates
humorísticos, insertos
en una tradición de
choteo, de burla e
ironía (que de todo hay)
tan revelador del
espíritu nacional, lo
cual redondea un
verdadero ensayo
fílmico, mas sin dedos
acusadores: aún las más
censurables actitudes de
varios de los hombres y
mujeres que conforman
aquí el dramatis
personae invitan,
sino a la justificación
(como se sabe,
inadmisible en cualquier
circunstancia) al menos
a la comprensión y el
entendimiento del porqué
tales acciones, y su
justa ubicación en
tiempo y espacio.
La dualidad tonal del
filme se resuelve
encomiablemente, al
punto de que, como
espectadores, no
percibimos donde se
hallan los límites entre
lo trágico y lo cómico:
ese desafío en que han
sentado cátedra grandes
nombres del cine como
Chaplin, Almodóvar o
Woody Allen, encuentra
esta vez en la labor de
Arango y Tabío, justa
realización.
Y ya que mencionábamos
tales referentes,
también la habitual
plasmación interfílmica,
las alusiones
paratextuales encuentran
aquí una loable
plasmación; también
están los guiños a la
historia del cine,
internacional (el
western, la comedia de
enredos, el
Bienvenido Mr Marshall,
del español Berlanga de
tanto peso en la
diégesis, y por
extensión toda su obra
…), o cubano (la
simetría entre las
imágenes del primer
cuento de Lucía y
lo que viven los
personajes en una sala
de cine…)
Claro, que no faltan
“lunares”: trabajando
con el estereotipo o el
arquetipo en sus
variantes, a los
realizadores se les va
un poco la mano y tensan
los tintes en algunos
casos, o aparece el
gag malogrado (con
sabor a astracán) de las
dos parejas con
infidelidades “cruzadas”
a la vez en el mismo
lugar y momento (la
boda), por demás tan
descuidado en su
plasmación escénica.
Si otros méritos no
hubiera (que ya hemos
visto cuánto abundan) el
filme sobresale por
notabilísimas
actuaciones, muchas de
nombres ya fogueados,
mas también de nuevos
rostros que se
incorporan a la
coralidad haciendo lo
suyo sin innecesarias
poses ni divismos, sino
sumados a la coherencia
y organicidad del
conjunto, accionado y
guiado por Tabío con ese
rigor y ese dominio del
cual ya venía dando
muestras casi desde sus
inicios, amante como es
de estos relatos donde
el personaje colectivo
protagoniza: Jorge
“Pichi” Perugorría,
Laura de la Uz, Tahimí
Alvariño y Annia Bu,
llevan la delantera.
En fin, un “cuerno” que
culmina notablemente un
período (la comedia
fílmica en el cine
revolucionario) y una
obra (la de Tabío)
quien, por supuesto,
hará otras, pero cierra
todo un período de su
labor con indiscutible
sobresaliente. |