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En algún momento pensé
que no debí asistir a la
triste (re)presentación
a la que fui invitado;
pero algunos de los que
estuvimos en el lugar,
fuimos con deseos de
entendimiento y diálogo
con quien nos fuera
cercano en un pasado
reciente. No obstante
nuestras distancias
ideológicas, buscábamos
insertarnos en lo que
podía haber derivado en
un conversatorio loable
desde el cual alcanzar a
comprender —escuchando
de boca de los
organizadores y no a
través de la prensa o
del farfullo posterior—
si alguna razón de fondo
había movido aquella
evidente provocación.
Pero, recordando el
intercambio de palabras
con algunos del grupo
—siempre desde el
respeto y la cordialidad
(pocos se enfadan con
los comediantes) —, me
he convencido de que
debimos ser muchos más
los que presenciáramos
aquel circo, no solo
para ayudar a Orlando
Luis en su consagración
como el simulador que a
gritos, frente a las
cámaras (extranjeras),
pidió ser para nuestra
historia literaria, sino
para demostrar con
nuestra presencia que
por parte de los
organizadores de la
Feria no hubo obstáculos
para que hiciera lo que
anunció hacer como
provocación. Fui porque
quise ir y nadie me lo
impidió. Pero al verlo
hacer piruetas sobre el
césped, embriagado por
la mala fe de su
histrionismo precario,
comprendí cómo se puede
pasar de masturbarse
sobre un símbolo patrio
a unir las manos y
sermonear como un
santurrón. Nadie lo
niegue, todo tiene que
ver con la publicidad y
casi nada con la
literatura que,
evidentemente, siempre
fue una pose para él.
Quisiera entender que no
existen razones para
dejar de publicar a un
escritor. Creo que
incluso aquellos que
pudieran ser
considerados como
pésimos ejemplares de
una casta, deben contar
con un espacio
editorial, porque solo
el tiempo juzgará si lo
que escriben lleva más
de utilidad que de
borrajo. A muchos nos
faltarán luces para
desglosar con acierto y
en sincronía lo bueno y
lo excusable, en estos
tiempos donde a veces
parece valer todo porque
la escritura asume
formas tan revueltas
como cuanto de
complicada suele ser la
naturaleza humana. Pero,
en una actualidad
difícil de ignorar, a
ese ecumenismo donde
todos publican todo, se
opone, primero, la
imposibilidad material
de realizar en plenitud
y perfección dicha
utopía; y luego, junto a
muchas otras cosas, el
derecho de cada espacio
a establecer principios
éticos y estéticos que
lo definen. Solo hay que
ser muy tonto para no
darse cuenta de que
ningún espacio cultural
o político del planeta
que habitamos carece de
tales demarcaciones, hoy
mucho más que necesarias
si de salvar nuestro
proyecto social se
trata, así que cuando
escucho a un escritor,
que en determinado
momento consideré
profundo, rebelde,
performático, y al que
veíamos alzarse libro a
libro (todos publicados
y premiados en Cuba),
quejarse ante
determinados medios (des)noticiosos,
del rechazo dizque
“sufrido” por parte de
nuestras editoriales, y
de la maniobra de
exclusión de la cual se
declara una víctima
inocente, debo pensar
que, o sufre de una
bipolaridad severa, o de
una pérdida de memoria,
o que actúa en una
maniobra de
transformismo
planificada y
oportunista, en una
treta maquiavélica donde
recita lo que es
obligatorio para que su
ego, disminuido por las
insatisfacciones
personales, se engorde
en las primeras planas y
en los titulares que el
oficio simple de
escritor no le aseguran,
al menos en una Cuba
distante de esos
mercados foráneos, en su
mayoría mucho más
interesados en los
rendimientos por venta,
que en la genuina
trascendencia de la obra
literaria. Son estas
malas actuaciones frente
a las cámaras, las que
me llevan a pensar que
detrás de aquella
escritura inquieta
aunque harto descuidada,
siempre estuvo la mueca
del verdadero figurante
de segunda, del
hipócrita que hoy clama
por una tolerancia y una
paz que no le han
faltado.
Le había visto a Pardo,
días antes, recorrer la
Feria sin que nadie lo
obligara a abandonar el
lugar, semanas atrás
había ultrajado un
símbolo que para la
mayoría de los cubanos
—revolucionarios o no,
fidelistas o no, de
“adentro” y de “afuera”—
resulta sagrado, y son
estas acciones
vejatorias, unidas a la
mentira y al
espectáculo, por
indignantes, las únicas
que, comprensiblemente,
han derivado en un justo
rechazo. Ofender a la
nación, suceda en Cuba o
en cualquier otro lugar
del mundo, es un crimen,
aunque las leyes en
ocasiones le dejen
impune con su
benevolencia. Que vaya
entonces y que publique
bajo cualquier otra
bandera, las forasteras,
para las que simulará
una obediencia, porque
bajo la nuestra,
manchada por su
irrespeto, ya no lo
dejaremos hacer.
Muy amarga y fugaz será
la trascendencia si por
esta vía del espectáculo
callejero y mentiroso se
le busca. Ya sabemos de
la indignación que agitó
al cubano, y lo moverá
al odio por siempre,
aquella imagen de unos
marines sobre la estatua
del Apóstol. Ya
vislumbramos, en las
imágenes del payaso del
Lazo Pardo, la
perpetuidad del
aborrecimiento que habrá
de provocar su actuación
en todo intelectual
genuino. |