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I
El paisaje cubano es
esplendoroso, el verde
lo inunda, pero a veces
el color se pierde en la
intensidad de la luz.
Todo arde,
principalmente a
mediodía. El sol apenas
se distingue, más bien
se presiente. Está ahí,
por el bochorno tenemos
la certeza de que está,
de que ha llegado a lo
más alto y de que, sin
dejar de quemar,
comenzará a
desbarrancarse hacia la
noche. Al amanecer y al
atardecer en esta isla
las cosas, y con ellas
el verde, alcanzan
definición y gozo. En
sus “llanuras
marítimas”, en las
suaves elevaciones o en
el inmenso Turquino, se
repite el espectáculo.
“Entretarde”. Es la
palabra que mejor define
ese estado de la luz y
del espíritu que se
puede percibir y
alcanzar solo en los
puntos extremos del día
cubano. La palabra es
mexicana, creo haberla
leído por primera vez,
aunque no tengo la
certeza, en El
laberinto de la soledad,
de Octavio Paz. Ni
siquiera recuerdo el
recto sentido en que
ellos y él la usan, sin
embargo, dentro de mí
tiene una resonancia de
perfecto contorno. La
“entretarde” es un
estado de lúcida
ensoñación y de vigilia
poética. Punto de
confluencia entre el
agua, la luz y el verde,
entre las dimensiones
estelares, entre el
afuera y el adentro, el
arriba y el abajo. Ella
tiene una circularidad
tan cubana que es
difícil de expresar más
allá del gesto o del
silencio.
La Habana restaurada es
la expresión más alta de
ese ser y de ese estar.
Ella va adquiriendo un
modo de acoger, de
acomodar, de atraer al
centro de las gravedades
que debió ser la ciudad
y que en gran medida es
todavía cuando en ella
encontramos las
evidencias de que ha
recuperado su capacidad
de vivir una
hospitalidad abierta y
luminosa, capaz de
tragar todo lo que viene
y al tocarlo convertirlo
en algo de sus esencias,
nuevo, sin que podamos
apenas percibir
diferencia entre lo
autóctono y lo recién
llegado. Cuando la
ciudad acoge las
palabras ajenas y las
toca, cuando ellas
resuenan entre sus
muros, podemos sentir
como adquieren la
cualidad de ser en la
luz de la entretarde.
Allí se produce el
milagro de la cubanidad.
II
Rachid Akbal, gran actor
y cuentero argelino,
había venido a la ciudad
antes. Lo recuerdo
andando por la calle
Obispo, pero no a su
palabra. En mi memoria
solo existían dos ojos y
una sonrisa. No
palabras, ni siquiera
silencio. Fue en enero
de este año, para el Día
de Reyes, que comencé a
escucharle. Vino al
Festival Afropalabra que
promueven nuestra
Coralia Rodríguez y su
equipo.
Entré por un costado del
antiguo convento de San
Francisco, sitio de su
inauguración. Allí
estaba. En los jardines
había mucha gente de
valía y prosapia
intelectual, asistían a
la inauguración de una
exposición y después se
unirían al jolgorio.
Ahora los mudos eran
ellos. Fui hasta donde
los cuenteros. Saludé a
los amigos, a Coralia,
al Príncipe Bonifacio
Offogó, y a él. Saludos
formales, nada más. La
función estaba a punto
de comenzar. Mientras se
preparaban le tomé a
Rashid una foto: una
composición perfecta,
bella, pero después
descubrí que su rostro
estaba desenfocado. De
lo alto de la basílica
menor salía la luz de la
entretarde, caía
directamente sobre la
cabeza del argelino. La
piedra y la luz se
confabulaban para
tragarse su cuerpo.
Cuando lo devolvieron ya
su palabra tenía ese
“color” que en nosotros
encuentra acogida.
Contó una vieja historia
que no resisto la
tentación de reproducir
aquí. Aclaro que no
tendrá el brillo de su
cuerpo, que será apenas
un “texto narrativo” que
habrá perdido su “texto
de representación”, es
decir, que será un
animal mutilado, un
cuerpo que apenas dice,
que no es discurso. Aún
así me arriesgo.
“Había una vez… porque
siempre había una vez.
Había una vez un cazador
de pájaros, una de esos
hombres que al vuelo
cazan la maravilla y la
encierran en jaulas
preciosas, y las llevan
a vender a los mercados,
y las gentes se la
compran, porque siempre
estamos necesitados de
esas cosas, porque
siempre hay personas a
las que le gusta comprar
lo que se ofrece en esos
sitios. A mí no me
gustan los mercados, son
muy tristes.
“Esta vez el cazador de
pájaros tuvo mucha
suerte y regresaba de la
casería lleno de plumas
y de colores. Todo
encerrado en jaulas,
claro está. Por una de
esas cosas del destino
había cazado una paloma
gris, no muy hermosa
ella, pero a la gente le
gustan las palomas, y la
había metido en una
jaula que tampoco era
muy linda.
