Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Pardo Lazo: mucha publicidad mala,
y poca literatura buena

Ernesto Pérez Chang • La Habana

 

En algún momento pensé que no debí asistir a la triste (re)presentación a la que fui invitado; pero algunos de los que estuvimos en el lugar, fuimos con deseos de entendimiento y diálogo con quien nos fuera cercano en un pasado reciente. No obstante nuestras distancias ideológicas, buscábamos insertarnos en lo que podía haber derivado en un conversatorio loable desde el cual alcanzar a comprender —escuchando de boca de los organizadores y no a través de la prensa o del farfullo posterior— si alguna razón de fondo había movido aquella evidente provocación. Pero, recordando el intercambio de palabras con algunos del grupo —siempre desde el respeto y la cordialidad (pocos se enfadan con los comediantes) —, me he convencido de que debimos ser muchos más los que presenciáramos aquel circo, no solo para ayudar a Orlando Luis en su consagración como el simulador que a gritos, frente a las cámaras (extranjeras), pidió ser para nuestra historia literaria, sino para demostrar con nuestra presencia que por parte de los organizadores de la Feria no hubo obstáculos para que hiciera lo que anunció hacer como provocación. Fui porque quise ir y nadie me lo impidió. Pero al verlo hacer piruetas sobre el césped, embriagado por la mala fe de su histrionismo precario, comprendí cómo se puede pasar de masturbarse sobre un símbolo patrio a unir las manos y sermonear como un santurrón. Nadie lo niegue, todo tiene que ver con la publicidad y casi nada con la literatura que, evidentemente, siempre fue una pose para él.

Quisiera entender que no existen razones para dejar de publicar a un escritor. Creo que incluso aquellos que pudieran ser considerados como pésimos ejemplares de una casta, deben contar con un espacio editorial, porque solo el tiempo juzgará si lo que escriben lleva más de utilidad que de borrajo. A muchos nos faltarán luces para desglosar con acierto y en sincronía lo bueno y lo excusable, en estos tiempos donde a veces parece valer todo porque la escritura asume formas tan revueltas como cuanto de complicada suele ser la naturaleza humana. Pero, en una actualidad difícil de ignorar, a ese ecumenismo donde todos publican todo, se opone, primero, la imposibilidad material de realizar en plenitud y perfección dicha utopía; y luego, junto a muchas otras cosas, el derecho de cada espacio a establecer principios éticos y estéticos que lo definen. Solo hay que ser muy tonto para no darse cuenta de que ningún espacio cultural o político del planeta que habitamos carece de tales demarcaciones, hoy mucho más que necesarias si de salvar nuestro proyecto social se trata, así que cuando escucho a un escritor, que en determinado momento consideré profundo, rebelde, performático, y al que veíamos alzarse libro a libro (todos publicados y premiados en Cuba), quejarse ante determinados medios (des)noticiosos, del rechazo dizque “sufrido” por parte de nuestras editoriales, y de la maniobra de exclusión de la cual se declara una víctima inocente, debo pensar que, o sufre de una bipolaridad severa, o de una pérdida de memoria, o que actúa en una maniobra de transformismo planificada y oportunista, en una treta maquiavélica donde recita lo que es obligatorio para que su ego, disminuido por las insatisfacciones personales, se engorde en las primeras planas y en los titulares que el oficio simple de escritor no le aseguran, al menos en una Cuba distante de esos mercados foráneos, en su mayoría mucho más interesados en los rendimientos por venta, que en la genuina trascendencia de la obra literaria. Son estas malas actuaciones frente a las cámaras, las que me llevan a pensar que detrás de aquella escritura inquieta aunque harto descuidada, siempre estuvo la mueca del verdadero figurante de segunda, del hipócrita que hoy clama por una tolerancia y una paz que no le han faltado.

Le había visto a Pardo, días antes, recorrer la Feria sin que nadie lo obligara a abandonar el lugar, semanas atrás había ultrajado un símbolo que para la mayoría de los cubanos —revolucionarios o no, fidelistas o no, de “adentro” y de “afuera”— resulta sagrado, y son estas acciones vejatorias, unidas a la mentira y al espectáculo, por indignantes, las únicas que, comprensiblemente, han derivado en un justo rechazo. Ofender a la nación, suceda en Cuba o en cualquier otro lugar del mundo, es un crimen, aunque las leyes en ocasiones le dejen impune con su benevolencia. Que vaya entonces y que publique bajo cualquier otra bandera, las forasteras, para las que simulará una obediencia, porque bajo la nuestra, manchada por su irrespeto, ya no lo dejaremos hacer.

Muy amarga y fugaz será la trascendencia si por esta vía del espectáculo callejero y mentiroso se le busca. Ya sabemos de la indignación que agitó al cubano, y lo moverá al odio por siempre, aquella imagen de unos marines sobre la estatua del Apóstol. Ya vislumbramos, en las imágenes del payaso del Lazo Pardo, la perpetuidad del aborrecimiento que habrá de provocar su actuación en todo intelectual genuino.

 

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LA SAGA DE UN PAPELAZO

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La Habana, Cuba. 2009.
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