“Cuando estaba por salir
del bosque de sus
tropelías comenzó a
llover, primero una
garúa fina, después el
diluvio universal. Como
pudo trató de proteger a
sus prisioneros, pero
era mucha el agua y
estuvo a punto de ver
ahogada su suerte. Si no
hubiera sido por un
inmenso árbol de copa
alta y frondosa todo se
hubiera hundido. El
hombrecito tiritaba de
frío y el agua le corría
desde los pensamientos
hasta el pie. Había
corrido mucho y estaba
cansado, así que termino
empapado y dormido,
acurrucado en las raíces
del árbol.
“Cuando la paloma logró
salir de la tristeza y
del frío descubrió que
aquel era su árbol, es
decir su casa, y de sus
entrañas comenzó a salir
un arrullo triste que
pronto llegó hasta un
nido plano que estaba en
lo alto, guarecido
debajo de unas ramas
gruesas. Al principio el
palomo, su palomo,
no lo escuchó bien,
además, con la lluvia y
la hora, ya estaba todo
muy oscuro; después miró
bien y reconoció el
sonido. Volando en
círculo alrededor del
tronco bajó hasta el
suelo y en una de las
jaulas pudo encontrar a
su amada.
“Ella le dijo:
— ¡Libérame!
Y los otros pájaros
dijeron:
— ¡Libérala a ella, pero
no te olvides de abrir
nuestras jaulas!
“El cazador estaba tan
cansado que no despertó
a pesar del rumor de los
pájaros y el batir de
tantas alas.
— Regresaste a casa,
amada mía. —dijo el
paloma
“Cuando ella escuchó la
palabra casa recordó que
aquel árbol era algo más
que una planta, que era
su casa, luego entonces
ella estaba obligada a
respetar las leyes de la
hospitalidad.
—No abras la jaula, no
las abras. Este árbol es
nuestra casa, el cazador
está en ella y no
podemos defraudarlo, es
nuestro huésped.
“Los otros pájaros
protestaron, pero el
palomo afirmó con la
cabeza.
—Ese hombre está cansado
y tirita de frío, así
que deberás prender una
hoguera para que se
caliente.
“Mucha era la lluvia,
así que encontrar ramas
secas sería difícil,
pero el palomo salió a
buscarlas. Fue más allá
del bosque, más allá de
las praderas, y casi
junto al mar encontró
ramas secas. Él era
fuerte, y también
pequeño, y para que una
hoguera logre calentar a
un ser humano de ese
tamaño debe tener al
menos un montón de
madera seca, entonces
tuvo que traer una a una
las ramas bajo el ala,
hizo el enorme recorrido
veinte veces. Logró
construir una hoguera
respetable bajo el
árbol, pero… una hoguera
solo es hoguera si tiene
fuego… y por esos
lugares no había fuego,
así que fue hasta la
casa de un hombre, un
herrero, que siempre
tenía el fuego
encendido. Quedaba
lejos, pero él fue.
— Es nuestro huésped.
—se repetía tras cada
aletazo que daba en
medio de la lluvia y del
relámpago.
“Llegó hasta la herrería
y de la fragua sacó un
tizón, se lo colocó en
el pico y salió, pero
una vez afuera la lluvia
se lo apagó, regresó una
y otra vez y siempre
ocurría lo mismo.
Pensando en hacer lo
mejor por su huésped él
insistía, hasta que se
dio cuenta de que
colocando la pequeña
braza bajo el ala, en el
lugar en que esta se
funde con el cuerpo, no
la alcanzaría el agua y
no se apagaría. Así lo
hizo. Bajo el ala, junto
a su cuerpo, el fuego
empezó a quemarlo, pero
él no lo dejaba caer.
Casi achicharrado llegó
hasta el montoncito de
leña y lo colocó sobre
él.
“Junto a las raíces,
amparada por el tronco
del gran árbol, empezó a
arder una hermosa
hoguera. El hombre, aún
dormido, se sonrió.
—¡Ya lo calentaste,
ahora libera a tu hembra
y libéranos! —dijeron
los pájaros.
“Pero la paloma detuvo
el ímpetu de su palomo.
Le recordó que no solo
se trataba de acoger, de
calentar al recién
llegado, que las leyes
de la hospitalidad
obligaban dar de comer
al hambriento y
seguramente aquel
cazador lo estaba.
“La paloma y el palomo
se miraron. Sabían que
solo había un modo de
alimentar a aquel
hombre. No dijeron nada.
Ella inclinó la cabeza,
él levantó el vuelo.
Llegó hasta lo más alto
de aquel árbol que era
su casa, extendió las
alas, luego las plegó y
se dejó caer. Fue a dar
directo al centro de
hoguera… que se fue
apagando hasta quedar
solo unos tizones
encendidos que fueron
dorando la carne sin
plumas de aquel palomo.”
Se hizo un profundo
silencio. Rachid Akbal
volvió a hablar. No sé
qué dijo. No lo
recuerdo. Solo sé que su
palabra tenía ya la
consistencia de los
muros y la calidad de la
luz de la entretarde de
este país.
III
Dos días después de la
inauguración el argelino
hizo su espectáculo
Mi Madre Argelia.
Llovía a cántaros en La
Habana. La lluvia que
empapaba al cazador de
pájaros entonces mojaba
las yagrumas del Patio
de la Casa de la Poesía.
Hubo que irse al
soportal del fondo.
Mi abuela siempre
afirmaba, aunque yo casi
nunca le creí, que “lo
que sucede conviene”. Me
imaginaba junto la luna,
a las hojas, al especio
circular, al aire suave
de la noche. Rachid al
centro. Pero no fue así.
Fuimos condenados. Cayó
un palo de agua brutal.
Dos horas y ni un solo
atisbo de Noé, ni del
arca, ni de la paloma ni
de su rama de olivo.
Estaba el cuentero solo,
en medio de la noche
habanera y del aguacero.
¿Era una o muchas, era
un tejido de historias
circulares que se
muerden, se besan, se
agolpan o era una, nada
más que una? Una, solo
una. La historia de
Rachid Akbal y su raza,
la de él y su sangre, la
de él y su Palabra. Toda
la Cabilia en unas pocas
escenas, o más bien,
toda ella en la palabra
encarnada del cuentero,
que fue atrayendo hasta
aquel sitio húmedo y
distante los olores, los
sabores, los andares,
los saberes, de una
tierra que apenas
conocíamos y que sin
embargo aprendimos a
sentir hasta el dolor.
“Teatro de la Memoria”
dirían los italianos,
cuentería diría yo.
Complejo entramado
narrativo y simbólico
que continúa la
tradición berebere y
árabe de las grandes
sagas, que él atrae y
refuncionaliza,
acentuando su sentido
espectacular, haciendo
más complejo el texto
narrativo, pero nunca
abandonando el verdadero
sentido de su estar en
el aquí y ahora, que es
lanzarse sobre los
otros, hacer comunión
con ellos, dejar la
suficiente cantidad de
espacios vacíos de modo
que los que escuchan
puedan completarlos.
El arte efímero de
contar cuentos es cosa
que vive entre la lengua
y la oreja, entre la
multitud de ruidos y
silencios, entre la
variedad de pareceres y
seres; es cosa que
brota, para morir en ese
mismo instante, cuando
dos o más logran el
milagro de hacer nacer
del caos una realidad
perfecta y única. El
cuentero está llamado a
morir antes que su
historia. Akbal lo sabe,
y a pesar de contar con
una batería pesada de
oficio escénico y
sensibilidad toma
partido por la narración
y opta por borrarse, por
hacerse nada delante de
los otros a favor de su
historia. Al final ella
le devuelve los favores,
lo coloca, multiplicado
y central en su oficio
de sacrificarse.
Contar cuentos es cosa
de vida o muerte, y la
muerte la pondrá siempre
el que cuenta si es que
quiere resucitar después
de haberse hecho polvo.
La historia se desvanece
delante de los ojos del
que vive en la verdad,
del que está dispuesto a
hacerse nada, para
finalmente reconocer que
solo él ha quedado vivo.
Nadie más.
IV
“Entretarde”.
Sitio de las visiones.
Espacio en que la Isla
se vuelve cuerpo en la
luz.
Por aquí muchos vienen y
pasan, miran y gozan,
sufren y esperan. De
todos ellos está hecha
esa lumbrera tan
particular y esquiva.
Pero, sobre todas las
cosas, los cubanos,
generosos y abiertos,
mostramos una forma
particular de
hospitalidad: hacernos
uno para luego devolver
la imagen nueva en la
podrán reconocerse
otros.
Los eventos de Oralidad,
de Narración oral,
deberían ser protegidos
y privilegiados, pues en
ellos se hace una
invaluable contribución
a la identidad insular.
Al convocar a “palabras
otras” junto a “palabras
nuestras” estamos
estimulando esa vocación
cubanísima de
“canibalismo cultural”
que a fin de cuentas aún
nos arma, pues, como
todos, somos un pueblo
que nace cada día y
necesita de cada vez más
variados elementos que
fagocitar, que atraer
hasta sus centros
vitales. Primavera de
Cuentos, Contarte,
Bienal Internacional
de
la Oralidad,
Afropalabra, y
otros, pueden
proporcionarnos esos
nuevos “alimentos”. Es
más, la contribución
como elemento
aglutinador,
conformador,
socializador de saberes
ancestrales, que tiene
el oficio de contar
historias debería de
tener prioridad si
quiere poner sobre el
tapiz político un
legítimo entramado
integrador. La Palabra
del Hombre debería estar
al centro, la Palabra
del Hombre Común. |